El palco etéreo - (Cap. I)

sábado, 4 de mayo de 2013

















 



-Así me gusta, chicos. Os felicito por vuestra puntualidad y tacto para no despertar ni molestar 

a ninguno de los innumerables espíritus que habitan este maravilloso mundo.
  -Simplemente hemos actuado de acuerdo con las normas lógicas del mundo espiritual. A ti, Xiscu, te han nombrado narrador de esta historia, razón por la que te han documentado con toda la información requerida. Por eso te consideramos nuestro jefe en la excursión al mundo terrestre que, de inmediato, vamos a emprender y, también, nos comprometemos a seguir tus indicaciones y practicar, en grado sobresaliente, la virtud más adecuada en cada momento.
   -Gracias, Neñovet. Me satisface haberte encomendado la elección del vehículo que nos transporte a la Tierra, así como su conducción hasta el palco etéreo. Confío en tu destreza para no perdernos por los andurriales de ese universo violento en que sobreviven la sufrida Tierra y sus heroicos moradores.
   -No lo sabes tú muy bien, Xiscu, porque nunca has tenido esa experiencia. De los siete espíritus que vamos ahora a viajar a la Tierra, sólo la han tenido Fañtduv, que vivió como monje medieval escocés, y yo, que viví como galgo al servicio de un cazador español. No podéis haceros ni una somera idea de lo duro y difícil que es vivir en ella, sobre todo para los seres vivos inferiores al ser humano. Sin embargo, no me importaría repetirla, aunque, a poder ser, como ser humano. ¿A ti, Fañtduv, no te gustaría volver a nacer allí?
   -Ay, amigos, ¡vivir en la Tierra...! -Fañtduv paseó su  celeste y abstraída mirada sobre cada uno de nosotros, acomodados en el disco de luz anaranjada, dispuesto a despegar- Pues sí, Hemhu, sí que me gustaría, y más en estos tiempos en que la cultura de la humanidad ha progresado tanto, aunque no en todos los aspectos. Mirad...
   -Me estáis poniendo los dientes largos, como dicen los terrícolas, ¿no es así? -dijo Kuwutu, riendo- Cuando volvamos del viaje, voy a apuntarme en la lista de candidatos a vivir en la Tierra, sin condiciones ni preferencias. Y perdona, Fañtduv, que te haya interrumpido.
  -Bien -continuó Fañtduv- Sin lugar a dudas, no existe mundo más perfecto, armónico y deleitable que  nuestro mundo espiritual, pues se rige y funciona rigurosamente de acuerdo con los más estrictos principios lógicos, éticos y estéticos. Asimismo los espíritus de este mundo privilegiado poseemos unas facultades intelectivas muy superiores a las del más sabio e inteligente de  los humanos. Por el contrario, la realidad del mundo  terrestre es una inmensa y disparatada suma de paradojas; una mezcolanza de bien y de mal, de lógica y desatino, de amores y de odios, de racionalidad y de disparatada locura, de fugaces placeres y de insoportables y continuos sufrimientos. No obstante, y a pesar de todos sus aspectos negativos y abominables, también es cierto que la realidad del mundo terrestre y, sobre todo, de la vida  humana y animal, posee la mágica propiedad  de que todo lo que ella es, o en ella se hace -aun cuando se trate de auténticas aberraciones-, cobra un eminente valor estético,  impensable en la realidad del nuestro, pero subyugador y entrañable para los que viven o han  vivido en la Tierra. Pronto podréis comprender lo que digo. ¡Qué mundo tan desconcertante y diferente al nuestro, tan exacto, justo, armónico y apacible, donde la inseguridad y el temor son conceptos desconocidos!
   -Así es -corroboró Qutovoxu, incorporándose sobre el disco anaranjado y señalando al fantástico panorama que desde aquella altura se divisaba-. Acaba de amanecer, y ved cuántos grupos de espíritus madrugadores se mecen ya en el tibio aire, creando artísticos cuadros en la bóveda rosa de la alborada. Mirad ahí abajo, en la ladera de esta montaña, la cascada de luz cegadora, de la que parten riachuelos espejeantes que avivan el verdor de los prados, el arrebol de las florecillas y la sutileza de los espíritus que beben el jugo níveo de esas cumbres. Ved y escuchad los rítmicos movimientos y hermosas melodías de esos espíritus, danzarines y músicos, creadores de escenas de ensueño. Y, más allá de las praderas, el océano, poderoso y palpitante, forjando sobre su inmensa superficie hermosas historias, que muchos espíritus  contemplan, felices, desde las playas diamantinas o surcando el aire, perfumado de algas y de sal.
    -Bueno, qué, ¿nos vamos ya? -preguntó, con franca impaciencia, Kuvutu- De lo contrario, Tomiñvi, se va a desplomar sobre el suelo de la oblea, vencido por el sueño.
   Tomiñvi, el espíritu investigador silencioso, se limitó a esbozar una sonrisa, sin levantar la mirada. 
 
   Una vez sentados en corro sobre aquella oblea de luz, dí orden a Neñovet de despegar hacia la Tierra. El disco, dirigido y controlado por el sabio y firme mando telepático de Neñovet, giró a velocidad de pensamiento, se levantó cinco metros sobre la cima de la montaña nevada y se lanzó a las alturas, trazando una fantástica parábola hacia el universo bigbanguino.

   ¡¡Shiuuuuuuuuuuh... yam, yam, yam, klin, klan, klon, iuuuuuuuuufff!!

   -¡Bravo, Neñovet!  Ya hemos entrado en él. ¡Dales una lección a esas esferitas para que aprendan a correr y a esquivar!
   -Así que, amigos Fañtduv y Hemhu ¿éste es el temido universo violento del que nos hablabais? Yo más bien diría que se trata de un jueguecito con que se entretienen Álex y Dani.
   -¡Toma ahí una pasada magistral, artística y superrápida! -exclamó Kuvutu, rebotando sobre el suelo de la oblea- Acabamos de atravesar cinco galaxias seguidas, en el breve intervalo del gri-gri del grillo que escuchamos en la galaxia del Sombrero.
   -¡Cuidado, Neñovet, que estamos ya en la Vía Láctea, y hay mucho pedrusco suelto! -gritó el silencioso Tomiñvi- Lo tengo bien investigado.
   -¡¡Huuy!! No ha faltado nada para que nos estampemos contra el cuerno derecho de la Luna en cuarto menguante, ja, ja, ja -dijo, riendo, Hemhu.
   -¡¡Tieeeerraaa!! -grité, emocionado, a la vista del planeta azul.
  -¡Qué maravilla! -dijo Tomiñvi, dando rienda suelta a una emoción, jamás experimentada, conforme se iban perfilando y coloreando los océanos, continentes, montañas, campos y ciudades alumbradas por un sol de oro.
   -Ahí se ve Europa -susurró Fañtduv-. Cuántos hermosos recuerdos... Escocia... Oxford... París...
   -¡Como España, nada! -dijo Hemhu, señalando hacia abajo- Parece que fue ayer cuando yo corría junto a mi amo don Alonso, persiguiendo liebres o mariposas por los campos manchegos...
   -¡Eeeeh! ¿Qué pasa? -pregunta Qutovoxu, alarmado- ¿Cómo es que caemos ahora en picado y a toda marcha, Neñovet? ¿No ves que vamos a despanzurrarnos contra ese bloque urbano?

   ¡¡Zaaahs!! ¡¡Ploof, ploof, ploof!!

   La oblea de luz anaranjada patinó cuatro metros sobre el pulido pavimento de  la amplia terraza de un bloque de viviendas de ocho plantas, en un barrio céntrico de Madrid, quedando encajada entre dos jardineras con sendas palmeras gráciles y esbeltas.

   -Esta terraza -comencé a informar a mis colegas- pertenece a los dueños de la única vivienda habitada que hay en la planta octava, un matrimonio formado por Adelaida y Abelardo, dos de los nueve personajes que intervendrán en la historia que a continuación vamos a contemplar, escuchar, admirar y enjuiciar. ¿Por qué hemos elegido, precisamente, su historia y no otra?
   -Obviamente -se adelantó Kuvutu- porque todos ellos pertenecían a nuestra panda de amigos en nuestro mundo espiritual, antes de que vinieran a vivir aquí como seres terrestres.
   -Exacto -continué yo-. ¿Os acordáis de nuestros amigos Usha y Ducesf? Bien, pues, en ésta su vida terrestre, el ocurrente Usha ha pasado a ser  Adelaida, y el metódico y juicioso Ducesf es Abelardo, su marido. Una curiosa coincidencia que ellos, durante su actual experiencia en la Tierra, no pueden descubrir, obviamente. Pero, acomodémonos en nuestra acogedora oblea, rodeados de tiestos de aromáticas y hermosas plantas, en este improvisado palco etéreo, donde  vemos también una fuente con grifo dorado, una larga manguera enroscada, dos bancos de madera enfrentados, una caseta trastera y un grueso pretil, bordeando el cuadrilátero de la terraza.
   Y ahora dispongámonos a ver y escuchar, a través de nuestro disco mágico y polivalente, un fragmento muy importante en la vida terrestre de nueve de nuestros amigos y compañeros de grupo en el mundo espiritual y que, por razones aleatorias o disposiciones de arriba, en esta historia vuelven a relacionarse entre sí, aunque de forma muy diferente.  Y los primeros que entran en escena son Usha y Ducesf.
    Es una tediosa tarde del domingo, 17 de marzo. Adelaida ve la tele mientras plancha la ropa. Abelardo escribe, taciturno, sobre la mesa del salón. 




   -Vaya tarde tan mustia y desapacible... -se queja Adelaida, mientras plancha- Lleva todo el día lloviznando. Cualquiera diría que dentro de cuatro días entramos en primavera... Dentro de una semana, el veintiocho de marzo, Iván cumpliría treinta y dos años.
   -¿Cumpliría? -dice Abelardo- ¿Piensas que haya muerto?
   -No sé, pero para nosotros, es como si hubiera dejado de existir aquel 13 de junio de 1985. Desde aquel día yo también morí en los aspectos más importantes de mi ser...  Sí, Abelardo... Yo me casé contigo en 1976, muy enamorada e ilusionada. Pero, muy pronto, mis sentimientos afectuosos hacia ti se fueron enfriando, debido a tu egoísta forma de ser, siempre recluido en ti mismo, incapaz de ponerte en mi lugar para descubrir mis necesidades afectivas de palabras y de gestos cariñosos,  invariable siempre en esa actitud tuya, fría, silenciosa, huraña, centrada en tu propio yo, en tus complejos, rencores y paranoias.
   -Bueno, Adelaida, no volvamos a reavivar la hoguera. Desde hace años sólo quedan cenizas de aquélla. Deja que el viento de los años termine barriéndolas.
   -No, Abelardo, no pretendo reavivar la hoguera de la discordia, al contrario. Ya somos mayores. Nos hemos soportado estoicamente durante tantos años que he tenido tiempo para pensar y reconocer que yo, también, tengo mucha culpa.
   -¿Ah, sí?
   -Sí, Abelardo, aunque tarde, quiero pedirte perdón por mi falta de tacto y comprensión contigo, mis frecuentes broncas y reproches acusándote de falto de sentido práctico, de torpeza para relacionarte y rivalizar con la gente, luchando para prosperar y sobresalir en la vida con actividades lucrativas, en lugar de perder el tiempo con esas tus aficiones literarias, carentes de utilidad alguna.

   Durante una prolongada pausa Adelaida y Abelardo se mantuvieron callados y pensativos, mientras en la terraza Xiscu dice a sus compañeros:


   -Ved y escuchad unas secuencias de la época en que esta pareja inició sus relaciones, escenas que, ahora mismo, están ellos reviviendo en su memoria.
   Nos encontramos en septiembre de 1973. La escena se desarrolla en un modesto restaurante del barrio madrileño en que se halla la biblioteca donde Abelardo ejerce de bibliotecario. Como el restaurante está cerca de la biblioteca, él acude allí a comer cada día.
   Abelardo, en el restaurante, suele sentarse en una de las mesas más aisladas de la sala, desde la que acostumbra seguir el telediario mientras come.

   -Qué, Abelardo, ¿te ha gustado el menú? -le pregunta Adelaida, mientras recoge los platos de la mesa.
   -Sí que me ha gustado, Aelaida. Estoy muy satisfecho con el buen servicio que ofrecéis. Tú bien sabes que vengo a comer aquí desde hace dos años.
   -Por algo será ¿no? -le responde Adelaida con pícara sonrisa.
   -Claro, claro, por la comida y... por la camarera -contesta Abelardo con halagadora intención-. Y, en agradecimiento ¿qué te parece si te invito a un café, ahora que no hay ningún otro cliente?
   -Muchas gracias, Abelardo. En seguida lo preparo.

   Adelaida, airosa y sonriente, pronto vuelve con las dos tazas de café, sentándose frente a él.

   -Huuum... qué bien huele y sabe -celebra Abelardo, tomando un sorbo-. Hace mucho que nos conocemos... Exactamente dos años, desde que empecé a trabajar como bibliotecario, tras ganar la oposición, que mi trabajo me costó, ¡ja, ja, ja! Y... ¿sabes otra cosa? -le pregunta, mirándole fijamente a los ojos.
   -No sé. Dime -le contesta Adelaida, impaciente.
   -Quisiera comunicarte un secreto.
   -A ver, ¿de qué se trata? Me tienes en ascuas.
   -Me gustas mucho, Adelaida... -susurra Abelardo, en voz baja- En cambio, yo a ti me parece que no.
   -Pues no -contesta secamente, mirándole,  sin pestañear, con sus ojos oscuros y tan penetrantes que obligaron a Abelardo a concentrar los suyos en la taza de café.

   Rápidamente, Adelaida se levanta de la silla y  le estampa un beso en la boca, logrando que se ruborice.

   A partir de aquella declaración -sigo yo comentando, quién si no-, Abelardo y Adelaida iniciaron su noviazgo, que duraría hasta el verano de 1976, en que se casaron. Adelaida era cinco años más joven que Abelardo. Ella tenía ahora veintitrés años. A Abelardo lo veía mucho más agraciado que a sí misma. Él era alto, bien proporcionado, de atractivos rasgos, aunque demasiado serio, tímido y metido en si. Pero eran minucias que, en principio, no le importaron.  Era un chico con su carrera terminada, con una profesión estable y lustrosa. ¿Qué más podía pedir?
   Abelardo, en cambio, había dado el paso del noviazgo y de elegirla como futura esposa no movido, precisamente, por un enamoramiento espontáneo y sincero. De Adelaida no le atraía ni su físico, ni su carácter dominante y entrometido, ni su afán por imponer sus gustos, preferencias, criterios y costumbres a los demás, a él sobre todo. ¿Por qué, entonces, se casó Abelardo con Adelaida?
   Sin gran dificultad podría haberse casado con otras chicas, y de hecho trató a un buen número de ellas. Pero, parece ser que no es tan fácil para un ser humano dar con la pareja más adecuada en todos los aspectos a tener en cuenta.¿No es así, Fañtduv?
   -Sí, claro -contesta Fañtduv, el amor de pareja, incluso entre espíritus, tiene sus condicionamientos, en ocasiones bastante extraños, y tratándose de humanos, mucho más. Es normal que la amistad surja cuando existen intereses, gustos, aficiones, coincidencias, etc., comunes entre ambos. Pero también puede surgir, firme y auténtica, aunque borrascosa, la amistad y el amor entre individuos radicalmente opuestos en los aspectos indicados.
   -Exactamente, Fañtduv, ese fue el caso de Abelardo y Adelaida. Él descubrió a Adelaida y vio en ella a una persona con cualidades o características de las que él carecía, o las tenía con signo opuesto a las de ella. A pesar de su falta de sentido práctico, del que Adelaida se quejaba, fue precisamente,ese sentido el que le empujó a optar por ella. A Adelaida le ocurriría otro tanto, aparte de que, en ella, fueron decisivas determinadas circunstancias sobreañadidas a las cualidades o carencias de Abelardo, como pudieron ser el hecho de que tuviera una carrera,  un trabajo curioso, y una presencia aceptable. Los aspectos que no le resultaban gratos prefirió pasarlos por alto, al menos de momento.
   Pero sigamos viendo y escuchando, en esta tarde del 17 de marzo de 2013, a nuestros queridos amigos, a ver cómo han ido devanando  la madeja de la vida que les ha tocado vivir en la Tierra.



   -Reconozco, Abelardo, que fue poco después de casarnos cuando te declaré la guerra y me propuse hacerte la vida imposible con mis continuas broncas, destempladas salidas, caras largas, prolongados silencios y ausencia de toda muestra de afecto. ¿Y todo por qué? Porque me sentí defraudada y decepcionada con tu forma de ser y actuar. Y a eso se añadió la circunstancia, para mí nefasta, de que, cuanto más deseaba quedarme embarazada, más tiempo transcurría sin conseguirlo. Era algo que me sumía en un estado de rabia y frustración, cuyo causante estaba yo convencida de que no podía ser otro sino tú. A qué grado de abatimiento llegué que incluso a ti mismo se te ocurrió invitar a Ángello, aquel amigo tuyo suizo, a pasar quince días con nosotros en la Costa Brava, en agosto de  1980.


   -Atended un momento, amigos. Voy a aprovechar esta nueva pausa,  que nos ofrecen Adelaida y Abelardo en su charla, para mostraros más antecedentes  y datos que explican o esclarecen hechos relevantes acaecidos a lo largo de su relación de pareja. Y, antes de seguir, insisto en aclararos que, como narrador de esta historia, a mi me han documentado en nuestro mundo espiritual con una información exhaustiva sobre la misma.
   Abelardo nació el año 1945, en Cuenca. Era hijo único de un matrimonio bastante mayor. La madre lo tuvo con cincuenta años, cuando el padre había cumplido ya los cincuenta y cinco años. Este era un carpintero trabajador, habilidoso y ahorrador.
    Eran personas sencillas, de cultura básica, y mentalidad muy conservadora, especialmente en sus creencias y prácticas religiosas, traducidas en un gran temor al pecado y a los anunciados castigos del infierno. Esa estrechez de conciencia se la inculcaron a Abelardo desde su niñez, de manera que según crecía en edad, aumentaban su angustia y torturas mentales, tratando de dilucidar si, en una ocasión determinada, hubo o no hubo, por su parte, transgresión de un mandamiento.
   Abelardo es una persona inteligente, no obstante sus muchos complejos. Uno de ellos fue siempre  el sentirse inferior y fuera de la normalidad, tanto física como en cuanto a gustos, aficiones, opiniones, temores, etc. Entre otras imperfecciones que le llevaban a infravalorarse se hallaban: el verse con un aspecto poco varonil por sus rasgos delicados, voz algo aflautada y, sobre todo, su gran timidez y dificultad para relacionarse con los demás. Era, además, muy sensible a los juicios y valoraciones que los demás pudieran dedicarle. De ahí su habitual semblante serio y desconfiado. No soportaba las críticas, bromas, ni que le tomaran el pelo; pero su timidez le impedía  protestar, defenderse o encararse con nadie. Eso explica su carácter poco sociable  y solitario. El lado positivo de ese handicap fue que le  ayudó a dedicarse con mayor aprovechamiento al estudio y a sus aficiones literarias; de manera que, con el apoyo de sus padres, superó fácilmente los ciclos oficiales de enseñanza, incluido el bachillerato, que cursó en Cuenca.
   En 1964 comenzó la carrera de Filosofía y Letras en Madrid. Allí se hospedaba en una pensión, los días lectivos. Los fines de semana solía pasarlos en Cuenca, con sus padres.
   Terminado el primer curso, con notables calificaciones, fue a Suiza con un grupo de estudiantes a trabajar en un hotel, con intención de practicar el francés y ganar algún dinero.
   Aquella experiencia le resultó muy gratificante en muchos aspectos. El viaje, acompañado de  varios estudiantes y muchos emigrantes, en su mayoría gallegos, le resultó divertido. Entre los emigrantes había quienes habían salido por primera vez de sus aldeas, y a alguno de ellos le sobrevino una repentina morriña y ansiedad, llegando a tratar de  bajarse del tren en plena marcha, cuando discurría ya  por el fantástico paisaje alpino.
  A lo largo del recorrido desde Ginebra hasta más allá de Saint Moritz, rara fue la estación en la que no se bajara algún grupo de emigrantes. El grupo de Abelardo fue el último en dejar el tren, más allá de Vulpera.
   Para Abelardo  fue un mundo nuevo el que se desplegó ante él en fantásticas secuencias, que  le provocaron sentimientos y reflexiones que enardecieron su ánimo: La pulcritud exquisita que se observaba por doquier, en pueblos y ciudades, limpios y ornamentados con bonitos tiestos de flores; aquellas majestuosas montañas de vertiginosas cumbres, desafiando a un cielo azul ligeramente pálido; los verdes prados, los numerosos riachuelos de agua cristalina, los elevados y agudos chapiteles de las iglesias de aldeas que surgían, de pronto, en la lejanía... Estaba descubriendo que Suiza era, realmente, un fantástico espectáculo de genuina belleza. 
   El hotel en el que Abelardo iba a trabajar se hallaba en un bello paraje, a orillas del Inn, muy cerca de Austria. Era un hotel de lujo, con orquesta propia para amenizar las veladas de gente de elevado estatus social, asistentes a congresos y convenciones, organizados por importantes  compañías internacionales.
   Llegados al hotel, Abelardo y tres compañeros de viaje allí destinados, fueron recibidos por la directora, Frau Newman, y su secretario, Ángello, un joven italiano -cinco años mayor que Abelardo-, muy simpático y despierto, que hablaba todas los idiomas cantonales de Suiza. Les formalizaron el contrato, informándoles sobre el cheff a cuyas órdenes quedaban supeditados, las tareas a realizar en la cocina y office, así como las habitaciones en que habían de alojarse y las normas y horarios que habían de observar.
   El chef, Monssieur Rudolff, era un alemán fornido, brioso, que se reía y hablaba estrepitosamente en italiano, pero que, cuando se enfadaba, soltaba en alemán una perorata, rápida y detonante como una ametralladora, dejando apabullado al personal. Tenía, además, extrañas costumbres, como la de hacer sus necesidades sentado en el inodoro, con la puerta de par en par, mientras escuchaba la marcha del Tanhäuser en su transistor, con el volumen al máximo. Para Abelardo, ésa fue una experiencia desconcertante.
   Ángello, el secretario de la directora, aparte de simpático y dicharachero que todo lo trivializaba, era bastante libertino y sin escrúpulo alguno. Tenía un carácter decidido, muy abierto, gracioso y descarado, llegando a hacer muy buenas migas con Abelardo, a pesar de la disparidad temperamental de uno y otro. Ambos tenían su día libre el jueves, lo que contribuyó a estrechar más su amistad, ya que Ángello lo acompañaba y se  encargaba de buscar diversión de mil maneras..
   Él le abrió los ojos a Abelardo, dejándolo patidifuso cuando le contó que mantenía relaciones amorosas con la directora Frau Newman, siete años mayor que él, a espaldas de su marido. Ángello se aprovechaba de ella, engañándola como a una adolescente con falsas zalamerías y adulaciones, confesándole que el amor que sentía por ella era puro, desinteresado y  transparente como el agua del Inn. Mas lo que de verdad pretendía era lograr que Frau Newman    le triplicara el sueldo, convenciéndola de que era importante para ambos el que él  se acercara  un poco al nivel crematístico de ella. 
  Tras su estancia en Suiza, Abelardo continuó contactando, periódicamente, con Ángello por correo y teléfono, hasta el punto de que éste no dudó en asistir a la boda de aquél. Adelaida quedó encantada con Ángello por su simpatía y atractivo.
 Y comoquiera que la relación entre Abelardo y Adelaida, tras cuatro años de casados, amenazaba con disolverse, fue por lo que Abelardo  invitó a Ángello a pasar quince días de agosto, con ellos, en la Costa Brava, con la esperanza de que  Adelaida levantara su ánimo.
   Pero volvamos a contemplarlos y a escuchar sus mutuos reproches y  propósitos.


   -Sí, Abelardo, aquellos días lo pasamos muy bien con tu divertido amigo Ángello. Lo que nunca hemos sabido, por lo menos yo, es por qué, desde que Iván nuestro hijo desapareció aquella fatídica tarde del 13 de junio de 1985, no hemos vuelto a saber nada de Ángello.
   -Hum -carraspeó Abelardo- Yo, desde entonces, no he conseguido comunicarme con él, ni por carta ni por teléfono. Si sigue vivo, es raro que no nos llame o nos escriba unas letras.

   Durante un largo minuto se mantuvieron callados, él escribiendo y ella planchando pensativa.

  -Abelardo, dime la verdad, por favor. Cuando yo te dije que Iván no era hijo tuyo ¿llegaste a creértelo?
   -Pues sí, Adelaida, llegué a creérmelo.Y fue tal mi desesperación que... Pero, bueno, hemos pasado ya  tantos años manteniendo esta farsa de matrimonio que pienso sea mejor no remover aquellos cienos.
   -Lo reconozco, Abelardo, hemos pasado muchos años conviviendo de una manera absurda, peor que en una sombría oficina, sin gestos ni frases de afecto, y te pido perdón  porque, en gran parte, se ha debido a mi falta de comprensión y excesiva intransigencia contigo. No, no quiero remover cienos, sino algo mucho mejor para los dos. Y es que, hace unos días, un rayo de sol esperanzado ha entrado en esta casa, y me ha tocado la mente y el corazón, haciéndome ver que aún estamos a tiempo de levantar nuestros ánimos y tratar de rescatar los exiguos restos  que quedan del naufragio de nuestra vida en común. Para conseguirlo sólo nos pide un valiente gesto  de sinceridad, arrepentimiento y, sobre todo, de amor. Sí, Abelardo, nunca es tarde para rehacer aquella bonita relación que mantuvimos cuando yo te servía la comida en el restaurante.
   Y voy a ser yo quien empiece, ahora mismo, a confesarte toda la verdad sobre aquella frase con que te ofendí, al decirte que Iván no era hijo tuyo. Tengo absoluta certeza de que sí lo es, a pesar de que también es cierto que,  justo nueve meses antes de que naciera Iván, mantuve relaciones con otro que no eras tú.

   Abelardo, con semblante serio, impenetrable, y sin levantar la mirada del papel en que seguía escribiendo, se limitó a decir, con tono indiferente:
   -¿Ah, sí? ¿Y cómo sabes que yo soy su padre?
  -Porque, hace tres años, en 2010, buscando unos pendientes en el estuche en que guardo mis bisuterías, topé con un dientecito de leche de Iván y se me ocurrió pedir una prueba de ADN para ver la relación del diente con una muestra orgánica tuya que acompañé. Hicieron la prueba y el resultado fue que, sin lugar a dudas, Iván es hijo tuyo.
   -¡Vaya! Es un consuelo -contestó Abelardo, amargamente irónico-. Pero sí, aquélla fue la gota que colmó el vaso de mi aguante. ¿Por qué no te marchaste entonces con quien tan bien te lo pasaste?
   -Porque, en realidad, y a pesar de las rarezas y extraños comportamientos tuyos, que yo no soportaba, era a ti a quien, de verdad, quería.
   -Curiosa forma de querer, que nos ha hecho padecer  un purgatorio durante tantos años.
   -Es la forma como se quieren los imanes de polo opuesto, ¿no? Pero, bueno, lo que ahora pretendo es dar un giro completo a nuestra relación, y para eso es necesario que seamos transparentes, sin secretos, como dos gotas de agua, aunque una esté congelada y la otra hirviendo. Y voy a empezar yo, diciendo con quién te engañé.
   -Me es indiferente con quién lo hicieras. Lo que me causó un daño infinito fue el desdén con que me trataste, llegando a escupirme en la cara que Iván no era hijo mío.
   -¡Ay, Abelardo, perdóname! Todas las personas son muy complejas, aunque no lo parezcan, y las mujeres -la mayoría- lo somos mucho más, yo la primera, lo reconozco. En un momento de impaciencia, de malestar por la regla, de aburrimiento, de depresión, o por cualquier otro fútil motivo, nos ponemos histéricas, y podemos hacer o decir las mayores barbaridades a la persona que más queremos, y, a continuación,  sentirnos hundidas, despreciables y doloridas por nuestra mala acción. Y peor aún que esas crueles formas de maltratarnos mutuamente es el ir guardando, rencorosamente, en nuestros corazones, esas bolas de pelusa y basura, que nos han ido envenenando y avinagrando los mejores días de nuestras vidas. Sí, Abelardo, te engañé durante aquellos días del verano de 1980, que pasamos en la Costa Brava.... ¿Y con quién iba a ser sino con Ángello?

   El rostro de Abelardo palideció durante unos segundos para, en seguida, encenderse como un volcán.
   -¡Me estás mintiendo! -gritó fuera de sí, con demencial semblante- Eso jamás lo haría Ángello conmigo. Él siempre fue para mí como el hermano que nunca tuve. Siempre me demostró estar dispuesto a hacer cualquier sacrificio por mí, lo mismo que yo por él. ¡No, no te creo!
   -Por favor, Abelardo, cálmate. Ya te he dicho cuál es mi intención, la que me ha empujado a confesarte ahora este doloroso secreto: el perdonarnos mutuamente nuestros errores y tratar de vivir en paz y armonía en lo que nos quede de vida...
   Sí, Abelardo. Tras nacer Iván, en 1981, nuestra relación se agrió al máximo, y vuelvo a reconocer que fui yo la causante principal de aquellas desavenencias y continuas broncas, que iban en aumento día a día. ¡Qué estúpida fui! Lo reconozco. En lugar de exprimir y disfrutar contigo cada minuto precioso, viendo a Iván balbucir, sonreír, jugar, andar... y más tarde, en su tercer año,  en que empezó a ir al cole, su entusiasmo contando las nuevas experiencias  cuando íbamos a recogerlo cada tarde... Todo lo estropeamos con nuestras discusiones y altercados,  que yo agravé con mi conducta y rematé con aquella frase que te solté, en marzo de 1985, y tanto daño te causó.

   (Abelardo escuchaba con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en su mano izquierda y apretando, con la derecha, fuertemente el bolígrafo contra su pecho.)
 
   Y, poco después -continuó Adelaida-, aquel fatídico día, el 13 de junio de 1985, ocurrió la desaparición de Iván, y con ella, la instalación en casa de un ambiente enconado de callado rencor, que no comprendo cómo lo pudimos soportar. Francamente, Abelardo, cuando ocurrió aquello lo primero que pensé fue que tú lo habías tramado. Sospecha infundada, por la que también te pido que me perdones, al achacarte una acción tan malévola como la de inferir semejante daño a nuestro niñito. ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo se me pasó por la cabeza que tú fueras a hacerle tanto mal? Y es lógico que la justicia te declarara inocente, al no existir prueba alguna contra ti.

   (Abelardo abrió los ojos y permaneció, como un minuto, pensativo y sin decir palabra alguna. Después dirigió la mirada hacia el techo del salón, con la cabeza inclinada hacia un lado, como si tratara de escuchar algo.)

   -¿No oyes como susurros ahí arriba? -dijo Abelardo, intrigado.
   -¿Susurros? -contestó Adelaida, con extrañeza- Deben ser las palomas.


    Mientras tanto, en el palco etéreo, Kuwutu pregunta a Hemhu:
   -Oye, Hemhu, ¿qué son esas palomas de las que habla Adelaida?
  -¡Ja,ja,ja! Cuando yo viví en la Tierra, como galgo, me desayuné a más de una en aquellos campos manchegos. Mira, Kuwutu, ahí se han posado una blanca y una gris azulada.
   -¡Qué horror! -exclama Kuwutu- ¿Es posible que hicieras eso?


                                               Fin del Capítulo I



   Espero poder publicar, en breve, el capítulo II. Un abrazo amigos. Dunscotiano









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¿Qué es eso que se oye? - ( Cap. III y último)

viernes, 14 de diciembre de 2012




















   -Por lo que dices -comentó Diana, acariciando el oropendolino-, para este exótico pájaro no hay secretos.
   -Así es -confesó Jeguelín.
   -¿Y cómo puedes garantizarnos que este artefacto, sus maravillosas historias y sus desconcertantes efectos especiales no son sino artificiosas tomaduras de pelo? -objetó Diana.
   -Muy juiciosa y oportuna la observación de la señorita -dijo Don Quijote-, mas se nota que ella no sabe nada de su origen. ¿No es así doctor Rebollo?
   -Así es... -titubeó unos segundos Jeguelín- Tengo conmigo este aparato con posterioridad al día tres de octubre del año pasado, fecha en que Diana dejó de relacionarse conmigo; por lo que es normal que nada sepa de su existencia, ni de sus portentos.
   -Tampoco creo que vayas a convencerme de su real eficacia -le objetó Diana-, sólo porque me cuentes cómo se te ocurrió la idea y la forma de fabricarlo. Me bastaría con que el aparatito improvisara, por ejemplo, una sucinta semblanza de cada uno de nosotros. ¿Te parece bien, Rodrigo?
   -¡Hum! -carraspeó, Jeguelín, pensativo- Antes de contestarte, Diana, quisiera proponeros a todos tomar un piscolabis en alguno de tantos lugares sugerentes de Madrid.
   -Me parece genial -aprobó Diana-. Y, por mi parte, me gustaría realizar un deseo disparatado que siempre tuve, desde mi más tierna infancia...
   -Pide, pide -la animó Don Quijote-, que, si don Rodrigo no puede, nosotros no te fallaremos.
   -¡Muchas gracias! -exclamó Diana- Siendo así, a ver qué os parece este caprichito: me encantaría tomar algo mientras contemplo Madrid desde una altura imposible.
   -¿Imposible? -dijo Don Quijote con no disimulada presunción- Con los poderes que mi padrino Merlín me concedió, no hay nada que se me resista, siempre que no ocasione algún daño colateral a un tercero. ¿Verdad, amigos?
   -Así es -contestó Samuel, haciendo de portavoz mío y suyo. Lo que esté en nuestra mano lo tendrás con mayor rapidez que Álex bajando por un tobogán.
   -¿Álex? -preguntó Jeguelín extrañado.
   -No importa -dijo Diana-. A ver si es verdad: me gustaría tomar unas gambas a la plancha y unas cañas heladas, sobre el edificio más alto de Madrid.
   -Eso está hecho -contestó, rápido y seguro, Don Quijote, dándole con el codo a Samuel.
   -¡Bueno, bueno, sin atosigar, don Alonso! -dijo Samuel, sin haber asimilado apenas la propuesta de Diana- Procedamos con orden y concierto. A ver dónde puede el señor Rebollo comprar unos refrescos y gambas a la plancha para todos; y a ver cuál es el edificio o pináculo más encumbrado de la capital de España, en donde podamos celebrar ese festín.
   -Me parece -respondió Jeguelín- que, para lo que Diana desea, la Torre Picasso tiene una buena altura y amplia terraza. Otras más altas, están inconclusas.
   -¡Perfecto! -exclamó Diana- ¿Quién, mejor que Picasso, va a acoger a un grupo de turistas tan esperpéntico como nosotros?
   -No lo dirás por el oropendolino -dijo Jeguelín, tocando el pico del pájaro.
   -Ni por nosotros -dije yo, muy digno.
   -¡Qué va! Ja, ja -completó Diana, riendo- Pero seguro que Picasso se habría inspirado en nosotros para un buen cuadro.
   -¡Allá vamos! -voceó Jeguelín, apretando el acelerador.

   No habían transcurrido más de seis minutos cuando Jeguelín, dando un fuerte frenazo, nos anunció:
   -Ya hemos llegado a la plaza. Ahí he visto un bar con un rótulo que pone "La gamba embrujada". Voy a acercarme a comprar las gambas, los refrescos y un bocata de calamares en su tinta para Tinterico.
   -Gracias -le correspondí entusiasmado.
   En un abrir y cerrar de un paraguas, salimos del coche que, por cierto, Jeguelín dejó mal aparcado, junto a una embajada. En seguida, Samuel -con los brazos en cruz, la capa extendida, y llevando en una mano el oropendolino y, en la otra, una bolsa con las viandas- ordenó que Jeguelín  se colgara de su cuello por detrás, Diana lo hiciera por delante, y que Don Quijote y un servidor nos metiéramos en los bolsillones. Hecho este trámite, Samuel, como de costumbre, dio un salto de tijereta hacia arriba y, en un periquete, amenizado con los agudos grititos de Diana, que espantaron a una bandada de palomas con que nos cruzamos, nos encaramamos sobre la terraza de la torre Picasso, lanzando vivas, olés y aplausos a los cuatro puntos cardinales de Madrid.
   Tras alabar las espectaculares vistas que desde allí contemplábamos, nos sentamos en el suelo (techo más bien)  alrededor del oropendolino que Jeguelín depositó con las viandas y bebidas.
   -Bien  -dijo Jeguelín, mientras Diana colocaba  con primor  el menú-, tenemos toda la tarde por delante hasta la hora de volver a casa, por lo que invito a Diana a que nos complete su deseo del que nos hablaba allí abajo.
   -Como podéis suponer, amigos, tengo gran curiosidad por conoceros más a fondo, tras descubrir que todos vosotros tenéis una personalidad nada corriente -manifestó Diana-. Por eso y por disipar mis dudas sobre las excelencias de este aparato, me gustaría que Rodrigo le ordene que realice una semblanza de cada uno de nosotros, por orden de edades, de mayor a menor. ¿Te parece bien, Rodrigo?
   -Sí, claro -contestóle Jeguelín-. Tengo plena confianza en su fiabilidad e impecables resultados. Sólo que... a veces aparecen interferencias o largas interrupciones, por causas que desconozco, que impiden su normal funcionamiento.
   -Hombre, Rodrigo, no seas cenizo -se quejó Samuel-. Me corresponde a mí ser el primero en someterme a esa prueba, y me encantaría verme como una estrella, en medio de uno de esos fantásticos escenarios, que parecen traídos de otros mundos. Que no se le ocurra a ese pajarete eclipsármela.
   -No, que no se le ocurra el menor desliz, porque, a mí me toca realizar la prueba en segundo lugar, y quiero tener el alto honor de brindar, a la bella dama Diana, las proezas que el inmortal hidalgo Don Quijote -de quien yo soy un modesto y pálido reflejo- llevó a cabo con su brazo y su corazón. Por lo que espero sean rememoradas en esa virtual semblanza, y reconocidas en mi  metafórica personilla.
   -Muchas gracias, don Alonso -le dijo, Diana, riendo-. Estoy convencida de que sois un auténtico y valeroso caballero.
   -Yo, aunque soy más joven que mis compañeros -confesé con cierto pundonor-, también acumulo en mi curriculum tinteril mucha y variada información y experiencia; alguna, francamente, comprometedora para personajes con quienes me he relacionado. Espero que el oropendolino, compañero mío de gremio, aunque muy modernizado, haga mi tintobiografía con la mayor discreción.

   A continuación, Jeguelín tocó en distintos puntos del artefacto, al mismo tiempo que susurraba vocablos imperceptibles sobre la cabeza del mágico pajaruelo. De inmediato nos vimos inmersos, como espectadores privilegiados de una película en tres dimensiones, que representaba, con escrupuloso verismo,  a grandes rasgos, aunque sin omitir ningún detalle clave para definir la personalidad y andadura vital de cada uno de nosotros, empezando por Samuel.
   Tras mostrarnos un resumen de su quinticentenaria historia, se nos ofrece la imagen actual de Samuel, caminando hacia el lejano océano Índico, como atraído por un fuerza irresistible; mientras un sol de oro incandescente se hunde en el horizonte, al son de un coro de gaviotas que salmodian las luces y sombras de su espíritu:
  "-Miradlo cómo avanza, con paso decidido, sobre las aguas marinas... Mas, de pronto, se agita, titubea, empieza a hundirse, bracea y manotea nervioso. En su mente, alguien ha corrido un velo oscuro y denso, impidiendo que vea la luz dorada que tanta seguridad, magia y valor le prestaban. El escepticismo se le cuela dentro, como un ladrón nocturno:
   Fuiste un judío, ferviente cumplidor de la ley mosaica, hasta que un día descubriste la gratuidad de muchos de sus preceptos y prácticas. Dejaste el judaísmo y abrazaste, muy ilusionado, la fe cristiana, católica y romana. Pero, pronto, te sorprendieron incoherencias tales como el que, en nombre de Dios, condenaban a la hoguera a los herejes, o que, en nombre de Cristo, se destruían culturas y religiones de los indígenas americanos. Y durante cinco siglos has venido acumulando más y más motivos para dejar de practicarla. Por ejemplo, tantas y tantas guerras marcadas por la rivalidad religiosa ¿Qué locura es ésa? ¿Qué religión puede justificar la guerra y persecución contra los que no profesan las propias creencias? ¿A qué divinidad razonable puede complacer o no repugnar que, en su nombre, se maltrate o extermine a los seguidores de otras religiones? ¿Acaso el respeto y amor al prójimo no es un precepto fundamental de todas ellas? Desde entonces has procurado sacudir de tu corazón y tu conciencia toda otra norma que no sea la recta razón. Y ahora que acabas de conocer el progresivo avance del proceso dialéctico de la realidad, cada día más cerca del triunfo pleno  de la racionalidad, tu espíritu se ha serenado y no te importa dejar ya este mundo."
   Samuel espanta, de un manotazo, un asomo de tristeza, cuyo  brillo tembloroso le delata.

  El oropendolino derrama, luego, un haz de luz plateada sobre Don Quijote, quien, sintiéndose sumamente halagado, se puso de pie y comenzó a pasear, en un círculo de dos metros de diámetro, mientras escuchaba, atento y ufano, el romance que, la voz de un juglar y su laúd, le dedicaban, relatando sus proezas y  noble condición, así como los rasgos más destacados de su personalidad:
   "Espíritu inquieto y exquisito  que, noche y día, revoloteas al resplandor de una realidad ideal, perfecta, justa y bella. Que tratas de alcanzarla, poniendo en juego tus más nobles sentimientos y facultades: tu valor, entusiasmo, tenacidad y fe en la posibilidad de transformar al hombre y el mundo. Tu imaginación creadora; tu amor a la verdad, a la justicia y a la ética, con su mágica capacidad de cambiar lo feo, inarmónico y execrable, en hermosa realidad; y, siempre,  tu  rechazo y aversión, innatos, a la mediocridad.
   Tu perenne e intuitivo optimismo parece, ahora, vacilante e inseguro, ante realidades, que no consigues idealizar, sino que persisten en sus lúgubres cantos, como aves agoreras de un oscuro presagio."
   Don Quijote se detuvo en su paseo y permaneció inmóvil y pensativo durante un minuto, mientras el haz de luz le abandonaba.

   Luego cambió a un verdor primaveral que dejó caer sobre mí como una cascada reverberante de diminutas letras de hierba, describiendo los rasgos de mi realidad tinteril:
   "Desde que Tinterico tuvo conciencia de sí mismo, su quehacer más ilusionado y gratificante, fue el  tratar de entender la realidad, así como el relatar los resultados de sus reflexiones, imaginando historias  relacionadas con ellas. También, el manifestar algunas de sus convicciones, como las siguientes:  El hecho de la conciencia del propio yo es la clave que explica la realidad total. Sin la existencia de al menos un yo, consciente de su propia existencia, la realidad es absurda e inexistente. La realidad exterior al yo puede ser inmensa e ilimitada, pero siempre de naturaleza lógica. El yo, los yoes, son la auténtica realidad. Sin ellos, no hay realidad. Tinterico está convencido, también, de que los cambios de la realidad exterior le afectan a él, para bien o para mal, como a todo el mundo; pero también está convencido de que los cambios, en el fondo, no son más que eso, cambios que dejan intacto su yo.
   ¿Qué será de él? Lo que pueda sucederle a su tintero, él reconoce que no puede predecirlo ni evitarlo, pero tampoco le preocupa demasiado. Él está convencido de que su yo seguirá siendo el mismo en cualquier otro sitio o circunstancias."

   Concluido mi análisis, el haz de luz se retiró y se contrajo, parpadeando durante diez segundos, momento en que Jeguelín, dando un salto gatuno hasta el oropendolino,  le tocó el ala izquierda y, como por arte de birlibirloque, éste se puso a cantar, entonadísimo, una buena selección de sevillanas.
   Jeguelín, de espaldas a Diana y de cara a nosotros tres, nos guiñó  el ojo derecho (lo que  tradujimos como: "Han terminado los análisis. Los que faltan por hacer, el mío y el de Diana, no es oportuno realizarlos en este momento"). Luego levantó los brazos, miró a Diana, le sonrió, y con la mirada la invitó a bailar. Diana, sin la menor cortedad y con aire sevillano, de la más pura cepa, bailó con "su Rodrigo", hasta ocho sevillanas seguidas, mientras el pajarito cantaba y nosotros tres acompañábamos con nuestros improvisados palmeos.
   Terminadas las sevillanas y los aperitivos, Jeguelín apagó el oropendolino.
   -¿Por qué lo apagas? -se quejó Diana- si todavía no nos ha analizado ni a ti ni a mí?
   -Porque... como pudiste observar, al terminar el examen de Tinterico, el haz de luz se contrajo y parpadeó diez veces, lo que significa  que su capacidad escrutadora ha entrado en un  impás, del que no saldrá hasta pasadas doce horas.
   -Ah, no sabía que fuera un pájaro tan pijo y caprichoso.
   -Así es, querida -trató Jeguelín de persuadirla, con pícara sonrisa-. Lo valioso suele ser raro.
  -Bueno, bueno -admitió Diana, sin más objecciones-, en ese caso, y teniendo en cuenta que tenemos mucha tarde por delante y un fantástico medio para desplazarnos, podríamos acercarnos a alguna de las fabulosas discotecas que hay por esta zona, y divertirnos un rato, admirando las habilidades danzarinas de cada uno de nosotros. ¿No os parece?
   -¡Hum! -carraspeó Samuel- perdona Diana, pero creo más interesante dedicarla a visitar museos de pintura, cuyos cuadros nos  mostrarán cómo, efectivamente, la población española ha ido progresando en sus costumbres y demás aspectos, desde la prehistoria hasta nuestros días.
   -Perdona, Samuel, pero me inclino más por la propuesta de Diana -dijo Don Quijote-. Prefiero que ella nos guíe a una de las salas en que se practica el arte de la danza, donde podamos dar rienda suelta a ese impulso innato, tan unido a la libertad, y comprobar nuestras habilidades danzarinas. ¿Os parece bien?
   -¡Sí! -respondimos todos a coro.

   Y, sin más protocolos ni explicaciones, nos agarramos a la capa de Samuel y apéndices anexos, saliendo disparados Torre Picasso abajo.
   Diana nos guió hasta una discoteca que, según nos informó, ella solía frecuentar. Eran ya las seis de la tarde y, como era viernes, los porteros tenían ya la puerta abierta. En cuanto vieron a Diana, tan bella y favorecida con su juvenil atuendo y acompañada de nosotros cuatro, tan esperpénticos como escapados de alguna pintura negra de Goya, de inmediato nos invitaron  a pasar gratis.
   Era una discoteca muy original en sus detalles decorativos y recursos luminosos y de sonido, que recreaban cambiantes y maravillosos escenarios, evocadores de sueños y cuentos fantásticos.     Contaba con varias pistas, cada una de ellas con suficiente separación, para evitar recíprocas molestias.
   Elegimos una, cuyo decorado virtual se adaptaba, automáticamente, al baile, música o actuación que en ella se interpretase. Diana propuso que cada uno del grupo cantara la canción que conociera o se inventara, y los demás le acompañáramos con nuestras voces, baile y gestos, según la inspiración de cada cual.
   Fue una auténtica revelación de nuestras dotes artísticas. Un placer escuchar a Samuel cantando salmodias judías medievales, bejarano-extremeñas; a mí, cantar y bailar "Suspiros de España"; a Don Quijote, el "romance del Conde Olinos"; a Jeguelín, tararear y dirigir "la cabalgata de las Walkyrias", meciendo el oropendolino (que a veces lo movía como si fuera una honda o un incensario); y a Diana, baillando y cantando canciones de Shakira, tras aligerarse de ropa.
   Nuestra actuación tuvo tan buena acogida que el público prefirió dejarnos la pista para nosotros solos; mientras ellos, sentados alrededor,  se divertían, contemplando nuestros insólitos y disparatados bailes y canciones.

   Tan embelesados y embebidos estábamos en nuestra actuación, que no nos percatamos del paso del tiempo; hasta que, a las doce de la noche, Jeguelín, mirando su reloj, exclamó:
   -¿Pero qué hacemos aquí a estas horas? Mañana tengo que estar, a las diez, en el salón de congresos, con la mente clara y descansada, y, aquí seguimos a las 00:14 horas de la madrugada, hipnotizados con estos bailes y músicas que sacuden mi esqueleto y obnubilan mis neuronas como si las apalearan igual que a una estera.
   -Perdona, cariño -dijo Diana, acariciándole la cara-. Lo estábamos pasando tan bien, que era como si el tiempo se hubiera detenido. Pero, tienes razón, debemos irnos ya.
   -Pues no se hable más y despejemos la pista -dijo Samuel, extendiendo su brazo hacia la puerta de salida.
   -¡Adiós, chicos, que os divirtáis -exclamó Diana, dirigiéndose a un grupo de jóvenes que nos despedía aplaudiendo.

   El rápido y breve recorrido en coche, de regreso a casa, nos lo amenizó Diana con divertidos comentarios sobre nuestras actuaciones, después de que Jeguelín nos informara sobre el plan de tareas para el sábado. Nos dijo que, al salón de congresos, sólo irían él y Diana. Prefería que nosotros nos quedáramos en casa, disfrutando  de un merecido descanso, tras varios días de intensa actividad. Aparte de que consideraba que el público del salón de congresos estaría más cohibido si nosotros le acompañábamos.
   Llegados a casa, Jeguelín sacó de su habitación un bolso negro y holgado, en el que introdujo el oropendolino. Luego, lo dejó en la salita-recibidor, listo para llevarlo, por la mañana, al salón de congresos.
   A continuación, Diana, con envidiable desparpajo, entró en la habitación contigua al dormitorio de Jeguelín, después de desearnos buenas noches y decirnos con sorna:
   -Bueno, chicos, mañana continuaremos con nuestras interesantes charlas culturales y vuestro exótico folclore. Que descanséis.
   -Que tus sueños te transporten a fabulosos lugares, donde te sientas muy feliz -le deseó Don Quijote.
   -Gracias, gentil caballero -le contestó Diana, riendo-, y que vos seáis uno de los galanes con quien me tope.
   -Buenas noches y hasta mañana -les deseamos, a coro, los tres, mientras nos dirigíamos, escaleras arriba, hacia nuestra habitación.
   -Muchas gracias, amigos, y que descanséis al máximo, pues mañana, cuando vuelva del debate, os encomendaré nuevos trabajos -nos anunció Jeguelín.
   -Un momento, Rodrigo -oímos que le decía Diana-, voy a la cocina por un vaso de agua para que te tomes esta píldora que te hará descansar y sentirte, mañana, como nuevo.

   Entramos en nuestra habitación al mismo tiempo que Jeguelín apagaba las luces de la escalera y  le oíamos intercambiar unas palabras con Diana, mientras corría el agua del grifo y nosotros cerrábamos la puerta.  
   -No sé qué pensaréis vosotros -dije a Samuel y a Don Quijote, que ya se disponían a meterse en la cama-, pero creo conveniente que, al menos uno de nosotros, debería acompañar a Jeguelín en su segunda intervención. No sé... algo me dice que podría necesitar ayuda nuestra. Si os parece, yo podría acompañarlo, sin que él se entere.
   -Ya has escuchado a Jeguelín -dijo Samuel-. Él prefiere que sólo le acompañe Diana, y que, mientras, aprovechemos para descansar.
   -En cuanto al descanso, yo no tengo necesidad alguna, pues mi físico se recupera en contados segundos, como bien sabéis -les recordé-. Por otro lado, también sabéis que mi tamaño se estira y se encoge, a voluntad.
   -Sí, eso es verdad, a mí me ocurre otro tanto -reconoció Don Quijote-. ¿Y para qué te serviría esa propiedad?
   -Muy sencillo -les expliqué-, para no contrariar a Jeguelín, le acompañaré sin que él se entere. Como en la salita-recibidor ha dejado el oropendolino metido en un bolso, yo puedo ir, también, dentro de ese bolso, reduciendo un poco mi tamaño. Una vez en el salón de congresos, yo salgo del bolso, recupero mi tamaño y,  cuando me vea Jeguelín a su lado, seguro que ha de alegrarse al verse sentado entre Diana y yo. Aparte de que...
   -¿De qué? -preguntó Samuel, intrigado.
   -No sé... -respondí- Tengo un presentimiento extraño, pero no acabo de verlo claro.
   -Vale, vale, nos has convecido -reconoció Samuel-. ¿Y cuándo piensas meterte en el bolso?
   -Ahora mismo -contesté, resuelto-. No sea que, por el motivo que fuere, vaya a marcharse sin mí.
  -Vete en paz y con todas nuestras bendiciones, amigo -me deseó Don Quijote, visiblemente emocionado.
   -Una cosa -les pedí antes de irme-. Si, por cualquier motivo, las cosas se complicaran y mañana no volviera a esta casa...
   -Por favor, Tinterico, no seas gafe. ¿Por qué no habrías de volver? -preguntóme Samuel, preocupado.
   -No, por nada -traté de tranquilizarlos-. Es una simple suposición mía, seguramente sin fundamento. Pero, si vierais que no vuelvo con Jeguelín, os pido que vayáis en mi búsqueda, mediante la janua-témporis de Don Quijote. Hasta mañana -me despedí, alzando la mano.
   Abrí la puerta y, sin encender la luz, bajé la escalera, como si mis pies fueran dos plumas. Entré en la salita-recibidor y me introduje, sin dificultad, en el bolso. A pesar de mi situación nada corriente, me acomodé  muy ricamente junto al oropendolino, de manera que, aunque no lo precisaba, muy pronto me quedé dormido y bien dormido.

   Habría transcurrido poco más de una hora cuando un ligero chasquido de la puerta despabiló mi sueño. Un delicado e inconfundible perfume me anunció que Diana acababa de entrar en la salita. Rápidamente, yo me recoloqué, aplastándome al máximo contra el fondo del  bolso y enroscándome  al pie del aparato.
   Diana descorrió un poco la cremallera, comprobó que el artefacto estaba dentro, volvió a cerrarla y, presurosa, salió a la calle con el bolso, sigilosamente. Por mi parte, amparado por la oscuridad, en seguida descorrí la cremallera,  lo suficiente para no perderme detalle alguno de cuanto ocurriera en el viaje hacia lo desconocido que acababa de iniciar.
   Diana se acercó a un coche negro, aparcado a pocos metros. Sale de él un joven fornido, de cabeza rapada, largas patillas y prietos  bíceps, vestido con pantalón vaquero y camiseta, negros. Saluda a Diana, levantando la mano; le coge el bolso, abre una de las puertas traseras y deja el bolso encima de los asientos. Diana se acomoda en el asiento del copiloto y el joven arranca rápido y sin ruido apenas.
   Yo enciendo mi broche receptor y miro la hora. Son las 03:20 de la madrugada. En seguida, extremando todas las precauciones, descorro la cremallera, salgo fuera del bolso y me coloco entre éste y la puerta, de forma que no puedan descubrirme a través del espejo retrovisor.
   Diana y el joven se ponen a charlar.
   -Menudo morro tienes, chica -le dice, riendo y apretando el acelerador-. Con ésta, tu segunda faena, ya te puedes despedir para siempre del doctor Rebollo. ¿Cómo es posible que seas tan diabólica con él? Ja, ja.
   -Oye, Rufo, no te pases -le contesta Diana-, yo le aprecio y admiro. Sólo que mis aspiraciones no acaban de ajustarse a las suyas, a pesar de que reconozco que ha cambiado de forma espectacular, desde que lo dejé hace cinco meses.
   -¿Te imaginas qué cara va a poner, cuando se levante y vea que  Diana ha volado con su querido pajarito? Menudo cabreo va a coger. ¿Se atreverá a presentarse, sin él, en el salón de congresos?
   -Si te soy franca -le confiesa, en tono serio-, estoy muy arrepentida de esta canallada.
   -¡Vaya! ¿Y ahora venimos con ésas? No me vengas con pijerías. Quedamos en que íbamos a aprovecharnos de su rara ciencia y de su absoluta candidez. No cabe duda de que este prodigioso artefacto -que no comprendo cómo lo haya logrado o de dónde lo ha traído- es un ingenio maravilloso que se ajusta rigurosamente a los planteamientos y procesos lógicos.
   -Sí, es verdad -le dice Diana-, este aparato debe de ser muy valioso, cuando esos dos señores que presenciaron la demostración, te ofrecieron tanto dinero, si conseguías mangarlo para ellos.
   -No, Diana, no se trata de un vulgar robo. Nuestra acción está justificada. Ten en cuenta que, según he podido averiguar, esos señores pertenecen a un club internacional de importantes personalidades, que tiene el sublime objetivo de transformar el mundo. Se llama NOSEFUMO (acrónimo correspondiente a" Notábili Servitori Futuro Mondiale"). Su preocupación y misión es la de tener bien sujetas las riendas de las políticas de todos los Estados, de manera que todas vayan encaminadas al triunfo pleno del liberalismo feroz, frenando el crecimiento demográfico, quedando reducidas las clases inferiores en proporción inversa al servicio que presten, y reservando los limitados recursos del planeta para las clases privilegiadas. El club suele reunirse, periódicamente, en distintos países y ciudades, que procuran no publicar.
   -No veo muy claro lo que me estás diciendo, Rufo, pero deduzco que ese pajarraco puede serles de gran utilidad para lo que ellos pretenden.
   -Así es -le contesta Rufo-. Su intención es que, tan pronto como el ingenio esté en su poder, llevarlo al centro del club en donde se está celebrando la reunión cumbre, que, este año, es cerca de Washington. Ellos temen que este aparato llegue a convencer a muchos Estados sobre la necesidad de aceptar y favorecer el triunfo de la racionalidad y la ética, para hacer posible el cumplimiento  del auténtico objetivo del Estado: la realización de la libertad y el bienestar de todos los ciudadanos, como  defiende Rodrigo Rebollo, mi profesor preferido, aunque no te lo parezca. De ahí su interés en conseguirlo para ellos, para aplicarlo a sus propios fines y evitar, al mismo tiempo, que la morralla de la clase media y baja se beneficie de sus portentosos servicios.
   -Chico, pues, a mí casi me está entrando reconcomio por esta faena. ¿A ti no? Ja, ja.
   -Ya sabes, Diana, a nosotros como a ellos, lo que nos mueve es la pasta. Lo demás son cuentos chinos. Y quinientos mil euritos no son moco de pavo. ¿No te parece?
   -Calla, calla, que me están dando escalofríos sólo con pensarlo. Y después de cobrar ¿qué haremos? Tú estás libre de sospecha, claro está, pero ¿y yo, a dónde me voy?
   -¡Vamos, vamos, Diana, despierta y piensa, que ya eres mayorcita! ¿Quién
puede acusarte de haber robado ese artefacto? ¿Rodrigo Rebollo? Ese hombre es incapaz de denunciarte porque, aparte de que, por lo que me has contado, está pirrado por ti, es un hombre que vive en su pecera filosófica, y le trae al pairo los ruines intereses y trifulcas mundanas. Además, si ese aparato le importara mucho, lo mismo que consiguió o hizo ése, conseguiría o haría otro igual, pues el que hace un cesto hace ciento, como bien dice el refrán. Y por lo que se refiere a los tres amigos que le acompañaron  en la exposición, no me digas que temes alguna represalia por su parte, ya que, más que personas de carne y hueso, parecen entelequias disfrazadas de muñecos de cómics.
   -Sí, es verdad -reconoció Diana-, y, además, a lo hecho, pecho. Así que, pasemos página. ¿En dónde nos esperan esos intermediarios?
   -Se trata de  una especie de merendero, rodeado de pinos, con bancos y mesas, que hay en un entrante de la carretera, próximo al aeropuerto. Lo he programado en el gps del coche.

   Recorrimos, en silencio, algunos kilómetros más, cuando observo que Rufo acciona el intermitente del coche para entrar en la zona de descanso, y lo detiene cerca de otro coche que estaba aparcado bajo unos árboles.
   Oigo abrirse las puertas del coche vecino; me estiro un poco, consiguiendo ver a dos individuos, trajeados, que se acercan al coche de Rufo. Uno de ellos lleva un maletín y el otro una potente linterna. Sale Rufo del coche y les estrecha la mano, mientras les dice unas palabras que no llego a captar con claridad. Abre el maletín su portador, acercándolo a la cara de Rufo, mientras su compañero alumbra con la linterna.
   -Aquí está lo acordado -dice el del maletín-, quinientos mil euros. Como ves, son cinco fajos de doscientos billetes de quinientos euros cada fajo.
   -De acuerdo -contesta Rufo-, pero no os importará que haga un rápido recuento, con la ayuda de Diana, mi compañera.
   -Por supuesto,  esperaremos a que hagas la comprobación -dijo el del maletín.
   Salió Diana fuera, dejando abierta la puerta, momento que yo aproveché para escapar, también, protegido por la oscuridad de la noche. Rápido, me oculté entre una papelera y un banco que había a un metro del coche.
   Rufo tomó uno de los fajos y lo fue contando en grupos de veinticinco billetes que entregaba a Diana. Hecha la comprobación lo volvió a colocar en el maletín y, en cuanto al resto, se conformó con hacer pasar, fugazmente, ante sus ojos, los billetes de cada fajo con el roce de su pulgar.
   -¿Conforme? -preguntó el del maletín.
   -Sí, ya es suficiente -aprobó Rufo, mientras Diana sacaba del coche el bolso negro con el oropendolino.
   -Bien. Ahora nos toca a nosotros comprobar el ingenio del doctor Rebollo -dijo el otro emisario-. Sáquenlo del bolso, por favor.
   Rufo descorrió la cremallera,  cogió el artefacto por su base,  y  lo puso a la altura del pecho de éste.
   El emisario, sin titubear, dio con su índice tres toques en el pico del oropendolino. De inmediato se iluminó con una luz violeta, mientras una voz, agradable, aunque algo indefinida, preguntaba cortésmente:
   -Buenas noches. ¿En qué puedo ayudarles?
   -Pues... quisiera preguntarle quién es su dueño.
   -Mi dueño es el profesor  don Rodrigo Rebollo, doctor y catedrático de filosofía, con residencia en Madrid, calle...
   -De acuerdo, de acuerdo, ya vale. Muchas gracias dijo el emisario, volviendo a tocar el artefacto en otros puntos, apagándose la luz violeta.
   -Bien, no es preciso más comprobaciones. Aquí tenéis el dinero -dijo el otro emisario entregando a Rufo el maletín-. Si hubiera algún problema, ya tendríais noticias nuestras. Mejor que no las haya -dijo con sonrisa enigmática.
  Los emisarios entraron en el coche y salieron, precipitados, con dirección al aeropuerto; mientras Rufo y Diana lo hacían hacia Madrid.

   Me senté en el banco a esperar. ¿A esperar qué? La verdad que me quedé sin saber qué hacer. ¿Cómo me las arreglaría para contactar con Samuel, Don Quijote o Jeguelín?  Jeguelín estaría de siete sueños, aparte de que le habían privado del oropendolino, el único receptor de mensajes de que disponía; y con Samuel y Don Quijote tampoco podía comunicarme. Tendría que resignarme y esperar a que Jeguelín descubriera la desaparición de Diana y del oropendolino, y dispusieran venir a buscarme, utilizando la janua-témporis de Don Quijote, feliz acontecimiento que no tendría lugar antes de las once horas, según mis cálculos.
   Pero, una vez más, hube de reconocer que nunca sabemos, con absoluta certeza, qué puede ocurrirnos de un momento a otro. En esta ocasión ya me estaba resumiendo, dentro de mí mismo, como un friolero caracol, y empezaba a recordar y meditar sobre otros momentos difíciles y, no obstante, superados airosamente, cuando veo caer del cielo -al tenue resplandor del cercano aeropuerto- una figura humana, planeando con su capa, extendida como un parapente. En seguida lo reconocí. Era Samuel con Don Quijote en uno de los bolsillones de su capa, braceando como un molino de viento, y gritando igual que un cabrero, tratando de que otro le oyera, con un monte por medio.
   En un momento les resumí cuanto había visto y oído desde que salí camuflado en el bolso, recalcándoles que el oropendolino se lo habían llevado dos individuos, miembros del club internacional  "NOSEFUMO", a cambio de 500.000 euros que entregaron a Rufo y a Diana, en un maletín. Éstos se marcharon hacia Madrid, mientras que los del club se dirigieron, a toda marcha, al aeropuerto, ya que, por la conversación que les había escuchado a Rufo y a Diana, esta misma madrugada saldrían con el oropendolino, en avión privado, hacia el lugar, próximo a Washington, en que estaban celebrando la reunión cumbre del club "NOSEFUMO".
   -¿Nosefumo? ¡Qué nombre tan raro! -comentó Don Quijote- ¿Acaso es un club de exfumadores?
   -No, don Alonso -contesté rápido-. Ya os informaré minuciosamente, cuando estemos más tranquilos. Ahora lo que debemos hacer es ir, sin dilación, a donde ellos estén, con la ayuda de la janua-témporis. Si tenemos suerte, es posible que estén todavía en el aeropuerto, a la espera del avión.
   -No se hable más y da la orden a la janua-témporis, para que nos lleve hasta ellos, en no más de cinco minutos -rogó Samuel a Don Quijote.
   Mas las prisas nunca fueron buenas. Don Quijote, con semblante y gestos alterados por los nervios, se palpaba el pecho, gritando:
   -¡La janua-témporis no está en el colgante de mi cuello!
   Rápido, encendí mi broche transmisor y, con la tenue luminosidad que proyecta, buscamos por el suelo la preciosa joya. Palmo a palmo rastreamos y miramos, minuciosamente, en un diámetro de ocho metros alrededor nuestro, lo que nos entretuvo diez minutos sin éxito alguno.
   Nuestra desesperación, más que verse, se palpaba.
   -¿Qué hacemos?
   Y, oh prodigio del intellectus appressus (o appretatus, en latín macarrónico), una luminosa idea se encendió en mi cacumen; "¡el bolsillo de la capa de Samuel, en donde había viajado Don Quijote!" Di un brinco hasta el bolsillo, sobresaltando a Samuel, que no se lo esperaba, y... allí estaba la merlinesa janua-témporis. Con los incesantes ajetreos bolsilleriles de Don Quijote, no era extraño que la joya se le desprendiera del colgante.
   -Démonos  prisa -dije, enntregándosela a Don Quijote-. Los del club hace ya cuarenta minutos que partieron de aquí.
   -No importa -recalcó Don Quijote, firme y muy sereno, mientras se la volvía a engarzar, apretando bien el cierre, y se la acercaba a los labios, como si fuera a besarla-. Estén donde estén, mi querida joya nos llevará hasta ellos.

   Una vez introducidos en los bolsillones de la capa, y pronunciada la orden de que nos llevara a dondequiera que se hallare el oropendolino, nos elevamos por los aires, sorprendiendo, quizás, a algún ufólogo insomne o a alguna lechuza alegre, de regreso del botellón-fin-de-semana. En cuestión de breves minutos la janua-témporis comenzó a parpadear, indicándonos que nos hallábamos sobre la vertical de nuestro objetivo. Abajo, en el aeropuerto, veíamos una pista para vuelos especiales.
   -Mirad -dijo Samuel, señalando al andén-, ahí se ven  a dos individuos, paseando.
   -¡Ellos son! -exclamé-, Junto a ese banco han dejado el bolso con el oropendolino. Aprovechemos, ahora que se han alejado del bolso, para caer junto a él.
   Samuel, protegido por la penumbra, aterrizó a otro lado del banco, detrás de una máquina expendedora de refrescos, situada junto al banco y el bolso.
   Los dos hombres, ahora abrigados con negros gabanes, parecían visiblemente impacientes en su espera, ya que dirigían continuas miradas a las pistas y a sus relojes.
   Samuel, rápido como un felino, atrapó el bolso, se lo colgó a la bandolera y, dando un salto hacia arriba, inició el vuelo, extendiendo la capa a lo supermán.
   Los paseantes, alertados por algún ruido producido en nuestro despegue, giraron hacia atrás la cabeza, descubriendo que el bolso había desaparecido. Instintivamente, miraron para arriba y, al vernos volar por  encima de ellos con el precioso botín,  fue toda una gama de gestos, voces, saltos,  puñetazos al aire y rostros coléricos, la que vanamente nos dedicaron, viéndose tan lindamente burlados. En seguida, uno de ellos, sacó el móvil y se puso a hablar, seguramente con el piloto del avión que estaban esperando.
   Mientras ascendíamos a una considerable altura y nos distanciábamos del aeropuerto, deliberábamos hacia dónde deberíamos dirigirnos.
   -Supongo que a casa de Jeguelín -dije, con el mayor aplomo-, pues estará desesperado por la incomprensible desaparición de Diana y del oropendolino.
   -No, amigo -me contestó Samuel, con tono serio y preocupado-. En tu ausencia ha ocurrido algo tremendo que desconoces.
   -¿Qué ha pasado?
   -Serían las tres y media de esta madrugada, cuando oímos a Jeguelín que pedía auxilio, con gritos desesperados. Don Alonso y yo bajamos precipitados hasta su habitación. Empujamos la puerta y nos lo encontramos arrodillado en el suelo, doblado sobre sí mismo, sujetándose el vientre.
   -¡Me muero, me muero! -repetía con claras muestras de dolor y aturdimiento.
   -¿Qué te pasa? ¿Has tomado algo? -le preguntó don Alonso, mirando el líquido blanquecino de un vaso que estaba sobre la mesita.
   -Sí -explicó, con dificultad Jeguelín-. Anoche, cuando os retirasteis a la habitación, Diana me trajo ese vaso con un líquido, diciéndome que me iba a dejar muy relajado, asegurándome que dormiría toda la noche y me dejaría en plena forma para asistir al debate.
   Una vez acostado, ella me acercó el vaso, bebí el líquido, y, en el momento en que ella salió de mi habitación, me quedé profundamente dormido. Pero, a eso de las tres y media, me he despertado. He entrado en la habitación de Diana y, al no verla allí, la he buscado por toda la casa, descubriendo que también faltaba el bolso con el oropendolino. A continuación me han sobrevenido unos terribles dolores de tripa, que siguen en aumento. ¡Ay, ay, Diana! ¿Por qué me has hecho esto?

   -Así se quejaba Jeguelín, tratando de incorporarse -continuó Samuel-. Don Alonso y yo nos apresuramos a auxiliarlo, pero no pudimos evitar que cayera al suelo, como fulminado.   Con el mayor cuidado lo levantamos y lo extendimos sobre la cama, comprobando que, tanto su corazón como los pulmones, habían dejado de funcionar.
   -¿Qué debemos hacer? -pregunté a don Alonso.
   -Creo que conocemos bien a Jeguelín. No es un ser humano corriente y moliente, como cualquier otro. Parece que está muerto, pero ¿quién sabe? Por nuestra parte, lo mejor que podemos hacer por él es no perder tiempo y tratar de rescatar el artefacto -me aconsejó don Alonso.
   -Exacto, eso le dije -confirmó Don Quijote-. Y, acto seguido, salimos de la casa, cerramos la puerta, y tras colocarme en el bolsillo de su capa y dar orden a la janua-témporis, nos lanzamos volando en tu búsqueda.
   -Gracias, amigos -les dije, de corazón-. Ciertamente, me hallaba apuradísimo. Pero lo que me contáis de Jeguelín me ha dejado helado. Ante estas nuevas y lamentables circunstancias opino que deberíamos dirigirnos a nuestra cabaña de la playa, y allí guardar y custodiar el oropendolino como oro en paño; pues, según nos aseguraba Jeguelín y nos lo ha confirmado el interés patente y desorbitado de ese club internacional por adueñarse del mismo, se trata de un magnífico ingenio, que puede convertirse en un instrumento imprescindible para acelerar la transformación de los sistemas, injustos y faltos de ética de muchos Estados, en otros en los que la racionalidad prevalezca por encima de cualquier interés o ideología particular e insolidaria.
   -Amigo Tinterico -me confesó Don Quijote-, mismamente es lo que, también yo, creo lo más oportuno que debemos hacer: quedarnos en la cabaña, custodiando este precioso tesoro, que promete introducirnos en el preludio de una nueva etapa dorada, aquella en la que no existían las palabras tuyo y mío.
   -Así es -reconoció Samuel-. Jeguelín,  tal como lo dejamos en su cama, no mostraba signo vital alguno.  Por lo que, como vosotros, pienso que lo mejor que podemos hacer por él es aportar nuestro esfuerzo en hacer realidad su magnánimo proyecto: el de facilitar y acelerar el triunfo de la racionalidad en la ordenación y gobierno de todos los Estados, empezando por el nuestro. Y no cabe duda de que ese ingenio, el oropendolino, puede ser decisivo para un rápido y feliz desarrollo del proceso del que nos hablaba Jeguelín.
   -A propósito de ese mágico y portentoso invento, que tanta admiración y recelo ha despertado:  tengo sobre él una personalísima opinión que me gustaría participaros -les dije, provocando en ellos una súbita reacción, que capté en seguida.
   -Desde que Jeguelín nos mostró de qué era capaz ese pajarito,  tampoco deja de revolotear en mi cabeza una idea relacionada con él -manifestó Don Quijote.
   -Es curioso, pero también yo pensé, viéndolo actuar -remachó Samuel-, que ya hacía varios años que el silbo de ese pájaro había empezado a transformar el mundo.
   -¡Sorprendente! -exclamé- Jeguelín no nos ha revelado el auténtico sentido de este prodigioso aparato, mas  creo que nuestra opinión coincide en que no se trata de otra cosa sino de un símbolo de la arrolladora y actualísima tecnología (especialmente la informática) que, a pasos agigantados, se está convirtiendo en un maravilloso instrumento, riguroso y fidedigno, al servicio de la estricta lógica. Un instrumento que, en un futuro próximo, será capaz de analizar y diagnosticar los problemas y cuestiones más complejos y sus posibles  consecuencias más inesperadas, tanto a nivel individual como colectivo.  Y que, además, podrá asesorar sobre la solución más  eficaz, segura y rápida; desempeñando, también, la imprescindible labor de denuncia y control sobre la rectitud y eticidad de cualquier norma o ley, vigente o inexistente;  así como de quienes las infrijan. En resumen, un instrumento, cada día más imprescindible, para el correcto gobierno del Estado en el ejercicio de su triple poder.
   -Coincido plenamente en tu apreciación, amigo Tinterico -dijo Samuel-, y, desde luego, cuántos males y desgracias podrían haberse evitado o aliviado en el pasado, de haber existido este invento.
   -Pero ahí está la otra enseñanza del oropendolino o, lo que es lo mismo, de las nuevas tecnologías: que, antes o después, el viento de la racionalidad termina imponiéndose, como Jeguelín nos mostró -apuntó Don Quijote.
   -Por cierto -añadí yo-, sigo preocupado por la suerte definitiva de Jeguelín. Si te parece, Samuel,  podrías poner en marcha el oropendolino -mientras volamos hacia la cabaña- a ver si consigues que veamos lo que, en estos momentos, esté pasando en aquella casa.

   Así lo hizo Samuel. Descorrió la cremallera, tocó tres veces el pico del pájaro y una  esfera enorme de luz anaranjada apareció sobre el bolso.
   -Buenos días -oímos decir a una voz en off-. ¿En qué puedo ayudarte?
   -Quisiera que nos ofrecieras las imágenes de lo que, en estos momentos, ocurre en casa del doctor Rodrigo Rebollo.
 
   De inmediato, la luz cambió a una tonalidad blanquecina que, poco a poco, fue adoptando el colorido  real de las cosas que,  a continuación, aparecieron. Vemos el hotelito de Rodrigo Rebollo y, en seguida, a Diana en la puerta, tratando de abrirla con una llave que acaba de sacar del bolsillo de la cazadora. Entra en casa y se dirige, resuelta, a la habitación de Jeguelín. Se acerca a la cama, en donde le vemos tendido, inmóvil y con los ojos cerrados. Rápidamente, Diana saca del bolsillo una píldora que le introduce en la boca; le da masajes y le mueve  las piernas y los brazos. De pronto, vemos que Jeguelín abre los ojos y sonríe a Diana con su cómica y habitual sonrisa.
   Tal fue nuestra sorpresa que gritamos al unísono:
   -¡Jeguelín está vivo! Tenemos que volver a su casa.
   -Esperemos un momento -recomendó Samuel-. A ver qué hablan entre ellos.

   "-¡Diana querida!  Pensé que te habías marchado y me habías abandonado para siempre. ¿Cómo y por qué me dejaste aquí, en estado catatónico? Y mis amigos ¿a dónde han ido?
   -Ay, tontuelo, sigues sin conocerme. ¿Cómo te iba yo a abandonar? De sobra sabes que mi mente es pragmática, y que pienso que lo de tus teorías y cuestiones filosóficas, serán todo lo interesantes que quieras, pero a mí me resbalan como si estuvieran enjabonadas. Por eso, porque todavía te aprecio, he entregado el oropendolino a unos señores, que ayer asistieron a tu demostración en el salón de congresos. A cambio de ese aparato nos entregaron quinientos mil euros, que  he repartido a partes iguales con mi amigo Rufo. Él me ha ayudado a realizar la operación. Mi parte la he dejado en mi casa. Ya te la entregaré.
   -No, Diana, no tienes que darme nada.  Ten en cuenta que ese ingenio no es un invento exclusivamente mío, porque, en realidad, se trata de un simple remedo o representación de la actual tecnología informática. A los asistentes a mi exposición les impresioné con ese curioso artefacto, que no es más que un divertido juguete en comparación del complejo entramado lógico de internet y sus innumerables aplicaciones.
   -¡Eres un cielo, Rodrigo! Soy todo tuya -dijo, dándole un sonoro beso!"
 
   -Creo que ya es suficiente con lo visto y escuchado -opiné yo-. ¿Seguís pensando que debemos cambiar el rumbo hacia la casa de Jeguelín?
   -Por supuesto -manifestó Don Quijote-. Así será mayor el gozo de Jeguelín y de Diana.
  -Sí, también yo lo creo oportuno -dijo Samuel-, pues, aparte de esas razones, creo conveniente abrirle más los ojos a Jeguelín que, por lo que se refiere a Diana, sigue columpiándose en paradisíacas nubes de algodón.
   -¡Mirad! -exclamó Don Quijote, señalando hacia adelante- El faro esbelto, hercúleo y paternal... Más allá el hermoso templo de góticas nostalgias, reverberante por los dorados rayos del sol, ascendiendo tras el pinar.
   -Y ahí abajo -continué yo-, los corralones, junto a la playa, escurridos por la bajamar, pululando cangrejos y camarones en los rumorosos charcos.
   -¿Qué es eso que se oye? -pregunta Don Quijote, con semblante súbitamente turbado.
   -Parece el fragor de un avión, acercándose, por levante, desde la lejanía - dijo Samuel, irguiendo el busto y acelerando el vuelo en esa dirección.
   -¿No será, quizás, ese viento, del que nos hablaba Jeguelín...?  -aventuré yo.
   -¿?
   ¡¡Shuisssbooouuummm!!




                                                       EPÍLOGO


   Ésas fueron las últimas frases intercambiadas por nuestros amigos.
   Supuestamente, algo apareció, por el levante, en la lejanía. Algo rápido y depredador, como un halcón, enfiló su morro incandescente y directo, contra la silueta de Samuel. Lo que fuera, seguido de una formidable explosión, impactó contra ellos, produciéndose, a continuación, el silencio y la oscuridad en el broche grabador de Tinterico.

   Fue, después de varias semanas de ese fatal desenlace, cuando -al no tener noticia alguna de ellos-, decidí pasar unos días en esa playa sureña, en la que tantas aventuras habían protagonizado y escuchado. Me empujaba una vaga esperanza de averiguar algo sobre su paradero.
   Me hospedé en el mismo hotel en que, según mis conjeturas, se hospedó Ricardo, uno de los personajes de mi anterior relato. A otro día, muy temprano, fui paseando por la playa, hasta el punto en que, según mis cálculos, debería de quedar enfrentado a la cabaña de nuestros amigos.
   Mas, antes de dedicarme a su búsqueda, no pude reprimir el impulso interior que me animaba y seducía, como un silbo de sirena, a sentarme en la rocosa cerca de uno de los corralones, escurridos por la bajamar.
   Llevaba varios minutos disfrutando del sol y la tibia brisa, que acababan de remontar el cercano pinar, cuando el destello dorado de un objeto metálico, semicubierto por la arena y el agua, captó mi atención y curiosidad.
   Me incorporé y me acerqué a examinarlo. Experimenté una inexplicable emoción, así como un extraño presentimiento, mientras lo desenterraba y aclaraba en el agua.
   -Pero... ¡si esto es parte del tintero que desapareció de la mesa de Edu, hace cinco años! -susurré- No me cabe duda. Esta pieza corresponde al tintero propiamente dicho, y representa el pilón o abrevadero en que Don Quijote veló sus armas. Falta la figurilla del Hidalgo con su lanza... ¿Qué les habrá ocurrido?
   Mientras lo examinaba, minuciosamente, noté que algo rodaba en su interior. Levanté la tapita de bisagra, que cerraba el tintero. Mi sorpresa fue mayúscula. Era un pequeño broche-alfiler, formado por una hermosa piedra verde, ovalada y pulida. La tomé entre mis dedos y -¡oh, cielos!- el broche se enciende y resplandece con una preciosa luz esmeralda, al mismo tiempo que oigo las voces de Tinterico y demás personajes, que  intervienen en este relato.
   Me volví a sentar en una de las rocas y escuché, desde el principio, este último capítulo, grabado por Tinterico, hasta el momento en que se oye la explosión y se apaga el broche transmisor.
   Fue, entonces, cuando comprendí que, aquel trozo de latón y aquel broche, eran las únicas reliquias que había logrado recuperar  de aquellos  amigos.
   Apostaría que sus espíritus se hallan, felices, en otro mundo vecino, metidos en parecidas aventuras que, quizás, algún día o noche, lleguemos a escuchar, directamente, de sus propios labios. 
   Y de lo que estoy plenamente seguro es de que ellos han desaparecido, para siempre, -¡oh, presuntuosa y vana certeza nuestra!- de este mundillo que Edu bautizó como Tintero jubilado.
   No obstante, espero seguir publicando, en este espacio, otros posibles e imposibles relatos, aunque no vinculados entre sí, como hasta ahora venía haciendo.  Ya es hora de que deje a esos amigos disfrutar de un merecido descanso, allá donde se encuentren.
   Y una cosa que se me olvidaba por aclarar. Del oropendolino no quedó ni rastro. Y sobre lo que impactó contra ellos, todo son conjeturas. Pudo ser un bólido lanzado por el poderoso NOSEFUMO; o, quizás, un enorme pez volador reivindicativo y cabreado; o, -¿quién sabe?- un meteorito cabezón, empeñado en cumplir, por su cuenta, el vaticinio maya. Evidencias no existen.
   Un abrazo y felices navidades 2012.
   Dunscotiano.  

                                                                                             
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