Revelaciones del diablo arrepentido - (Cap. II)

lunes, 28 de abril de 2008

Ha pasado ya más de un mes desde nuestra increíble incursión en el más allá, pero aún no hemos digerido bien, ni Don Quijote ni yo, lo que allí nos fue descubierto por Guimel. Cuando regresamos a estas playas sureñas, el monje enigmático nos condujo hasta una cabaña que hay a la entrada del pinar. La cabaña -según nos explicó- la construyó, con troncos de pino y piedras traídas de los corralones, un pescador solitario, con quien él solía dialogar y que, un día nefasto, se ahogó en alta mar, a consecuencia de una súbita y formidable tormenta que desbarató y engulló barca y barquero. El pescador había aderezado la cabaña con rudimentarios enseres : un pequeño fogón, una tosca mesa con cuatro taburetes de madera, una cantarera con un cántaro que él solía llenar de agua en el puerto y acarreaba en la barca hasta cerca de la cabaña, un armario con utensilios de cocina, un camastro y una pequeña estantería con algún libro de poemas, cuadernos y lápices. El pescador era un hombre con gran curiosidad. Le gustaba leer, pensar y escribir, motivos por los que el monje se aficionó a visitarlo y mantener largas charlas con él.
Cuando ya creíamos que este año no nos visitaría la verde primavera, ni veríamos pajarillos alegres y juguetones, repentinamente, un ejército de negras y panzudas nubes ha invadido nuestros cielos, soltando descomunales pero benditos chaparrones. Esta mañana el cielo nos ha concedido un corto respiro, dejando que el sol nos salude entre las grises cortinas de sus balcones. Don Quijote y el monje han aprovechado para salir al mar con un perol y una coladera, en busca de camarones. Y yo también aprovecho para enviarte este mensaje a través del prodigioso broche-emisor, regalo de Merlín.

Anoche estábamos sentados en torno a la mesa. El monje frente a la pequeña ventana acristalada, desde la que se ve el mar. Don Quijote a su izquierda y yo a la derecha. Llovía con furia, menudeando los truenos y los relámpagos que, intermitentemente, iluminaban nuestras figuras. La del monje resplandecía, acentuándose la palidez de su rostro y la blancura de su hábito.

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-Digo yo -comenzó diciendo Don Quijote, mientras observaba al monje- que su merced no debe contar más de veinticinco primaveras, a juzgar por su juvenil apariencia.
-¡Ja, ja! -rióse el monje-. Aquí donde me veis, tengo más de quinientos años.
-¿Y cómo? -exclamamos Don Quijote y yo.
-Sí, así es -confirmó el monje-. Os contaré mi historia. Nací el año mil cuatrocientos noventa, en el barrio judío de un pueblo al norte de Cáceres.
-¿Sois, pues, judío? -preguntó Don Quijote.
-Lo fui. Mis padres profesaban la fe de Abrahám y las prácticas y costumbres judaicas. Mi padre era rabino y solía leer y explicar la torá y el talmud en la sinagoga de la aljama del pueblo, antes de que yo naciera. Pero, precisamente, desde que nací fue creciendo en España la hostilidad contra moriscos y judíos, culminando con el decreto de expulsión de 1492. Todo judío o morisco que no se convirtiera al cristianismo sería expulsado. Mis padres, basándose en la doctrina de Maimónides, que justificaba el disimulo de la fe hebraica ante peligro de muerte o grave perjuicio, optaron por fingir hacerse cristianos, pero sólo en cuanto a prácticas externas se refería. En su corazón y dentro de casa, ellos seguían siendo fervientes hebreos, gracias también a la tolerancia que los Duques - a cuyo territorio pertenecía el pueblo- usaba con ellos.
Desde niño me inculcaron la lectura y estudio de la biblia. Me sentía orgulloso de pertenecer al pueblo elegido por Yavé como destinatario de su palabra y grandes promesas. Me entusiasmaba leyendo los triunfos del pueblo de Israel sobre los pueblos enemigos, gracias a la privilegiada protección de Yavé. Mis padres estaban convencidos de que, a pesar de las duras y continuas pruebas a las que Yavé sometía a su pueblo, éste siempre resultaba fortalecido.
Pero, conforme yo crecía y mi intelecto y sentido crítico se desarrollaban y maduraban, comencé a descubrir, en muchos de los relatos bíblicos, la existencia de preceptos y acciones, que yo consideraba carentes de humanidad, crueles y, a veces, irracionales.
-¿Y qué preceptos o acciones eran ésos? -preguntó Don Quijote.
-Según la legislación que Moisés dio al pueblo de parte de Yavé, muchas de las infracciones de la ley deberían castigarse con la muerte. Por ejemplo: "La mujer adúltera tenía que ser apedreada." Cruel y ridícula es la siguiente norma que se lee en Deut. 25,11: "Si mientras riñen dos hombres, uno con otro, la mujer del uno, interviniendo para librar a su marido de las manos del que le golpea, cogiese a éste por las partes vergonzosas, le cortarás la mano sin piedad."
Mi adolescente cabeza judía se negaba a admitir tales barbaridades como ordenadas por Yavé, un Padre tan afectuoso con sus criaturas que incluso a un humilde gato había provisto de graciosas y útiles patitas.
Me horrorizaba leer las continuas guerras en que el pueblo judío se enzarzaba con los pueblos vecinos, ordenadas o consentidas por Yavé, a veces con visos de atrocidad tremenda, como cuando mandaba no respetar ni siquiera a los ancianos, mujeres o niños; o cuando pedía que le ofreciesen sacrificios de animales.
-¿Y qué hiciste entonces? - volvió Don Quijote a preguntarle.
-Aunque, oficialmente, todos los de aquel barrio éramos judíos conversos, los cristianos recelaban de nosotros y nos seguían considerando judíos recalcitrantes. No obstante, también es cierto que tanto yo como mis padres teníamos buenos amigos entre los cristianos. Uno de ellos era Pedro Correas, que tenía un taller de alfarería cerca de donde vivíamos. Desde niño tuve gran afición a jugar con el barro, modelando figuritas. Mi padre le contó a Pedro mi afición. Él me admitió como aprendiz en su taller. Cuando cumplí veinte años me asignó un pequeño jornal. En el taller había dos tornos de pedal, en los que Pedro y yo modelábamos variadas vasijas: tales como ollas, cazuelas, botijos, lebrillos, cántaros, platos, etc. Tal era su demanda que, en seguida, se vendía cuanto fabricábamos. Su mujer y su hija Inés ayudaban en la preparación de la arcilla, horno y venta de cacharros. Ellos eran celosos cristianos; sin embargo, también eran muy respetuosos con nuestras creencias judías. A mí me consideraban como de la familia. En particular, mi trato con Inés era el propio de un hermano, aunque no podía negar lo mucho que ella me atraía. Inés era una muchacha esbelta, con el pelo encendido, los ojos verdes, muy blanca y con abundantes pecas. Los rasgos de su rostro eran delicados y su perenne sonrisa hacía resaltar aún más su belleza. Pero sobre todo me seducían su alegría y sensatez. Tan pronto me tenía bromas inocentes, como charlaba de temas serios. Un día de abril nos hallábamos solos en la alfarería. Para disfrutar del sol y belleza de aquella mañana, decidimos trabajar en el patio. Sacamos fuera los utensilios. Inés vertió arcilla y agua en la artesa, la batió con una fina paleta y la amasó con sus manos. Tomé una porción de arcilla y la coloqué en el centro del torno. La rodeé con las manos y le fui dando forma de cilindro. Después pisé el pedal y empecé a modelar la arcilla, pensando en el ánfora que quería fabricar. Inés, sentada ante la artesa, removía la arcilla mientras observaba mi tarea. A su espalda, por encima de la tapia, yo veía los cerezos florecidos festoneando la ladera de la montaña. De pronto, Inés me sacó de mi ensimismamiento:
-Los humanos -me dijo sonriente- qué parecidos somos a los brutos animales, en ciertos aspectos.
-¿Y eso, lo dices por mi? -le contesté riendo.
-No, tonto. Ha sido esa dócil arcilla, que estás modelando, la que me ha provocado una repentina reflexión. Pienso en lo propenso que es el hombre, en general, a aferrarse a sus costumbres, opiniones, creencias... y en la poca flexibilidad mental que solemos tener. Qué reacios somos a abandonar nuestras cómodas posturas. Todo cuanto huela a innovación nos produce vértigo y hace que nos aferremos a nuestras ignorantes convicciones, dispuestos a defenderlas con uñas y dientes.
-Sí, quizás tengas razón, pero ¿a qué viene ahora esa reflexión? -le pregunté.
-No sé. Quizás porque mi espíritu y mi cuerpo se sienten inmersos, esta maravillosa mañana, en una tibia sensación de felicidad, amenazada por multitud de prejuicios y sinrazones humanas.
-¿Como qué?
-Sin ir más lejos, dime, ¿por qué vosotros los judíos "conversos" vivís en ese barrio, separados de los cristianos, manteniendo unos y otros unas recíprocas relaciones tensas e incluso hostiles?
-Es duro y lamentable, pero así es -le contesté.
-Yo -continuó Inés- aunque soy cristiana, reconozco la excelencia de la religión y cultura judías. ¿Cómo no reconocerlo, si vuestros libros sagrados son la base de nuestra religión? ¿Por qué entonces esa hostilidad?
-¿Por razones históricas, supongo? -dije no muy convencido.
-Nada de eso. Por terquedad. Por tozudez, tanto por parte de los judíos como de los cristianos. Los judíos que se negaron, egoístamente, a abrir las puertas de la ciudad santa a los demás pueblos de la tierra, por temor a perder su privilegiado título de pueblo elegido por Dios para llevar a cabo sus planes reeducadores de la humanidad. Y no es que, a través de los profetas y autores sagrados, Dios no viniera anunciando la universalidad de la misión encomendada al pueblo judío. Los tozudos judíos prefirieron continuar con su ley mosaica, su talmud y su nacionalismo feroz, antes que renunciar a sus sueños de conquistas y triunfos, y entregar el trono de David a un Mesías predicador de la humildad, de la pobreza, el pacifismo y el amor.
-Parece, Inés, como si me hubieras leído el pensamiento -le dije-. Hace tiempo que yo me hago la misma reflexión. Incluso he llegado a comentarlo con mis padres. Pero ellos -como supongo que les ocurre a cuantos profesan una religión- rechazan el plantearse cualquier cuestión que ponga en duda la veracidad de la misma.
Durante un minuto permanecimos en silencio. Sólo se oía el monótono ronroneo del torno, accionado por mi pie. El ánfora iba tomando las formas deseadas, con el roce y presión de mis dedos.
-Jesucristo -concluyó Inés- aunque los judíos en general no quieran aceptarlo, fue el judío más auténtico y que con mayor fidelidad interpretó el espíritu de la ley y doctrina de los patriarcas bíblicos. Por eso la auténtica aspiración judaica la heredó el cristianismo...

Pasaron dos años. Mi afecto hacia Inés había crecido tanto como mi acercamiento al cristianismo. Pero mis padres no aceptaban mis razones y se oponían a que mis relaciones con Inés fueran más allá de una simple amistad.
-Comprende, Samuel -me decía mi padre- que tu unión con Inés sería un fracaso. Tú eres judío. Tienes creencias, preceptos, costumbres y una familia muy distintos a las de ella. Si tenéis hijos ¿qué creencias y educación les inculcaríais?

No me atrevía a declararle abiertamente a mi padre mi entusiasmo por la persona de Jesucristo y mi secreta intención de hacerme cristiano auténtico, aunque llegué a insinuárselo.
-En los textos proféticos -le decía a mi padre- se anuncia claramente la venida del Mesías, no como un caudillo poderoso de la casa de David dispuesto a liberar a Israel de sus opresores, sino como un humilde siervo de Yavé que cargaría con las iniquidades de toda la humanidad y establecerá una paz ilimitada en el mundo. ¿Quién sino Jesucristo ha sido ese siervo de Yavé?
-¿Y qué paz ha traído Jesucristo al mundo? Además, ten en cuenta, hijo -me contestó mi padre con los ojos humedecidos- que los hombres, judíos o de cualquier otra ideología, estamos integrados en un grupo social determinado. A ese grupo nos debemos y en él hemos de permanecer para bien o para mal, en sus aciertos y en sus errores, orgullosos y dispuestos a sacrificarlo todo por su engrandecimiento. Desertar o renegar de él sería como rechazar a los propios padres; más aún, como renegar de la propia identidad.Tanto más, teniendo la certeza de pertenecer al pueblo elegido por Dios.
Yo no compartía en absoluto el sentir de mi padre, pero, desde entonces, tomé la resolución de no turbar sus convicciones. En cuanto a mi creciente enamoramiento de Inés, comprendía que mi padre tenía razón y decidí alejarme de ella.

Fueron días muy amargos, tanto para mí como para Inés. Recuerdo aquel atardecer junto al río. El rumor del agua parecía cantar una triste salmodia.Inés me animaba a abandonar el judaísmo y hacerme cristiano.
-¿No comprendes -me decía Inés- que la religión es una opción muy personal, en la que no deben entrometerse los padres?
-Tienes razón, pero ellos no lo comprenden. Sé que, si reniego del judaísmo, les asestaré un golpe mortal. Pienso que, por ahora, es mejor que nos distanciemos. Quizás, en un futuro, los obstáculos desaparezcan y podamos realizar nuestro sueño.
-¿Tú crees? -me dijo, escéptica, con los ojos humedecidos.
El sol anaranjado se hundía tras la montaña. Nos pusimos de pie, la abracé y le di un beso de despedida.

A partir de aquel día no volví a la alfarería. Zacarías el lanero, un amigo de mi padre, judío también, tenía un gran rebaño de ovejas y le dijo a mi padre que necesitaba un pastor. Mi padre me lo propuso y yo acepté. Era una tarea que me permitía dedicarme a mis reflexiones y lecturas durante las largas horas del pastoreo por aquellos verdes campos. Año y medio estuve dedicado a esta bucólica actividad, a cambio de un modesto salario. Un día de agosto de 1513, al atardecer, pasaba yo por el puente con el rebaño. Oí hablar y reir bajo los árboles, junto al río. Miré y descubrí a Inés, sentada en la hierba, junto a un joven en animada charla. Una vez en casa, me enteré de que Inés se había casado con un rico terrateniente.

Aquella noche no pude dormir. Me sentía como si, de pronto, se me hubiera roto el alma. A mis veintitrés años me veía mustio y desorientado en la vida. Mi esperanza de unirme un día a Inés había sido barrida en un momento. Por otro lado, el ambiente contra los judíos era cada día más hostil. Mentes maliciosas que presumían de cristianas, hacían rodar bulos calumniosos sobre crímenes y sacrilegios perpetrados por los judíos, codiciosos de las propiedades que éstos habían conseguido con su laboriosidad. Las autoridades eclesiásticas pedían a los reyes enérgicas medidas para preservar la fe cristiana del peligro de las doctrinas y costumbres judías.
Antes del amanecer salté de la cama. Mis padres pensarían que me levantaba, como otras mañanas, para llevar a pastar el rebaño. Pero no. Me había levantado con una firme resolución. Entré en el escritorio de mi padre. Cogí un trozo de papel y escribí con grandes letras: "Hace tiempo que sentí la llamada de Yavé. Él quiere que no descanse hasta encontrar su camino. Os quiero con toda mi alma, pero tengo que abandonaros. Perdonadme. Samuel."
Cogí la bolsita con mis ahorros y una manta que enrollé y cargué a la espalda. Salí a la calle, cerré sigilosamente la puerta y miré la estrella de David, esculpida en el dintel de piedra. Pasé mis dedos sobre ella y los besé. Luego marché ligero hacia la calzada, con dirección al norte. A mi paso los perros se despertaban ladrando. Crucé el puentecillo y no pude evitar mirar hacia la arboleda que bordea el río. Pronto me encontré subiendo la cuesta de la calzada. Al cabo de media legua me detuve. Me giré y contemplé el pueblo en el regazo de la florida montaña. Cerca del río las enjalbegadas casas de la judería... Tragué saliva y aceleré el paso.
Después de dos días de viaje, sin ningún incidente importante, comiendo y bebiendo de la caridad de los aldeanos encontrados al paso, llegué ante las hermosas murallas de un importante pueblo serrano. Entré en él por la gran puerta de poniente, sin ningún impedimento y, en seguida me vi inmerso en un bullicioso ir y venir de gente por calles y plazas. Me adentré por las callejas próximas al río, descubriendo emocionado que en ellas vivían familias judías. En la puerta de una tienda varios judíos hablaban, recelosos y preocupados, de la anunciada visita del tribunal de la Inquisición. A lo lejos vi los chapiteles de dos torres sobresaliendo por encima de las casas vecinas. Me dirigí hacia allí por una calle abundante en tiendas y talleres. Entré en la plaza mayor, sobrecogiéndome la grandeza del palacio de los Duques, poderosos señores dueños de la ciudad y de extensos territorios. Muchas mujeres, con cestas de mimbre, hacían su compra a los numerosos vendedores de frutas, dulces y otras viandas. En el centro de la plaza un saltimbanqui realizaba piruetas, aguijado con los gritos y risas de la chiquillería. Frente al palacio, al otro lado de la plaza, se alzaba una bella iglesia de sillares de granito. Entré y sentí una rara emoción.
Una vez fuera, me llamó la atención un grueso fraile que salía del palacio. Conforme bajaba las escaleras hasta la plaza, vi acercársele varias mujeres que, con rostros apenados le hacían preguntas, a las que el monje contestaba con amable semblante. Crucé a los soportales del lado norte y, al pasar el fraile junto a mí, le seguí detrás. Una mujer de aspecto morisco se le acercó y le preguntó por un familiar que, según entendí, debía de cumplir condena en las mazmorras de palacio. El fraile le informó de su pronta puesta en libertad, al haber aceptado convertirse a la fe cristiana.
Después el fraile salió de la plaza y se adentró por una calleja hasta la cuesta que sube bordeando el río. Se detuvo en un mirador y permaneció un instante contemplando cómo se precipitaba el agua por entre las rocas, en un espectacular concierto de chasquidos y espumas. Me acerqué hasta él y, tímidamente, le hablé:
-Perdone, señor, deseo confesarle algo, pero no quisiera molestarle.
-No temas, muchacho. ¿Qué deseas decirme?
-Verá... -dije, titubeando-. Me llamo Samuel. Yo, igual que mis padres, soy judío. Pero tras largas reflexiones he llegado a comprender que Jesucristo es el Mesías anunciado por nuestros profetas y que es su doctrina la que prevalece y debemos profesar.
-Así es, muchacho -me contestó entusiasmado-. Te felicito por la madurez de tus reflexiones y tu acertada resolución. ¿Y qué piensas hacer para llevar a cabo tu propósito?
-Ayer me marché de casa y dejé a mis padres con gran dolor de mi corazón, en la esperanza de descubrir la voluntad de Dios. He pensado que en el silencio y recogimiento de un monasterio podré descubrirlo más fácilmente.
-De eso puedes estar seguro, muchacho. Vente conmigo a nuestro cenobio. Allí escucharás la voz de Dios y podrás hacerte cristiano.
Le acompañé hasta el convento. Fray Juan -que así se llamaba- me presentó al padre guardián, un hombre de aspecto adusto y seco. Mientras le conté mis inquietudes y aspiraciones, él me miraba con sus ojos azabache, en los que me veía reflejado. Me contestó lacónico:
-Fray Juan te acompañará a tu celda y te entregará una túnica y unas sandalias. Él te pondrá al corriente del horario de los oficios religiosos y tareas que deberás realizar.
Con gran entusiasmo me entregué, desde aquel día, al escrupuloso cumplimiento de las normas y costumbres de aquellos monjes. Eran frecuentes las prácticas mortificativas, tales como el uso del cilicio, las disciplinas, los ayunos y el silencio. Me inculcaban la represión de los apetitos desordenados, sofocando el egoísmo y la sensualidad. Me emocionaban los cánticos gregorianos y el misterio de los sacramentos. Ávido por conocer la enjundia del cristianismo, escuchaba atento las doctrinas que fray Juan me explicaba, imponiéndome como tarea copiar el texto del evangelio, para lo cual me proveyó de numerosas hojas de papel, así como un frasco de tinta y una pluma de caña.
Pero, pronto, el mismo ánimo crítico que me había impulsado a dejar el judaísmo me llevó a recelar de algunos textos que leía en los relatos del nuevo testamento, pues me parecía que no reflejaban exactamente el sentir de Jesucristo sino la personal interpretación del narrador. Descubría expresiones, condenas o amenazas que chocaban con el espíritu de Jesús, todo mansedumbre, comprensión y respeto hacia las distintas actitudes humanas ante la vida. Y, por otro lado, yo comparaba la simplicidad de la doctrina de Jesús -que se resumía en el amor al Padre y a todas sus criaturas- con la compleja colección de preceptos, ritos, liturgias, amenazas de castigo, jerarquías y enfrentamientos con otras religiones, del cristianismo oficial.
No. Ese no era el rostro puro y atractivo del cristianismo que Inés me había mostrado. Ahora me debatía sobre qué decisión tomar. Estábamos en febrero. Yo pedía a Dios, el Padre de Jesús y de todos, que me iluminara y me indicara con alguna señal el camino que debía seguir.
Una de aquellas noches en que mi perplejidad y confusión me impedían dormir, me levanté de la cama hacia las tres de la madrugada. Me acerqué a la ventana y abrí cuidadosamente las portezuelas. Una brisa helada se apoderó de la celda. Allá abajo, el río estrellaba sus pálidas lunas contra las rocas, canturreando salmodias, mientras los gatos maullaban y saltaban como ánimas en pena.
Me senté en la silla de anea ante la rústica mesa de madera. Encendí la lámparilla de aceite y me dispuse a seguir copiando el evangelio. De pronto noté en mi nuca un cálido aliento, así como una imperceptible risita. Giré la cabeza hacia atrás y me quedé pasmado ante aquella aparición.
-No temas, Samuel, vengo a ayudarte -me dijo con destellante sonrisa, que realzaba su tez aceitunada, cruzando las manos sobre el pecho.
¿Quién eres? ¿Por dónde has entrado? -pregunté, frotándome los ojos, incrédulo.
-Me llamo Guimel y he entrado por la ventana -me contestó riendo.
-¿Cómo es posible?¿Eres de carne y hueso, o eres una aparición de ultratumba?
Por sus rasgos africanos, el pelo canoso y rapado, la birreta negra y la chilaba azul, me parecía morisco.
-Mi historia es larga de contar -me contestó-. Como presentación te diré que soy un pobre diablo inofensivo, mucho más antiguo que este vuestro mundo por el que me muevo desde tiempos remotos...
-¿Un diablo? -pregunté incrédulo- No tienes, en absoluto, pinta de ello, sino más bien de buena persona. Los diablos son perversos y sólo tratan de llevarnos a los infiernos.
-No, hombre, no. Hay diablos y diablos. Aunque te cueste creerlo, yo estoy aquí para realizar una buena acción contigo. Quiero ayudarte a salir del atolladero mental en que te veo metido. Pero también quisiera matar...
-¿Cómo? -le interrumpí alarmado.
-¡Tranquilo! Es una forma de hablar. También quisiera matar dos o muchos pájaros de un tiro.. Lo que voy a revelarte puede ayudar a otros a salir de su angustiosa perplejidad en que se debaten. Por eso quisiera que, según te lo voy dictando lo vayas escribiendo en esos folios.
-Pero...
-No hay pero que valga. Coge el papel y la pluma y ponte a escribir cuanto voy a contarte.
Titubeando y sin saber si estaba dormido o despierto, cogí varias hojas de papel, mojé la pluma en el frasco de tinta y me dispuse a escribir, en el romance castellano que mi padre me había enseñado, cuanto Guimel me dictara.
-Escribe, Samuel: "Fue aquella decisión divina de someter a todos los ángeles a la difícil prueba de vivir en la Tierra durante un tiempo, animando el cuerpo de un animal o humanoide, lo que provocó la rebelión de una gran parte del mundo angelical..."
Guimel hablaba sin descanso. A veces, le interrumpía para que me aclarara alguna cuestión, pero de todo dejaba yo constancia en los papeles, con la máxima celeridad y con letra, a veces, poco legible. En una de sus breves pausas me pareció oir, tras la puerta, el ligero quejido de las sandalias del padre guardián.
Cuando Guimel terminó su relato, faltaba poco para las seis de la mañana.
-Comprenderás -añadió antes de marcharse- que, cuanto te he revelado, difiere no poco de las enseñanzas que aquí recibes. Ten mucho cuidado de que nadie del convento descubra estos escritos. Sería tu perdición. Últimamente se ha desatado una virulenta persecución contra los herejes, moriscos y judaizantes. Hoy mismo se celebrará un proceso de la Inquisición en la plaza mayor. Paciencia, amigo, y mucha astucia. Ya la recomendó mi admirado y apreciado Jesús: "Sed astutos como serpientes." Volveremos a vernos en otra ocasión. ¡Suerte, Samuel!
Me dio una palmadita en el cogote y salió disparado por la ventana, confundiéndose el azul de su chilaba con el azul del alba, antes de remontar el rocoso horizonte.
Guardé las manuscritas revelaciones debajo del jergón de farfolla. Me aseé de prisa, y acudí puntual a los oficios religiosos.
A las once de la mañana regresé a mi celda. Impaciente por releer las revelaciones de Guimel, saqué las hojas de debajo del colchón, me senté ante la mesa y me puse a leerlas. Apenas había leído diez líneas, cuando escuché unos golpecitos en la puerta. Apresurado, tomé las hojas y las metí dentro del cajón de la mesa. Se abrió la puerta, apareciendo la severa figura del padre guardián. Sentí su penetrante mirada escudriñar mi interior y no pude evitar el sonrojarme mientras me ponía de pie.
-Hermano Samuel, hoy tiene un trabajo especial. Estamos en cuaresma y los hermanos cocineros precisan alimentos de vigilia para preparar la comida. Coja una cesta de la cocina y baje al río a pescar truchas para toda la comunidad. En la pesquera de la hondonada suelen abundar.
Respiré aliviado. Por un momento pensé que su visita estuviera relacionada con la de Guimel.
-Voy en seguida, padre, -dije respetuoso-. Espero terner suerte y volver pronto con ellas.
El padre guardián se acercó a la ventana y permaneció observando el río, con manifiesta intención de quedarse solo en mi celda. Discretamente, salí de ella, dejando la puerta entreabierta. Pero, en lugar de dirigirme a la escalera próxima a la cocina, avancé por el claustro hasta situarme detrás de la columna de uno de los arcos, desde donde podía espiar al padre guardián, sin ser visto. Yo lo observaba ante mi escritorio, fisgoneando las copias del evangelio. Las dejó en donde estaban y abrió el cajón de la mesa. Me sentí morir. Tomó entre sus manos las hojas de las revelaciones y las fue leyendo una a una. Cuando calculé que le quedaban unas pocas por leer, corrí hacia la escalera cercana a la iglesia, las bajé precipitadamente y salí a la calle. Me oculté detrás de unos gruesos olmos, próximos al convento, temeroso y sin saber qué hacer. Pronto vi al padre guardián que salía con paso acelerado y semblante endurecido. Se dirigió a la calle que desemboca en la plaza mayor. Grupos de personas caminaban en su misma dirección, en animada charla, como si fueran a una fiesta. Decidí seguirlo a discreta distancia.
Conforme me acercaba a la plaza, el bullicio y alboroto crecía. Al entrar en ella sentí un escalofrío ante aquel inesperado espectáculo. La muchedumbre ocupaba la plaza y sus proximidades. Unos asomados a los balcones y ventanas de las casas circundantes, otros bajo los soportales o sobre los escalones de la iglesia y, la mayoría, en la explanada de la plaza, entre las dos tribunas. La del tribunal de la Inquisición estaba frente a la iglesia, al pie de la escalinata que precede al palacio de los duques. En ella se hallaban los inquisidores y las autoridades civiles y religiosas, presidida por la cruz verde de san Andrés. En el centro de la plaza se alzaba la otra tribuna, con un estrado para el predicador y el lector de sentencias y otro para varios reos. Entre éstos, unos llevaban el sambenito, adornado con la cruz de la Inquisición; otros una soga al cuello; y dos de ellos portaban el sambenito con llamas y capirote, por haber sido condenados a la hoguera.

Aprovechando la confusión de la multitud, me aproximé cuanto pude al padre guardián, que seguía abriéndose paso, intentando llegar al estrado del inquisidor. Tanto me acerqué a él que le escuché pedir al inquisidor que enviara un oficial al convento, para examinar los escritos heréticos de uno de los monjes.
Ya no me cabía la menor duda: el padre guardián acababa de delatarme y pronto irían al convento a apresarme. Me escabullí entre la gente y atravesé ligero la plaza, procurando no ser descubierto por el padre guardián. Al pasar junto al estrado de los reos me conmovió su apenado semblante. La amada imagen de mis padres afloró en mi mente. "¿Qué habrá sido de ellos?" -pensé. Después corrí por callejas solitarias, desesperadamente, hasta llegar a la cuesta de la judería. Seguí luego por el camino que se alza sobre el barranco del río y, al pasar junto al huertecillo de una casa vi, tendidos al sol, unos gregüescos y un jubón. Sin dudarlo un momento, los cogí, los hice un liote y continué mi carrera hasta la puerta trasera de la huerta del convento que estaba entreabierta. Dejé la ropa junto a ella y marché hacia mi celda. Afortunadamente no me encontré a ningún fraile. Recogí, rápido, las hojas dictadas por Guimel, las enrollé y me las guardé en la pechera. Pasé por la sacristía, en donde encontré un largo y estrecho relicario de bronce, de tapa abatible. Enrollé las hojas, las envolví en un paño y las introduje en el relicario, cerrándolo herméticamente. Luego, lo oculté dentro de la manga, atravesé la huerta, me cambié de ropa y corrí con mi tesoro por el camino que desciende junto al río, con la idea de encaminarme al pueblo de mis padres.
Al llegar junto a la muralla de poniente -por cuya puerta había entrado en aquel pueblo hacía siete meses- vi mucho movimiento de gente que entraba y salía. Temeroso de que, en el camino, alguien me arrebatara mi tesoro, pensé que lo más sensato era esconderlo en algún hueco, oculto entre los sillares de la muralla. Observé que en el lienzo de la muralla, en que se abre la puerta de poniente, la disposición y colorido de sus diferentes piedras dibujaban la caprichosa figura de un águila gigantesca, con sus alas desplegadas, y que, justo debajo de las garras de sus patas, había un estrecho y profundo agujero, a pocos palmos del suelo. Afortunadamente, delante de aquel escondrijo crecían unos arbustos, los cuales me permitieron -sin que nadie me pudiera observar- esconder el relicario y taponar el hueco con una piedra que encajó a la perfección, al golpearla con otra.

Libre ya de aquellos papeles que había sentido arder en mis manos, bajé confiado hasta la calzada, emprendiendo la marcha con dirección al pueblo de mis padres. Ya había caminado media legua cuando escuché a mi espalda el traqueteo de un carromato, tirado por una mula. El joven que lo conducía tenía aspecto amable, por lo que le hice señal de que parase. Le dije la verdad, que iba al pueblo de mis padres de donde me había marchado hacía siete meses y que estaba impaciente por verlos, ya que, al ser judíos conversos, corrían inminente peligro. Por ese motivo le suplicaba me permitiera acompañarle en el carro. El joven me invitó a subir junto a él. Me dijo que también él era judío "converso", aunque sólo de fachada, y que vivía en el pueblo del que yo había salido ahora. Me dijo que se dedicaba a la venta de paños por pueblos y aldeas del territorio de los duques, a quienes tenía que pagar sustanciosos tributos. A cambio, el duque le había provisto de una carta declarando su ejemplar comportamiento como neoconverso, lo que le protegía de las inspecciones del santo oficio.
Llegamos a mi pueblo. Pasado el puente sobre el río nos despedimos. Él se marchó hacia la plaza del mercado. Yo me dirigí a la casa de mis padres. La incertidumbre y el temor se habían apoderado de mí. Sentía trotar mi corazón como un caballo desbocado, cuando al entrar en el barrio judío volví a contemplar la casa de mis padres, después de siete meses. Me precipité hacia la puerta y sentí desvanecerme. Dos tablones, cruzados en aspa, pintados de verde y cubriendo la cerradura, habían sido clavados por los oficiales de la Inquisión sobre el marco de la puerta.
Loco de rabia y dolor, temiendo lo peor, corrí a casa del lanero Zacarías. Cuando me vio el anciano, me abrazó llorando. Me contó que mi padre le había confesado no poder soportar más mi ausencia y que ni él ni mi madre podían seguir fingiendo adhesión a una religión en la que no creían. Por eso habían decidido marcharse clandestinamente a Portugal, con el dinero ahorrado y el conseguido en la venta de algunos enseres, antes de que los inquisidores descubrieran su engaño. Se habían marchado hacía una semana y, al día siguiente de su huída, los del santo oficio registraron la casa y la clausuraron. Otros judíos relapsos no habían tenido la misma suerte y los habían encarcelado en las mazmorras del palacio ducal.
Traté de consolar a Zacarías,lo abracé aguantándome el llanto, y en seguida me marché de aquel bello y querido pueblo mío, verde y azafranado, con dirección al sur, empujado por una mano invisible.

Poco antes de que yo terminara de transmitirte el relato, en voz alta, por el broche-emisor, ya habían regresado Samuel y Don Quijote a la cabaña, con medio perol de camarones. Ellos permanecieron de pie y atentos hasta el final del mensaje.
Samuel, emocionado, se cubrió los ojos con las manos, durante unos instantes, que Don Quijote aprovechó para sugerir:
-¿Qué os parece si hacemos un breve descanso, y que Samuel recupere fuerzas con estos deliciosos camarones que la mar pródiga nos ha regalado?
Así lo hicimos. Y, tras degustar aquel frugal refrigerio, Samuel reanudó su relato y, luego, nos invitó a acompañarle en la búsqueda del manuscrito de las revelaciones que Guimel le dictó aquella noche de febrero de 1514.
Pero de todo ello te informaré en mi próximo mensaje. Por hoy ya es demasiado. Saludos cariñosos a todos. Tinterico.


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Revelaciones del diablo arrepentido - (Cap. I)

viernes, 28 de marzo de 2008


Toby, en mi anterior mensaje te prometí contarte, en persona y de viva voz, cuanto escucháramos al Monje Enigmático durante nuestro viaje de regreso a casa. Pero el hombre propone y Dios dispone. Nuestros planes quedaron alterados debido a una inesperada ocurrencia de Merlín. Ya nos habíamos ataviado, Don Quijote y un servidor, con sendas túnicas cortas, roja la suya y verde la mía, al más puro estilo de los peripatéticos. El monje había introducido nuestras figurillas en una bolsa que ató a su cintura, cuando vemos a Merlín entrar por la puerta de la escalera de caracol, muy apresurado.

-Esperad, amigos -gritó, levantando el brazo y mostrando una cajita roja-. Tomad un recuerdo mío.
Muy sonriente, se acercó, abrió la cajita y sacó de ella una fina y reluciente cadena de la que pendía una esferilla de vidrio. Se la colocó a Don Quijote en el cuello mientras le decía:
-Acepta este obsequio, valeroso y dilecto ahijado mío.
-¿Qué es y para qué sirve, aparte de su indiscutible belleza, gran Merlín? -preguntó Don Quijote.
-Es una janua témporis. A través de ella tú y tus acompañantes podréis presenciar lo ocurrido en el pasado, lo que ocurre en el presente y lo que ocurrirá en el futuro, en el lugar de cualquier mundo, real o imaginario. Y no sólo podréis observar, sino intervenir activamente.
-¡Cielos, qué maravilla! -exclamó Don Quijote! ¿Y precisa de algún requisito para que funcione?
-Sólo uno: que se utilice en beneficio de los demás, como fin primario.
-¿Y, si por error o falta de voluntad, no me propusiera tal finalidad?
-Sencillamente no funcionaría.
-Mil gracias, Merlín. Te prometo no defraudarte ni menospreciar la confianza que has puesto en mí con tu insigne regalo.
-No podría esperar otra cosa de tu noble proceder -dijo Merlín-. Y para tu fiel compañero Tinterico -añadió, sacando de la caja un pequeño broche que prendió en mi pechera- este grabador-reproductor-transmisor-receptor, cuya batería se recarga con ondas de energía onírica, es decir mientras Tinterico duerme y sueña.


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-Déjeme besarle esas manos dadivosas y taumatúrgicas, fantástico Merlín -le contesté, plantándole dos sonoros besos en ellas.
-Y, para vuestro amigo el discreto monje, esta hermosa prenda -dijo, quitándose la capa azul salpicada de estrellitas de plata y colocándosela sobre los hombros-. Con ella podrás volar, como un meteorito, a donde te propongas.
-Le prometo, glorioso Merlín -declaró el monje agradecido- que siempre enalteceré su magnanimidad y fantasía; y que pasearé orgulloso esta capa por todo el orbe y el más allá, como un tuno del más acá.
Merlín, con dos lagrimones bailándole en los ojos, nos abrazó y, sin más palabras, volvió la espalda y se dirigió hacia la escalera.
Salimos con el monje fuera del castillo. Un soplo de frescura y libertad nos acarició la cara. Eran justamente las tres de la tarde del día uno de febrero. Tal fue el entusiasmo de Don Quijote que, tras haber andado cincuenta metros y topando con una roca de metro y medio de alta, dio un doble mortal de espaldas, encaramándose sobre ella ante el asombro de nuestros incrédulos ojos. A continuación respiró profundamente, puso los brazos en cruz con las palmas de las manos hacia el cielo, oteó el horizonte y exclamó:
-¿Cómo es posible que exista el mal, oh sol magnífico, en un mundo en que tu luz y tu calor lo alegra todo? ¿Qué fin habría de tener? ¿Qué necesidad hay de su presencia? ¡Contéstame, sol radiante, tú que das vida, color y belleza a esta Tierra nuestra!
-No creo que el astro rey te conteste, amigo -dijo el monje enigmático-. Bastante hace con realizar bien su tarea de calentar e iluminar. Pero yo sí puedo ilustraros sobre ese tema con cierto fundamento.
-Por nuestra parte estamos impacientes de escucharte. ¿Verdad Tinterico?
-Sí -confesé- porque el debate del castillo parece haber quedado algo incompleto, falto de la aclaración de la cuestión sobre el mal. Pero ¿creéis que algún ser humano pueda conocer la razón de su existencia?
-Mirad -dijo, mientras nos dirigíamos por la explanada, cubierta de musgo y hierbecillas, hacia el camino que baja serpeando el cerro peñascoso-. Como ya le concedí a Zaratustrón, cada cual tiene su propia perspectiva de la realidad. Es decir, aunque la realidad sea una sola, su interpretación es múltiple, dependiendo del punto de vista de cada sujeto, información que posea, grado de perspicacia, etc. Esa es la razón de que haya tantas filosofías, religiones y opiniones en general sobre cualquier asunto, incluido el del mal. Pero de lo que no cabe duda es que el mal existe.
-¿Y el mundo no pudo ser hecho sin la presencia del mal? -preguntó Don Quijote.
-Por supuesto que sí. Pero este mundo fue intencionadamente planificado para que fuera tal como es.
-¿Ah, sí? ¿y cómo lo sabes? -volvió a preguntar Don Quijote.
-No serán mis palabras las que traten de convenceros, sino vosotros mismos vais a ser testigos de cómo se produjeron los hechos que determinaron que el mundo sea como es, gracias a los portentosos obsequios de Merlín.

A continuación, el monje agarró con una mano a Don Quijote y a mí con la otra, y nos acercamos al borde del despeñadero.
-¡Saltemos! -gritó el monje.
Y, cobijados bajo la estrellada capa de Merlín, surcamos el aire, como tres saetas, rumbo a la costa sureña. Mientras volábamos, el monje rogó a Don Quijote que ordenara a la esferita de cristal el llevarnos al lugar y momento en que él fue visitado por Guimel, un extraño personaje conocedor de intrincados secretos.
Hízolo así Don Quijote con voz solemne y gesto grave. De inmediato, descendimos sobre una hermosa playa de la costa gaditana, hacia las siete de la mañana de un precioso día de mayo. El monje se adelantó y fue caminando a pocos metros del mar, con la mirada en el cercano pinar, envuelto en un ligero vaho dorado. Nosotros oteábamos, recelosos, cuanto se divisaba en derredor nuestro. A nuestra espalda, en la lejanía, se alzaba la gótica silueta de un templo.
-Junto a ese templo se halla el monasterio al que pertenezo -dijo el monje.
-¿A dónde vamos entonces? -preguntó Don Quijote.
-A revivir mi encuentro con Guimel -contestó el monje.
-Y...
Don Quijote dejó en suspenso su pregunta, ante la repentina aparición de una barquichuela en la que un hombre remaba, con energía pero silenciosamente, tratando de acercarse a la orilla.
El monje levantó su mano derecha, se detuvo y esperó a recibir al visitante. Nosotros nos detuvimos tras el monje, observando al recién llegado. Era un hombre alto y enjuto, de tez aceitunada, pelo muy corto y canoso, túnica azul y un birrete negro.
-¡Hola! -saludó el hombre- soy Guimel. Obediente a vuestros deseos he venido presuroso a revivir el encuentro que, hace tiempo, tuve contigo, hermano monje. ¿No es así?
-Así es. Gracias, Guimel, por acudir diligente a nuestra llamada.
-Y bien, ante todo quiero que tus amigos -dijo dirigiéndose a Don Quijote y a mí- tengan una ligera idea de quién soy. Mi nombre es Guimel, como ya sabéis. Mi existencia comenzó mucho antes de que se produjera la explosión con que se inició la expansión de este vuestro universo.
-Un momento -clamó Don Quijote, dando un salto y cuadrándose delante de Guimel-. ¿Juras decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
-¿La verdad? -Guimel se sonrió con aire escéptico-. Estad tranquilos que no voy a engañaros. Pero el problema de la verdad está no tanto en su revelación sino en que el sujeto la comprenda.
-Algo es algo -contestó Don Quijote no muy conforme-. No sé, no sé... ¿Así que el mundo empezó con una explosión? Mal augurio.
-No os quepa duda -continuó Guimel-. El universo empezó a desarrollarse a partir de aquella fantástica explosión. Tampoco es que a nosotros, los moradores del mundo celeste, nos sorprendiera sobremanera. Desde remotísimas épocas habíamos presenciado el nacimiento de innumerables universos, diseminados en la inmensidad del espacio infinito...
-Perdone, amigo -se atrevió Don Quijote a preguntarle- ¿por ventura su merced es un espíritu celestial? ¿un ángel?
-Tutéame, por favor, que eso hace sentirme más joven. Sí y no. Yo fui un ángel, como tantos otros moradores del mundo de los espíritus puros. Como todos ellos, gozaba de una existencia felicísima, consciente de mi estrecha unión y amistad con la divinidad y con todos aquellos espíritus angelicales.
-¿Te das cuenta, Tinterico? -díjome Don Quijote-. Esta va a ser la más venturosa experiencia con que vamos a vernos agraciados en esta nuestra vida tinteril. Abramos bien los ojos, oídos y demás sentidos, para no perder detalle.
-Vamos, Guimel -suplicó el monje-, relata a mis amigos la increíble historia que me contaste. ¿Qué os parece si nos sentamos sobre esa roca que sobresale entre la arena?
-Comprendo -comenzó relatando Guimel- que os resulte muy difícil, prácticamente imposible, que entendáis las realidades de allá con palabras de acá. No obstante procuraré explicarlo de forma que os forméis una vaga idea de ellas. Mirad. Los ángeles son seres muy bellos, con una inteligencia clarividente, penetrante y rápida como el rayo, una insospechada capacidad para realizar las obras más sorprendentes, una voluntad inflexible que, aunque por propia naturaleza tiende al bien, lo hace con libertad absoluta.
-¿Y cómo puede ser bello un espíritu si carece de rostro y de miembros físicos? -preguntó curioso Don Quijote.
-Es que la belleza, como la verdad, como la bondad y tantas otras propiedades, son realidades eminentemente espirituales. ¿Quiere decirme, caballero Don Quijote, qué diferenciaba a Aldonza Lorenzo de Doña Dulcinea del Toboso, por ponerle un ejemplo?
-Cuidado con las comparaciones, don Guimel -le amonestó Don Quijote- que me parece que está pisando arenas movedizas.
Guimel, sin tomar en consideración el comentario, continuó diciendo:
-Aldonza y Dulcinea eran físicamente semejantes. Una y otra poseían órganos y miembros parecidos. No obstante ¿por qué Dulcinea era incomparablemente más bella que Aldonza? Porque ella poseía la realidad espiritual de la belleza -la cual sólo el espíritu puede captar- en grado muy superior a la de Aldonza.
-Respetando mucho sus canas y su singular sapiencia, dómine Guimel -contestó Don Quijote- dígole que yerra en lo que acaba de aseverar. En el ejemplo que aporta no hay más realidad que la excelsa belleza de doña Dulcinea, con la que graciosamente fue adornada por los cielos. La fealdad de Aldonza no fue otra cosa que una vil hechicería de mis envidiosos enemigos. Y, quien sostenga lo contrario, habrá de vérselas conmigo, ya sea príncipe, clérigo, soldado de la Santa Hermandad o de la guardia suiza del Papa.
-De acuerdo, caballero manchego. Le pido mil disculpas y también le ruego me permita explicarles cómo son los espíritus celestiales. Vamos a ver. Humm...
Guimel se quedó un momento pensativo. Se le veía incómodo con la susceptible actitud de Don Quijote. Miró al mar calmoso que se rizaba con el leve soplo de la brisa levantina. Luego alzó la cabeza y contempló las gaviotas volando por encima del pinar. Finalmente nos observó a cada uno de nosotros. El sol hacía destacar el brillo aceitunado de su rostro y sus ojos grises, casi blancos como el pelo de su cabeza, que parecían esconder muchos secretos.
-¿Por qué no utilizamos los objetos con que Merlín nos ha obsequiado -sugirió el monje- y nos trasladamos al momento y lugar del que Guimel desea hablarnos?
-Feliz idea -celebró Don Quijote.
-Pero veo un inconveniente -dije- ¿podrá la capa estrellada con los cuatro?
-Si os parece -apuntó Guimel- podríamos ir en mi barca.
-Vamos allá -coreamos todos y, sin más dilación, nos subimos en ella.
Guimel se sentó delante. Quitóse la birreta y metiendo el dedo índice debajo de ella, le dio un impulso rotatorio a modo de hélice, y la barca despegó como un cohete. Luego plegó dos veces la birreta en forma de ángulo y la colocó sobre la banqueta de proa con el pico apuntando en la dirección deseada. En un instante atravesamos miles de galaxias, espacios etéreos e innumerables universos. Repentinamente nos topamos con una inmensa esfera de luz cambiante. Guimel se puso la birreta en la cabeza y la barca cayó blandamente sobre un mar de nubes doradas. Luego sopló suavemente sobre la proa, y la barquilla se deslizó por aquella superficie, llegando rápido a la orilla.
-Ya hemos llegado -dijo Guimel, volviendo la cara hacia nosotros-. Aquí empieza el universo de los espíritus celestiales. ¿Qué os parece?
Nosotros mirábamos, asombrados, la fantástica playa de finísima arena azul, extendiéndose sin fin por ambos lados, y cercada de suaves dunas de diminutos diamantes.
-Precioso -alabó Don Quijote-, pero no se ve un alma en cien leguas a la redonda.
-No obstante, seguro que nos están observando. No los vemos porque aún no se ha adaptado nuestra vista a esta nueva realidad -aclaró Guimel.
-¿Probamos ya con la esferita de Merlín? -propuso el monje.
-¡Sí! -dijimos a coro-. Estamos impacientes por ver lo que pasaba en los cielos en aquellos tiempos remotos.
Guimel, tomando entre sus dedos la esferita colgante del cuello de Don Quijote dijo a éste:
-Repita, caballero, las palabras que voy a pronunciar: "Permítenos, oh janua témporis, a mí y a estos mis amigos, poder penetrar en el celeste reino angelical y asistir al momento inmediatamente anterior a cuando en la Tierra aparecieron los seres humanos."
Don Quijote repitió las palabras con voz solemne y los ojos clavados en la pequeña esfera, impaciente por taladrarla y abrir la puerta del tiempo. En el acto sentimos una fuerza, como la de un ciclón, que nos arrebataba y transportaba a aquella época del mundo angelical.
¿Cómo describir la visión maravillosa de aquel mundo? Imposible hacerlo con palabras e imágenes de éste. Mas, aunque sólo sea una pálida y torpe sombra de aquella visión, diré que era como un país inmenso, exuberante, de colores, sonidos, aromas y sensaciones que embriagaban e inundaban el espíritu de felicidad y euforia. Estaba rodeado de majestuosas montañas de colores desconocidos y formas caprichosas y cambiantes. De las escarpadas rocas de cristal saltaba briosa el agua en formidables cascadas, discurriendo después, en arroyos y ríos transparentes y cantarinos, a través de praderas tapizadas de flores. Por doquier resonaban los coros angélicos con melodías y cánticos conmovedores.
-El estado de feliz exaltación y alegría es peremne en el mundo angelical -manifestó Guimel-. Pero en estos momentos con mayor motivo, ya que se está celebrando la creación divina del universo de los humanos y su exitoso desarrollo con la valiosa cooperación de todos los ángeles.

Decidimos hacer una rápida excursión, sobrevolando a poca altura aquellos parajes. El monje extendió la capa estrellada. Don Quijote y yo nos introdujimos en los bolsillos interiores de la capa, que nos permitían llevar medio cuerpo fuera. Guimel volaba, por su cuenta, junto a nosotros, comentándonos cuanto iba apareciendo ante nuestros ojos.
-¿Veis esos bosques umbrosos? -dijo Guimel.
-Sí -conntestó Don Quijote- y creo que por ellos pasean seres hermosísimos, muy distintos a nosotros.
-Es cierto -corroboré yo. Sus etéreas figuras parecen muy concentradas en animada conversación.
-Son ángeles poetas -nos aclaró Guimel-. Los conozco a todos ellos. Crean bellos poemas que recitan, escuchan y compiten por superar entre ellos.
-¿Los ángeles no duermen? -preguntó Don Quijote.
-Ja, ja -rióse Guimel-. No, los ángeles no tienen desgaste alguno, no se cansan y, por ende, tampoco les da sueño. Y lo mejor es que no se aburren, porque su curiosidad ante la verdad es insaciable y ésta es insondable. Además su fantasía es inagotable y desbordante.
-Dichosos ellos -comenté yo- que pueden aprovechar el tiempo al máximo.
Seguimos volando y descubrimos artísticas imágenes y paisajes flotando en los aires de aquel privilegiado lugar.
-Es obra de los ángeles pintores -explicó Guimel.
Más adelante divisamos unos lagos plateados, sobre cuya deslumbrante superficie patinaban y hacían acrobacias parejas de ángeles y ángelas, acariciándose mutuamente con amorosas y embelesadas miradas.
-¿Pero también se enamoran los ángeles? -preguntó escandalizado Don Quijote.
-Naturalmente -contestó Guimel-. Y no de cualquier manera. El enamoramiento de los humanos es una caricatura ridícula en comparación del apasionado afecto angelical.
-¿Hay entonces ángeles varones y ángeles hembras? -pregunté curioso.
-Por supuesto -aseguró Guimel-. Mas el signo masculino o femenino no tiene en ellos ninguna connotación sexual como ocurre en los humanos. En los ángeles es una forma de ser, de sentir, de amar con amor sin el menor atisbo de lascivia. Por eso el enamoramiento angelical puede surgir entre ángeles de distinto o del mismo signo.

Llegamos a una playa de la costa opuesta a aquélla por la que habíamos entrado. Una multitud de ángeles se zambullía en las aguas impolutas del océano de los querubines.
-El baño en ese mar produce tal placer y arrobamiento en los ángeles que sólo ellos pueden resistirlo. Un humano moriría en el intento, de inmediato.
-Gracias por advertirlo, señor Guimel -dijo Don Quijote-, porque ya estaba pensando en lanzarme al agua.
A continuación pasamos por encima de unos campos poblados de árboles de curiosas formas, tonalidades y aromas, con frutos de exquisito aspecto. Bandadas de ángeles acudían a saborear el jugo que de ellos goteaba. Guimel, con repentino impulso, descendió en picado hasta ellos, saludó con la mano a un grupo de ángeles, y arrancó un racimo de jugosas bayas que, en seguida, repartió entre nosostros.
-Deliciosas-alabó Don Quijote, saboreándolas-. Además paréceme como si mis sentidos e intelecto se hubieran agudizado con su jugo.

Continuamos volando y pronto observamos que el "terreno" se elevaba gradualmente de nivel hasta alcanzar una meseta de cuarzo blanquísimo, y en su centro una especie de plaza circular de enormes proporciones, rodeada de una escalinata de jaspe con muchas gradas de diversos colores, desde las que numerosas legiones de ángeles contemplaban un fantástico espectáculo: flotando en el aire se veía una gran esfera, viva réplica de la Tierra; y abajo, evolucionando sobre el verde pavimento de la plaza, el desfile de todos los ejemplares tipo, que componen la cadena de la evolución animal, desde el más simple protozoo hasta el homo erectus. Nosotros nos sentamos en un hueco de la grada más alta.
-¡Qué maravilla! -exclamamos, emocionados, Don Quijote y un servidor.
-Sí -confirmó el monje enigmático-. Es increíble. Entre el protozoo y el hombre no existe el menor parecido. Sin embargo, el paso de una especie a otra se produce de forma tan sutilmente gradual que evidencia, sin lugar a dudas, el fenómeno de la evolución.
-No entiendo nada -exclamó Don Quijote-. Explicadme por favor, clarito, qué es todo esto.
-Escuchad, amigos-dijo Guimel-. Hemos viajado desde la Tierra, en el año 2008, hasta el reino angelical en la época en que, en la Tierra, la evolución de la vida animal había llegado a producir humanoides con aspecto aparentemente idéntico al del hombre, como podéis comprobar si observáis los bellos ejemplares que ahí están desfilando.
-¿Y no son seres humanos? -pregunté yo.
-No -contestó Guimel-. Esos individuos de aspecto humano, así como todos los ejemplares de la escala evolutiva, producidos hasta ese momento de la evolución, eran puras máquinas o robots, como ahora les llamarían, porque carecían de espíritu.
-¿Y fue Dios, directamente, quien creó y diseñó minuciosamente esa evolución, marcando todos los pasos que debería recorrer necesariamente hasta ahora? -volví a preguntar.
-Dios nos propuso una gran tarea -aclaró Guimel-. Él crearía el germen del universo al que pertenece la Tierra. Ese germen contendría dentro de sí, condensados en grado inimaginable para vuestras mentes, los elementos constitutivos de todos los seres que deberían existir en el futuro en ese universo, de acuerdo con unas determinadas leyes físicas impuestas por Él. Pero quiso que la obra no fuera exclusivamente de su autoría. A sus ángeles -yo entre ellos- nos invitó a participar en la creación, aportando cada uno su especial don: su capacidad para la ingeniería, cálculos matemáticos, leyes físicas, creatividad plástica, literaria, musical, etcétera; ideando organismos; combinando soluciones posibles y compatibles entre sí, respetando las leyes físicas y lógicas, y evitando al máximo los resultados indeseables. Así lo hicimos. Se produjo el big-bang, se formó el universo y, desde ese momento, todos los ángeles trabajamos poniendo en marcha una evolución que daría como resultado en la Tierra, una población abundante y variada de bellos seres vivos, en un derroche de imaginación y atrevimiento.
Por eso en aquel momento -que ahora estamos reviviendo- celebraban eufóricos ese prodigioso acontecimiento. Yo también lo celebraba, gozoso, con mis compañeros los ángeles ingenieros, orgullosos de aquella obra magnífica. Pero...
-¿Ocurrió algo inesperado? -pregunté.
-Juzgad vosotros mismos -dijo Guimel.
En aquel instante Guimel desapareció de nuestro lado, pero pronto lo vimos, varias gradas más abajo, charlando animadamente con un nutrido grupo de ángeles que no cesaban de reir, saltar y gesticular. Decidimos bajar hasta donde él se hallaba, para escuchar disimuladamente su conversación.
Ya no nos cabía duda. Guimel había sido, efectivamente, uno más de los ángeles ingenieros que participaron en la obra de la Tierra.
De pronto, un viento huracanado barrió el jolgorio de voces, risas y músicas celestiales, imponiéndose un silencio mayestático.
Sobre el cenit de la plaza y tras un relámpago como el de la explosión de mil soles, apareció Gabriel, el heraldo de Dios. Todos los moradores de aquel privilegiado paraíso -incluidos nosotros los infiltrados- permanecimos expectantes, pendientes de su mensaje.

-Dios me ha encomendado que os dé una gran noticia -comenzó diciendo-. Una vez que la Tierra -gracias a la acción divina y a la cooperación de todos nosotros- ha alcanzado el grado de desarrollo que ya conocemos, Dios ha decidido lo siguiente:
Como todos sabéis, los seres de vida animal han sido ideados y realizados dotándolos de un organismo que nace de otro animal y se desarrolla mediante un mecanismo de estímulos y respuestas de tipo reflejo, puramente material. Estos seres no sufren ni padecen, pues carecen de conciencia. Así ha sido desde que aparecieron sobre la Tierra hasta hoy. Desde mañana -el mañana terrestre- va a tener lugar una innovación que afectará radicalmente a esos seres y también a todos nosotros.

(Gabriel hizo una pausa. Desde la encumbrada elevación en que se hallaba, paseó su mirada de taladrante luz en las de la multitud de ángeles que aguardaban la magna noticia. A nosotros aquel silencio nos produjo daño físico). Luego continuó:

-Desde mañana, a cada uno de esos organismos animales le será infundido un espíritu. Dejarán de ser máquinas para convertirse en individuos dotados de cuerpo y espíritu. El cuerpo condicionará y limitará la libertad y la capacidad de acción del espíritu en mayor o menor grado según que el organismo sea más o menos complejo, conforme al tipo de animal de que se trate. El máximo grado será el del ser humano, en el que la libre voluntad, la capacidad intelectiva y demás facultades del espíritu, que le será infundido, contarán con unas condiciones físicas más favorables para su manifestación.
-¿Me permites, Gabriel, una pregunta? -intervino con voz limpia y resuelta, un ángel de bellísima prestancia.
-Habla, Luzbel, ¿qué deseas preguntar? -díjole Gabriel.
-Todos nosotros sabemos -porque hemos intervenido en esa magna obra- que las leyes físicas del universo al que la Tierra pertenece, combinadas con los elementos que lo constituyen, y las características individuales de cada animal, impondrán a estos seres una serie de situaciones adversas, agresivas, dolorosas, crueles e incluso insoportables a veces, aunque puedan verse también beneficiados con situaciones gratas y placenteras. Pero, en conjunto, tendrán una existencia difícil para un ser con conciencia como es el espíritu. Necesariamente, en los animales terrestres el dolor y el sufrimiento serán superiores y más abundantes que el placer y el gozo. ¿Qué necesidad hay de que sean infelices los espíritus de todos esos seres? Si el originario propósito divino fue crear un mundo poblado de seres físicos dotados de espíritu, ¿por qué no lo planificó de forma que el mal quedara descartado?
-Te contestaré hasta donde estoy autorizado, Luzbel -respondió Gabriel-. La Tierra fue planificada por Dios con inclusión del mal, contando con que habría de poblarse por animales dotados de espíritu, por varias razones. La primera porque así lo creyó conveniente. La sengunda para demostrar la fuerza del libre albedrío de sus criaturas racionales, como es el hombre. La tercera para hacer realidad otra posibilidad de ser. Y la cuarta, por una razón que nos atañe muy directamente a los espíritus angelicales.
-¿Y qué razón es ésa? -preguntó Luzbel, elevando la voz.
-Escuchad muy atentamente -dijo Gabriel, haciendo después una larga pausa, en la que llegó a escucharse el murmullo del mar lejano-. A nosotros los ángeles nos dotó Dios de una naturaleza espiritual con unas facultades excelsas de penetración intelectiva, creatividad, ardiente voluntad para amar el bien y absoluta libertad para actuar. Existimos en un mundo privilegiado, mimados por Dios. Nuestra felicidad es plena, sin la menor sombra de tedio o tristeza. Hasta ahora, desde los remotísimos tiempos en que fuimos creados, y a pesar de nuestro libérrimo albedrío, ninguno de nosotros ha realizado el menor acto desordenado o disconforme con la voluntad divina. ¿Por qué? Porque la nitidez de nuestro intelecto no nos permite el menor engaño, ni error. Y nuestra voluntad, a pesar de la absoluta libertad con que actúa, no puede querer nada que no esté conforme con la verdad. ¿Qué mérito personal tiene nuestra conducta inmaculada? Ninguno. ¿Qué razón hay para que unos ángeles ocupen puestos de mayor o menor prestancia? Ninguna. Las acciones de cada uno de nosotros poseen idéntica rectitud. Éste es el motivo por el que Dios ha decretado que la totalidad de la corte angelical sea sometida a una prueba dificultosa y decisiva. El resultado de la misma decidirá el grado meritorio de cada uno y el puesto que le corresponderá ocupar ante el trono de Dios.
-¿En qué consistirá esa prueba? -inquirió Luzbel.
-En lo siguiente -contestó Gabriel con palabras agudas y vibrantes como dardos de fuego-. Cuando yo termine el mensaje, todos y cada uno de nosotros nos acercaremos a la playa de las arenas azules. Cogeremos un granito de arena que, automáticamente, quedará incrustado en el centro de nuestro espíritu. Ese granito de arena lleva marcado de forma aleatoria cuándo y en qué animal deberá insertarse. Una vez llegado ese momento, el granito de arena impulsará al espíritu a trasladarse a la Tierra y unirse al ser vivo animal al que ha sido destinado. Desde ese momento el espíritu quedará privado de la memoria de su existencia en el mundo angelical. Una vez finalizada la prueba de la vida terrestre, Dios valorará las dificultades y circunstancias más o menos favorables o adversas que haya tenido y su esfuerzo en ajustar su conducta al código instintivo o racional grabado en su naturaleza; el espíritu ocupará el puesto que le corresponda en la corte angelical y recuperará la memoria de la totalidad de su existencia.
-Ya hace tiempo -comentó Don Quijote en voz alta, provocando un aluvión de miradas angelicales sobre nosotros- que me había parecido vislumbrar en la mirada de Rocinante ciertas reminiscencias seráficas.
-¿Rocinante? -exclamó Gabriel sorprendido y algo desorientado- Por favor, Miguel, ¿puedes prestar atención y dejar tus sueños literarios para otra ocasión?

Un rumor de voces apagadas fueron creciendo a lo largo y ancho del reino angelical, unos a favor y otros en contra de la decisión divina.
-¡No puede ser, no puede ser! -gritaba Guimel junto a Luzbel y demás ángeles ingenieros.
-¡Dejaremos de ser ángeles! ¡Nos convertiremos en monstruos!
-¡No lo permitas, Dios, Padre nuestro!
-¡Ten piedad de tus hijos! ¡Será nuestra perdición!
-¡No aceptaremos semejante disparate! -tronó Luzbel, elevándose por los aires, arrogante, en un salto fantástico- ¡Uníos a mí cuantos rechazáis semejante atropello!

-Ante tal sedición -explicó el monje enigmático- el arcángel Miguel y la mayoría de los ángeles se enfrentaron a los disidentes, tratando de convencerlos de su yerro. Pero Luzbel y sus seguidores -entre ellos Guimel-, conscientes de haber perdido el amoroso lazo que los unía a Dios y a los ángeles fieles, sintieron la imperiosa necesidad de abandonar el mundo angelical. Volaron fuera, dirigiéndose a distintos puntos de nuestro universo, muchos de ellos a nuestra Tierra.

Poco después volvió a aparecer Guimel junto a nosotros, sobre la meseta de cuarzo. Don Quijote se le quedó mirando, sorprendido y confuso.
-Pero, entonces, don Guimel, ¿a los ángeles rebeldes no los arrojaron a las calderas del infierno?
-No -respondió Guimel-. Ni los ángeles rebeldes ni nadie va a ese infierno. Unos y otros purgaremos nuestras culpas en nuestro paso por la Tierra.

Sujetos a la capa estrellada del monje, volvimos por la misma ruta que habíamos traído. En la playa azul vimos a los ángeles fieles recogiendo su granito de arena.
Después pasamos a la otra playa. Subimos en la barca de Guimel y emprendimos el regreso a la Tierra, hasta la playa del monje enigmático.
Desde allí te estoy enviando este mensaje, Toby, a través del precioso artilugio, regalo de Merlín. Espero que el próximo pueda enviártelo sin tanta dilación. Abrazos a todos los amigos. Tinterico.
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La familia de la Tía Pascuala - (Cap. VI y último)

martes, 19 de febrero de 2008
Por fin, Toby, por fin. ¡Que disparen campanas y echen a vuelo los cohetes! Hay motivos para el optimismo, digan lo que quieran Chinda, Rasputilla y el Zaratustrón. No todo es malo en el mundo, ni hay dolor que mil años dure, ni cristiano que lo aguante. ¿Que por qué te digo esto? Sigue leyendo, que ya te enterarás al final del mensaje. Pero, ahora, un poquito de paciencia y atiende cómo ha terminado el asunto de la Tía Pascuala y su familia.

Una vez que, con los pijamas tiesos como carámbanos, Don Quijote y un servidor acabamos de transmitirte el final del manuscrito de Chinda, a eso de las tres de la madrugada del 31 de enero, ya nos disponíamos a retirarnos a dormir en el cofre, cuando escuchamos una risita nerviosa, recorriendo la bóveda como un remolino.
-¿Has oído, Tinterico? -me susurró Don Quijote, mirando a las alturas.
-Sí -le contesté-. ¿No habrá sido un gato o un cuervo?
-No lo creo. No hace noche para andar por ahí arriba de juerguecita, ya sea gato, cuervo u otra criatura de este mundo o del...
Don Quijote no terminó la frase, porque una voz trompetuda penetró por la ventana de poniente:
-¿Dónde estás, amigo Merlín? Ji, ji, ji. ¿Dónde estás, chiquitín? Vamos, querido, soy Asmodeo tu vecino. Quisiera hablar contigo. Ji, ji, ji.
Las oscilantes llamaradas de los leños, en el fogón, arrojaban un rojizo resplandor sobre las paredes y suelo próximos. En las alturas relucían las estrellas, enmarcadas con los arcos ojivales de las ventanas; el resto era un denso velo de tinieblas.
-¿Tú amigo mío? Taimado bujarrón, ¿qué necesitarás de mí que tan modosito te muestras? -resonó la voz de Merlín desde la ventana de levante.
-¿No sabes que pronto estaremos en febrero?
-Sí ¿y qué mas? Ni me entristece la cuaresma, ni me alegra el carnaval.
-¿Ni tampoco San Valentín?... Déjalo, es broma.
-Suelta de una vez lo que tengas que decirme -le apremió Merlín.
-Verás. A pesar de que, sobre nosotros, se han contado muchas historias, hay una que afecta a nuestra buena reputación de forma muy especial. Ya sabes a lo que me refiero. Esa historia que sostiene que yo soy tu padre, fruto de mis lujuriosas relaciones con una monja.


Sigue leyendo...


-Ya, ya. Esa es la mayor mentira, inventada por mis enemigos -protestó Merlín.
-Pero la cosa se ha complicado -continuó Asmodeo-. Tú bien sabes que mis ahijadas Chinda y Minga, hace ya más de cinco meses que faltan del castillo.
-Afortunadamente -contestó Merlín-, porque ¡vaya par de cacatúas están hechas! Cuando ellas están aquí, no hay bicho viviente que pegue ojo.
-Bueno, lo cierto es que Chinda y Minga, sorprendentemente, están tan asustadas que se han negado a volver al castillo, mientras estén en él las figurillas de Don Quijote y de Tinterico.
-¿Cómo van a volver, con el vapuleo que mis protegidos les propinaron en el centro médico y en las Oropéndolas? -dijo Merlín, explotando de risa- Pues sí que te luciste dotándolas con tus prodigiosos poderes. Seguro que el spray que les diste estaba caducado. ¡Hay que renovarse, viejo tartufo!
-Menos coña. De eso ya hablaremos en otra ocasión. Ahora lo que quiero es negociar contigo.
-¿Qué quieres que negociemos?
-Atiende. Cuando mis ahijadas, Chinda y Minga, ignominiosamente, salieron de Las Oropéndolas, montadas en el triciclo, estaban tan desorientadas y abatidas que, al pasar junto a un convento de monjas de clausura, se les ocurrió tocar la campanilla de la portería. Acudió rauda la hermana portera a abrir la puerta y detrás de ella se presentó sor Celestina, la madre superiora. Chinda y Minga, adoptando una ejemplar mansedumbre, manifestaron que en la pasada madrugada había irrumpido en su habitación una luz cegadora y una voz que les decía: "Ovejitas mías, Chinda y Minga, quiero que entréis a formar parte de mi rebaño en el convento de monjas del Buen Pastor." Sor Celestina las acogió con los brazos abiertos. Les entregó la túnica de postulantas y les asignó una celda, así como tareas en la cocina y en el coro. A estas alturas no sé cuántas trifulcas habrán tenido con la comunidad, pero de lo que sí me he enterado es que la madre maestra, sor Ciriaca -que da clase de ascética y mística a postulantas y novicias, y es una monja culta y latiniparda- se ha propuesto leerles la historia del rey Arturo y los caballeros de la tabla redonda.
-¿Y qué tiene que ver el culo con las témporas?
-Mucho. Sor Ciriaca, por muy monja que sea, está inflada de vanidad. Ella disfruta alardeando, ante sus discípulas, de entendida en historias medievales. Si no lo impedimos, pronto circulará por doquier -de labios de sor Ciriaca- el rollo ese que supone que tú eres hijo mío y de una monja, como en esos mamotretos se cuenta. Aunque falso, ocasionaría un gran perjuicio a nuestra honra.
-Sobre ese particular, viejo galápago, -contestóle Merlín- puedo asegurarte que, tanto mis amigos como yo, sabemos muy bien que tal historia es una patraña, y nos trae al fresco que sor Ciriaca le cuente a tus brujas que tú te entendiste con la madre abadesa o con la hermana tornera. Ahora bien, si lo que pretendes es que las brujas vuelvan al castillo a cambio de que las figurillas de mis amigos sean devueltas a su casa, acepto el trato. Pero, primero, debemos contar con los interesados. ¿Te parece bien?
-Vale, vale. Convócalos.

Nosotros, sentados sobre la mesita, en el hueco entre el cofre y un cajón de higos secos de Almería, con nuestros pijamas invisibles, y amparados en las sombra, no habíamos perdido ni una coma de la cháchara de Asmodeo y Merlín. Así que aprovechamos para ponernos de acuerdo sobre las condiciones que deberíamos pedir a cambio del favor a las brujas.
-¡Hola, amigos! ¿Estáis despiertos? -nos saludó Merlín con voz meliflua, como la de una tierna madre.
-Sí -se apresuró Don Quijote a contestar-. Estamos impacientes por escucharte, gran Merlín.
-Mirad. El vecino de enfrente, Asmodeo, propone restituiros a vuestra casa, a cambio de que las brujas retornen a este castillo, sin que vosotros las molestéis; es decir, desapareciendo vosotros de aquí. ¿Aceptáis la propuesta?
-Por nuestra parte no hay inconveniente -contestó Don Quijote poniéndose de pie y arrebolándose su pijama con el resplandor del fogón-. Pero con dos condiciones.
-¿Qué condiciones?
-Expónlas, Tinterico -me ordenó Don Quijote.
-La primera -dije subiéndome en el cofre- es que se celebrará un debate en esta sala, al que deberán asistir: vos, príncipe de la magia; Asmodeo y sus invitados; y nosotros, con los doctos asesores que precisemos para aclarar y juzgar las actuaciones de los personajes que aparecen en los manuscritos de Cirilo, Zoilo y Chinda. La segunda condición: que nuestros paisanos afectados por el síndrome provocado por el agua de la Tía Pascuala queden, de inmediato, libres
de sus perniciosos efectos.
-Acepto vuestras condiciones, pues me parecen justas y necesarias -dijo Merlin.
-Yo también las respetaré, porque espero divertirme mucho descubriendo vuestra ignorancia -afirmó Asmodeo, carcajeándose-. ¿Cuándo queréis que se celebre el juicio?
-Mañana mismo, a las diez de la mañana, en esta sala -le respondí.
-De acuerdo -dijo Asmodeo-. Mañana nos veremos las caras.
Marchóse Asmodeo. Merlín se quedó un rato con nosotros. Le sugerimos que sería oportuno disponer la sala adecuadamente para tal evento. Sin titubear un segundo, Merlín chasqueó los dedos, quedando la sala surtida de cómodos y vistosos muebles: sofás, sillones, una gigantesca alfombra persa con bordados representando el mercadillo de los sábados y, sobre ella, una mesa redonda, monumental, cubierta de micrófonos, altavoces, grabadoras, cuadernos, bolígrafos y otras zarandajas. También había dos podios, uno a cada lado del fogón, para las intervenciones de los invitados.
Una vez que Merlín se fue, nos encerramos en el cofre, dedicándonos a organizar el desarrollo del debate.
De madrugada, cuando las cobrizas barbas de Apolo aún no habían acariciado las ventanas de las ojivas, Don Quijote y un servidor acudimos al árbol de los deseos a pedir que se nos concediera un atuendo y aspecto en consonancia con el evento. Se produjo un fogonazo y nuestros pijamas quedaron mudados en flamantes trajes de chaqueta negra, pantalón gris oscuro a rayas, camisa blanca, pajarita naranja y sombrero negro de copa. Sólo nos diferenciaba la estatura, más alta y esbelta la de Don Quijote, y más baja y rechoncha la mía; así como el color del pelo y la barba: blancos los suyos, y negros los míos.
A las 9:50 se encendieron los focos, convirtiendo la sala en un ascua tornasolada, al mismo tiempo que la rama de las bocas hacía vibrar el castillo con los sones de la Traviata.
A las diez en punto entró Asmodeo por la ventana de poniente, montado en un buitre negro con collar de nieve. Merlín lo hizo por la de levante, dentro de una pompa de jabón heno de pravia, envuelta en arcoiris.
Asmodeo, calvo y barrigudo, elegantemente ataviado con un traje gris plata, camisa rosa y corbata azul cielo, fumando un rollizo habano, se sentó en el sofá a la izquierda del fogón. Merlín llegó vestido con una roja túnica y verde capuchón, capa azul marino, salpicada de estrellitas de plata, barba y melena blancas, y sosteniendo un largo bastón. Se sentó en el sofá de la derecha. Nosotros ocupamos las sillas centrales, frente al fogón.


Don Quijote, en pie firme y con la afilada barba apuntando a una lechuza cobijada en la oscura hornacina que hay sobre el fogón, inauguró el debate en los siguientes términos:
-Hoy, uno de febrero del año 2008, quedará señalado en los anales de este castillo como una de las efemérides más notables de su historia. ¿Por qué motivo? Porque, reunidos en esta sala: Asmodeo, Merlín, Tinterico, yo (copia modestilla del auténtico Don Quijote), así como cuantos asesores fueren requeridos, se procederá a enjuiciar los comportamientos de Chinda, Minga y otros personajes relacionados con la Tía Pascuala, que aparecen en los manuscritos de Cirilo, Zoilo y Chinda. Manuscritos que, suponemos, han sido leídos y meditados por los señores participantes en el debate. La actuación de dichos personajes han suscitado muchas cuestiones, pero nos ceñiremos a la que consideramos más relevante como tema de nuestro debate, que a continuación resumo:
Cirilo y Pascuala creen que cuanto ocurre en el mundo obedece a leyes inexorables, que encadenan a las personas a circunstancias y condiciones que las obligan a actuar en un sentido determinado, por lo que no son responsables de sus actos.
-¿Has terminado ya, alguacilillo? -preguntó Asmodeo, dando un chupetón al puro y lanzando una bocanada de humo que sumió la sala en la niebla.
-¡Ojo con lo que dices, gordinflón -clamó Don Quijote- que el hábito no hace al monje y, aquí donde me ves con este traje de agente de seguros, puedo hacer que te tragues el puro por arriba o por abajo!
-Tiene toda la razón mi ahijado Don Quijote -dijo Merlín encarándose con Asmodeo-. Y si vuelves a incordiar, la batalla de Lepanto va a ser un juego de muñecas frente a lo que aquí se pueda armar.
-¡Huy, huy, qué miedo me dáis! -masculló Asmodeo, tosiendo y dándose puñetazos en el pecho como otro King Kong- Dejadme que me ría un poco, ja, ja, ja. Los humanos sois patéticos y ridículos. Os creéis señores de vuestros actos y de vosotros mismos, cuando en realidad sólo sois hojas movidas por el viento. Pero de esto prefiero que os hable un amigo mío, captador de los pálpitos y ritmos del ser. ¡Adelante, Rasputilla Remolinos!

En seguida dio una palmada y apareció ante el fogón un joven tirillas, con largas y finas patillas (y piernillas) luciendo cuatro pelos en la barba, camisa lila, pantalón bombacho canario, un lanudo gorro de astracán, y dando saltos como un cosaco.
-Ya vale, Rasputilla, y céntrate en el tema que estamos tratando -le amonestó Asmodeo.

-¡Ah, sí, perdonad! Efectivamente, Cirilo y Pascuala actuaron tal y como el destino lo había decidido. Cuanto Cirilo realizó en su vida lo hizo obfligado por una cadena de circunstancias y causas no elegidas por él, sino que se las impuso el destino. ¿Qué culpa tuvo él de que sus padres lo abandonaran en la inclusa, se criara en el hospicio, se encontrara con Rogelio Candiles, con Pepillo el Rubio, que estallara la guerra civil, etc.? ¿Por qué Cirilo mató a Pepillo el Rubio? -por citar un ejemplo- Decidme.
-Un momento -intervino Don Quijote-. Veamos, hermano Tinterico: de igual manera que Asmodeo se ha permitido la libertad de invitar como abogado de las brujas a don Remolinos ¿a quién te parece que podríamos llamar nosotros, que sea buen conocedor de este tema?
-Pues... -dije, tamborileando en la mesa, mientras repasaba de memoria un largo elenco de expertos entendidos, que yo había conocido en mi dilatada vida tinteril- ¡Ya está! Creo que el Monje Enigmático encaja aquí como anillo al dedo.
-Ea, señor Merlín -le rogó Don Quijote-, tráiganos, por favor, al Monje Enigmático, ya sea a nado o en volandas.
Merlín, muy sonriente, levantó el báculo, agarró el borde de su capa y, dando un fuerte tirón, emprendió un ascenso giratorio, como un tornado. Dio un topetazo en la cúpula y, en seguida, bajó, desplegó la capa y apareció bajo ella el Monje Enigmático, un joven rubio y lampiño, cubierto con un sayal y capuchón blancos.
-¡A ver, a ver! -exclamó Asmodeo, escudriñando al monje- ¿Quién eres? Juraría que te conozco.
-Puede que sí. Todo lo que es, también puede ser conocido -dijo el joven monje, enigmático- Y, bien, contesto a la pregunta de Rasputilla: Cirilo Expósito, aunque poseía unas oscuras y tentadoras razones para matar a Pepillo el Rubio, en definitiva lo mató libremente, porque él quiso. Nadie le obligó a ello.
-¿Ah, no? -respondió Rasputilla- Se supone que todos los que estamos aquí conocemos bien la historia que nos ocupa. Dime, entonces, Monje Enigmático ¿es verdad que Cirilo mató a Pepillo un día de primeros de julio del año 1936?
-Efectivamente -admitió el monje-, es una realidad que siempre será verdad.
-Si tal suceso es verdadero -arguyó Rasputilla- quiere decirse que, un mes antes de que ocurriera, era verdad que Cirilo mataría a Pepillo un día de primeros de julio de 1936. ¿Sí o no?
-Sí, claro, -aceptó el monje- y, mil años antes de que ocurriera, era también verdad.
-Entonces, eso quiere decir que Cirilo, necesariamente, tendría que matar a Pepillo ese día de primeros de julio de 1936, de lo contrario no habría sido verdad, antes de que el suceso ocurriera. Pero, de hecho, era verdad.
-No nos líes, tramposo Rasputilla -protestó Don Quijote-. Si Cirilo hubiera querido, no habría matado a Pepillo y, en tal caso, la verdad habría sido lo contrario a lo que ocurrió.
-Precisamente ahí radica la fuerza del destino -le respondió Rasputilla-: que, aunque Cirilo pudo querer otra cosa, lo que en realidad quiso fue lo que ocurrió, que mató a Pepillo tal día.
-No estoy de acuerdo con lo que dices -replicó el monje-, porque estás dando al destino un sentido que no tiene en absoluto. El destino no es el decreto inicial que predetermina lo que va a suceder necesariamente, sino el acta final de lo que ha sucedido por causas que pueden ser necesarias o libres. El hecho de que alguien conozca el acta final, antes de que se produzcan los hechos, no supone que ese alguien influya en ellos.
-¿No? Emplearé, señor monje, otros argumentos que seguramente serán más de su agrado. Fue el mismo Cristo el que respaldó la teoría determinista.
-No me digas. ¿En qué lugar de la Biblia aparece tal doctrina?
-En varios lugares. Por ejemplo, cuando Jesús ruega por sus discípulos, diciendo: "Y ninguno de ellos pereció, si no es el hijo de la perdición (Judas), para que la Escritura se cumpliese". Lo que quiere decir que, Judas estaba predestinado a traicionar a Jesús, de lo contrario las Escrituras no habrían dicho la verdad.
-Eres muy capcioso, Rasputilla. Pero has de saber que el sentido de las palabras no es siempre el que, a primera vista, parece tener. A menudo se habla de forma inapropiada, porque, como dice el refrán: "A buen entendedor, sobran las palabras." Si yo digo que las estrellas están allá arriba, me entiendes perfectamente ¿verdad? Y, sin embargo, no es verdad que estén arriba ni abajo. El sentido recto de la frase de Jesús es que la acción libre y voluntaria de Judas, al traicionarle, era conocida por Dios, como es lógico, antes de que ocurriera; y por eso pudo revelarla a los profetas bíblicos. Pero es obvio que Judas traicionó a Jesús no porque Dios lo conociera desde siempre; sino que Dios conocía, desde siempre, que un día Judas, voluntaria y libremente, traicionaría a Jesús.
-Ya, ya. A fin de cuentas, las historias que cuentan las religiones son cuentos piadosos para adormecer mentes ignorantes -dijo Rasputilla, tratando de reforzar su postura-. Pero son muchos los pensadores y científicos que han demostrado que cuanto acaece en el mundo viene determinado por las leyes físicas. Todos los seres, incluidos el hombre, consisten en un conjunto de partículas, movidas por dichas leyes. En consecuencia, alguien que, en un momento concreto, conozca la posición de esas partículas, podría conocer todo lo que ha de ocurrir en el futuro, porque, necesariamente, ocurrirá lo que las leyes físicas determinen.
-Sigo sin estar de acuerdo -manifestó el monje-. No todo en el mundo obedece a leyes físicas. Hay otras leyes que no son físicas. ¿Qué ley física determina que 2+2 sean 4? Existen, además, las leyes lógicas, las leyes del corazón, las leyes éticas y estéticas, las leyes de la libre voluntad, etc. ¿Qué serían las leyes físicas sin las lógicas? Un caos. Las leyes físicas podrán oprimirnos hasta dejarnos con un hilo de vida, pero son incapaces de arrancarle al corazón el sentimiento del amor, mientras dispongamos de un hálito. Las leyes físicas podrán ser grilletes que esclavicen nuestras facultades, pero, siempre y a pesar de todo, nuestra voluntad tiene la última palabra.
-Además -intervino Merlín- existen las leyes de la fantasía y la imaginación, señor sabelotodo Rasputilla, y tú, Asmodeo, vil gusano de cloacas. No hay leyes físicas ni de otro tipo que se atrevan a poner cortapisas a la fantasía, porque sus leyes, precisamente, son las de no soportar ley alguna.
-¡Bravo, padrino! -exclamó Don Quijote, aplaudiendo- Ah, si estuvieran aquí el gran Benengeli y el Manco de Lepanto. ¡Qué besos te habrían dado por lo que acabas de decir, sublime Merlín!
-Bueno, bueno, señores de la oposición... No os frotéis las manos.
-Perdone, amo Asmodeo -le susurró por lo bajini Rasputilla-. No estamos en el congreso, sino en el castillo de las brujas.
-Vale, chaval, he tenido un lapsus -dijo, con disimulo, Asmodeo-. Pero tú sí que te has cubierto de gloria con tu retórica de guardería. Con ella no convencerías, ni a los niños con chupete, de que la cigüeña es la más alta en un corral de gallinas. Anda y ponte a bailar junto al árbol de los deseos, que es lo tuyo.
-¿Tenéis algo más que aducir a favor del determinismo? -preguntó Don Quijote a Asmodeo.
-De momento, tengamos un breve descanso -contestó el calvo Asmodeo-. Vamos a caldear el ambiente de esta sala, que se ha quedado chuchurrío y desangelado. ¡Venga, árbol de los deseos, que empiece ya el espectáculo!
Asmodeo emitió un chiflido y, de inmediato, las ramas de las bocas se enderezó, dando comienzo a un repertorio de cante flamenco, siendo acompañadas por la rama de las manos con castañuelas y palmitas sordas. Sobre el tablero de la mesa apareció Farruquito y cinco bailarinas con minifaldas. Durante diez minutos bailaron y taconearon como remolinos vivientes; mientras dos ardillas, con cofia y delantalitos blancos, portando sendas bandejas, se pusieron a repartir bebidas y aperitivos. A Merlín le trajeron una copa de un licor azulado que, al beberlo, se le escapaban mariposas blancas por boca y oídos. A Don Quijote le sirvieron un chupito de fierabrás, a mí una ración de calamares en su tinta, al monje una cazuela de sopas de ajo, a Rasputilla una copa de anís del mono (porque no tenían vodka) y a Asmodeo una queimada de tequila echando llamaradas.
Cesó el tablao y los cantos flamencos, aunque las bocas del árbol continuaron canturreando una sinfonía del más allá.

-Ha sido un detallazo por tu parte, Asmodeo -reconoció Merlín-. Pero ahora, debemos continuar con el debate.
Don Quijote se puso de pie y, con voz fierabrante, anunció:
-Del manuscrito de marras se deduce que Chinda y Minga se oponían a la creencia que Cirilo y Pascuala tenían en el destino, convencidas de que nadie puede mejorarlo, pero sí empeorarlo. Teoría que, al parecer, también la defiende Asmodeo ¿no es así?
-No es teoría -gruñó Asmodeo, soltando un eructo flameado, seguido de otra larga calada al puro-. Se trata de una obviedad. Los seres humanos están hechos de barro y basura. Ellos creen que con ese minúsculo impulso que sienten dentro de sí, al que llaman voluntad, pueden obrar libremente. Son unos ilusos. No digo sois, porque ninguno de los presentes llegáis, ni siquiera, a monigotes humanos.
-¡Cuidado con lo que eructas -le amenazó Don Quijote- que aquí, tal como nos ves, somos lo suficientemente humanos como para darnos cuenta del estiércol con que te alimentas.
-Sí. Mejor será que pongas freno a tu lengua, Asmodeo, porque la tienes muy larga y muy pestosa, y te la podemos pisotear -añadió Merlín.
-Ya veremos quién pisotea a quién. Pero, vale, voy a ceder la palabra a otro portavoz mío, que conoce esta otra cuestión mejor que a su propia madre.

Asmodeo dio tres golpes con los nudillos sobre la mesa y, en seguida, apareció delante del fogón un mocetón de poderosa cabeza rapada, con el musculoso y desnudo torso tatuado con serpientes y águilas, pantalón negro de cuero y una mandolina colgada del hombro.
-A ver, Zaratustrón el Rapsoda -dijo Asmodeo presentándolo- demuestra a estos ignorantes que conoces la verdad del mundo y de la vida, muy distinta y contraria a la idea que siempre les han inculcado.
Zaratustrón rasgueó la mandolina y continuó tocándola durante toda su intervención.
-Escuchad mi voz y mi música -comenzó diciendo Zaratustrón-. Abrid vuestra mente a mis palabras. Si las aceptáis, ellas pueden haceros realmente libres. Atended. Yo salí de Persia trotando sobre cuatro pezuñas, cargado de alfombras enrolladas, pues no era sino un manso camello. Después pasé a África, transformándome en fiero león. A continuación pasé a este país, convirtiéndome en un niño de siete años, muy sonriente, con gafas enormes y vestido de marinerito. Finalmente, al traspasar esa ventana de ahí arriba, ha sido cuando he adoptado la apariencia de este chicarrón que veis aquí. Curioso ¿verdad? Es la historia del ser humano. Esta es la última fase, la más importante, cuando se convierte en "superhombre". Hasta llegar a esa fase, el hombre ha debido padecer y vencer muchas batallas. Primero tuvo que luchar contra la filosofía dogmática, la de Platón, con su teoría del "Bien en sí", "el espíritu puro" y " el mundo de las ideas." Después el cristianismo adoptó esa filosofía que da más realidad al hombre abstracto, congelado en la cámara frigorífica de las ideas puras, que al hombre concreto, vivo y caliente, que suda y lucha bajo el sol. A esa filosofía le colgaron una moral contranatural, que se opone a la vida y a los instintos vitales. Una doctrina que trata de convencer a los niños, que acaban de abrir los ojos a la vida -maravillosa y deslumbradora-, de que ellos y cuanto ven y sienten es pecado. Pecado comer, pecado beber, pecado mirar, pensar, hablar y, sobre todo, gozar. Desde que el niño nace, oye constantemente la voz amenazadora del profeta: "¡No! ¡Eso está prohibido! Esos instintos, ese anhelo de placer, de libertad, de deseos de volar, de rebelarse contra las leyes, son fruto de ese pecado con que has nacido... La vida que tus sentidos y tus instintos quieren vivir es una ilusión diabólica, una trampa que lleva a la destrucción y a la muerte. Debes cercenar los instintos animales, mutilando tu ser hasta quedar convertido en el hombre ideal, puro y abstracto, limpio de todo pecado, peregrino hacia el cielo, en donde te espera "el Bien en sí."
Los que, con tal ahínco defienden esa doctrina, no se dan cuenta de que ella no es sino una más de las perspectivas posibles que el ser humano puede adoptar en la visión de la vida y del mundo. Cada ser humano es libre de adoptar su propia perspectiva, y no tiene por qué aceptar la perspectiva que los dogmáticos quieran imponerle. ¡Ilusos e infelices borregos! ¿Pecado la vida? ¿Pecado los instintos, las pasiones y, en definitiva, el ser humano?¿Por qué? ¿Porque la vida está hecha de bien y de mal, de gozo y dolor? El mal es tan necesario como el bien, y el placer como el daño. Pero el hombre, dotado de la chispa del intelecto y del huracán del libre albedrío, puede y debe situarse más allá del bien y del mal, no soportando leyes ni barreras impuestas por nadie, sino sólo las que él mismo se imponga. Pero ese hombre no será cualquier hombre, ciertamente, sino el "superhombre." Él será el dueño de la vida y del universo, no el camello ni el león, a los que el hombre ha imitado en el pasado y aún sigue imitándolos en la actualidad. Chinda y Minga, a pesar de su modesta condición y carencia de cultura, han demostrado poseer el fuego de la rebeldía, imprescindible para salir del rebaño.
-¡Alto ahí, Zaratustrón, no te embales! -clamó Don Quijote poniéndose de pie y levantando el brazo- que no todo el monte es orégano, por muchas sierpes y buitres te adornen los brazos. Tómate un respiro y deja meter baza a nuestro monje, que suspira por intervenir, pero no hay forma de que sueltes el carrete ni te bajes del camello.
-No faltaría más -dijo el rapsoda con un toque de cuerdas y madera, fin de concierto-. ¡Adelante, adelante! Soy todo oídos.
-Gracias por tu deferencia -comenzó el monje diciendo-. Y, ante todo, debo felicitarte por algunas de tus acertadas afirmaciones, como la que haces sobre el individuo concreto. Realmente no hay más hombre que el individuo concreto, con su grandeza y sus limitaciones. El hombre ideal no existe, afortunadamente. ¡Qué aburrido sería el mundo si todos los hombres y mujeres fueran copia fiel del hombre y la mujer ideales! También estoy de acuerdo contigo en que cada cual tiene su personal perspectiva del mundo y de la vida; y no es justo que alguien pretenda imponer la propia pespectiva a la fuerza. Cada cual tiene su intelecto y libre voluntad, como muy bien has declarado. Y me parece asimismo acertado lo que dices sobre la evolución del conocimiento y libre albedrío de los humanos.
Pero no acepto tus contradicciones. Tú rechazas el hombre ideal y abstracto de los filósofos dogmáticos, como tú los llamas; pero pretendes sustituirlo por otro hombre ideal: "el superhombre", cuya esencia es la misma que la de aquel hombre ideal, sólo que en la del "superhombre" tienen preeminencia los instintos a la razón. Según la idea de superhombre que has expuesto, deduzco que se trata de un hombre que no acepta ley alguna, pero que quiere imponer las suyas.
Se quiera o no, existen leyes inapelables: metafísicas, físicas, lógicas, del corazón y, como muy bien dice Merlín, las de la fantasía. Y, aunque el mal sea un componente inevitable de esta vida, nuestro intelecto, progresivamente evolucionado, nos enseñará cómo detectarlo y esquivarlo al máximo, de igual forma que nos indicará cuál es el bien auténtico y cómo perseguirlo.
El verdadero superhombre no es el que hace siempre su real gana, sino el que, libremente, se somete a las leyes metafísicas, físicas, lógicas y propias de un corazón realmente humano. Por eso, las actuaciones de los personajes de los manuscritos en cuestión, en particular las de Chinda y Minga, son inaceptables. Ese superhombre, que Zaratustrón propone, está condenado al caos y al fracaso más estrepitosos, como a diario lo venimos comprobando; sin necesidad de echar mano a ejemplos tristemente históricos. No es extraño que un ser detestable, como Asmodeo, disfrute viéndose rodeado de fanáticos gusanos, que se regodean en la propia podredumbre y en el daño a los demás.
-Explica, entonces, monje abogado de pleitos pobres -protestó Zaratustrón-, cuál es la razón de que el mal exista en el mundo y si el hombre puede o no desterrarlo.
-Naturalmente debe de evitarlo y tratar de eliminarlo, dentro de sus posibilidades; pero también es cierto que el mal no puede borrarse de este mundo definitivamente, porque es necesario que exista. La razón la conozco muy bien, pero no pienso regalarte los oídos revelándotela.
-¡Tú no la conoces, monje pretencioso! -gritó Asmodeo- Yo sí.
-No te tires pegotes, Asmodeo -le atacó Merlín-. Sobre ese particular sabes tú tanto como yo, es decir, nada.
-Sí que la sabe, pero para su eterna desgracia -sentenció el monje.
-Me parece que el debate ha llegado a su fin -concluyó Don Quijote-, ya que los participantes, o bien no saben qué más decir, o bien no quieren decirlo. De cualquier forma, ha quedado suficientemente aclarado el asunto debatido.
Y que nadie, especialmente Asmodeo, deje en el olvido la segunda condición exigida por nosotros para que Chinda y Minga puedan volver al castillo: los afectados por el agua de la Tía Pascuala deberán recuperar plenamente la salud. De lo contrario, Merlín se las verá con Asmodeo.
-Así es, amigo -confirmó Merlín-. No creo que Asmodeo se desmande. Espero que cumpla su compromiso, si no quiere tener verbena con cohetes y trueno gordo.
-¿Cómo no? -dijo mansamente Asmodeo- Aunque tengo fama de embustero, cumpliré gustoso mi palabra, pues prefiero tener a mis brujas contentas en el castillo y a salvo de esos maniáticos titiriteros amigos tuyos.
-Si es así, yo también me marcharé lejos de tu pestilente proximidad -dijo Merlín-. Y, si mis amigos lo desean, puedo llevarlos a su casa, volando por los aires y recitando líricos poemas.
-Yo, igualmente, me ofrezco a transportarlos -dijo el Monje Enigmático, introduciendo las manos en las mangas.
-¿Tienes coche o caballo? -le preguntó Don Quijote.
-No, no lo tengo -respondió el monje-. Me gusta caminar, porque el caminar me ayuda a pensar. Además, así dispondríamos de tiempo para dialogar y poder informaros sobre cosas que probablemente desconocéis.
-¿Y cómo te las arreglarías para llevarnos? -inquirió Don Quijote.
-Vuestras figurillas las llevaría en esta bolsa -dijo, sacando de la manga una bolsa de tela oscura-. Y vuestros espíritus caminarían junto a mí, con la apariencia que os plazca adoptar.
-Muy agradecidos, amigo monje. Sobre aquella mesita, arrimada a la pared del fondo, está el cofre con nuestras figurillas -señaló Don Quijote.
-Mientras el monje coloca el cofre en la bolsa y se prepara para la caminata -sugerí a Don Quijote- su merced se despide de Merlín, de Asmodeo, del árbol de los deseos y demás asistentes -incluidos los gatos, ratones, cuervos y palomas del castillo- y yo aprovecho para mandar el mensaje a Toby.
-De acuerdo -aprobó Don Quijote- pero de Asmodeo que se despidan el Rasputilla enclenque y el Zaratustrón pelón. A mí que me espere fumando.

Y esto es todo. Con este mensaje concluye la historia de la familia de la Tía Pascuala. Confiemos en que Asmodeo cumpla su palabra y que la gente afectada del extraño síndrome quede curada y sin secuelas. Ya te contaremos, de viva voz, cuanto escuchemos al discreto y enigmático monje, que deberá de ser muy interesante. Hasta pronto. Tinterico.

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La familia de la Tía Pascuala - (Cap. V)

jueves, 31 de enero de 2008

¿Será posible que desde que Don Quijote y Tinterico me enviaron el último mensaje, con la continuación del manuscrito de Chinda, apenas pego ojo por la noche en mi caseta? Me da por pensar si el culebrón ese de la buhardilla no andará por aquí cerca y se meta dentro de ella. Se lo comenté a Lucas esta misma tarde, yendo de paseo, y me dijo que, contra los insomnios, no hay cosa mejor que darse un garbeo por esos madriles o por donde sea, pero rodeado de gente amiga con los que reírse y parlar un buen rato. A ver si es verdad que me llevan por ahí y me sale un ligue, aunque sea una cigüeña de pata negra, porque -ya digo- se me pasan las noches en blanco, pensando en serpientes y espíritus malignos. Lo positivo de mis desvelos es que capto rápido los mensajes de Tinterico, como el que ahora acabo de recibir.

Final del manuscrito de Chinda

"-¿Pero quién es usted y de qué destino habla, tan dramática que parece escapada de un psiquiátrico?
-¿Es que ya no te acuerdas de mi cara, Chinda? -me contestó Pascuala- Han pasado muchos años, cuarenta y siete justamente, pero una madre siempre reconoce a sus hijas. Y también tú deberías recordar la cara de tu madre.
-¿Qué dice esta vieja loca, mami? -decía Minga, asombrada.
-Lo que digo. Que ha debido escaparse de un manicomio.
-No, hija, no finjas -arremetió Pascuala, alzando la voz y agitando las manos-. De sobra sabes que yo soy Pascuala, vuestra madre; como yo sé que tú eres Chinda y tú Minga, mis hijas. Hace un mes que me marché del pueblo en busca vuestra, porque no quería morirme sin volver a veros. Hasta entonces he estado trabajando en la trapería, ayudada de un hombre, a quien se la he vendido. Con parte del dinero de la venta me he dedicado a recorrer muchos lugares, dirigida por una mano -la del destino- que me ha arrastrado, ciega pero certeramente, hasta vosotras.

(Por supuesto que yo conocí a Pascuala, mi madre, tan pronto como le abrí la puerta. Las caras odiosas se graban en la memoria como con un hierro candente. Y sentí erizarse mis entrañas. La palidez acostumbrada de mi cara debió tomar un tinte verdoso.)

-¿Yo, su hija? -le protestaba Minga-. Señora, yo no tengo más madre que ésta -decía, gritándole como a una sorda y tocando mi brazo.
-¡Ay, ay, lo que es la vida! ¡Cómo trastorna nuestras cabezas! Pero, al final, el destino siempre se sale con la suya...
-Ya veremos -respondí.
-Dejadme entrar y veréis como os refresco la memoria -insistió Pascuala.


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Durante unos segundos, tragué un buche de amarga saliva, esforzándome en pensar de forma práctica: "En esa maleta debe haber mucho dinero. Debo ser muy cauta y no aceptar que somos hijas suyas. Pero tampoco debo espantarla y que se marche con la manteca. Tengo que convencerla de que no somos sus hijas".
-Pase, señora, pase -le dije, cogiéndole la maleta.
Entró Pascuala y la llevamos directamente al salón de la curandería, adornado con los cuadros de santos, como en tiempos de Petra, aunque sin velas encendidas. Pascuala se santiguó como si entrara en una iglesia.
-¡Qué devotas os habéis vuelto, hijas! -dijo, riendo y acercándose a ver los cuadros.
-Es que no somos sus hijas -le contesté seca, pero procurando contenerme-. ¿Por qué ha llamado usted en esta casa? -le pregunté, poniendo la maleta junto a la mesa.
-¡Ay, hijas, dejadme que me siente!
Tomó asiento en una de las sillas arrimadas a la mesa, de cara a la cómoda y a las ventanas que dan al huerto. Minga y yo nos sentamos frente a ella.
-Ya sabéis que me llamo Pascuala -continuó-. Como os he dicho, hace un mes salí de mi pueblo, en Extremadura. Dentro de mí sentía una voz y un impulso ordenándome que fuera a buscaros. Era el destino el que me empujaba. He estado en varios sitios, pero en seguida me percataba de que vosotras no os encontrábais en ellos. Dejaba que mi impulso me guiara. Tomaba el tren o el autobús hasta donde él me inspiraba. Ayer llegué a este pueblo. Me he hospedado en la fonda de la plaza. He preguntado a gente mayor, que me he encontrado por la calle, si conocían a unas mujeres llamadas Chinda y Minga, de setenta y cincuenta años, respectivamente. Siendo nombres tan poco corrientes, en seguida les han sonado, han recapacitado y han dicho: "-¡Ah, sí, esas son las de la casa de los cipreses! -¿Las conoce usted? -Sí -les he contestado- ¿por qué? -Por nada, por nada -han dicho con cierto reparo". Luego me han indicado el camino para llegar hasta aquí. He ido a la fonda a coger la maleta y, ya veis, no he titubeado lo más mínimo.
-Esa gente -le dije- le ha informado bien. Yo soy Chinda y ésta es Minga. Pero que nosotras seamos hijas suyas es absurdo, ya que Minga es hija mía y mi madre murió en julio del 1960, hace cuarenta y siete años. ¿Qué edad tiene usted?
-Nací en 1923 -contestó Pascuala- y tengo ochenta y cuatro años.
-Entonces no diga usted más -intervino Minga, impulsiva-. Usted lo que tiene es alzheimer.
-¿Que tengo qué? Ay, hija, sé muy bien lo que digo. Cuanto más os miro, sobre todo a tí, Chinda, veo más claramente que vuestros rasgos coinciden con los que de vosotras tengo grabados en mi mente.
-¿Y cómo explica que nosotras estemos aquí, desde hace tanto tiempo, lejos y sin comunicarnos con usted? -replicó Minga- Si realmente fuera nuestra madre ¿cómo ha esperado cuarenta y siete años para buscarnos?
-Además -añadí yo, tratando de confundirla más de lo que ya estaba- ¿qué cuento es ese de que un impulso ciego llamado destino, la ha traído hasta nosotras? De destino, nada de nada: o se trata de buena suerte si recibes algo bueno, o se trata de mala uva si te joden.
-No sé, no sé... -repetía Pascuala, perpleja- Si dejáis que me quede unos días con vosotras, quizás las cosas se nos aclaren mejor a todos.
Aproveché que Pascuala se llevaba las manos a los ojos -quizás porque le picasen o por espantar algún asomo de lágrima- para guiñarle yo otro a Minga mientras contestaba a aquélla:
-Nos parece bien que se quede, a condición de que no salga usted a la calle hasta pasado mañana.
-¿Y eso por qué? -preguntó.
-Porque conocemos muy bien -le dije- cómo son en este pueblo. En cuanto la vean con nosotras, tratarán de sonsacarle cosas que no tienen por qué conocer. Primero debemos tener muy claro quién es usted, y usted quiénes somos nosotras; y qué se le puede decir a la gente y qué no. Hasta pasado mañana nos dedicaremos a aclarar esas cosas. ¿Entendido? Ahora subiremos arriba, a la habitación que usted va a ocupar.

La llevamos a la habitación de Petra, limpia y ordenada como cuando ella vivía, con el cuadro de la Divina Pastora sobre la cabecera de la cama.
-En este armario y esa mesita puede colocar sus cosas -le dije, dejando la maleta arrimada a la cama.
-¡Ay, si Cirilo hubiera tenido esta casa tan hermosa, con ese huerto y corralón tan grandes! -decía Pascuala, mirando a través de la ventana- Si el destino hubiera querido, ahora podríamos vivir aquí, felices, los cinco.
-Ya hablaremos de eso después de comer -dije-. Ahora Minga la acompañará a ver la casa, mientras yo preparo la comida.
Cuando volvieron del largo y entretenido paseo por las numerosas dependencias de la casa y del corralón, ya les tenía dispuesta la comida en el comedor, acompañada de una jarra grande del vino milagroso que, con los años, había cobrado un color de oro viejo, ganando en solera, grados y exquisito sabor.
-¡Qué vino tan rico! -celebraba Pascuala que bebía y comía con avidez.
-Parece que tiene usted buen apetito. Tome otro vaso. Es vino milagroso -le decía Minga llenándoselo.
-Sí, hija, debe ser la alegría de verme con vosotras. Todavía no me lo puedo creer. Es como un sueño...
-¡Allá usted con sus creencias, Pascuala, pero sepa que se engaña a sí misma.
Pascuala bebió un segundo y un tercer vaso de vino, mientras daba cuenta de los macarrones, filetes y postre. Después ella misma se sirvió un nuevo vaso, lo tomó y se puso, imparable, a narrar las amargas experiencias de su vida.
- Vosotras decís que no sois hijas mías, que estoy loca. Ojalá fueran efecto de mi locura los malos recuerdos de mi vida. Es verdad, no puede ser real tanta desgracia. No sería justo. No puede ser verdad que hubo una guerra civil salvaje. No puede ser verdad que a mis padres los mató, a sangre fría, un desalmado llamado Pepillo el Rubio. No puede ser verdad que Cirilo, mi marido, se ahorcara. No puede ser verdad que mi hija Chinda me odiara hasta el punto de arrojarme en aquel pozo negro...
(Hizo una pausa para llenarse y tomar otro vaso de vino. Minga la escuchaba y observaba sin pestañear, con expresión del mayor asombro. Yo, aunque simulaba indiferencia con una fría sonrisa en mis labios, en realidad estaba impaciente por conocer pormenores de su prodigiosa escapada).
No. No puede ser verdad que seáis mis hijas, y por eso os estoy contando estas cosas. No puede ser verdad que yo sintiera la patada que mi hija Chinda me dio en la espalda, cuando yo trataba de descubrir en la oscuridad del pozo a mi pequeña Minga,y me hizo caer desde dos metros de altura sobre el cieno pestilente de aquella negra cámara. Me revolqué en la mierda. La respiración me faltaba. Sentía fallarme el corazón y mis sentidos, mientras oía las carcajadas del destino, de las que Cirilo me habló en la fuente de los cañizos. Pero nada de eso fue verdad. Como tampoco fue verdad que, después de no sé cuánto tiempo y de haberme restregado los ojos con mis sucias manos, descubrí, a varios metros de donde me hallaba, una insignificante pero preciosa tira de luz que se colaba por una rendija de la losa del registro que hay sobre el colector de agua sucia, inmediatamente antes de entrar en la cámara por una angosta abertura. Arañando el lecho de cieno y tierra del colector, conseguí meter las piernas y cuerpo hasta la cintura por aquel conducto. Dí varias patadas a la losa del registro. Luego me coloqué debajo de ella y, con un esfuerzo inmenso, logré remover y levantar la losa. Por allí conseguí salir medio asfixiada y cubierta de porquería de pies a cabeza. Fui luego a la acequia saliente y me quité lo más gordo de la basura. Exhausta caminé hasta el pantano, me zambullí en el agua y arranqué de mi cuerpo y de mi ropa aquella sucia pestilencia. Regresé de noche a la trapería. Allí he vivido sola, rodeada de mis recuerdos, que me acechaban como cuervos, prestos a devorarme el alma. Yo los he espantado, confiando en que ellos no me harán ningún daño mientras el destino no lo ordene. Y, ya veis, aquí estoy ante vosotras, con mis ochenta y cuatro años a cuestas. Pero nada de eso ha sido verdad. Estoy loca...
-Loca no sé, pero borracha, bastante -le dije-. Mejor es que te acuestes, descanses de tu viaje y duermas la mona.

Entramos en la cocina y subimos por la escalera que lleva directamente a la habitación de Petra, en la que dormiría Pascuala.
¡Ay, hijas, es verdad que, con unas cosas y otras, termina una cazando moscas!
Le preparamos la cama y se acostó. Eran las cinco de la tarde.

No sé si fue debido al cansancio o a los efectos del vino, lo cierto es que pasaron varias horas sin que Pascuala saliera de la habitación. A las diez de la noche, Minga y yo, cenamos. Comprobamos que Pascuala seguía viva por sus estrepitosos ronquidos. Después dimos un paseo por el huerto. Minga me hacía muchas preguntas sobre cuanto Pascuala había contado. A Minga yo no debía engañarla, pero tampoco me parecía oportuno desvelar secretos antes de tiempo. Procuraba contestarle con cautela. Pero yo la notaba poco satisfecha con mis explicaciones. Llegamos al patio que precede al vestíbulo y nos sentamos en los sillones de mimbre que hay junto a la puerta. Nuestra charla se vio interrumpida por voces y risas de un grupo de muchachos que se habían sentado frente a la casa, al borde del terreno de los manzanos. A la luz mortecina de una farola de la calle, vi asomarse el odio en los ojos de Minga. Nos callamos y entramos en casa. Subimos a nuestra habitación. Eran ya las doce de la noche.
Dejé entreabierta la puerta y nos acostamos. No sé si Minga llegó a dormirse. Yo me sentía incapaz de hacerlo. En mi mente resonaba el eco de la voz de Pascuala relatando sus desventuras como obra del destino; y veía su imagen, vieja y arrugada, pero fuerte y tiesa. ¿Cómo pudo sobrevivir tras la caída en el pozo? ¿Cómo llegó hasta aquí? Sentía la duda abrirse a mis pies cual una grieta amenazante: "¿Estará ella en lo cierto en su creencia sobre el destino?" Me quedé, pensativa, mirando las sombras que se movían en el techo, adoptando figuras caprichosas. Una vez más escuché el fuffffff en la buhardilla, seguido de un ligero chirrido, como si hubieran abierto la puerta."¿Habrá subido Pascuala a la buhardilla?" -pensé-. Pero en seguida rechacé la idea como absurda. Agucé el oído. No me cabía duda: era él quien bajaba por la escalera arrastrándose. Lo sentí entrar en la cocina. Siguió un ruido de chapoteo. Después un ligero rechinamiento sobre las baldosas de la cocina y la escalera que sube a la habitación de Petra. Pasaron dos minutos silenciosos y otra vez lo sentí arrastrarse por el pasillo y acercarse a nuestra habitación. Asomó la cabeza por la puerta entreabierta; me miró con ojos de fuego, abrió la boca, despidiendo un vaho amarillento apestando a vino; se rió y continuó su marcha hacia la buhardilla. En el reloj de la torre sonaron las campanadas de las tres de la madrugada. Me levanté de la cama y me acerqué a la ventana, abierta por el calor. Las estrellas parecían dormir con el canto de los grillos. Oí un tintineo en la cocina. "¿Quién puede ser ahora?" Miré a Minga y me pareció que tenía los ojos cerrados. Salí de la habitación y bajé, silenciosa, a la cocina. La puerta crujió débilmente al abrirla. A la tenue luz de la pequeña lámpara de la escalera, descubrí a Pascuala hurgando en los armarios. Ella se giró hacia mí, sorprendida:
-¡Ay, hija, qué susto me has dado!
-¿Qué haces aquí a estas horas? -le pregunté.
-Es que me he despertado sobresaltada, hija.
-¿Y eso por qué?
-Desde que me acosté, he estado profundamente dormida. Pero hace un rato he tenido un sueño horrible y me parecía tan real, que me desperté llena de miedo.
-¿Y qué soñaste?
-Soñaba que alguien daba blandos golpes en la puerta de mi habitación, ésa que da a la escalera que baja hasta aquí -dijo, señalándola-. Luego oí abrirse la puerta y que algo se arrastraba por el suelo. No sé si, realmente, yo estaba dormida o despierta. Quería abrir los ojos, pero el miedo me lo impedía. Sentí sobre mi cara un aliento calentorro y húmedo, apestando a vinazo. A continuación, un extraño ruido en la puerta que da al pasillo. Abrí los ojos y ví, horrorizada, una enorme serpiente que escapaba por debajo de ella, aplastando su cuerpo al pasar por la estrecha rendija. El pánico me produjo tal estado de nervios que he bajado para tomarme algo que me tranquilice.

En ese momento apareció Minga, vestida con el largo camisón violeta. Pasó por detrás de donde yo estaba, yendo a colocarse a la derecha de la cocina, en el rincón donde está soterrada la tinaja.
-Cuando Petra vivía -le dije- ella solía tener muchas hierbas para curar toda clase de males. Ahora sólo queda el vino milagroso, que tanto te gustó.
-Sí, sí, dadme de ese vino, hijas. Con él he dormido de maravilla.
-Bien, pero primero vamos a aclarar la historia, que tanto repites, sobre que nosotras somos tus hijas.
-Claro que sí. Soy vieja, pero ni estoy loca ni me falla la memoria. Tú, lo quieras o no, eres y siempre serás Chinda, como Cirilo, tu padre, quiso que te llamaras. Han pasado cuarenta y siete años desde aquel día de Santiago en que me empujaste, haciéndome caer en el pozo negro y me dejaste allí encerrada; pero sigues siendo la misma Chinda de siempre, con los mismos rasgos de avispa que tenías al nacer... Y Minga era una muñeca preciosa, mi pequeña niña, a la que cada día he recordado, pensando que nunca la volvería a ver. Pero ya veis, el destino es quien al final decide. Él se ha portado conmigo mejor que tú, Chinda.
-¿Ah, sí? Contéstame. ¿Has sentido hacia mí, desde que nací, una pizca de cariño de madre? Ni tú, ni Cirilo me lo habéis demostrado nunca. Al contrario, sólo escuché de vosotros comentarios despectivos sobre mi aspecto físico y mi carácter avinagrado. Y no sólo te portaste cochinamente conmigo, sino con tu marido Cirilo, que lo engañaste vilmente, acostándote con Zoilo, mi novio, vieja zorra. No te atrevas a llamar hija tuya a Minga, porque Minga, es la hija de mi alma y no tiene más madre que yo.

Minga miraba a Pascuala con ojos aterradores y las manos abiertas como garras, listas para saltar contra ella.
-¡Hijas, por favor, no os pongáis así! -decía gimoteando- Tenéis que creer que son cosas del destino. Y contra el destino nada podemos hacer. ¡Ay, ay, ay, qué mal me siento! Dadme un poco de ese vino milagroso, por favor.
Minga descolgó de la pared el cazo de mango largo y se lo dio a Pascuala. Luego levantó la pesada tapa de la tinaja, quedando al descubierto, a ras del suelo, su boca enorme y oscura.
-¡Vamos! -le ordenó Minga con firmeza- Saca tú misma el vino con el cazo.
Pascuala se acercó al borde de la tinaja. Se arrodilló y metió dentro el cazo, bajando el brazo. En aquel momento, Minga le empujó por detrás, haciéndole caer en la tinaja. Pascuala se agitaba en el vino, dando desesperados manotazos para mantenerse a flote, mientras gritaba gargarizando:
-¡Grrr! ¡Malditas vosotras y vuestro vino! ¡Grrr! ¡Pero el destino triunfará! ¡Grrr!
Pronto se hundió definitivamente en el vino, que la sobrepasaba un palmo, callándose para siempre.

Se sucedieron dos semanas sin que nadie nos molestara, tan calmosas que ya empezábamos a aburrirnos. Con la sabrosa herencia de Pascuala el dinero nos sobraba; no obstante apenas salíamos a la calle, a no ser que precisáramos hacer alguna compra. Desde que Pascuala cayó en la tinaja, no habíamos vuelto a levantar la tapadera. En los ojos de Minga leía sus deseos de hacerlo, para ver qué había sido de ella; pero, de momento, preferíamos no hablar del tema. Cuando entrábamos en la cocina, nos conformábamos con dedicar una mirada al rincón de la tinaja, y cambiar entre nosotras una sonrisa de complicidad.

No sé por qué, a primeros de junio, nos dio por levantarnos una hora antes de que el sol se alzara por encima de la lejana loma. Nos acercábamos a las ventanas del pasillo a contemplar las juguetonas bandadas de golondrinas y escuchar el jolgorio de los pájaros, anidados en los manzanos y perales al otro lado de la carretera. Sin darnos cuenta, el verano avanzaba a marchas forzadas.
Por aquellos días comenzamos a observar que, poco después de la salida del sol, solía llegar un hombrecillo bastante mayor, de pelo encrespado, casi blanco, con una silla plegable y un caballete. Se colocaba debajo de un manzano, frente a la fachada de nuestra casa y se ponía a pintar durante un buen rato. Como la escena se repetía un día y otro, empezamos a mosquearnos y nos propusimos acabar con el divertido pasatiempo que el pintor tenía a costa nuestra.
Al cuarto día, tan pronto como vimos llegar al pintor bajamos a la cocina. Minga levantó la tapadera de la tinaja. Yo encendí todas las luces de la cocina, de manera que podíamos distinguir el interior de la tinaja con su dorado líquido. Introduje el cazo lo más profundamente que pude y removí el vino, sin llegar a tocar otra cosa que las paredes de la tinaja. Minga me acercó un cubo y eché en él varios cazos de vino. Quizás fuera obsesión nuestra, pero el vino nos parecía despedir ahora un desagradable hedor. Cogí el cubo y salimos hacia la calle. Minga me acompañó hasta la puerta de la verja y allí se quedó a observar mi maniobra.
El sol ya se había levantado sobre la loma y reavivaba con su luz los cipreses y fachada de la casa. Ataviada con una bata oscura, crucé la carretera, con el cubo en la mano, erguida y observando los visajes que el pintor hacía mirando la casa y moviendo el pincel con mucho estilo. Subí la cuestecilla hasta el terreno de los manzanos. Cambié el cubo a la mano izquierda y, un metro antes de llegar junto al pintor, di -intencionadamente- un traspiés, levantando al mismo tiempo el cubo, de manera que, con el vaivén, el vino saltó fuera, yendo a caer sobre el pintor, mojándolo desde la cabeza a los pies y salpicando también al cuadro. El pintor, a pesar del inesperado baño, acudió rápido a auxiliarme.
-¿Se ha hecho daño? -me preguntó.
-No, no -le contesté-. Iba a regar un rosal ahí detrás, con el agua de la tía Pascuala, pero, ya ve, he tropezado. Perdone por el baño.
-No se preocupe. Con el sol me secaré en seguida -dijo, educadamente.
Volví a casa y encontré a Minga tras la verja, muerta de risa. Al cerrar la puerta, observé que el pintor se secaba la cara con un pañuelo y hacía gestos raros olfateándose la ropa. Luego, cogiendo la silla y el caballete, se marchó.

Pocos días después, ya anochecido, un grupo de chicos y chicas se reunieron, como el día que llegó Pascuala, sentándose en la cuestecilla del campo de los manzanos, frente a la casa. Unos fumaban, otros bebían de las botellas que habían traído en una bolsa y todos charlaban y reían a carcajadas. Nosotras los observábamos desde las ventanas, con las luces apagadas, procurando que no nos vieran. Llegó un momento en que alzaron el tono de sus voces y escuchamos que se pitorreaban de nosotras y nos amenazaban:
-¡Vamos, brujas, salid del escondrijo y escapad con las escobas!
Y para rematar su lluvia de insultos, lanzaron contra la verja otra de piedras. Minga los miraba con odio infinito a través del visillo de la ventana. Luego corrió a la cocina a coger el hacha de partir carne.
-No, Minga, no te precipites -le dije para calmarla-. Hay que esperar. Así me lo ordenó Asmodeo.
Los jóvenes gamberros, satisfechos con su proeza, se marcharon a sus casas.

A la noche siguiente volvieron a reunirse frente a la casa, dando comienzo a otra verbena. Esta vez, además de pedradas e insultos, lanzaron petardos al interior del patio, mientras nos gritaban:
-¡Os vamos a quemar vivas!
Minga se subía por las paredes, deseosa de salir fuera y arremeter contra ellos. Pero una vez más conseguí apaciguarla, prometiéndole que, en la próxima algarada que organizaran contra nosotras, se enterarían de cómo las gastábamos.

No tuvimos que esperar mucho. A otro día, por la noche, llegó el grupo de gamberretes con peores intenciones que los días anteriores. En esta ocasión no se sentaron frente a la casa, sino en la acera, junto a la puerta de la verja. Como otras noches, se pusieron a beber, fumar, reír y gritar amenazas e insultos contra nosotras.
Corrimos a la cocina y llenamos dos cubos del vino milagroso. Sigilosamente salimos con los cubos al patio. Colocamos detrás de la puerta de la verja, la mesa de madera que hay junto a los sillones de mimbre. Colocamos los cubos encima, nos subimos sobre la mesa y, cuando comenzaron a dar golpes, levantamos los cubos por encima de la puerta y, mirándolos desde arriba, les lanzamos con furia una buena rociada del vino milagroso, mientras les gritábamos:
-¡Tomad el agua de la tía Pascuala, malditos cabrones!

Santo remedio. Su efecto fue inmediato. Enmudecieron como muertos y, en seguida, los vimos, -a la luz amarillenta de la farola- alejarse, mustios y asustados, tropezando entre ellos, como si marcharan ciegos o borrachos.

Y éste es, poderoso Asmodeo, el relato de nuestra lucha, la mía y la de Minga. Lucha por deshacer -quienquiera que sea su autor- el ordenado, predeterminado e injusto plan, al que tienen que someterse todos los seres del universo, tanto los privilegiados favorecidos, como los olvidados perdedores, especialmente el ser humano: muy limitado para disfrutar, pero sin límite para padecer. Nosotras, y todos los demás desfavorecidos, no podremos tener riquezas, ni sabiduría, ni clarividencia, ni realizar ninguna aspiración magnífica. No podremos ser hermosas, ni sublimes, ni felices, ni entrar en el paraíso... Pero sí podemos romper, desbaratar, destruir, ensuciar, entorpecer, odiar y sufrir eternamente.
Aquí tienes, Asmodeo, a tus sumisas siervas Chinda y Minga, con ánimo pronto y resuelto a batirnos contra tus enemigos. Concédenos tus extraordinarios poderes y, en breve, verás dilatarse las fronteras de tu reino más allá de los límites del universo".

Y, hasta aquí el manuscrito de Chinda. No sé por qué, pero, al final, he sentido cierta pena y compasión por las brujillas y demás personajes de esta historia tremebunda. Está claro que el extraño síndrome sufrido por el grupo de chavales del pueblo está muy relacionado con lo que se cuenta en este relato. No sé qué habrá sido de ellos. Esperemos que cualquier día, yendo de paseo con Lucas, volvamos a encontrarnos al doctor y nos ponga al corriente. Y esperemos, también, nuevas noticias de Don Quijote y de Tinterico, informándonos sobre qué haya sido de las brujas y qué esperanzas tengan ellos de escapar de ese castillo endiablado y volver con nosotros. Hasta pronto, amigos. Toby.
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