La familia de la Tía Pascuala - (Cap. V)

jueves, 31 de enero de 2008

¿Será posible que desde que Don Quijote y Tinterico me enviaron el último mensaje, con la continuación del manuscrito de Chinda, apenas pego ojo por la noche en mi caseta? Me da por pensar si el culebrón ese de la buhardilla no andará por aquí cerca y se meta dentro de ella. Se lo comenté a Lucas esta misma tarde, yendo de paseo, y me dijo que, contra los insomnios, no hay cosa mejor que darse un garbeo por esos madriles o por donde sea, pero rodeado de gente amiga con los que reírse y parlar un buen rato. A ver si es verdad que me llevan por ahí y me sale un ligue, aunque sea una cigüeña de pata negra, porque -ya digo- se me pasan las noches en blanco, pensando en serpientes y espíritus malignos. Lo positivo de mis desvelos es que capto rápido los mensajes de Tinterico, como el que ahora acabo de recibir.

Final del manuscrito de Chinda

"-¿Pero quién es usted y de qué destino habla, tan dramática que parece escapada de un psiquiátrico?
-¿Es que ya no te acuerdas de mi cara, Chinda? -me contestó Pascuala- Han pasado muchos años, cuarenta y siete justamente, pero una madre siempre reconoce a sus hijas. Y también tú deberías recordar la cara de tu madre.
-¿Qué dice esta vieja loca, mami? -decía Minga, asombrada.
-Lo que digo. Que ha debido escaparse de un manicomio.
-No, hija, no finjas -arremetió Pascuala, alzando la voz y agitando las manos-. De sobra sabes que yo soy Pascuala, vuestra madre; como yo sé que tú eres Chinda y tú Minga, mis hijas. Hace un mes que me marché del pueblo en busca vuestra, porque no quería morirme sin volver a veros. Hasta entonces he estado trabajando en la trapería, ayudada de un hombre, a quien se la he vendido. Con parte del dinero de la venta me he dedicado a recorrer muchos lugares, dirigida por una mano -la del destino- que me ha arrastrado, ciega pero certeramente, hasta vosotras.

(Por supuesto que yo conocí a Pascuala, mi madre, tan pronto como le abrí la puerta. Las caras odiosas se graban en la memoria como con un hierro candente. Y sentí erizarse mis entrañas. La palidez acostumbrada de mi cara debió tomar un tinte verdoso.)

-¿Yo, su hija? -le protestaba Minga-. Señora, yo no tengo más madre que ésta -decía, gritándole como a una sorda y tocando mi brazo.
-¡Ay, ay, lo que es la vida! ¡Cómo trastorna nuestras cabezas! Pero, al final, el destino siempre se sale con la suya...
-Ya veremos -respondí.
-Dejadme entrar y veréis como os refresco la memoria -insistió Pascuala.


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Durante unos segundos, tragué un buche de amarga saliva, esforzándome en pensar de forma práctica: "En esa maleta debe haber mucho dinero. Debo ser muy cauta y no aceptar que somos hijas suyas. Pero tampoco debo espantarla y que se marche con la manteca. Tengo que convencerla de que no somos sus hijas".
-Pase, señora, pase -le dije, cogiéndole la maleta.
Entró Pascuala y la llevamos directamente al salón de la curandería, adornado con los cuadros de santos, como en tiempos de Petra, aunque sin velas encendidas. Pascuala se santiguó como si entrara en una iglesia.
-¡Qué devotas os habéis vuelto, hijas! -dijo, riendo y acercándose a ver los cuadros.
-Es que no somos sus hijas -le contesté seca, pero procurando contenerme-. ¿Por qué ha llamado usted en esta casa? -le pregunté, poniendo la maleta junto a la mesa.
-¡Ay, hijas, dejadme que me siente!
Tomó asiento en una de las sillas arrimadas a la mesa, de cara a la cómoda y a las ventanas que dan al huerto. Minga y yo nos sentamos frente a ella.
-Ya sabéis que me llamo Pascuala -continuó-. Como os he dicho, hace un mes salí de mi pueblo, en Extremadura. Dentro de mí sentía una voz y un impulso ordenándome que fuera a buscaros. Era el destino el que me empujaba. He estado en varios sitios, pero en seguida me percataba de que vosotras no os encontrábais en ellos. Dejaba que mi impulso me guiara. Tomaba el tren o el autobús hasta donde él me inspiraba. Ayer llegué a este pueblo. Me he hospedado en la fonda de la plaza. He preguntado a gente mayor, que me he encontrado por la calle, si conocían a unas mujeres llamadas Chinda y Minga, de setenta y cincuenta años, respectivamente. Siendo nombres tan poco corrientes, en seguida les han sonado, han recapacitado y han dicho: "-¡Ah, sí, esas son las de la casa de los cipreses! -¿Las conoce usted? -Sí -les he contestado- ¿por qué? -Por nada, por nada -han dicho con cierto reparo". Luego me han indicado el camino para llegar hasta aquí. He ido a la fonda a coger la maleta y, ya veis, no he titubeado lo más mínimo.
-Esa gente -le dije- le ha informado bien. Yo soy Chinda y ésta es Minga. Pero que nosotras seamos hijas suyas es absurdo, ya que Minga es hija mía y mi madre murió en julio del 1960, hace cuarenta y siete años. ¿Qué edad tiene usted?
-Nací en 1923 -contestó Pascuala- y tengo ochenta y cuatro años.
-Entonces no diga usted más -intervino Minga, impulsiva-. Usted lo que tiene es alzheimer.
-¿Que tengo qué? Ay, hija, sé muy bien lo que digo. Cuanto más os miro, sobre todo a tí, Chinda, veo más claramente que vuestros rasgos coinciden con los que de vosotras tengo grabados en mi mente.
-¿Y cómo explica que nosotras estemos aquí, desde hace tanto tiempo, lejos y sin comunicarnos con usted? -replicó Minga- Si realmente fuera nuestra madre ¿cómo ha esperado cuarenta y siete años para buscarnos?
-Además -añadí yo, tratando de confundirla más de lo que ya estaba- ¿qué cuento es ese de que un impulso ciego llamado destino, la ha traído hasta nosotras? De destino, nada de nada: o se trata de buena suerte si recibes algo bueno, o se trata de mala uva si te joden.
-No sé, no sé... -repetía Pascuala, perpleja- Si dejáis que me quede unos días con vosotras, quizás las cosas se nos aclaren mejor a todos.
Aproveché que Pascuala se llevaba las manos a los ojos -quizás porque le picasen o por espantar algún asomo de lágrima- para guiñarle yo otro a Minga mientras contestaba a aquélla:
-Nos parece bien que se quede, a condición de que no salga usted a la calle hasta pasado mañana.
-¿Y eso por qué? -preguntó.
-Porque conocemos muy bien -le dije- cómo son en este pueblo. En cuanto la vean con nosotras, tratarán de sonsacarle cosas que no tienen por qué conocer. Primero debemos tener muy claro quién es usted, y usted quiénes somos nosotras; y qué se le puede decir a la gente y qué no. Hasta pasado mañana nos dedicaremos a aclarar esas cosas. ¿Entendido? Ahora subiremos arriba, a la habitación que usted va a ocupar.

La llevamos a la habitación de Petra, limpia y ordenada como cuando ella vivía, con el cuadro de la Divina Pastora sobre la cabecera de la cama.
-En este armario y esa mesita puede colocar sus cosas -le dije, dejando la maleta arrimada a la cama.
-¡Ay, si Cirilo hubiera tenido esta casa tan hermosa, con ese huerto y corralón tan grandes! -decía Pascuala, mirando a través de la ventana- Si el destino hubiera querido, ahora podríamos vivir aquí, felices, los cinco.
-Ya hablaremos de eso después de comer -dije-. Ahora Minga la acompañará a ver la casa, mientras yo preparo la comida.
Cuando volvieron del largo y entretenido paseo por las numerosas dependencias de la casa y del corralón, ya les tenía dispuesta la comida en el comedor, acompañada de una jarra grande del vino milagroso que, con los años, había cobrado un color de oro viejo, ganando en solera, grados y exquisito sabor.
-¡Qué vino tan rico! -celebraba Pascuala que bebía y comía con avidez.
-Parece que tiene usted buen apetito. Tome otro vaso. Es vino milagroso -le decía Minga llenándoselo.
-Sí, hija, debe ser la alegría de verme con vosotras. Todavía no me lo puedo creer. Es como un sueño...
-¡Allá usted con sus creencias, Pascuala, pero sepa que se engaña a sí misma.
Pascuala bebió un segundo y un tercer vaso de vino, mientras daba cuenta de los macarrones, filetes y postre. Después ella misma se sirvió un nuevo vaso, lo tomó y se puso, imparable, a narrar las amargas experiencias de su vida.
- Vosotras decís que no sois hijas mías, que estoy loca. Ojalá fueran efecto de mi locura los malos recuerdos de mi vida. Es verdad, no puede ser real tanta desgracia. No sería justo. No puede ser verdad que hubo una guerra civil salvaje. No puede ser verdad que a mis padres los mató, a sangre fría, un desalmado llamado Pepillo el Rubio. No puede ser verdad que Cirilo, mi marido, se ahorcara. No puede ser verdad que mi hija Chinda me odiara hasta el punto de arrojarme en aquel pozo negro...
(Hizo una pausa para llenarse y tomar otro vaso de vino. Minga la escuchaba y observaba sin pestañear, con expresión del mayor asombro. Yo, aunque simulaba indiferencia con una fría sonrisa en mis labios, en realidad estaba impaciente por conocer pormenores de su prodigiosa escapada).
No. No puede ser verdad que seáis mis hijas, y por eso os estoy contando estas cosas. No puede ser verdad que yo sintiera la patada que mi hija Chinda me dio en la espalda, cuando yo trataba de descubrir en la oscuridad del pozo a mi pequeña Minga,y me hizo caer desde dos metros de altura sobre el cieno pestilente de aquella negra cámara. Me revolqué en la mierda. La respiración me faltaba. Sentía fallarme el corazón y mis sentidos, mientras oía las carcajadas del destino, de las que Cirilo me habló en la fuente de los cañizos. Pero nada de eso fue verdad. Como tampoco fue verdad que, después de no sé cuánto tiempo y de haberme restregado los ojos con mis sucias manos, descubrí, a varios metros de donde me hallaba, una insignificante pero preciosa tira de luz que se colaba por una rendija de la losa del registro que hay sobre el colector de agua sucia, inmediatamente antes de entrar en la cámara por una angosta abertura. Arañando el lecho de cieno y tierra del colector, conseguí meter las piernas y cuerpo hasta la cintura por aquel conducto. Dí varias patadas a la losa del registro. Luego me coloqué debajo de ella y, con un esfuerzo inmenso, logré remover y levantar la losa. Por allí conseguí salir medio asfixiada y cubierta de porquería de pies a cabeza. Fui luego a la acequia saliente y me quité lo más gordo de la basura. Exhausta caminé hasta el pantano, me zambullí en el agua y arranqué de mi cuerpo y de mi ropa aquella sucia pestilencia. Regresé de noche a la trapería. Allí he vivido sola, rodeada de mis recuerdos, que me acechaban como cuervos, prestos a devorarme el alma. Yo los he espantado, confiando en que ellos no me harán ningún daño mientras el destino no lo ordene. Y, ya veis, aquí estoy ante vosotras, con mis ochenta y cuatro años a cuestas. Pero nada de eso ha sido verdad. Estoy loca...
-Loca no sé, pero borracha, bastante -le dije-. Mejor es que te acuestes, descanses de tu viaje y duermas la mona.

Entramos en la cocina y subimos por la escalera que lleva directamente a la habitación de Petra, en la que dormiría Pascuala.
¡Ay, hijas, es verdad que, con unas cosas y otras, termina una cazando moscas!
Le preparamos la cama y se acostó. Eran las cinco de la tarde.

No sé si fue debido al cansancio o a los efectos del vino, lo cierto es que pasaron varias horas sin que Pascuala saliera de la habitación. A las diez de la noche, Minga y yo, cenamos. Comprobamos que Pascuala seguía viva por sus estrepitosos ronquidos. Después dimos un paseo por el huerto. Minga me hacía muchas preguntas sobre cuanto Pascuala había contado. A Minga yo no debía engañarla, pero tampoco me parecía oportuno desvelar secretos antes de tiempo. Procuraba contestarle con cautela. Pero yo la notaba poco satisfecha con mis explicaciones. Llegamos al patio que precede al vestíbulo y nos sentamos en los sillones de mimbre que hay junto a la puerta. Nuestra charla se vio interrumpida por voces y risas de un grupo de muchachos que se habían sentado frente a la casa, al borde del terreno de los manzanos. A la luz mortecina de una farola de la calle, vi asomarse el odio en los ojos de Minga. Nos callamos y entramos en casa. Subimos a nuestra habitación. Eran ya las doce de la noche.
Dejé entreabierta la puerta y nos acostamos. No sé si Minga llegó a dormirse. Yo me sentía incapaz de hacerlo. En mi mente resonaba el eco de la voz de Pascuala relatando sus desventuras como obra del destino; y veía su imagen, vieja y arrugada, pero fuerte y tiesa. ¿Cómo pudo sobrevivir tras la caída en el pozo? ¿Cómo llegó hasta aquí? Sentía la duda abrirse a mis pies cual una grieta amenazante: "¿Estará ella en lo cierto en su creencia sobre el destino?" Me quedé, pensativa, mirando las sombras que se movían en el techo, adoptando figuras caprichosas. Una vez más escuché el fuffffff en la buhardilla, seguido de un ligero chirrido, como si hubieran abierto la puerta."¿Habrá subido Pascuala a la buhardilla?" -pensé-. Pero en seguida rechacé la idea como absurda. Agucé el oído. No me cabía duda: era él quien bajaba por la escalera arrastrándose. Lo sentí entrar en la cocina. Siguió un ruido de chapoteo. Después un ligero rechinamiento sobre las baldosas de la cocina y la escalera que sube a la habitación de Petra. Pasaron dos minutos silenciosos y otra vez lo sentí arrastrarse por el pasillo y acercarse a nuestra habitación. Asomó la cabeza por la puerta entreabierta; me miró con ojos de fuego, abrió la boca, despidiendo un vaho amarillento apestando a vino; se rió y continuó su marcha hacia la buhardilla. En el reloj de la torre sonaron las campanadas de las tres de la madrugada. Me levanté de la cama y me acerqué a la ventana, abierta por el calor. Las estrellas parecían dormir con el canto de los grillos. Oí un tintineo en la cocina. "¿Quién puede ser ahora?" Miré a Minga y me pareció que tenía los ojos cerrados. Salí de la habitación y bajé, silenciosa, a la cocina. La puerta crujió débilmente al abrirla. A la tenue luz de la pequeña lámpara de la escalera, descubrí a Pascuala hurgando en los armarios. Ella se giró hacia mí, sorprendida:
-¡Ay, hija, qué susto me has dado!
-¿Qué haces aquí a estas horas? -le pregunté.
-Es que me he despertado sobresaltada, hija.
-¿Y eso por qué?
-Desde que me acosté, he estado profundamente dormida. Pero hace un rato he tenido un sueño horrible y me parecía tan real, que me desperté llena de miedo.
-¿Y qué soñaste?
-Soñaba que alguien daba blandos golpes en la puerta de mi habitación, ésa que da a la escalera que baja hasta aquí -dijo, señalándola-. Luego oí abrirse la puerta y que algo se arrastraba por el suelo. No sé si, realmente, yo estaba dormida o despierta. Quería abrir los ojos, pero el miedo me lo impedía. Sentí sobre mi cara un aliento calentorro y húmedo, apestando a vinazo. A continuación, un extraño ruido en la puerta que da al pasillo. Abrí los ojos y ví, horrorizada, una enorme serpiente que escapaba por debajo de ella, aplastando su cuerpo al pasar por la estrecha rendija. El pánico me produjo tal estado de nervios que he bajado para tomarme algo que me tranquilice.

En ese momento apareció Minga, vestida con el largo camisón violeta. Pasó por detrás de donde yo estaba, yendo a colocarse a la derecha de la cocina, en el rincón donde está soterrada la tinaja.
-Cuando Petra vivía -le dije- ella solía tener muchas hierbas para curar toda clase de males. Ahora sólo queda el vino milagroso, que tanto te gustó.
-Sí, sí, dadme de ese vino, hijas. Con él he dormido de maravilla.
-Bien, pero primero vamos a aclarar la historia, que tanto repites, sobre que nosotras somos tus hijas.
-Claro que sí. Soy vieja, pero ni estoy loca ni me falla la memoria. Tú, lo quieras o no, eres y siempre serás Chinda, como Cirilo, tu padre, quiso que te llamaras. Han pasado cuarenta y siete años desde aquel día de Santiago en que me empujaste, haciéndome caer en el pozo negro y me dejaste allí encerrada; pero sigues siendo la misma Chinda de siempre, con los mismos rasgos de avispa que tenías al nacer... Y Minga era una muñeca preciosa, mi pequeña niña, a la que cada día he recordado, pensando que nunca la volvería a ver. Pero ya veis, el destino es quien al final decide. Él se ha portado conmigo mejor que tú, Chinda.
-¿Ah, sí? Contéstame. ¿Has sentido hacia mí, desde que nací, una pizca de cariño de madre? Ni tú, ni Cirilo me lo habéis demostrado nunca. Al contrario, sólo escuché de vosotros comentarios despectivos sobre mi aspecto físico y mi carácter avinagrado. Y no sólo te portaste cochinamente conmigo, sino con tu marido Cirilo, que lo engañaste vilmente, acostándote con Zoilo, mi novio, vieja zorra. No te atrevas a llamar hija tuya a Minga, porque Minga, es la hija de mi alma y no tiene más madre que yo.

Minga miraba a Pascuala con ojos aterradores y las manos abiertas como garras, listas para saltar contra ella.
-¡Hijas, por favor, no os pongáis así! -decía gimoteando- Tenéis que creer que son cosas del destino. Y contra el destino nada podemos hacer. ¡Ay, ay, ay, qué mal me siento! Dadme un poco de ese vino milagroso, por favor.
Minga descolgó de la pared el cazo de mango largo y se lo dio a Pascuala. Luego levantó la pesada tapa de la tinaja, quedando al descubierto, a ras del suelo, su boca enorme y oscura.
-¡Vamos! -le ordenó Minga con firmeza- Saca tú misma el vino con el cazo.
Pascuala se acercó al borde de la tinaja. Se arrodilló y metió dentro el cazo, bajando el brazo. En aquel momento, Minga le empujó por detrás, haciéndole caer en la tinaja. Pascuala se agitaba en el vino, dando desesperados manotazos para mantenerse a flote, mientras gritaba gargarizando:
-¡Grrr! ¡Malditas vosotras y vuestro vino! ¡Grrr! ¡Pero el destino triunfará! ¡Grrr!
Pronto se hundió definitivamente en el vino, que la sobrepasaba un palmo, callándose para siempre.

Se sucedieron dos semanas sin que nadie nos molestara, tan calmosas que ya empezábamos a aburrirnos. Con la sabrosa herencia de Pascuala el dinero nos sobraba; no obstante apenas salíamos a la calle, a no ser que precisáramos hacer alguna compra. Desde que Pascuala cayó en la tinaja, no habíamos vuelto a levantar la tapadera. En los ojos de Minga leía sus deseos de hacerlo, para ver qué había sido de ella; pero, de momento, preferíamos no hablar del tema. Cuando entrábamos en la cocina, nos conformábamos con dedicar una mirada al rincón de la tinaja, y cambiar entre nosotras una sonrisa de complicidad.

No sé por qué, a primeros de junio, nos dio por levantarnos una hora antes de que el sol se alzara por encima de la lejana loma. Nos acercábamos a las ventanas del pasillo a contemplar las juguetonas bandadas de golondrinas y escuchar el jolgorio de los pájaros, anidados en los manzanos y perales al otro lado de la carretera. Sin darnos cuenta, el verano avanzaba a marchas forzadas.
Por aquellos días comenzamos a observar que, poco después de la salida del sol, solía llegar un hombrecillo bastante mayor, de pelo encrespado, casi blanco, con una silla plegable y un caballete. Se colocaba debajo de un manzano, frente a la fachada de nuestra casa y se ponía a pintar durante un buen rato. Como la escena se repetía un día y otro, empezamos a mosquearnos y nos propusimos acabar con el divertido pasatiempo que el pintor tenía a costa nuestra.
Al cuarto día, tan pronto como vimos llegar al pintor bajamos a la cocina. Minga levantó la tapadera de la tinaja. Yo encendí todas las luces de la cocina, de manera que podíamos distinguir el interior de la tinaja con su dorado líquido. Introduje el cazo lo más profundamente que pude y removí el vino, sin llegar a tocar otra cosa que las paredes de la tinaja. Minga me acercó un cubo y eché en él varios cazos de vino. Quizás fuera obsesión nuestra, pero el vino nos parecía despedir ahora un desagradable hedor. Cogí el cubo y salimos hacia la calle. Minga me acompañó hasta la puerta de la verja y allí se quedó a observar mi maniobra.
El sol ya se había levantado sobre la loma y reavivaba con su luz los cipreses y fachada de la casa. Ataviada con una bata oscura, crucé la carretera, con el cubo en la mano, erguida y observando los visajes que el pintor hacía mirando la casa y moviendo el pincel con mucho estilo. Subí la cuestecilla hasta el terreno de los manzanos. Cambié el cubo a la mano izquierda y, un metro antes de llegar junto al pintor, di -intencionadamente- un traspiés, levantando al mismo tiempo el cubo, de manera que, con el vaivén, el vino saltó fuera, yendo a caer sobre el pintor, mojándolo desde la cabeza a los pies y salpicando también al cuadro. El pintor, a pesar del inesperado baño, acudió rápido a auxiliarme.
-¿Se ha hecho daño? -me preguntó.
-No, no -le contesté-. Iba a regar un rosal ahí detrás, con el agua de la tía Pascuala, pero, ya ve, he tropezado. Perdone por el baño.
-No se preocupe. Con el sol me secaré en seguida -dijo, educadamente.
Volví a casa y encontré a Minga tras la verja, muerta de risa. Al cerrar la puerta, observé que el pintor se secaba la cara con un pañuelo y hacía gestos raros olfateándose la ropa. Luego, cogiendo la silla y el caballete, se marchó.

Pocos días después, ya anochecido, un grupo de chicos y chicas se reunieron, como el día que llegó Pascuala, sentándose en la cuestecilla del campo de los manzanos, frente a la casa. Unos fumaban, otros bebían de las botellas que habían traído en una bolsa y todos charlaban y reían a carcajadas. Nosotras los observábamos desde las ventanas, con las luces apagadas, procurando que no nos vieran. Llegó un momento en que alzaron el tono de sus voces y escuchamos que se pitorreaban de nosotras y nos amenazaban:
-¡Vamos, brujas, salid del escondrijo y escapad con las escobas!
Y para rematar su lluvia de insultos, lanzaron contra la verja otra de piedras. Minga los miraba con odio infinito a través del visillo de la ventana. Luego corrió a la cocina a coger el hacha de partir carne.
-No, Minga, no te precipites -le dije para calmarla-. Hay que esperar. Así me lo ordenó Asmodeo.
Los jóvenes gamberros, satisfechos con su proeza, se marcharon a sus casas.

A la noche siguiente volvieron a reunirse frente a la casa, dando comienzo a otra verbena. Esta vez, además de pedradas e insultos, lanzaron petardos al interior del patio, mientras nos gritaban:
-¡Os vamos a quemar vivas!
Minga se subía por las paredes, deseosa de salir fuera y arremeter contra ellos. Pero una vez más conseguí apaciguarla, prometiéndole que, en la próxima algarada que organizaran contra nosotras, se enterarían de cómo las gastábamos.

No tuvimos que esperar mucho. A otro día, por la noche, llegó el grupo de gamberretes con peores intenciones que los días anteriores. En esta ocasión no se sentaron frente a la casa, sino en la acera, junto a la puerta de la verja. Como otras noches, se pusieron a beber, fumar, reír y gritar amenazas e insultos contra nosotras.
Corrimos a la cocina y llenamos dos cubos del vino milagroso. Sigilosamente salimos con los cubos al patio. Colocamos detrás de la puerta de la verja, la mesa de madera que hay junto a los sillones de mimbre. Colocamos los cubos encima, nos subimos sobre la mesa y, cuando comenzaron a dar golpes, levantamos los cubos por encima de la puerta y, mirándolos desde arriba, les lanzamos con furia una buena rociada del vino milagroso, mientras les gritábamos:
-¡Tomad el agua de la tía Pascuala, malditos cabrones!

Santo remedio. Su efecto fue inmediato. Enmudecieron como muertos y, en seguida, los vimos, -a la luz amarillenta de la farola- alejarse, mustios y asustados, tropezando entre ellos, como si marcharan ciegos o borrachos.

Y éste es, poderoso Asmodeo, el relato de nuestra lucha, la mía y la de Minga. Lucha por deshacer -quienquiera que sea su autor- el ordenado, predeterminado e injusto plan, al que tienen que someterse todos los seres del universo, tanto los privilegiados favorecidos, como los olvidados perdedores, especialmente el ser humano: muy limitado para disfrutar, pero sin límite para padecer. Nosotras, y todos los demás desfavorecidos, no podremos tener riquezas, ni sabiduría, ni clarividencia, ni realizar ninguna aspiración magnífica. No podremos ser hermosas, ni sublimes, ni felices, ni entrar en el paraíso... Pero sí podemos romper, desbaratar, destruir, ensuciar, entorpecer, odiar y sufrir eternamente.
Aquí tienes, Asmodeo, a tus sumisas siervas Chinda y Minga, con ánimo pronto y resuelto a batirnos contra tus enemigos. Concédenos tus extraordinarios poderes y, en breve, verás dilatarse las fronteras de tu reino más allá de los límites del universo".

Y, hasta aquí el manuscrito de Chinda. No sé por qué, pero, al final, he sentido cierta pena y compasión por las brujillas y demás personajes de esta historia tremebunda. Está claro que el extraño síndrome sufrido por el grupo de chavales del pueblo está muy relacionado con lo que se cuenta en este relato. No sé qué habrá sido de ellos. Esperemos que cualquier día, yendo de paseo con Lucas, volvamos a encontrarnos al doctor y nos ponga al corriente. Y esperemos, también, nuevas noticias de Don Quijote y de Tinterico, informándonos sobre qué haya sido de las brujas y qué esperanzas tengan ellos de escapar de ese castillo endiablado y volver con nosotros. Hasta pronto, amigos. Toby.
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La familia de la Tía Pascuala - (Cap. IV)

miércoles, 16 de enero de 2008

¡Vaya nochecita tan ajetreada la de nochevieja! Entre los petardos que tiraban en la calle y el jolgorio en casa, la cena, las uvas, los cantos y bailes (Lucas disfrazado de gallo, Clara de Cleopatra y yo de estrella del rabo), no me metí en la caseta hasta las cuatro de la madrugada. Ya se habían acostado todos y el silencio y la oscuridad se habían impuesto en casa, cuando las hojas del potho se encendieron como un auténtico árbol de navidad. Era un nuevo mensaje de Tinterico, enviándome la continuación del manuscrito de Chinda, la hija de la Tía Pascuala. Tal frío debía de hacer por esos caminos cibernéticos que las letras tenían escarcha.

Continuación del manuscrito de Chinda

"Trece días iba a durar nuestro viaje. Era más bien la mula la que elegía el camino, llevándonos por carreteras comarcales, solitarias y tranquilas. Yo me dejaba llevar, sin ningún destino fijado de antemano. Mi afán no era otro sino el distanciarme, con Minga, de aquella casa maldita, lo más lejos posible. Durante el día, las variaciones del paisaje, a veces montañoso, a veces llano, yermo o con amarillentos sembrados, llamaban la atención de Minga que, sentada en el cesto, observaba silenciosa. Solíamos parar a comer en las proximidades de algún río o arboleda. Cuando en la lejanía distinguía algún pueblo, procuraba evitarlo, a no ser que precisara hacer provisiones. Notaba que la gente nos miraba curiosa, con ganas de enterarse de nuestras vidas. "¿Qué os importa a vosotros, jodíos cotillas?" -pensaba yo. Para disuadirlos, acentuaba al máximo mi cara avinagrada.


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Al atardecer, marchando en el carro, era un alivio recibir en la cara el aire con olor a campo. Raro era el pueblo que no estuviera en fiestas, engalanado con cadenetas y farolillos. Desde lejos contemplábamos las atracciones iluminadas con luces de colores y oíamos las canciones que sonaban en sus altavoces. Incluso percibíamos las alegres charlas y risas de la gente. Atractivos lugares que sólo podíamos contemplar de lejos, como dos perros arrojados de casa...
Gracias a la temperatura veraniega y a la ausencia de tormentas, solíamos pasar la noche preferentemente junto a un río o pantano, para lavarnos y hacer la colada.
Minga me preguntaba a menudo cuándo llegaríamos a casa. Yo procuraba entreternerla contándole historias que me inventaba o haciendo comentarios de cuanto íbamos viendo.
Después de nueve días de viaje, atravesamos La Mancha y dejamos a un lado Madrid, que vimos en la lejanía con sus enormes bloques de viviendas e industrias. La mula, aunque cansada, caminaba briosa, como si recibiera órdenes de alguien de llevarnos a un determinado lugar.
El 28 de julio, hacia las ocho de la tarde, llegamos a una extensa campiña, cubierta de maizales, girasoles y trigales. Minga comenzó a sentirse mal. Decía que le dolía la tripa. El cuerpo le ardía y la cara la tenía encendida. Dirigí la mula por un camino hacia una hilera de chopos que -suponía- bordearía un río. Detuve la mula junto a los árboles y extendí la manta sobre el césped. Tendí en ella a Minga, confiando en que le bajara la calentura con el frescor del río. Con un paño empapado en agua le refresqué la frente. Minga gimoteaba y se apretaba la tripa con las manos. "¿Será algo grave?" -pensé. Nuevamente empecé a sentirme asediada por el enemigo. "¡Es el destino, es el destino!" -oía en mi mente la voz de mi madre. Y un reflujo de rencor subió a mi garganta, dejándome un amargo sabor.
En aquel momento, una vieja, sentada en su silla de ruedas, a las que hacía girar con sus manos, salió de entre unos arbustos. Llegó hasta nosotros y, al verme refrescando a Minga, me preguntó:
-¿Qué le pasa a la niña?
-No sé -le dije-. Venimos de un largo viaje y, hace cosa de una hora, ha empezado a quejarse de la tripa y a tener mucha fiebre.
-Vamos a ver -dijo, apoyándose con fuerza en los brazos de la silla, al mismo tiempo que ponía los pies en el suelo.
-¿Qué quiere hacer? -le pregunté.
-Deja, hija, que, aunque estoy torpe, todavía puedo andar y moverme.
Se acercó hasta Minga, se arrodilló, le puso la mano en la frente y luego le palpó el vientre.
-Mami, me duele mucho -se quejaba Minga.
-Sí, hija -dijo la vieja-, pero en seguida se te pasará. Trae un vaso con agua para que beba -me ordenó.
Mientras fui al carro por el vaso, la vieja sacó de una bolsa, que colgaba de la silla, una carpetilla de la que sacó dos estampas de santos y las apoyó entre el asiento y el respaldo, a modo de altarcito. Luego volvió a hurgar en la bolsa, extrayendo un manojo de hierbas. Le di el vaso, introdujo en él las hierbas y lo dejó sobre la silla, delante de las estampitas. Se arrodilló ante ellas y rezó, con los ojos cerrados, muy devota. Mi desesperación era tal que dejé a la vieja siguiera con sus jerigonzas.
Luego se levantó, tomó el manojo mojado en agua y se lo pasó a Minga por la frente, brazos, piernas y tripa, mientras invocaba a los santos:
-¡Bendito San Luis Gonzaga: que su dolor se deshaga! ¡San Ignacio de Loyola: no más fiebre de amapola!
De inmediato, Minga se puso de pie y me pidió la llevara a aliviar el vientre. Sorprendentemente la niña recobró su habitual color sonrosado, cesando su malestar.
Aunque yo no soy muy dada a pasteleos, di las gracias a la mujer. Me preguntó de dónde veníamos y a dónde íbamos. Improvisé una peregrina historia. Le dije haber sufrido una terrible desgracia:
-Mi marido y yo vivíamos felices en un pueblo de Badajoz. Pero desde que nació esta niña, no sé qué pasó por su cabeza. Le dio por decir que la niña la había tenido yo con otro. Dejó de hablarme si no era para insultarme. Después pasó a las broncas y a las palizas. Hace quince días llegó a amenazarme con un cuchillo. Por eso, aprovechando que él estaba en el trabajo, preparé el carro con lo más indispensable y me he marchado de casa con la niña lo más lejos que he podido, para que nunca nos encuentre.
-¡Ay, pobres! -dijo la vieja-. No te preocupes, hija, Santa Mónica te ha conducido hasta mí. Has perdido un mal marido y una cárcel. A cambio has ganado una madre y un hogar. Bueno, una madre para tí y una abuela para esta niña, ji, ji -dijo, acariciando a Minga.
-Y usted ¿con quién vive? -le pregunté.
-Vivo sola. Es un decir, pues en realidad vivo con Dios y con mis santos.
-Ya, ya -asentí, mientras mi mente se puso en marcha esbozando un plan, de momento vago y confuso, pero, sin duda, inspirado por tí, poderoso Asmodeo.
-Me llamo Petra la Curruca. Tengo setenta y cinco años. Vivo en una casa grande y acomodada, heredada de mis padres, a los que perdí hace treinta. Al cumplir los cincuenta me casé con Rosendo, cinco años mayor que yo. Él era bueno como el pan y muy trabajador. Desde niño fue monaguillo en la parroquia y después sacristán, que lo ha sido hasta que se murió de un cólico miserere. Era gordito y coloradote, pero cuando ayudaba al cura en los oficios de la iglesia, su cara se transformaba como si fuera de plata. Fue un santo.
-¿Ah, sí? -dije incrédula.
-Fíjate si era santo que un día hizo un milagro.
-¿Y qué milagro fue ése? -pregunté curiosa.
-Verás. En casa, debajo del suelo de la cocina hay enterrada una tinaja de barro, muy gruesa, de dos metros de alta. La puso allí mi padre para que nunca nos faltara el agua. Poco antes de casarnos, Rosendo estuvo limpiando, pintando y arreglando las habitaciones de casa, así como el patio, el corralón y el huerto que hay en la parte trasera, dejándolo todo como un jaspe, para el día de la boda. Una semana antes de ella, vino a casa un grupo de amigos y amigas a celebrar nuestra despedida de solteros. Colocamos una mesa en el huerto con aperitivos y bebidas, así como un tocadiscos para que sonara la música sin parar. Mientras todos bailaban y bebían alegremente, me apercibí de que las bebidas se acababan. Quise decírselo a Rosendo, pero no lo veía en el huerto. Entré entonces en la cocina y lo vi arrodillado al borde de la enorme boca de la tinaja, rezando con las manos juntas ante el pecho.
-¿Qué haces, Rosendo? -le dije-. ¿No has visto que se han terminado las bebidas?
-No te preocupes, Petra, San Expedito ha atendido mi súplica -me contestó, mientras metía el cazo de largo mango en la tinaja y lo sacaba rebosante de un líquido amarillo-. Aquí antes había agua, pero se ha convertido en vino. Un vino riquísimo, celestial.
No me dio tiempo a reaccionar. Dos de nuestros amigos habían entrado, silenciosamente, detrás de mí, habían contemplado la escena y, ante aquel prodigio, se pusieron a gritar:
-¡Es un milagro! ¡Es un milagro!
En seguida acudieron el resto de amigos. Les explicamos cómo había ocurrido el sorprendente cambio de agua en vino. Llenaron los vasos y bebimos ávidamente, alabando su exquisito sabor y el gozo que despertaba en los corazones. Rápida como el viento, la noticia del milagro cundió por el pueblo. Fueron muchos los que nos acompañaron en nuestra boda y aclamaron a Rosendo como si fuera un santo.
-Realmente increíble -dije, escéptica, pero sonriente al ver a Minga dando de comer hierba a la mula.
-A partir de aquel día, la gente hacía cola en casa para probar el vino milagroso -continuó Petra-. Acudía todo tipo de personas, pero sobre todo enfermos o gente con algún problema. Unas veces los atendía Rosendo, otras yo. Escuchábamos sus aflicciones, les aconsejábamos y consolábamos como Dios nos inspiraba. Luego, según se tratara de uno u otro mal, colocábamos en el altarcito del salón la estampa del santo protector más adecuado y le rezábamos una oración. Terminábamos dándoles un sorbito de vino milagroso. Raro era quien, a otro día, no volvía, contento, a darnos las gracias, trayendo algún obsequio, ya en dinero o en especie. Las cosas nos fueron muy bien hasta que, a los tres años de casados, Dios quiso llevarse a Rosendo de este mundo.
-Una historia muy interesante -dije, mientras hacía señas a Minga, que trotaba por la hierba, para que volviera-. ¿Qué le parece si nos vamos ya?
-Bien, hija, bien. Así que os quedaréis en mi casa a hacerme compañía ¿verdad?
-Si a usted le parece bien, a nosotras también. Vamos al carro.

Después de asegurar a Minga dentro del cesto, cargué la silla y ayudé a Petra a subir desde el estribo al pescante. Finalmente subí yo también, sentándome junto a ella. Moví las riendas y guié la mula por el camino que Petra me fue indicando.
Durante el trayecto hasta su casa, Petra no dejó un momento de relatar anécdotas de su vida. Contó que, tras la muerte de Rosendo, las personas necesitadas siguieron acudiendo a su casa. Ella, con sus rezos y el vino milagroso, les solucionaba sus problemas, y ellos, agradecidos, le procuraban cuanto precisaba para vivir.
Entramos en una estrecha carretera, desde la que se divisaba, a unos dos kilómetros, la silueta del pueblo, con la puntiaguda torre de la iglesia en el centro y sus casas y chalets, anaranjados por el crepúsculo. Sonaron las campanas y Petra rezó en voz alta.
-¿Ves, en las afueras del pueblo, separada de los chalets, aquella casa grande, con el tejado de pizarra, cercada con una verja de hierro y cipreses? -dijo, con gesto orgulloso- Es mi casa.
Recorrimos medio kilómetro hasta llegar a ella. Al otro lado de la carretera, enfrente de la casa, hay un terreno más elevado, con manzanos y perales.
Ayudé a bajar del carro a Petra, quien, con pasos inseguros, avanzó hasta la puerta de la verja, la abrió y me dijo que fuera con el carro hasta el portón de la parte trasera de la casa, que ella abriría desde dentro. Entramos en el corralón, en el que hay varios árboles frutales y está rodeado de porches. Tiene una nave a la izquierda para animales, y otra a la derecha con aperos, herramientas, sacos de grano, patatas, frutas, etc. Metí la mula en la de la izquierda y el carro en la otra. Llegando al porche que hay detrás de la cocina, Petra me señaló una entrada abierta en el suelo, por la que baja una escalera hasta la bodega, en donde se asienta la tinaja del vino milagroso. Según me dijo, la tinaja tiene un grueso grifo en la parte inferior.
Luego nos llevó al patio delantero, entramos en el vestíbulo de la casa y nos invitó a recorrerla de abajo arriba. Del vestíbulo arranca la escalera principal que sube hasta la buhardilla. A un lado y otro del vestíbulo hay un pasillo. En el de la derecha dan el comedor y la cocina; y en el de la izquierda un gran salón. Es un salón con grandes ventanas al huerto. En la pared del fondo hay una cómoda enorme, sobre la que Petra tenía montado un retablo de imágenes, cuadros y estampas de santos, con floreros y candelabros con velas. En el centro del salón: una mesa larga, con varias sillas. En ella atendía a sus devotos. Sobre la mesa, además de botes con líquidos y ungüentos, paños y toallas, había un gran cesto de mimbre, en el que los agradecidos visitantes depositaban sus donativos.
Después subimos a la primera planta. En ella hay varias habitaciones. El dormitorio de Petra estaba sobre la cocina, a la que se baja directamente desde aquél, con una estrecha y corta escalera, provista de un alto pasamanos de madera.
A Minga y a mí nos asignó una habitación con dos camas, al otro lado de la escalera principal.
-Y la buhardilla ¿cómo es? -se me ocurrió preguntar.
-¡Ah, sí, la buhardilla... -Petra se quedó momentáneamente pensativa- Rosendo, mi marido, además de un santo era un manitas. El cura lo apreciaba mucho por lo habilidoso que era para adornar la iglesia, los pasos de la procesión, el belén... En la buhardilla se le ocurrió montar nada menos que el paraíso terrenal.
No pude evitar la risa.
-¿El paraíso terrenal? ¿Y eso cómo es?
-Una maravilla. Algo así como un belén gigante. Tardó un año en prepararlo. Ocupa todo el espacio de la buhardilla. Representa el paraíso terrenal antes de que Adán y Eva pecaran comiendo la manzana. Con materiales vulgares, como arcilla, madera, corcho, cristal, hojalata, cartón, papel, plástico, etc., construyó una obra fabulosa. Arriba la bóveda del cielo con luna, y estrellas por la noche, y un sol esplendoroso durante el día; y abajo, rodeando el paraíso, montañas que cambian de color según las horas del día, gracias a una compleja combinación de lámparas. Desde lo alto de las montañas cae en cascada el agua, formando dos ríos que van a parar a un lago, situado a la derecha de la buhardilla. Al otro lado hay un verde prado, cubierto de flores y árboles frutales, ocupando la mayor parte de la estancia. Allí se encuentra la morada de Adán y Eva, formada por plantas aromáticas entrelazadas. Muy próximo al lago está el árbol de la vida, un árbol frondoso, cargado de menudos frutos rojos, junto al que se ven las figuras desnudas de Adán y Eva comiendo de él. En el centro del prado se levanta, imponente, el árbol de la ciencia del bien y del mal, del que les estaba prohibido probar su fruto.
Minga escuchaba embelesada.
-¡Qué interesante! ¿Podríamos subir a verlo? -pregunté.
La cara de Petra se ensombreció.
-No. No es posible.
-¿Y eso? -dije extrañada.
-Porque Rosendo, antes de morir, cerró la puerta de la buhardilla con llave, que escondió no sé donde, y me hizo jurar que jamás dejaría entrar allí a nadie; de lo contrario, me sobrevendría un mal terrible.
-¿Por qué motivo?
-No me lo dijo. Pero la forma en que lo hizo me produjo pavor. Desde entonces, la buhardilla es como si no existiera en esta casa. Lo que sí me dijo, de forma muy enigmática, es que la llave del paraíso la tiene el ángel guardián de la espada de fuego.
A continuación, Petra nos llevó al comedor. Preparó unos huevos fritos y cenamos. Y, como estábamos muy cansadas, nos retiramos a nuestra habitación y nos acostamos.

Cuando desperté, estuve unos segundos desorientada, sin saber en dónde nos hallábamos. Por mi mente pasaron imágenes de las horribles escenas vividas días pasados. Pero ya estábamos lejos de allí. Ahora podríamos iniciar una nueva vida. Me había librado de los causantes de mis desdichas y de aquella maldita casa. Ahora viviríamos en otra magnífica, la de esta vieja pazguata, que prometía tener buenos ingresos y ahorros.
Por cierto que, a los pocos días, Petra me pidió permiso para vender el carro y la mula a un campesino amigo suyo, ya que allí no los íbamos a necesitar. El dinero de la venta engrosaría el fondo común. Por supuesto que la dejé hacer.
Petra me encomendó una serie de faenas, como la limpieza de la casa, preparar la comida, cuidar las gallinas; aparte de empujar la silla de ruedas siempre que salíamos de casa. Quiso, además, que yo aprendiera y la ayudara en el oficio de curandera, para lo cual no dejaba de sermonearnos, obligándonos a acompañarla a las funciones de la iglesia. No tuve más remedio que fingir y llevarle la corriente.
Ella aprovechaba los paseos que dábamos por el campo en busca de hierbas medicinales para contarme historias de santos, en su afán de catequizarme. Durante un tiempo me contuve, haciendo como si la escuchara. Pero, pronto, vino a mi memoria el recuerdo de las monjas y mis trifulcas con ellas. "Lo que me faltaba -pensaba yo-. Tener ahora que aguantar las monsergas de esta vieja loca." Aunque también comprendía que debería ser práctica. Petra, con sus artimañas curanderiles, piadosas invocaciones y místicos masajes, obtenía pingües beneficios de los crédulos lugareños. Sería un gran error acabar con la gallina de los huevos de oro. Me impuse el seguir haciendo el paripé. Pero a veces no podía soportar sus letanías: "¡Sea lo que Dios quiera! ¡Hasta mañana si Dios quiere! ¡Dios así lo ha querido! ¡Quiera Dios que se cure fulanito!¡Dios quiera que llueva!¡Quiera Dios que deje de llover!¡Gracias a Dios por esto o por lo otro!..." Me recordaba a mi madre Pascuala con su cantinela: "El destino así lo ha querido".
El chirimiri de sus continuas prédicas desmoronaban mi paciencia como un terrón de azúcar en un vaso de vinagre. De nuevo sentía azufre derretido correr por mis venas. Entonces estallaba y discutía con ella:
-Vamos a ver, Petra -le decía un día, mientras sujetaba su silla, bajando una empinada cuesta-. Si todo lo que ocurre en el mundo es porque Dios así lo quiere, entonces ¿dónde está su infinita bondad -como tú tanto cacareas- si es Él quien ha querido o consiente que haya catástrofes, muertes, padecimientos, enfermedades, guerras y un sin fin de calamidades?
-No blasfemes, Chinda. Dios no te tomará en cuenta la barbaridad que acabas de decir, porque es infinitamenete misericordioso.
Me asaltaban intenciones de dar un empujón a la silla para que se despeñara con la vieja cerro abajo.
-¿Ah, sí? Si Dios es tan poderoso y bueno ¿por qué no ha evitado tantas muertes y destrozos como ha producido el terremoto de Chile, de hace dos meses?
-No hables sin saber, Chinda. Si mi marido, Rosendo, no me lo hubiera prohibido, subiríamos ahora mismo a la buhardilla, contemplarías el paraíso terrenal y comprenderías por qué el mundo es como es. Dios creó a Adán y Eva inocentes, sin mancha de pecado, y los puso en la Tierra, en la que todo era bueno y bello. Ellos vivían felices, pero Dios los sometió a una prueba. Les prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Prefirieron hacer caso al demonio y pecaron. Así entró en el mundo la muerte y todos los males.
-¿Y te cabe en la cabeza -le contesté- que Dios, infinitamente justo según tu doctrina, cometa semejante injusticia? ¿Por qué narices los descendientes de Adán y Eva debemos cargar con un pecado que no hemos cometido? Eso es un camelo.
Petra se santiguaba y mascullaba jaculatorias, como si oyera al diablo. Luego puso los pies en el suelo, frenó la silla y, apretando con fuerza los brazos de ésta, giró la cabeza hacia mí y me gritó, temblándole la barbilla:
-Por eso precisamente vino Cristo al mundo, para redimirnos de ese pecado y abrirnos las puertas del cielo, muriendo en la cruz.
-¡No me digas! ¿Y cómo se entiende que un Dios todopoderoso e infinitamente misericordioso y justo, necesite que su Hijo padezca una terrible pasión y muerte, para quedar aplacado y en paz con los hombres, a quienes, sin comerlo ni beberlo, nos han colgado el cartelito del pecado original desde que nacemos? Si Dios es tan buen padre, como nos dicen en la iglesia, ¿qué menos se puede esperar de un buen padre sino que perdone la estúpida desobediencia de sus inexpertos hijos Adán y Eva? ¿Cómo, por semejante tontería, sus descendientes deben padecer penas tan tremendas por los siglos de los siglos? ¿Qué clase de Dios es ése que permite que sus hijos sigan padeciendo, aun cuando ya han sido redimidos con la pasión y muerte de su Hijo primogénito, como decían las monjas?
-Calla, Chinda, me das miedo oyéndote hablar de esa manera. Dios te va a castigar.
-No te preocupes, Petra. Será lo que Dios quiera -le contestaba, irónica.

A pesar de estos arrebatos y disputas que, de vez en cuando, tenía con ella, yo procuraba mantenerme en una fingida actitud sumisa, sin dar rienda suelta a mis impulsos destructores. Así pasaron los días, meses y años, hasta diez, contemporizando con Petra y sus fervientes devotos, a quienes nunca tragué, ni ellos a mí, naturalmente.

El año 1970 iba a ser decisivo para nosotras tres, las moradoras de la casa de los cipreses. Yo cumpliría treinta y tres años, Minga trece y Petra ochenta y cinco.
A Minga -como a mí me ocurrió- cada día le resultaba más insoportable aguantar a los profesores y compañeros en el colegio. Por ese motivo, al cumplir los trece años, dejó de ir al colegio.
Yo esperaba que Petra, con el paso de los años y de mis irónicos comentarios, acabaría rindiéndose. Pero ni por ésas: cuanto más vieja se hacía, más duras se hacían sus creederas.
Tras diez años de reprimir los humores volcánicos con que salí de mi pueblo, sentía una imperiosa necesidad de darles suelta. No podía soportar un día más las sandeces de Petra y sus pantomimas.
El mes de enero se había presentado muy lluvioso. Se sucedieron días oscurecidos por negros nubarrones y continuos chubascos. Una de aquellas noches, a eso de las dos de la madrugada, me despertaron los lúgubres quejidos del viento colándose por los resquicios de las ventanas y el fragor de la lluvia estrellándose contra los cristales. Minga dormía tranquila en su cama. La pajiza luminosidad de una lejana farola proyectaba, a través de la ventana, sombras inquietantes que se movían en el techo de la habitación. Hubo un breve respiro en que cesó el ruido del viento y la lluvia. Las sombras dejaron de moverse. Fue entonces cuando oí, sobre el techo, un ruido sofocado, como de algo que se arrastrara en la buhardilla, seguido de un bronco resuello.
De inmediato me acordé de la prohibición de entrar en la buhardilla que, según contó Petra, le había impuesto Rosendo; y de que la llave estaba en poder del ángel guardián del paraíso. ¿Qué ángel sería ése? En el rellano de la buhardilla no había cuadro ni imagen de ángel ni de santo alguno. En cambio, en el salón de la curandería, sí que había varios cuadros y estampas de ángeles. Salté de la cama y, ligera y silenciosa como un pensamiento, abrí y cerré puertas, bajé a la primera planta y entré en el salón. Encendí la luz de uno de los apliques. Miré, uno por uno, todos los cuadros y estampas allí expuestos. Unos colgados en la pared, otros colocados sobre la cómoda.
Observé los cuadros y estampas de ángeles. Uno tenía en la mano un pez, otro un lirio, otro pisoteaba al diablo y le clavaba una lanza. Había varios ángeles de la guarda, protegiendo niños con sus alas. Pero con una espada de fuego no veía ninguno.
Abrí uno por uno los cajones de la cómoda. Allí había de todo: manteles, cuberterías, cajas y estuches, abalorios y zarandajas. Pero de la llave, ni rastro.
Aburrida, me disponía a marcharme cuando me llamó la atención una estrecha estantería en la pared de la izquierda. En ella había numerosos portarretratos con fotos de la familia. Me acerqué a verlos. Había uno que sobresalía de los demás. Era una foto de Rosendo, con dedicatoria suya, en la mili, muy sonriente junto a otro soldado. La foto, colocada entre dos cristales, tenía un marco niquelado, unido por su base a una caja metálica de unos 15 centímetros de larga, 6 de ancha y 4 de alta, con una tapa de cristal, abatible, a través de la cual, se veían pequeñas piezas cuadradas y negras, con letras blancas encima, colocadas en dos líneas de siete piezas cada una, formando esta frase: "YO-Y-EL-G-URI-PA-RA-SO-D-AN-I-EL-EL-SO". Debajo de de las fichas, con letras pequeñas se leía: "Matarilerilerón. ¿Dónde estará?"

Toqué las piezas y vi que que eran removibles. Se me ocurrió que quizás aquel juego estuviera relacionado con la llave de la buhardilla, más que nada por lo del matarilerilerón. Recordé las palabras de Rosendo: "La llave del paraíso la tiene el ángel guardián de la espada de fuego." Tanteé si con las piezas de la caja podría formarse alguna palabra de esa frase. Vi que se podían formar estas palabras: "D-EL-PA-RA-I-SO-AN-G-EL. Las cuatro piezas restantes eran: YO-Y-SO-URI-EL. Estuve una hora haciendo combinaciones que tuvieran algún sentido. Finalmente coloqué las fichas formando la frase: "YO-SO-Y-URI-EL-AN-G-EL-D-EL-PA-RA-I-SO." Y, ante mi asombro, la planchita en que estaban colocadas las fichas, se levantó por delante, dejando al descubierto una reluciente llave dorada, descansando sobre la estampa de un ángel con una espada de fuego, al pie de la cual se leía: "Uriel, ángel guardián del Edén."
Sentí una incontenible euforia. Cogí la llave. Apagué la luz y corrí escaleras arriba hasta la buhardilla. Introduje la llave. Se apoderó de mí un extraño senimiento de temor, odio y placer. Acerqué el oído a la puerta y volví a escuchar el fffuuufff y el resuello. Giré la llave y empujé la puerta. La buhardilla era una negra tiniebla. Di un paso adelante y sentí el fétido aliento de algo putrefacto. La puerta se cerró a mi espalda. A los pocos segundos noté que la estancia se teñía de un vago resplandor violáceo, perfilándose cuanto allí estaba encerrado.
No se parecía en absoluto al paraíso descrito por Petra. Era como si lo hubiera abrasado un incendio. La bóveda, cubierta de hollín; el lago y ríos, resecos, con sus negros cauces cuarteados; los árboles, como muñones quemados y carcomidos. A la izquierda, en donde debería hallarse la morada de Adán y Eva, una especie de cueva, como madriguera de zorros; pero, ni de aquélla ni de los animales se veían sino huesos y calaveras calcinados sobre cenizas. Próximo a la cueva se mantenía en pie, negro y esquelético, el árbol de la ciencia del bien y del mal.
Enroscada en el tronco vi una gran serpiente. Movió la cabeza, fijó en mí sus ojos de fuego y abrió la boca, desprendiendo un vaho amarillento:
-Esperaba que vinieras, Chinda. Así me gusta. ¿Sabes quién soy? -me preguntó acentuando el resuello.
-La serpiente del paraíso ¿no? -le dije.
-Soy Asmodeo, el auténtico dueño del universo. Los humanos me dais muchos nombres: Satán, Lucifer, demonio, diablo, Mefistófeles, etc. De mí han dicho muchas mentiras los defensores de casi todas las religiones, tratando de anular, ocultar o cambiar mi realidad. Pero la verdad es que la auténtica realidad es la mía. ¿Dónde está ese Dios todopoderoso del que tanto hablan las religiones? ¿Tú lo has visto, Chinda? Los humanos os creéis cualquier patraña. Os dicen los embaucadores: "si sois buenos tendréis eterna felicidad en el cielo, cuando muráis." Estúpidos.
Mira lo que he hecho con el paraíso de Rosendo el sacristán, porque me resultaban insufribles sus trolas con las que engañó al cura, a Petra y a todo el mundo. Lo del vino milagroso fue un engaño garrafal (nunca mejor dicho). Rosendo vació el agua de la tinaja y la llenó de vino, garrafa a garrafa, cuando Petra salía al campo, y de acuerdo con un amigo suyo que tenía una bodega. Él tenía fama de santo, pero se ponía ciego bebiendo y comiendo. Su muerte fue debida a un atracón de tres sartenes de migas con chorizo y cinco litros de vino.
-¡Qué barbaridad!
-Sí, Chinda. Y la pánfila de su mujer ha heredado de Rosendo la fama de milagrera, dedicándose a poner emplastos y cataplasmas a la gente maltrecha y cándida, que se cura por lo convencidos que están de que van a curarse gracias a la santidad de Petra. Las religiones engañan a los humanos con cuentos y mitos. Os dicen: con la gracia de Dios y vuestra voluntad podéis transformaros en seres perfectos y alcanzar la felicidad eterna. Y vosotros os lo creéis. Pero la verdad es que los hombres sólo tenéis capacidad para hacer una cosa: el mal. Quien nace con unos determinados límites, nunca podrá superarlos, por mucho que se esfuerce. Además, ese esfuerzo inútil no os hará más felices, sino más desgraciados. En cambio, sí está en vuestra mano seguir vuestros impulsos naturales. Si los seguís, seréis felices de verdad. Tú, Chinda, ya lo has experimentado en tu vida, ¿verdad?
-Sin duda alguna, poderoso Asmodeo.
-Acércate a esa ventana que voy a mostrarte cómo se vive en mi reino.
Miré y descubrí un mundo de seres felices, porque no estaban sometidos a ninguna ley, norma, represión, sentimiento o razón. Felices porque cada uno hacía lo que le venía en gana, sin traba alguna. Allí se puede odiar cuanto se quiera, comer y beber hasta reventar, dormir continuamente, inflarse de orgullo sin tope alguno, despreciar, despellejar, robar, matar, pisotear, drogarse, entregarse a todos los placeres sin descanso ni medida. Un mundo como de pompa de jabón: de vida efímera, pero radiante y feliz. Y no el plúmbeo mundo sometido al miedo y a toda clase de amarras, pero con igual final que el otro: la aniquilación.
-Entiendo, poderoso Asmodeo, que lo que quieres es librar a los hombres de su ignorancia. Que abandonen el reino del miedo y la represión y se pasen a tu reino de la exaltación del propio yo, de libertad absoluta.
-Así es, Chinda. Y respecto a vosotras, a tí y a Minga, quiero convertiros en ministras mías, para que me sirváis en mi plan. La primera tarea que os propongo es la de transformar en seguidores míos a los que hasta ahora han seguido las prédicas de Petra. No es necesario que te diga cómo. Vosotras lleváis en las venas el mismo fuego que yo siempre he respirado. Y ahora retírate, cierra y deja la llave donde estaba antes, para que Petra nada sospeche. Ya sabes dónde me tienes.

Era ya el mes de mayo. Un día radiante de sol, tras la semana desapacible que habíamos padecido. Después de comer, Petra nos propuso salir al campo a coger florecillas para adornar el altar del salón. Fuimos en dirección al río. Minga llevaba un cesto de juncos y yo empujaba la silla de Petra. Como de costumbre, Petra se dedicó a sermonearnos y a contarnos anécdotas de prodigiosas curaciones.
Pasadas dos horas, el cesto lleno de flores y plantas aromáticas, y la cabeza a estallar con el parloteo de Petra, emprendimos el camino de regreso. Minga caminaba ligera, con el cesto florido, deseosa de llegar pronto a casa. La vimos cruzar la vía de ferrocarril por el paso a nivel sin barrera. Me hice la remolona empujando la silla, a la espera de oír la alarma avisando de la proximidad del tren de las seis. Cuando ví el tren acercarse a unos trescientos metros de donde estábamos, empujé rápido la silla hasta ponerla sobre la vía. Detuve la silla, apretándola fuertemente contra los raíles, al mismo tiempo que la movía como tratando de sacar la rueda, aprisionada en el hueco de dos raíles, mientras gritaba fingiendo nerviosismo:
-¡La rueda se ha atascado! ¡La rueda se ha atascado!
El tren trompeteaba atronadoramente, y Petra gritaba horrorizada viendo que aquella mole de hierro se nos echaba encima. Di, entonces, un fuerte empujón a la silla, atravesando las vías en estampida, bajo los furiosos berridos que el maquinista hacía sonar, los gritos de Petra y de Minga, y los dardos de mis maldiciones.
El tren desapareció en la curva. Detuve la silla. Petra había echado hacia atrás la cabeza. En su cara, pálida como la cera, con los ojos en blanco y la boca abierta como si se asfixiara, se dibujaba el horror.
Empujando la silla a la carrera, llegamos, en seguida, al centro médico. La gente nos miraba alarmada y nos preguntaba qué le había ocurrido a Petra, pero nosotras nos manteníamos calladas. El médico trató de reanimarla, mas en vano. Nada pudo hacer, sino certificar su muerte por infarto.

Si, en vida, los devotos seguidores de Petra la consideraban milagrosa, una vez muerta, la veneraban como a santa. La gente venía a casa a pedirnos reliquias y a rezar en el oratorio del salón. Consulté a Asmodeo si debería de complacerlas.
-Por supuesto que sí, Chinda. En mi reino debe reinar el engaño y la confusión. Esa es vuestra tarea, del resto me ocupo yo.

La gente hacía cola para entrar en el salón de la curandería. A las cinco de la tarde abríamos la puerta. Minga, sentada a un lado de la larga mesa, recortaba cuadraditos de tela de alguna saya de Petra y me los iba pasando. Los cándidos devotos se acercaban hasta la mesa y hacían su fervorosa petición de favores ante una foto grande de Petra, iluminada con una lamparilla de aceite. Yo mojaba el trozo de tela en el vino milagroso de una jarra que tenía a mi lado y se lo entregaba al necesitado.
Aquellos ridículos remedios debieron de surtir muy buenos efectos (por obra de Asmodeo, claro está) y la gente, en agradecimiento, nos obsequiaba con dádivas de todo tipo. Durante años, nuestro "desinteresado" servicio funcionó requetebién. El número de espabilados pedigüeños de favores crecía día a día. Asmodeo se los concedía pródigamente. Había quien pedía tener un chalet, un coche ultramoderno, un puesto de trabajo muy bien remunerado, triunfar en una determinada actividad, conseguir mucho dinero, tener un físico de cine, cualidades seductoras, verse libre de dolores, vengarse plena y exitosamente de los enemigos y vecinos molestos, etc., etc.
Asmodeo se lo concedía, pero procuraba que los beneficiados se marcharan del pueblo, cuanto más lejos mejor. Las noticias de estos prodigiosos cambios de fortuna en los agraciados vecinos cundían como esparcidas por el viento, mientras nuestra cuenta bancaria engrosaba al mismo ritmo.
Hasta que, desde hace cinco años, observamos que nuestra clientela mermaba, así como nuestra buena reputación; tanto que incluso, cuando salíamos a comprar o por otro motivo, la gente nos miraba con recelo y se cambiaba de acera, mascullando. Volví a recordar las machaconas frases de mi madre sobre el destino, del que nadie puede escapar, según ella decía. Acudí a la buhardilla a consultarlo con Asmodeo. Encontré a la serpiente fumándose un puro enorme, como un camionero. "No me extraña que la buhardilla esté tan negra" -pensé.
-Ja, ja. Es para no aburrirme -me dijo, ufana-. ¿Qué os pasa, Chinda, que os veo tan cabreadas?
-Porque venimos observando -le contesté- que la gente se ha puesto en contra nuestra y ya no vienen a pedirnos favores.
-Claro, es que se ha corrido el rumor de que los favorecidos lo pasaron muy bien, mas por poco tiempo. Es lo malo de los excesos, pero también lo bueno. La gente tiene que cambiar en su apreciación de lo que es bueno: lo bueno es gozar al máximo, aunque sea brevemente, y desaparecer rápido, como una pompa de jabón. Ahora ellos desconfían de vosotras y os miran mal. Mejor para vosotras. Así tendréis mayor motivo para pisotearlos con vuestro desprecio como a cucarachas. Seguid los impulsos que yo os inspiro y pronto seréis mis superministras.

Sentí en mis entrañas una oleada de ardor destructor, odio y maldad. Cerré la buhardilla y bajé las escaleras, decidida a ametrallar con maleficios y mal de ojo a cuantos nos miraran regular. Lo comenté con Minga. Ella sentía igual que yo. No necesitábamos ayuda de nadie. Todavía contábamos con buenos fondos en el banco y de ellos hemos vivido hasta ahora.

-¿Has visto, mami, cuánto pájaro hay sobre los cipreses? -me decía Minga una mañana del pasado mes de mayo, mientras mirábamos al exterior desde una ventana del pasillo.
-Sí, porque pronto llegará el verano.
-¡Qué suerte tienen los pájaros! Ellos pueden irse cuando les place.
-Nosotras también. Pronto nos iremos lejos...
Suspendimos el diálogo. Una vez más escuchamos el pfffuuufff en la buhardilla.
Nos miramos en silencio un instante, cuando un prolongado timbrazo en la puerta principal arrebató nuestra atención. Calmosamente bajamos la escalera, salimos al patio y abrimos la puerta de la verja. Una anciana, de aspecto fuerte y sano, nos miraba con los ojos bailándole en su cara lechosa:
-¡Chinda, Minga, hijas! ¡Soy yo, Pascuala, vuestra madre! ¡Es el destino, hijas, es el destino!...



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La familia de la Tía Pascuala - (Cap. III)

sábado, 22 de diciembre de 2007

"Hola, Toby. Según te prometí -y aprovechando que las brujas Chinda y Minga siguen ausentes del castillo- de nuevo estoy al pie del árbol de los deseos para transmitirte la continuación de la historia de la Tía Pascuala y su familia. Don Quijote ha encendido el fogón, se ha sentado en un taburete y ha dado comienzo a la lectura del segundo manuscrito del dietario (las breves frases de Zoilo). Pero lo ha hecho con voz lúgubre y susurrante, como escapada de la cueva de Montesinos y, para mayor incordio, en ese momento los gatos han armado tal gresca -no sé si persiguiendo algún ratón castellano o sacudiéndose la escarcha, entrada por la ventana de las ojivas en esta fría noche de diciembre- que no me he enterado de nada.
Y, tras esa omisión, me pongo a deletrear, en la rama de los espejos, el relato de Chinda, que Don Quijote ha empezado ya a dictarme. Las frases manuscritas de Zoilo, espero que las conozcamos más adelante.

Manuscrito de Chinda

Hoy, 30 de junio de 2007, a mis setenta años, empiezo a contar, altiva y sin arrepentimiento, algunos de los episodios de mi vida, en que actué con mayor inquina y perversión. Así me lo ha pedido el poderoso Asmodeo -príncipe del triunfante reino del mal- como requisito para que se me conceda el grado de archibrujidiabla y sus concomitantes poderes, entre ellos el de volar con o sin escoba, el de autotransformarme ad libitum, el de adivinación, el de realización de hechizos y conjuros, y cuanto se me ocurra pedir al árbol de los deseos. Lo estoy escribiendo con letra firme y lacerante, a continuación de las malditas memorias que mi padre Cirilo Expósito plasmó en este viejo dietario, las cuales jamás, hasta ahora, yo había leído. A pesar de mis rencores, me siento orgullosa de él, de quien debí heredar el veneno corrosivo que fluye por mis venas.


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Como su relato acaba en el año 1941 -cuando yo tenía cuatro años- enlazaré con él, contando algo de mi niñez.
Nunca me quisieron mis padres. Lo sé porque una niña pequeña nota en seguida cuándo le tienen afecto. Quizás fuera porque nací poco agraciada. En más de una ocasión les oí decir que yo tenía unos ojillos negros como dos endrinas, escondidos tras unos párpados oblicuos y entreabiertos. Los dos dientes superiores, centrales, los tenía muy largos, dándome aspecto de conejo. Desde siempre sentí un vacío afectivo que me prroducía una gran amargura. Pero, en lugar de hundirme en un pozo de autocompasión, desesperación, temor y cobardía, me convertí en una niña dura, resentida, respondona, mentirosa, retorcida, falsa, avinagrada y violenta.
A los diez años dejé el colegio, porque ni yo soportaba a las monjas y sus alumnas, ni ellas a mí. Me dediqué a estar en casa, haciendo, de mala gana, lo que mis padres me ordenaban. Apenas salía de casa, pues si alguna vez jugaba con las muchachas del barrio, no sé cómo me las arreglaba para acabar siempre a golpes con ellas o tirándoles del pelo.
Mi padre pensó beneficiarme si admitía a trabajar en la trapería a Zoilo, un chico de quince años, llegado de Badajoz y que se presentó en el almacén un día de abril de 1950. Contó que su padre murió en la guerra y que su madre se había juntado con un hombre a quien él no soportaba, motivo por el que se marchó de casa.
Zoilo era un muchacho alegre, de agraciado aspecto. En seguida se ganó el aprecio de mi padre por su buena disposición para cualquier tarea que se le mandara. A mí también me agradaba, pues, a pesar de mi talante arisco, él me tenía bromas y me hacía reir. Mi padre confió en que, gracias a Zoilo, se solucionaría mi problema.
Hasta 1954 disfrutamos de unos años prósperos en todos los sentidos. Mi padre hizo mejoras en la trapería y en casa, abriendo una puerta interior que comunicaba la casa con la trapería; añadió un corralón donde guardaba el nuevo carro de cuatro ruedas que se compró, así como una mula joven y fuerte en sustitución del viejo burro. Además amplió el negocio, destinando parte del almacén a compraventa de objetos usados.
Mi relación con Zoilo era muy buena, tanto que llegué a soñar que un hada me había convertido en una hermosa princesa; que él era mi príncipe azul y aquella casa y aquel pueblo, con sus gentes y sus campos, era nuestro mágico reino. En las navidades de 1954 nos hicimos novios. Nuestra dicha duró muy poco.
Era la noche de fin de año. Habíamos cenado copiosamente. Cantábamos villancicos y bailábamos alegremente, sobre todo mi padre que se había ventilado un botella de coñac. Zoilo salió un momento del comedor y, al rato, volvió disfrazado de bandolero, con un trabuco de juguete en la mano. Mi madre y yo nos echamos a reir, pero mi padre se quedó asombrado, mirándolo. Zoilo apagó la luz, quedando el comedor alumbrado tan sólo con la llama de un leño que ardía en el fogón. Mi padre se abalanzó furioso contra Zoilo gritando: "¡Era su destino, era su destino!" Zoilo se zafó de él empujándolo. Mi padre, algo más sereno, aunque con el rostro desencajado y andando torpemente, salió del salón y bajó a la trapería a tomar el aire, según le escuchamos.
Mi madre y yo aguantamos la risa viendo a Zoilo imitarle.
A los pocos minutos oímos un gran estrépito de hierros en la zona del rastrillo de la trapería. A los gritos de mi padre, quejándose en la oscuridad, corrimos a encender la luz del almacén. Estaba semiaplastado, debajo de una pesada puerta de hierro que se le había caído encima. Al parecer, pisó unas bolitas de rodamientos, resbaló, pegó con los pies contra la puerta apoyada en la pared y se le cayó encima. Con gran esfuerzo levantamos la puerta. Mi padre se retorcía de dolor, llevándose una mano al ojo izquierdo, que le sangraba a borbotones, y la otra mano a la pierna. Las puntiagudas orejas de la cabeza de lobo del picaporte de hierro de la puerta se le habían clavado en el ojo, reventándoselo, y el canto afilado de aquélla le había machacado la pierna. Lo llevamos en el carro a la casa de socorro, y de allí lo trasladaron urgentemente al hospital de Badajoz. Cuando, después de un mes volvió a casa, lo vimos entrar con el ojo tapado y cojeando como un tullido. Tenía cuarenta y tres años pero parecía que tuviera ochenta. Cada quince días debía ir a Badajoz a revisión.
Zoilo, por el contrario, ganó en lozanía tanto como en habilidad para llevar el negocio.
Mi padre apenas hacía nada en la trapería, limitándose a dar instrucciones a Zoilo y vigilar su trabajo. Con mi madre sólo hablaba de su desgracia, que utilizaba para defender su teoría:
-Sí, Pascuala, es el destino el que dirige nuestras vidas con el mayor despotismo. Tan pronto nos encumbra como nos sepulta en la miseria.
-No te preocupes, Cirilo. Quizás las cosas cambien. ¿Quién sabe?

Pero yo observaba que, cada día que pasaba, mi madre se mostraba más fría con mi padre, e incluso hacía gestos de desagrado cuando él le hablaba o le pedía ayuda. Mientras que con Zoilo todo eran sonrisitas y agasajos. No podía disimular su predilección hacia él, cosa que a mí me revolvía las entrañas.
Zoilo, ante tal veneración como le dedicábamos, llegó a sentirse el señor de la casa, con derecho a andar por ella con absoluta libertad para fisgonear y obrar a su antojo. Mis padres no veían en ello otra cosa que una muestra de confianza.
Así fue transcurriendo el año 1955. Se presentó un invierno gélido, acentuándosele a mi padre los dolores, lo que le obligó a acudir con frecuencia al hospital, acompañado de mi madre.
Un día en que mis padres se habían ausentado por ese motivo, ocurrió algo decisivo. Yo había bajado al corralón a dar de comer a los animales. Zoilo se hallaba en la trapería con sus tareas. Sin intención alguna, volví pronto y subí silenciosamente hasta el comedor. Sentí un ligero ruido en el dormitorio de mis padres. Me acerqué a la puerta, apenas entreabierta. Por la rendija vi a Zoilo sentado, leyendo el dietario de mi padre. Me sorprendió su atrevimiento, pues ni yo, con ser su hija, había osado jamás husmear en las cosas que mi padre guardaba en la alacena. Pero no sospechaba qué podría estar leyendo con tanto interés. En seguida salí de puntillas y me bajé a la cocina. Zoilo debió colocar en su sitio el dietario y se bajó a la trapería silenciosamente.
Desde aquel día observé en él un extraño cambio. Aunque él se esforzaba en mostrarse como siempre, yo le notaba tenso y callado conmigo, pero especialmente con mi padre, mientras que con mi madre derrochaba sonrisas.
Mi padre también había sufrido un gran cambio. Apenas hablaba. Era ya abril. Por las tardes, después de comer, solía dar un paseo de dos horas. Zoilo bajaba a abrir la trapería, mi madre se ponía a coser y yo iba al corralón a echar las sobras de la comida a los animales. Luego, encaramada sobre unos leños, oteaba por encima de la tapia y veía a mi padre caminar a trompicones por el camino del pantano... Después me metía en la cocina y me dedicaba a fregar los platos y otras faenas. Pronto observé que, cuando yo abría el grifo del fregadero, Zoilo subía al comedor, donde permanecía unos veinte minutos charlando con mi madre.
Esta secuencia fue repitiéndose un día y otro. Volví a revivir los amargos años de mi infancia y a sentir el odio galopando por mis venas.
Pasaron veinte días cuando, una tarde, me decidí acabar con aquella incertidumbre que me estaba royendo el alma, como una carcoma. Subí las escaleras descalza. En el comedor no había nadie, pero escuché un ligero rumor de jadeos sofocados en el dormitorio de mis padres. Me acerqué a la puerta cerrada. Con sumo cuidado, la entreabrí dos milímetros apenas, suficientes para ver a Zoilo y a mi madre retozando en la cama. La cerré suavemente y salí del comedor con el alma rota de rabia y dolor. Bajé las escaleras pensando que descendía al infierno. Sentí ganas de prender fuego a la casa. Pero escuché una voz -tu voz, sin duda, príncipe Asmodeo-: "No tengas prisa, Chinda. Espera".

Y esperé. Estábamos ya a finales de mayo de 1956. Habíamos terminado de cenar y, como nadie tenía ganas de conversación, mi padre entró en el dormitorio. Le sentí abrir la alacena. En seguida volvió al comedor con el dietario y un lápiz. En ese momento Zoilo se levantó de la mesa y dijo que tenía sueño y se iba a dormir a la habitación de la plataforma. Mi madre también se fue a su dormitorio. Me acerqué a la ventana del comedor, abierta de par en par, y estuve contemplando un momento las casas y calles, blanqueadas por la luna llena que parecía reírse de mi. Me senté de espaldas a la calle. Una brisa calentorra irrumpió en el comedor, balanceando la lámpara del techo.
Observé a mi padre hojeando lentamente el dietario. Lo vi detenerse ante la última página escrita por él, pero su mirada de asombro se dirigía a la página siguiente. Yo no distinguía qué palabras eran aquéllas, pero sí que estaban escritas con mayúsculas, con lápiz rojo, quizás con un pintalabios de mi madre. Nunca, hasta ahora después de tantos años, había leído las confesiones de mi padre, ni tampoco esas palabras en rojo, escritas sin ninguna duda por Zoilo: "¡Maldito cabrón que asesinaste a mi padre, ahora me estoy vengando de tí acostándome con Pascuala, tu mujer!"
Mi padre se quedó lívido, con los labios apretados, la barbilla y manos temblorosas, y su único ojo lleno de horror. Rápido reaccionó. Se levantó de la silla con un bufido. Las venas del rostro enrojecido parecía fueran a estallarle. Cerró el dietario. Entró en el dormitorio y oí guardarlo en la alacena. Luego salió, cruzó el comedor como sonámbulo y bajó las escaleras. Miré por el hueco de la escalera. Entró en la cocina y pronto salió con algo que ocultaba bajo el brazo pegado al cuerpo. Evitando el menor ruido, abrió la puerta que comunica con la trapería y la cerró tras de sí. Le seguí escaleras abajo y entreabrí un poco la puerta. Lo vi, a la luz de la luna, cruzar la nave, cojeando, con sumo cuidado para no tropezar. Subió la escalera de hierro. Una vez en la plataforma observé que de su mano colgaba un puntiagudo cuchillo, mientras avanzaba hacia el cuarto de Zoilo. Repentinamente vi a éste salir de detrás de una pila de trapos y avanzar hasta Cirilo, llevando en alto el extremo de la soga de la polea con un lazo corredizo. Como un relámpago le echó el lazo al cuello y le empujó, haciéndole caer fuera de la plataforma. Sentí el tintineo del cuchillo al golpear contra el suelo, y el chasquido sordo del cuerpo al quedar brutalmente sujeto por la tensada soga en su caída. Zoilo permaneció un instante contemplando, con los brazos en jarras, cómo se balanceaba mi padre a varios metros del suelo. Luego entró en su cuarto y cerró la puerta. Yo cerré la de la trapería y subí a mi habitación, me acosté, y pronto me quedé dormida.
Sobre las seis de la mañana me despertaron los gritos de mi madre que, a través del ventanuco, acababa de descubrir a mi padre ahorcado en el almacén. Procuré fingir ignorancia sobre lo ocurrido. Zoilo, cínicamente, lamentó lo sucedido, explicando que Cirilo se habría suicidado al no soportar las penosas mutilaciones que padecía.
Pascuala, mi madre, pronto se consoló, convencida de que nada podemos hacer contra el destino. Y yo, en mi interior gritaba, llena de odio: "¡Ya te demostraré que sí se puede!"
Me costaba disimular mis verdaderos sentimientos, pero debía esperar pacientemente, sintiendo crecer minuto a minuto la viscosa flor del odio enraizada en mi corazón, regándola con las lágrimas de desesperación que, tanto Zoilo como mi madre, me hacían derramar con sus lujuriosos devaneos y sus desprecios. Pero yo me las sorbía sin la menor muestra de flaqueza.
Pasaron los meses, viendo cómo se inflaba el vientre de mi madre como una montaña maldita, y soportando el cinismo de Zoilo que se atrevía a hacerme galanteos.
En marzo del 1957 nació Minga.
"¡Ay si Cirilo, tu padre, te hubiera conocido!" -decía mi madre, haciendo carantoñas a la niña.
Zoilo se reía oyéndola, y yo me mordía la lengua para no estallar. Sin embargo, yo sentía hacia Minga una inexplicable ternura de hermana y de madre. Ella habría podido ser mi hija. Por eso la quise y cuidé como si fuera mía. Pascuala y Zoilo apenas se ocupaban de ella.

Estábamos ya en julio de 1960. Mi madre solía decirle a Zoilo:
"-Minga es el vivo retrato de Chinda, cuando tenía su edad. Tiene su misma cara y su misma mala uva."

Llegó un momento en que Zoilo debió pensar que ya se había vengado bastante de mi padre -según he deducido tras leer el manuscrito de ambos- o, simplemente, se cansó de ella, y pretendió aprovecharse de mí en adelante. De su acostumbrada frialdad conmigo, pasó a un continuo acoso.
Un día me propuso ir los dos solos al pantano, a bañarnos. Lo pensé y acepté. Le dije que podríamos aprovechar para traer en el carro bastante arena, para cubrir el suelo del corralón. A mi madre le pareció bien.
A otro día, muy temprano, preparé una cesta con tortillas y una botella de vino. Cogí una manta, un par de cojines y bañadores y los llevé al carro. Zoilo echó en él varios sacos y una pala. Después, sentados en el pescante, marchamos hasta el otro lado del pantano. Dejamos el carro a la sombra de una frondosa encina y en otra a la mula. Extendí la manta y los cojines, y nos pusimos los bañadores. Zoilo fue, con la pala y los sacos, hacia el pantano. Bajó el terraplén en que terminaba el encinar y se puso a cavar y llenar los sacos, en donde empezaba el arenal, a la sombra del repecho. Mientras tanto, fui al agua, a chapotear.
Cuando Zoilo terminó de llenar los sacos, se acercó a bañarse. No cesaba de bromear, tratando de agarrarme, pero yo no dejaba que me tocara. Salí fuera y corrí por la orilla para secarme un poco. Llegué al carro, cogí la cesta y la puse sobre la manta. Pronto volvió Zoilo, muerto de hambre.
-Qué bien sabe la tortilla. Seguro que la has hecho tú. Cocinas mejor que tu madre -me decía con los carrillos llenos.
-Si tú lo dices...
-Sí, es verdad. Y este vino quita el sentido -añadió, tras beber un largo trago-. Tiene un sabor raro, pero muy rico.
-No sé. Lo trajo mi madre del bodegón de siempre.
-Pues sí, está estupendo. Oye, Chinda...
-¿Qué?
-Hace mucho que apenas me hablas...
-Tú, mejor que yo, sabrás el motivo.
-Por tonterías. Porque tu madre se ha estado interponiendo entre nosotros. Pero te juro que eso ya se acabó. Tú, Chinda, eres la que de verdad me gustas -dijo, tomando otro trago generoso.
-¿Ah, sí? Pues, cuando quieras, empiezo a desnudarme -le contesté irónica.
Zoilo se me quedó mirando embelesado, con sonrisa bobalicona.
-Es...pera, mumu...jer -tartajeó, mientras daba fin a la botella-. ¡Qué bubu...eno es...tá el jojo...dío!
Zoilo se quedó un instante mirándome como traspuesto y, en seguida, se desplomó de espaldas sobre la manta, atacado de un súbito amodorramiento. El narcótico añadido al vino, había actuado rápido. Sin pérdida de tiempo, plegué los dos lados de la manta sobre él, cubriéndolo del todo. Me senté a horcajadas encima suyo. Le cubrí la cara con un cojín y apreté furiosamente con todas mis fuerzas un buen rato, hasta asfixiarlo. Luego, lo llevé arrastrando hasta la hoya que él había cavado. Tiré de un lado de la manta y el cuerpo rodó, encajando en el hueco, como hecho a su medida. Quedó con la cara, amoratada y arroalada de arena, mirando con ojos sanguinolentos hacia arriba. Recogí su ropa y se la eché encima. Ni pájaros siquiera se veían por allí a aquellas horas de canícula. Con la fuerza de la rabia acumulada durante tantos años, en un instante vacié sobre él los sacos, quedando sepultado bajo un metro de arena.
Sentí una rara satisfacción y tranquilidad. Tanta que me entretuve en alisar la arena, dejándola como si nadie la hubiera removido. Las chicharras guitarreaban cansinas. Recogí todo y me marché con el carro al lento paso de la mula.
Entré en el corralón y coloqué los sacos y la pala en su sitio. Subí al comedor con la cesta. Mi madre dormitaba, sentada en la butaca.
-¿Cómo has vuelto tan pronto? -preguntó, abriendo los ojos- ¿Y Zoilo?
-No sé -le contesté-. Después de comer y beberse el vino, se enfureció y me gritó que estaba harto de aguantarnos: a tí, a mí, a la niña y al maldito trabajo de la trapería. Después echó a correr entre las encinas y desapareció. Quizás no vuelva nunca más.
-No, Chinda, eso no puede ser. Zoilo jamás haría eso. ¿Qué haríamos nosotras sin él? Ya verás cómo vuelve cuando se le pasen los vapores del vino.
-¿Y si no volviera?
-Si no vuelve será porque -como decía Cirilo, tu padre- así lo ha dispuesto el destino. Nosotras no podemos hacer otra cosa que aceptar la vida como se nos vaya presentando...
-Ya. El destino. Siempre el destino. Mañana tendré que ir con el carro a buscar desechos. La niña podría venirse conmigo y se entretendría más que en casa.
-A lo mejor vuelve Zoilo... -dijo pensativa.
-O, a lo mejor, no -le contesté-. Pero el negocio hay que seguir atendiéndolo.

A otro día, antes de que mi madre se levantara -que solía hacerlo bastante tarde- llevé a Minga al cuarto de Zoilo, la acosté y le di un vaso de leche con unas gotas de somnífero. Al pasar por el almacén cogí una barra de hierro, fuerte y larga como de un metro, y la cargué en el carro. En seguida marché con él hacia el vertedero.
A pocos metros de allí, muy cerca del arroyo, hay un viejo pozo negro, al que van a parar las aguas sucias de la vecina granja de cerdos. Mi padre me contó que, en cierta ocasión, él bajó con una escalerilla de mano a verlo por dentro. Tiene dos cámaras separadas por un muro, con una rejilla abajo, que sirve de coladera. En la primera cámara se quedan los residuos más sólidos que entran en ella por un angosto colector; en la segunda se filtran las aguas con la arena del fondo y luego salen por un desagüe a dar a una acequia que va a parar al arroyo.
Apresuradamente, metí el hierro por la argolla de la losa que tapa el pozo. Apalanqué y traté de levantarla. Me costó gran esfuerzo removerla, pero logré apartarla de la abertura.
Rápido volví a casa. Eran ya más de las diez de la mañana y Pascuala aún estaba acostada. Entré en el dormitorio gritando:
-¡Madre, madre! ¡La niña se ha caído al pozo!
-¿Qué dices? ¿Qué pasa? -preguntó espantada.
-Sí. Se ha caído en el pozo negro, el de la granja.
-Pero ¿y cómo ha sido eso?
-Mientras yo rebuscaba en el vertedero, ella jugaba por allí cerca. La tapa del pozo estaba quitada de su sitio y se ha caído por el agujero. ¡Vamos rápido en el carro!
Le di palmadas a la mula y el carro salió zumbando. En seguida llegamos al pozo. Pascuala corrió hasta el borde de la abertura, se puso de rodillas y agachó la cabeza intentando ver el fondo del pozo, mientras gritaba: "Minga, hija ¿estás ahí?"
Había llegado el momento decisivo que el destino le tenía reservado a mi madre. Le puse el pie en la espalda y le empujé con fuerza. Mi madre dio un grito que se mezcló con el gdolpetazo de su cuerpo contra el cieno, seguido del barboteo de sus lamentos. Sin pérdida de tiempo arrastré la losa y tapé la entrada.
Miré a mi alrededor con la mayor serenidad. No se veía a nadie. Era el día de Santiago y la gente no trabajaba. Allá a lo lejos se divisaban los encinares en torno al pantano; más cerca la fuente de los cañizos; y, a mi espalda, el pueblo, como un cuadro de tiza y almagre. Sonaban las campanas de la torre. No sé si tocaban a misa o a muerto.
Volví a casa. Desperté a Minga que aún dormia. Al pasar por el almacén recogí una caja grande, de cartón. Lavé y peiné a la niña y le puse un gracioso vestido de florecitas y volantes.
-¿A dónde vamos, mami?
Así me llamaba siempre. Ella no tenía claro si su madre era yo o Pascuala.
-De viaje -le dije-, y se me quedó mirando con los ojos muy abiertos.
-¿Y Pascuala y Zoilo?
-No vienen.

Después me di prisa en meter, en una maleta, ropa mía y de la niña, así como el dietario de mi padre y el dinero que había en la alacena. En la caja coloqué mantas, así como algunos utensilios de cocina y cosas de comer. Llevé los bultos al corralón y los cargué en el carro, que cubrí con un toldo. Subí por Minga y su cesto de dormir. Finalmente, todo bien colocado en el carro y Minga sentada dentro del cesto, salimos fuera, cerré las puertas y emprendimos la marcha.
Entramos en la carretera comarcal con dirección al nordeste, aunque con rumbo incierto. La mula trotaba alegre, subiendo la suave cuesta hasta coronar el cerro. Desde allí pude contemplar, por última vez, aquel pueblo donde comenzaron mis desdichas, pero también mi lucha contra la tiranía del destino".

Y éste ha sido otro capítulo de la historia de Pascuala y su familia, que nos mandan nuestros amigos Don Quijote y Tinterico. Ya veremos si, en el próximo, la fortuna se compadece un poco de esta gente. Pero, como esta noche es nochebuena y mañana Navidad, saca Lucas la botella y yo me pongo a ladrar. ¡Feliz Navidad y un cariñoso guau!. Toby.
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La familia de la Tía Pascuala - (Cap. II)

lunes, 3 de diciembre de 2007


Querido Toby:
Si tu gozo ha sido grande recibiendo noticias nuestras, mucho mayor el de Don Quijote y mío cuando, el pasado 15 de noviembre, la fantástica rama de los ojos se arrancó a bailar frenética, proyectando luminosos haces de colores; la rama de las bocas estalló en una cascada de armoniosas voces y la de las manos palmoteó hasta despedir chispas, despertando a todo bicho viviente en este castillo.
Don Quijote y un servidor salimos del cofre en calzoncillos largos y, sin decir ni buenas, nos sentamos sobre el bordillo de la tapa dispuestos a no perdernos ni una coma del espectáculo y disfrutar del buen ambiente que se respira ahora, en ausencia de las brujas. Éstas, desde su estrepitoso fracaso en Las Oropéndolas, no han dado señales de vida; quizás se extraviaron con el triciclo, o puede que su cacique Asmodeo las tenga castigadas, en alguna mazmorra, por su ridícula derrota.
Después del pimpante preludio, la rama de los espejos dirigió sus haces luminosos sobre la gran pantalla mural, pasando a transmitir el texto de tu mensaje, realzado con voces, música e imágenes fantásticas. Aún tenemos erizado el vello de nuestros espíritus con tu relato sobre lo ocurrido en el pueblo. A propósito de ese suceso, fíjate lo que hemos descubierto.

Aprovechando que las brujas están desaparecidas, hemos entrado en su dormitorio a fisgonear en los armarios, descubriendo un montón de cachivaches, libracos viejos de magia, papeles con recetas, conjuros y, sobre todo, un grueso dietario de pastas verdosas y hojas amarillentas con apuntes muy reveladores sobre el suceso de tu pueblo.
La primera mitad del dietario contiene anotaciones y cuentas hechas por Cirilo Expósito mientras llevó el negocio de la trapería que su mujer, Pascuala, heredó de sus padres. La otra mitad del dietario la ocupan tres manuscritos: el primero es de Cirilo, el siguiente lo componen unas pocas líneas escritas por un tal Zoilo, y el último es de Chinda, hija de Cirilo y de Pascuala.
Es una tremenda historia que, tanto a Don Quijote como a mí, nos ha puesto los pelos de punta, planteándonos cuestiones que pasamos largos ratos meditando y discutiendo. Empiezo con el relato de Cirilo:


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"Ya hace dos años que acabó la guerra y dejé el cuartel; cuatro que nació Chinda. ¡Qué ojos de avispa tiene la jodía! Ahí está sentada en su alta silla de anea, frente a mí, observando cómo escribo, seria y con gesto enfadado, como si quisiera reprocharme algo... A su lado está Pascuala, mi mujer, haciendo ganchillo, con su cara de luna lechosa y su lacia melena rubia. Es bonachona y no mal parecida, pero pánfila y analfabeta. Mejor así. De esta forma escribiré mis cosas sin temor a que se entere de alguno de mis secretos.
Por fin parece que me he sacudido, al menos por ahora, el sino maldito con que nací un día de noviembre de 1910 en Badajoz. Mi apellido Expósito lo dice todo. Mi cuna fue la inclusa, y mi casa, primero el hospicio, después la calle, y siempre el desamparo. La mili fue un alivio para mí, sirviéndome de escuela y de hogar. La hice en el 1932. Allí, muchas noches, haciendo guardia, medité sobre ese signo fatal con el que había nacido. Decidí echarle un pulso al destino y me juré a mí mismo medrar en la vida a costa de lo que fuera.
Cuando acabé la mili vine a este pueblo, próximo a Badajoz. Eran tiempos difíciles, pero la gente decidida creaba negocios de la nada. Uno de ellos fue Rogelio Candiles, el padre de Pascuala. En realidad él empezó con la trapería poco antes de casarse con Casilda la Cestera, allá por el 1908. Trabajando día y noche como burros -según él me contó-, acondicionaron para almacén una nave, grande y alta, que estaba junto a la casa donde ellos vivían. En ella almacenaban cuantos desechos encontraban tirados por el pueblo o les daban los vecinos, ya fueran papeles, cartones, trapos, cacharros, chatarras, pellejos de animales y toda clase de material aparentemente inservible. Cuando reunía suficiente para una carga, avisaba a una casa de recuperaciones de Badajoz y venía una camioneta a recogerlo. Rogelio solía ir acompañando la carga; cobraba, y se volvía por la noche en el tren correo. Durante muchos años, Rogelio se sirvió de un pequeño carro de varas que él arrastraba como un buey de un lado para otro, recogiendo cuanto encontraba de utilidad.
Aun sin tener instrucción alguna, Rogelio poseía un olfato especial para el negocio, una gran tenacidad y mucha tacañería. Así consiguió reunir buenas perras que iba guardando en un armarito empotrado en la pared, junto a la cabecera de su cama, que tenía cerrado con un enorme candado. Sin embargo, ellos siguieron viviendo austeramente, sin hacer otras mejoras en la chatarrería que la compra de una báscula y la colocación de una polea para subir los bultos de trapos hasta un piso o plataforma, levantada a seis metros del suelo, con una superficie como la mitad de la nave. Esta plataforma carecía de barandilla para que Casilda pudiera coger con más facilidad los bultos que Rogelio levantaba con la soga de la polea hasta el borde de aquélla. En un rincón, a la derecha de la plataforma, había un cuartucho con un catre.
Fue un día de mayo de 1935 cuando llegué a este pueblo y lo pateé de arriba abajo, buscando trabajo. Casualmente encontré a Rogelio Candiles rebuscando en un basurero. Me acerqué y me puse a ayudarle de forma espontánea, mientras le preguntaba detalles sobre el pueblo. En seguida me di cuenta de que Rogelio era poco hablador y pensaba mucho sus escasas palabras. Le insinué que me gustaría trabajar para él a cambio de cobijo y comida. De momento no me dio una respuesta concreta. Tras recorrer gran parte del pueblo, con el carro a tope, llegamos a la trapería. Me impresionó los montones de papeles, cartones y chatarras, agrupados en voluminosos bultos y colocados ordenadamente. Descargamos el material y lo fuimos colocando en el sitio que le correspondía. Luego empujó a una pila de trapos hasta ponerla debajo de la polea. Le enganchó la soga y me ordenó levantarla tirando del otro extremo, mientras él subía por la escalera de hierro hasta la plataforma. Cuando conseguí levantar la pila de trapos a la altura de la plataforma, él extendió el brazo, agarró la pila y la arrastró dentro.
Después me llevó a su casa. Entramos en la cocina. Allí trajinaba Casilda, una mujer rolliza y sonriente, de brillantes mofletes arrebolados, con un gran moño y muy enlutada. Rogelio, cogiéndome por detrás del cuello, me puso ante ella y le dijo:
-Este muchacho se llama Cirilo Expósito. Va a trabajar en la trapería a cambio de alojamiento y comida. Dormirá en el cuarto de arriba del almacén.
La mujer, con agradable semblante, me preguntó de dónde era y cómo estaba mi familia. Le conté la verdad: que, a poco de nacer, me habían recogido en la inclusa y me había criado en un hospicio de Badajoz.
-Ay, pobrecito -dijo Casilda-. Pero mira qué buen mozo está hecho. Dios no abandona a sus criaturas.
-¿Dios? -contesté con desparpajo-. Más bien diría yo que el destino.
Casilda se quedó seria y deslizó su mirada desde mi cabeza hasta mis pies. En aquel momento desvié la vista hacia la salita del comedor. Sentada en una rústica silla, una muchacha rubia, de cara redonda, muy blanca, me observaba sonriente mientras zurcía unos calcetines. Era Pascuala. El sol de aquel frío noviembre, que entraba por la ventana, le daba un encanto especial. No sé por qué cruzó por mi cabeza la idea -afilada como un halcón- de que un día ella sería mi mujer y aquella casa, mi casa.

Era un pueblo grande, con alguna fábrica, almazaras, pequeños negocios familiares de artesanías y servicios, pero, sobre todo, abundaban los campesinos que trabajaban para unos pocos terratenientes por un mísero jornal. Por eso me sentí afortunado con esta familia y trabajo. Para ganarme la máxima confianza de Rogelio, procuraba trabajar con seriedad y diligencia, sin inmiscuirme en los asuntos familiares. No obstante, noté que a Rogelio le molestaban dos cosas a las que yo no les daba ninguna importancia. Una, mi indiferencia y desapego al tema religioso, tan apreciado por la familia. Casilda iba mucho a la iglesia con Pascuala, tenía la casa llena de estampas de santos, y se pasaba el día rezando. Rogelio exteriorizaba menos sus ideas religiosas, pero era muy respetuoso con ellas. Tampoco opinaba sobre política, porque -solía decir- sólo sirve para encizañar a la gente, y "lo importante es trabajar, trabajar y trabajar".
La otra cosa, que no soportaba, era mi interés por Pascuala. Pero la verdad es que era Pascuala la que me provocaba. Ella me miraba, se me acercaba a decirme alguna tontería, y yo le correspondía con bromas y algún achuchón que otro. Aunque procurábamos contenernos en presencia de sus padres, alguna vez nos sorprendía él o ella, y la bronca era segura.

Conforme pasaban los días y los meses, yo notaba que mi relación con los padres de Pascuala era cada vez más fría y tensa. Mi antipatía hacia ellos se fue convirtiendo en disimulado rencor.
Una tarde de mediados de junio de 1936, Rogelio me mandó ir, con el carro, a llenar cuatro cántaros de agua a la fuente de los cañizos. No sé si por animar un poco a Pascuala, que llevaba varios dias mohína y sin poner los pies en la calle, le dijo su padre que me acompañara para ayudarme en la tarea. El chorro de la fuente era bastante flojo por lo que el cántaro tardaba un buen rato en llenarse. Nos sentamos en un poyete de piedra junto a la fuente, de cara a poniente. Era un atardecer cálido, con un cielo surcado de golondrinas. Pascuala miraba, pensativa, el horizonte anaranjado.
-¿Qué te pasa, Pascuala? ¿Por qué ya no me hablas como antes? -le pregunté mirándola.
-Ya te lo he dicho en varias ocasiones. Mis padres no quieren que seamos novios. Principalmente mi padre. Dice que tú no me convienes, que tienes ideas muy raras y peligrosas.
-¿Ideas raras? -le contesté- ¿porque pongo cara de incrédulo cuando veo a tu madre con sus rezos, o digo que ni Dios ni los santos intervienen en nada de lo que pasa en este puto mundo?
-No sé. Eso es lo que siempre nos han enseñado...
-No seas tonta, Pascuala. ¿Quieres explicarme dónde está la intervención de Dios y los santos, que permitieron que a mí, un bebé indefenso, me dejaran en la inclusa y creciera en el hospicio sin el menor afecto de nadie, rodeado de frialdad y malos tratos?
-Quizás tengas razón, pero...
-Tonterías. Todo lo rige el destino, favorable u hostil para unos o para otros. Unos nacen con estrella y otros estrellados, se dice con razón. Unos nacen príncipes, señoritos, inteligentes, valerosos, ganadores... y otros, por el contrario, esclavos, miserables, zopencos, cobardes, perdedores... Desde que nacemos, el destino nos empuja por un camino de rosas o de espinosos zarzales.
-Sí, pero yo creo que también está en nosotros mejorar nuestro futuro.
-No, Pascuala. Eso parece, pero es un engaño. La vida de cada uno está previamente escrita por el destino, la fatalidad, el sino, o como quieras llamarlo. Es como cuando soñamos. En el sueño estamos convencidos de que estamos actuando libremente. Pero la realidad es que, como los demás personajes que en él aparecen, somos títeres movidos por los hilos del mismo sueño, que se va desarrollando con independencia de lo que nosotros queramos.
En aquel momento, Pascuala se agachó y cogió una piedra.
-¿Qué haces? -le pregunté.
-Voy a demostrarte que soy yo la que decido, no el destino.
Y, ante mi asombro, lanzó con toda su fuerza la piedra contra el cántaro, saltando en pedazos y salpicándonos con el agua que ya rebosaba.
-Una demostración muy aparatosa, pero sigues engañándote a tí misma, porque eso también lo tenía escrito el destino. ¿No oyes sus risas?
-Me asustas, Cirilo...
-Convéncete, Pascuala, hagamos lo que hagamos, el destino siempre se sale con la suya. No vale que la razón nos muestre lo conveniente o lo que no lo es. Siempre terminaremos haciendo lo que él quiere.
Pascuala permaneció callada un rato, pensativa. Luego me dijo:
-Según eso, quizás el destino haya decidido que nos casemos, aunque mis padres se opongan.
Nos miramos y nos dimos un beso.

Tras aquel incidente, me propuse espiar a Rogelio con la mayor cautela. Sabía que era un hombre tacaño y desconfiado. Con sus trapicheos él conseguía buenas perras cada vez que iba a Badajoz con una carga de material. Cuando volvía del viaje en el tren, a eso de las once de la noche, lo primero que hacía era ir a su dormitorio. Desde el cuartucho en que yo dormía, en la plataforma del almacén, veía iluminarse, con una mortecina luz, el cristal del ventanuco del dormitorio del matrimonio, abierto en el muro de enfrente de la plataforma.
Siguiendo la plataforma y a su misma altura, un entrante a modo de cornisa, de unos 20 centímetros de ancho, recorría los tres muros de la nave. Esta cornisa quedaba a un metro por debajo de las dos grandes ventanas de los muros laterales de la nave, y a dos metros de la ventanilla del dormitorio matrimonial en el muro del fondo, frente a la plataforma.
Una noche me desvelé pensando en cómo me las arreglaría para observar, por aquel ventanuco, a Rogelio cuando volvía de Badajoz. Me tracé un plan que decidí llevarlo a cabo a otro día por la noche, aprovechando que Rogelio debía ir allí con otra carga.

Después de cenar, a eso de las diez, dije a Casilda y a Pascuala que tenía mucho sueño y me iba a acostar. Ellas no se extrañaron y se pusieron a jugar a la oca. Fui al almacén, cogí una estrecha banqueta que había por allí, de medio metro de alta, y subí con ella por la escalera de hierro hasta mi cuarto. A las 22:30, a oscuras, inicié mi aventura. Con la mayor tranquilidad fui avanzando por la estrecha cornisa, a la tenue claridad que entraba por las ventanas. Me movía lentamente, con la espalda pegada a la pared, mientras sujetaba la banqueta con la mano izquierda. No sentía temor alguno de caerme de aquella estrecha cornisa. En el hospicio nos habían acostumbrado a hacer acrobacias y números de circo. Eso sí, confiaba en que el destino siguiera favoreciéndome aquella noche. Cuando llegué a estar debajo de la ventana lateral, dejé la banqueta sobre la cornisa para descansar el brazo un momento. La recogí y continué deslizándome con parsimonia y serenidad. Doblé el ángulo de los dos muros y en seguida me situé debajo del ventanuco del dormitorio. Coloqué la banqueta bien arrimada a la pared y me subí en ella a comprobar si podía observar bien el interior del dormitorio desde la ventanilla. Sentí un alivio viendo que había acertado al calcular la altura. Me senté en la banqueta a esperar.
A los diez minutos oí el taconeo de las botas de Rogelio sobre el empedrado de la calle y, a continuación, el chirrido de la llave en la cerradura de la puerta de casa. Luego, la voz reposada de Rogelio hablando con Casilda y Pascuala en el comedor. Y en seguida, su entrada en el dormitorio. Rápido puse firme el pie izquierdo en la banqueta, presioné fuerte con la mano sobre la rodilla y dí un impulso hacia arriba, manteniendo el cuerpo tieso como un palo, adhiriéndome a la pared con los brazos extendidos en cruz y las manos abiertas. En seguida las alcé y agarré el borde del alféizar del ventanuco. Miré a hurtadillas por el ángulo inferior del cristal, en el momento en que Rogelio encendía la mortecina luz de la mesilla. Abrió el armario ropero y, poniéndose de puntillas, cogió unas llaves, escondidas en la tabla del perchero. Con ellas fue al otro lado de la cama y abrió un armarito empotrado en la pared. Sacó de allí una caja de caudales en la que metió varios billetes que extrajo del bosillo. Dentro de la alacena distinguí un objeto negro que me pareció una pistola. Guardó la caja, cerró la alacena y escondió las llaves sobre el perchero. Ligero como un gato bajé de la banquetilla. Esperé unos instantes a que Rogelio volviera a hablar con las mujeres y, satisfecho con lo conseguido, marché a mi cuarto.

Coincidiendo con Rogelio, a mí tampoco me interesaba la política. No soportaba tener que aceptar las ideas y decisiones de ningún partido, fuera de izquierdas o derechas. Pero había que ser muy tonto para no darse cuenta de lo que, en aquellas fechas, estaba pasando en el pueblo y en toda España. La situación empeoraba cada día.

A primeros de julio, una mañana como tantas otras, salí yo solo con el carro a rebuscar materiales. Me detuve junto a la fuente de los cañizos a tomar un sorbo de agua y me senté un instante, a la sombra, en el poyete de piedra, recordando la escena del cántaro. Se me acercó
un individuo, de unos cuarenta años, alto, rubio, con bigote, largas patillas y camisa oscura remangada.
-Qué -me soltó descarado-, ¿tú eres de los pocos afortunados que tienen trabajo?
-Sí -le contesté mirándolo fijamente-, pero las ganancias es otro el que se las lleva.
-No me digas. ¿Es que no te has enterado de que ya ha llegado la revolución? ¿De dónde eres? -me preguntó curioso.
-De Badajoz -dije, y le conté algo de mi historia.
-Tienes que espabilar, muchacho -añadió en tono paternalista-. Verás. Me llamo o me llaman Pepillo el Rubio. Hace unos años yo trabajaba de jornalero en el campo, en otro pueblo de Badajoz. En una manifestación que hicimos nos atacaron los guardias. Se armó la marimorena y yo me cargué a uno de ellos. Aunque no averiguaron quién lo había matado, yo fui uno de los que atraparon y metieron en la cárcel. Allí las he pringado hasta ahora en que el nuevo gobierno ha dado suelta a los presos.
-¿Y de qué vives? -le pregunté.
-En la cárcel me he convencido de que corren tiempos en que o matas o te matan, ya sea de una forma o de otra. Por supuesto, prefiero lo primero a lo segundo.
-¡Joder, qué fuerte!
-Sí, no te quepa duda. Somos como las fieras. Mejor, somos fieras. Unos matan por unas razones, otros por otras. Yo tengo las mías, Me muevo de un lado para otro. Me entero de alguien que quisiera ver muerto a otro, pero no tiene agallas para hacerlo él mismo. Llegamos a un acuerdo. Yo lo mato con ésta -dijo, acariciando el abultado bolsillo del pantalón- y él me paga. A ver, es la lucha por la vida: la mía, la de mi mujer y la de mi hijo que tiene ahora un año... Viven en Badajoz.
Aquella espontánea confesión me dejó perplejo. El destino seguía de mi lado. Pepillo el Rubio podría solucionar mi problema.
Le conté cómo eran los dueños de la trapería. El mucho dinero que debían de tener guardado. Mi propósito de casarme con Pascuala y la negativa rotunda de sus padres a que me acercara a ella. Le propuse un trato. El dinero y propiedades de Rogelio nos los repartiríamos entre los dos, si él se encargaba de liquidar a Rogelio y a su mujer, en la forma como yo dijera.
-A ver, ¿qué tendría que hacer?
-Verás. A un kilómetro de aquí, por la carretera que va hacia el pantano -dije señalando al frente- hay un montecillo a la izquierda, rodeado de encinas, con una casa rústica en la cima, cercada con una valla de piedra. No sé quiénes serán sus dueños, pero allí no vive nadie ahora.
-¿Y qué más?
-Tú te presentas, mañana, en la trapería y hablas con Rogelio, el dueño. Le dices que tú eres el dueño de esa finca y de la casa; que tiene buenos muebles, una máquina de coser, y otros utensilios que seguro le gustarán a su mujer; que tenéis que marcharos a vivir a Andalucía y necesitáis venderla urgentemente, por cuatro perras; y que mañana por la tarde tú podrías enseñarles la casa y las escrituras. Ellos seguro que picarán. Los llevas hasta la casa y, cuando te dispongas a abrir la puerta, haces como si fueras a sacar la llave del bolsillo, empuñas la pistola y te los cargas. Para no despertar sospechas, una vez que su hija se tranquilice y yo me haya hecho cargo del negocio, te pagaré lo convenido. ¿Te parece bien?
-Eso es pan comido. Dentro de una semana, te esperaré aquí en esta fuente a cobrar el dinero. Del resto, no se te olvide que ambos somos los dueños, ¿de acuerdo?

A otro día, a media mañana, Pepillo el Rubio se presentó en la trapería. Habló con Rogelio sobre la finca del pantano y, aunque éste era muy desconfiado, consiguió que se interesara por semejante ganga. Rogelio llamó a Casilda quien, al escuchar el chollo que aquel hombre les ofrecía, no dudó en ir con él a ver la casa. Rogelio subió un momento a su dormitorio a ponerse otras alpargatas -según dijo-. Antes de marchar me encargó varias tareas que debería tener terminadas a su vuelta, a la hora de comer. Luego los vi salir con Pepillo el Rubio hacia el pantano, alegres y locuaces.
Rápidamente entré en casa y vi a Pascuala en la cocina, en la planta baja, preparando la comida. Subí sigiloso hasta el dormitorio del matrimonio, saqué la llave del armario, abrí la alacena, cogí la pistola y la cargué. Me la guardé en el pantalón. Entré en la cocina y conté a Pascuala la visita de Pepillo el Rubio y que sus padres habían ido con él a ver la casa. Le dije que iba a salir con el carro a recoger materiales y que volvería a la hora de comer.
Salí con el carro en dirección opuesta al pantano, sorprendiéndome una manifestación de campesinos y obreros, gritando, que se dirigían a la plaza. Corrí con el carro por una larga calle que desemboca en la carretera comarcal, algo más arriba de la del pantano. Dejé el carro oculto bajo un emparrado en el terreno de un conocido mío, cerca del vertedero. Crucé la carretera y me adentré a toda marcha por entre las encinas hacia la casa del pantano. Llegué a ella. Salté la tapia y me escondí detrás del portón de gruesos tablones entrecruzados y con rendijas de un centímetro, que me permitían ver sin ser visto.
Muy pronto sentí a Rogelio, a su mujer y a Pepillo, que se acercaban charlando animadamente. Los vi aparecer, pasada la curva del camino, a treinta metros de la casa. Saqué cuidadosamente la pistola y quité el seguro. Cuando estaban a cuatro metros de la puerta, Pepillo se adelantó ligero hasta ella. Introdujo la mano en el bolsillo, como si fuera a sacar la llave, se giró hacia ellos y disparó a bocajarro, primero a Rogelio en el pecho, luego en la cabeza a Casilda quien, con ojos aterrados, siguió mirándole mientras caía de bruces sobre la tierra ardiente.
Rápido, me situé detrás de Pepillo, apuntándole con el cañón de la pistola, por la rendija. Dí un golpecito en el tablón, Pepillo volvió instintivamente la cabeza, y yo le disparé un tiro en plena cara, de abajo arriba. Apresuradamente salté fuera de la tapia. Coloqué a Pepillo semisentado contra la puerta, y enfrente a Rogelio, tumbado de medio lado, con la cara vuelta hacia él y el brazo derecho extendido, empuñando la pistola que yo había disparado.
Después corrí por entre las encinas, por el mismo camino por el que había venido, crucé la carretera, tomé el carro y cargué cuanto encontré aprovechable en el vertedero. Volví a la trapería poco antes de las dos de la tarde. Pascuala estaba poniendo la mesa. Entré silbando y pregunté si ya habían vuelto sus padres, mientras me lavaba las manos en el fregadero.
-Todavía no -me dijo-. ¿Y qué casa dices que han ido a ver? -preguntó, sonriente.
-No sé. Por lo poco que escuché al hombre, es una casa que hay cerca del pantano, en lo alto del encinar. Decía que se la vendería con muebles y cacharros por muy poco dinero.
-Qué bien. Así podremos ir a bañarnos al pantano cuando nos apetezca.
-No creo que yo vaya nunca allí. Ya sabes lo que tus padres piensan de mí.
-¿Quién sabe?
No sabía bien Pascuala hasta qué punto yo sí lo sabía.

A otro día se presentó en casa una pareja de guardias a dar la noticia a Pascuala. Ella lloró durante muchos días a sus padres y maldijo a Pepillo el Rubio con rabia y desesperación. Jamás llegó a saberse la verdad de lo ocurrido. Yo intenté por todos los medios consolar a Pascuala quien, poco a poco, fue aceptando que nada podemos hacer contra la fatalidad de nuestro destino.

Antes y después del alzamiento militar se sucedieron días pavorosos de revueltas callejeras, enfrentamientos entre izquierdas y derechas, apresamientos, revanchismos, fusilamientos, soldados que escapaban de los cuarteles... Había empezado la guerra. No obstante, yo seguía saliendo con el carro y volvía con algo de comer y con noticias del avance de los militares hacia Badajoz. Con el mayor cinismo (lo reconozco) procuraba consolar a Pascuala y convencerla de que todo aquello pasaría. Decidimos casarnos tan pronto como pudiéramos.
Viendo la que se avecinaba, y que el dinero que Rogelio tenía guardado dejaría muy pronto de tener valor, convencí a Pascuala para comprar provisiones, tales como harina, habas, algarrobas, garbanzos, latas de conservas, aceite, así como dos cabras y un burro...

Tras la entrada de los nacionales en Badajoz, me movilizaron y estuve sirviendo en un cuartel hasta el final de la guerra. En junio del 1937 nació Chinda, por lo que me dieron unos días de permiso. Después fue Pascuala la que iba a verme con la niña. En el 1939, terminada la guerra, nos casamos. Y ahora, pasada la guerra hay escasez de todo. La mayoría de la gente pasa hambre y miseria. Yo me las arreglo para que ningún día nos falte leche de cabra, que tanto le gusta a Chinda, pan, habas, y cuanto encuentro, pido o robo. En el pueblo se va restableciendo la normalidad. Los más espabilados han reabierto sus negocios o montan otros nuevos. Hay que buscarse la vida, como dice la gente. Yo trabajo de sol a sol, recogiendo lo que no quiere nadie, incluso los que nada tienen. No importa. El destino tiene la última palabra."

Y hasta aquí el relato de Cirilo Expósito. Para no cansarte demasiado, dejo para otra ocasión la continuación de esta historia que, quizás, nos ayude a entender y, ojalá, a solucionar los males sobrevenidos a esos chavales de tu pueblo. Que lo paséis bien. Tinterico.
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