Recordando a Julio, mi querido yerno. Panta rei.

domingo, 19 de marzo de 2017



   No me cabe duda de que el tiempo se ríe de nosotros, pobrecitos humanos, que, en estos momentos, nadamos en el río de la vida. Ya hace muchos siglos, Heráclito de Éfeso descubrió que ese río es engañoso, hasta el punto de que, según él, "jamás te bañarás en el mismo río". Sí, porque todo fluye y cambia a cada momento. Y con mayor razón de un año para otro...
   Así es. En la semana santa del 2015, nuestra hija Sara y su marido Julio (nuestro querido yerno), partieron, muy felices, de Madrid, con sus niños Álex y Dani, a pasar unos días en Béjar y su nevada sierra. El jueves santo nos enviaron unas bonitas fotos, testimonio de lo bien que se lo estaban pasando. Pero, el viernes santo, un negro crespón cubrió de amargura a toda la familia. Julio, aquella mañana, moría en la sierra, fulminado por un infarto incomprensible y absurdo.
   En un instante, como el fluir de de ese río, todo cambió. Y ahora, después de dos años sin Julio, sin su sonrisa, sus bromas, sus juegos con los niños, sin sus claras muestras de afecto a familiares y amigos, el río de su vida y la nuestra sigue su curso, aunque, ahora con mayor razón, por otros cauces...
   No obstante, yo estoy convencido de que el espíritu de Julio, desde donde se encuentre, nos ve e incluso nos inspira ideas y buenos sentimientos... Muestra de ello es el cuento, original de Álex,  que a continuación, os ofrezco en texto tecleado por mí, aunque reproducido tal y como él lo escribió a sus seis añitos. Una reflexión que, desde su perspectiva infantil, hace sobre el tiempo y su mágica entidad versátil y engañosa, pero también indispensable para vivir en este mundo.


                                                LA MÁQUINA DEL TIEMPO



                                            (Este cuento se lo dedico a mi papá)

   Érase una vez un niño que quería viajar en el tiempo, porque le encantaba viajar, pero cuando pasaron 10 minutos... apareció una máquina del tiempo. Entonces se sentó y en 3 minutos... estaba en el desierto y entonces se bajó y vio un escorpión, fue a por él pero se escondió debajo de una roca y después se subió a la máquina del tiempo y en 20 minutos... estaba en la época de los dinosaurios y cuando apareció en la época de los dinosaurios se bajó de la máquina del tiempo y fue a una palmera de cocos para comer porque estaba hambriento, y después de comer fue a la máquina del tiempo y en 40 minutos estaba en la época moderna. Y allí se bajó y se sorprendió pero no vio a nadie y entró a la máquina del tiempo y en 50 minutos... estaba en la época de los cavernícolas pero no había ninguna caverna y en 56 minutos... estaba en su casa. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
   Alejandro López Marín. Noviembre de 2015.
 
Dunscotiano, 19 de marzo de 2017. Leer más…

El extraño guardián del faro - (Cap. III y último)

viernes, 5 de junio de 2015





   ¡Fantástico amanecer el de este viernes, día uno de agosto de 2014! ¡Qué derroche de belleza en ese sol, despegándose del horizonte marino; esos plateados reflejos de las ondas calmosas; y la nívea espuma, al estrellarse contra la dura roca del acantilado! Y, ahora, pasadas ya varias horas, mientras me dirijo al pueblo en este viejo jeep, regalo del ayuntamiento, quedo fascinado por el verdor de los prados, moteado de preciosas florecillas. ¿Cómo es posible que haya tantos seres, espíritus dotados de entendimiento y consciencia, que no entiendan o no quieran entender el sentido de tan maravilloso espectáculo? Realmente curiosa la mente de los seres humanos, en su generalidad...
   Bien, pues hoy es el día fijado y publicado por mí en internet, para llevar a cabo el plebiscito sabanil de la vecindad de este pueblo cántabro, a favor o en contra de su alcalde, don Carlos Civantos. Allá, en mi lejano mundo extraterrestre, no tendría sentido estas movidas que se improvisan en el planeta Tierra, disparatadas en su gran mayoría, con repercusiones y complicaciones que a unos perjudican, a otros favorecen, pero que a todos entretienen de una forma o de otra. Vamos a ver cómo han reaccionado los convecinos de don Carlos, hasta ahora alcalde.
   Pero... ¿y esa pareja? ¡Ah, si son Bea y Leandro! Voy a adelantarles unos metros para recogerlos.


   -¡Hola, Bea y Leandro? ¿Vais al pueblo? Tonta pregunta ¿verdad? ¡Vamos, subid al coche!
   -Claro -dice Bea-, es 1 de agosto y queremos estar junto a Carlos, para apoyarle en el plebiscito sobre si quieren o no que siga de alcalde.
   -Como estamos sin coche... -añade Leandro- nos habíamos propuesto ir hasta el pueblo, dando un paseo. A Carlos le gustará verse arropado por sus amigos.
   -¿Y Alicia, Enrique y Róber, no van hoy a la playa? -pregunta Celso.
   -Sí -le dice Bea-. Ellos quedaron con los hijos de don Carlos y de Reme, y han madrugado más que nosotros para estar en la plaza del ayuntamiento, a las ocho de la mañana. Después piensan celebrar en la playa el buen resultado del plebiscito.
   -Por supuesto que el resultado será favorable -sostiene Leandro-. Lo contrario no tendría sentido. Carlos es un auténtico paradigma de alcalde.
   -Así es -confirma Celso-, don Carlos es un gran hombre, un gran alcalde, y cuanto él se proponga. Sí, esa es la grandeza del ser humano, de la que podéis estar muy orgullosos. Mucho más que nosotros, que apenas tenemos mérito, siendo como somos... Mirad, ya se divisa la preciosa perspectiva del pueblo, allá abajo agazapado, con sus tejados de almagre, cual una sonrosada sirena recostada en la playa, bajo el tibio sol matutino...
   -Ya se ven las ventanas y balcones de los edificios... ¡Mirad, es increíble! -exclama Bea- ¡Estos cántabros se han pasado, colgando sábanas en ventanas y balcones!
   -Es verdad -asiente Leandro-. Habría sido suficiente con que hubieran puesto la sábana en una sola ventana de cada vivienda.
   -¡Espectacular! -añade Celso- Don Carlos puede estar satisfecho. Una victoria apabullante.
   -¡Y qué sábanas tan bonitas, adornadas con esos primorosos bordados -dice Bea mirando con gran atención hacia las ventanas.
   -Seguro que más de una de esas sábanas las habrán escogido para quedar por encima de las vecinas de al lado, ¡ja, ja! -comenta Leandro, riendo.
   -Bueno, ya veis cuánta gente circula por las calles -observa Celso-. Mejor que dejemos el coche aparcado sin adentrarnos mucho en el pueblo, pues la mayoría de la gente va en dirección a la plaza mayor, en que se halla el ayuntamiento.

   Dejamos el coche al comienzo de una calle poco concurrida, y nos dirigimos a la plaza. El aspecto que ésta ofrecía resultaba espectacular. Decir que estaba "abarrotá" no era ninguna metáfora, tanto por la multitud en ella embutida, como por lo engalanada que se hallaba en ventanas y balcones, con tantas lujosas colgaduras sabaniles. Gracias a mis inmerecidos conocimientos y preternaturales intuiciones, enseguida localicé a Reme, con sus hijos Manuel y Paqui, junto a Alicia, Enrique y Róber.
   Fue Róber el primero del grupo que nos descubrió. Ellos estaban frente al balcón del ayuntamiento, ubicado al fondo de la plaza. Nosotros estábamos a la derecha de la plaza, bajo los soportales. Róber levantó la cara, nos miró y agitó  la mano saludándonos. Reme dejó el grupo de los chicos y se acercó hasta donde estábamos nosotros.

   -Pero, señor Revilla, ¿usted también por aquí? -dice Reme a un señor que estaba junto al grupo de Celso, Bea y Leandro, mirando muy atento al balcón del ayuntamiento.
   -¿Cómo iba yo a perderme esta ocasión insólita de apoyar a don Carlos, a quien aprecio y admiro desde que inició su andadura por la intrincada selva de la política, como alcalde modélico, por su honestidad, transparencia y entrega desinteresada al bien general de los ciudadanos; así como por su sentido común, que le empuja a actuar y decidir con independencia y libertad, eligiendo siempre la opción correcta, es decir, la racional, aunque no sea precisamente la del partido al que representa? Por eso estoy aquí, porque pienso como él. ¿Y ustedes están a favor o en contra de don Carlos?
   -¡Qué cosas tiene, señor Revilla! Yo soy Reme, la mujer de don Carlos, y estos señores: Bea, Leandro y Celso, son amigos suyos. Celso -dice, señalando a éste con la mano- es, además, el guardián del faro, quien ha preparado, por internet, este original plebiscito.
   -Pues, entonces, sois de los míos. Enhorabuena, Celso, ha sido una idea genial lo de las sábanas. ¿Y son ustedes cántabros?
   -Más bien no -dice Reme- Carlos y yo somos de Jaén. Bea, catalana. Leandro, de Madrid. Y Celso...
   -Yo soy extraterrestre -le suelta Celso, riendo y dándole la mano.
   -¡Eso está bien, que a España se añada una autonomía extraterrestre! -dice el señor Revilla, riendo a su vez- ¡Ya me parecía a mí... pues lo de las sábanas no es un protocolo muy normal de votación por estas tierras!

   De pronto,  en el reloj que corona el consistorio suenan las doce campanadas del mediodía. El secretario del ayuntamiento sale al balcón, se acerca al micrófono, previamente instalado, y anuncia que, en breve, don Carlos, el alcalde, va a dirigirse a los ciudadanos. Enseguida aparecen los concejales y el teniente de alcalde, precediendo a don Carlos. El secretario, tras estrecharle la mano, le invita a acercarse  al micro. Don Carlos comienza diciendo:


   -Queridos vecinos y amigos míos de este precioso pueblo que, aunque lejos del que nací, he llegado a quererlo tanto como a aquél... -un fuerte y unánime aplauso le interrumpe, durante medio minuto. Luego continúa:- Todavía no he asimilado, plenamente, el profundo sentido de adhesión y de reconocimiento a mi modesta labor como alcalde, en pro del progreso y bienestar del pueblo y sus ciudadanos, que habéis demostrado con vuestro simpático gesto. Vosotros también os estaréis preguntando cuál haya sido el motivo de este singular plebiscito. Os lo explicaré muy brevemente.   Celso, el guardián de nuestro faro, que, aparte de muchos recursos y un gran sentido del humor, tuvo la idea de organizar esta consulta a la ciudadanía de forma que, con ella, no se infringiera ninguna ley o norma. Consulta que creí necesaria, ya que, clandestinamente, gente poderosa del partido al que, hasta ahora yo venía representando, se había propuesto destituirme del cargo de alcalde. ¿Motivo? Porque, según ellos, mi gestión como alcalde es contraria a los objetivos perseguidos por el partido. Pero hoy, ante el hermoso despertar del pueblo, engalanado con alegres colgaduras, no puedo sino expresaros mi agradecimiento a todos vosotros, al conocer  vuestra inequívoca adhesión y aprobación a mi gestión municipal. ¡Gracias, gracias y mil veces gracias, amigos! Y, como soy enemigo de intrigas y enojosas enemistades, se lo he puesto muy fácil a quienes ansiaban mi destitución. Hace una hora he presentado mi dimisión ante la Junta Electoral. Así que, desde ese momento, me sustituye en el cargo el Teniente de Alcalde.

   Ante tal declaración, los asistentes al acto irrumpen en gritos y palabras de apoyo a don Carlos, pidiéndole que continúe al frente del pueblo.

   -No os preocupéis, amigos -les dice-. Pienso presentar, en el registro de partidos políticos, mi solicitud, datos y programa de un nuevo partido independiente, que deseo presidir y poner al servicio de este querido pueblo. No tardando mucho, ya os invitaré a una reunión informativa sobre el programa de ese nuevo partido, que deseo merezca vuestras simpatías y apoyo.

   Finalizado el acto de despedida,  don Carlos salió del consistorio, siendo recibido con aplausos y vítores, por la gran mayoría de asistentes. Muy sonriente y emocionado, estrechó la mano y abrazó a cuantos se le acercaron a felicitarle y darle ánimos en su propósito de formar un nuevo partido. Después se acercó al grupo de Reme y demás amigos, entre los que también se hallaba el señor Revilla, quien le abrazó y felicitó efusivamente:

   -Bravo, don Carlos, los auténticos y buenos políticos se imponen por los hechos, más que por discursos de autobombo. A juzgar por el hermoso espectáculo del pueblo ensabanado, es obvio que la gran mayoría está contigo. Y el hecho de tu renuncia a seguir de alcalde, para no renunciar a la racionalidad,  los principios éticos y la defensa del bienestar general de todos los ciudadanos, que tanto molestan a esos desaprensivos, aunque poderosos personajes, es la mayor garantía de que eres el mejor candidato.
   -Gracias, señor Revilla, eso mismo pienso yo de ti. Tu trayectoria política limpia y clara, y tus continuas declaraciones en defensa de una gestión política, presidida por la racionalidad y el bien general de los ciudadanos.

   Tras despedirse el señor Revilla, los chicos del grupo de amigos, se acercan a decirles que se marchan a la playa, hasta por la tarde. Los padres de éstos, así como Celso, deciden, en cambio, ir al chiringuito del Pisha, a tomar algo y cambiar impresiones sobre los últimos acontecimientos. Carlos y Reme marchan en su coche, mientras que Bea y Leandro  en el viejo jeep de Celso.
   El chiringuito estaba muy animado, ya que, muchos de los asistentes al acto de apoyo a don Carlos se habían acercado a celebrar el resultado del plebiscito. Juanito el Pisha, Encarna la Lechu y Pepi se multiplicaban y movían como en una película a cámara rápida. El Pisha, tan pronto como llegaron y tomaron asiento, se acercó, y tras felicitar a don Carlos y saludarlos a todos, tomó nota de lo que les apetecía. Enseguida volvió, haciendo malabarismos con una gran bandeja. Encarna y Pepi los saludaron de lejos, agitando las manos.

   -Bueno, amigos -dice Juanito-, así que celebrando el triunfo de don Carlos. No podría ser de otra manera. Y no es por halagarle y hacerle la pelota, don Carlos. Pero es que hay que estar ciego o tener un concepto muy equivocado y cabrón de lo que está bien y lo que no lo está, como es el de esos señores que se habían propuesto destituirle. Claro, no me extraña que  haya renunciado al cargo. Muy bien hecho. Así será más difícil que le tiendan trampas y dificultades los de dentro, que suelen ser los más peligrosos.

   -Así es, Juanito -le contesta don Carlos-. Menos mal que, gracias a Celso, descubrimos el plan, tramado para hundirme o algo peor.
   -Pues les ha salido el tiro por la culata... Pero, don Carlos, ¿qué piensa hacer ahora? ¿va a volver a la empresa en que antes trabajaba?
   -Hombre... tengo pedida la excedencia. Espero que no me pongan pega para reincorporarme.
   -Y si se la pusieran, y usted no tiene reparos, no hace falta que le diga que en el chiringuito del Pisha se precisan dos personas más, para atender a la numerosa clientela...
   -Muchas gracias, Juanito, bueno es saberlo. Ya te diré algo...
  -La verdad que quién iba a decir, hace dos meses -se lamenta Reme- que Carlos, tan querido, respetado y reconocido como buen alcalde,  fuera a dimitir hoy 1 de agosto, por las injustas y ruines maniobras de personas sin escrúpulos...
   -Pues ya ves nosotros, Reme. Nosotros vinimos a este pueblo ilusionados. Al principio todo nos fue de maravilla, pero mira cómo se nos han torcido las cosas. Róber con esas extrañas alucinaciones y, lo peor, la súbita y tremenda transformación de Adrián, de un padre y marido, cariñoso y cabal, a todo lo contrario -se queja Bea, sin poder evitar las lágrimas.
   -Así es, Bea -le dice Leandro, tomando su mano entre las suyas, y sin hacer alusión a su propia desazón con motivo de Celinda.
   -Qué duda cabe -razona don Carlos- lo dolorosas e inexplicables que son todas esas adversidades que, continuamente, nos acechan a los humanos a lo largo de nuestra vida y que cada cual interpreta y encaja a su manera. Yo, personalmente, conforme cumplo más años, me voy convenciendo más y más, de que nuestra razón posee la respuesta justa y verdadera a muchas de las preguntas o cuestiones que nos planteamos. Lo que pasa es que, muchas veces, rechazamos lo más obvio, por temor a que nos tomen por ingenuos y utópicos, o aceptamos lo más cómodo o lo que más halaga nuestro egoísmo.
   -Coincido con tu apreciación, Carlos -responde Celso, con los dedos de las manos entrecruzados y moviendo la cabeza, asintiendo-, y por eso, lógicamente, vosotros los humanos estáis sujetos a cometer muchos errores y claudicaciones, aunque, también, inclinados a muchos arrepentimientos y rectificaciones. Por eso, queridos amigos, Bea y Leandro, mantened una rendija, abierta, en las ventanas de vuestro corazón. Quizás Adrián y Celinda, recapaciten y se propongan rectificar su conducta, y os pidan perdón por su mala acción. Si ellos os piden que los perdonéis, no los rechacéis. Comprendo que quien ha sufrido una acción tan perversa e hiriente como la del rechazo, el desamor, y sobre todo el engaño, le resultará muy difícil y doloroso el perdonar y olvidar. Pero también es cierto que esa versatilidad con que los humanos actuáis, y esa capacidad de rectificar que tenéis, son características que engrandecen y hacen apasionante vuestro mundo, a pesar de esa otra faceta hiriente y cruel.

   Continuamos la entretenida tertulia durante dos horas o más, hasta que, tras acordar en que ellos hablarían con los chicos sobre el reunirse conmigo, en el faro, el quince de agosto, por la noche, para tratar con ellos cuestiones interesantes, dimos por finalizada la tertulia. Carlos y Reme se volvieron al pueblo en su coche, mientras que Bea y Leandro se vinieron conmigo. Los dejé a la entrada de sus casas y yo continué hasta el garaje que tengo, próximo al faro.

   Y llegó el quince de agosto de 2014, día festivo en todo el país, por motivos religiosos.
  De acuerdo con lo previamente convenido, Manuel y Paqui salen de su casa, sobre las siete de la tarde, provistos de sendos sacos de dormir y mochilas, con cosas para pasar la noche en el faro. Alicia, Enrique y Róber, también portando mochilas y sacos de dormir, van a su encuentro, dando un paseo, según habían quedado con ellos por whatshapp. El día  está transcurriendo, afortunadamente, sin la habitual tormenta que, cada tarde se viene repitiendo.
   Róber y sus vecinos amigos habían ya recorrido unos cien metros, cuando se encuentran a Paqui y a Manuel. Tras intercambiar alguna broma y los normales comentarios y preguntas sobre la entrevista que, enseguida, van a tener con Celso, se dan prisa para llegar al faro lo antes posible. Una vez allí, llaman al timbre de la puerta, mas nadie hace señal alguna de estar dentro, a pesar de las insistentes llamadas.  Paqui y Alicia deciden acercarse hasta la barandilla de protección que bordea el acantilado, próximo al faro.

   -Pero, Paqui -le dice Alicia-, ¿no ves a ese hombre que viene nadando hacia acá, como perseguido por un tiburón? Y ahora nos hace señas, alzando y agitando la mano...

   -¡Anda ya, si es Celso, el guardián! A ver cómo se las apaña para subir hasta aquí...

   Celso siguió acercándose, nadando, hasta la pared del acantilado, de forma que Paqui y Alicia ya no podían verlo, por lo que corrieron varios metros, al borde del precipicio, hasta un punto más avanzado hacia el mar, que les permitía ver las peripecias de Celso para subir por una estrecha escala de cuerdas, amarrada al tronco de uno de los eucaliptos, próximo al acantilado.

   -¡Venid, chicos! -grita Paqui, riendo- Aprended a hacer deporte de riesgo, con soltura y estilo de primera clase.
   -Es verdad -añade Alicia-, Celso está precioso con ese bañador rosa, ajustado, que le cubre desde el cuello hasta los tobillos, ¡ja, ja!
  -¡Bravo, Celso, eres un campeón! -le vitorean Manuel, Enrique y Róber, aplaudiéndolo.

  Celso aparece, enseguida, por el borde del acantilado, con sonrisa de oreja a oreja, haciendo el signo de victoria con entrambas manos.

   -¿Qué, no os animáis a daros un chapuzón? -les dice, riendo- Es una experiencia maravillosa, aunque, sinceramente, no os la recomiendo, pues es bastante peligrosa.
   -Celso, dice Alicia que tienes un bañador deslumbrante. ¿Dónde has conseguido ese modelito tan original? ¡Ja, ja! -bromea Manuel.
   -Bueno... Es un secreto. Si os portáis bien, quizás os lo revele esta noche, a condición de que no se lo contéis a nadie -contesta Celso, riendo a su vez-. No sabéis lo feliz que me hacéis con vuestra visita que, por supuesto, ya esperaba -les dice, lanzándoles besos al aire-. Vuestros padres, supongo, os habrán contado cosas sobre mí, que os resultarán extrañas y de difícil credibilidad. Aunque, hoy día, en este vuestro planeta, en que la tecnología ya ha avanzado bastante, os resultarán familiares muchas innovaciones que, hace sesenta años eran inimaginables para vuestros padres y abuelos. Y, ahora, con vuestro permiso, voy a cambiarme de indumentaria.

   Y, diciendo esto, Celso, alza los brazos, cual estiloso bailarín. Luego toma impulso y comienza a dar vueltas como una peonza. Tras varios segundos girando, aminora la velocidad hasta quedarse totalmente quieto. Y ¡oh cielos!, Celso aparece como un griego peripatético, con una túnica de raso blanco y una cinta violeta en torno de la frente y cabeza.

   -Pero, Celso, ¿cómo lo has hecho? -pregunta Manuel, maravillado y riendo- Si te dedicaras a la magia, te harías de oro, ¡ja, ja!
   -Es otro de mis secretos que, quizás, os explique ahí arriba -dice, señalando hacia la plataforma de la linterna del faro.
   -De secretos, nada, Celso -protesta Paqui-. Ya te recordaré todo eso que te vas guardando sin aclararnos.
   -Bien, chicos, ¡ja, ja! -dice, Celso, empujando la puerta del faro- Esta primera puerta que veis a la izquierda, corresponde al cuarto de la cocina, comedor y despensa. Y esa otra, a la derecha, es la del baño y w.c.
   -¡Qué curioso el zócalo que hay bajo la repisa de esas grandes ventanas que dan al acantilado! Parece un tablero de ajedrez, con los azulejos blancos y negros! -exclama Róber, observándolo atento.
   -Sí, muy original y de antiguo aspecto -dice Celso, mientras coge unas bolsas con refrescos y aperitivos, que hay sobre la mesa redonda en el centro de la sala. Luego les dice que le sigan, con las mochilas y sacos de dormir,  por la escalera de caracol, hasta la plataforma de la linterna.

   Una vez arriba, Celso les indica que se coloquen y depositen las mochilas y sacos de dormir al pie de la linterna del faro, bajo la marquesina que él ha desplegado, junto con una mesa y seis sillas plegables, colocadas en torno a la misma. Celso deposita las bolsas sobre la mesa y saca de ellas refrescos y aperitivos.

   -Vamos, sentaos y a picotear, mientras me hacéis preguntas sobre temas que os interesen aclarar.
   -¿?
   -¿Qué? ¿no se atreve nadie?
   -Es que... Así de sopetón... -se excusa Paqui, mientras los demás se ríen, solidarizándose con ella.
   -Bien, entonces haré yo una pregunta sobre el tema de la religión. Veamos si lo tenéis claro. ¿Creéis que el ser humano debe creer los dogmas y cumplir las normas, ritos y mandamientos, impuestos por su religión, con escrupulosa diligencia? ¿Qué opinas, Róber, sobre esta cuestión?
   -Pues, así de pronto... -titubea Róber, haciendo una breve pausa- Bea, mi madre, es una mujer cristiana, muy creyente y practicante. En cambio mi padre, Adrián, es el extremo opuesto. Él cree que la existencia carece de sentido, y que, tras la muerte y la desaparición del universo, no habrá otra cosa que la nada. Yo, en cambio, creo que existe un Dios, que ha creado cuanto existe, y que sus criaturas racionales deben venerarlo y comportarse de forma correcta, tratando a los demás con respeto y solidaridad, como hijos del mismo padre que somos. Pero no estoy de acuerdo con ciertas creencias y mandamientos. Por ejemplo: yo no le veo sentido a que la humanidad, en su conjunto o en forma individualizada, sea culpable del pecado de Adán y Eva que, por cierto, tal como lo cuenta la Biblia, parece un cuento infantil. Ni tampoco veo sentido a que Dios-Hijo tenga que padecer y morir para salvar a la Humanidad por sus pecados. Pues, aun cuando una concreta acción de una persona sea objetivamente inmoral, puede que el sujeto no sea totalmente libre, ya que actúa empujado por instintos, circunstancias o mil motivaciones personales muy complejas; aparte de que tampoco está muy claro lo que objetivamente es bueno o malo. Por ejemplo: ¿Es un crimen matar una mosca o a cualquier otro animal? (Risas a porrillo). ¿Por qué no lo es y, en cambio sí lo es matar a una persona? Además no veo coherencia al hecho de que Jesucristo haya muerto para salvar a la humanidad y, sin embargo, según la doctrina de la iglesia, quien muere en pecado mortal va derechito al infierno. ¿Cómo se entiende esto? Pues creo que lo más normal es que la mayoría muera en pecado mortal -si hay que entender el tal pecado como suelen explicarlo-, ya sea por no ir a misa o no cumplir algún otro de los mandamientos de la ley de Dios y de la iglesia. ¿Entonces qué clase de redención es ésa? No lo entiendo.
   -En mi caso -dice Enrique-, ni mi padre, ni mi madre tienen creencias religiosas. Según mi padre, Leandro, lo racional es aceptar como verdadero y auténtica realidad lo que se ve y se palpa.Tratar de averiguar quién, cómo, cuándo, por qué y para qué fue hecho el universo, no tiene sentido, pues el ser humano nunca lo sabrá, por mucho que cavile. Pero, con mayor motivo, son disparatadas ciertas doctrinas o creencias religiosas, tales como, por ejemplo, el hecho de que Dios, por un lado, dote al ser humano de determinados instintos naturales, y, por otro, le castigue con el infierno, por haberse complacido con fantasías o sensaciones eróticas. No le veo lógica en absoluto.
   -Es como el precepto, bajo pecado mortal, de asistir a misa los domingos y fiestas, o los de ayunar, no comer carne, confesar y comulgar y otros mandamientos y ritos sagrados -opina Paqui-. No creo que Dios tome en serio tales usos y costumbres trasnochados. Y, sin embargo, se vea como lo más normal del mundo la falta de solidaridad con los demás, la crítica injusta, la falta de honestidad, el maltrato, el rencor, el odio, y tantas prácticas malvadas e injustas contra los demás.
   -Sí -añade Alicia-, y como otras muchas prácticas de nuestra religión y demás religiones, muchas veces, infantiles, ridículas, inhumanas e, incluso, contrarias a la salud física y mental... ¿Cómo es posible, por ejemplo, que pueda satisfacer a Dios el murmullo, cansino y adormecedor, del rezo de un rosario?
   -Yo diría más -interviene Manuel-. Creo que es irracional y blasfemo pensar o decir que Dios trata de hacer infelices a sus criaturas, con prácticas o normas no exigidas por la razón, sino todo lo contrario, como muchas impuestas por la mayoría de las religiones.
   -Y lo que ya es el colmo de la incoherencia y de la sinrazón -añade Enrique- es la enemistad, rivalidad, enfrentamientos, odios, persecuciones, cruzadas, guerras, torturas, etcétera, contra los seguidores de otras religiones o de ninguna; así como las terribles penas y castigos aplicados a los infractores, pertenecientes a una determinada religión, por ejemplo los practicados por la santa inquisición. ¿Cómo no se dan cuenta, los que así actúan, que el Dios de su religión es el Dios de todos; que Él es el padre de todos y, por lo tanto, todos somos hermanos y debemos querernos y ayudarnos? Eso es lo importante. Lo demás son pamplinas o absurdas monstruosidades.
   -Y tantas otras prácticas monstruosas -insiste Alicia-, motivadas por el fanatismo religioso, injusto e irracional, de cualquier religión, que lleva a vulnerar los derechos de los demás, como pueden ser azotes, ablaciones, amputación de miembros, vejaciones, maltratos, torturas y "ajusticiamientos", con la conciencia pura y santa de haber agradado a Dios con su acción purificadora. Si eso es religión, prefiero no tener ninguna, como dice y hace mi padre.
   -Bueno y, puestos a enjuiciar actitudes o comportamientos ante problemas con soluciones controvertidas, ¿qué me decís de esas hipócritas e irracionales posturas pseudorreligiosas de intolerancia ante cualquier tipo de aborto, aunque se trate de las primeras semanas de embarazo y por razones sobradamente justificadas, como puede ser que el feto adolezca de malformaciones que afecten a órganos importantes; o embarazo causado por violación; o cualquier otra motivación racional? -pregunta Manuel, algo alterado- La verdad que este tema me irrita bastante, pues o yo no acabo de entender bien el problema, porque lo miro desde una perspectiva equivocada, o son los demás los que adolecen de poca lógica. Vamos a ver, yo me considero cristiano creyente. Pero no entiendo cómo las altas jerarquías eclesiásticas y del Estado se oponen al aborto porque consideran que la interrupción del embarazo trunca la vida de una persona. Yo no estoy de acuerdo con esa teoría. Mi sentido común me dice que un feto no es persona, y que el espíritu, destinado a unirse a ese cuerpo aún no acabado de formar, agradecerá esperar a ser destinado a otro cuerpo más normalito. ¿No os parece? ¿O es que el espíritu surge de la materia corpórea?
   -Estoy de acuerdo contigo, Manuel, en el planteamiento y solución de esa cuestión -manifiesta Enrique-. Y, abundando en ese tema, yo tampoco entiendo por qué los científicos, de creencias cristianas, consideran que si, en un futuro no muy lejano, fuera viable el trasplantar un cuerpo decapitado a una cabeza sana, esa operación no sería éticamente realizable. Y yo pregunto ¿por qué no? También yo pienso que es de sentido común que, si el cuerpo es para el espíritu un simple instrumento para poder interactuar en un mundo sensible, es lógico que, en el caso que se plantea, el espíritu esté alojado y animando la cabeza, ya que es, a través de ella, como principalmente se relaciona con el mundo. Por eso creo que sería legítimo implantarle a la cabeza el cuerpo que perteneció a otra persona.
   -Celso, te estoy observando y, por tu risueño semblante y relajada postura, juraría que estás disfrutando como un enano, como dicen en mi tierra, escuchando nuestras discrepantes, atrevidas e, incluso, heréticas opiniones -le dice Paqui, acercándose a él y palmoteándole en el hombro-. Tú, como privilegiado habitante de un mundo, al parecer, muy superior al nuestro; y dotado de capacidades cognitivas excepcionales, danos tu opinión sobre éstos nuestros balbucientes razonamientos.
   -Es cierto, Paqui, estoy disfrutando mucho, escuchando esas interesantes cuestiones que habéis planteado y que creéis que suelen ser tratadas y resueltas de manera nada conforme con los postulados de la recta razón. Os preguntaréis el por qué os he propuesto que me habléis sobre vuestras opiniones acerca del tema de la religión. Está claro, y quien no lo vea es porque está mentalmente ciego, o miente, alardeando de que le importa un rábano ese tema. Para bien o para mal, la cuestión religiosa (o filosófica, para los que lo prefieran) convive dentro de nosotros, desde que nacemos, o más exactamente desde que nuestro yo espiritual fue creado por el Espíritu Supremo. Tanto vosotros, los seres terrestres, como nosotros, los de mi mundo, hemos sido dotados de una inteligencia razonadora, capacitada para conocer la propia realidad (que incluye el yo espiritual consciente, más el instrumento corpóreo que nos permite interactuar en un mundo sensible, como bien ha dicho Enrique, anteriormente), así como la realidad exterior de ese mundo sensible. Gracias a esa inteligencia, y a poco que se reflexione ¿cómo explicar, si no es afirmando que ha sido una primera causa, superinteligente y superpoderosa, la que ha ideado y ha logrado hacer realidad el sistema lógico y óntico de todo lo que existe? ¿Y que esa causa no ha aparecido en un momento del tiempo, lo que sería absurdo, sino que, necesariamente, debe ser eterna, sapientísima y omnipotente? Que esa causa posee una entidad personal, que no puede confundirse con sus efectos, como pretende la teoría panteísta. Ya que también es una evidencia, para los de mi mundo y los del vuestro, la necesidad de reconocerse efecto y criatura de esa causa, supeditada a sus designios. Lo que no se entendería si cada ser, con conciencia propia, fuera parte de ese Dios panteísta. Y, también, que esa causa ha infundido, en cada ser autoconsciente, además de esa inteligencia, los sentimientos de amor, de solidaridad, compasión, misericordia, amistad, sociabilidad, justicia, respeto, humildad, generosidad, paciencia, etcétera, hacia los demás espíritus y seres creados por esa causa. Y la última y obvia conclusión a que llegamos en esa reflexión es que, entre esa Causa primera, que no puede ser otra que el Espíritu Supremo, es que entre Él y los espíritus creados por Él, existe una relación de Creador a criatura, o mejor, de Padre a hijos y, recíprocamente, de hijos a Padre, que no puede ser otra que la del amor, agradecimiento y esfuerzo en comprender, con la razón que Él nos ha dado, lo que Él espera de nosotros. Eso es lo esencial de la auténtica religión, y en lo que todas las religiones deben coincidir. Todo lo demás -ya sean normas, ritos, liturgias y demás particularidades de cada religión-, es indiferente y ajeno a la auténtica relación o actitud religiosa de los hijos para con su Padre, el Espíritu Supremo...

   Sobre éste y otros temas, preferentemente los relacionados con el mundo de Celso,  continuaron dialogando hasta bien entrada la noche, sin dejar de aderezar la charla con chispeantes ocurrencias. Después pasearon un poco por la plataforma, admirando el mágico cielo, que parecía iluminado por un sol de luz blanca y congelada, y el calmoso vaivén de las ondas marinas que, piadosas, besaban las rocas relucientes del acantilado.
   Viendo Celso que los chicos daban muestras de querer ya descansar, les propuso que fueran bajando al servicio y que extendieran los sacos de dormir bajo la marquesina, colocada en torno al soporte central de la linterna del faro. Paqui y Alicia colocaron los suyos con la cabecera al pie de la linterna y los pies en dirección a poniente, o sea hacia el pueblo. Manuel, Enrique y Róber, en cambio, los extendieron al otro lado de la linterna, cara a levante y al acantilado. Ya dentro de los sacos, ellos y ellas prolongaron la charla y bromas durante un buen rato. Celso les dio las buenas noches y bajó a acostarse a su cuarto.
   
   Serían las cuatro de la madrugada cuando, Celso -que soñaba, feliz, estar compitiendo con un grupo de gamos, en rápida carrera por un verde prado de su mundo extraterrestre- se despertó, sobresaltado, al escuchar los desconsolados gemidos de alguien, que anduviera por la sala. Rápido, saltó de la cama, con su pijama azul oscuro, salpicado de estrellitas plateadas. Salió fuera del cuarto, portando una linterna, y dirigió el haz de luz hacia el bulto acurrucado bajo la repisa del ventanal que da al acantilado, al otro lado de la mesa redonda del centro de la sala.
   
   -Pero, Róber, chico, ¿qué te pasa? -le dice Celso, cogiéndolo por los hombros y tratando de calmarlo.
 
Róber, tras serenarse un poco, le dice que había bajado al servicio y que, una vez fuera, se había acercado hasta la repisa del ventanal. Y, mientras contemplaba el fantástico panorama del mar semidormido, bajo la esplendorosa luz  de la luna llena, comenzó a oír la acostumbrada melodía de piano, en un tono apenas perceptible y, según le parecía, como si procediera del interior del zócalo ajedrezado de debajo del alféizar. Se agachó y aplicó el oído contra una de las losetas. Fue tal la emoción que sintió al escuchar tan vivos y cercanos los acordes de aquella melodía, así como tan estremecedores los sentimientos que despertaron en su ánimo, que no pudo evitar prorrumpir en sollozos.

   Celso lo tranquiliza y le acompaña a la terraza, ayudándole a acomodarse en su saco de dormir. Esperó un poco, apoyado en la barandilla, mientras buscaba una explicación al relato de Róber. Una vez éste dormido, Celso volvió a su cuarto a aprovechar las pocas horas de sueño que le quedaban hasta otro día.
   A eso de las seis de la mañana, los chicos se marcharon a sendear y desayunar en el pueblo.
   Por su parte, Celso, que había pasado el resto de la noche en una inquieta duermevela, aguantó en la cama hasta las ocho de la mañana. Luego se aseó, desayunó y, enseguida, se acercó al lugar en que, de madrugada, había encontrado a Róber, acurrucado y sollozando. Después, mientras realizó las habituales tareas domésticas y se preparó una frugal comida, no dejó de dar vueltas en su cabeza, buscando una explicación a las supuestas alucinaciones de Róber.

   Después de la comida, salió fuera del faro y dio un largo paseo por la senda que sube hacia el monte próximo. Y, aunque el día había amanecido soleado y despejado, cuando volvió del paseo, a eso de las cuatro de la tarde, el cielo se había encapotado con cenicientos nubarrones de tormenta. Ya en el faro, Celso se sentó ante la mesa redonda de la planta baja. Estuvo un largo rato con la cabeza entre las manos, mientras continuaba enfrascado en sus reflexiones sobre lo de Róber. El repentino fogonazo de un relámpago, seguido de un trueno formidable que se despeñó, monte abajo, desmembrándose en múltiples ecos, le sacaron de sus pesquisas. Se puso en pie y se acercó a la ventana. El mar se había alborotado y las olas se  estrellaban, estrepitosas, contra los acantilados, bajo el espectacular concierto de truenos y relámpagos. Luego volvió a sentarse ante la mesa y trató de recuperar el hilo de sus reflexiones. Él reconocía que, en su mundo, tales situaciones de inquietud, incertidumbre y temor, debidos a causas desconocidas, son prácticamente imposibles. Allí todo funciona conforme a una dialéctica estrictamente lógica y favorable para todos los espíritus que lo habitan. Pero, en este mundo terrestre "¿Por qué y con qué fin habrían de aparecer esas alucinaciones en la mente de Róber?" Celso cavila, realizando denodados esfuerzos por descubrir una explicación razonable, en medio del fragor de la tormenta. Hubo un momento en que quedó sobrecogido de espanto, viendo cómo una ola gigantesca avanzaba hacia el faro. Rápido, Celso, se echó al suelo y se acurrucó bajo el alféizar de la ventana, en el mismo sitio en que Róber tuvo la alucinación. En aquel preciso instante, un rayo, seguido de un brutal estampido, inundó de luz el interior del faro, permitiéndole descubrir en una de las losetas negras del zócalo, una diminuta estrella de David en uno de sus ángulos, quizás grabada, hace muchos años con la punta de una navaja. Aquel hallazgo acaparó su atención, distrayéndolo de la tormenta. Instintivamente golpeó con los nudillos sobre la loseta, emitiendo un sonido hueco. Luego golpeó sobre las losetas vecinas, percibiendo en todas ellas el típico sonido sordo y apagado, propio de un muro macizo. Sin pérdida de tiempo, Celso, cogió la linterna y un destornillador plano y de borde afilado. Rascó en las juntas de la loseta  y trató de extraerla, haciendo palanca, reiteradamente, en sus cuatro lados. Tras intentarlo durante unos minutos, escuchó un leve crujido y observó que la loseta se desprendía. Celso tiró de ella, confirmándose su sospecha de que, tras la loseta, había un pequeño nicho. Acercó la linterna y no pudo evitar una interjección de sorpresa, al descubrir, en su interior, un viejo cuaderno escolar, de pastas de cartulina gris. Rápidamente lo hojeó y observó. Se trataba de un relato autobiográfico, manuscrito por un tal Eusebio, que había ejercido de farero en aquel faro, entre los años 1933 a 1962, según leyó Celso en la primera línea del texto.

   En los días que siguieron al descubrimiento del manuscrito, Celso realizó indagaciones relacionadas con el contenido del relato, al mismo tiempo que investigaba una posible relación entre aquél y las alucinaciones de Róber. Afortunadamente, pronto logró conclusiones, en su opinión, bien fundadas, de manera que enseguida llamó a los amigos, invitándolos a reunirse el 23 de agosto por la tarde, en casa de Bea, para hacerles partícipes y comentar el importante descubrimiento del manuscrito.
   
   Y, en efecto. El sábado, 23 de agosto de 2014, a las cinco de la tarde, llegaron a casa de Bea, don Carlos el ex-alcalde, su mujer y sus hijos, Manuel y Paqui. A continuación se presentaron, también, Leandro con Alicia y Enrique. Y, a los pocos minutos, apareció Celso, portando una carpeta bajo el brazo, siendo recibido con efusivas muestras de afecto y de esperanzada curiosidad, ante la apresurada convocatoria de la reunión.

   -A ver, querido Celso -le pregunta Carlos, el ex alcalde-, ¿con qué buena noticia vas a sorprendernos?

   Bea y Róber habían preparado la mesa extensible, primorosamente, con un mantel de lujo y variados platos de aperitivos y bebidas, para picotear durante la reunión.

   -Un momento -ruega Bea-. Antes que nada, acomodaos como mejor os parezca. Y ya sabéis que estáis en vuestra casa y sobran todos los protocolos. Os agradezco que hayáis acudido a esta reunión,  más que nada para pasar un buen rato, como buenos amigos que somos, ¿no es así?
   -Por favor, Bea -le dice Leandro- ¿quién podría dudarlo?
   -Así es, amigos -interviene Celso- y lo digo con gran orgullo y dando el profundo sentido que, en mi mundo, tiene el vocablo equivalente al vuestro de "amigo". A todos vosotros os estoy muy agradecido, por la buena acogida que, desde un principio, me habéis brindado. Por eso, yo también he llegado a considerar vuestros problemas como míos propios, y trato de ayudaros en cuanto está al alcance de mis limitadas posibilidades.
   -Celso, querido, no seas modesto -precisa Carlos-. Es mucho lo que ya has hecho por nosotros y por todo este pueblo. Y ahora, por si fuera poco, nos convocas para darnos una importante noticia. Pues, adelante, porque creo que todos estamos en ascuas por escucharla.
   -Bien. No quiero alargar más vuestra espera -dice Celso, con risueño semblante. Pero os ruego que, mientras cuento, leo y comento todo lo que se refiere a esa noticia que os anuncio, actuéis con absoluta normalidad y libertad. Quiero decir que, desde ahora mismo, podéis empezar a degustar los ricos aperitivos y bebidas que Bea nos ha preparado. Y que tenéis plena libertad de movimientos y podéis interrumpirme, si necesitáis alguna aclaración.
   Dicho esto, os cuento. El viernes, quince de agosto, día festivo, vuestros chicos pasaron la noche en el faro. Habíamos estado charlando sobre interesantes cuestiones, en la terraza sobre la que se alza la linterna del faro, hasta cerca de las tres de la madrugada...
   (Celso continuó relatando todo lo ocurrido después de que los chicos se metieran en sus sacos de dormir, así como demás vicisitudes hasta descubrir el manuscrito de Eusebio).

   Pues sí. El hallazgo de ese manuscrito ha supuesto para mí un auténtico premio a mi constancia y confianza en que, antes o después, descubriría algo, estrechamente relacionado con las alucinaciones de Róber. Sin embargo, los comentarios, valoraciones y conclusiones los dejaremos para después de leído el manuscrito, ¿os parece bien?
   -Por supuesto, creo que es lo correcto. Somos todo oídos y estamos impacientes por escuchar el relato -dice Leandro, adivinando el deseo de todos.
   -Bien, amigos, como podéis comprobar -continúa Celso, mostrando el modesto cuaderno escolar, de pastas de cartulina gris, y alguna de sus páginas, manuscrita con cuidada caligrafía, inclinada a la derecha- tanto el cuaderno como la escritura se conservan en muy buen estado, hasta el punto de que cuesta creer que llevara cincuenta y tantos años encerrado en el hueco de esa pared del faro. Y, sin más preámbulos, comienzo  a leeros el texto:

   "Mi nombre es Eusebio Azcona, farero del faro de este pueblo desde el año 1933 y espero seguir siéndolo hasta el próximo año 1962, en que me jubilaré. Nací aquí el 1897 y, desde niño, sentí una singular atracción y fascinación por el faro. Siempre soñé con llegar a ser su farero, por lo que, desde muy joven, procuré informarme y preparar,  por mi cuenta, los temas sobre los que habría de ser examinado, para lograr la plaza de farero. La obtención de esa plaza supuso para mí la realización del mejor de mis sueños. Aparte del faro, como lugar de trabajo y dedicación a las tareas que el mismo requiere, me correspondía el poder ocupar, como vivienda del farero, un amplio caserón, ubicado a unos 150 metros del faro. Ese caserón lo formaban, en primer plano, la casa del farero propiamente dicha. A continuación se extendía un amplio terreno rectangular, tapiado en sus laterales, en que se alzaban no pocos árboles, algunos frutales, y bastantes arbustos. Y al fondo, cerrando el cuadrilátero y a pocos metros del acantilado, una edificación con varios locales destinados a taller, trastero, establo para animales y almacén.
   Yo estaba ilusionado con mi trabajo e, incluso, muy conforme con algunas de sus obligadas condiciones, tales como el aislamiento y la soledad, que, normalmente, son difícil de soportar para algunas personas. No obstante, no sé por qué, cuando ya llevaba un año de farero, en 1934, empecé a echar en falta la compañía de una mujer. Fue, entonces, cuando me enteré de la llegada al pueblo de una joven judía polaca, de nombre Judith, que, al parecer, había venido huyendo de la amenaza nazi. Ella había residido, durante el año 1933, en Santander (según me contó más adelante), y se vino a este pueblo en enero de 1934. En Santander estuvo dando clases de piano a chicos y chicas en edad escolar, aunque, también, a jóvenes de más edad.  Ese año le sirvió para aprender el suficiente español como para entender y hacerse entender en nuestro idioma. Aunque yo la conocía de haberla visto por el pueblo en alguna ocasión, no había charlado con ella detenidamente, hasta varios meses después.
  El origen de nuestra amistad fue fortuita y divertida, según me pareció en aquel momento maravilloso en que se produjo nuestro encuentro en el faro. Fue a primeros de diciembre de ese año, 1934, una mañana soleada y no demasiado fría. Eran las doce del mediodía, más o menos, y yo me daba un paseo entre el faro y el caserón, cuando, una de las veces que volvía hacia el faro, descubrí la esbelta y bonita figura de una joven, de sedosa melena rubia, con gorro de astracán blanco, ajustada cazadora de piel, pantalón y botines de color marrón muy claro, que, plácidamente, contemplaba el faro. Llegué hasta ella, la saludé y le dije que yo era el farero, y si deseaba ver el faro por dentro. Me contestó afirmativamente. La acompañé y expliqué todo lo que ella tenía curiosidad por conocer sobre el faro y mi trabajo de farero. Como ya era hora de ello, la invité a tomar algo a base de pescado y marisco que ella se ofreció a cocinar y nos supo a gloria.
   A mis curiosas preguntas ella fue respondiendo espontáneamente y con alegre talante. Me contó que ella había nacido en Varsovia en 1905, y que sus padres, hasta finales de 1933 habían tenido un negocio de joyería bastante próspero. Ellos, observando la gran afición y mucha sensibilidad musical que su hija poseía, la habían animado y ayudado a realizar la carrera de piano, en el conservatorio de Varsovia, entre los años 1920 y 1930. Obtenido el título, ejerció de profesora de piano en una prestigiosa academia de esa ciudad, durante dos años. Pero sus padres la aconsejaron a marcharse a España, ante el progresivo e imparable avance del partido nazi de Hitler, en su lucha por el poder, que amenazaba extenderse, incluso, a Polonia; y sobre todo por la declarada animadversión que ese partido mostraba contra todos los que ellos consideraban enemigos de Alemania,  muy especialmente contra los judíos, a los que culpaban de haberla traicionado en la guerra de 1914-1918. Y ese fue el motivo de venirse a España el año 1933. Aquí, en el pueblo, muy pronto conoció a una señora, de ochenta años, llamada Adelina que, según decía la gente, era una melómana adinerada que tenía y tocaba un piano alemán, muy valorado y elogiado por los entendidos. Esta señora le ofreció a Judith, desinteresadamente, el salón de su casa y el piano para dar sus clases, cosa que Judith aceptó y agradeció, encantada, a la buena mujer. Mas, Adelina, a los pocos meses, cayó enferma de neumonía que se le complicó, muriendo en septiembre de 1934. Hizo testamento a favor de un familiar, con la salvedad de que, a Judith, le dejaba el piano en herencia, así como el poder seguir dando las clases en su casa, mientras a ella le apeteciera.
   Todo esto me lo contaba con exaltado entusiasmo, que añadía a su agraciado rostro un atractivo que despertaba en mí, inrreprimibles deseos de besarla y de prolongar la sobremesa, indefinidamente. Fue mientras tomábamos café y una copita de licor cuando yo, más liberado de mi habitual cohibición y falta de trato con la gente -especialmente con las mujeres- me sentí con el suficiente valor y decisión para proponerle que se viniera a vivir conmigo a aquel caserón del farero. Su primera reacción fue la de quedarse mirándome fijamente a los ojos, sin mover una pestaña ni músculo de su rostro, durante varios segundos, hasta que soltó una carcajada, tan sonora, que fui yo, entonces, quien se quedó de piedra. "-Bueno, Eusebio, no te lo tomes a mal. Es que no me esperaba una declaración tuya, tan rápida e improvisada". Y, diciendo esto, me cogió la cara entre sus manos y me estampó un profundo y largo beso que me trasportó al paraíso.
   Rápido hicimos el traslado del piano al "caserón del farero". Judith se vino a vivir conmigo. Acondicionamos una de las dependencias del bloque del fondo del caserón, destinándola a sala de clases de piano. Temí que, con aquel traslado, Judith fuera a perder alumnos, pero ocurrió todo lo contrario, pues se apuntaron más. Durante los primeros meses, todo marchó entre nosotros como en un idílico sueño. Más no sé qué pasó por mi cabeza que, ya en mayo de 1936, comencé a experimentar unos terribles celos que yo no conseguía superar, por más que Judith trataba de tranquilizarme, asegurándome que todo eran imaginaciones mías, sin fundamento alguno. Mas yo desconfiaba de algunos alumnos, y me imaginaba lo peor cuando el viento me traía hasta el faro, como un eco acusador, los vibrantes acordes del piano. Mis celos, lo reconozco, me quitaban el sueño, el apetito, la paz y, creo que ya, lo que sentía por Judith no era amor, sino más bien un venenoso rencor contra aquellos alumnos y también contra ella misma y su piano.
   Mi estado de locura llegó a alcanzar tal magnitud que, en el mes de junio, como Judith se había ido a Santander, a pasar una semana con una amiga, yo aproveché para dar rienda suelta a una terrible venganza. Cuando Judith, ya por la noche, volvió al caserón, a lomos de una mula, acompañada de uno de sus alumnos "preferidos", yo la espiaba desde la terraza de la linterna del faro. El joven se despidió de Judith. Y ella lo primero que hizo fue dirigirse a la sala del piano. Abrió la puerta, encendió la luz y... Un grito desgarrador se le escapó de la garganta. Gritando y sollozando, Judith corrió hacia el faro, como alucinada. La puerta del faro la había yo cerrado con llave, por dentro. Judith, fuera de sí, miraba hacia arriba, tratando de verme en la terraza de la linterna. Al no conseguirlo, intentó aumentar el ángulo de visión, retrocediendo de espaldas hasta llegar a la barandilla de seguridad, próxima al borde del acantilado. Como seguía sin verme, traspasó la barandilla y retrocedió algo más, descubriéndome, al fin, junto a la linterna del faro, mientras yo la contemplaba, en silencio. Judith me increpaba, agitando los brazos, con los puños cerrados. "-¿Qué has hecho, malvado Eusebio? ¿Qué has hecho? ¡Eres un monstruo maldito! ¡Un demonio del infierno, donde vas a arder para siempre!"
   Y tal era su agitación, tal la rabia e impotencia que la dominaban que, retrocedió un paso más, cayendo por el acantilado abajo.    
   En aquel instante, me sentí realmente transformado en un monstruo abominable, cubierto de una leprosa capa de inmundicia, mientras me llegaban a los oídos los sones y acordes de aquel misterioso piano que, desde entonces, he venido escuchando, cada noche, desde aquel día de junio de 1936.
   Sin pérdida de tiempo, corrí al caserón, entré en la sala del piano, levanté la portezuela de madera que había, a ras del suelo, en el ángulo izquierdo del local y bajé hasta el sótano por la estrecha escalera. Durante una hora me dediqué a esconder, en aquel sótano, los restos del piano que, enloquecido, había desguazado con un hacha. Después salí corriendo hacia el faro y, tras coger una linterna, grande y de potente luz, bajé por la escala de cuerda del acantilado; dejé prendida la linterna en uno de los peldaños y me tiré al agua. Estuve buceando, un buen rato, en busca del cuerpo de Judith. Una de las veces que salí a la superficie, descubrí la lancha del guardacostas, corrí a la escala y le hice señas con la linterna. Se acercó el guardacostas. Le conté, llorando, que Judith había tenido un accidente fortuito, cayendo por el acantilado y que yo llevaba media hora buceando, exhausto y desesperado, tratando de encontrar su cuerpo. Aunque dos de los ayudantes buceadores del guardacostas estuvieron buscándolo bajo el potente proyector de la lancha, durante una hora, el cuerpo de Judith no apareció. Nadie me acusó de nada.
   Pasado un tiempo considerable, sustituí la portezuela de la escalera que baja al sótano, por una losa de hormigón con una argolla en el centro.
   "¿Por qué cometí aquella malvada y diabólica acción contra mi querida y adorada Judith?" Ésta era y es la acusación que mi conciencia me hace cada día al despertar. Y, cada noche, cuando me acuesto, es la música de su piano la que atrona mis oídos. Muchas veces he pensado en arrojarme desde el acantilado para morir como ella. Pero he preferido sufrir en el silencio y la soledad de este faro la penitencia por mi criminal y perversa acción. Y en el hueco que he abierto en la pared del faro, guardaré éste mi triste relato, a fin de honrar, de alguna forma a Judith. Diez de diciembre de 1961. El farero Eusebio Azcona."
 
   Y, hasta aquí -dice Celso, cerrando el cuaderno-, el relato de Eusebio el farero. Después de éste hubo otro farero, llamado Lázaro, el último, que ejerció como funcionario del Estado, desde 1962 a 1995, en que el faro dejó de prestar servicio como tal.

   -¡Impresionante relato! -exclama don Carlos- Pobre Judith. Huyó de la paranoia nazi y vino a caer en la paranoia de un desquiciado y simple aldeano cántabro, celoso. Como dice Celso, así es nuestra naturaleza terrestre: egoísta y desconcertante.
   -Ésa, ésa, es nuestra auténtica y dramática condición -añade Leandro-. Y dudo mucho de que el ser humano llegue un día a liberarse de ella.
   -Yo sí creo y espero que la humanidad seguirá progresando, y que la racionalidad, la solidaridad y amor a sus semejantes se acabará imponiendo en un futuro -vaticina Celso-.  ¿Y, ahora, qué os parece si nos acercamos al bloque del fondo, a esa dependencia donde Judith daba sus clases y donde, según el manuscrito, Eusebio escondió los restos del piano?
   -Por supuesto -dice Bea- que todos estamos impacientes por comprobar cuanto Eusebio narra en su manuscrito.

   Con evidente interés, impaciencia y entusiasmo, reflejado en el rostro de todo el grupo de amigos y en los chispeantes comentarios de todos ellos, especialmente de los más jóvenes,  entraron en el local en que Judith, hacía setenta y tantos años, haría vibrar de emoción el aire de aquella sala, con los melodiosos acordes que sus virtuosos dedos arrancaban a su querido piano. Pero, tras la muerte de Judith, el local debió de ser destinado a trastero, a juzgar por los cachibaches, herramientas, aperos y muebles viejos que allí se veían. Tal como Eusebio describe en el manuscrito, enseguida descubrieron, en el ángulo izquierdo, al fondo del local, la losa de hormigón, bajo la cual se hallaría la escalera de bajada al sótano.  Celso cogió una barra de hierro, por allí arrinconada, y fue a levantar la pesada losa, seguido de don Carlos y de Leandro, que iban provistos de sendas linternas. Entre los tres lograron removerla, después de repetidos intentos, pues dado el mucho tiempo transcurrido desde que Eusebio la colocara, parecía haberse soldado con los bordes del pavimento. Despejada la entrada, don Carlos  comprobó, con la luz de su linterna, el aparente buen estado de la escalera, hecha a base de escalones de mampostería. Primero bajaron él y Celso a echar una rápida ojeada al sótano. No viendo nada que pudiera suponerles algún peligro, avisaron a los demás para que bajaran, alumbrados con la linterna de Leandro. A la luz de las dos potentes linternas, lo que a primera vista allí se descubría, parecía repetición de lo de arriba: aparte de viejas piezas de la linterna del faro, había un baúl y tres cajas que contenían ropa, zapatos, gorros, chaquetas, vestidos de mujer joven, así como cuadernos de partituras musicales para piano, libros y fotos familiares. Al otro lado del sótano, en el rincón más alejado de la escalera, se distinguía un abultado conjunto de lo que fuera, cubierto con una recia lona oscura. Se acercaron don Carlos y Celso y tiraron de la lona. Los haces de luz azulada de las linternas de don Carlos y de Leandro mostraron, en toda su crudeza, lo que Eusebio había descrito en su manuscrito: "Un montón de fragmentos de negras maderas, cuerdas metálicas enmarañadas, teclas negras y blancas, machacadas salvajemente por un loco exterminador..."


   -Ahora comprendo las extrañas alucinaciones de Róber -susurró Bea.
   -Yo también -musitó Róber-. No lo acabo de entender, pero estoy seguro de que mi espíritu captaba la dramática experiencia de Judith.
   -Así es, hijo -aprobó Celso-. En este vuestro mundo terrestre, soléis tener, en general, un concepto de la realidad bastante burdo, pues, para la gran mayoría, la realidad no es otra cosa que materia. Cuando la verdad es que la materia, entendida como una pasta informe que rellena a cualquier ser, no existe. Por eso, las escenas de imágenes y sonidos de Judith y su música, que un día, fueron vividas, intensamente, por su espíritu, y que nadie ha aniquilado, ¿qué tienen de extraño que ahora los descubra el sensible espíritu de Róber, seguramente, potenciado por la proximidad espacial del lugar, así como por imágenes, sonidos y, sobre todo, vivencias espirituales de extrema conmoción y dramatismo?
   -Ya es hora de que la pobre Judith, y tú también, Róber, descanséis -les deseó Reme, abrazando al chico y dándole un beso.

   Y un aplauso, unánime y espontáneo, resonó en aquel sótano, como justo reconocimiento y desagravio a aquella joven judía polaca, víctima de la irracionalidad y monstruosa maldad que puede contener el corazón humano.
   Fuera ya de aquel deprimente local, que tales viejas vivencias encerraba, continuaron comentando la dramática historia de Eusebio y Judith, durante una larga media hora.
   
   Finalmente, Reme, sacó a colación la intención de don Carlos de informar a la ciudadanía, el domingo siete de septiembre, en la explanada próxima al faro,  sobre el partido político que había creado y registrado en el listado oficial de partidos. 
   A todos pareció muy buena idea, pero Leandro, con buen criterio, propuso organizar, con antelación, una modesta campaña informativa, que muy bien podrían llevarla a cabo los chicos y chicas del grupo de amigos, desde los todoterrenos de don Carlos y de Celso. A todos pareció una magnífica idea, fijando como fecha para realizarla el martes, dos de septiembre. Leandro se prestó a conducir el todoterreno de don Carlos, para que éste estuviera más libre y despreocupado en los menesteres  de saludar, lanzar sus mensajes y agradecer las aclamaciones del público. 


   Conforme a lo acordado, el martes 2 de septiembre, a las ocho de la mañana, Celso, en su holgado coche,  llevó a Bea, Leandro y a los hijos de ambos, a la casa de don Carlos. Y, una vez que los chicos, montaron en el todoterreno de Celso, y en el de don Carlos, lo hicieran él, Reme, Bea y Leandro, que iba de conductor, iniciaron la marcha. Con la megafonía, a todo volumen, dieron varias vueltas por el pueblo. Delante marchaba el coche de Celso, caldeando el ambiente con las alegres y afinadas canciones que los chicos cantaban para despertar la atención de la gente. Detrás, a discreta distancia, le seguía el otro coche, en el que don Carlos, por la ventanilla del copiloto, con el micrófono en la mano, se dirigía a los viandantes y curiosos, asomados a los balcones y ventanas, con ocurrente y chispeante discurso, animándolos a asistir el domingo, 7 de septiembre, a una charla informativa acerca del nuevo partido que acababa de crear.


   El domingo, dia 7 de septiembre, bien temprano, Celso y los hijos del grupo de amigos, se dedicaron  a montar, en la explanada próxima al faro, la tribuna destinada a la presentación que don Carlos habría de hacer, por la tarde, del nuevo partido político por él creado.

   Y, en efecto, a eso de las cinco de la tarde, llegaron muchos vecinos del pueblo, unos en coche y otros paseando. 
   Una vez que todos se acomodaron lo mejor que pudieron, con la ayuda de Celso y los amigos vecinos, llegaron don Carlos y Reme, con sus hijos Paqui y Manuel, siendo recibidos con aplausos y felicitaciones. Reme y sus hijos fueron a sentarse junto al grupo de amigos, mientras don Carlos subía al estrado y Celso ajustaba el micrófono y el volumen de los bafles. Don Carlos ruega silencio, a través de los altavoces y, enseguida, inicia su charla:

   -Mil gracias a todos los que os habéis acercado hasta este faro, tan entrañable y querido por todos los que aquí nos hallamos esta tarde, respondiendo a mi invitación de asistir a la presentación del nuevo partido que me pareció oportuno crear y registrar, tras dimitir como alcalde. Mi intención no ha sido otra que la de tratar de mejorar, en todos los aspectos, el gobierno del ayuntamiento de esta hermosa ciudad. Y, por supuesto, con la desinteresada colaboración de un grupo de ciudadanos, honestos y dispuestos a trabajar, de acuerdo con las directrices del programa que, enseguida, escucharéis.
   -¿Y cómo se va a llamar ese partido? -pregunta un mozalbete de una pandilla sentada detrás de los amigos de don Carlos.
   -Pues... el nombre quizás os sorprenda, antes de que os explique el porqué del mismo -le contesta don Carlos-. Lo he bautizado con el nombre de Costaleros del Estado.
   -¡No me jodas! ¡ja, ja, ja! - exclama el chico, contagiando su risa incluso a los hijos de don Carlos y amigos. Otros, en cambio, reaccionaron con cara de extrañeza, y no pocos mostraron una expresión reflexiva.
   -Vamos a ver, dejadme que os explique -dice don Carlos, riendo a su vez-. El motivo de ese nombre está en que el objetivo de este partido no es otro que el ponerse al servicio incondicional del Estado, es decir, de la ciudadanía. La preocupación del mismo será la de cuidar y atender al Estado, con el celo y dedicación, similares a los de los costaleros de esos magníficos y emblemáticos "pasos" de muchas procesiones españolas. Lógicamente, entre los postulados y directrices fundamentales del programa de este partido, deberán figurar los siguientes:
   * El fin primario del Estado es lograr el bienestar general de todos los ciudadanos. Por lo que este partido rechaza cualquier favoritismo en beneficio de una determinada clase o grupo social.
   * Este partido considera que el sistema político con mejores expectativas para la realización y consecución del fin del Estado es  el sistema democrático de pluralidad de partidos. Sistema que deberá regirse de acuerdo con una Constitución que, básicamente, garantice que el único soberano legítimo es el pueblo; que su legitimidad se fundamenta en la voluntad ciudadana expresada mediante el voto directo o representativo; y que garantice, también, la real independencia de los tres poderes, legislativo, judicial y ejecutivo, así como los límites justos de cada uno de ellos.
   * El político, que ejerza cualquier cargo público, deberá actuar plenamente al servicio del Estado, y no al revés. De lo contrario deberá ser destituido, de inmediato.
   * Con independencia de las ideologías políticas, económicas, sociales, religiosas, etc. a todo candidato a ocupar un cargo político en el gobierno del Estado, deberá exigírsele superar determinadas pruebas que garanticen su capacidad para dicho cargo, así como el poseer una trayectoria personal irreprochable, que evidencie el código ético y demás valores humanos que dirigen sus actos.
   * Este partido rechaza toda dictadura sistematizada, ya sea política, religiosa o de cualquier otro tipo que pretenda anular o restringir, injustamente, cualquiera de los derechos humanos, reconocidos como tales por la organización de naciones unidas.
   * Este partido rechaza -por injusto, insolidario y causante de desigualdades sociales, pobreza, guerras y otras calamidades- el principio del liberalismo radical, que defiende la total libertad, sin restricciones, para actuar y enriquecerse todo el que pueda y sepa, al margen de consideraciones éticas o, simplemente, humanas.
   * La constitución, o carta magna de un Estado democrático, deberá contener -aparte del texto, minuciosamente revisado y actualizado en su legislación, de acuerdo con las actuales necesidades de la ciudadanía- normas concretas, mecanismos y controles que garanticen el primordial objetivo y finalidad del Estado. De manera que hagan imposibles acciones delictivas como: la corrupción, el fraude fiscal, la malversación de fondos públicos, el blanqueo de capitales, los privilegios y tratos de favor a cualquier nivel, etcétera. Y una cosa muy importante también: que toda, toda, toda la actividad realizada por todo el que desempeña un cargo público, en el ejercicio del mismo o relacionada con él, se haga con absoluta transparencia.
   Y, como simple comentario, creo que, salvo esos irrenunciables principios, no tenemos inconveniente en aceptar los programas políticos de otros partidos, no incompatibles con ellos y que acepten estos nuestros.
 
   -¿Pues cómo vais a demostrar que sois transparentes y que nada de lo que hagáis quedará oculto? -le interroga uno del público, con una sonora carcajada.
   -Os va a sonar un poco a broma o tomadura de pelo, pero os aseguro que cuento con un aparato prodigioso que graba todo cuanto le ordena el autorizado y capacitado para ello, claro está. En mi caso, Celso, el guardián del faro. Él os podrá explicar, mejor que yo, cómo funciona ese invento.
   ¡Celso, por favor, continúa tú explicando y mostrando cuanto se refiere a ese increíble y prodigioso chivato! -le ruega don Carlos.
   -Bien -dice Celso, hablando por el micro-, mirad hacia la linterna del faro y ved qué hay sobre ella. Es una esfera, aparentemente de vidrio espejeante, que gira sobre sí misma, lentamente. Es un ingenio del mundo del que procedo. Y, entre otras aplicaciones, está la que don Carlos propone. Yo puedo dejarlo programado, de manera que en su superficie se proyecten las imágenes y se reproduzca el sonido de toda la actividad administrativa y gestora, en tiempo real, de todos los componentes del ayuntamiento, desde el alcalde hasta el último empleado. Al final de cada jornada aparecerán minuciosamente detallados, los extractos del movimiento contable de las cuentas del ayuntamiento, con indicación del nombre del autor de la operación.
   Esa esfera está protegida contra todo tipo de agresión o intento inútil de manipulación o desactivación. De darse alguno de dichos intentos, la imagen de la agresión y de su autor pasarían, de inmediato, a las autoridades competentes (policía, juzgado, etc.). Otra propiedad, también muy interesante, es la posibilidad de conectar con ella a través de internet. Lógicamente, una vez que don Carlos realice el procedimiento para su puesta en marcha, que sólo él y yo conocemos.

   Celso continúa su intervención, haciendo referencias a su mundo extraterrestre, sobre similitudes, diferencias, ventajas e inconvenientes en comparación con las condiciones terrestres. También alude a los probables contactos que, en un futuro no muy lejano, se producirán entre los de su mundo y el nuestro que, sin duda, serán muy ventajosos para los terrícolas.
   Percatándose que había no pocos incrédulos y bromistas, mofándose de sus palabras, se limita a decirles:

   -En breves minutos os libraré de vuestras dudas y desconfianzas.

   Y, haciendo con las manos un gesto de petición de silencio, al mismo tiempo que recorre, con la mirada, la mucha gente que se halla en la explanada, concluye su charla con estas palabras:

    -Bueno, amigos, ha llegado el momento de partir. Me vuelvo a mi mundo. Y, antes de hacerlo, debo expresaros mi agradecimiento por lo enriquecedora que ha sido mi estancia entre vosotros. Confiad en don Carlos y acoged, con buen ánimo, sus recomendaciones, basadas en la racionalidad, la solidaridad y demás valores éticos. Que ellas y el continuo agradecer, perdonar y pedir perdón acompañen siempre vuestros actos.  Tened la seguridad de que vuestra vida, en este mundo terrestre, con sus duras, trágicas y, muchas veces, incomprensibles condiciones y experiencias, está cargada de sentido.

   Dicho esto, Celso, abraza a don Carlos, salta del estrado y sale corriendo hacia el faro, en medio del absoluto silencio de aquel gentío que miraba absorto y sorprendido aquella súbita despedida.
   Enseguida reaparece sobre la plataforma de la linterna del faro, portando un envoltorio bajo el brazo. Lo extiende y lo muestra al público. Se trata de una membrana traslúcida y azulada, en forma de globo, con una abertura de unos tres decímetros en la parte de abajo. A continuación, Celso introduce la cabeza por dicha abertura, y el globo, rápido, parece succionarle, envolviéndolo con su membrana que permite ver la silueta de Celso, moviéndose en su interior. Él levanta el brazo y agita la mano en señal de despedida. Luego, da dos saltitos y, al tercero, el globo se alza por encima de la linterna del faro, gira sobre sí mismo, y, poco después, se  aplasta en forma lenticular sobre Celso, que se siente como en el interior de un gigante sandwich, aumentando sus giros y progresiva altitud, con asombrosa rapidez.
   Los amigos de Celso, irrumpieron en unánimes gritos de "¡Adiós, Celso, hasta pronto!" que, enseguida se multiplican, a lo largo de la explanada, como un eco repetido, de acantilado en acantilado, acompañado de besos y aplausos.
   Pasados unos minutos, la navecilla de Celso, que brillaba en el cielo como una lentejuela de oro,
se perdió tras el horizonte levantino. El numeroso público, asistente al acto, se fue retirando de la explanada; unos en sus coches y otros caminando y comentando las sorprendentes noticias y raras cosas, escuchadas y observadas aquella tarde.
   Don Carlos, Reme y sus hijos, tras comentar durante un buen rato con Bea, Leandro y los chicos, el desarrollo y fantástico final del evento,  se despidieron de ellos, y se marcharon en el todoterreno hacia el pueblo, en medio de las aclamaciones y vítores de la gran mayoría de los asistentes.

   Leandro, que caminaba junto a Bea hacia sus respectivas casas, se detuvo un momento. Se dio media vuelta y, mientras observaba la mágica esfera que Celso había dejado sobre la linterna del faro, dijo a Bea:
   -La verdad, Bea, que, ante cosas como las que acabamos de presenciar, sólo se me ocurre como comentario, el repetir la reflexión de aquél filósofo griego: "¡Sólo sé que no sé nada!
   -Yo, en cambio -contesta Bea-, creo que nuestra razón puede descubrir muchas recónditas verdades. Lo que pasa es que, con frecuencia, nos resulta más cómodo pretender ignorarlas.
   -Quizás estés en lo cierto, Bea, pero, hasta ahora, la verdad incuestionable a la que ha llegado mi razón, es que esta realidad y esta vida, que siento en mí y creo observar en los demás, es un misterio que cada cual entiende a su manera...
   -Por supuesto, Leandro, cada cual es quien ha de enjuiciar y decidir sobre lo que ha de creer. En estos momentos, yo suscribo la recomendación de Celso: "Que la racionalidad, la solidaridad y demás valores éticos, así como el continuo agradecer, perdonar y pedir perdón, sean norma constante en nuestra vida".

   En su calmoso y coloquial paseo de regreso a sus respectivas casas, Bea y Leandro hacían frecuentes paradas, por lo que Alicia, Enrique y Róber, que marchaban delante, se separaron de ellos un buen trecho. Ya se hallaban éstos muy cerca de sus viviendas cuando, a pesar de la reducida visibilidad crepuscular, vislumbraron a dos personas, sentadas en el realzado borde de la piscina comunitaria.

   -¡Mamá! -grita Alicia con indudable emoción, traspasando la verja y echando a correr hacia ella, por el parque interior.
   -¡Papá! -grita, a su vez, Róber, corriendo también.
   -¡No! ¡No pueden! ¡No deben ser ellos! -exclama Bea.
   -Sí, Bea, ¿Por qué no? Ya lo dijo Celso: "hay que perdonar".
   -¿Perdonar? Celso no tiene razón. Hay cosas que no se pueden perdonar en este mundo nuestro...
   -¡Por favor, Bea! Celso, aunque extraño e irónico farero, hay que reconocer que está cargado de razón. Y te lo digo yo, Leandro, escéptico y agnóstico de nacimiento.


                                                  Fin del III y último capítulo

   Y, en reconocimiento a ese maravilloso dibujante digital japonés Kagaya, autor de una galería de imágenes, etéreas, celestiales, a la que pertenece la que encabeza este capítulo, os recomiendo contempléis y disfrutéis su magnífica obra, visitando  en el buscador de google: ARTE KAGAYA.

Que paséis un feliz verano, amigos. Hasta pronto. Un abrazo.
Dunscotiano.

























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El extraño guardián del faro - (Cap. II)

jueves, 18 de diciembre de 2014



   Soy Celso, el guardián del faro,  y aunque ya conocéis algo de mí, por los comentarios favorables que don Carlos el alcalde me ha dedicado,  quiero ahora, personal y directamente, informaros y haceros partícipes de la extraordinaria experiencia e indescriptible satisfacción que mi espíritu disfruta desde el mes de enero del año 2012 en que aterricé en este hermoso país de la Tierra. Jamás pensé que llegara a ser tan gratificante para mí, cuando mis compatriotas me propusieron y animaron a llevar a cabo la misión de venir hasta aquí para obtener información sobre vuestro mundo y sobre los seres inteligentes que la habitan.
   Una vez en él, estuve un tiempo dedicado al estudio del sistema lógico con que funciona vuestro universo y mundo terrestre, su historia evolutiva hasta llegar a ser lo que ahora es y vuestra historia en cuanto espíritus que sois, idénticos a los nuestros, aunque os desenvolvéis en unas condiciones muy distintas a las que nosotros tenemos. Me ha impresionado conocer la grandiosa epopeya de la humanidad: el poder espiritual de los humanos luchando, en el devenir del tiempo, por dominar la realidad del mundo sensible en que os movéis, con los instrumentos, de su misma entidad, que él os ha prestado, logrando labrar, a golpes de inteligencia y fiereza, una cultura que ha ido creciendo y purificándose lenta, pero sin pausa; y que continuará creciendo hasta el pleno triunfo de la razón. Luego, me las ingenié para introducirme en vuestra sociedad y llegar a conocer  vuestras necesidades y problemas,  tragedias y alegrías, temores y esperanzas...
   Gracias a su alcalde don Carlos Civantos, en junio del 2012, me instalé en esta preciosa ciudad y paraje, donde he procurado actuar discretamente, evitando dar publicidad sobre mi procedencia y mis -para los humanos- extraños y prodigiosos poderes, ya que supondría un grave obstáculo para lograr el objetivo principal que me he propuesto.
   Con don Carlos me sinceré muy pronto, ya que el hombre se lo merecía, por su indiscutibles cualidades de racionalidad,  honestidad, justicia y desinteresada entrega al bien general de la población; aparte de que, gracias a él, me asignaron la plaza de guardián del faro. Y, ahora, creo que debo, también, hacerlo con vosotros. Como podréis suponer, me estoy dirigiendo a cuantos lean este relato en el que aparezco como uno de los personajes que intervienen en el mismo.
    Ya hace tiempo, don Carlos  vino a visitarme al faro, en donde tuvimos una charla en la que le mostré y conté, a grandes rasgos, cómo es el mundo del que procedo. Él ha revelado a sus amigos algo de aquella conversación, como  es la semejanza que hay entre vuestro mundo y el mundo al que yo pertenezco. En ese sentido quiero aclarar que, aunque es cierto que mi universo y mundo es dinámico, en expansión y evolutivo como éste vuestro, existen diferencias fundamentales entre ambos, debido a que los sistemas lógicos, con que han sido ideados y diseñados por el Espíritu Supremo, son muy dispares entre sí, siendo los resultados muy diferentes también, por motivos que Él sólo conoce. En nuestro caso no se da resultado alguno desfavorable para los espíritus que lo habitamos. Allí no existe el dolor, ni la enfermedad, ni el deterioro corpóreo por el paso del tiempo, ni tampoco la muerte, entendida como vosotros la padecéis. Llegado el momento de partir a otro mundo -cosa que conocemos desde que nacemos-, uno se despoja del cuerpo, como quien se quita un vestido, y se marcha a donde le ordenen. Es un sistema calculado de forma que, en el tiempo, todo funcione y suceda sin la menor violencia o imprevistos desfavorables. El resultado es que las condiciones de habitabilidad de nuestro mundo son las más apropiadas, confortables y ajustadas a nuestras necesidades.
   En cambio, el sistema lógico de vuestro mundo y universo sigue un tipo de modelo violento, sin consideración alguna para con los espíritus que lo habitan. En él las leyes, que llamáis físicas, se cumplen a rajatabla, originando frecuentes fenómenos tectónicos, meteorológicos, climáticos, con resultados catastróficos y otros muchos negativos y  con terribles consecuencias para la vida y salud de sus habitantes.
   Hay además otra importante diferencia entre ambos universos. En el vuestro, los seres humanos y los animales inferiores a vosotros, actuáis movidos por un impulso innato: el instinto de conservación de sí mismo y el de conservación de la especie, tan arraigado y poderoso que, en la gran mayoría, se convierte en una actitud egoísta que dirige todas sus actividades. Las consecuencias de dicha actitud son obvias: delitos de todo tipo, injusticias, perjuicios y daños a los demás; creación de situaciones calamitosas, personales, sociales y estatales; generación de carencias de los recursos más básicos, como el alimento, vivienda, educación, sanidad, seguridad, etcétera; conflictos y guerras y tantos otros.    
   Todos esos terribles males desaparecerían o se mitigarían, si todos y cada uno de los seres humanos actuaran movidos, no por un impulso egoísta, sino altruista y solidario, como ocurre en mi mundo. Me diréis que, en la práctica, eso es utópico, porque el instinto siempre es más fuerte que la razón. Hasta hace pocos días yo pensaba lo contrario, pero debo reconocer que últimamente no lo tengo tan claro. En mi mundo, os aseguro, la fuerza que impulsa las acciones de los que lo poblamos no es otra que el amor y solidaridad hacia los demás, y el resultado es maravilloso: un mundo paradisíaco. Si lo pensáis un poco, no puede ser de otra manera: si todo el mundo me quiere a mí con auténtico amor y yo quiero a todo el mundo con todo mi corazón y mis capacidades, el resultado no puede ser otro que una mundial familia en la que se respira la paz, la armonía y el bienestar...
 Pero comprendo que nosotros lo tenemos fácil, porque nacemos y vivimos con ese impulso o instinto innato altruista y de amor desinteresado hacia los demás, mientras que vosotros con otro muy distinto y esclavizante.
   Dándole vueltas a estas ideas, y tras conocer las inquietudes de vuestro alcalde por desempeñar su cargo, guiado por la racionalidad, la honestidad, y el bien general de todo el pueblo, quise ayudarle tratando de aplicar la fórmula de mi mundo, en virtud de mis poderes extraterrestres (mediante los cuales, y por espacio de un mes, yo puedo doblegar la voluntad de quien me proponga, suspendiendo su innato instinto egoísta y sustituyéndolo por la actitud altruista y solidaria). Así que, una mañana de primeros de este mes de junio, desde la plataforma de la linterna del faro, llevé a cabo mi planeada operación a distancia. Primeramente localicé, telepáticamente, a todos y cada uno de los que intervienen, más activamente, en el funcionamiento del quehacer diario del pueblo. A continuación introduje, en la mente de cada uno de ellos, el imperativo de actuar de acuerdo con la recta razón y solidaridad con los demás, así como la ineludible obligación de cumplirlo. Luego hice otro tanto con el resto de los ciudadanos. Afortunadamente todo ha funcionado de acuerdo con mi plan, pues según me comentó don Carlos,  a finales de junio, él no se explicaba cómo, a lo largo del mes, no había habido el menor contratiempo,  resultando todo a satisfacción de los ciudadanos. Pero una vez concluido el mes...


   Son las nueve de la mañana del tres de julio de 2014. Adrián, tras asearse y arreglarse con traje y corbata, entra en la cocina a desayunar. Allí está Bea, su mujer, sentada ante la mesa, tomando una infusión.


   -¿Adónde vas tan peripuesto y tan temprano, estando ya de vacaciones? -le pregunta Bea, con sorpresa y curiosidad.
   -Porque, anoche, recibí un mensaje del consejo político del partido, invitándome a asistir a una reunión que se celebra hoy a las once, en un restaurante junto a la playa, para debatir y consensuar objetivos comunes con representantes de empresas, bancos, empleados y miembros del comité. Así que no me esperes a comer.
   -¡Vaya, qué oportunos!
   -¿Oportunos por qué? Deberías alegrarte que se hayan fijado en mí para ese tipo de reunión. Será porque confían en que les aporte ideas y soluciones positivas.
   -Sí, Adrián, pero es que me preocupa mucho lo de las alucinaciones que Róber padece... Y había pensado en que hoy podríamos llevarlo al psiquiatra...
   -¿Psiquiatra? ¡No me hagas reír! Eso que Róber cuenta no son más que ñoñerías propias de un niño mimado. Y mucha culpa es tuya, al prestar tanta atención y mostrar preocupación por esas tonterías.
   -No son tonterías -contesta Bea, con manifiesto enfado. Desde aquella tarde que escuchó la música de piano, cuando fue con los amigos a ver las cuevas, es rara la noche que no se despierta y se levanta, agitado y temblando porque vuelve a oírla, aunque sólo sea en su mente. Como yo duermo en la habitación de al lado, enseguida lo siento cuando se desvela y agita, y corro a calmarlo.
   -No me extraña que al chico se le metan en la cabeza semejantes gilipolleces, teniéndote a ti de maestra, contándole esas historias místicas y trasnochadas que le sueles contar...
  -No, Adrián. No le cuento historias místicas. Yo tengo mis creencias y mi sensibilidad, que me resultan muy reconfortantes, pues me ayudan a ver un sentido a la existencia. También tengo curiosidad e interés por conocer cosas que están más allá de la burda experiencia cotidiana. Si hablo con Róber de esos temas, no le hago ningún daño. Tanto él como yo lo pasamos muy bien contándonos esas historias inofensivas.
   -Bueno, allá vosotros con vuestros cuentos bizantinos.

   Y, diciendo esto, se tomó precipitadamente el café, terminó de acicalarse y salió de casa con adusto semblante, sin despedirse de Bea ni de Róber.
   Bea, muy dolida por la inesperada actitud de Adrián, dio comienzo a sus tareas domésticas, mientras desgranaba en su mente pensamientos deprimentes. Estaba limpiando el salón cuando apareció Róber, ya preparado para salir, con un nicky  azul, un pantalón crema y portando una mochila.
   -Mamá -le dice Róber-, Enrique y Alicia me han enviado un whatsapp, diciéndome que me esperan ahí abajo para ir a la playa hasta el atardecer. Tomaremos algo en el chiringuito.
   -¡Ah, bueno, hijo! Tened mucho cuidado, si os bañáis, de no nadar por donde no hagáis pie.
   -Te veo muy seria, mamá... ¿y papá?
   -Ha salido. Dice que le han llamado para asistir a una reunión muy importante. Ya veremos...

   En ese momento suena el telefonillo. Róber coge el auricular. Son Enrique y Alicia que le esperan en la puerta. Róber se despide de su madre con un beso.
   -Hasta luego, mamá.
   Bea se asoma por la terracita, saluda a Alicia y Enrique, y les hace las consabidas recomendaciones. Después mira recatadamente a la terraza de Leandro y Celinda, pero no descubre a ninguno de ellos tras el ventanal. Momentáneamente, una idea sombría sobre estos vecinos se posa en su mente. Bea trata de espantarla con la mano, como si de una mosca molesta se tratara. Enseguida dirige la mirada hacia Róber, y ve, con gozoso alivio, cómo se ríe con las bromas que Alicia y Enrique le cuentan mientras se van alejando. Con una sombra de tristeza, ella alza la vista hacia la linterna del faro, mientras siente la caricia de la tibia brisa del mar y escucha los chillidos de las gaviotas por encima del fragor de las olas que se estrellan contra el acantilado. Luego vuelve al salón y continúa con su tarea, enfrascada en sus pensamientos.
   Para desahogarse, Bea, a eso de las once, llama por teléfono a Reme, la mujer del alcalde. Habla con ella un buen rato, contándole lo de la reunión de Adrián y su incomprensible enfado con ella, por el simple comentario sobre esas raras músicas que Róber escucha. Le dice que esas alucinaciones, o lo que sea, le preocupan mucho, pues casi todas las noches se le repiten de madrugada, produciéndole un estado de ansiedad y de pánico que le quita el sueño. Y, por si fuera poco, la incompresible actitud de Adrián que, en vez de apoyarla, la culpa a ella de lo que le pasa a Róber. El resultado es el estado  triste y depresivo en que se siente hundida.
   -Sí, Reme, por favor -le dice-, habla con Carlos, a ver si él, que tiene confianza con Celso, el guardián del faro, pudiera comentarle algo sobre estos problemas que nos han surgido, y preguntarle si esta tarde, hacia las cuatro, pudiéramos hacerle una visita.
   -Por supuesto, Bea, que se lo diré a Carlos. Yo, la verdad, admiro a Celso, pues según Carlos, posee unos recursos sorprendentes. Ya lo escuchaste aquella tarde, en el chiringuito del Pisha, cuando Carlos contó cómo Celso solucionó el problema de la limpieza, y las maravillas que descubrió dentro del faro.

   Mientras Bea escucha a Reme, se acerca hasta el ventanal del salón y observa que, del portal de enfrente, sale Celinda, con aire apresurado y tenso, y se dirige hacia el garaje comunitario. También descubre, tras los cristales, a Leandro, quien, con semblante serio y preocupado, contempla el coche de Celinda saliendo del garaje.
   Rápidamente, Carlos el alcalde, llama a Celso, por teléfono- y le comenta cuanto Bea ha confiado a Reme, es decir lo de la reunión de Adrián, así como lo de las alucinaciones de Róber.
   -No faltaba más, don Carlos -le contesta Celso, muy atento, al teléfono-, haré cuanto esté en mi mano para solucionar o mitigar los problemas de nuestros amigos. Para mí es un honor que me visitéis, sea cual sea el motivo. Siempre seréis bien recibidos.

   Sin pérdida de tiempo, Celso entra en el cuarto dedicado a cocina-comedor. Saca de una alacena un estuche metálico, dorado, y extrae de él una especie de guijarro ovoideo, de superficie lisa, blanca y brillante, moteada de pequeñas medias lunas multicolores. Luego toma un cubilete de plástico azul, provisto de un asa, y lo llena de agua hasta la mitad de su capacidad, medio litro más o menos. Introduce el guijarro en él, y lo remueve durante un minuto. Coge, también, un tubito, como los usados para tomar refrescos. Pertrechado con estos raros y simples útiles, sube Celso por la escalera helicoidal del faro hasta la terraza. Allí se coloca, de pie firme, junto a la base en que descansa la linterna del faro, mirando en rigurosa dirección hacia el pueblo. A continuación, toma el tubito entre sus dedos, lo lleva a su boca y succiona un poco de líquido del cubilete. Enseguida sopla muy lentamente, hasta lograr que aparezca, por el extremo del tubito, una pequeña pompa, la cual, conforme Celso sopla, va aumentando y tiñéndose de una blancura nívea y de cegadora luminosidad, hasta alcanzar el volumen de una esfera de dos decímetros de diámetro. Celso deja de soplar. Sacude el tubito, asciende la esfera unos veinte metros, y luego continúa volando, con dirección al pueblo, siguiendo la sinuosa línea de los acantilados, hasta que, finalizado su recorrido, permanece quieta sobre el restaurante en que Adrián tiene la reunión. Son justamente las 12 horas de mediodía.

   A eso de las tres de la tarde, Leandro se acerca a casa de Bea, para interesarse por la salud de Róber.  Bea le dice que el chico está bien, como así lo demuestra el que se haya ido  con Enrique y Alicia a la playa, pero lo que a ella le preocupa son esas alucinaciones que se le repiten cada noche.  Y, como Bea se ha percatado de que algo serio preocupa el ánimo de Leandro, y se da cuenta de que tanto él como ella necesitan desahogarse, no duda en confesarle su disgusto por el injusto comportamiento  de Adrián, al culparla de lo que le pasa a Róber, y marcharse a la reunión de mala manera.
   Esta confidencia anima a Leandro a contarle, a su vez, cómo Celinda, su mujer, curiosamente, también se había comportado de forma parecida a la de Adrián, echándole en cara su desinterés e indiferencia hacia ella, su falta de detalles y, sobre todo, su aburrida actitud, siempre enfrascado en sus libros; así como su pasividad y desgana por dar algún aliciente a su relación.
   -Así que, tras esa bronca -le dice Leandro-, entró en su habitación, se arregló, salió, bolso en mano, y con semblante de enfado mayúsculo, salió fuera dando un portazo. ¿Qué le vamos a hacer, Bea? Esperemos que, tanto a Adrián como a Celinda, se les pase pronto el arrebato y, como siempre, todo quede en agua de borrajas. Aunque me temo que, en mi caso, esta última trifulca, no sé por qué, me da la espina de que puede suponer una ruptura de difícil compostura.
   -La verdad, Leandro, que desde aquella tarde, cuando nos reunimos en el chiringuito, y Adrián y Celinda se quedaron solos, he venido observando en él una frialdad e indiferencia para conmigo, que ha ido creciendo día a día. Aparte de que muchas veces lo he sorprendido espiando a Celinda, tras las cortinas del ventanal del salón, cuando ella ha salido a la terraza o se ha asomado a través de los cristales. Y, cuando se encuentran fuera de casa, ambos se deshacen en sonrisas y palabras melosas.
   -Yo también  me he dado cuenta de ese recíproco flirteo, Bea. Lo que pasa es que reconozco tener un temperamento tranquilo y conformista, en el sentido de que prefiero callarme, antes que porfiar y discutir con nadie. Pues pienso que todo el mundo tiene derecho y es libre para decidir por sí mismo en cuestiones puramente personales. Allá cada cual.
   -Así es, Leandro, pero es muy humano tratar de defender lo que creíamos que nos pertenecía. Ese fue el motivo que me empujó, esta mañana, a llamar por teléfono a nuestros amigos, Carlos y  Reme: el desahogarme y pedirles ayuda. Me atendió Reme, pues Carlos no estaba en casa. Le conté lo de Adrián y lo de Róber y el estado de ánimo tan hundido en que me hallo. Ella me dio ánimos y me dijo que Carlos hablaría con Celso sobre estos problemas, ya que tiene con él una gran amistad y conoce los insospechados recursos que posee, así como su extraordinaria sensibilidad y celo por realizarlo todo de acuerdo con la regla de oro que rige en su mundo: la de que "el bien de los demás tiene preferencia sobre el bien particular de uno mismo". Y que se pasarían, a las tres y media, a recogerme para ir juntos a visitar a Celso. Tú, Leandro, ven también con nosotros. Serás bien recibido y ten por seguro que esa visita va a sernos provechosa a ambos.
    -¿Cómo no, Bea? Tanto a Carlos como a su mujer los aprecio y admiro, desde aquella tarde del chiringuito, por lo que nos contaron sobre ellos, y sobre Celso...
   - ¿No oyes, Leandro, el ruido de un coche? Juraría que es  el todoterreno de Carlos. Vámonos a su encuentro.

    En el momento en que Bea y Leandro salían del portal, Carlos y Reme lo hacían del coche, que lo habían dejado aparcado junto a la verja del parque de  sus viviendas. Mientras mutuamente se saludan, Carlos dice a Bea:
   -Pero, querida Bea, ¿qué os pasa? ¡Vaya, con Adrián! Voy a tener que tirarle de las orejas, por esas brusquedades que ha usado contigo. Quizás sólo se haya tratado de una rabieta pasajera, algo así como una tormenta de verano.
   -Sí, Bea -le anima Reme-, ya verás cómo todo queda en nada. Son zarandajas normales en las parejas. ¿No te parece, Leandro?
   -No sé, Reme, ojalá sea así...
   -Hum... Leandro -le dice Carlos-, no te veo muy animado. Y Celinda ¿cómo no te ha acompañado para visitar a Celso?
   -Pues... por lo que venimos comentando... Los escollos que suelen aparecer en las relaciones de las parejas. Esta mañana salió de casa enfadada y... aún no ha vuelto. Y lo que más siento es lo mucho que sufren los hijos cuando presencian o intuyen un desenlace tan tremendo como una ruptura entre sus padres...
   -Por favor, Leandro -responde Carlos-, no seas tan pesimista. Ya verás cómo Celso nos da a todos alguna receta adecuada para aliviar nuestros pesares...

   Anduvieron, durante un minuto, hacia el faro, cuando Reme, jubilosa, anunció:
   -¡Celso a la vista, chicos! -gritó, al tiempo que agitaba los brazos, para que Celso se percatara de que eran ellos.

   Celso, muy sonriente, vestido con una blusa verde botella y suelta por encima del pantalón, color naranja, saludó de lejos al grupo, con profunda reverencia, doblando su tronco en ángulo recto. Enseguida se irguió, avanzó hacia ellos, besó a Bea y a Reme, y estrechó la mano a Leandro y a Carlos.
   -Te agradezco, don Carlos, que vuelvas a visitar al guardián de vuestro hermoso faro; con mayor motivo, viniendo tan bien acompañado, ¡ja, ja, ja! -dijo, riéndose alegremente.
   -Sí, amigo Celso, tienes razón, ya era hora de que volviera a visitarte. Y, como acertadamente dices, muy bien acompañado de nuestros amigos Bea, Leandro, y de Reme mi mujer, a la que ya conoces.
   -Sí, claro, a Reme y a vuestros hijos Paqui y Manuel ya los conozco. ¿Dónde están ellos?
   -Se han ido a la playa, junto con Róber, el hijo de Bea y Adrián -dice, señalando a Bea- y con Alicia y Enrique, los hijos de Leandro y Celinda -añade, moviendo la barbilla hacia éste. Todos ellos excelentes amigos.
   -Ya sé que, hasta ahora, habíais formado un grupo de amigos muy majo -reconoce Celso-, aunque con quien más suelo coincidir en el súper es con Reme. Por cierto, Reme, quiero aprovechar la ocasión para agradecerte que me recomendaras artículos como el aceite de Martos, el duende del anís de cualquier sitio de España, sea del mono, la castellana, o la estepeña, la receta del gazpacho andaluz y otros más. Todos los he probado y son geniales , ¡ja, ja, ja! -dijo Celso, riendo y haciendo reir a todos.
   -¡Celso, Celso que me estás resultando algo pillín! -contestó el alcalde, sin dejar de reir.
   -De pillín, nada, Carlos -añadió Leandro-. Celso tiene buen gusto y sabe apreciar lo bueno de nuestro país. Luego te daré una nota con la receta del cocido madrileño, para que no olvides a Leandro, amigo Celso.
   -Yo, Celso, soy de Barcelona -le dice Bea- y, cuando quieras, te enseño a preparar butifarra con alubias, caracoles en salsa, pa amb tomaquet, conejo con caracoles, y tantas otras recetas, pues los catalanes de las piedras hacemos panes.
   -¡Qué buenos sois todos conmigo! -les agradece Celso-. Ya me informaré sobre la preparación de esos platos y os invitaré a una demostración de mis habilidades culinarias, ¡ja, ja, ja! Y, ahora, pasad a este viejo y amoroso faro, cargado de experiencia y de increíbles e innumerables secretos. Seguidme, por favor.
 
   Entró Celso, seguido de los cuatro amigos. A pesar de la escasa claridad que había en la sala de la planta baja, podía distinguirse una mesa redonda en el centro, rodeada por un banco corrido y circular, con respaldo adosado, rematado con un reposa-cabezas almohadillado. Luego abrió la puerta del reducido, pero bien aprovechado, cuarto en que se halla la cocina, comedor y despensa, con una alacena al fondo, una mesita y dos sillas.
   Celso rogó que se sentaran en el banco circular y apoyaran la nuca en el reposa-cabezas para contemplar un breve espectáculo que, de inmediato, iba a desarrollarse. De pronto, el interior del faro se ilumina, convirtiéndose sus cóncavas paredes en mágicas pantallas, en las que aparece el mar en calma, resplandeciente como un fantástico diamante azul, rodeando un islote en que, se supone, está Celso y los amigos visitantes. En la lejanía se ve un horizonte montañoso, con abundante arbolado. Y arriba, en el cenit de la bóveda rosada, un maravilloso sol dorado.
   -¿Percibís la tibia brisa, perfumada de algas y sales marinas? ¿Escucháis esa suave melodía, procedente de aquel escarpado monte que veis en la lejanía? Es el canto de las cinco raras gaviotas, que vienen volando hacia este islote. ¿Qué os parece su canto, cada vez más cercano? -pregunta Celso.
   -Realmente conmovedor -le responde Bea-. Aunque noto en él como un deje de tristeza.
   -¿Por qué habían de estar tristes? - comenta Reme, bromeando- Viven en un lugar privilegiado. No tienen que pagar hipoteca, impuestos, colegios, coche, dentista, lista de la compra, etcétera. No lo entiendo.
   -Reme, por favor -le susurra Carlos.
   -No pasa nada -dice Celso-. Todo lo contrario. Prefiero que estéis relajados, pues vais a necesitarlo.
Mirad las cinco gaviotas. Ya han llegado. Se han posado sobre la arena de esta estrecha playa que bordea nuestro islote. Parecen iguales. Las cinco son blancas como la nieve, pero no. Si os fijáis bien, en el cuello de cada una hay un anillo de distinto color al de las demás.
   -Es curioso. ¿Y qué significa eso? -pregunta Leandro.
   -Os costará creerlo, pero cada una de esas gaviotas es un reflejo del espíritu de cada uno de nosotros -les asegura Celso.
   -¡Ja, ja, ja! Hombre, Celso, eso ya es demasiado. No querrás que me lo crea así porque sí. ¿Y cuál es la gaviota que refleja mi espíritu? -pregunta Leandro, con evidente sorna.
   -Muy fácil -contesta Celso, con sonrisa y semblante propios de un padre hacia sus hijos pequeños-. Dentro de un momento, cada una de esas gaviotas va a ofrecernos, por separado, un canto sin palabras, pero que lo va a entender, a la perfección, sólo uno de los cinco que aquí nos encontramos. Pues sólo él puede reconocer sus propios sentimientos, ideas, estado de ánimo, deseos, impulsos, etcétera, expresados en ese canto y que son reflejo del interior de su espíritu.
   -O sea que, difícilmente va a pasar desapercibida  cuál sea la gaviota chivata de cada uno de nosotros, ¿no es así?
   -Bueno, depende de la capacidad de autodominio de cada uno de nosotros -precisó Celso-. De todas formas, aunque quedara de manifiesto qué gaviota corresponde a cada uno, no por eso los demás van a descubrir los motivos causantes de los cambios gesticulares de cada cual.
   -¿Ni siquiera tú. Celso, te enterarás? -pregunta Carlos.
   -Bueno, no quiero engañaros. Sí que lo sabría, pero podéis tener plena confianza en mí. En cuanto a guardar secretos, yo soy como una tumba.
   -¡Lagarto, lagarto! -exclama Reme, aguantando la risa- Hijo, me estás poniendo las pestañas como un erizo. ¿Dónde te han enseñado todas esas jerigonzas de magia rosa?
   -Pues en un lugar bastante lejano, doña Reme. Algún día podríamos reunirnos, todos los aquí presentes, para hacer un viajecito hasta allí -dijo Celso con sonrisa de oreja a oreja.
   -Te tomo la palabra, Celso -le dice Carlos, levantado el índice-. Nos debes un viaje a ese mágico lugar, a realizar antes de un año.
   -Por mí no hay problema. Por vosotros... lo veo más complicado -le contesta, riendo-. Y ahora, contemplad las gaviotas, moviéndose impacientes, mientras nos miran inquisitivas.
    La del collarino azul está abriendo su pico e inicia su cántico. Sorprende su voz enérgica y segura. La melodía transmite, en su inicio, una sensación de paz que revela el estado anímico, equilibrado y tranquilo, de uno de nosotros. Aunque, al final, inesperadamente, la melodía se convierte en un lamento de inquietud y temor ante una situación jamás experimentada y que ella cree inescrutable.
    A continuación, la gaviota del cuello rosado da tres pasitos hacia nosotros y nos dedica una fugaz y tímida mirada. Comienza su canto, sorprendiéndonos su tono brioso y alegre que denota el estado de felicidad en que se halla. Pero, pronto, esa bonanza se altera, dando paso a una situación dolorosa, expresada por su música con tal realismo que, incluso, se escucha el llanto de un niño y frases irritantes entre los restos de un naufragio irreparable. Cabizbaja, la gaviota vuelve junto a sus compañeras, y se queda, abstraída, contemplando las pequeñas ondas del mar, con una tristeza infinita.
   La tercera gaviota, de anillo verde en el cuello, revolotea con gran naturalidad, alejándose del grupo, observando y disfrutando la naturaleza, así como los trabajos y afanes humanos, y aceptando, sumisa, la fortuna favorable o adversa, sin temor a lo que la vida o la muerte le deparen. Todo eso trata de reflejar en su canto, aunque, al final del mismo, un inesperado revés la obliga a retorcerse de dolor y a llorar en silencio... Con dificultad, la gaviota alicaída regresa de su largo vuelo y corre hasta el grupo, acercando su cuerpo a las demás, buscando calor y afecto.
   La gaviota de cuello amarillo llega hasta la maltrecha compañera, recién llegada, y la acaricia, rozando su cabeza con la de ésta. Después retrocede un paso, y mientras  pasea su mirada sobre cada una  de las cuatro, se arranca en un canto exultante, pletórico de alegría y de puro afecto hacia ellas.
   Finalmente, la gaviota del collarino rojo, colocándose en medio del grupo, extiende sus alas sobre ellas, levanta la cabeza hacia el sol e irrumpe en un himno puramente musical, que todos interpretan como de exaltación de la verdad y el amor.
   ¿Qué os ha parecido? -pregunta Celso, dando una palmada y desvaneciéndose, instantáneamente, el espectáculo virtual ofrecido- Reconozco que, a no ser el propio interesado, los demás no habréis adivinado a quién de nosotros corresponde cada uno de los cánticos de esas gaviotas, ya que todos habéis estado gesticulando sin parar. Me la habéis jugado, bribones. En mi mundo somos más serios.
   Como ya os dije, yo sí he reconocido a quién corresponde cada uno de esos cánticos. Y como Carlos, en vuestro nombre, me ha pedido apoyo y consejo para superar vuestras dificultades y cuitas, vamos, ahora a contemplar y analizar el cogollo o núcleo de esos problemas. Seguidme, por favor, hasta la terraza de la linterna del faro -les pidió, iniciando el ascenso por la escalera de caracol.

   Mientras suben, Reme hace algún jocoso comentario que anima a los demás a corresponder con otras divertidas ocurrencias. Luego, Celso les anuncia que les va a mostrar algo que en la Tierra no existe, a pesar del gran avance de la tecnología, conseguido por los humanos en estos últimos años. Se refiere, según sus explicaciones, a una cámara grabadora tele-psico-dirigida a voluntad del usuario; y tan ligera e inofensiva como una pompa de jabón, dotada de una sorprendente definición de imagen y sonido.
   Una vez en la plataforma, y mientras los cuatro visitantes admiran el fantástico paisaje que se les ofrece desde aquella altura, Celso despliega cinco sillas y una marquesina, que tiene plegadas junto a la balaustrada que rodea la plataforma. Luego, saca de la caja el cubilete y el tubito productor de pompas grabadoras. Se coloca junto a la base de la linterna, de pie firme y de cara en dirección hacia la playa del pueblo. Se lleva el tubito a la boca y aspira profunda y largamente, ante la mirada, sorprendida y curiosa, de los cuatro amigos que, sonrientes, se miran en silencio.
   Bea no puede evitar preguntarle:
   -¿Qué está haciendo, Celso?
   Pero, Celso, absorto en su laboriosa tarea de aspirar, no contesta, sino que, tras dos minutos, levanta la mano, señalando hacia un punto blanco, una minúscula esferilla, apenas perceptible en la lejanía, sobre la vertical de la playa del pueblo. Los cuatro visitantes observan y admiran cómo esa esferilla va creciendo progresivamente, conforme va acercándose hacia el faro. Cuando la esfera llega hasta el faro, Celso realiza una larga y profunda aspiración, a través del tubito. La esfera es atraída hasta quedar pegada a la abertura del tubito con que Celso aspira. Enseguida, Celso deja de aspirar, y pasa a la acción contraria: sopla por el tubito hacia afuera, aunque muy lentamente y con gran tiento, para no reventarla. La esfera crece y crece, hasta alcanzar un volumen de medio metro de diámetro. La pompa, tras quedar flotando durante varios segundos, asciende hasta el vértice romo de la linterna, sobre el que queda girando lentamente, mientras en su blanca superficie, como en una pantalla de cine, van apareciendo imágenes de personas a la puerta de un restaurante, junto a la playa. Los visitantes del faro observan, pasmados, que, entre los que se ven en la puerta del restaurante, se halla Adrián.
   A través de la puerta se escuchan las doce campanadas de mediodía, procedentes del señorial reloj de péndulo que preside el vestíbulo de recepción. Momento en que se ve a Adrián, entrando junto a otros invitados a la reunión. La blanca pompa continúa con sus giros, mostrando cuanto tiene grabado sobre esa reunión. Conforme van entrando en la sala, Humberto, de pelo blanco, gafas oscuras, traje gris alpaca, y moderador de la reunión, va recibiendo y saludando a cada uno de los invitados. Una vez acomodados todos en torno a la rotonda mesa, según las instrucciones de Humberto, quien inicia la reunión diciéndoles:
     -Bien, señores, os estaréis preguntando quiénes somos los aquí reunidos, quién o quiénes os ha convocado y qué se pretende con esta asamblea-convite, porque también comeremos, no faltaría más, ¡ja, ja! -bromea, para romper el hielo-. Empezando por lo segundo, todos nosotros pertenecemos al partido que gobierna, siendo el consejo político del partido el que nos ha convocado. En cuanto a quiénes somos, y siguiendo el orden en que estáis sentados a partir de mi derecha, iré indicando el sector social al que representáis. En cuanto al nombre de cada uno, mejor lo reservamos para la comida. Pues bien. Comenzando por los señores que ocupan los tres primeros asientos, son los gerentes de tres importantes empresas de esta localidad. Los dos siguientes son jefes de departamento en empresas, también, muy relevantes. A continuación están sentados dos señores, directores de distintas entidades bancarias. Y los cinco últimos, que cerramos el círculo de participantes en esta mesa, somos miembros de la comisión política del partido. En total, sumamos doce. Sólo falta uno para que esta asamblea se parezca, al menos en el número, a la última cena de Cristo con sus apóstoles. Aunque no sé si,el que falta, es Cristo o Judas -dice, provocando una ruidosa carcajada-. Como podréis suponer, la reunión ha sido promovida por el órgano controlador de objetivos, del partido. Y el motivo no es otro que que la alarma despertada en el partido, por Carlos Civantos, el alcalde de este pueblo con su política socializante y populista, cada día más alejada de las directrices de nuestro partido, al que, paradójicamente, también él pertenece. ¿Coincidís también vosotros en esta apreciación, o es cosa sólo de unos pocos exaltados puristas? -dice, levantando las manos y sugiriendo las comillas con los dedos.

   Uno de los representantes de entidades bancarias, levantando la mano, le contesta:
    -Creo que está muy claro que, en este pueblo, existe una singular tendencia político-social, impulsada principalmente por su alcalde, opuesta abiertamente a la ideología liberal, la única que merece nuestra adhesión y que, por supuesto, será la que terminará triunfando sobre todos esos trasnochados soñadores utópicos, de mentes míseras, esclavas y resentidas que alimentan esperanzas vanas y engañosas sobre la pronta desaparición de las clases sociales, la de los ricos y la de los pobres. Lo que jamás lograrán, por mucho que ladren los perros desagradecidos, que se atreven a morder la mano de quienes les echan de comer, ingratos estúpidos.
 
   A continuación toma la palabra uno de los empresarios, sentado a la derecha de Humberto.
   -Sobre la línea de actuación del alcalde, creo que todos los aquí reunidos coincidimos en que es errática y desacertada. Él pretende ganarse a la gente prometiendo que se les concederá cuanto pidan. Quizás piense que el Estado es una ONG. Tiene gracia la cosa. Pertenece a nuestro partido y, sin embargo, emplea tópicos y demagogia izquierdista y populista, dirigido por la varita mágica de algún mago de turno o iluminado por un rayo celestial. Opino que su actuación es nefasta para nuestras empresas y, sin duda, contraria a las expectativas de nuestro partido.
   -Estoy plenamente de acuerdo con vosotros - interviene otro del grupo de Humberto-. Todos nosotros tenemos muy claros los objetivos de nuestro partido, así que hablemos sin tapujos. Cada partido sirve a los intereses de una clase, grupo social o intereses particulares de alguien. Nosotros buscamos el mayor bienestar y riqueza para los que luchan y se esfuerzan por conseguir esa aspiración muy legítima en una sociedad libre. A los demás parásitos, tarados, abúlicos, cobardes, soñadores, etcétera, tendremos que compadecerlos, echándoles las migajas que sobren a los poderosos, para conquistarlos en nuestro propio interés, con falsas promesas e informaciones sibilinas. Eso sí, procurando no alertarlos ni alarmarlos. Por eso, a los políticos de nuestro partido hay que aleccionarlos, haciéndoles leer y meditar las enseñanzas de Maquiavelo, por ejemplo. Hay que adiestrarlos en el arte de convencer y persuadir dialécticamente, explotando la magia del deslumbre, del sofisma, de la diplomacia... No puede tolerarse tanta estupidez, falta de mano izquierda, de dominio y flexibilidad léxica y discursiva, en personajes de nuestro partido con importantes cargos políticos, que no paran de hacer declaraciones calamitosas.
   -Ya veo, con enorme satisfacción -manifiesta Humberto-, que todos coincidimos en descalificar la actuación del alcalde. No podría ser de otra manera. Como muy bien acaba de afirmar el anterior camarada, aquí somos todos de confianza y podemos hablar sin tapujos. Nuestro partido defiende el sistema más natural y en consonancia con la condición humana, que no es otro que el liberalismo económico-político-social. Al que nuestros envidiosos y resentidos adversarios denominan, peyorativamente, capitalismo. Pobre y ruin reacción de los desafortunados, incapaces de escapar del rebaño, prefiriendo obedecer el cayado del pastor y tener asegurado el mísero pasto, antes que luchar por la libertad de acción y de pensamiento. La teoría del liberalismo es la más lógica entre las diversas teorías a las que nos referimos. Todo ser humano es libre para prosperar y enriquecerse. Pero eso lo conseguirá el que conquiste ese premio, es decir, el más esforzado, más listo, más fuerte y más poderoso. La naturaleza sabia nos alecciona diciéndonos: "Haced como yo". Yo ayudo a las especies fuertes, luchadoras, intrépidas, lúcidas, decididas, rápidas. Los medios para lograrlo son irrelevantes. Lo que importa son los resultados. Fijaos cómo actúan los animales: los fuertes, decididos y valientes son los que salen adelante, conquistando y arrebatando cuanto les apetece, pese a los perjuicios de los más débiles. Por eso, carece de sentido que un alcalde de nuestro partido se dedique a resolver papeletas a los que no quieren molestarse, no saben o no valen para progresar y triunfar por encima de los ineptos o mediocres. La misión del alcalde de nuestro partido, por el contrario, debe ser favorecer y apoyar a los que actúan y luchan de acuerdo con las pautas y objetivos de nuestro partido liberal. Por lo tanto, está claro que el actual alcalde no merece figurar como afiliado a nuestro partido y debe ser removido de ese cargo público. Y, ahora, les toca opinar a los representantes de empresas privadas.

   Y, tras un minuto de indecisión sobre quién de los dos empleados tomaría la palabra, fue Adrián quien lo hizo, dado el insistente ofrecimiento del compañero en que fuera él quien hablara.
   -Pues, ante todo -comenzó Adrián-, tengo que expresar mi conformidad con la postura que todos vosotros habéis adoptado. Los objetivos de nuestro partido, obviamente, son los exigidos por la teoría liberal. Pero la razón profunda que respalda a esa teoría liberal o ¿por qué no decirlo? al sistema capitalista, hay que buscarla en las ideas filosóficas de Nietzsche. Dios no existe, por tanto es vano  asegurar que Dios es el fundamento del derecho, de la justicia, de la ética, de la verdad, ni de nada de lo que sostienen los creyentes cristianos y otras religiones. En lugar de ese dios bíblico, se alza en el mundo el superhombre, que es el Dios que realmente dicta dónde está el bien y el mal, así como qué es lo éticamente correcto y qué no. Al superhombre, todo lo que le sirva para medrar y aumentar su estima personal, le está permitido y recomendado. Lo contrario no sería propio de él. Sería rebajarse y ponerse a la altura del hombre rebaño, escoria de la humanidad, que sólo sirve para que el superhombre lo pisotee y le sirva de objeto más o menos útil para sus intereses. Todo lo demás ya lo habéis dicho vosotros perfectamente.

   Ante las palabras de Adrián, Humberto cambia de semblante, palideciendo. Una vez repuesto, contesta a Adrián, con estas palabras:
   -Adrián, perdona que tenga que hacer algunos reparos a tu personal explicación sobre las ideas filosóficas que, según dices, respaldan el liberalismo. Quizás tengas razón, pero procura reservártelas para ti. Vale que hables así entre nosotros, pero, ¡cuidado! porque esas ideas no son, políticamente, correctas. Son muy peligrosas. No seamos ingenuos. Al partido le interesa ganarse el aprecio y confianza de la gente, es decir, a la gran mayoría del electorado de este país. Y como la gran mayoría es conservador, cristiano viejo, etcétera, no se le puede espantar con teorías, para ellos raras, que suenan a ateísmo extranjero y antiespañol. El electorado debe ver en nuestro partido un adalid de sus creencias religiosas, un defensor de sus derechos e intereses, e incluso de su folklore, de sus usos y costumbres, made in Spain. Hay que hacerles ver eso y también la gran torpeza y graves consecuencias que supone el prestar oídos a los engañosos silbos de sirena de otros partidos políticos, que reivindican y prometen mucho, cuando lo único que pueden repartir es pobreza.
   Bien, pues me parece que la postura de los aquí reunidos, respecto a la actuación del actual alcalde es unánime. Creemos que el alcalde persigue objetivos muy distantes y distintos de los fijados por nuestro partido. Y, en consecuencia, debe ser destituido o forzarle a dimitir voluntariamente. ¿No os parece?

   La respuesta no es otra que un aplauso general, incluido el de Adrián.
   -Pues, señores, os reitero el agradecimiento de nuestro partido y el mío propio. Y os invito a que, durante el lunch que, a continuación, van a servirnos, cada cual aporte ideas sobre cómo lograr la dimisión del alcalde de la forma más discreta -termina diciendo, Humberto, mientras avisa al camarero, pulsando el botón de llamada.

    Es, entonces, cuando Celso, al pie de la linterna del faro, levantando el brazo, chasquea los dedos, y la pompa deja de emitir imágenes.
   -¿Qué os ha parecido el contubernio? -pregunta Celso.
   -Por alusiones -dice Carlos, el alcalde, riendo-, soy yo el primero que debe contestar. La cosa está clara. Mi actuación no es, en absoluto, grata al partido del gobierno. Pero ya os comenté cómo y por qué me alisté en sus filas. Y mi convencimiento de que son los políticos y los partidos políticos los que deben estar al servicio del Estado y no al contrario. No me extraña que me tachen de traidor y enemigo de sus intereses, después de escuchar cuáles son sus auténticos objetivos y los medios que deben emplear para lograrlos. ¿Es posible que engañen, de forma tan descarada, a su propio electorado? En mi tierra, a los que actúan de esa forma se les cataloga como lobos con piel de oveja. En el fondo no les preocupa, realmente, el bienestar de todos los ciudadanos del país, sino el triunfo de las aspiraciones liberalistas del capitalismo: que la clase rica sea cada día más rica y poderosa, a costa de la pérdida de derechos de la clase obrera. Por supuesto que no esperaré a que me destituyan. Me marcharé yo, voluntariamente.
   -Te aconsejo, don Carlos -le dice Celso- que, primero, lleves a cabo un plebiscito en el pueblo sobre si quieren que continúes de alcalde o no.
   -No, Celso -le contesta don Carlos-, la legislación autonómica no permite plebiscitos locales, si no es en las fechas en que sean convocadas, oficialmente, las elecciones municipales.
   Ya, pero el plebiscito que yo te propongo no es para que te elijan o te depongan de alcalde -le aclara Celso, risueño-, sino para comprobar que están o no de tu parte. Sería totalmente legal. Nadie podría prohibirlo.
   -¡Ah, sí! ¿y cómo? -le pregunta don Carlos.
   -Muy sencillo. A través de internet -le aclara Celso- yo mandaré un mensaje a varias direcciones estratégicas del pueblo, proponiendo y dando instrucciones sobre cómo, cuándo y por qué se haría el referéndum. El texto del mensaje podría ser éste: "Se ha detectado un subrepticio complot, por parte de determinados elementos, con indudable poder fáctico, para desprestigiar y lograr que el actual alcalde dimita o sea destituido. A fin de hacer frente a ese injusto proceder, quienes reconocemos la positiva y eficaz actuación de nuestro alcalde, proponemos realizar un original plebiscito, consistente en que los ciudadanos, que estén de acuerdo en que don Carlos Civantos continúe ejerciendo el cargo de alcalde de esta localidad, se sirvan expresar su adhesión a él, colgando una sábana en la ventana de su vivienda, el día 1 de agosto de 2014".

   La reacción de los cuatro visitantes es el de una explosiva y prolongada carcajada.
   -No me jodas, Celso, y perdona que te hable así. ¿Cómo se te ocurre semejante modelo plebiscitario? ¿En dónde lo has visto o leído?
   -Simplemente porque es legal y eficaz, amigo Carlos -aclara Celso.
   -Creo que Celso tiene razón -dice Leandro-. A primera vista parece algo disparatado, pero lo cierto es que, si todos los que están conformes con la gestión de Carlos, cuelgan la sábana en el alféizar de la ventana, sería una espectacular y convincente manera de demostrar los muchos que le apoyan , sin quebrantar ninguna ley.
   -Por supuesto que sí -añade Bea, con visible enojo-. Todos esos embaucadores, aprovechados, o trastornados por teorías insolidarias y delirantes, como las escuchadas a mi marido, iban a salir bien trasquilados.
 
   Dicho esto, Bea se cubre los ojos con las manos, mientras agacha la cabeza, gimiendo.
   -Por favor, Bea, no te derrumbes -le dice Reme, abrazándola. Adrián, si es como debe ser, reconocerá su error y volverá con vosotros, arrepentido por su acción. Si no lo hace, es porque no te merece, querida. No te preocupes, cuenta con todos nosotros.
  -¡Ay, gracias, Reme! Aunque, conociendo a Adrián como lo conozco, sé que es capaz de cualquier locura, con mayor motivo habiendo otra mujer que, al parecer, le hace más tilín que yo. Además, con lo que acabo de escucharle en esa reunión, ya no quiero saber nada de él. Pero es que, aparte de eso, está lo de mi hijo Róber. Esas alucinaciones que padece me quitan el sueño y me llenan de inquietud. Se le repiten muy a menudo. Hace tres días fue algo tremendo. Ocurrió de madrugada, a eso de las cuatro. Yo estaba dormida cuando, súbitamente, como un fugaz relámpago, aparece en mi mente la imagen de Róber con esa expresión de asombro que suele adoptar cuando sufre una de esas alucinaciones. Me desperté de inmediato. Salté de la cama y me acerqué a su habitación. Mi sorpresa fue enorme al comprobar que Róber no estaba en ella, ni en ninguna otra habitación de la vivienda. Salí a la terraza, pensando en que se hubiera desvelado y hubiera ido allí, ya que hacía una magnífica noche, con el mar en calma y una temperatura ideal. Pero no, tampoco estaba en la terraza. Me costaba creerlo, pero ya no me cabía duda, Róber había salido de casa. Una oleada de pánico sentí   subir por mis venas hasta oprimirme la garganta. Mas enseguida me tranquilicé al rastrear, con rápida mirada, el parque interior, y descubrir el bulto de una persona, acurrucada en el escalón de la  puerta de una de las dependencias del bloque transversal del fondo de la urbanización. Bajé precipitadamente las escaleras y, enseguida, llegué hasta Róber, que tenía la frente apoyada contra la puerta.
   "-Pero Róber, hijo, ¿qué te pasa? ¿qué haces aquí y por qué apoyas la cabeza en la puerta?  ¿escuchas otra vez esa música? -le pregunté.
   -Sí, mamá, pero esta noche -me dijo, con voz y semblante trastornado-, además de la música, he visto imágenes terroríficas.
   -¿Qué has visto, Róber? Dímelo, no tengas miedo.
   -Además de escuchar, con total nitidez, las notas del piano, vibrando con rabia, oigo la respiración y gemidos de la pianista, al mismo tiempo que se me ofrecen imágenes, en blanco y negro, de un campo de concentración de los nazis, de ésos que se ven en las películas... y cómo varios soldados, amenazando con las ametralladoras, conducen a las cámaras de gas, a un numeroso grupo de hombres, mujeres y niños, andrajosos y escuálidos. Algo espantoso. Y, al terminar esa visión, sigo escuchando la melodía del piano, con la inequívoca impresión de que la pianista está muy cerca de mí y quiere comunicarme algo, no sé...
 
    -Comprendo tu dolor y preocupación, Bea -dícele Celso, cogiéndole las manos entre las suyas, mientras le sonríe cariñoso-, y aunque, ahora mismo, carezco de una respuesta y solución definitivas a esas extrañas alucinaciones que Róber padece, confío en encontrarlas muy pronto, ya que los de mi mundo estamos dotados de una especial sensibilidad para descubrir hechos del pasado, que siguen activos en la actualidad, produciendo fenómenos parapsicológicos en determinadas personas, motivados por razones difíciles de explicar. Ánimo, Bea.  Y a todos vosotros lo mismo os digo: debéis sentiros privilegiados por haber sido designados para la aventura de vivir en este planeta Tierra y universo al que pertenece, en las condiciones tan adversas, impuestas por el sistema lógico por el que se rigen, y con las limitadas capacidades de vuestros instrumentos corpóreos. Reconozco que vuestra aventura es realmente propia de héroes.
   -Inaudito y sorprendente cuanto nos estás revelando, amigo Celso -exclama Leandro-. De no ser por esas mágicas demostraciones con que has cautivado nuestros sentidos e imaginación, te confesaría mi total incredulidad sobre cuanto nos vienes exponiendo. Pero, no. A pesar del escepticismo innato que preside mi mente, me inclino a creer lo que dices. Lo que, para mí, supone tanto como abrir varias ventanas al sol de la esperanza, cosa que también deseo para Bea, Reme, Carlos y... todo el género humano.

   Reme, entusiasmada con el elogioso comentario de Leandro, irrumpió en un aplauso que secundaron los demás, con ¡vivas! y ¡bravos! a Celso.
   -Gracias, amigos, por la buena acogida que habéis brindado a este atípico extraterrestre, ¡ja, ja! -les dice Celso- Debo confesaros que, durante mi estancia en este bello pueblo de la costa cántabra, he conseguido un precioso bagaje de conocimientos y de emotivas experiencias sobre la Tierra y sus habitantes. He acumulado gran cantidad de imágenes de bellísimos paisajes, bosques y prados idílicos; de animales preciosos, tan auténticos, austeros y resignados; así como de personas de todo tipo, tanto excelentes como despreciables,  aunque, en el fondo, comprendo que todas merecen  el mayor respeto y admiración.
   -Perdona, Celso -le interrumpe el alcalde-, parece, por tus palabras y tono, que nos estás anunciando una despedida más bien próxima que lejana.
   -Pues, la verdad, don Carlos, es que no voy a marcharme de inmediato -precisa Celso-, pero sí para finales de septiembre. Yo también tengo mis compromisos en mi mundo... Y, sin duda alguna, en su cumplimiento, allí somos más estrictos y serios que vosotros aquí, ¡ja, ja, ja!
   -Vaya, Celso, cuánto vamos a echar de menos al guardián del faro, con sus mágicos recursos y sus tonificantes revelaciones -le alaba Leandro. ¿No piensas volver algún día?
   -Como ya he aprendido el camino -le responde Celso-, quizás vuelva dentro de unos años, acompañado de una buena flota de expertos, equipados con tecnologías que os van a resolver muchos problemas. ¿Os parece buena la idea?
   -Sería fantástico -dice Reme, no muy convencida de que Celso no esté hablando en broma-. Y la mejor tecnología, creo que sería una píldora que elevara al máximo la capacidad intelectual de cada ser humano; así como su sentido ético y altruista.
   -De hecho, Reme, ya he dicho que en mi mundo todo funciona perfectamente, no sólo por la privilegiada concepción del sistema lógico que lo rige, sino por el elevado grado de inteligencia de sus habitantes y, sobre todo, por la fuerza innata que los mueve a dar siempre preferencia al bien ajeno, antes que al propio.
   -Digamos, entonces, que los males que nos aquejan a los seres humanos son debidos a un defecto de fabricación ¿no es así, Celso? -concluye el alcalde.
   -Propiamente no es defecto de fabricación -aclara Celso-, sino más bien por exigencias del sistema lógico con que ha sido diseñado vuestro universo y, concretamente, el planeta que habitáis. Y esa píldora que tú, Reme, echas en falta, está en vuestra mano y se llama educación. Educación de la mente y de la voluntad, de los sentimientos afectivos, éticos, estéticos, etcétera. Cualquier otro tipo de píldora o trampa no la aceptaría el sistema. Por eso creo, también, que la solución a todos esos problemas que a cada uno de vosotros os acosan, debéis buscarla y encontrarla dentro de vosotros mismos. Simplemente, aceptando vuestra propia realidad individual, con sus capacidades, limitaciones y necesidades, poniendo toda vuestra mejor voluntad en armonizarla con la realidad de vuestro mundo.
 
   Y mientras bajan por la escalera de caracol, Celso, se despide de ellos con estas palabras:
   -Bueno, amigos, ya os avisaré, tan pronto consiga alguna información o recurso que os pueda  interesar. En cualquier caso, ya sabéis que aquí tenéis a Celso, el guardián de vuestro faro, presto a dispensaros cuanto esté en mi mano o, simplemente, para charlar un rato y conocernos mejor. Y, en agradecimiento por vuestra grata visita, me siento obligado a confesaros la conclusión y convencimiento a que he llegado, tras casi los tres años que llevo  entre  vosotros.
   Tengo que reconocer que, a pesar de los problemas, necesidades, calamidades, carencias y limitaciones que os acucian; a pesar de que vivís acosados por la precariedad, los miedos a vosotros mismos y a cuanto os rodea; a pesar de la inquietud que os despierta el hoy, el mañana, el futuro, lo incierto y desconocido, y especialmente la muerte, para vosotros, tan enigmática como segura; a pesar de todas esas contrariedades, os confieso que  este mundo vuestro es más apasionante que el nuestro. ¡Adiós, amigos!

                                                         Fin del capítulo II

   Felices fiestas de Navidad  2014 y que el próximo año nos enriquezca a todos, en el mejor de los sentidos. Espero publicar, no tardando mucho, el tercero y último capítulo de este relato. Un abrazo y ¡hasta pronto, amigos! Dunscotiano.
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