Historia de otra escalera - (Cap. III y último)

martes, 16 de octubre de 2007

¡Qué relativo es todo, pero sobre todo el tiempo! No es un descubrimiento mío, ni de Einstein. Es simplemente una observación cotidiana. Qué poder el suyo para cambiar -al menos aparentemente- el valor de las cosas: algo que hoy es atractivo, interesante, novedoso, deja de serlo en pocos días. Qué corto un año de felicidad y qué largos son quince segundos durante una desgracia, un día de incertidumbre, varias semanas sin unas esperadas noticias...
Más de dos han pasado sin recibirlas de nuestros amigos Don Quijote y Tinterico, pareciéndome dos interminables años. Afortunadamente, su demora no se ha debido a ningún percance padecido por nuestros amigos, sino a deficiencias de nuestro herbáceo sistema de comunicaciones. Como ya hemos vuelto del pueblo de Clara a nuestra habitual residencia, tenemos el potho trastornado con tanto trajín.
Anoche sus hojas volvieron a relampaguear, encendiéndose con el mensaje de Tinterico que a continuación os transmito:

"¡Hola Toby! Mucho ha llovido desde mi pasado mensaje. En algunos sitios más de la cuenta. Aquí, sin ir más lejos, las brujas tuvieron que salir a nado de su alcoba. Pero no quiero entreteneros con anécdotas secundarias que os distraigan del tema que tenemos entre manos. Por cierto que, cuanto voy a relatar, lo hemos vivido, padecido y gozado, Don Quijote y yo en nuestras espiritualizadas carnes, o nos lo ha contado puntualmente la prodigiosa reportera merlinesa "Voz de Agua," sutil captadora del lenguaje del viento y del silencio.
Enlazando con el anterior mensaje, el sábado, uno de septiembre, cuando sonaban las doce de la noche, Hipólito, que estaba en la portería de Las Oropéndolas y trataba de arreglar la avería provocada por Baudelio, viendo a Laura que corría llorando hacia la calle, se precipitó tras ella, librándose casualmente de la trampa mortal que éste le había preparado.
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Laura, sorda a los gritos de Hipólito, cruzó la ancha avenida con el semáforo en rojo y un tráfico intenso, esquivando los coches y obligando a frenar a más de uno, ante la angustiada mirada de aquél. Luego, ella entró en el dédalo urbano, desapareciendo por sus calles, como una sombra en una pesadilla.
Mientras tanto Don Quijote y un servidor nos acercamos al árbol de los deseos, portando una larga lista de enseres que precisábamos para nuestra misión.
-Buenas noches, señores, soy Nicol Asa -nos saludó, cariñosa, una boquita rosada de voz acaramelada- ¿en qué puedo servirles?
-Necesitamos que, con la mayor premura, nos pertrechéis con los utensilios que en esta lista se relacionan -dijo Don Quijote en tono solemne.
-Oiga, caballero, esto no es Eroski.
-Ha de saber, hermosa doncella -respondióle- que si su merced es Nicolasa, yo soy Don Quijote de la Mancha y mi padrino es, nada menos, que Merlín. No querrá que molestemos al príncipe de la magia para que él le recuerde sus obligaciones.
-Mil perdones, excelentísimos señores. Empiecen a contar y admiren la rapidez de nuestro servicio.
Don Quijote le tomó la palabra y se puso a contar:
-Uno, dos...
Antes de decir tres, las manos de pulpo gigante del árbol de los deseos depositó ante nosotros una fantástica ambulancia amarilla, anfibiovoladora y sumergible, con cabina de pilotaje, cuatro compartimientos, camas con colchones Lo Mónaco y música variada, incluida la de los cuarenta principales. Nuestros aspectos fueron, ipso facto, transformados: Don Quijote en el de un doctor hindú con traje blanco de cachemira y un turbante encantador. Yo en un musculoso enfermero senegalés con pantalón verde musgo hasta las rodillas, camisa verde plátano de manga corta, y grandes anillas en las orejas.
Además nos proveyeron, generosamente, del siguiente material: una llave "ábrete sésamo", un rollo de cuerda "estátequieto", un cubo "trágalotodo", un bote de pastillas "yanomevés" y una sorprendente brújula "llévameconquienyotediga".
Como la ambulancia funciona por órdenes orales de sus pilotos, Nicol Asa nos pidió que cantáramos una canción delante de la rama de las orejas para registrarnos la voz. Don Qujote cantó Caminaba el conde Olinos y yo Granada, tierra soñada por mí.
-Bueno, ya está bien de tanto prolegómeno y vámonos echando leches, con isoflavonas de soja ,hasta el tejado de Las Oropéndolas -ordenó Don Quijote.

Eran las 00´10 de la noche cuando la ambulancia se posó, como una pluma, sobre el tejado del portal A de Las Oropéndolas.
Aunque Don Quijote había ordenado a la ambulancia que permaneciera quieta en el tejado, yo tuve la precaución de echar el freno de mano, dada la pronunciada pendiente de la techumbre. Acto seguido, entramos en la buhardilla por el respiradero. Desatamos del camastro a don Baldomero, que seguía bajo los efectos del duermepollos. Lo estiramos hasta conseguir que su diámetro adelgazara lo suficiente, lo sacamos por la claraboya y lo introdujimos en el segundo compartimiento de la ambulancia, acostándolo en la confortable cama, donde empalmó sus dulces sueños.
-Un momento -le dije a Don Quijote, mientras cogía la llave "ábrete sésamo" de la cabina-. Voy al piso de don Baldomero a coger la nota que dejó Porreto pidiendo el rescate.
-Eres muy sagaz, amigo Tinterico, ¿qué haría yo sin tí en este reino poblado de asechanzas?
Tomé la nota y, al salir, no me preocupé de cerrar la puerta de la casa de don Baldomero. Una vez en la ambulancia, arrojé la nota en el cubo "trágalotodo" y desapareció.
-¿A dónde vamos ahora? -pregunté a Don Quijote.
-Vamos a bajar a la segunda planta, que estoy sintiendo mucho movimiento en ella.

A las 00:15, Teodora -nerviosa tras seis horas de discusión con Romualda y con Hércules su marido, sobre los preparativos del proyectado gimnasio, e impaciente por cumplir lo prometido a Elvira y a don César- salió de su casa y subió a la de Elvira.
-Buenas noches, Elvira, vengo a que me des el desinfectante para purificar la cabina multiaseo de don Baldomero. Así podré hacer la operación mañana a primera hora, para que don Baldomero admire, cuanto antes, la resplandeciente blancura de sus dientes, ¡je, je!
-Me parece una buena idea, Teodora. Espera un momento -dijo Elvira, entrando en la cocina y volviendo con una pequeña caja-. Aquí tienes. Ya sabes cómo hacerlo. Es una ampolla de plástico. Cortas la cabezuela y derramas el contenido por el orificio del depósito con destino al lavado de la boca y al afeitado.
-Sí, Elvira, ya sé. ¡Qué ganas tengo de que amanezca! Hasta mañana.
-Hasta mañana, Teodora. A quien madruga, Dios le ayuda, ¡ja, ja!
Al salir al pasillo, Teodora vio a Silvia entrando en casa de don César. "¿Qué se traerán entre manos? -pensó-. Ya me enteraré mañana." De vuelta a casa, encontró a Romualda su madre, en pololos, haciendo flexiones en el salón. Luego entró en el dormitorio, dejó la ampolla sobre la mesita de noche y se acostó junto a Hércules que, seguramente, soñaba que su camión subía por el Gurugú, a juzgar por los ronquidos que lanzaba en primera marcha.

A las 00:20, Silvia, la mujer de Onofre, salió de la casa de don César con la cámara antiorgánica y llamó en la de los Lechúguez. Le abrió Ferina, extrañándose de tan intespestiva visita.
-Es que se trata de una cámara fotográfica tan novedosa que no podía irme a la cama sin enseñárosla. Pero, para que podáis comprobarlo, es necesario que primero os saque una foto.
-Pasa, Silvia, pasa y enséñanos ese maravilloso aparato -le dijo Ferina, que fue a sentarse con Lechúguez y Pompi en el sofá.
En ese momento, Don Quijote y yo, con una pastilla "yanomevés" en la boca, entramos en casa de los Lechúguez, y nos colocamos delante de ellos en el momento en que Silvia disparó la foto. Silvia, no viendo a nadie, entró en el escritorio de Lechúguez, cogió el documento comprometedor y salió de la casa, quedando los Lechúguez obnubilados y sentados en el sofá. Nosotros salimos tras Silvia, cerrando la puerta sigilosamente.
A continuación entramos, detrás de Silvia, en casa de don César, que se había levantado medio dormido, vestido con una túnica de raso blanco. Cogió, como un sonámbulo, la cámara y el documento, los dejó sobre la mesa, y despidió a Silvia con breves palabras. En ese momento, Don Quijote se apoderó de la cámara y la escondió en el turbante; mientras yo me guardé el documento bajo la cintura del pantalón. Pasamos por delante de Silvia y fuimos a la tercera planta. El sofocado jadeo de una mujer, que subía detrás de nosotros, nos detuvo un momento.
Era Teodora que, otra vez, se había levantado de la cama con el presentimiento de que estaba abierta la puerta de don Baldomero: "Si así fuera -pensó ella-, aprovecharía ahora para echar el "purificador" en el depósito. De esa forma dormiría más tranquila."
Nos hicimos a un lado con disimulo. Cosa tonta, pues con las pastillas "yanomevés" permanecíamos invisibles. Entró Teodora, echó el contenido de la ampolla en el depósito, y se bajó a casa. Rápidos -como los mecánicos de Fórmula I-, vaciamos el depósito, lo limpiamos y lo llenamos de agua pura.
Después, con nuestros pechos henchidos de orgullo y entusiasmo por lo que ya habíamos conseguido, sacamos medio cuerpo fuera de la ventana de la escalera y ascendimos como dos globos orondos hasta el tejado, en donde nos esperaba la ambulancia, balanceándose al ritmo galopante de la rapsodia húngara nº 2 de Liszt y los resoplidos de don Baldomero.
Entramos en la cabina. Coloqué la brújula "llévameconquientediga" sobre el salpicadero y gritamos en do de pecho:
-¡Llévanos con Hipólicto Centella!

En menos de dos semifusas, la ambulancia recorrió el laberinto de calles de la ciudad. Como era noche de sábado, nos encontramos numerosos trasnochadores, más o menos agrupados y felices porque buscaban algo -quizás la felicidad- o porque huían de algo -quizás de la monotonía-.
La ambulancia se detuvo ante un bar de copas, en un recoleto rincón. Dejamos a don Baldomero sumido en sus sueños, y nosotros entramos en el bar. El portero -un mocetón de cabeza rapada, uniformado y con un boquerón de plata colgando del lóbulo de la oreja, en pie firme cual una columna dórica, pero inexplicablemente dormido como una de cemento, ni se inmutó a nuestro paso. La verdad es que, aparte de que quizás para él resultábamos invisibles, el local se hallaba en tenebrosa penumbra, rota intermitentemente por el resplandor procedente de la pista de baile, en cuya cúpula estallaban las luces y la música como en un final de feria de tu pueblo. La pista estaba muy animada, así como el resto de la sala, en donde había numerosas parejas y grupos sentados en las mesas o semitumbados en los largos asientos adosados a la pared. En una de las mesas del fondo de la sala, nos llamó la atención la figura de un joven de encendida cabellera, con la cabeza agachada y sostenida entre sus manos, mirando obsesivamente el vaso de cóctel.
-¡Es nuestro Hipólito! -susurró Don Quijote, tocándome con el codo-. Acerquémonos.
Nos acercamos y tomamos asiento frente a él.
-Hola, Hipólito.
-Hola -contestó sin entusiasmo-. ¿Quiénes sois? ¿Sois de verdad o sois figuraciones mías?
-Somos amigos tuyos de verdad, y queremos ayudarte. Te vemos confuso y triste... -le dijo Don Quijote.
-Y desesperado... No sé qué hago ya en el mundo...
-No digas disparates, joven -añadió Don Quijote-, tienes una prometedora vida por delante.
-No. Mi conciencia me repite, como una carcoma, haber obrado vilmente con una buena persona.
-Pero eso no ha ocurrido, muchacho. Tu arrepentimiento impedirá que suceda -dijo Don Quijote, tratando de tranquilizarlo.
-Es que, además, mi existencia carece ya de sentido. He perdido a Laura.
-¿Y eso?
-Sí. Ella lo era todo para mí. Desde niño he suspirado por ella. Hemos ido juntos al colegio y al instituto. Pensando en ella he inventado cosas, he tratado de superarme, para poder un día ofrecerle mis obras, mis conquistas, y que viviera como una princesa. Pero ella me ha ignorado. No quiere saber nada de mí.
-Ah, inexperto mancebo -contestóle Don Quijote-. No desesperes y vuelve a casa con nosotros. Ya verás cómo todo se arregla. Pero debes sacudir el orgullo y la timidez, y tener un cara a cara con ella, diciéndole claramente lo que sientes. No hagas como Don Quijote: que emprendía valerosas hazañas por su amada, y ella sin enterarse. Vamos, tranquilízate y duerme en la cama que te tenemos preparada.
Cogí a Hipólito por debajo de las axilas y me lo eché al hombro. Luego, moviendo brazos y caderas al ritmo de la lambada que sonaba en la pista, salimos a la calle, sin que se percatara el portero, que seguía traspuesto. Abrimos el segundo compartimiento de la ambulancia y lo acostamos, quedándose pronto dormido, al vaivén de la barcarola de los cuentos de Hoffmann.
Como era bastante temprano, decidimos dar varias vueltas por la ciudad, para dar tiempo a los vecinos de Las Oropéndolas a reflexionar lo suficiente sobre su participación en aquel rifirrafe.
No sé si fue por influjo de las estrellas, del velo rosa de la aurora o de la romántica melodía de la ambulancia, lo cierto es que Don Quijote se puso a recitar endechas amorosas que llegaron a conmoverme. En seguida me sobrepuse y grité a la brújula:
-¡Llévanos ahora mismo con Laura!

La ambulancia giró sobre sí misma y se alzó a modo de tornado. Luego fue descendiendo lentamente cerca del estanque del Retiro madrileño.
Salimos fuera. Deberían de ser ya las cinco de la mañana. A unos cien metros descubrimos la silueta de una muchacha, sentada en el borde del muro que rodea el estanque. Nos acercamos hasta ella.
-¿Quiénes sois? -preguntó, temerosa, como si viera extraterrestres.
-No te asustes, gentil doncella -le habló Don Quijote con voz tranquilizadora-. Venimos a ayudarte.
-¿Sois acaso del 112?
-Algo parecido -le contesté yo-. Desde luego somos amigos tuyos. Sabemos lo que te ocurrió anoche con tus padres, tu marcha de casa, tus aspiraciones, tus desengaños y tu actual desorientación y amargura.
-Sí, así es. Pero no creo que vosotros podáis hacer algo para solucionarlo. Ya nada tiene sentido para mí, una vez que mis padres me han demostrado, con su mutua imcomprensión, que el amor es un espejismo, un engaño que hay que evitar...
-¿Qué dices, criatura? -reprendióle Don Quijote con delicadeza- El amor, sobre todo el que sentimos hacia alquien con quien quisiéramos fundirnos, es un don del cielo que debemos cuidar cada día como se cuida a una hermosa planta. El triste ejemplo de parejas frustradas no debe decepcionarte. Tú quieres a Hipólito, reconócelo...
-¿Hipólito? -exclamó, observándonos detenidamente-. Veo que lo sabéis todo. Sí, siempre he querido a Hipólito, desde que éramos niños. Pero ignoro sus sentimientos y propósitos. Él vive enfrascado en sus inventos. Supongo que lo demás le tiene al pairo. Como él no dice esta boca es mía...
-Es que hay varones -entre los que yo me cuento- tan torpes en el juego amoroso, o quizás excesivamente idealistas, que les asusta acercarse a una mujer de carne y hueso. Ella, mucho más decidida, debería tomar la iniciativa.
-Vuelve a casa, Laura, -le rogué yo-. Hipólito te espera con un montón de ilusionadas ideas cosechadas para tí.
-No sé, no sé... -susurró indecisa-. ¿Y mis padres, qué?
-Todo se arreglará -afirmó Don Quijote-. Vente con nosotros.
La ayudamos a incorporarse, la llevamos a la ambulancia y la acostamos en el tercer compartimiento. Zarandeada por tantas emociones, pronto se quedó dormida, acunada por la dulce melodía.

Eran ya las seis de la mañana cuando la ambulancia -tras recibir nuestra orden de ir en busca de Onofre- levantó las ruedas delanteras, lanzó un estruendoso relincho, como un caballo pura sangre y, en un visto y no visto, nos dejó junto a la estación de Atocha.
Entramos, brújula en mano, con dirección a donde ella nos indicaba: al andén en donde un tren con destino a Andalucía, esperaba la orden de partir. El andén estaba muy concurrido. Avanzamos hasta un banco en el que se hallaba sentado un hombre enjuto, de pelo canoso y aspecto inofensivo y desamparado. La brújula se puso a girar como loca. No cabía duda, aquel hombre era Onofre. Nos sentamos junto a él.
-Buenos días -le saludamos a la par.
-Buenos días -contestó escueto.
-Juraría que usted es Onofre, el hombre que buscamos -le espetó Don Quijote.
-Sí, soy Onofre. ¿Y vosotros quiénes sois? ¿Quién os envía?
-No nos envía nadie -contestó Don Quijote-. Nos dedicamos a echar una mano a gente necesitada. Y usted la necesita ¿no le parece?
-No sé. Todos la necesitamos desde luego, pero, aunque me consideréis engreído, prefiero ventilármelas yo solito; tanto más cuanto acabo de perder lo que más quiero en el mundo: a mi mujer y a mi hija. Si mi familia no quiere mi compañía ¿para qué quiero la de los demás?
-Hombre, Onofre -trató Don Quijote de hacerle recapacitar-, usted tiene aspecto de persona sensata. No se tome tan a rajatabla el enfado de su mujer. Seguro que ya se le habrá pasado. Déle otra oportunidad.
-No. El problema no está en que yo no la acepte a ella. Es ella la que no me acepta ni a mí ni a mis aficiones. Y, ante nuestra falta de entendimiento, nuestra hija tampoco quiere estar en casa.
-¿Y qué piensa hacer? -me atreví a preguntarle.
-Espero un tren que me lleve al sur. Pienso instalarme en una cabaña, junto al mar. Sobreviviré con poco. Me dedicaré a mis reflexiones y aficiones literarias, ni envidioso ni envidiado, sin molestar a nadie, contemplando los colores, olores y sonidos infinitos del mar. Del mar y del cielo...
-¿Y si ella te pidiera perdón?
-No sé. A veces el viento de la vida arranca de nuestro arbolillo hasta la hoja más diminuta... Quizás la húmeda y cálida brisa del mar de allí abajo... No sé...
Una voz metálica resonó anunciando la inmediata salida del tren. Onofre se levantó del asiento.
-Adiós, Onofre. No cierres tu corazón definitivamente.
-Gracias -contestó mientras subía al vagón.
Volvimos a la ambulancia como derrotados.

En el reloj de la iglesia cercana a Las Oropéndolas sonaban las ocho de la mañana, cuando los vecinos del portal A comenzaron a despertarse y a recordar lo ocurrido, como si de una nefanda pesadilla se tratara. Con rostros serios y preocupados fueron apareciendo tras los cristales de sus balcones.
En seguida llegan las "hijas" de don Baldomero en el coche deportivo, vestidas con minifaldas, a juego con los lazos de sus cabezas. Baudelio, ensimismado en sus autoacusadores pensamientos, les franquea la puerta sin ningún impedimento. Ellas entran con el coche en el recinto comunitario y se colocan ante el portal A.
Se ponen de pie sobre los asientos y empiezan a imprecar a los asustados vecinos.
-¿Qué habéis hecho cobardes hipócritas? Tan educados como aparentáis ser, cuando en realidad os odiáis a muerte entre vosotros. ¿Qué habéis hecho con don Baldomero? Todos sois culpables de uno u otro delito y lo vais a pagar ahora mismo.

En ese preciso instante, como llovida del cielo y haciendo retemblar los cristales de la urbanización con las vibrantes notas de La cabalgata de las Walkirias, vino a posarse nuestra ambulancia, justo detrás del deportivo de Kuki y Barbarita. Baudelio se abofeteó varias veces para espabilarse y salió de la portería corriendo hacia la explanada.
Don Quijote, con su blanco atuendo de médico hindú, se plantó de un salto sobre el techo de la ambulancia, sorprendiendo con sus atronadoras palabras a los asustados vecinos y, sobre todo, a las camufladas brujas:
-¡Escuchad, vecinos! Abrid de par en par, sin miedo, vuestros balcones. Somos amigos. No temáis. Habéis sido víctimas de una espantosa pesadilla, creyendo ser protagonistas de tremendos delitos. Nada ha sido real. Todo ha sido provocado por las malas artes de esas dos engañosas cacatúas que cacarean sobre el coche, exhibiendo sus falsos encantos. Afortunadamente, aquí no ha muerto nadie.
-¡Pero ahora sí que vais a morir todos, todos, todos! -gritaron Kuki y Barbarita, sacando de sus mochilas los sprays y blandiéndolos por encima de sus cabezas como peligrosos lanzallamas-. ¡Os vamos a achicharrar vivos!
Don Quijote -desde lo alto de la ambulancia, y yo desde la cabina con el rollo de cuerda "estátequieto"-, saltamos como panteras sobre Kuki y Barbarita, les arrebatamos los sprays y les deshicimos los lazos de sus cabezas. Inmediatamente ellas recuperaron sus repulsivos aspectos de feas brujas y yo me apresuré a atarlas con el cordel. Un "¡Ohhhhhhh" comunitario de jubiloso asombro estalló en la urbanización.

Seguidamente salieron a la explanada Lechúguez, Ferina y Pompi, lanzando besos al aire. (Tampoco es eso). Tras ellos apareció Silvia, corriendo frenética. Cuando los alcanzó, se colgó de sus cuellos y los abrazó, como si los viera resucitados.
Luego, Don Quijote me ordenó abrir el segundo compartimiento de la ambulancia. Salió fuera don Baldomero, sonriente, saludando como un emperador romano, con su pijama de ovejitas amarillas. Un cerrado aplauso espantó a una bandada de golondrinas que descansaba sobre los tejados, cogiendo fuerzas para regresar a África.
Baudelio -que, por la mañana temprano, había tenido la feliz idea de afeitarse y cortarse la melena, sacando afuera los auténticos rasgos de su cara, la que don Baldomero amaba desde tantos años atrás- se acercó presuroso hasta él. Se miraron a los ojos intensa y largamente, y se fundieron en un abrazo que conmovió a cuantos presenciamos aquel reencuentro, especialmente a quienes creían que don Baldomero había muerto.
Después abrí la puerta a Hipólito. El joven, no sabiendo a quién abrazar, me abrazó a mí. Luego se fue corriendo a admirar el deportivo de las brujas y la ambulancia, que seguía lanzando, a los cuatro vientos, marciales composiciones de Wagner.
Todos los vecinos fueron apareciendo en la explanada, felices y eufóricos.
Con cierta ansiedad y expectación fui a abrir el tercer compartimiento. Apareció Laura, bella como el sol que se reflejaba en su rostro. Su verde mirada recorrió la de todos los presentes, que correspondieron con sonrisas y gestos amistosos.
Don Quijote se acercó a ella, le tomó la mano y la llevó hasta Hipólito, quien -como si viera una celestial aparición- quedó extasiado momentáneamente y exclamó:
-¡Mi Laura querida! Creí que no volvería a verte nunca más. Deja que te abrace y te bese.
-También yo lo pensé, querido Hipólito -dijo, besándolo a su vez-. A estos buenos amigos debemos que no haya sido así.

Chinda y Minga miraban en torno suyo con ojos espantados y no cesaban de ensartar una retahíla de maldiciones y conjuros. Pero, ni por ésas. Asmodeo debería de estar sobando.
Cogimos los sprays, apuntamos al deportivo y lanzamos una buena rociada sobre él. El coche fue reduciéndose hasta acabar convertido en un triciclo, con dos sillines y dos pares de pedales.
-¡Ea, viejas zurronas -les gritó Don Quijote-, salid de aquí zumbando y pedaleando hasta vuestras guaridas, y dejad en paz a esta buena gente!
Los vecinos del A, así como los de otros portales, que se habían agregado al espectáculo, respaldaron las palabras de Don Quijote con silbidos, denuestos, lanzamiento de cuanto tenían a mano -zapatos principalmente y algún que otro tiesto- contra las brujas, las cuales -a pesar del cordel- montaron en los sillines, agarraron el manillar y salieron de la urbanización a golpe de pedal.

Ya calmados los ánimos, Don Quijote volvió a subirse sobre la ambulancia, que se puso a caldear el ambiente -más de lo que estaba- con un repertorio de música de folklore hispano.
-Amigos, tenemos que felicitaros porque la fortuna os ha mirado con gran benevolencia. Pues, aunque ha permitido que las brujas activen la semilla de maldad, enterrada en nuestra naturaleza, todo ha quedado en una desagradable pesadilla, en atención a esa llamita de buena voluntad que, con vuestro libre esfuerzo, procuráis mantener viva en el corazón. Gracias a ella ha sido fácil contrarrestar los maleficios de las brujas, aflorando, en cada uno de vosotros, sentimientos positivos y el deseo de convertir Las Oropéndolas en un lugar realmente envidiable. En vuestras manos está el conseguirlo, y os pido empecéis ya a exponer vuestras propuestas para hacerlo realidad.

Don César fue el primero en responder:
-Así es, providenciales amigos. Reconozco que, hasta hoy, mi corazón sólo se ha movido por y para el dinero, vacío de sentimientos humanos, aunque también es cierto que, en lo más recóndito del mismo, siempre he conservado vivas las palabras que mi madre me dijo antes de morir: "César, si quieres ser feliz, haz algo por el bien de los demás". Aunque tarde, quiero ser feliz de verdad. Por eso propongo crear en esta urbanización una fundación con mi capital y con las aportaciones de los que quieran colaborar, encaminada a conseguir una comunidad próspera y ejemplar, en la que reine la armonía, el respeto y la solidaridad. Por mi parte, además, dispongo que quienes están pagando hipoteca por el piso, en adelante pagarán sólo el tercio de lo que venían pagando. El precio de los pisos pendientes de vender se rebajará también a un tercio, con la condición de que el comprador acepte las propuestas de convivencia que ahora estamos perfilando. Todo el dinero recaudado se destinará a fondos de la fundación.
-¡Viva don César! -clamaron unánimes, aplaudiendo, los oropéndolos.
Susi, muy sonriente, le lanzó un beso, y don César le correspondió, gentil, con otro y con una afectuosa mirada, de la que había desaparecido el metálico brillo que antes la caracterizaba.

A continuación fue don Baldomero -pegado a Baudelio- quien tomó la palabra:
-También yo he llegado hoy a esa misma conclusión, con mayor motivo, puesto que acabo de recuperar a Baudelio, el amigo entrañable de mi vida. El dinero tiene un gran atractivo, qué duda cabe, pero es engañoso. Os lo ha dicho don César y ahora os lo digo yo, que me he pasado la vida luchando por él. No me ha dado la felicidad. ("¡Gilipollas!" -se oyó gritar fuera de la urbanización). Hay quien no tiene más que lo indispensable para vivir y es mucho más feliz que yo. Desde hoy, junto a mi amigo Baudelio, quiero empezar a ser feliz. La tercera parte de mis bienes se la enviaré a mis hijas, las auténticas Kuki y Barbarita. El resto - excepto mi vivienda que compartiré con Baudelio, más una asignación mensual que reservaré para nuestras necesidades- pasará a integrar el capital de esa fundación que propone don César.
Con esos fondos -si a don César y a todos vosotros os parece bien- se subvencionará prioritariamente a los vecinos del portal A, para que realicen sus proyectos con mayor desahogo.

A lo que don César contestó:
-Me parece perfecto, don Baldomero. Además, quiero participaros otra decisión personal que se me ha ocurrido. Voy a retirarme de toda actividad financiera. Cerraré el banco como tal. En su lugar funcionará la administración de la fundación, de cuya dirección se hará cargo -si es de su agrado- la señorita Elvira, con la colaboración de los vecinos que así lo deseen.

En ese momento sonaron las doce del mediodía. Una cálida brisa nos obsequió con aromas de pescaíto frito y la voz fresca de Niña Pastori.
-Cuente conmigo, don César -gritó Elvira, levantando los brazos y arrancándose por sevillanas.
-Y con nosotros -exclamó Lechúguez que, con una mano, apretaba a Ferina contra sí y, con la otra, saludaba al estilo regio.
-Con nosotros también -dijeron Porreto y Quirica.
-Por pedir que no quede -intervino Tomasa-. Como el señor Baudelio , al parecer, se va a vivir con don Baldomero, yo me pido la portería.
-Vamos, Hipólito -dijo Laura acariciándole la mejilla-, habla a los vecinos de ese invento que tanto podría ayudar a la comunidad en sus nuevos objetivos.
-¡Ánimo, explica tu invento, Hipólito! -corearon los vecinos.
Hipólito se ruborizó, se rascó la dorada cabellera que, saturada de sol, despedía un vaho transparente, y habló con voz algo temblorosa:
-Bueno, es que he ideado unas gafas...
-¿Unas gafas? -preguntaron curiosos.
-Sí. Unas gafas muy especiales. Yo me las pongo y, en seguida, comienzo a notar sus favorables efectos: me siento optimista; veo la vida como una partida que hay que tratar de ganar cada día deportivamente; descubro en la gente buenas intenciones; deseo comprender y servir a los demás... No sé si en otras personas causará semejantes resultados. Aún no he hecho la prueba.
-¡Estupendo, chaval, apúntame unas! -gritó Hércules, abocinando la voz con las manos.
-Y a mí otras -añadió Romualda.
-Toma nota, Hipólito -resumió don Baldomero-. Unas para cada vecino.
-Un momento -rogó Baudelio, levantando los brazos-. Permitidme que os haga partícipes de una idea que me parece atractiva. Yo soy actor y, aunque llevo poco tiempo entre vosotros, he observado que en este portal sus residentes poseen unas dotes excepcionales para el arte dramático. ("¡Ja, ja, ja!"-se rieron). Sí. No os riáis, lo digo muy convencido. Por eso, quiero proponeros construir en Las Oropéndolas una gran sala de teatro en la que actuará la compañía que formaremos los vecinos del portal A.
-¡Fantástico! -exclamaron a tres voces, Leonardo, Pompi y Alicia-. En los entreactos, animaremos al personal con nuestras actuaciones musicales, ya que hemos formado el grupo Alicia y los gaiteros, con tendencia a ritmos celtíberos.
-Yo también me ofrezco para deleitar al público con demostraciones de fuerza, como doblar una farola, partir tablones de un puñetazo o abrir la puerta con la cabeza...
-Bien, bien, señores -continuó Baudelio-, se agradecen todas las sugerencias y ofrecimientos. Si os parece bien, propongo representar la historia que en nuestra escalera ha tenido lugar. En ella, cada uno de nosotros será actor del personaje que le ha tocado vivir... o soñar.
-También yo quiero hacer otra sugerencia -intervino Silvia-. A mi marido Onofre le encanta escribir. Seguro que le haría mucha ilusión redactar el guión de esa historia. Yo podría proponérselo...
-Escucha, criatura -díjole Don Quijote, con delicada voz, acorde con las suaves pinceladas musicales de Grieg, que ahora sonaban en la ambulancia-, ¿sabes, acaso, dónde está tu marido?
-Es verdad. Él se marchó de casa por mi culpa. Eso no ha sido un sueño. Es una triste realidad. ¿Qué puedo hacer ahora? ¿Cómo podré encontrarlo, señor? -se lamentó llorosa.
Don Quijote bajó de la ambulancia y me pidió la brújula. Entré en la cabina y se la alargué por la ventanilla. Él se acercó hasta donde estaba Silvia y se la entregó, diciéndole:
-Toma, Silvia. Esta brújula te irá marcando el camino hasta donde se halla Onofre. Pide a Hipólito y a tu hija que te lleven en su coche. Mucha suerte.

Finalmente nos despedimos de aquella buena gente, que nos demostró su agradecimiento con aplausos, vivas y besos voladores.
Nosotros, sin otra brújula que la alegría de ver sonreir a aquellos amigos y haber hecho la puñeta a las brujas, nos lanzamos con la ambulancia, horadando el aire como un cohete, hacia el castillo. Durante el breve trayecto pregunté a Don Quijote:
-¿Cree su merced que Onofre volverá a casa?
-No sé -me contestó con tono algo sombrío-. Hay cosas que no las arregla ni el mismísimo Don Quijote."

Y hasta aquí el mensaje de Tinterico. Que lo paséis bien, amigos. Toby.

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Historia de otra escalera - (Cap. II)

miércoles, 19 de septiembre de 2007
¡Qué agradecidas son las plantas! Anoche, Clara, cuando me trajo al local de enfrente a dormir en mi caseta, estuvo regando el potho. De madrugada, las hojas de la planta resplandecieron como luceros para transmitirme un nuevo mensaje de Tinterico, amenizado con preciosas melodías y voces estereofónicas. Me desperté y estuve leyendo, de cabo a rabo, el relato increíble de los desaguisados que pueden provocar los seres dañinos que sólo piensan en jorobar. Sentí irrefrenables deseos de salir corriendo o volando en busca de Tinterico y Don Quijote, unirme a ellos y acabar con las brujidiablas y sus desmanes. Espero hacerlo realidad muy pronto. El mensaje decía así:

"Hola, Toby. Aprovecho que las brujas están fuera del castillo para informaros de sus nuevas fechorías. La noche en que te envié el último mensaje, salieron de madrugada de su dormitorio, cuchicheando como dos urracas parlanchinas. Se acercaron, exigentes, al árbol de los deseos a pedir talismanes y ungüentos mágicos:

-¡Vamos! ya está bien de tanto sobar, y ¡a trabajar, holgazanas! -gritó Minga con humor de verdugo medieval en paro-. Mi madre y yo necesitamos tres cosas para llevar a cabo la misión que Asmodeo nos ha encomendado.

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-Pedid, hermosas, lo que preciséis -contestó con premura y agrado la boca de gallo que estaba de guardia.
-Son tres fruslerías -añadió Chinda más diplomática-. Primera: dos cintas mágicas que nos transforme en las hijas de don Baldomero, al adornarnos la cabeza con ellas en forma de lazo. Roja la de Minga, que le dé apariencia de la rubia Kuki, y verde la mía, que me convierta en Barbarita, morena y nerviosa como el café. Segunda: dos sprays prodigiosos con los que rociemos las puertas de los vecinos de Las Oropéndolas para que sientan y hagan lo que nosotras queramos. Y tercera...
-Un coche deportivo, descapotable, rosa mariquita con lunares negros y manos libres -se apresuró Minga a pedir.
-¡Eso está hecho! Con GLP-Secret no hay problema.
-¿Qué dices?
-Perdón, me he ido de vareta. Es que tan temprano no sabe una lo que dice, ja, ja.
De inmediato, unas manazas de pulpo gigante entregaron a las brujas dos lindas cintas, roja y verde, que Minga y Chinda se colocaron primorosamente en la cabeza, quedando transformadas en dos monísimas criaturas: Kuki y Barbarita, respectivamente.
La boca de gallo soltó un sonoro kikirikí de asombro y entusiasmo tal que despertó a todos los demás órganos y apéndices del árbol de los deseos, e incluso se puso en marcha el organillo de las brujas que, inesperadamente, comenzó a tocar una canción de David Bisbal. A Don Quijote, con su pijama invisible de lunares azules, se le salían los ojos de su sitio. Luego, la mano de pulpo entregó a cada bruja una graciosa mochila con el mágico spray dentro. Finalmente, les dieron el coche. Pero ¡vaya coche! Funcionaba por telepatía. Montaron las brujas y ¡brrooouuummm! La revolucionada yeguada del motor atronó. Las ruedas derrapaban ascendiendo en espiral por los muros de la torre y el coche salió disparado como un cohete por la ventana de las tres ojivas.
Se hizo el silencio. Nos acercamos decididos al árbol de los deseos. Don Quijote, en pie firme y con la mirada en el lucero del alba, que nos hacía guiños desde el cielo de la ventana, clamó con voz clara y resuelta:
-Escucha, príncipe de la magia, gran Merlín, amigo de la andante caballería, que un día me favoreciste desencantando a mi señora Dulcinea del Toboso. Demuestra al mundo que nada te une a Asmodeo y que tus poderes son superiores a los suyos. Ruego nos concedas a Tinterico y a mí el poder ver y escuchar, mediante este árbol sumiso, las peripecias que vayan a ocurrir en Las Oropéndolas, por instigación de las brujas Minga y Chinda.
Un trueno bajó rebotando como una roca por la escalera de caracol de la torre, seguido de la áspera voz de Merlín, desplegándose en mil ecos:
-¡Ah, valeroso caballero, estrella de la Mancha. Tu súplica me ha sacado de los camaranchones de mis sueños. Pedid cuanto os apetezca a ese árbol canijo, que yo me encargaré de que os complazca. Y que proteste el bujarrón de Asmodeo, que tengo ganas de decirle unas palabritas.
-Gracias, amigo Merlín, príncipe taumatúrgico, vuelve a tus fantásticos sueños.
En seguida, la rama de los ojos comenzó a proyectar imágenes de Las Oropéndolas, y una boca de labios trasparentes y voz fresca y cantarina, como el chorro de la fuente de tu pueblo, inició así su relato:

""Mucha atención, amigos merlineses, os habla Voz de Agua, en directo, desde Las Oropéndolas. Hoy, uno de septiembre, sábado, a las diez de la mañana, acaban de llegar Minga y Chinda a esta pacífica (hasta ahora) urbanización. Muchos de los vecinos se encuentran ya en el parque, en torno a la piscina, con sus virtuales bañadores multicolores. Otros han salido fuera, entre ellos don César el banquero y Ferina la mujer de Onofre, que tenían que ultimar un trabajo en el banco. Chinda y Minga -en su versión de Barbarita y Kuki- se presentan en la portería y preguntan a Baudelio el conserje si don Baldomero está ahora en su piso. Baudelio -hombre de imprecisa edad, educadas maneras, barba y cabellera abundantes y aspecto algo sombrío, les contesta:
-Sí, debe de estar en su piso, pues en la pantalla del monitor de seguridad no he observado que haya salido de casa.
-Estupendo -dijo Minga-. Nosotras somos familiares de don Baldomero y quisiéramos visitarlo. ¿Podemos pasar?
Baudelio quedó un instante perplejo. En seguida reaccionó:
-Sí, pasen. Su piso es el tercero B.

Llegan las disfrazadas brujas al portal A, sacan de sus mochilas los sprays y, disimuladamente para que no las enfoque la cámara, van rociando las puertas desde la primera hasta la tercera planta.
Llaman al timbre del tercero B. Se abre la puerta y aparece don Baldomero con su hirsuto torso desnudo y un blanco pantalón bermudas.
-¡Hola... jovencitas! -exclamó sorprendido.
-¿No nos conoces? -dijo Minga en voz alta para que Porreto, el vecino del tercero C, oyera fácilmente la conversación a través de las paredes.
-¿Es posible? Pasad, pasad -dijo, abrazándolas.
Rápidamente Porreto pegó la oreja a la puerta. Baldomero cerró la suya e invitó a sus "hijas" a sentarse. Sacó unos refrescos y se sentó también.
-¡Qué alegría veros convertidas en unas muchachitas tan guapas! ¿Y cómo habéis venido a verme?
-Es que estamos de vacaciones en la costa Brava y se nos ha ocurrido visitarte. ¿Te vienes con nosotras a América?
-Os lo agradezco, pero aquí estoy tranquilo y feliz. América para los americanos. Además, cuanto más lejos de vuestra madre, mejor. Por otro lado, tengo que vigilar de cerca mi modesto patrimonio que un día será vuestro.
Siguieron charlando un buen rato, intercambiando risas y arrumacos. Finalmente las "hijas" dijeron a don Baldomero que volverían mañana a despedirse. Luego salieron, cogieron el deportivo y se encaminaron hacia la costa, reventando de risa por el tiberio que acababan de poner en marcha.
Mientras tanto, Porreto, pálido y transfigurado, como si acabara de recibir una revelación del cielo, se sentó en el sofá y se puso a cavilar. Quirica, su mujer, sintió un súbito impulso. Dejó las patatas a medio pelar y salió de la cocina. Alicia, que estudiaba en su cuarto, tiró el libro al suelo y corrió también al salón:
-¿Qué pasa? -clamaron a dúo madre e hija.
-¿No habéis oído? -susurró Porreto.
-Sí, claro, a Baldomero y a sus hijas que han venido a verlo.
-Pero si yo creía que no tenía familia...
-Pues la tiene. ¡Dichosas las niñas!
-¡Qué suerte, tener un padre tan rico! -suspiró Alicia.
-¿Sabéis lo que se me ha ocurrido? -preguntó Porreto.
-Alguna majadería -contestó Alicia.
-No. ¡Ya sé qué debo hacer para que nos toque el cuponazo!
-No me digas -dijo Quirica carcajeándose-, ante todo comprar el cupón.
-Nada de eso. Escuchad. Don Baldomero es multimillonario y tiene dos hijas. Ahí arriba -dijo señalando al techo- existe una buhardilla a la que no tiene acceso lo comunidad, pero nosotros sí, porque, hace tiempo, abrí un portillo que está camuflado con el cuadro que pintaste en las amas de casa.
-Sí ¿y qué más? -dijo incrédula Quirica.
-En la granja, en la que trabajo, utilizamos un spray adormecedor para que los pollos no sufran y no se queden rígidos cuando se les corta el cuello. En la caja de las medicinas tengo uno guardado. Esta misma noche, a las doce, llamaré a la puerta de don Baldomero, vestido con el disfraz de gato romano del pasado fin de año. Cuando don Baldomero abra, ¡flusssshhh! le rociaré con el duermepollos, meto en casa a don Baldomero, lo amordazamos y lo subimos a la buhardilla, donde lo dejaremos atado y dormido en el camastro, a oscuras, claro. Luego dejaré sobre la mesa de su casa una nota, con letras mayúsculas que digan: "SI QUERÉIS VOLVER A VER A VUESTRO PADRE SANO Y SALVO, DEBERÉIS DEJAR SOBRE ESTA MESA UN MILLÓN DE EUROS, Y DESPUÉS NO VOLVER HASTA EL DIA SIGUIENTE, EN QUE PODRÉIS ABRAZAR A VUESTRO PADRE, FRESCO COMO UNA ROSA".
-¡Papá, eres genial! -aplaudió Alicia entusiasmada- Se acabaron las estrecheces. Yo dejaré el colegio y me dedicaré a cantar, que es lo mío.
-Y yo abandonaré el tanatorio y me haré esteticién -añadió Quirica.
-Pues yo me iré de la granja y realizaré mi sueño: presentarme para concejal de festejos en el ayuntamiento. No perdamos tiempo y manos a la obra. Todo tiene que estar listo para media noche. Yo pondré la cámara vigilante del pasillo mirando para Pontevedra.

Mientras tanto, Susina, la del tercero A, que había estado bañándose en la piscina con la enagua puesta, oculta por un bañador virtual de estrellas, se dirigía hacia su piso en el preciso momento en que don Baldomero salía del suyo. Susina sintió galopar el corazón y se detuvo sonriente ante él.
-Buenos días, don Baldomero, ¡qué calor hace hoy! ¿verdad?
-Sí, lo hace, pero tengo que salir, si quiero comer en el restaurante.
-Pues mire, tengo preparada una paella riquísima, con gambas bailando sevillanas de lo frescas que están. Hágame el favor y acompáñeme a comerla.
Don Baldomero aceptó. Entraron en casa de Susi. Ella estuvo secándose el pelo y demás complementos, y se puso un bañador enterizo que le ocultaba la enagua de la promesa. Don Baldomero se quitó la camisa y se quedó sólo con las bermudas. Se sentaron a la mesa. Mucho se le insinuó ella, pero don Baldomero como si oyera música celestial. Susina llegó a proponerle, sin tapujos, acabar con sus respectivas soledades, rompiendo el tabique de hipocresía que los separaba y dando rienda suelta a las pasiones salvajes amarradas en su interior. Don Baldomero le miró fijamente al ojo izquierdo primero y luego al derecho. ("Bellos ojos negros, si estuvieran en su sitio -pensó). Luego Susina le habló de su hijo Leonardo, de la carrera sobre psicología canina que él había emprendido y sus planes de abrir un consultorio.
-Él sueña con llegar a ser un Sigmund Freud perruno, pero necesitaría el apoyo de alguien con posibles para montar el consultorio.
-Bueno, Susina, de lo de Leonardo me encargo yo -dijo don Baldomero, no viendo otra salida.
-¿Y de lo mío, quién? ji, ji, ji -preguntó con pícaros aspavientos.
-Mujer, no hay que precipitarse. Chi va piano va lontano.
-De piano, nada. Mañana mismo cenaremos aquí. ¿Te parece? Ji, ji, ji.
-Vale, vale, Susina. No faltaré. A ver con qué me sorprendes.

Elvira, moradora del segundo D, ha aprovechado la mañana para comer con el director de zona de su compañía de seguros. Una vez en casa, se quita los zapatos y se tumba en el sofá. De pronto siente como si en su cabeza se hubiera desatado un terremoto con epicentro en el portal A de Las Oropéndolas. Nota que por sus venas trota una fuerza hambrienta de codicia y maldad. Quiere ser dueña y señora de la urbanización, de sus moradores y, sobre todo de los capitales de algunos de ellos. Le parece haber descubierto en don Baldomero una secreta inclinación homosexual hacia Hipólito Centella, el joven inventor del primero D. Sin pensarlo dos veces, salta del sofá, baja a casa de Hipólito. Lo encuentra ataviado con un delantal ornado con figuritas de sandía y platanitos.
-Hola, genio -le saluda Elvira, muy sonriente-. Vengo a pedirte que subas a revisar uno de los grifos de la cabina multiaseo que te compré. De paso, quisiera proponerte algo.
-Tú dirás -contestó Hipólito, poniéndose rojo como las sandías del delantal.
-¿Podemos sentarnos?
-Sí, por favor.
-Verás, Hipólito. Nadie duda de lo prácticos e ingeniosos que son tus inventos. Es lástima que mucha gente no se aproveche de ellos. Tú el primero. Fácilmente podrías enriquecerte con ellos. Pero, claro, ante todo hay que fabricarlos, y eso cuesta una pasta que tú no tienes. Necesitarías alguien que te lo financie. Yo voy a decirte quién va a hacerlo muy gustosamente.
-¿Quién?
-Don Baldomero. No sólo va a financiar su fabricación y demás, sino que te dará cuanto le pidas.
-No lo creo. ¿A cuento de qué?
-Perdona Hipólito. Tú eres genial, pero bastante despistadillo. ¿No te das cuenta de que don Baldomero bebe por tí los vientos, incluidos los monzones? ¿No has reparado en las miradas que te arroja cuando pasas a su lado?
-No me hagas reir. ¿Don Baldomero colado por mí? Eso sí que tiene gracia.
-Pues así es, y voy a aconsejarte, si me lo permites.
-Dime.
-No seas tonto y aprovéchate. Don Baldomero no tiene familia. Lo sé porque se lo he oído comentar a don César el banquero, que es muy amigo suyo. Tú sólo tienes que mostrarte amable y afectuoso con él, y no espantar algún gesto cariñoso que quiera tener contigo.
-Pero es que a mí los tíos no me van.
-¡Bah! Son tantas las cosas que hay que hacer en la vida, nos gusten o no... Aparte de que todo cuesta hasta empezar.
-¿Y cuál es tu plan?
-Primero. Convenceré a don Baldomero para que contrate un millonario seguro de vida en mi compañía. Como no tiene familia, le persuadiré para que te nombre a tí beneficiario del mismo. Segundo: él aportará el capital necesario para la fabricación y comercialización de tus inventos. Yo me encargaré de buscar clientes. De las ganancias sobre las ventas tú recibirás el 30%, don Baldomero el 50% y yo el 20%. De la indemnización del seguro de vida -en caso de óbito-, tú me obsequiarías con un 50%. ¿Te parece bien?
-A mí lo que me importa, ante todo, es ver mis proyectos hechos realidad.
-Nada, chico, con el plan que te propongo nadarás en la abundancia y podrás entregarte en cuerpo y alma a tus inventos, sin el lastre de preocupaciones rastreras.
De pronto, Elvira repara en un extraño aparato que Hipólito tiene sobre la mesa.
-¿Qué es eso? ¿Un nuevo invento?
-Sí. Es una cámara fotográfica antiorgánica.
-¿Y para qué sirve?
-Precisamente la he inventado pensando en las compañías de seguros. Hay gente que, a su muerte, quiere ser enterrada; otros en cambio prefieren ser incinerados. Este aparato serviría para una tercera opción: la de desaparecer sin dejar ningún rastro.
-A ver, explícate.
-Sí. Hay quien, al morir, desearía desaparecer del todo, sin dejar ni siquiera cenizas. Con esta cámara se le saca una foto al difunto. Acto seguido, queda aniquilado cuanto haya de orgánico ante el objetivo de la cámara.
-Interesante. Muy interesante, Hipólito... -encomió, pensativa, Elvira- Ahora mismo voy a hablar con don Baldomero. Hasta luego.
Elvira subió corriendo hasta el tercero B y llamó a la puerta.
-¡Vaya día de visitas llevo hoy! -dijo don Baldomero mientras abría- No puedo quejarme, ja, ja. Pasa, Elvira, pasa. ¿Qué te trae por aquí?
-Verá, don Baldomero, se trata de Hipólito -contestó Elvira en voz baja, mientras tomaba asiento.
-¿Hipólito? Ya, ya, el chico inventor. Es fantástico. Yo le compré una cabina multiaseo. Una maravilla de chico.
-Es lástima. Su ingenio no es reconocido ni aprovechado como se merece. Con un mínimo de apoyo financiero ese chico se convertiría en una mina de oro.
-Sí, es verdad. Además, es un chico tan majo...
Elvira captó cómo el rostro de don Baldomero se encendía como ascua entre cenizas, lo que la animó a proponerle que financiara la venta de los inventos de Hipólito y contratara un seguro de vida, del que éste sería el beneficiario inmmediato. A don Baldomero le pareció bien su propuesta y le mostró sus deseos de entrevistarse con el chico esta misma tarde.
Elvira se marchó alegre, sonándole cascabeles en su corazón de hielo. Corrió escaleras abajo a comunicar a Hipólito la buena acogida de don Baldomero y sus fervientes ganas de hablar con él.
Hipólito, sin pérdida de tiempo, subió animoso a entrevistarse con él.

Por su parte, Elvira, como un autómata, sacó el móvil de su bolso y marcó el teléfono de don César.
-Buenas tardes, don César, soy Elvira la agente de seguros. Quisiera hablar con usted sobre un asunto urgente. ¿Puedo subir ahora a su casa?
-Hola, Elvira, no sabe cuánto lo siento, pero no estoy en casa. Estoy en el banco, revisando unos balances con Ferina mi secretaria.
-Si no tiene inconveniente, me acerco ahora mismo al banco. El asunto merece que le dedique unos minutos de su precioso tiempo.
-De acuerdo, Elvira, aquí la espero.
Elvira pasó ante el habitáculo de Baudelio el conserje, quien la contempló con atención. Cogió el coche en el garaje y se dirigió al banco.

Desde hace algún tiempo, Baudelio viene observando las miradas furtivas, encendidas de pasión, que don Baldomero, desde su balcón o tras las cortinas, dirige a Hipólito, cuando éste, con su aspecto despistado, el pelo alborotado y su lampiña y pálida anatomía semidesnuda, cruza el parque hacia la piscina. Pero lo que Baudelio acaba de descubrir hace un momento, a través del monitor de seguridad, le ha dejado helado. Ha visto a Hipólito salir muy sonriente del piso de don Baldomero, mientras éste le daba palmaditas cariñosas en el cuello. "¿Qué habrá entre ellos?" -piensa Baudelio-. Y, a pesar de la rigidez inexpresiva de su semblante, su mirada revela estupor, rabia y odio hacia Hipólito...

Llega Elvira al banco de don César. Le abre Ferina.
-Hola, no sabía que trabajaras con don César -le dice con tono indiferente.
-Sí. Hace varias semanas que trabajo con él como secretaria.
-Ah, muy bien. Vengo a ver a don César que me está esperando.
-Sí, sí. Pasa a su despacho, por favor.
Entró Elvira, cerrando la puerta tras ella. Ferina continuó tecleando en el ordenador con receloso semblante, tratando de pescar alguna palabra de la conversación de aquéllos. Pero Elvira y don César procuraban hablar en un susurro.
-Sí, don César, quisiera hacerle unas interesantes propuestas. Me gustaría trabajar para usted, ofreciéndole mi ventajosa condición de agente de seguros.
-¿Y cuáles son esas propuestas?
-Seamos francos, don César. Tanto para usted, como para mí, el tiempo es oro. Si el resultado no es oro, mucho oro, estamos perdiendo el tiempo ¿no le parece?
-Así es, Elvira, y quien piense de otra forma, allá él.
-Pero...
-Ya empezamos. Siempre hay algún pero.
-Es que, lo que voy a proponerle, alquien podría calificarlo de poco ético.
-Bah, tonterías. Las transgresiones éticas, a las que te refieres, han contribuido mucho a que el mundo progrese.
-Bien. En primer lugar voy a proponerle lo siguiente: en la urbanización Las Oropéndolas aún le quedan a usted cincuenta pisos por vender. Yo me comprometo a buscar los compradores, fijando el precio de cada piso en 480.ooo euros escriturables, más 60.000 euros que habrían de pagar con carácter extraoficial y subliminal -es decir en dinero negro-. Lo que resulta un cebo atractivo, ¿no le parece?
-Sin duda. ¿Y qué otra propuesta?
-Ésta es algo más atrevida. Yo sé que don Baldomero tiene depositado en el banco de usted el dinero obtenido en la venta que le hizo de todos los pisos de esa urbanización ¿no es así?
-Sí, así es.
-Usted sabe que don Baldomero no tiene familia que le herede. ¿Quién sería el principal beneficiario de ese capital en el caso de que don Baldomero muriera?
-Eres muy ladina, lagartona. ¿Qué me estás poponiendo?
-Que usted se quede con el dinero de don Baldomero. Así de sencillo.
-Pero, ¿quién y cómo le pone los cascabeles al gato?
-Eso sería cosa mía...
-Y a cambio ¿qué pides?
-Poca cosa. Sobre las ventas de los cincuenta pisos el 50% del dinero negro conseguido, y del capital de don Baldomero que pasara a su propiedad, el 30%.
-Chica eres diabólica, pero veo interesantes tus propuestas. Nada, no se hable más. Acepto el trato.
-Muy bien. Sólo necesito una pequeña formalidad. Un documento firmado por ambos que mutuamente nos comprometa. Él nos mantendrá a salvo de peligrosas tentaciones, ¿no cree?
-Eres sibilina, Elvira. Redacta ahora mismo el acuerdo, lo firmamos y santas pascuas.
Elvira redactó y escribió, por duplicado, el acuerdo. Luego entregó un original a don César y el otro lo plegó cuidadosamente y lo guardó en su bolso.
-Entonces ¿cuándo tendrá lugar el evento? -preguntó don César con sonrisa cómplice.
-Mañana domingo que, con toda seguridad, estará don Baldomero en su casa.
-Fenomenal. Tanta celeridad y precisión merecen celebrarse. ¿Aceptas una copa en la cafetería de ahí al lado?
-De acuerdo, don César, pero rápido, pues tengo todavía algunos asuntos que completar.
-Cinco minutos, Elvira -dijo don César, mientras cerraba el portafolios con un sonoro ¡clic!, tras guardar en él el documento.
Don César dejó el portafolios junto a su mesa y salió con Elvira del despacho.
-Ferina, voy a salir un momento con Elvira. En seguida vuelvo.
-De acuerdo, don César, hasta luego -respondió Ferina.
El rostro de Ferina se iluminó como un sol radiante tras una nube de verano. El clic del portafolios al cerrarse, había resultado revelador para ella. Tan pronto como don César y Elvira salieron del banco, Ferina entró en el despacho de su jefe, levantó el portafolios, lo abrió y descubrió el documento. Lo leyó ávidamente. El horror se reflejó en su cara. Sin pérdida de tiempo, hizo una fotocopia que guardó en su bolso y devolvió el original al maletín.

Simultáneamente, en el primero B, Teodora, Hércules Cejudo y Romualda discutían acaloradamente.
-Es que es verdad -decía Romualda a Teodora-, es penoso que tu marido pase más tiempo en esas carreteras y esas pensiones que en casa, durmiendo contigo como es debido.
-¿Y qué quiere, señora? ¿Me quedo en casa y usted me paga el sueldo?
-No te enfades, "Culito" -decía Teodora a Hércules, tratando de apaciguarlo-, ella te lo dice por tu bien. Podrías dedicarte a otro trabajo con más lustre y que no te obligue a estar tanto tiempo fuera.
-¿Y dónde está ese chollo?
-Mira, "Culito" -le decía mimosa- tú tienes un físico ideal para llevar un gimnasio. Y no somos mi madre y yo solamente las que así piensan. El otro día me lo comentó Silvia, la mujer de Onofre. Me dijo que era lástima que no aprovecharas las óptimas cualidades que tienes para poner un gimnasio.
-¿Ah, sí? ¿Eso dijo? ¿Y ella va a pagarme el local, el equipamiento y todo lo que colea?
-Ella no. Pero otras personas influyentes, a las que yo le hago la limpieza en casa, como son Elvira la de los seguros, don César el del banco y don Baldomero, sin duda que ellos están dispuestos a echarnos una mano, en cuanto yo se lo insinúe.
-No seas pánfila. Esos son como buítres. Sólo quieren el dinero de los demás.
-Vale. Pero para eso está lo espabilado que uno sea. Luego se vería quién engaña a quién.
-Si tan segura estás de conseguir algo, inténtalo. Por mí, encantado de cambiar el camión por un gimnasio. El piso de al lado está vacío y sería un buen local para ello.
-¡Qué bien! -exclamó Romualda entusiasmada- lo entretenidas que vamos a estar viendo a la gente que acuda al gimnasio...
-Ahora mismo voy a hablar con Elvira -dijo Teodora, dirigiéndose a la puerta.

Elvira acababa de volver de su entrevista con don César. Al escuchar la petición de Teodora, estalló de alegría en su interior. "El ratón ha caído en la ratonera sin necesidad de cebo" -pensó.
-Sin ningún problema, Teodora. Yo hablo ahora mismo con don César, que es gran amigo mío. Ya verás cómo él os da una solución rápida y satisfactoria. Perdona un momento.
Elvira tomó el móvil, llamó a don César, que aún permanecía en el banco.
-Hola, César. De lo de Baldo, ya tengo quien pulse el botón... -dijo enigmáticamente para Teodora- Sí, ya te dije que actuaría con rapidez... Mira ahora ha venido Teodora, la señora que nos hace la limpieza... Sí, seguro que ella lo hará... ¿A cambio?... Poca cosa. Ellos quisieran poner un gimnasio en el primero C, el piso que está sin vender, acondicionarlo y equiparlo con lo necesario... Sólo tienen el camión de Hércules, que es transportista... Bien, bien, yo se lo digo a Teodora y que suba a verte.
Cerró calmosamente el móvil mientras miraba a Teodora sardónicamente:
-Ya está arreglado. Mañana mismo podéis empezar a montar el gimnasio. El piso primero C queda para vosotros en usufructo, mientras tengáis el gimnasio. El equipamiento del mismo corre por cuenta de don César. A cambio, el camión sería para don César.
-Me parece bien -aceptó Teodora-. No sé cómo agradecértelo, Elvira.
-Bien, pues dentro de una hora volverá don César del banco. Deberás subir a su casa y firmar el contrato. Ah, y una cosa. Mañana, cuando vengas a hacer las faenas, recuérdame que te dé una ampolla de un desinfectante que me dio Hipólito para los que tenemos la cabina multiaseo. Sólo falta la de don Baldomero por purificar. Cuando vayas a hacer la limpieza a casa de don Baldomero, introduces el líquido de la ampolla por el orificio del depósito del agua para el lavado de dientes y afeitado. Pero de esto no digas nada a nadie y menos a don Baldomero, ya que es otro invento de Hipólito que aún no ha registrado y le quiere dar una sorpresa, cuando descubra ante el espejo la resplandeciente blancura de sus dientes.
-Ya sabes, Elvira, que yo soy una tumba viviente. Mañana por la mañana echaré ese líquido que me des por el agujerito del depósito. Muchas gracias, hija, por todo.

Pasada una hora, don César y Ferina volvieron, por separado, a sus respectivas casas.
Teodora, que espiaba tras los visillos, subió rápida a hablar con don César. La entrevista fue corta pero jugosa. Tiempo le faltó a ésta para informar a Silvia -que se la encontró en la escalera- sobre la próxima apertura del gimnasio.
Al escuchar la noticia, una idea, brilante como un relámpago, brotó en el cerebro de Silvia: asociarse con Hércules. Ella daría clases de aerobic y algo más...

En la portería, Baudelio rumia, sin descanso, el amargo pasto que el monitor de seguridad le sirve, ofreciéndole imágenes del flirteo entre don Baldomero e Hipólito. Es algo que le enloquece y llena de furor. Pero ¿por qué tanta inquina? Es una vieja historia -aunque muy viva- de su pasado. Hace cuarenta años, Baldomero y Baudelio estudiaban el bachillerato, en régimen de internado, en un colegio de la capital. Baldomero tenía dieciocho años, Baudelio diecisiete. Desde que se conocieron, seis años antes, surgió entre ellos un recíproco sentimiento afectuoso que fue creciendo como una ola. Concluido el bachillerato, sus vidas se separaron. Baldomero estudió económicas, Baudelio arte dramático. Baldomero, hábil para el negocio y la especulación, reunió pronto una gran fortuna, pero su vida sentimental fue un fracaso. Se casó con la neoyorquina, tuvo dos hijas, y se divorció rápido. Baudelio le había dejado un vacío en el alma que no sabía cómo llenar. A Baudelio le había ocurrido otro tanto. Él se dedicó al teatro, lo que sirvió de linimento a su espíritu, escocido y obsesionado con la ausencia de Baldomero. Pensaba que jamás se volverían a encontrar. Pero, casualmente, hace un mes, en una cafetería le pareció ver a Baldomero, muy cambiado, aunque conservando sus inconfundibles rasgos. Baldomero, por el contrario, no reconoció a Baudelio, tan distinto como estaba con la barba y la melena. Salió Baldomero de la cafetería, cogió el coche y se dirigió a Las Oropéndolas. Baudelio le siguió en el suyo.
En la puerta de la urbanización leyó una nota de la comunidad, ofreciendo un puesto de conserje. Baudelio solicitó el trabajo y, tras una entrevista con el administrador, se lo concedieron. El desasosiego que antes padecía fue ahora sustituido por un estado de ansiedad e incertidumbre que incluso le arrebataba el sueño. Pero, al menos, ahora estaba cerca de Baldomero, podría indagar sobre su vida y comprobar poco a poco si seguía sintiendo algo por él. Lo primero que descubrió fue que Baldomero no era feliz, a pesar de su riqueza. Le veía insatisfecho, como si estuviera esperando algo.
Con la movida de las brujas, Elvira ha colocado a Hipólito Centella ante don Baldomero como señuelo para sus perversos planes. Baudelio observa la complicidad que, de pronto, ha surgido entre Hipólito y Baldomero. No puede permitir que ese rival frustre su sueño. Por eso toma una terrible decisión: eliminar a Hipólito. ¿Cómo? Esta misma noche provocará una avería en el sistema de seguridad, alterando las conexiones eléctricas del equipo central que maneja en la portería. Poco antes de las doce, llamará a Hipólito para que lo arregle. Cuando Hipólito esté comprobando los circuitos, él levantará la palanca del diferencial, situado junto a su mesa y... ¡hasta luego, Centella!

Ya en su casa, Ferina irrumpe en el salón, alarmando a Lechúguez que sesteaba en el sillón, con la tele encendida.
-¿Qué te pasa, Ferina, que llegas tan alterada?
-Algo terrible, cariño. A Elvira la de los seguros y a mi jefe les han debido de drogar, porque mira qué han acordado entre ellos -dijo dándole la fotocopia del documento.
-¡Es tremendo, Ferina! -exclamó Lechúguez, leyéndolo- pero va a sernos de gran utilidad.
-No se te ocurrirá...
-Sí, Ferina, sí. Este papel es oro puro. Ya verás.
Y, acto seguido, tomó su móvil y llamó a don César.
-Buenas tardes, don César, soy su vecino Lechúguez. Le llamo para que me diga qué día de la próxima semana nombrará a Ferina, mi mujer, jefa de Contabilidad.
-¿Y eso, señor Lechúguez, es una broma?
-No es ninguna broma -respondió Lechúguez, muy digno-. Es una sangrante reivindicación, respaldada con un documento firmado por usted y por la señorita Elvira, un poquito comprometedor, ya me entiende usted...
Don César tragó saliva. Nunca le había caído bien ese chupatintas engreído de Lechúguez. ¿Y la mosquita muerta de su mujer? ¿Cómo esperar de ella semejante puñalada a traición? Pero él no perdía fácilmente los nervios. Su cerebro es de bronce. En el acto se hizo dueño de la situación. Fríamente le contestó:
-¡Ja,ja,ja! Señor Lechúguez, siempre he pensado que usted debía de tener un gran sentido del humor y ahora me lo está confirmando. Nada, hombre, el ascenso de Ferina a jefa de Contabilidad es una realidad desde el uno de septiembre, como podrá comprobar por la nómina de este mes, ¿qué le parece?
-Pues no sé qué decirle, don César... Siendo así... aquí no ha pasado nada. Ha sido un placer, don César.
-El placer ha sido mío, señor Lechúguez. Cuídese y cuide también a su señora, ¡je, je, je!
Inmediatamente don César llamó a Elvira y le puso al corriente de la faena de Ferina y la llamada de Lechúguez:
-Elvira, tienes que hacer algo definitivo y limpio. No hay que dejar ningún cabo suelto. A ver cómo arreglas lo de Lechúguez. Como comprenderás, lo del ascenso de Ferina sería una jaimitada. Tienen que desaparecer. Ya sabes...

En seguida, Elvira bajó a ver a Hipólito Centella.
-Hola, Hipólito, vengo a pedirte otro favor. Necesito que me prestes la cámara de fotos antiorgánica. Sí, ese invento nuevo que me dijiste hacía desaparecer toda materia orgánica. Me gustaría hacer una demostración en mi compañía, pues lo considero muy interesante. Tengo la seguridad de que te la pagarán muy bien.
-La verdad, Elvira, me has cogido en un momento en que no sé qué me está pasando -contestóle Hipólito-. Comprendo que no debería dejártela, pero, no sé por qué, no puedo negarme. Toma -dijo, cogiendo la cámara y dándosela-. Ya me da todo igual...
Elvira corrió, escaleras arriba, hacia el piso de don César. Le explicó el maravilloso invento de Hipólito, su poder aniquilador de materia orgánica. Era el remedio perfecto contra la insolencia de los Lechúguez. Mantuvo con don César una larga charla que se prolongó hasta las diez de la noche.

Luego que se marchó Elvira, don César llamó a Onofre, su vecino.
Onofre, físicamente obligado por los empujones de Silvia, salió de casa y entró en la de don César.
-¿Sabe usted una cosa, Onofre? -le espetó don César- En la vida todos tenemos un momento en que la fortuna pasa junto a nosotros y nos sonríe. Si somos sagaces, arriesgados y hacemos lo que nos pide, el triunfo será nuestro. Éste es su momento.
-Perdone, pero no entiendo nada. ¿De qué se trata?
-¿Cuánto gana usted, Onofre, actualmente, a las órdenes del señor Lechúguez? Perdone mi indiscreción. ¿1500 euros al mes?... Yo le pagaré un sueldo de 5000 euros, simplemente por ser mi secretario.
-¿Sólo por eso?
-Bueno... y por realizar un insignificante servicio.
-¿Como qué?
-¡Ja, ja! Es una cosa tan tonta la que deberá hacer que me da risa proponérsela. Usted suele visitar a la familia Lechúguez ¿verdad? Bien, pues esta misma noche, los llama y les dice que quisiera enseñarles algo que les va a interesar sobremanera. Luego va a su casa, portando una curiosa cámara fotográfica que yo le voy a dejar. Tan pronto como vea agrupada a la familia les dice que les va a enseñar una fantástica cámara, pero que, primero, les sacará la foto. Usted dispara. Ellos quedan momentáneamente desaparecidos y usted aprovecha para rescatar un documento que me pertenece, firmado por mí y por Elvira la agente de seguros. ¿Qué le parece?
Onofre, confuso y aterrado, se siente incapaz de reaccionar y contestar con sensatez.
-De acuerdo, de acuerdo... Ya pasaré a recoger la cámara cuando vaya a ver a los Lechúguez. Hasta luego.
-¡Ji, ji, ji! Ya sabía que usted es persona inteligente. Hasta luego, Onofre.

Una vez en su casa, Onofre, privado de voz y pálido como un muerto, trata de explicar a Silvia la descabellada propuesta de don César: 5ooo euros mensuales por rescatar un documento en casa de los Lechúguez, mientras éstos están momentáneamente desaparecidos a causa de la foto que deberá hacerles con una extraña cámara.
-No. Yo no puedo hacer eso -le dice a su mujer-. Mis principios éticos me lo prohiben.
Silvia reacciona violentamente. Procura no gritar para que don César no oiga la gresca. Pero sus ojos despiden chispas encendidas y su boca vomita culebras de azufre.
-¿Qué dices desgraciado? Te ofrecen la posibilidad de hacerte rico a cambio de nada y lo desprecias alegremente. ¿Estás loco? Ya era lo último que esperaba de tí. ¿Y dices que tus principios éticos te lo prohiben? No me hagas reir. Más bien tu cobardía, ¡calzonazos! Estoy harta de aguantar tus mojigaterías, tus ñoñeces y falta de resolución. No eres más que un pedazo de aburrimiento con ojos miopes que sólo te sirven para leer memeces, y unas manos torpes con las que garabateas las tonterías que pasan por tu cabeza. ¿Sabes lo que te digo? No quiero perder los años que me queden de vida como he perdido los que he pasado contigo hasta ahora. Aprende de Hércules Cejudo. Él va a abrir un gimnasio y precisa una monitora de aerobic. Me voy a ir con él para todo lo que quiera. Y ahora voy a decirle a don César que cuente conmigo para lo de Lechúguez...
-Por favor, Silvia, no lo hagas. Piensa, al menos, en tu hija Laura. Por mí no tengas cuidado. Siento no haber sabido hacerte feliz, pero te juro que siempre ha sido esa mi intención. Yo siempre te quise, te quiero y te querré, a pesar de que eres distinta a mí, de que tus gustos y aficiones no se parecen a los míos. Cuando yo te elegí por esposa, te quise tal como eras. Acepté tus diferencias. ¿Por qué tú no aceptas las mías? Por qué te resulta insufrible mi afición a los libros, a escribir... A tí te encanta ver en la tele toda clase de historias. Esas historias no podrías verlas si no hubiera alguien que le gusta y se molesta en escribirlas. Tú prefieres verlas, yo escribirlas. Nadie es igual a nadie, cada uno tiene sus vivencias, estudios, mentalidad... Somos distintos. ¿Qué le vamos a hacer? Como el grillo, yo soy feliz con mi grigrí. Tú, con el tuyo. ¿Por qué no respetamos el grigrí de cada uno y tratamos de comprendernos mutuamente? Pero, bueno, no te molestaré más. Me marcho.
Onofre, derrotado, cabizbajo, salió de casa y se dirigió hacia la calle. Eran más de las once de la noche.
Mientras, Laura, apareció en el salón, enfrentándose con su madre:
-¿Pero qué os pasa? ¿Estáis locos? ¿A dónde va papá?
-Ni lo sé, ni me importa. Espero que no vuelva. Es lo que tenía que haber hecho hace tiempo. Le ofrece don César la oportunidad de ganar un sueldo fantástico y lo rechaza el estúpido...
-Sí, mamá. He escuchado sus razones y lo entiendo. También entiendo tus quejas por su manera de ser. Pero lo que no entiendo es que no sepáis sobrellevar vuestras diferencias. Esa falta de entendimiento me produce un sentimiento de frustración tremendo y me lleva a pensar que el unirse en pareja es una estupidez, pues no es más que un espejismo, una trampa que hay que evitar a toda costa. Si vosotros no estáis unidos, yo tampoco quiero seguir aquí. Voy a marcharme también. No sé si a una ONG o en donde acabaré, pero aquí no puedo seguir viviendo.
Laura abrió la puerta y se marchó llorando con dirección a la calle.
En el momento en que Laura pasaba junto a la portería, Hipólito Centella -avisado por Baudelio- trataba de descubrir la avería, provocada por éste, comprobando las conexiones del equipo. Baudelio se disponía ya a levantar la mortífera palanca, cuando Hipólito -viendo pasar a Laura con lloroso y desconsolado semblante- se incorporó de improviso y salió a la puerta de la portería, gritando:
-¡Laura, Laura!
En aquel preciso instante, en el reloj de la torre de una vieja iglesia cercana, sonaban las doce de la noche...""

Y hasta aquí nos ha informado la prolija Voz de Agua merlinesa que -presa de un repentino ataque de sueño- se quedó traspuesta, roncando y balanceándose en la rama del árbol de los deseos.
Nosotros, sin pérdida de tiempo, nos hemos preparado para entrar en acción. Pero cuanto ocurrió después, os lo contaré en un nuevo mensaje. Adiós, amigos, hasta pronto. Toby."



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Historia de otra escalera - (Cap. I)

martes, 28 de agosto de 2007
Si el invierno es tiempo de meditación -como diría ¿"Chespir"?- no es menos cierto que el verano es de disipación. Lo digo yo que, aunque perro, observo y saco conclusiones. Sin apenas darnos cuenta, el verano se nos pasa en futilidades. Esa es la razón de mi escasa, casi nula, comunicación con Tinterico y Don Quijote. Ahora, por unos días, nos hemos instalado en la casa de Clara, en este pueblo serrano. Las noches las paso en un local amplio y fresco, en los bajos de la casa de enfrente. Gracias a Edu -que es muy lagarto- el potho mensajero lo han colgado en la pared, frente a mi caseta, a la altura precisa para que tanto él como la cámara chivata, conectada al ordenador, puedan observarlo desde la ventana de su habitación y a través del ventanuco del local, y yo, por supuesto, desde mi caseta.
Anoche me volvieron a espabilar los destellos intermitentes de las hojas del potho, recibiendo otro mensaje de Tinterico. Ahí va el mensaje y mis saludos:

"Albricias, Toby, porque, a pesar de los maleficios de las brujidiablas, seguimos vivos y dueños de nuestros espíritus y, como tú muy bien

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supones, capaces de combatir la sinrazón. Ellas no descansan, maquinando discordias y alborotos allí donde reina la paz. Por el contrario, una vez recuperadas de las magulladuras que les propinaron en el centro médico, acordaron visitar un grupo de viviendas, llamado Las Oropéndolas, ubicado en una ciudad próxima al castillo en que ellas se albergan y tienen cautivas nuestras figurillas.
Rápidamente reanudaron sus andanzas acudiendo al árbol de los deseos para pedir información sobre los pacíficos residentes de esa urbanización. Escuchamos su cotorreo junto al árbol y salimos echando leches del cofre -en espíritu, claro, y con un pijama invisible, a rayas rojas el mío y con lunares azules el de Don Quijote- para enterarnos de sus siniestros planes. Devotas y sumisas se postraron ante la rama de las orejas y recitaron esta plegaria a su cacarañado cacique:
-Poderoso Asmodeo: nosotras tus siervas, Chinda y Minga, necesitamos conocer las intimidades de la gente que vive en Las Oropéndolas, al parecer un lugar urbano paradisíaco, en donde es fama que sus residentes son un dechado de educación exquisita, armonía y buen nivel crematístico. Muéstranos sus entresijos para incordiarlos como es debido.
En seguida los múltiples ojos de la rama óptica se encendieron y bailotearon a un ritmo frenético. Sus pupilas despidieron rayos de luz violácea, yendo a proyectar imágenes del recinto y sus vecinos sobre el muro próximo al dormitorio de las brujas.
En perspectiva aérea apareció el grupo de viviendas. Un gran rectángulo, con la puerta de acceso en uno de los lados más estrechos. Dentro del recinto hay un parque ajardinado rodeando a las piscinas, canchas y pistas. Y en torno al parque, varios bloques de viviendas distribuidos en portales de tres plantas, con cuatro pisos por planta.
La alegre música de fondo fue absorbida por la voz cazallera de Minga, que muy pronto prescindió del primitivo tono sumiso, sustituyéndolo por otro autoritario:
-Ya está bien de pamplinas y ¡al grano! Lo que nos interesa es conocer a la gente del portal A. ¿Vale? Queremos saber quiénes son, cuáles son sus apariencias y cómo son en realidad.
La rama de las bocas se agitó, al tiempo que los labios de cada una comenzaron a abrirse y cerrarse, recitando al unísono primero y luego por separado.
-Empecemos por la tercera planta. De derecha a izquierda están los pisos A, B, C y D, uno al lado del otro. Deberíamos comenzar hablando del A, pero lo haremos por el B, pues en él vive don Baldomero, promotor de la urbanización. Vedlo ahí. Ese hombre cincuentón, rechoncho y calvo, en pijama rosa con ovejitas amarillas, que apoya sus rollizos brazos en la barandilla del balcón y contempla con orgullo su magnífica obra: el conjunto residencial Las Oropéndolas. Él, con su opulento caudal, promovió la construcción de las viviendas que luego vendió al banco de don César, que vive en el segundo B, debajo del suyo.
-Don Baldomero es un lince -afirmó la voz campanuda de una boca de labios achocolatados que masticaba chicle sin parar-. Debe de estar podrido de dinero. Pero en el fondo no es feliz.Vive solo, en ese piso que se reservó para sí. Su mujer, neoyorquina americana...
-Un momento -gruñó Chinda- ¿es que hay neoyorquinas que no sean americanas?
-Por supuesto -atajó Minga impaciente- y suecas que son de Carajillo de Abajo.
-Bueno, pues eso -continuó, sin inmutarse, la del chicle-. Su mujer lo dejó plantado y se marchó a U.S.A. con sus dos hijas.
-¡Alto ahí! -gritó Minga-. Queremos ver las imágenes de las hijas de don Baldomero.
-¡Marchando un primer plano de Kuki y de Barbarita!
Ipso facto aparecieron, en un ángulo de la pantalla, los agraciados rostros y cuerpos modélicos de las jóvenes veinteañeras, Kuki rubia y morena Barbarita.
-Me pido la rubia -se adelantó Minga.
-Pues yo la morena -dijo Chinda.
-¡Entendido! -resonó un vozarrón en lo alto de la torre.
-En el tercero A -intervino la voz ácida de una boca de labios limón- y a la derecha de don Baldomero, vive la señora Susina. Una viuda de cuarenta y cinco años, de buen ver pero mal mirar, pues es algo bizca. Es muy recatada y pía. De su difunto marido -un militar que le doblaba la edad- heredó el piso y la pensión. Su hijo Leonardo la ha convencido para que pague a don César el alquiler del piso tercero D, pues de esa forma espera terminar antes la carrera de psicología canina que está estudiando, y así poder montar muy pronto un consultorio para perros con problemas psíquicos. Don César, frío y calculador, ha exigido a Susina avale con su vivienda los pagos del alquiler. Ella, la muy cándida, ha aceptado por las buenas. Además -emulando a Isabel la Católica- ha hecho a san Canuto la heroica promesa de no cambiarse de enagua interior hasta tanto Leonardo no acabe la carrera. Con una importante diferencia: que, aunque no se quite la enagua, se bañará con ella puesta y se la secará con el secador del pelo.
Por otro lado, Susina forcejea, en las entretelas de su alma, tratando de espantar una idea que considera una cobarde traición a su santo marido: la de arrojarse en los rollizos brazos de don Baldomero, quien parece mirarla con ojos lascivos. "Pues espabila y dale cuartelillo -le dice su hijo- que chollos así no se dan a diario". Pero ella se santigua como si escuchara al diablo.
-Lo que hay que oir, madre, ¿y quién vive en el tercero C, entre Leonardo y don Baldomero? -preguntó ansiosa Minga.
-Ahí residen el señor Porreto, su mujer Quirica y Alicia, hija de ambos. Una familia desconcertante -comenzó a relatar otra boca con labios de plomo y voz de trompeta.
-¿Y qué tienen de particular? -inquirió Chinda.
-La familia Porreto, -continuó la voz, en do de pecho, haciendo pausas como si pregonara un bando- se levanta cada mañana a las cinco. Salen de casa trajeados. Él con gafas oscuras. Portando un maletín negro. Quirica muy enjoyada. Con largos pendientes de cristalitos tallados. Como una lámpara andante. Alicia uniformada con blusa blanca. Corbata y falda azul marino. Si ven a algún vecino. Normalmente a Baudelio el conserje. Lo saludan cortésmente. Pasan al garaje y cogen el coche. Dejan a Alicia en el colegio Inglés. Quirica se baja en un tanatorio. Allí se pone una chilaba morada. Cubre su cabeza con un pañuelo blanco. Se coloca unas gafas negras. Y limpia el tanatorio. Porreto llega a una granja avícola de las afueras. Se cambia el traje por un mono caqui. Se pone a empaquetar huevos que da gusto verlo. A las ocho de la tarde. La familia Porreto regresa a Las Oropéndolas. Impecablemente trajeados. Saludando cortésmente. Y así un día y otro día.
-¡Hum, hum! qué familia tan rara -comentó Minga-. Y en la segunda planta ¿qué percal tenemos?
-¡Huy, la segunda planta! ¡La de los ejecutivos! ja, ja -exclamó otra voz de labios rezumando tinta-. Debajo del piso de Leonardo, en el segundo D, habita Elvira, una solterona de cuarenta y dos años, muy morena, de voz y rasgos varoniles. Es agente de seguros. Posee una rara habilidad para captar adeptos y, sobre todo, para modificar -sin que el asegurado se entere- las condiciones, originariamente contratadas, por otras nefastas para el asegurado pero ventajosas para la compañía de seguros. Por sus gestiones cobra sustanciosas comisiones. Es muy cerebral y maquiavélica. Su mente no para de maquinar planes, incluso dormida...
-Interesante, muy interesante -dijo Chinda- ¿Y en el segundo C?
-Debajo de la familia Porreto habitan el señor Lechúguez, su elegante esposa Ferina (Ceferina) y su hijo Pompi (diminutivo cariñoso de Pompeyo) -irrumpió una siseante y jugosa voz de frescos y arqueados labios de raja de sandía-. El señor Lechúguez es jefe de sección del departamento comercial de una boyante empresa de molinillos de viento y otras aplicaciones eólicas. Es un hombre alto, algo fofo, de rasgos orientales, con calva galopante como una jaca jerezana, que él trata de disimular con el sofisticado peinado de los negros, solidarios y escasos pelos de sus sienes que enrosca como un birrete judío. Su máxima preocupación es la de pregonar al mundo la exquisitez de su persona y familia. Aunque alardea de palabra fácil,vasta cultura y tener varios cursos de derecho, los gazapos gramaticales se le suelen colar como conejos de monte en las notas y borradores que entrega a su secretario Onofre, quien se encarga de corregirlos, cristianarlos y sellarlos con sepulcral sigilo. El señor Lechúguez está convencido de su superioridad sobre el resto de los mortales. El glamur es su afán de cada día. Al pobre Onofre lo abruma en la oficina hablándole de las ropas de marca que ellos se compran; de que el cocido que Ferina prepara es a base de jabugo; que en sus vacaciones se hospedan en hoteles galácticos; que su señora es un fiel trasunto de Pitágoras, aunque de belleza algo picassiana. Ferina trabaja en el banco de don César que -lo que son las cosas- vive en el piso de al lado. Según Lechúguez, ella es una musa de la contabilidad, mano derecha de don César. Pero la realidad es que Ferina es una curranta a la que don César machaca con sus constantes impertinencias: servirle un café cada media hora, limpiar la mesa cuando retira los pies de encima, coger el teléfono mientras él se espabila, cortarle los pelillos de la nariz y de las orejas, limarle las uñas. Don César la anima a ser más lanzada. Le pide una minucia: que le complazca en sus caprichos concupiscentes que le asaltan durante la jornada laboral. Ferina lo ha consultado con Lechúguez, quien no sólo no se ha opuesto sino que la alienta en la brillante carrera hacia la ansiada meta: llegar a jefa de contabilidad.
"Pompi, nuestro hijo, -dice Lechúguez a Onofre, inflado de orgullo- fue de pequeño un niño prodigio y ahora es sin duda un genio, para quien la astronomía no tiene secretos. Sus ideas sobre la constitución del universo son originalísimas. Según el niño, existen multitud de universos, todos perimórficos (es decir, con forma de pera) que giran a modo de peonzas sobre las ramas de un fantástico árbol que flota en las inmensidades del espacio. La vía láctea se halla en una zona minúscula y exterior del perímetro mayor de la pera de nuestro universo. Y en ella está el sistema solar, unos cuantos granitos de arena -entre ellos la Tierra- danzando sobre la misma piel de la pera. Una consecuencia de la forma de pera de nuestro universo y su proximidad a otro universo vecino es que, cada cinco mil años, nuestro universo completa uno de sus giros rotatorios, quedando la Tierra, durante unos años, bajo el influjo del universo vecino que gira en sentido contrario al nuestro. Eso explicaría el cambio climático y otras turbulencias que últimamente venimos acusando los terrícolas. Pompi espera dirigir muy pronto un programa en televisión sobre temas astrofísicos, cosa que será realidad tan pronto como el C.S.I.C. haya examinado su genial teoría."
-Encantadora la familia Lechúguez -aplaudió Chinda- ¿Y qué más nos podéis contar del vecino de al lado, don César el del segundo B?
La sibilante voz de unos labios de hojalata contestó a Chinda:
-Ya sabeisss... Nada masss y nada menosss que don César el banquero, director de su propio banco. No está casado ni tiene hijos. Vive por y para el dinero. Sus pulmones son de estaño, su corazón de cobre. Don Baldomero, el vecino de arriba, depositó en el banco de don César los millones logrados en la venta de la urbanización. Nadie pondría en duda que uno y otro son uña y carne. Frecuentemente se les ve juntos en el casino, jugando al ajedrez. Don Baldomero ha confesado a don César que él es soltero y no tiene familiares que lo hereden (cosa absolutamente falsa). Esta confidencia ha alborotado al buitre que anida en el cerebro de bronce de don César. Los millones de don Baldomero pasarían a ser propiedad de su banco... Chissssssssss!
-¿Entonces Ferina, la mujer de Lechúguez, qué es para don César? -preguntó Chinda con tono ingenuo.
-Nada. El redondo roce de un euro entre sus dedos despiertan en él sensaciones más placenteras.
-Difícil lo vamos a tener con este tío -dijo Minga; y continuó impaciente-: ¡Vamos con el último de la planta, el segundo A, y abreviad, que os estáis alargando demasiado, cansinas!
-Perdonad, pero la boca de amapola está ahora mismo durmiendo y no puede informaros.
-¡No me toquéis las enaguas! -protestó Minga- que me lío a puntapiés y os dejo los morros como pimientos del Padrón!
-Ten paciencia, Minga -le susurró Chinda al oído- que, como se cabreen, va a ser peor. ¡Anda, guapas, continuad con vuestras deleitosas informaciones!
Un chorro de voz fluorescente deslumbró a las brujas mientras se explayaba hablando del vecino del primero D:
-Se llama Hipólito Centella, joven apuesto, azafranado, de ojos laguna de ruidera, barba pelirroja artísticamente recortada, de gestos amarujeados. Es ingeniero de nuevas tecnologías e inventor por vocación y oficio. La cosa más peregrina e insólita, seguro que Hipólito ha mucho tiempo que la descubrió. Varios de sus muchos inventos los ha vendido a vecinos de Las Oropéndolas. Entre otros los siguientes:
*El móvil de goma antirrayos. Muy práctico en verano cuando hay tormenta. Según parece, el móvil convencional corre el riesgo de atraer fulgurantes chispas del cielo que, por pequeñas que sean, pueden erosionar o chamuscar alguna parte sensible del organismo.
*La televisión especulativa (versión mural archigigante). Es proyectada en el frontón que se alza frente a las piscinas comunitarias, mediante un sistema combinado de espejos, desde la habitación laboratorio de Hipólito.
*Los bañadores virtuales multicolores. Adquiridos y usados por los bañistas comunitarios. Ellos, aunque en realidad están desnudos, aparecen cubiertos de alegres bañadores reflectantes de rayos láser, emitidos por Hipólito Centella desde su laboratorio.
*El elixir canino. Es un prodigioso frasco cuentagotas de esencia que controla la micción y defecación del perro. Un producto fabricado por Centella, a base de extracto de orín y pulpa de garrapata procedentes de diversos tipos caninos. Según la idiosincrasia de cada perro (raza, tamaño, edad, ladrido, etc.) Hipólito suministra el frasco adecuado. Su empleo es sencillo y económico (0,60 euros la gota). Procedimiento: en casa, antes de sacar el perrito a pasear, se le conduce a la terraza. En ella habrá un recipiente a modo de barreño o cubeta de plástico, con un tronco o arbolillo artificial en el centro. Al pie del mismo se depositarán dos gotas del frasco. Luego se acercará el perrito para que huela las gotas. Inevitablemente el perrito excretará una generosa micción y defecación que le dejarán aliviado y libre de semejantes servidumbres durante doce horas. A continuación sacará a pasear el perrito, con la general alegría de todos.
*La cabina multiaseo-miniacuática. Quizás sea el invento centellano más práctico, ecológico y acorde con la progresiva y unánime preocupación de los humanos por la regeneración medioambiental y prevención del calentamiento del planeta. Consiste en una cabina cilíndrica, de plástico duro y transparente, un metro de diámetro de base por dos y medio de alta. Podrá colocarse encima de la antigua bañera, lo más proximo posible a la taza del wc. Junto a la base y en su parte anterior, está la entrada, un hueco de sesenta cm. de ancho por un metro de alto. La entrada se cierra con una puerta curva, de 300º de arco y un metro de alta, que se desliza suavemente de abajo arriba y viceversa gracias a los raíles laterales y al de su base, en los que encaja herméticamente. La puerta va provista de dos tetones interiores y exteriores para dicha operación. En el interior y adosado a la superficie del fondo de la cabina se halla el depósito de agua, cilindrico, de veinte cm. de diámetro y misma altura que la cabina, dividido en dos cuerpos independientes, con marcas indicadoras de los niveles del agua necesaria y suficiente para el afeitado y lavado de dientes (cuerpo superior), y para la ducha (cuerpo inferior). Los depósitos se rellenan pulsando el botón correspondiente. El depósito superior lleva incorporado un grifo y palangana abatible. El inferior, un largo tubo y alcachofa para el duchado. En la parte superior de cada depósito hay un pequeño orificio para limpieza y desinfección de los mismos. En la base de la cabina se abre un sumidero con filtro, por donde se evacua el agua filtrada, pasando a la cisterna del wc por un tubo conectado con ésta.
Don Baldomero aprecia mucho a Hipólito y está muy interesado por sus inventos, lo cual es un gran estímulo para él. Sabe que Elvira lo mira con ojos codiciosos -porque intuyen en él una mina de diamantes- pero Hipólito no siente hacia ella ninguna atracción. En cambio, su corazón se altera cuando ve a Laura, la hija de Onofre...
-Bueno, ya está bien de tanto invento y tanta coña morena. A ver quién se cobija en el primero C -exigió Minga con talante avinagrado.
-Ja,ja,ja. De momento nadie. Es un piso propiedad del banco de don César, jo,jo,jo. -se carcajeó la voz risueña de una boca de labios verdes y gordos como dos pepinos.
-Pues a otra cosa, pamplinosa. Háblame del primero B.
-En el primero B, primero B -contestó la pepinocha cantando-, vive Hércules Cejudo con Teodora su mujer. Y su suegra Romualda, que decide por los tres. ¡jejejejejé, jejejejejé!
-¡Menos risitas y al grano, que no está el horno para bollos! -rezongó Minga.
-Bien, -continuó seria y precipitada la cucurbitácea- Hércules Cejudo es camionero de profesión, por lo que pasa más tiempo fuera que en casa, para dicha suya, porque si cotilla es su mujer, supercotillona es su suegra, que desde que se levantan hasta que se acuestan no tienen otro afán que enterarse de chismes y difundirlos por doquier. Hércules Cejudo, haciendo honor a su nombre, es forzudo, musculoso y con un par de cejas como dos felpudos. No obstante es de ánimo bondadoso y cándido como un boniato. Teodora y Romualda, por el contrario, son dos serpientes de cascabel, envidiosas e intrigantes. Ellas se sienten humilladas y ofendidas con la profesión de Hércules, de ahí que anden siempre fantaseando sobre la manera de que Hércules abandone la carretera y emprenda una profesión con mayor brillo social. Hércules no deslumbra a nadie con geniales salidas, pero posee unos bíceps de acero a los que podría sacarles buen partido, opinan ellas. Hacen cábalas y proyectos que van a contar a Silvia, la mujer de Onofre, llenándole la cabeza de pajaritos, tratando de indisponerla con Onofre su marido y con Laura, su hija, quienes no aguantan un segundo al par de cotillas. Teodora hace faenas de limpieza en las casas de don Baldomero, don César y Elvira. Así que no le falta nunca materia de cotilleo.
-¡Oye bocazas! Hablas con mucha inquina contra esas señoras que, sin lugar a dudas, son las más honorables de la urbanización. Cállate de una vez y que sea otra la que tome el carrete y nos informe sobre el primero A.
-¡Más bajo! -susurró una boca de labios enharinados, con un hilo de voz apenas perceptible-. Es el piso del conserje. Un hombre enigmático. Miradlo en la pantalla. Sentado en el cuarto de la portería, serio como un ajo porro, con su uniforme gris ribeteado con cordoncillos verdes, controlando la puerta automática. A todos saluda y ofrece sus servicios sonriente. De todos acepta las quejas e impertinencias con semblante humilde y sumiso. Pero su interior es un volcán que, en cualquier momento, puede estallar en ríos de lava. Nadie conoce su interior.
-¿Nadie? -dijo Chinda- No nos hagas reir. Ya verás cómo nosotras lo descubrimos. Bien, ya tenemos cumplida información de los oropéndolos.
-¡Un momento! -exclamó Minga-. Falta el segundo A. ¿Quiénes son los afortunados que lo habitan?
-¿Afortunados? -gorgojeó una voz de jilguero con pico de pato- ¡Ay, pobres! Ellos son Onofre, Silvia su mujer y Laura, la hija. Onofre es un hombre pusilánime, sensible y culto, pero que tuvo la infeliz idea de entrar a trabajar en la misma empresa que Lechúguez. Esa fue su perdición. El trabajo que, desde tantos años realiza, no le gusta en absoluto. Siempre le ha producido hastío y repulsa. Él habría sido feliz con un trabajo relacionado con los libros, pero cayó en aquella telaraña y quedó apresado en ella como en una pegajosa pesadilla, dependiente del señor Lechúguez, su jefe inmediato, a quien siempre ha despreciado en su interior, por sus aires de superioridad y su disfraz de exquisitez que apenas cubre un ápice su mediocridad.
Silvia, aunque se casó con él muy enamorada, ha ido retirando su afecto a Onofre, porque él no ha sabido hacerla feliz, y la ha llevado por un camino de privaciones y costumbres muy distintas a sus aspiraciones. Cándidamente ella se desahoga con Romualda y Teodora quienes, asiduamente, se cuelan en su casa, mientras Onofre está en el trabajo. Las cotillas le hacen arrumacos y le aconsejan que no sea tonta y disfrute de la vida, rompiendo lo que haya que romper.
Laura, la hija, terminó la carrera de odontología, pero carece de recursos para establecerse. Siente gran afecto y admiración hacia Hipólito. A veces sueña que viven en pareja, realizando sus proyectos, muy felices. Cuando despierta, sonríe tristemente, porque lo considera un sueño irrealizable.

Repentinamente la rama de los ojos cesó en sus despendolados movimientos. Todos los párpados se cerraron de golpe, desapareciendo las imágenes de la proyección.
-¡Vaya, vaya, qué estupendo caldo se está cociendo tras las puertas de estos pisos! -dijo Chinda.
-Nosotras nos encargaremos de hacer un buen guiso -completó Minga-. Vámonos a la cama que mañana temprano debemos salir volando hacia Las Oropéndolas.

-¿Qué te parece, Toby? De estas brujas se puede esperar los mayores disparates. Así que, en cuanto termine el mensaje, me pongo con Don Quijote a planear la mejor forma de combatirlas. Ya os tendré al corriente de las maniobras de estas perversas."

Bueno, amigos, espero que pronto os pueda enviar nuevas noticias. Pasadlo bien. Toby.
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Verano comunitario

jueves, 2 de agosto de 2007
Por fin, mis queridos Don Quijote y Tinterico, por fin puedo contestar a vuestro mensaje. ¡Ah, qué incierta y deleznable es nuestra condición! Una insignificante bagatela ha sido la causa de mi prolongado silencio. El copioso y mágico potho de la terraza, en donde se halla mi caseta, lo llevó Xemi al chalet de su amiga Marcia para que no sufriera ningún percance mientras Clara y Lucas han pintado y hecho faenas en casa, por lo que he estado sin transmisor durante bastante tiempo.
Hoy por la mañana -concluido el zafarrancho- Xemi ha traído el potho, volviéndolo a colocar en su sitio de la terraza. Así que en esta madrugada del tres de agosto estoy correspondiendo al mensaje que me enviasteis hace un mes.


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Vuestras tranquilizadoras noticias son un auténtico bálsamo consolador para quienes os echamos tanto de menos. Pues por ellas sabemos que, aunque os encontréis en el reino de la Mala Uva, secuestrados por las brujidiablas Minga y Chinda, vuestros espíritus conservan una relativa autonomía que os permite seguir combatiendo la sinrazón, la maldad y la falsedad. Espero que las brujas hayan quedado escarmentadas por una buena temporada. Yo no descanso, ni de noche ni de día, machacándome las neuronas, tratando de descubrir el lugar en dónde os tienen apresados y la forma de liberaros.
Mientras tanto, ojalá podamos mantener la recíproca comunicación gracias al árbol de los deseos de las brujas y al bendito potho, al que hoy vuelvo a ver colgado del techo de la terraza, columpiándose alegre y feliz.
¿Qué puedo contaros para divertiros un poco y mitigar los sinsabores que inevitablemente experimentaréis en el reino de la Mala Uva?
Por aquí el verano se ha dejado caer de golpe y porrazo. Ha llegado bufando, montado en un dragón que echa fuego por las fauces de sus cuatro cabezas cardinales. En la urbanización han destapado la piscina. Ya era hora. Los vecinos van tímidamente apareciendo por el parque comunitario, en bañador. Yo me lo paso en grande, mirando y escuchando lo que hacen y dicen, asomado en el balcón.
Hace unos días, a eso de las tres de la tarde, veo a Anacleto, todo orondo y risueño, que sale al parque con un bañador arco iris. Tras pasear su mirada por la hierba, la detiene en la de Collejo, sentado enfrente, en el bordillo de la acera que rodea al parque. Se acerca y se sienta junto a él y le dice:

-Hay que ver qué sosito está hoy esto.
-Sí -contesta Collejo.
-Entre la hierba no se ve ningún caballo correr...
-Ni ningún tigre, pantera o búfalo...
-O alguna serpiente de esas que se te quedan mirando y te hipnotizan.
-Es verdad -asiente Collejo-. Fíjate en esa palmera. No hay ni un solo mono encaramado en ella.
-Y en el agua... ¿qué menos que algún tiburón o anaconda?
-Pues ¿sabes lo que te digo, Collejo?: que esto hay que cambiarlo. De lo contrario este parque desaparecerá. Vendrán los grillos en manadas. No nos dejarán dormir. Se comerán la hierba y terminará convirtiéndose en un desierto.
-¿Y cómo vamos a impedirlo?
-Muy sencillo. Repoblándolo.
-Ja, ja. ¿Y a dónde vamos a ir por los leones -por ejemplo- aparte de lo caros que deben de estar?
-No hay problema, Collejo. Hay que ser prácticos. Mi mujer hizo en las amas de casa un cursillo de pintura y decoración del hogar.
-Y la mía otro de corte y confección ¿y qué más?
-Pues mira. Arriba, en el tejado, tenemos un par de gatos hermosos y guaponazos. Mi mujer los coge y, en un abrir y cerrar de ojos, los transforma en dos auténticos tigres.
-¡No me digas! ¿es posible?
-Así como lo oyes. Además podemos pedir a la señora Flori nos deje su perro blanco. Mi mujer le da una mano de marrón dorado glacé y lo deja igual que un león.
-Pero los leones tienen melena...
-Eso no es problema. Yo tengo en casa una peluca que se ponía mi suegra (pues la pobre se quedó calva por una indigestión de higos). Mi mujer le da otra mano de marrón dorado glacé y asunto resuelto.
-¿Y panteras? Porque si no hay alguna pantera...
-Eso es más fácil todavía. Lucas, el vecino de arriba, tiene un perrillo negro, chiquito, que es una fiera.
-¿El Toby? Bueno, bueno, a ese perro se le va toda la fuerza por la boca. En el fondo es un mierdecilla.
Cuando escuché ese comentario, no faltó nada para que me lanzara en vuelo rasante contra las chirimoyas de Collejo y de Anacleto, para demostrarles de lo que soy capaz; pero me aguanté por ver en qué quedaban los planes de estos insensatos.
-Sí hombre -continuó Anacleto-, a ese perro se le recortan un poco las orejas; se le ata un plomo en la punta del rabo para que se le desenrosque; se le frotan los morros con ajo para que le crezcan los bigotes; se le cabrea un poco y queda idéntico a una pantera.
-La verdad es que eres un genio, Anacleto. ¿Y qué más se podría hacer para animar el parque?
-Muy fácil. Yo tengo una cinta de cantos de canarios, cotorras y periquitos. Y otra de ruidos de la selva. Colocaré un altavoz en el balcón y, de vez en cuando las haré sonar para ambientar el parque.
-¿Y eso es todo?
-Hay más, hay más. También correrán por estas praderas Tarzán y la mona Chita.
-Eso ya es demasiado, Anacleto. ¿Quiénes van a hacer de Tarzán y de Chita?
-Como lo que se pretende es no sólo animar el parque, sino que sea un espectáculo que, en vez de costarnos dinero se convierta en una fuente de ingresos para la comunidad, cada verano hará de Tarzán el vecino que tenga cargo de presidente, y de mona hará el secretario o secretaria. Quien quiera ver la selva en vivo y en directo podrá hacerlo pagando a la comunidad una entrada de diez euros.
-Oye, me parece un plan fantástico. Mañana mismo deberíamos convocar una reunión y proponerlo.

Bueno, amigos Tinterico y Don Quijote, espero que, con vuestras infatigables esfuerzos y ocurrentes remedios, estéis convirtiendo el reino de la Mala Uva en un paraiso de dulce moscatel. Quedo pendiente de vuestras prontas noticias. Toby.




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Efectos secundarios

miércoles, 4 de julio de 2007
Mis sospechas se han confirmado. El grito de socorro, escuchado en el chalet de Marcia, era de Tinterico. ¿Cómo lo he descubierto? En la madrugada del sábado 30, una ráfaga de viento con ecos de música, risas y voces de fiesta, me arrebató el sueño en mi caseta de la terraza.Noté una claridad intermitente que se colaba por las juntas de la cortinilla. Saqué la cabeza por debajo de ella y ¡casi me da algo! La luz provenía de un potho copioso -que Clara tiene colgado del techo, frente a mi caseta- del que penden sus hojas como una verde melena. Mi asombro fue tremendo. Sobre las hojas habían aparecido letras encendidas de color rojo, formando palabras y frases alineadas. Tras unos segundos, las letras desaparecían y eran sustituidas por otras frases continuadoras del párrafo anterior. No me cabía duda, era un mensaje suyo.

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Gracias a que -como ya os conté- he aprendido a leer, pude enterarme del texto. Decía así:
"¡Toby, Toby, soy Tinterico! Te estoy mandando este mensaje desde el castillo de las brujidiablas, en el reino de la Mala Uva. Para darte tiempo a pensar cómo lo grabas, esperaré cinco minutos antes de continuar. Don Quijote -que está a mi lado- quiere que lo publiques donde tú sabes."
Aceleré al máximo mis perriles neuronas. Recordé, a velocidad de tornado epiléptico, las variadas técnicas de grabación de mensajes habidas en la historia y prehistoria: las pinturas rupestres, las tablas de Moisés, los papiros egipcios, los códices medievales, la voz de su amo y de todos sus antepasados, el loro de Patataria y... -¡eureka!- la cámara chivata que Edu tiene puesta ahí, en la ventana, observando la calle y conectada al ordenador. Salté sobre el taburete, me puse de pie y, con las patas delanteras, hice girar la cámara enfocándola al potho mensajero.
En seguida se reanudó el mensaje:
"Toby, la noche que las enlutadas mujeres se apoderaron del botín de Caraculiambro y yo grité pidiéndote ayuda, ellas nos llevaron volando dentro del fardel. Don Quijote y yo conseguimos salir del cofre, pero sólo nuestros espíritus. Asomamos la cabeza por un agujero del saco y pudimos ver cómo nos transportaban por tenebrosos pasadizos y pestilentes cloacas hasta el reino de la Mala Uva. Por lo que hemos escuchado a las brujas, son dos hermanas brujidiablas -la mayor se llama Chinda y la más joven Minga-. Trabajan a las órdenes de Asmodeo, el príncipe eternamente cabreado y colérico, cuyo único objetivo es el de hacer infeliz a todo bicho viviente.
Ellas habitan en el torreón de un ruinoso castillo que se alza sobre un monte desde el que se divisan varios pueblos. Sujetando el pesado fardel, las brujidiablas penetraron por una de las ojivales ventanas de la torre y bajaron volando hasta su guarida, una enorme estancia de grandes sillares de piedra que ocupa la mitad del torreón. En uno de los ángulos donde se junta el muro curvo de la torre y el muro plano, que la divide por el centro, se halla el dormitorio de las brujidiablas, con dos camas de negros barrotes y perinolas doradas, cerrado con unas gruesas cortinas rojas. En mitad del muro curvo, junto al suelo, hay un fogón con chimenea, troncos de leña, unas trébedes y una marmita. Al otro lado, en el muro plano, se abre una puerta que sale a la escalera de caracol, que recorre la torre desde las almenas hasta la mazmorra. Además de varias alacenas, se ven arcas, baúles, sillas y mesas, cubiertas de libros viejos y cachivaches. Posados en los huecos de las altas ventanas hay varios pajarracos, atentos a las manipulaciones de las brujas.
Rápidamente abrieron éstas el saco y colocaron los cacharros sobre una de las mesas. Nosotros nos sentamos sobre el cofre, aprovechando que éramos invisibles a las brujas. Desde allí contemplamos algo realmente admirable. En el centro de la estancia se levanta un árbol mágico. Las brujas lo llaman el árbol de los deseos. Sus ramas parten de lo alto del tronco, igual que las palmeras, con la singularidad de que las hojas de cada rama son distintas y caprichosas. Las hojas de la rama que está frente a nosotros son espejos; las de otra rama son manos; las de otra, ojos; otra está cubierta de orejas; y otra de bocas. Junto a la alcoba de las brujas hay un pequeño órgano de pedales, con el que ellas tocan escalofriantes melodías, coreadas por las hojas-boca, que se abren amenazantes cuando cantan. Varios gatos negros corren alocados tras ratones imaginarios.
Lo primero que han hecho las brujidiablas ha sido enviar un mensaje oral a Asmodeo, por medio del árbol de los deseos. Se han acercado a la rama de las orejas y han relatado lo que sigue:
""-¡Poderoso príncipe Asmodeo, azote del estúpido y engreído género humano! -comenzó proclamando la bruja mayor- Yo soy tu sierva Chinda, archibrujidiabla titulada por la universidad lechucense de Alcornocal de la Sierra, cuerno dorado de la cofradía de brujidiablas mutiladas, fundada por Recesvinta la Grande el año 666 de la era terciaria.
-Y yo soy Minga, archidiablesa del condado de los Bacines, que junto con mi hermana Chinda ta vamos a cantar una copla muy divertida. ¡A la una, a las dos y a las tres!
Y, al pie de la rama, cantaron desafinadamente mal, las dos hermanas:
-Don Quijote y Tinterico, presos están en un cofre que tenemos bien guardado, para que nadie lo robe. Se acabaron sus hazañas en defensa de los pobres, de los huérfanos y viudas, de lo recto y de lo noble. Ya puedes dormir tranquilo, gran torturador del orbe, porque nosotras velamos para que el mal siempre ronde.
Luego continuó Chinda diciendo:
-También tenemos otra grata noticia. Y es que la misión que nos encomendaste de jorobar refinadamente al pueblo de Florindogil del Río -al que acaban de concederle la medalla de ciudadanía ejemplar- la estamos bordando con encajes de bolillos. Ya llevamos tres semanas jodiéndolos, pero son como cabestros, ahí nadie protesta. Bueno, hasta ahora.
-Sí -dijo Minga, empalmando el carrete-. Tal como nos ordenaste, hemos conseguido que la gente enferme, y no pararemos hasta que se desencadenen las discordias y queden desprestigiadas las autoridades, empezando por los médicos.
-Nuestro modus operandi -añadió pedante Chinda- ha sido el siguiente. Al amanecer nos acercamos a la rama de las manos, tocamos con la varilla a una de ellas diciendo: "Queremos un ramo de flores caprichosas" y en seguida nos suelta un ramillete. Salimos volando por la ventana norte. Llegamos las primeras al centro médico. Entramos en la consulta cuando la doctora nos llama. Con amplia sonrisa acercamos el ramillete a la doctora y a la enfermera que aspiran el aroma agradecidas. De inmediato quedan privadas de conocimiento, cambiando su apariencia en lila (la doctora) y en jazmín (la enfermera) y quedando incorporadas al ramillete, que colocamos con primor sobre la mesa. Simultáneamente nuestra apariencia se cambia. Yo adopto la de la doctora y Minga la de la enfermera. A continuación iniciamos la consulta. ¡Los vamos a volver locos!
-Lo pasamos en grande -continuó Minga-. ¿Te acuerdas, Chinda, de aquel pobre diablo -con perdón- que muy tembloroso relató que, desde que se le murió el pájaro, sentía pánico a conducir, por temor a atropellar a alguna avecilla?
-¡Ah sí! Le receté unas cápsulas que le tranquilizaron tanto que se durmió conduciendo, atropelló cincuenta y cuatro gallinas y se quedó empotrado contra el pilón de una granja. Ahora está con la cabeza vendada, una pierna rota y un brazo en cabestrillo.
-¿Y la señora de los insomnios?
-También tuvo gracia. Le prescribí unas pastillas que le producen alucinaciones. Cuando anda por la calle cree que es una moneda de un euro, y en cuanto ve a alguien, se esconde por temor a que se la echen al bolsillo.
-Es que eres demoníaca. ¡Qué envidia!
-Bueno, Minga, tú tampoco te quedas atrás, pues con las pastillas contra el colesterol que le endiñaste al jubilado famélico del ojo de cristal, no sé si llegará a fin de mes, porque, aparte de que no se tiene en pie, sus riñones están como dos brevas.
-¿Y qué me dices de la chica acomplejada a la que has recetado unos sobres que le producen tartamudez y la han dejado calva? Qué mala leche, tía. ¡Ja,ja,ja!
-¿Y tú, el brevaje que le has mandado a ese albañil con alergia a los gatos? Ahora cree que es un perro y, en cuanto ve a un gato, salta tras él ladrando por calles y tejados, dejando los ladrillos a medio poner.
-¿Y a esa señora menopáusica y depresiva, que antes se pasaba todo el día durmiendo? Con tus pastillas ahora sale a la calle en minishort y top-les, y se pasa las noches bailando sevillanas.
-Entonces su vida ha mejorado, ¿no?
-Pero no por mucho tiempo, pues su vecino la va a degollar en cualquier momento.
-Drogas cojoneras hemos repartido a porrillo entre la gente joven. A unos les da por una cosa y a otros por otra: maullar, rebuznar, eructar, cazurrear, joder a diestro y siniestro, despellejar con la lengua a todo lo que se mueve, etc.
-Podríamos seguir relatando...
Repentinamente se escuchó una voz, como la de un trueno gordo, procedente de la chimenea:
-¡Chinda y Minga, escuchadme! Soy Asmodeo. Me estáis divirtiendo mucho con vuestras anécdotas. Pero ¿qué pasa con el alcalde? ¿Es que le tenéis miedo?
-¿Miedo? -exclamaron a dúo.
-Como no me contáis ninguna faena que le hayáis hecho...
-Sólo le hemos hecho una pequeñita, ¡ji,ji,ji! -contestó Chinda.
-¿Cuál? -preguntó Asmodeo.
-Como el alcalde está muy ufano de su virilidad y hace mucha propaganda -a través incluso de la radio local y el boletín municipal- de lo bien que se lo pasa con su mujer desde que le hicieron la vasectomía, le hemos jugado una putadilla. El otro día vino su mujer a la consulta y le mandé una píldora que le ha producido un bombo como si estuviera de siete meses. El alcalde ahora anda dándose cornadas contra las paredes.
-Chicas, sois realmente diabólicas. Así, así me gusta.""

Después todo quedó en silencio. Las brujidiablas apagaron el fogón y se retiraron a dormir en su alcoba.
Nosotros aprovechamos la oscuridad para acercarnos al árbol de los deseos. Don Quijote golpeó con la varita en una de las manos de la rama pródiga diciendo:
-Queremos cien folios con el siguiente bando: "Vecinos de Florindogil, ruego a quienes en las últimas semanas hayan experimentado detrimento en su salud o reacciones nocivas, acudan al centro médico para presentar la pertinente reclamación. El alcalde."
La mano obediente, mientras frotaba el índice con el pulgar, fue soltando uno a uno los cien folios con el bando escrito en letras góticas rojas y verdes.
Rápidamente hemos tomado apariencia de golondrinas cabezonas y salimos volando por la ventana norte con los folios a cuestas. Una vez en el pueblo, colocamos los bandos en los puntos más estratégicos, incluida la casa del alcalde.

A otro día, con la fresca, salieron las brujidiablas por la misma ventana, rumbo al centro médico, con un ramillete de amapolas y margaritas. Don Quijote y yo, con cuerpos agolondrinados, volamos tras ellas. Las brujas entraron por la puerta del centro y procedieron como tenían por costumbre. Se presentaron ante la doctora y la enfermera, las adormecieron y transformaron su aspecto en florecillas silvestres. Ellas, a su vez, tomaron el aspecto de aquéllas. Nosotros permanecimos sobre el alféizar de la ventana, a la espera de que llegaran los perjudicados reclamantes. No hubo mucho que esperar. Un rumor como el de un sunami viviente se apoderó de la sala. Llamaron a la puerta. La Chinda dijo "adelante". Eran el alcalde y su "embarazada" señora. Dejaron la puerta abierta de par en par ante el tumulto de la multitud sublevada. El alcalde se encaró con la doctora y la enfermera:
-Yo, mi señora y todos esos pacientes -dijo señalando afuera- hemos venido a que nos restituyan la salud que nos han robado.
-Oiga -contestó Chinda-, su señora no está enferma. Sólo está embarazada.
-¿Ah, sí? Explíqueme cómo.
En aquel momento Don Quijote y un servidor nos lanzamos a arrebatar con el pico el ramillete. Volvimos a la ventana y dejamos caer el ramo a la calle, observando cómo recobraban su auténtica apariencia la doctora y la enfermera, que se quedaron sentadas y aturdidas en el bordillo de la acera. Y vimos, también, recuperar su siniestro aspecto las dos brujidiablas, que fueron arrastradas por el alcalde y su señora a la sala de espera, donde las pisotearon, arrancaron los pelos y les dieron tremendos puntapiés, gracias a los cuales, lograron levantar el vuelo y volver maltrechas al castillo, mucho más tarde que nosotros.

Una vez que las quejumbrosas y derrengadas brujas se acostaron, Don Quijote y yo descendimos hasta el árbol de los deseos. Nos pusimos ante la rama de los espejos, observando que sobre uno de ellos incidía un rayo de luna esplendorosa que, desde la ventana sur de la torre nos miraba curiosa.
Y, con su ayuda, os estamos enviando este mensaje, desde el reino de la Mala Uva, en el que permaneceremos mientras nuestras figurillas tinteriles sigan en poder de las brujidiablas. Tinterico."


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