¿Qué es eso que se oye? - (Capítulo I)

sábado, 28 de abril de 2012





   Son las nueve de la mañana del 18 de febrero de 2012. Las campanas del santuario, con sus limpios sones, hacen vibrar el aire, rizando la fina piel del mar, azul y transparente, mientras caminamos por la playa bajo las caricias de un sol tibio y amoroso que invita al diálogo.
 -¿Qué es eso que se oye? -pregunta Samuel, deteniéndose un momento y paseando, lentamente, la mirada escrutadora a lo largo del magnífico cielo, transparente y azul, que se alza sobre nosotros.
 -Las campanas -responde, categórico, Don Quijote.
 -No, no es eso. Es... como un viento.
 -¿Como un viento? -pregunto yo extrañado- No lo parece. Tenemos una mañana impropia de febrero. Primaveral.
 -Sí, pero... -continuó Samuel tras una breve pausa- Esta noche he dormido poco y quizás ese viento sólo esté dentro de mi cabeza. Me ocurre a menudo. Sin saber cómo, surge en mi mente alguna cuestión manida, cansina, vieja como yo, pero que no acabo de comprender. Son preguntas que todo el mundo se hace y que la mayoría espanta rápido de su cabeza, por considerarlas candideces infantiles o chocheces seniles.
 -¿Como qué? -pregunto yo, muy curioso, por saber si coinciden con las mías.
 -Por ejemplo, que el espacio es infinito es obvio. Entonces me da por imaginar una carretera sin principio ni fin, por la que podría caminar eternamente. Es una verdad que me produce inquietud y confusión, pues, aunque no sería muy largo el camino que este cuerpo mío pudiera recorrer, mi espíritu, en cambio, me asegura que él sí podría.
 -Tienes razón -aprobó Don Quijote-. Yo también suelo enredarme en esas telarañas mentales.Ha habido noche que me he pasado partiendo una torta, mentalmente, en dos mitades, y cada una de las dos mitades resultantes en otras dos mitades, y así sucesivamente. Rendido y asombrado, acepto, antes de dormirme, que, por muy microscópica que sea la mitad resultante, siempre queda algo de de la misma naturaleza que la tarta madre. No entiendo cómo se compagina la finitud de la materia con la infinita división de sus partículas.
 -A mí -dije yo- la cuestión que suele desvelarme, no sé si por mi condición de tintero, es el hecho de la autoconciencia. El sentirme mí mismo. Es algo que, por lo que observo en los demás, es aceptado como la cosa más natural del mundo. Nadie se extraña de tener conciencia del propio yo, de darse cuenta de que es su yo, y no cualquier otro, el que anima ese cuerpo o cosa en que él anida. A mí, en cambio, me produce vértigo y orgullo la conciencia de que mi yo existe, aun dentro de un humilde tintero. Sí, porque, no veo ninguna necesidad lógica, física, metafísica, ni de ningún género, que exija la existencia de mi yo. Lo que me refuerza en mi convicción de que el yo de cada uno es un espíritu hecho ex profeso, gratuita y generosamente por el Espíritu Supremo.
  -Sí, amigos, hemos sintonizado los tres a la perfección -alabó Samuel, estrechándonos contra su cuerpo humano.

    De pronto, veo que mi broche transmisor-receptor relampaguea.
   -Un momento -les digo, mientras aprieto el sensor del broche-. Alguien desea comunicarse con nosotros.
  -Hola, amigos, ¿cómo estáis? -nos saluda una voz pausada, con acento extranjero- Yo soy y no soy Rodrigo Rebollo, catedrático de filosofía en Madrid, aunque antes que nada soy emisario del más allá, cosa que espero aclararos personalmente, si aceptáis mi invitación de reunirnos, hoy mismo, aquí en mi casa. Contacto con vosotros porque, según he comprobado a través de mi oropendolino, sois los destinatarios más idóneos para recibir la preciosa información que quiero confiar al mundo, por vuestras peculiares características y porque he descubierto vuestra inequívoca y firme intención de manteneros siempre orientados hacia el norte de la razón.
  -Escuche, señor "repollo" -dijo Don Quijote, acercando su boca a mi broche receptor-. Reconozco que se expresa como un libro abierto, pero no entiendo "ni papa" de lo que dice sobre su identidad, sus intenciones y su "perindolino" ese con el que nos ha localizado. ¿No se habrá equivocado de destinatarios?
  -Perdona, amigo, ¿cuál es tu nombre? -preguntó Rodrigo Rebollo.
  -De momento, llámeme don Alonso, si no tiene inconveniente -le sugirió Don Quijote.
  -Encantado, don Alonso. El hecho de contactar con vosotros de forma exitosa me demuestra que mi oropendolino ha acertado en la elección de los destinatarios de mi precioso mensaje. Comprendo tu impaciencia por conocer mi entidad, el contenido de mi mensaje y el medio de transmisión para hacerlo. De todo eso y mucho más os daré sobradas razones. Habréis de saber que conozco muy bien, mediante mi oropendolino, las múltiples e increíbles aventuras en las que, a menudo, os habéis metido. Os felicito por vuestros éxitos, los cuales me dan pie y confianza en que no vais a hacerle ascos a esta otra empresa que, ahora, yo os propongo, tanto más que, con la que está cayendo, no está la cosa para remilgos.
  -Siento, señor "repollo", tener que advertirle -amonestóle Don Quijote-, que yo tuve un compañero, llamado Sancho, que el hombre se extendía y aproximaba tanto a los cerros de Úbeda que hube de llamarlo al orden en más de una ocasión. Lo que le hago saber sin ánimo de tacharle, docto señor, de cansino y duerme liebres, sino para que abrevie en su discurso al máximo.
  -Lo tendré en cuenta, don Alonso -aceptó con tono sumiso y educado don Rodrigo-.Por mi parte y con mi mejor intención, quisiera aclararle, a los efectos oportunos, que mi apellido es Rebollo y no "repollo". Dicho esto, procedo a informaros, lo más escuetamente posible, de lo siguiente. Aprovechando el desfile de carnaval, programado en Madrid para hoy sábado, 18 de febrero, a las 19´30, la comunidad china ha anunciado que también ellos piensan participar en el evento, para mayor realce de sus festejos con motivo del año nuevo del Dragón, según el calendario chino. Y, a mi juicio, creo que el momento y lugar más oportunos para nuestro encuentro es el del desfile, ¿no os parece?
 -No nos cabe la menor duda -contestó Samuel por los tres, sin convencimiento alguno-, pero siga, siga, don Rodrigo.
 -Como ya conozco los inagotables recursos de que disponéis, tengo la seguridad de que, en cuestión de breves minutos, podréis desplazaros desde donde os halléis, hasta el siguiente punto que voy a indicaros. El desfile partirá del parque del Retiro y recorrerá parte de las calles de O´Donnell, Alcalá, Cibeles, Recoletos y Colón. Yo estaré encaramado sobre un león de la fuente de la Cibeles. No tendréis dificultad alguna para identificarme, por las señas que voy a daros y que fácilmente descubriréis en cuanto me veáis. Aunque intelectual y psíquicamente no me parezco en nada al personaje Mr. Bean, colocado junto a él somos como dos gotas de agua. Llevaré puesto un traje pata de gallo, con coderas de piel marrón, camisa blanca, corbata rosa y gabardina negra.
 -La gabardina la llevará sobre el brazo, claro está -interpretó Samuel.
 -No, la llevaré puesta sobre el traje.
 -Ah -exclamó Samuel.
 -Y el principal detalle identificativo será mi oropendolino -continuó diciendo don Rodrigo Rebollo-. Ya os detallaré qué es y para qué sirve este maravilloso invento. Por ahora es bastante con que sepáis que es un recreador virtual de la realidad, un cerebro de sabiduría insondable, y que su aspecto, en estado inactivo, es la de una vasija panzuda, semejante a un orondo pájaro con pico, cola y alas cortas. El color de esos apéndices es negro. El resto de su cuerpo es amarillo.
 -O sea, un botijo cibernético -resumió Don Quijote-. ¿No es así?
 -Cuando lo veáis funcionando -respondió don Rodrigo- os asombraréis de su prodigiosa capacidad. El oropendolino lo balancearé como un péndulo para que os resulte más fácil distinguirlo. Procurad venir trajeados a tono con la fiesta que se celebra, lo que dejo a vuestro personal sentido de la oportunidad y discreción. Eso sí, os ruego la máxima puntualidad. Entre las 19:30 y las 20:00 horas deberéis estar presentes en el desfile. Así que ya podéis apresuraros en el viaje.
 -Sobre ese particular no se preocupe, señor Rebollo -dijo Don Quijote, acercando la boca a mi broche-. Si nos lo proponemos, podemos perder de vista, sin esfuerzo alguno, a cualquier rayo de luz, onda, meteoro o neutrino que se interponga en nuestro trayecto.
 -¡Vale, vale, hasta pronto entonces! -despidióse don Rodrigo, algo mosqueado.
 -Pues nada, chicos -comenté-, aventura tenemos. ¿Qué os parece si nos vamos yendo a la cabaña y nos acicalamos como es debido para desfilar por esa pasarela que nos anuncia el señor Rebollo?
 -No es necesario que nos precipitemos en los preparativos. Contamos aún con diez horas, antes de emprender el vuelo -advirtió Samuel-, que podemos aprovechar para cambiar impresiones sobre el talante de don Rodrigo y su extraña invitación.
 -¿Extraña? -protestó Don Quijote- ¿Qué tiene de extraño que don Rodrigo se apellide Rebollo, que venga del Más Allá con un botijo, mitad pájaro y mitad ordenador, para revelarnos un arcano sublime, y nos espere, sentado sobre un león de la Cibeles, en pleno desfile de carnaval y año nuevo chino de lo más castizo?
 -Es verdad, don Alonso -contestó, con sorna, Samuel-, es la cosa más normal del mundo, y soy de la opinión de que nosotros deberíamos responder con la misma normalidad por lo que se refiere al transporte y gastos añadidos hasta Madrid.
 -Sí -corroboré yo-, y más si tenemos en cuenta la crisis y sus recortes. Lo más sensato es reducir al máximo las propias necesidades y aprovechar muchos recursos que, tontamente, se desperdician por doquier. Podríamos, por ejemplo, ahorrarnos la pérdida de energías volando por los aires, si nos acomodamos en un ligero e-mail que yo mande al señor Rebollo hasta su oropendolino.
 -No es mala idea -alabó Don Quijote-, y sobre ese particular quiero destacar que mi caballo Rocinante fue paradigma de austeridad, lo que le valió llegar a ser veloz e invisible como el viento. Por lo que estoy cavilando proponer al gobierno una campaña televisiva coherente con las medidas de recortes anticrisis, en la que se muestren los virtuosos y austeros hábitos de Rocinante, en lugar del suplicio al que nos tiene habituados la tele con una publicidad que nos bombardea cansinamente, animándonos al consumo, cuando la falta de recursos o sobra de recortes nos lo impide.
 -Pero eso supondría un riesgo de hundimiento del actual sistema económico -opinó Samuel- mucho más peligroso que el del Titánic.
 -Quizás -comenté yo-. Pero también es posible que sea la ocasión de oro para cambiar de hábitos y de sistema...

    Con éstas y otras pláticas parecidas pasaron las horas tan sin darnos cuenta de que eran ya las 19:30 cuando decidimos despegar rumbo a Madrid. Nos olvidamos de la crisis y, como en otras ocasiones, emprendimos el viaje sirviéndonos de la portentosa, ultrarrápida, celeste y estrellada capa de Samuel. Él lucía, bajo la capa, traje negro, camisa asalmonada y corbata gris plata. Don Quijote y un servidor, acomodados en los bolsillones de la capa samuelina, íbamos vestidos con flamantes trajes de tunos salmantinos y capa bejarana. Eran justamente las 19:35 cuando Samuel, con la capa extendida como un parapente, planeaba a quinientos metros sobre la vertical de la puerta del Retiro, salida a O´Donnell.Desde aquella altura, la nutrida comitiva, variopinta y bulliciosa, semejaba una fabulosa serpiente de cuento oriental. Mas, conforme descendíamos, se iba transformando y escindiendo en figuras de personajes, animales, carruajes y adornos fantásticos, todos ellos sumergidos en una corriente de luz, color, música y alegre griterío, y locos por competir, como estrellas fugaces, en una mágica carrera contra el tiempo. Cuando tan sólo nos separaban veinte metros del pavimento de la calle, Don Quijote y un servidor saltamos desde los bolsillos de la capa samuelina, a riesgo de erosionar nuestra anatomía. Los tres tuvimos suerte, pues fuimos a caer sobre tres hermosas y saltarinas cabras del Himalaya, que corrían junto a otras siete, azuzadas por mozalbetes chinos, ataviados con pantalón y camisa blancos, más pañuelo rojo al cuello, como genuinos corredores de los sanfermines.
   Tanto corrían y saltaban nuestras cabras que, en menos de medio estornudo de un gato con moquillo, adelantamos diez carrozas rocieras de lo más delirante y fantasioso. Fugazmente contemplamos un tablao flamenco con estilosos bailarines y palmeros chinos; una pagoda con dos monaguillos tocando la campanilla;  una tienda de todo a un euro con oferta de embutido de harina de arroz, con exquisito e idéntico sabor al auténtico de Guijuelo... También adelantamos  figuras de personajes emblemáticos y  de feroces animales, como dragones, gusanos de seda, mandarines, limoncines, etcétera.
   Incluso llegamos a encontrarnos con una familia que, al pronto, no nos reconocimos mutuamente. El padre, con el típico gorro chino de tulipa, conducía una bicicleta con remoque de dos ruedas, en el que iba Sara, con bata blanca y blandiendo una larga jeringa que trataba de clavar a un chino, disfrazado de  enorme rata , mientras Álex y Dani se meaban de risa, saltando y lanzando serpentinas y papelines de colores. Los saludamos a grito pelado, agitando brazos y piernas, con las capas al viento, provocando que las cabras se alborotaran más aún de lo que ya estaban y saltaran como pelotas de Rafa Nadal.
   Inesperadamente nos encontramos a diez metros del monumento de la Cibeles, descubriendo al doble de Mr. Bean sobre uno de los leones, balanceando el pajarero y panzudo artefacto. Por fortuna, nuestra reacción  fue unánime y pasmosamente idéntica. Los tres dimos un fuerte tirón de barba izquierda a nuestra respectiva cabra, provocando que las tres frenaran en seco y nosotros saliéramos despedidos, yendo a caer al pie del monumento. El profesor descendió, calmoso y sonriente, con el oropendolino en la mano. Nos saludó y bromeó, regodeándose por nuestro accidentado aterrizaje e impactante atuendo.
   Las cabras siguieron su errática marcha y nosotros acompañamos al señor Rebollo hacia el aparcamiento en donde se hallaba su coche.
  -Comprendo que estéis impacientes por conocer a fondo todo lo que os insinué  esta mañana cuando hablé con vosotros -dijo mientras arrancaba el coche y salía del aparcamiento-. Para empezar os voy a revelar algo que a nadie de esta Tierra he llegado a manifestar. Yo, de Rodrigo Rebollo sólo tengo el cuerpo. El yo que se encierra aquí -dijo, tocándose el pecho- no es el de él, sino el mío propio, que nada tiene que ver con su anterior yo.
   -¡Vaya, otro caso como el de Aarón y Ricardo -exclamó alarmado Don Quijote-. A ver si va a resultar que tenemos epidemia de demencia presenil en el país y nos la van a contagiar.
   -No, no tengáis miedo -contestó sonriente don Rodrigo-. Aunque os parezca algo increíble y disparatado, existe una sencilla explicación. Mirad. Ya os dije que, gracias a mi oropendolino, yo había contactado con vosotros, ya que él había descubierto que sois los destinatarios pintiparados para recibir la preciosa información de que dispongo. ¿Por qué? Porque tú, don Alonso y tú, Tinterico, sois puros yoes, pues carecéis de cuerpo humano, que tanto complica la existencia al hombre. Y tú, Samuel, aunque sí tienes cuerpo humano, tras quinientos años de vida ascética y contemplativa, lo tienes tan domesticado y liviano como a tu propio espíritu. Tan es así que os confieso que sois más de fiar que yo mismo, aunque os parezca otra cosa.
   -Hombre, mientras no nos demuestres lo contrario y, a pesar de tu rarita apariencia, confiamos que goces de cordura y buenas intenciones -manifestóle Samuel.
   -Pues, sí, podéis estar tranquilos, que no voy a engañaros, pero es cierto que, en mi actual entidad con cuerpo prestado de Rodrigo Rebollo, mi situación es mucho más problemática que la vuestra. Y os diré por qué. Yo vine a este mundo en la madrugada del tres de octubre del pasado año 2011...
   -Así que tiene casi cinco meses -comentó Don Quijote con sorna-. ¡Vamos, vamos, no se tire pegotes, señor Rebollo!
   -Por favor -rogó don Rodrigo-, dejadme que os explique. Yo, como los demás espíritus que pueden animar a seres de este planeta, me hallaba en ese lugar que aquí llaman Más Allá, expresión, por cierto, bastante vaga. Es un lugar maravilloso, que no podéis imaginar. Los yoes que lo habitan saben muy bien que el venir a la Tierra, a nacer en un cuerpo o cosa, es libre;  pero también saben que es totalmente aleatorio el hecho de ir a parar a un cuerpo humano, animal inferior o cosa inerte. Precisamente fue ese riesgo el motivo por el que yo rehuía decidirme a nacer en la Tierra, a pesar de que, desde la perspectiva y baremo del  Más allá, es más valioso y meritorio el vivir dentro de un animal inferior o cosa inerte que hacerlo dentro de un cuerpo humano.
   -Gracias, don Rodrigo, por lo que a mí me toca -me sentí obligado a manifestar.
   -No hay de qué, pues así funciona la cosa en el Más Allá -dijo don Rodrigo y continuó relatando-: Bien, pues, como os decía, yo andaba así de indeciso hasta que, casualmente, conocí allí a un espíritu muy cultivado, de exquisitos modales, y muy aficionado a hablar de sus reflexiones sobre cuestiones metafísicas. Asistí a una de sus conferencias, pues a mí también me tiran esos temas. Quedé encandilado por la agudeza y profundidad de su pensamiento, así como por su alado verbo. Tal fue mi entusiasmo que me propuse saludarlo y felicitarlo. Él me acogió con desbordante simpatía y gratitud. Me contó que él había tenido la simpar experiencia de vivir en la Tierra como ser humano, cosa que, en su opinión, una gran mayoría de los humanos no saben apreciar lo suficiente, absortos como están por el afán del día a día, sujetos a las muchas limitaciones, circunstancias adversas y penalidades que en ella se suele padecer. "Qué lástima -me decía- que el yo de tantos y tantos seres humanos no llegue a darse cuenta de que la luz de su razón, por tenue que sea, siempre les marca el camino más apropiado para transformar la realidad de su entorno".
   Me comentó que le tocó vivir en Alemania entre el siglo XVIII y XIX,  y  que, entre otros nombres, se había llamado Federico. Yo le conté lo de mis temores a nacer en la Tierra, que escuchó con compresiva sonrisa. Hicimos amistad  y, viendo él mi interés por los temas filosóficos, me contó que, durante su vida terrestre, él se había entregado plenamente a la investigación  de los mismos, llegando a concebir un sistema explicativo de la realidad total, que expuso desde su cátedra universitaria.

   Salimos del coche y el señor Rebollo, con el oropendolino en la mano, se adelantó a abrir la puerta del hotelito. Nos mostró las distintas dependencias de las dos plantas de la casa,  amueblada y decorada con gusto clásico. Finalmente entramos en el salón, amplio y rectangular, de cuyas paredes, pintadas de color verde pálido, cuelgan acuarelas con delicados paisajes. En la parte izquierda hay una gran biblioteca, así como una mesa de escritorio, sobre la que se ven varios libros apilados, cuadernos y bolígrafos. En la de la derecha  se halla otra  mesa, más baja y de cristal, sobre la que Rebollo colocó el oropendolino. En torno a la mesa, tres sofás tapizados de terciopelo granate.
   El señor Rebollo nos invitó a sentarnos, mientras él fue a la cocina. Don Quijote y un servidor nos acomodamos en el sofá central, Samuel en el de la derecha. Inesperadamente, vemos que el oropendolino  se ilumina con cambiantes y fantásticas tonalidades luminosas, acompañadas de bellas melodías. A los pocos minutos vuelve el señor Rebollo, destrajeado, envuelto en una larga bata fucsia, portando una bandeja con café, pastas y chupitos de licor. Nos lo sirve con grato semblante, mientras dice:
   -Bueno, amigos, contadme ¿qué tal el viaje?
   -Rápido, cómodo, económico, ecológico y seguro, gracias a la pericia de Samuel -respondió, sin vacilar, Don Quijote- ¿Qué más podemos pedir?
   -Sí, se trata de esta prodigiosa capa que me regaló Merlín, pero que, muy pronto, se podrá conseguir por dos euros en una tienda de chinos -aseguró Samuel.
   -Recoleto y acogedor refugio el que posees en el corazón de este bullicioso Madrid, señor Rebollo -le dije lisonjero.
   -Así es, ciertamente -contestó Rebollo-, pero debo reconocer que no es mío el mérito de tenerlo y disfrutarlo.
   -¿Ah, no? ¿De quién, entonces? -pregunté curioso.
   -Comprendo, amigos,que sean muchas las aclaraciones que vuestra lógica curiosidad desea que os haga, pero antes de nada os hablaré de ese Más Allá, mi anterior morada. Sobre los sujetos que lo habitan debo decir que son seres puramente espirituales, autoconscientes y libres de las limitaciones y necesidades propias de un cuerpo sensible. Todos ellos poseen eminentes facultades racionales, volitivas y afectivas, mas, aunque sus capacidades sean, en general, mucho mayores que las del ser humano, tampoco son ilimitadas. Por el contrario el alcanzar o aproximarse a la meta de la plena realización de sus potenciales facultades será tarea continua que han de llevar a cabo, progresivamente, en distintas etapas fijadas por el Espíritu Supremo.
   Acerca de mi amigo Federico os diré que tendría que dedicar varias horas para daros una justa semblanza de su personalidad y   pensamiento, aparte de mi anecdótica y breve relación amistosa con él. Él me ayudó a  idear y ensamblar este artefacto -dijo, señalando al oropendolino-, el cual, además de contar con las prestaciones reconocidas del ordenador más vanguardista, es capaz de pronosticar, con la máxima precisión y fidelidad, los más probables resultados en el desarrollo o proceso de cualquier cuestión o realidad que se le encomiende analizar. De ahí su preciosa aplicación práctica en el gobierno y administración de colectivos sociales, pueblos y estados, si se observan los protocolos recomendados por el propio oropendolino. Puede además recrear en realidad virtual, cualquier teoría coherente y racional que se le introduzca mediante la palabra oral o escrita. Por supuesto que en su memoria he archivado la teoría de Federico, tal como yo la entendí, así como la réplica y correcciones que el oropendolino hace a la misma, aplicando sus leyes lógicas.
   -Fabuloso invento -alabó Samuel- ¿Y cuándo nos va a hacer una demostración?
  -Si os parece bien, esta misma tarde -propuso don Rodrigo Rebollo.Y continuó-: Tal admiración despertaba en mí Federico que llegué a envidiarle el que hubiera vivido en la Tierra,  logrando concebir una teoría eminentemente racional y capaz de explicar toda la realidad. De tal manera que la idea, temida y al mismo tiempo ansiada, de venir a la Tierra para nacer en un aleatorio ser terrestre, se apoderó de mi mente, hasta el punto de llegar a perder mi acostumbrada y beatífica paz y alegre aspecto. Federico notó la íntima turbación que agitaba mi espíritu. Le conté lo que me pasaba y le pedí consejo.
   -Comprendo tu situación -me dijo Federico-, y no veo otra solución que, o bien renuncias para siempre a la posibilidad de nacer en la Tierra como ser humano, o aceptas el riesgo de poder ir a parar al cuerpo de un detestable animal inferior o cosa inerte. A no ser que... -añadió pensativo.
   -¿Qué? -pregunté impaciente- ¿Crees que existe otra posibilidad?
   -Sí, hay otra opción, desconocida y excepcional, para los espíritus que, como tú, tienen horror insuperable a que le toque en suerte tener que animar el cuerpo de un despreciable animal inferior. La descubrí cuando tuve la experiencia de dejar la Tierra  y volver a este mundo espiritual del que había salido hacía 61 años antes.Tan pronto como expiré, tuve conciencia de mi liberación de aquel cuerpo, así como del camino, de sobra conocido, que debía emprender para llegar allí. Observé que los espíritus de seres humanos que regresaban a este Más Allá, procedentes de la Tierra, dejábamos, en nuestro recorrido, un sutil rastro de luz iridiscente, característico, que no desaparecía hasta quedar instalados en el nuevo destino. Por lo que, si tú estás atento a la llegada de uno de esos espíritus -me dijo-, podrías aprovechar su fugaz rastro para emprender un viaje instantáneo, a través de ese rastro, hasta el cuerpo del fallecido. Si, por fortuna, los órganos del  cuerpo fallecido no están gravemente dañados, y la muerte sobrevino por falta de deseos de vivir del espíritu que lo animaba, tú lo reanimarás tan pronto como te introduzcas en ese cuerpo.

    Le di las gracias a Federico y, mientras él acudía a un debate de filosofía, yo me dirigí al horizonte más directamente enfrentado con la Tierra. Un horizonte como almenado por menudos y destellantes dientes, que daban paso, entre almena y almena, a aquellos iridiscentes rayos. Me coloqué tras una de las almenas, cuyo hueco se hallaba limpio de rastro alguno. Pronto vi acercarse uno de esos rastros, procedente de la Tierra, y pasar por el hueco de la almena, tras la que yo hacía guardia. Sin el menor titubeo y aplicando toda mi energía volitiva, me adherí a aquel rastro, con la firme decisión y deseo de dirigirme al cuerpo de donde éste había partido. En un instante me sentí ocupando el cuerpo del hombre fallecido. En seguida noté cómo se ponían en funcionamiento todos sus órganos, comenzando por el corazón que bombeó rápido la sangre, pasajeramente detenida en los vasos sanguíneos. De inmediato los pulmones  aspiraron el aire con avidez. Sentía cómo todo el cuerpo entraba en calor: el estómago, intestinos y demás órganos se desperezaban y agitaban. De momento no sabía precisar cuál fuera la estructura de este cuerpo, tratándose de una experiencia totalmente nueva para mí, ni qué función tenía cada pieza de esta complicada máquina a  la que había venido a parar. Notaba que mi espíritu había invadido el supuesto cuerpo en toda su extensión, pero era en la parte superior de éste en donde parecía concentrarse la función de pensar y de la autoconciencia. Era como si soñara un extraño sueño.Ahora, en mi nueva mente, descubría imágenes confusas y, entre ellas, una figura humana de bello rostro, jamás contemplada, pero que me fascinaba. La veía gesticular, gritarme y amenazarme. Llegó a abofetearme y escupirme en la cara. Todos estos detalles que ahora puedo describir, fueron, después de algún tiempo, cuando los pude medianamente descifrar y comprender. Luego vi también imágenes de lo que siguió a continuación. Ella salió presurosa y altiva de aquel nigth club, dejándome desmadejado y sumido en  desesperada tristeza. Yo había bebido más de la cuenta. Tambaleando y desorientado salí a la calle. Cogí el coche con notoria dificultad y logré llegar a casa.
   Mi deprimido y desesperado estado de ánimo, ante la tajante e irrevocable decisión de Diana de acabar nuestra relación, me empujó a abrir el mueble bar y destapar una botella de whiski. Me la puse en la boca y bebí con una sed insaciable.Me detuve un momento para respirar, mas, en seguida, continué bebiendo hasta agotarla. La botella se me cayó de la mano, estrellándose contra el suelo. Yo caí desvanecido sobre ese sofá -dijo Rebollo, señalando el sofá en que estábamos sentados Don Quijote y yo-. No, no se trataba de un simple desvanecimiento. Don Rodrigo Rebollo, el auténtico, acababa de sufrir un paro cardio-respiratorio, es decir, había muerto. De inmediato se produjo la ocupación de ese cuerpo por mi espíritu, según he relatado.
   -¡Fantástico! -exclamó Samuel- Cualquiera que te escuche esta historia pensará que estás majareta perdido.Yo sí te creo.
   -Yo también te creo - secundó Don Quijote- ¿Cómo no voy a creerte? ¡Ay!, "Beber veneno por licor suave"...
   -"Creer que un cielo en un infierno cabe"... -añadí yo, enfáticamente.
   -"Eso es amor, quien lo probó lo sabe" -concluyó Samuel..
   -Gracias, amigos -dijo Rebollo con voz trémula. Y, tras una pausa, continuó-:    Mi amigo Federico no me había aleccionado, ni poco ni mucho, sobre los numerosos problemas y dificultades que, posiblemente, se me iban a presentar, optando por esta modalidad rápida y excepcional de empezar a vivir como ser humano en la Tierra. Pronto comprendí que el cuerpo, que yo había ocupado, conservaba en los archivos de su cerebro, los recuerdos de su vida y personalidad anteriores, cuando era otro el espíritu que lo animaba. Ahora, forzosamente, yo debía soportar y contemporizar con tales recuerdos. Además el problema se acrecentaba, al tener que asumir y continuar representando, dignamente, el papel social que don Rodrigo Rebollo venía desarrollando, como era el desempeño de la labor académica de catedrático de filosofía en la universidad y demás compromisos sociales, sin provocar la menor sospecha de impostura o suplantación de personalidad.
   -¿Y cómo te las arreglaste -le pregunté- para mantener la apariencia de continuidad en la línea de enseñanza por él seguida ante sus alumnos?
   -Como acabo de explicar -trató de aclarar Rebollo-, yo tenía a mi disposición en el cerebro del difunto don Rodrigo todo su bagaje cultural y experiencia personal y profesional, por lo que  pude seguir impartiendo, perfectamente, sus enseñanzas, ajustándome al programa y doctrina aristotélico-tomista que él venía  explicando. Aunque yo las adornaba con divagaciones literarias y graciosas anécdotas para amenizar las clases. Pero mi amigo Federico había despertado en mí una auténtica y profunda inquietud filosófica, así como una irreprimible necesidad de explicar y difundir su  personal teoría. Por eso, a los pocos días de iniciar las clases, manifesté a los alumnos mi propósito de dar un giro y nuevo enfoque a mis lecciones. Curiosamente, tras mi debut como doctor Rebollo y  de mi inesperado cambio de discurso,  comencé a captar, cuando yo pasaba junto a algún grupo de alumnos míos,   cuchicheos tales como: "Ahí viene Jeguelín", mientras se reían con patente guasa. Y, en verdad, no sé por qué, ni qué tenga de gracioso tal apelativo.
   -¿Jilguerín? -preguntó Don Quijote- Quizás fuera el nombre de algún caballero de la corte del Rey Arturo, tal como Palmerín, Tartarín, Alasacaín...
   -No se embale, don Alonso, que le conozco -le frenó Samuel- ¿Qué parecido pueden los alumnos haber encontrado entre don Rodrigo y esos caballeros?
   -Quizás el perfil metafísico y enamoradizo de su rostro, así  como el arrojo y ansia de su talante... -bromeó Don Quijote.
   -Hum -protestó don Rodrigo Rebollo-, estoy descubriendo que en estos pagos terrestres sois muy aficionados a la ironía y los chistecitos.
   -Le agradecería, don Rodrigo -le pedí, con cierta cortedad- que nos dijera si tiene certeza de que la teoría de Federico explica con plena objetividad la realidad total o, por el contrario, se trata de una teoría más, de la que se ignora el grado de aproximación o separación de la verdad.
   -Ya os he comentado -contestó don Rodrigo- que los espíritus, que habitan el mundo en que yo me hallaba, no poseen una sabiduría absoluta, ni pleno conocimiento de la realidad. Por supuesto que su nivel de conocimientos, en general, es mucho más elevado que el del ser humano durante su vida terrestre. Mas el objetivo perseguido por el filósofo, de alcanzar un día la plena sabiduría, es una aspiración y una tarea que tendrá que desarrollar en las distintas etapas marcadas por el Espíritu Supremo. Puedo aseguraros que Federico acertó en gran parte de su teoría, aunque hay algunas cuestiones que el oropendolino, con la mucha autoridad que me merece, las resuelve de otra manera. Y, si os parece bien, pasamos ya a su presentación.
   -¡Un momento, señor Jilguerín! -rogóle Don Quijote- Antes de que ponga en marcha ese pajarito sabelotodo, quiero preguntarle si podremos interrumpirle, cuando lo creamos oportuno, para pedir alguna aclaración o repetición de algún pasaje o secuencia, mostrar nuestra opinión, o hacer algún comentario que venga al caso.
   -No faltaría más -respondió, sonriente, Don Rodrigo-. El oropendolino es pura sagacidad y cortesía. Él sabe cuándo debe detener la sesión y cómo facilitar la aclaración de cualquier cuestión. ¡Ah, una cosa! -añadió- Como creo haberos dado ya suficientes muestras de confianza y amistad, os agradecería que cuando os dirijáis a mí lo hagáis sin protocolos, como hace don Alonso. Aunque a él, también quiero advertirle que el apelativo que mis alumnos me aplican, y  yo prefiero, no es Jilguerín, sino Jeguelín.
   -Muchas gracias, señor Jeguelín, por esa amistad y confianza que nos ofreces -contestó Don Quijote-. Y, como la tarde está ya bastante avanzada, quiero proponerte que empieces ya a deleitarnos con la  copiosamente anunciada y deseada exposición de la teoría de tu amigo Federico, mediante la colaboración de ese pájaro embotijado y dispuesto, como su lejana parienta la lechuza, a saciar la sed del ser humano por conocer la verdad. Aparte de que, como decía mi amigo Sancho: "No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy".
   -Me parece muy acertado ese dicho, y muy justa tu propuesta -alabó Jeguelín-. Así que empecemos ya, sin más preámbulos.
 
   Don Rodrigo se levantó del sofá, se acercó al oropendolino y tocó, suavemente, en distintas partes de la cabeza, cola y alas de aquel mágico artefacto que, en el acto, dejó de emitir sus melodías. Luego miró el reloj de péndulo, colgado en la pared, sobre el sofá en que estábamos sentados Don Quijote y yo. A continuación se dirigió hacia las ventanas y balcón de la sala. Contempló,  un instante, el cielo cárdeno del crepúsculo y bajó las persianas, quedando el salón a oscuras. En seguida, vemos surgir del oropendolino una estrecha franja de luminosa niebla anaranjada, que va envolviendo, en sucesivos giros, el orondo cuerpo del artefacto, mientras se escucha un ligero rumor que crece por momentos.
   -¿Qué es eso que se oye? -pregunto yo, con cierto recelo.
   -Parece como si vinera aproximándose un fuerte viento -opina Samuel.
   -Sí, como el de esta mañana, aunque mezclado con un imperceptible zumbido -añade Don Quijote.
   Nuestras miradas confluyeron en el rostro de don Rodrigo, tenuemente iluminado por el resplandor de la niebla que él contemplaba con enigmática sonrisa.
   De pronto vemos partir de la niebla tres haces luminosos, rojo, amarillo y azul, que van a incidir, respectivamente, sobre el rostro de Samuel, Don Quijote y el mío. En seguida me siento -nos sentimos- forzados a concentrarnos en nuestra propia realidad. El rumor del viento se estabiliza, mas el zumbido parece como si articulara palabras con el tono y  voz  de Jeguelín.
   -Atended a las reflexiones que mi amigo Federico invitaba a sus alumnos a realizar y que, a continuación vais a escuchar mediante mi voz y mi propia interpretación de su teoría:
   Reparad en vuestro cuerpo. Como podéis apreciar no es otra cosa que un conjunto de medios e instrumentos para que vuestro yo pueda desenvolverse y relacionarse en ese mundo sensible en el que os halláis. Estáis descubriendo que, en definitiva, vuestro auténtico yo, no es un trozo de masa amorfa, inerte e irracional, ni tampoco un conjunto de órganos y miembros por muy útiles, armoniosos y bellos  que os parezcan. Vuestro yo es pura conciencia de sí mismo, de su libre albedrío para elegir y actuar, de su capacidad razonadora, de ser sujeto de sentimientos afectivos,  éticos, estéticos y tantos otros, así como de ser sujeto de inclinaciones positivas o negativas, de derechos y obligaciones, y de vínculos y relaciones con otros yoes. Ninguna de esas realidades son de entidad material, sino ideal, espiritual.
   -¿Y por qué, para qué y cómo explica Federico la existencia del yo espíritu? -pregunta Samuel.
   -Observad con qué diligencia y disponibilidad actúa el oropendolino -dice Jeguelín señalando al aparato-. Mirad allá arriba, en el cenit de esa bóveda infinita. ¿Veis aquella especie de claraboya inmensa, de inmaculada blancura? Es como una ventana, a la que un día (para que me entendáis) llegan los espíritus a contemplar y abrazar al Supremo Espíritu.
   -¿Bromeas, señor Jeguelín? -pregunta, incrédulo, Don Quijote.
   -No, don Alonso, no bromeo -responde Jeguelín-. Qué equivocados estáis la generalidad de los humanos. Y, ciertamente, por mi corta experiencia  en la Tierra, no me extraña que la verdad os suene a música celestial o cuento de hadas. Pero así es.
    Según Federico,  desde la eternidad existe el Espíritu Subjetivo, vuelto hacia sí mismo, en sí y para sí, descubriendo que no es nada, sino puro vacío. Y es esa vaciedad  y soledad lo que le impulsa a engendrar nuevas realidades constantemente,  convirtiéndose  en Espíritu Objetivo que incluye, además, toda su obra creadora de universos y espíritus autoconscientes: una realidad de entidad ideal, diseñada por Él, de acuerdo con un proyecto rigurosamente racional  y teleológico, y generada por la combinación de elementos simples y compuestos, impulsados y dirigidos por la confluencia de las fuerzas dialécticas (de carácter necesario, aleatorio y voluntario) impresas en esos elementos.
   Personalmente, yo no estoy de acuerdo con Federico en que, sea la soledad y el vacío que descubre el Espíritu Subjetivo, vuelto hacia sí mismo, lo que le mueve a crear nuevas realidades. Por el contrario, creo que el Espíritu Subjetivo, desde la eternidad, es infinitamente feliz, amando a su propio Espíritu y engendrando al Espíritu Supremo, y a los demás espíritus autoconscientes, así como toda la realidad que ha existido, existe y existirá.
   -Según esa teoría -intervino Samuel-, es de suponer que los espíritus, en el Más Allá, carecen de formas, miembros y órganos que, en este mundo sensible, caracterizan y permiten identificar y distinguir a un individuo de otro. ¿Cómo se identifican y distinguen los espíritus en ese otro mundo?
   -Mirad el oropendolino -dijo Jeguelín-. Ahora ha sustituido la niebla anaranjada por un fluido etéreo, puro y celeste, que llena toda la sala, borrando sus confines, dando aspecto de un espacio infinito. Ved, ahora, cómo penetramos en un maravilloso lugar, indescriptible con palabras de este vuestro mundo. Reconocéis su belleza y una grata impresión en su contemplación. Veis esa especie de copos de nieve o pequeñas nubes con formas y tonalidades diferentes de colores jamás vistos. Si contempláis, detenidamente, a alguna de ellas, os sentís atraídos y embelesados por su belleza inexplicable, su perfume exótico, la armonía de la música que emite en sus movimientos... Pues, no son otra cosa que puros espíritus autoconscientes, cada cual con sus  rasgos individuales, basados en sus propias cualidades espirituales
   -Perdona, señor Jeguelín -me aventuré a plantearle- que le haga esta pregunta. Sin duda sabe que en este planeta siempre ha habido individuos, de todo tipo, cultura y capacidad intelelectual, muchos de ellos eminentes pensadores, que han negado la existencia de un Dios personal, eterno, omnipotente y creador de todo lo que existe. Según algunos de los que así piensan, ha sido el ser humano, al no saber por qué ni para qué ha nacido en este mundo, el que ha inventado el mito de un Dios creador de todo y que podría remediar su absurda existencia, pero la realidad es que no hay más sujetos autoconscientes que el cerebro de cada ser humano, surgido de la ciega materia, que se mueve y actúa a merced del azar.
   -Ya sé que mi testimonio, ni el de nadie, aunque fuera el de un ángel bajado del cielo -replicó Jeguelín- sería suficiente para remover a alguien de sus convicciones, muchas veces mantenidas sin un verdadero fundamento racional.
   No obstante voy a intentarlo, haciendo de abogado del diablo, o sea,  negando que exista ese Espíritu Supremo, al que llaman Dios. ¿Por qué? Porque la ciencia ha demostrado que el universo, y todo cuanto en él se contiene, es materia surgida, expandida y evolucionada, a partir de un pedrusco, el huevo de la creación,  puesto por nadie en la existencia. Un huevo que contenía dentro de sí toda la materia de lo que después llegaría a ser el universo, sometida a una presión infinita (si es que tiene sentido hablar de presión con anterioridad a la existencia y aparición de las leyes físicas). Y así, sin que nadie lo esperara ni lo presenciara, porque no existía nadie, un buen día, de hace quince mil millones de años, más o menos,  el pedrusco estalló y se fraccionó en  millones de fragmentos, originando todos los cuerpos celestes que pueblan el universo. Debido a unas leyes físicas, que aparecieron en el momento de la explosión sin otra explicación que la arbitraria casualidad, los fragmentos del pedrusco adoptaron determinados movimientos y también la adecuada distancia para poder mantenerse evolucionando en el espacio. Por igual caprichoso motivo, uno de los innumerables fragmentos tuvo la suerte de quedar situado a la distancia justa de otro fragmento incandescente y mucho mayor que él (que, entre otros nombres, llegarían  a llamarle sol en vuestra lengua). Curiosamente, ese astro gigante, en proporción a la diminuta Tierra, iba a tener, como  principal tarea, la de suministrar a ésta infinidad de servicios. Pues, aparte de luz y calor, la favoreció con incontables condiciones y elementos nuevos, entre los que hay que destacar la capa atmosférica, favorecedora de la aparición de la vida en la Tierra. Esa vida, inicialmente embrionaria, iría -lenta pero sin detenerse un momento-, progresando y evolucionando, hasta alcanzar efectos desconcertantes, por su complejidad, belleza y obvia finalidad y oportunidad, en el fantástico conjunto del universo.
   Pues bien, lo más inexplicable y espectacular es que esta teoría, que sostiene que esos maravillosos resultados  no han sido más que caprichosos efectos del azar, de la casualidad y la irracionalidad, sea una de las teorías  más respaldadas por los científicos.
   Y ahora trataré de rebatirla, pues, con todos mis respetos para los que así piensan -continuó Jeguelín-, tengo que manifestar mi desacuerdo con esa teoría. En mi opinión, es evidente la racionalidad e intención teleológica en el despliegue de la realidad, constituida por nosotros y cuanto nos rodea. Creo que la materia sin idea es nada, un caos absurdo, irreal. Mejor aún, la materia como tal no existe. Por el contrario, cualquier cosa considerada como materia, en realidad es una idea o cúmulo de ideas que, para existir, ha debido ser pensada por una mente que la comprende, y realizada por una voluntad libre con poder para ello. Gracias al carácter ideal de su entidad, la realidad exterior al sujeto pensante puede ser plenamente conocida por él.¿Y qué mente y poderosa voluntad pueden crear y dirigir la realidad del universo si no son las del Espíritu Supremo, por denominarlo de alguna forma?
   - Me parece un razonamiento lógico y convincente, pero se me ocurre otra alternativa que también podría explicar la realidad y me estoy refiriendo a la teoría panteísta -dijo Samuel.
   -Aunque Federico -contestó Jeguelín-, considera que el Espíritu Absoluto comprende al Espíritu Subjetivo y  al Objetivo -en el que también están incluidos los espíritus autoconscientes y demás realidades creadas por el Espíritu Subjetivo-, Federico  no identifica al Espíritu Objetivo o al Absoluto con  los espíritus autoconscientes y demás realidades creadas por el Espíritu Subjetivo.  Federico sabía muy bien que no se puede confundir la causa con sus efectos. Y nosotros, los espíritus autoconscientes, somos también conscientes de nuestra limitación, ignorancia e insignificancia en la construcción y gobierno de la realidad total, lo que no parece congruente dentro de una concepción panteísta de la realidad. Confío en  que el oropendolino os ayude a comprender más fácilmente estos conceptos.

   Jeguelín chasqueó los dedos  y la sala quedó sumida en la más negra tiniebla. En seguida el artefacto reapareció envuelto en una bruma anaranjada, que giraba cada vez con mayor rapidez, hasta el punto de ascender hacia las alturas como un tornado. Inesperadamente, del centro de aquel remolino, vemos surgir una estela de luz y viento, blanca y rauda como un águila de nieve, portadora de un huevo diminuto, de diamantinos y cambiantes colores en sus incesantes giros. La estela se elevó, describiendo amplias espirales hasta una inaccesible altura. De improviso, aquel huevo se torna incandescente, se desprende de la estela y lo vemos caer veloz hacia nosotros, dejándonos, por unos instantes, sin aliento.
   -¡Cuidado con los jueguecitos señor Jeguelín! ¿Estamos aquí seguros? -exclamó Don Quijote, bastante mosqueado.
   -No os preocupéis -trató de tranquilizarnos Jeguelín-, pues todo este espectáculo es puramente virtual, aunque refleja realidades pasadas, presentes y futuras. Como habréis podido inferir, acabamos de presenciar el momento en que el Espíritu Subjetivo, tras idear nuestro universo, lo sacó a la existencia por un acto de su libérrima voluntad. De acuerdo con su proyecto, son las leyes y fuerzas dialécticas las  que lo desarrollan sin omitir ninguno de los pasos obligados, por muy insignificantes que parezcan. Así se ha originado y se ha ido perfeccionando la naturaleza y todo cuanto en ella se incluye. Esa es la razón, por la que ha tardado millones de años en desarrollarse, porque el Espíritu Supremo no juega a los milagritos; quizás sí, a los dados, si es que ha concedido cierto margen a la aleatoriedad en la aparición de algunos fenómenos y a la libertad de decisión y de elección de los espíritus autoconscientes. Todo está pensado, fijado y calculado con rigor matemático, de acuerdo con las leyes racionales que Él ha querido que sean las que rijan en este universo.
   -Ese respeto a las leyes explicaría, a mi entender -comentó Samuel-,  el hecho de que, existiendo tantos millones de astros en el universo, sólo exista vida y seres inteligentes en este humilde planeta Tierra, al menos hasta ahora no ha llegado a conocerse que existan en algún otro lugar del universo. Parece como si todo el tinglado del universo hubiera sido la infraestructura ideada para que  los privilegiados espíritus autoconscientes pudieran disfrutar de la apasionante aventura de la vida terrestre...
   -Me parece, Samuel, que no vas muy errado en tu comentario -dijo Jeguelín-. Y ahora observad  el fantástico escenario que aparece ante nosotros. A escala reducidísima, espacial, dimensional y temporalmente, vamos a presenciar el despliegue de nuestro universo.
   -A ver... -me atreví a preguntar- ¿entonces qué significan el tornado, la blanca estela y ese huevo amenazador?
   -El tornado y el rumor, que siempre le acompaña en sus continuos giros -explicó Jeguelín-, es el soplo creador del Supremo Espíritu, eterno y subjetivo, realizando tantas ideas y proyectos, como constantemente brotan de la fuente inagotable de su omnipotencia. La blanca estela representa a la fuerza dialéctica, portadora del proyecto ideal de una nueva realidad, diseñado por el Supremo Espíritu, así como su voluntad de realizarlo. Y ese cuerpo esferoide que veis girar y resplandecer sobre el negro crespón del espacio infinito, representa al embrión que dio origen a vuestro universo.¡Mirad, mirad -exclamó enfático-  cómo aumenta la velocidad en sus giros y, al mismo tiempo, la intensidad y viveza de su colorido.
 
   Súbitamente nos sobrecogió un formidable estallido del esferoide, desintegrándose en incontables  fragmentos incandescentes que saltaron disparados radialmente, girando a gran velocidad.
   -No temáis -dijo Jeguelín-. Es una modestísima simulación de lo que pudo ser el big-bang. En pocos segundos, aquellos fragmentos invaden todo el espacio que abarca nuestra mirada. Contemplad esas esferitas, unas diminutas y otras mayores, cómo van adoptando distintos movimientos rotativos y entran a formar parte de diversos grupos de cuerpos celestes, al mismo tiempo que cambian de aspecto, colorido, brillo y luminosidad. Ya aparecen las galaxias, nebulosas y sistemas planetarios en torno a grandes estrellas. Ved la vía láctea, y en ella al sol, con su corte planetaria danzando a su alrededor. Y esa esferilla insignificante, que el oropendolino  marca con el rayo rojo, es vuestra Tierra, acompañada de su luna entrañable. Ahora empieza a mostrarnos, en avanzados pasos y rápidas imágenes, el progreso evolutivo a través de su larga existencia. Su orografía se transforma; aparecen la atmósfera, los meteoros, y las cíclicas  estaciones. Se producen cataclismos,  volcanes, seísmos, inundaciones, huracanes. Surgen las montañas, los valles, las inmensas llanuras, los ríos, mares y océanos.  Los diversos climas se van estabilizando por regiones. La lluvia y el sol engalanan los campos, cubriéndolos de hierba, de árboles, flores y frutos. Y, en, seguida, empezamos a descubrir primitivas especies de animales que se mueven en el agua; corren y saltan por las arenas de la playa; aumentan de tamaño, cambian de formas; y van poblando  bosques, selvas, valles y montañas. Escuchad, ahora, tantos y tan dispares gritos y sonidos, feroces, apacibles, dulces o amenazadores, pero todos mensajeros de desconocidos espíritus. Es la era de los dinosaurios...
   -¡Fantástico! -exclamó Don Quijote- ¿Y por qué y para qué aparecerían animales tan descomunales y feroces? ¿Y por qué esos cataclismos que sepultan grandes extensiones de bosques, con toda su población de dinosaurios?
   -Quizás tuviera una finalidad provechosa, a largo plazo, para el futuro del planeta y sus proyectados habitantes -aventuró Samuel-. De hecho, parece ser que la fosilización de aquellos restos fueron el origen de muchos minerales y carburantes, tan útiles en nuestros días.
   -Contemplada la evolución de la naturaleza a este ritmo -apunté yo- resulta graciosa y bella, aparte de la genialidad de sus resultados a lo largo de su imparable marcha.
   -Sí, ciertamente -asintió Jeguelín-, y su culminación ahí la tenéis: la aparición del ser humano, heredero de un organismo animal y un cerebro tan desarrollado que, un día, permitirá, a futuros espíritus descifrar, moldear y transformar el universo.

  Rápidamente fueron sucediéndose -como secuencias concatenadas de cine- las distintas etapas y situaciones más significativas de la prehistoria e historia del ser humano: abundantes las de placidez y bonanza; pero también  innumerables las de condiciones terribles, infrahumanas, envueltas en odios, guerras, persecuciones y situaciones intolerables y desesperanzadas que le ha tocado vivir.
   Llegando a los años posteriores a la etapa napoleónica, el despliegue de imágenes pareció aminorar su ritmo y situarse dentro de los límites del estado alemán. Fue entonces cuando vimos la silueta algo cómica de Jeguelín ponerse de pie y colocarse a un lado de aquel prodigioso escenario. El estado alemán de aquella época, reproducido a pequeña escala en todos sus detalles, comenzó Jeguelín a mostrarlo con un gesto de su mano, destacando lo más significativo mediante  un halo de luz plateada.
   -La historia se repite -sentenció Jeguelín, enfrentando su rostro a aquel inmenso panorama de Alemania-. A mi juicio, Federico acertó en la explicación de puntos claves sobre la constitución de la realidad, ¿Cómo no aplaudir su concepción espiritualista e ideal de cuanto existe? Es el Espíritu creador, con el impulso de su libre y poderosa voluntad y  la fuerza dialéctica de su infinita razón, quien genera la naturaleza y cuanto en ella se mueve; y, especialmente, los espíritus autoconscientes  y todo lo que sublima sus vidas en la Tierra. Me refiero a esas realidades intangibles, y, sin embargo, tan reales, que Él, generosa y amorosamente, les ha concedido.

    (La blanca estela reapareció evolucionando, en pausadas espirales, por el  grisáceo cielo alemán, mientras una  voz cristalina y melodiosa cantaba):

  "De Él habéis recibido el poder de vuestra libre voluntad, junto con la luz de la razón.
   La conciencia de vuestra condición humana y sus límites, y  la necesidad de vivir en sociedad.
   El ansia legítima de realizar  vuestra libertad para alcanzar la felicidad.
   La conciencia de que todos los miembros de vuestra sociedad tienen derecho a realizar su libertad.
   La conciencia ética de vuestro deber de respetar el derecho de los demás; así como la seguridad de que, respetando el derecho de  los demás, realizaréis plenamente vuestra libertad.
   La conciencia de vuestro deber de sostener el Estado, como guardián que garantiza la realización de la libertad de  todos sus miembros.
   Y de Él, también, habéis recibido el sentimiento estético que os abre las puertas de la belleza; el sentimiento religioso que eleva vuestros espíritus  hasta la excelsa estrella de la morada del Padre; y tantos otros sentimientos reservados a los espíritus por él creados."
 
    -¿Y, si esas leyes y fuerzas dialécticas que el Espíritu Supremo emplea para generar y desarrollar la naturaleza, son, supuestamente,  racionales y correctas, por qué la historia del ser humano en la Tierra es, en su conjunto, un descabellado relato de despropósitos y errores? -preguntó Samuel.
   -Precisamente porque esas leyes son estrictamente racionales -contestó Jeguelín-. Me explico. El Espíritu Supremo ha querido engendrar espíritus autoconscientes, dotados de libertad de elección y decisión, así como de una recta razón que les indica la actuación correcta en todos los sentidos. Pero el hecho de unirse a un cuerpo humano le supone el tener que depender, en gran medida, del funcionamiento correcto o desafortunado de sus órganos y facultades corpóreas, y también de las condiciones y circunstancias sociales, culturales, etcétera, que le rodeen,  las cuales, frecuentemente, actúan negativamente, entorpeciendo sus juicios, decisiones y conductas. Si las fuerzas dialécticas, generadoras de la realidad, fueran férreamente determinantes, sin respetar la supuesta libertad de los espíritus, por descontado que la historia de la humanidad habría funcionado como un reloj, ya que los seres humanos habrían sido forzados a ser paradigma de virtud y sensatez. Pero en ese supuesto, las fuerzas y leyes dialécticas no habrían sido racionales, al no respetar  la  libertad propia del espíritu autoconsciente ni ese margen de aleatoriedad reconocido a ciertos fenómenos en el proyecto del universo.
   Mas, en la teoría de Federico hay ciertas conclusiones que no comparto -continuó Jeguelín-. De algunas de ellas, ya he dado mi opinión. Y sobre otras, de carácter social o muy relacionados con ese tema, voy a exponeros lo que pienso. Quizás a Federico le cegó el excesivo orgullo y amor a su patria; quizás empañó su clarividencia la rémora que las nuevas generaciones suelen heredar de sus ancestros de etapas remotas, que incluye mitos, costumbres y desorbitados sentimientos de grupo. En este sentido, me parece desmesurada la supremacía y excelsitud que Federico reconocía al Estado alemán hasta el punto de sostener que sus miembros debían, incondicionalmente, emplear la guerra armada para defenderlo, engrandecerlo o conquistar la hegemonía sobre los demás estados.

  (Durante unos instantes el oropendolino mostró tremendas imágenes de desastres bélicos ocurridos en la Europa de los siglos XIX y XX, tales como la revolución francesa, primera guerra mundial, revolución bolchevique y el triunfo del nazismo, destacando algunas de sus convicciones más decisivas, como la exaltación del Estado alemán, la conciencia de su supremacía intelectual y racial, y de su innegable capacidad para imponer una férrea disciplina social, política y económica)..

   -Había sonado la hora histórica en la que el Estado alemán se iba a alzar victorioso sobre los demás Estados -continuó Jeguelín-.  A Federico le parecía muy legítimo que esa victoria la lograra con la dialéctica de la guerra; pero creo que, seguramente, habría rectificado su teoría en ese punto, de haber conocido hasta qué  demenciales  y monstruosos extremos, la idea de un desorbitado patriotismo iba a empujar y cegar a su nación hasta llegar al exterminio de otros pueblos.
   -No comprendo -dijo Samuel- cómo Federico, tan sensible a la racionalidad y la justicia, no reparó en tal incongruencia.
   -Has dicho bien -reconoció Jeguelín-, Federico no fue muy coherente al defender la lucha armada por la hegemonía del propio estado, ya que él sostenía que para  realizar la propia libertad  era necesario respetar la libertad de todos y cada miembro de la sociedad a la que se pertenece; y de ahí la importancia que tiene el Estado como garantizador de la realización de las libertades de sus miembros. Y, consecuentemente, la realización de la libertad de un Estado particular, sólo se alcanza si se respeta la libertad (o, lo que es lo mismo, los derechos) de todos los demás Estados o pueblos del mundo.
   -No obstante, señor Jeguelín -me atreví a opinar-, creo que el mismo Federico, al explicar el proceso dialéctico de la realidad, da la clave de su incoherente conclusión. Y es que, en su época, la idea de la exaltación del propio Estado era como una sacrosanta verdad dogmática que todo el mundo aceptaba, incluidas las mentes más preclaras. Y han tenido que pasar varios siglos para que esa creencia, como tantas otras, hayan sido superadas, por obra y gracia de ese bendito viento dialéctico que va transformando la realidad.
   -Te felicito, hermano Tinterico -me alabó, efusivamente, Don Quijote-, pues acabas de dar en la diana. ¡Cuántos crasos errores, disfrazados de doctrinas, adornadas con las bendiciones y beneplácitos de eminentes autoridades, con el paso del tiempo han quedado con el culo al aire!
   -No cabe duda -intervino de nuevo Samuel-, que uno de los grandes descubrimientos de Federico fue ese viento dialéctico que impulsa a la realidad a buscar y adoptar nuevas soluciones a los viejos problemas. Por cierto, ¿hacia dónde se dirige, actualmente, la sociedad humana en su conjunto?
   -Los seres humanos -contestó Jeguelín-, a trancas y barrancas, tratan de rectificar posturas y prácticas que, en el dilatado transcurso de los siglos, se han ido evidenciando como erróneas o irracionales. En la actualidad da la impresión de que las ideologías están de capa caída. Aunque yo diría, más bien, que se están purificando de ese lastre de irracionalidad que todas tienen en mayor o menor medida; y que, antes o después, el resultado final será que todas ellas coincidirán sustancialmente en una sola: la auténticamente racional. Bien y, por ahora, vamos a dejar que descanse el oropendolino -dijo, acercándose hasta él y apagándolo con un gesto de su mano.

   A continuación, encendió dos de las lámparas del salón, e iniciamos una charla informal comentando las excelencias del oropendolino. Jeguelín nos explicó y encomió la sorprendente capacidad y múltiples aplicaciones del mismo, con miras a esa misión tan especial  que se había propuesto encomendarnos, para lo cual había pensado instruirnos debidamente.
   -Como hoy hemos tenido un día bastante ajetreado y son ya las once de la noche, ¿qué os parece si, luego que tomemos un refrigerio, nos retiramos a descansar, y mañana nos dedicamos en serio a diseñar   el plan que os anuncié? -nos propuso Jeguelín.

   Súbitamente, el melodioso tintineo del timbre de la puerta arrebató nuestra atención.
  Jeguelín, esbozando una cómica mueca, se apresuró, escaleras abajo, a abrir la puerta. Yo corrí, silenciosamente, tras él, y me quedé agazapado en el cuarto escalón,  fisgoneando por detrás del pasamanos.
   Jeguelín descorrió el pestillo, giró el pomo y abrió la puerta con no disimulado recelo.Una joven rubia, de finas facciones, almendrados ojos oscuros y elegante traje negro de chaqueta, apareció ante él, mirándole fijamente con tímida sonrisa, pero sin articular palabra alguna.
   -Pero tú...¿tú, no eres Diana? -le preguntó, titubeante y sorprendido, Jeguelín.

   Y, por ahora, no quiero abusar más de vuestra benevolente atención. Ya veremos hasta dónde nos lleva ese viento del que Jeguelín nos habla. Un abrazo, amigos. Tinterico.


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El enigma del pinar - (Cap. IV y último)

jueves, 10 de noviembre de 2011



-¿Rosaura mi madre? -preguntó Ricardo a Delia, bastante desconcertado.
-¡Luz, luz, por favor! -exclamó Don Quijote- Nos hemos quedado a oscuras: Delia y Ricardo abrazándose... Rosaura resulta ahora ser madre de Ricardo y de Aarón... ¿Podéis aclararnos todo este embrollo?

Como respuesta, Delia nos dedicó una complaciente mirada. Luego tomó del brazo a Ricardo y le animó a salir del agua. Cruzaron juntos la estrecha franja de playa y subieron hasta la cima de la duna más próxima, sobre la que se sentaron cara al mar. Don Quijote, Samuel y un servidor nos acomodamos junto a ellos, impacientes y deseosos de escuchar sus explicaciones.
Era ya mediodía. Un sol claro y esplendoroso, precursor de la primavera, caldeaba la brisa levantina, barriendo las nubes más remolonas del cielo, por el que se paseaba una bandada de juguetonas gaviotas.

-Creo -dijo Ricardo, rompiendo el expectante silencio- que, ante todo, procede hacer las debidas presentaciones y la introducción a un coloquio que despeje las muchas incógnitas y dudas que este laberíntico asunto nos ha planteado y no deja de plantearnos.
Siguiendo ese orden, querida Delia, tengo el honor de presentarte a estos simpáticos amigos, a primera vista esperpénticos, pero con un envidiable espíritu, cargado de recursos y libre como el viento.
-¡Cuidado, don Ricardo! -advirtióle Don Quijote- que nos estás recordando el cuento del cuervo y la zorra.
-Ya ves, Delia, cómo son -continuó Ricardo-, qué modestos... Gracias a ellos he logrado conocer, en carne y hueso a Aarón, así como el relato de su azarosa vida, inexplicablemente coincidente con la del personaje de mi recurrente sueño.
-Sí, es cierto. Me parecen encantadores... -aprobó Delia, con deslumbradora sonrisa.
-Gracias a ambos por vuestras buenas intenciones -dijo Don Quijote-, pero lo de encantadores ¡vade retro!
Rióse Delia y tras una breve pausa continuó :
- ¿Por qué habrá tenido Aarón un final tan trágico?
-No sé, Delia -contestóle Ricardo-. En el momento de su desaparición bajo el mar me he sentido tremendamente atormentado, por no haber sabido evitarlo. Mas, al oírte que has encontrado a Rosaura y que ella es, nada menos que madre mía y también de Aarón, he sentido una inmensa satisfacción, pues refuerza la teoría que, desde hace tiempo, vengo esbozando.
Como ya habréis adivinado -continuó Ricardo, dirigiéndose a nosotros-, Delia fue la entrañable amiga y compañera que, durante muchos años amó y soportó a Aarón, como ya conocéis por el relato que él mismo os contó. Mas, por misterios del destino o, más bien, por exigencias lógicas de la aparente aleatoriedad de la realidad, y siete años después de que Delia abandonara a Aarón, ella y yo nos conocimos en Madrid, nos enamoramos y, desde el año 2002, estamos viviendo como pareja. A primeros de este mes de marzo del  2011, Delia me propuso que ella pasaría la semana santa con su madre, que vive también en Madrid. Me pareció bien. Yo aprovecharía esos días para dedicarlos a investigar sobre el tema personal que tanto me acucia. Me propuse aclarar si el pinar y el personaje de mis sueños tenían algún fundamento real. Busqué en internet lugares con indicios parecidos a los de mis sueños. Su búsqueda me resultó laboriosa, pero tuve mucha suerte al descubrirlos en este paraje... Ahora, Delia, es a ti a quien toca aportar nuevas piezas al puzle que estamos tratando de completar. Piezas que, en parte, ya conozco, pero no así nuestros amigos y, creo que desearían conocer, si a ti te parece bien.
-¿Cómo no? Ya me he percatado de que son amigos auténticos que tratan de ayudarnos, por lo que les voy a informar muy gustosamente. Escuchad. Cuando primero conocí a Aarón y, más tarde a ti, Ricardo, en ambos casos mi ser se fundió tan íntimamente con los vuestros que llegué a pensar que en mi vida se había producido una extraña aleación. Con Aarón fue como si un tornado me hubiera succionado y me llevara consigo a los infiernos, con la paradójica sensación de sentirme dichosa a su lado. ¡Tan ciega estaba! Hasta que una providencial e inesperada luz, venida de no sé donde, me advirtió que ese camino sólo conducía a la destrucción. Realicé un supremo esfuerzo y logré escapar de aquel remolino. Abandoné a Aarón y me marché a Madrid, acompañada de mi madre. Ella compró allí un piso con el dinero de la venta de la casa de Sevilla. Entró a trabajar en un hotel, y yo en una residencia de personas con problemas psíquicos. En 1998 me matriculé en la escuela de magisterio, en turno de tarde. Allí conocí a Ricardo, que era profesor de psicología. Él captó, en seguida, mi interés por los temas relacionados con los comportamientos extraños de la personalidad. Nuestro mutuo aprecio fue creciendo, cada día, conforme nos íbamos conociendo mejor, lo que me daba más confianza para plantearle cuestiones que bullían en mi interior desde que conocí y conviví con Aarón. Sin proponérmelo, e incluso esforzándome por hacer lo contrario, no podía evitar comparar a Ricardo con Aarón en cualquiera de sus facetas o actuaciones, llegando siempre a la misma conclusión: ambos eran apasionados, imprevisibles, imaginativos, matemáticamente lógicos, pero con una diferencia abismal entre ellos. Ricardo marchaba imparable hacia una meta positiva, rica en valores, esperanzada y asentada en la racionalidad, que le obligaba a orientar y poner en ejercicio todas sus facultades, sin la menor concesión a la negligencia. Mientras que Aarón no tenía otro afán que descubrir y demostrar que la vida carece de sentido, que no merece otra actitud que la desesperanza y más preocupación que el de llegar cuanto antes a la ineludible destrucción.
Aarón era como un torrente turbulento y desbordado, o como un sunami arrasador. Mientras que Ricardo semejaba un calmoso y apacible río, mitigador de bocas sedientas, fertilizador de estériles terrenos, vivificador de espíritus agostados y sin esperanzas.
-Gracias, Delia, pero estás equivocada -le interrumpió Ricardo-. Ya diré por qué.
-No Ricardo, es la pura verdad. Como también es verdad que te confesé, sin reserva alguna y con la franqueza de un niño a su madre, los fugaces momentos de exaltación y los habituales de locura vividos junto a Aarón; cuanto él me contó sobre su estancia en el orfanato; su pertinaz sueño de cada noche en que se veía transformado en un prestigioso profesor e investigador en psicología.. Tú, Ricardo, reconócelo, escuchabas con fruición mis confidencias y me correspondiste contándome muchas tuyas: entre otras que habías nacido en 1967 y fuiste entregado a un orfanato, siendo adoptado a los dos años por un matrimonio de funcionarios barceloneses, trasladados a Madrid en 1969; que eran muy reservados y no te dijeron nada de la adopción hasta que cumpliste quince años; que murieron en 1995... Pero no me abrías de par en par tu corazón. Durante años me estuviste ocultando el drama que turbaba tu espíritu. Fue en el pasado mes de enero cuando me revelaste, entre sollozos, la pesadilla que cada noche se apoderaba de tu mente...
-Sí -admitió Ricardo, pero ya te expliqué el motivo de mi prolongado silencio: no quería agravar tu lábil estado emocional. En enero lo hice porque comprobé que ya habías logrado estabilizarlo. Y, también, lo confieso, porque yo te necesitaba para compartir mi problema y no precipitarme en la locura... Pero, continúa Delia explicándonos cómo has llegado hasta aquí y la sorprendente noticia que acabas de darme sobre mi supuesta madre.
-Sí, Ricardo -continuó Delia-, según acordamos y en mi afán de colaborar contigo en tu labor investigadora, desde primeros de marzo he estado haciendo indagaciones sobre los orígenes tuyos y de Aarón. Partiendo de las vagas referencias que escuché a Aarón acerca de su estancia en un orfanato de Madrid y teniendo en cuenta las fechas en que eso debió de ocurrir, me documenté, primero, con la preciosa ayuda de internet sobre centros de acogida de niños recién nacidos. Visité varios centros que, más o menos, se ajustaban a las descripciones escuchadas a Aarón, sin conseguir resultados satisfactorios. Fue el jueves pasado cuando me llamó la atención el aspecto, arquitectura y distribución de las dependencias de uno de los centros. Entré allí, expuse en recepción los motivos de mi visita y me pasaron al departamento de dirección del centro. Pedí que comprobaran si tenían constancia de que, en 1981, un chico de catorce años, de nombre Aarón, había salido del orfanato, al ser adoptado por un matrimonio de Sevilla, que se llamaban Felipe y Manuela. A la persona que me atendió la noté bastante reacia a ayudarme en mis averiguaciones. Me dijo que los datos que yo le aportaba eran insignificantes e injustificados para realizar comprobación alguna. Le pregunté, también, si en el centro había trabajado por aquellas fechas una monja de nombre sor Leandra...
-¿La de la famosa túnica? -la interrumpió Don Quijote.
-¿Qué túnica? -preguntó Delia.
-Sí -aclaró Samuel-, la capa de Luis Candelas, que Liborio arrojó por la ventana del dormitorio, obligando a sor Leandra a salir desnuda de la ducha, desencadenando el mayor jolgorio registrado en los anales del orfanato.
-¡Ja, ja, ja! Debió de ser un espectáculo delirante -dijo Delia riendo. Esa anécdota no me la contó Aarón.
-Realmente graciosa -comentó Ricardo-, tal como la escuché en su relato.
-Bien -continuó Delia-. Pues de sor Leandra sí logré alguna pista. Me dijo la encargada que esa monja había prestado sus servicios en el centro y había muerto hacía doce años. Pero no podía darme más detalles. No sabiendo a quién acudir en aquel centro, en el que, ya no me cabía duda, estuvo Aarón, me armé de valor y me colé por pasillos y dependencias clausuradas del orfanato. Al personal de servicio que me encontraba, preguntaba si había conocido a sor Leandra, pero eran empleados jóvenes que llevaban poco tiempo trabajando allí. Cuando, ya aburrida, me disponía a marcharme, me encontré en la lavandería con una mujer de unos cincuenta y tantos años que, según me dijo, sí había conocido a sor Leandra. Me dio las señas del convento al que perteneció y en donde murió la monja. Sin pérdida de tiempo fui allí y me atendieron muy amablemente. Les conté el motivo de mi visita y, en seguida, me presentaron a una monja de más de ochenta años, llamada sor Tomasa, algo sorda, pero con muy buena memoria. Cuando le hablé de un bebé que ingresaron en el orfanato a finales de los años sesenta, de nombre Aarón, se quedó un momento pensativa. Luego se palmoteó la frente, se le iluminó la mirada, y la cara se le arreboló y adornó con una hermosa sonrisa:
"-¡Ah, sí, sí, Aarón! ¿Cómo no iba a acordarme de él, con lo trasto que fue? ¡Ay si sor Leandra viviera! ¡Ella sí que te podría contar cosas de él!
-¿Y no recuerda quién lo entregó en el orfanato? -le pregunté.
-¿Cómo dice?
-Le pregunto que si sabe quién fue su madre.
-¡Para no acordarme...! Aunque hace muchos años de aquello, recuerdo que la madre de Aarón estuvo viviendo en este convento durante los seis últimos meses de embarazo, dedicándose a tareas sencillas mientras se lo permitió su estado. Recuerdo que se llamaba Rosaura y que había venido de un pueblo de Sevilla... sí, sí... de Osuna. Era una jovencita muy linda, con un gracioso acento andaluz... Se parecía mucho a tí.
-Gracias, sor Tomasa. ¿Y no recuerda algo más de Rosaura? -le pregunté.
-Pues, no... Aunque quiero recordar que, cuando dio a luz, tuvo dos niños mellizos... Pero no estoy muy segura -dijo, quedándose seria y pensativa.
-No importa, sor Tomasa. Su información es muy valiosa para mí. No sabe cuánto se lo agradezco -le dije eufórica, mientras la besaba efusivamente."

Dediqué el resto del día a pensar en la posibilidad de llegar a localizar a Rosaura. Desde luego era una verdadera lotería el dar con ella. Excepto los breves y vagos rasgos que sor Tomasa me había dado, desconocía todo lo que se refería a Rosaura. Quizás se marchó a vivir a otro sitio, ¿quién sabe? O acaso hubiera fallecido... Pero también pudiera ser que viviera en Osuna pues, según sus cálculos, tampoco sería demasiado mayor. Má o menos, ahora tendría sesenta y pocos años. ¿Pero cómo me las iba a arreglar para dar con ella, tratándose de una población grande como es Osuna, sin más datos que el nombre de Rosaura?
A otro día partí hacia Osuna, en el tren, con mi pequeña maleta de ruedas. Me hospedé en un hostal próximo al Instituto Rodríguez Marín. El fin de semana lo empleé en recorrer el pueblo, admirar sus monumentos, hablar con la gente sobre temas indiferentes, en plan turístico y haciendo, de forma circunspecta, alguna que otra pregunta relacionada con Rosaura, mas infructuosamente. Me impactó gratamente esta ciudad andaluza, tan blanca, pulcra y luminosa, que rezumaba una añeja cultura en sus edificios, reliquias arqueológicas, calles y establecimientos, pero sobre todo en sus ciudadanos.
El lunes fui al ayuntamiento a las diez de la mañana. Me inventé la peregrina historia de que estaba de paso por el pueblo y quería aprovechar la ocasión para visitar a una amiga muy querida de mi madre, llamada Rosaura, que había conocido hace años en Madrid, pero de la que no tenían más señas para localizarla que el nombre. El empleado, un joven muy amable y simpático, se puso a rastrear las largas listas de habitantes censados que, para mayor complicación, venían relacionados alfabéticamente por el primer apellido. El chico se llamaba "Gonsalo" y, cada dos por tres, me contaba un chiste rápido, mientras recorría las largas listas. Yo también buscaba, aunque a menor velocidad. A la una de la tarde terminamos la engorrosa tarea, aunque por obra y "grasia" de "Gonsalo" me resultó una experiencia divertidísima. Habían aparecido sólo ocho Rosauras en el censo, cuyas señas fue él anotando cuidadosamente. "Gonsalo" se negó a cobrarme nada por su preciosa ayuda, pero aceptó que le invitara a comer. Me recomendó un restaurante tranquilo y con buen servicio. Al pasar por un quiosco de prensa compré un plano callejero de Osuna, en el que, una vez en el restaurante, "Gonsalo" fue marcando la calle y punto en que debía hallarse el domicilio de cada una de las ocho Rosauras. Me despedí del simpático "Gonsalo" que sintió mucho no poder acompañarme en mis pesquisas porque, según me dijo, por la tarde tendría ensayo en la cofradía de nazarenos a la que pertenece.
Sin pérdida de tiempo me puse manos a la obra, o mejor, pies en marcha, a la búsqueda de las ocho Rosauras. Durante cuatro intensas horas pateé aquel pueblo, experimentando emociones de entusiasmo y decaimiento, y curiosas anécdotas que no es momento de contar. Resumiendo os diré que tras la séptima dirección, en la que podría residir la Rosaura que yo buscaba, mi decepción era tan grande que incluso mis piernas se negaban a ultimar aquel rastreo. Logré sobreponerme agarrándome a un tenue rayo de esperanza que destelló en mi mente. El domicilio de la última Rosaura se hallaba en un barrio de viviendas unifamiliares, de buen aspecto, aunque algo antiguas. Serían ya más de las siete de la tarde cuando pulsé el timbre de la puerta. Pasaron dos largos minutos sin que nadie acudiera a abrir. Ya me disponía a marcharme cuando oí manipular la cerradura. Una mujer esbelta, de edad imprecisa y rasgos delicados, aunque envueltos en un halo de tristeza, apareció tras la puerta entreabierta.
"-¿Qué desea? -me preguntó con amable sonrisa.
-Perdone que la moleste -comencé a decirle-. Estoy buscando a una señora llamada Rosaura que, hace cuarenta y cuatro años, dio a luz en Madrid a un niño llamado Aarón...
-¿Quién es usted? -me preguntó con expresión seria e intrigada.
-Me llamo Delia. Yo viví con Aarón durante diez años en Sevilla. Lo quise y admiré mucho por su forma de ser apasionada, inconformista y escéptica. Pero llegó a tal grado de rechazo y desesperación que rayaba en locura. Por eso lo abandoné y me marché a Madrid...
-Pasa adentro, Delia, por favor -me pidió Rosaura."

Atravesamos un bonito patio, rodeado de tiestos de vistosas y aromáticas flores, por el que correteaban tres graciosos gatos. Me condujo a un acogedor saloncito, decorado con detalles que despertaban sentimientos nostálgicos, especialmente los cuadros, en los que se representaban hermosos paisajes marinos de playas solitarias. Me invitó a merendar, dándome a entender que estaba deseosa de escucharme. Le conté detenidamente mi experiencia vivida primero junto a Aarón y luego con Ricardo; la extraña coincidencia de haber sido ambos acogidos en un orfanato; de su personalidad apasionada y arrolladora, aunque dirigidas en sentidos opuestos; también el singular fenómeno de soñar, cada noche, que poseían una personalidad contraria, curiosamente coincidente con la del otro; el común escenario de un pinar triangular, próximo al mar, con que siempre se iniciaban sus sueños; y, naturalmente, mi admiración y afecto profesados a ambos, que me han empujado a averiguar los orígenes y posibles nexos enntre Aarón y Ricardo. Motivos por los cuales yo había ido a visitarla.
Rosaura escuchó mi relato sin pestañear, revelando emociones diversas que demostraban lo mucho que le afectaba cuanto le conté. Por su parte, ella me correspondió confiándome su conmovedora historia...


De pronto, el cascabeleo y trotar de un caballo, arrastrando un carruaje, por el camino que une la carretera y el pinar, acaparó nuestra atención. El carruaje se detuvo detrás de la caravana de Aarón. Delia interrumpió su relato y mantuvo la mirada y atención en las personas que llegaban en el carruaje, aparte del conductor.
-¡Es Rosaura! -exclamó Delia, corriendo a su encuentro.
Los demás, especialmente Ricardo, mirábamos expectantes.
Rosaura bajó del carruaje, ayudada por el cochero, quien, tras saludarnos con un gesto de la mano, subió al coche y se marchó. 
-¿Por qué has venido hasta aquí? -le preguntaba Delia, mientras se acercaba hasta ella- ¡Quedamos en que permanecerías en el hotel hasta que yo volviera, Rosaura!
-Compréndelo, Delia. Estaba impaciente por volver a este lugar maldito aunque, al mismo tiempo, fascinante para mí...
-¡Esto es increíble! -exclamó Ricardo, observando la escena- Tántos años empeñado en descubrir una base lógica o, al menos, una explicación razonable del enredo psíquico en que me veo envuelto desde que nací y, de improviso, se me pone delante, deslumbrándome con claridad cegadora.

Y, como un autómata, Ricardo marchó ligero hacia donde estaba Rosaura.
Samuel, Don Quijote y yo, nos fuimos tras él con aire de sorpresa y desorientación.


Delia, en seguida, se apresuró a presentarnos a Rosaura:
-Rosaura, este señor -dijo, señalándolo con la mano- es Ricardo...
Rosaura le miró con una leve sonrisa, mientras movía la cabeza asintiendo.
Ricardo le correspondió con una inclinación de cabeza y, a continuación, él nos presentó a Rosaura:
-Y estos señores, de informal aspecto y corazón sin fondo, son unos amigos a quienes eternamente estaré agradecido.
-Encantada -nos saludó Rosaura, dedicándonos otra sonrisa.
-Rosaura, perdona mi impaciencia -dijo Ricardo-. Sé que guardas un secreto que me afecta de manera vital y te agradecería que me lo desvelaras cuanto antes...

Rosaura le miró con curiosidad y ternura, al mismo tiempo, durante varios segundos.
-Perdonad mi momentánea turbación. Delia me ha puesto en antecedentes sobre la investigación que ha emprendido y el motivo de su viaje desde Madrid. Por un momento, un hilo muy importante de mi existencia, roto hace cuarenta y cinco años, he sentido como si cobrara vida y me devolviera algo que creí perdido para siempre... He oído a Delia decir que usted es Ricardo...
-Sí, Rosaura, éste es Ricardo del que te hablé, mi gran amor. Aarón, mi otro amor, acaba de desaparecer sepultado bajo las aguas de ese océano. ¡Qué desgracia, Rosaura! -exclamó Delia, con ojos humedecidos.
-Delia, comprendo tu dolor y siento, naturalmente, esa gran desgracia -contestó Rosaura-. Pero, aunque me tachen de insensible, no me considero culpable de las circunstancias, tan penosas y determinantes en sus vidas, que han rodeado a Aarón y a Ricardo. Tú ya conoces mis razones. Y Ricardo y sus amigos entenderán mi actitud si tenéis paciencia en escucharme.

Rosaura permaneció unos segundos con la mirada abstraída, fija en la inmensidad del océano. Samuel, atento y diligente, sacó discretamente de la caravana otra silla que ofreció a Rosaura. Una vez todos sentados, Rosaura tomó la palabra:
-Vivíamos en Osuna -comenzó diciendo-. Fue en julio de 1966. Cuando yo tenía dieciocho años. Yo era hija única, una chica muy responsable de mis actos y muy respetuosa con la mentalidad de mis padres. Ellos eran muy estrictos y religiosos. Yo estaba tan entregada a mis estudios que apenas salía con amigos o amigas. Como premio por los buenos resultados en mis exámenes de preu, mis padres decidieron pasar veinte días de veraneo en Sanlúcar. Nos hospedamos en un hotel situado cerca de la playa. A los pocos días de estar allí, conocí  a un chico muy simpático, atractivo y educado, que también era del agrado de mis padres. En seguida se convirtió en mi asiduo y divertido acompañante en la playa, discoteca, paseos, etc. Me dijo que se llamaba Arturo, que en octubre cumpliría veintitrés años y estaba estudiando medicina en Sevilla. Para corresponderle le confesé que yo era muy reservada, pero con él iba a hacer una excepción. Le conté que quería ser enfermera, cosa que celebró, " pues así -dijo- estaremos más unidos, al compartir intereses comunes."
Una mañana, cuando ya nos quedaba una semana de vacaciones, Arturo me propuso acercarnos a este pueblo de aquí al lado. Me gustó la idea y quedé con él en hacer la excursión aquella misma tarde. A mis padres no quise decirles nada para no preocuparlos, pues aunque a Arturo lo consideraban un chico formal y educado, estaban muy obsesionados con la idea de que me pudiera ocurrir algo indeseable.
Después de comer, me preparé para salir con Arturo, como otras tardes. Me puse un fresco vestido azul celeste, bajo el cual llevaba puesto un bañador blanco. Cogí un bolso de rafia, rojo, con objetos de aseo y alguna otra prenda.
Arturo me esperaba, con un cigarrillo entre los dedos, cerca del hotel donde me hospedaba, en la plaza de la que partía el autobús que debíamos tomar. Nuestras miradas se encontraron a través de los arbustos de los jardincillos del centro de la plaza. Su abundante pelo dorado, peinado en alto copete, sus ojos celestes y el conjunto veraniego que lucía -pantalón blanco ajustado y camisa roja-, le daban un aspecto realmente seductor.
El viaje fue corto pero muy divertido. Arturo ensartaba en voz baja, sin parar, chascarrillos, cancioncillas o anécdotas, que me hacían reir a carcajadas; aunque yo me esforzaba en controlar mis emociones, para no darle demasiada confianza.
El autobús nos dejó cerca de la playa. Bajamos hasta ella por unas escalerillas de hormigón. Nos acercamos a un chiringuito que contaba, además, con cabinas para cambiarse de ropa.Ya en bañador, estuvimos un buen rato sentados en la terraza. Yo tomé algún refresco y Arturo varios cócteles que lo animaron mucho más de lo que ya estaba. Inesperadamente me cogió de la mano y me llevó a un pequeño embarcadero de barquichuelas de pedales, improvisado en la playa, frente al chiringuito. Arturo alquiló una y la arrastramos hasta que flotó sobre el agua. Luego me aupó sobre sus hombros, animándome a saltar a la barquilla con disparatadas ocurrencias que provocaron las risas de los bañistas. Una vez sentada en ella, Arturo  subió rápido, sujetó el timón, puso los pies en los pedales y los movió con tal ímpetu que la barquilla salió disparada como un cohete, mientras él cantaba, a grito pelado, El submarino amarillo. Tras una alocada exhibición de cabriolas, que arrancaron de mi garganta estrepitosas carcajadas y no pocos gritos de pánico, llegamos a esa altura -precisó Rosaura, señalando con la mano hacia el punto donde, justamente, había desaparecido Aarón.
-¡Curiosa coincidencia! -exclamó Ricardo.
-De inmediato -continuó Rosaura-, Arturo giró el timón, enfilando la barquichuela hacia este punto en que nos hallamos.
"-Mira allá enfrente -me decía Arturo entusiasmado-. ¡Hemos descubierto el pinar encantado! ¿No lo crees? Vamos a entrar y te convencerás!
Tan serio me lo decía que me eché a reir, con una risa tonta que fue en aumento, mientras descendía de la barquichuela y él la arrastraba varios metros fuera del agua.
-Somos robinsones, Rosaura -continuaba Arturo, fantaseando-. Tendremos que sobrevivir en ese pinar, alimentándonos de piñones y de los peces y mariscos que pesquemos. Vamos, princesa, a inspeccionar nuestro palacio del bosque, recién descubierto.
Tomé el bolso, en que habíamos metido la ropa, y Arturo cogió las botellas de ginebra y coca-cola, que había comprado en el chiringuito.
Conforme avanzábamos hacia el pinar, sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante su imponente y majestuosa imagen. Arturo destapó la coca-cola y me la acercó a la boca. Bebí varios tragos con gran avidez. Después abrió la ginebra y rellenó la botella de coca-cola.
-Ahora me toca a mí -dijo, mientras dejaba caer el acaramelado chorro, con refrescante sabor a regaliz y alcachofa, sobre su boca y garganta resecas-.-Y en este momento nos disponemos a penetrar en el sancta sanctorum del sagrado tabernáculo -añadió guardando las botellas en la bolsa y rodeando con su otro brazo mi cabeza, que apretó contra su pecho".

Así fuimos atravesando aquel muro de pinos, hasta llegar a su interior, un amplio y frondoso cilindro, con el suelo tapizado de césped y florecillas. Aunque parezca increíble, aún recuerdo puntualmente, cada frase de nuestro diálogo:
"-Este es el palacio que los duendes del bosque han levantado para nuestro deleite. ¿Qué te parece, Rosaura, princesa mía?
-Una maravilla, pero... no sé... me produce claustrofobia e inquietud.
-¡No me digas!
Y, de improviso, se dejó caer de espaldas, arrastrándome con él, y quedando ambos recostados, y yo aprisionada por el robusto brazo de Arturo.
-¿Has visto alguna vez un monumento más imponente que éste? ¿Un palacio con columnas de esmeralda, sosteniendo la bóveda del cielo, cruzada por níveas gaviotas que corren presurosas al reclamo susurrante del mar? Escucha, escucha lo que ahora canturrean: "Arturo quiere besarte, princesa..." Y mientras esto decía, Arturo se giró y colocó su pierna sobre mí y apretó los labios contra los míos.
-¡No, Arturo, no. Aquí no, aquí no! -le grité, forcejeando para liberarme de él.
Él me sujetó los brazos por las muñecas, mientras reía y decía:
-Vaya, vaya, con la fierecilla. ¿Sabes una cosa? Que las chicas temperamentales son las que más me gustan, ¡ja, ja, ja!
Y, acto seguido, volvió a besarme, aplastando su boca contra la mía y su cuerpo contra el mío. En seguida, con un rápido movimiento, puso cada una de sus rodillas a uno y otro lado de mis caderas; me agarró fuertemente por los hombros y me dio la vuelta, poniéndome la cara contra el césped. Se quitó la camiseta roja y, con ella, me ató las muñecas, fuertemente, a la espalda, mientras cínicamente me repetía, ajeno a mis gritos de protesta:
-¡Ay, princesita, princesita! ¿No te das cuenta de que, cuanto más chillas y reniegas, más se enciende mi pasión?
Tonta de mí que, por un momento, dejé de forcejear y gritar, pensando en que, quizás, fuera verdad lo que decía. Cerré los ojos y traté de relajarme. En seguida me pareció que él cedía en sus ímpetus y me acariciaba el cuello.
-¡Qué hermosa eres, princesita! Ya verás qué felices vamos a ser, si te portas bien, claro está.
Me pareció que, momentáneamente, se ponía de pie y, rápido, volvía a colocar sus rodillas, una a cada lado de mi cintura.
-Así me gusta, que no te alborotes y te portes bien. Voy a liberarte las manos -me decía, mientras manipulaba la atadura de las muñecas, aunque también sentía que me hurgaba en los tirantes del bañador.
De pronto, en menos de un segundo, dio un fuerte tirón del bañador, sacándomelo por los pies. Se me echó encima de tal forma que me dejó inmovilizada. Sordo a mis gritos y llanto, él me violó a sus anchas. Después, rápido, alcanzó la bolsa, cogió el pantalón y sacó el cinturón. Me lo ajustó a los tobillos, apretándolo con la hebilla. Por último tiró del extremo del cinturón, obligando a mis piernas a doblarse, y con él ató también mis muñecas, después de quitar de ellas la camiseta.
   Tumbada como estaba, con la cara contra el suelo, le vi, de soslayo y a través de mis lágrimas, cómo se vestía a toda prisa, mientras se reía cínicamente.Me sentía tan vilmente ultrajada y atropellada por un joven  -adorable hasta hacía pocos minutos, y convertido ahora en un monstruo abominable-, que no tuve fuerzas ni aliento para recriminarle su cruel y cobarde acción. Mi dolor y rabia eran tan intensos que me dejaron muda  e impotente para decir ni hacer nada, sino llorar desconsoladamente.
   Con inconcebible indiferencia y desvergüenza, y una botella en cada mano, cruzó el césped, tarareando Cuando calienta el sol aquí en la playa..., y, sorteando los pinos, salió afuera como si nada hubiera ocurrido.
   Aunque físicamente me sentía incapaz de realizar movimiento alguno, me esforcé y di un fuerte impulso, consiguiendo ponerme boca arriba. Luego, empujando con los pies contra el suelo, logré recular, arrastrándome, hasta llegar a tocar el tronco de uno de los pinos. Seguí empujando y logré apoyar la espalda y las manos en el tronco.Descansé un momento y, en seguida, me puse a restregar la atadura de mis muñecas contra el pino. Gradualmente fui notando que se iba aflojando. A ratos descansaba, para reanudar la tarea con mayor energía y empeño. Tras media hora de roce y forcejeo me vi libre de  aquellos grilletes de manos y pies. Fue entonces cuando desperté de la maldita pesadilla a la cruda y cruel realidad: Arturo me había violado y ultrajado, tratándome como una escoria. ¿Arturo? Era ahora cuando me daba cuenta de mi inconsciente ingenuidad.¿Quién era Arturo? ¿Dónde podría localizarlo? ¿A quién pediría ayuda? A nadie, de no ser a mis padres. Pero ¿cómo contarles el tremendo y cruel agravio que me había causado Arturo, en quien, tanto ellos como yo, habíamos  puesto nuestra total confianza y afecto? Si, para mí, había sido una agresión que dejaría marcados, para siempre, mi cuerpo y mi espíritu, para mis padres supondría una puñalada mortal.
    Serían ya las nueve de la tarde. Me esforcé en recuperar el sentido de la realidad y actuar de forma coherente y positiva. Ya tendría tiempo de sobra para llorar mi desgracia y planificar mi futuro. Ahora de lo que se trataba era de volver cuanto antes a casa... Me puse el bañador rápidamente y corrí descalza, fuera del pinar,  hacia el  mar, maternal y purificador. Ví con espanto el rastro de la barquichuela sobre la arena... Me adentré en el agua y me froté todo el cuerpo hasta arañarme.
   Luego volví al pinar, me vestí, cogí mi bolso y marché ligera hasta el pueblo.
   Tuve suerte -¡qué paradoja!-. Cogí el autobús que nos había traído aquella tarde.Durante el trayecto, por más que trataba de distraer mi atención, mi mente se llenaba de aquellas imágenes y sensaciones malditas... No obstante, logré imponerme un plan de actuación de cara a mis padres. De momento no les contaría la verdad de lo sucedido. Como me resultaría imposible disimular mi estado de preocupación y tristeza, les diría tan sólo que había discutido con Arturo y había roto con él, porque había descubierto que era una persona falsa y egoísta. Si tenía suerte y no me había quedado embarazada, ellos nunca se enterarían de lo ocurrido y les evitaría una noticia tan traumática y desoladora. ¿Para qué decirles nada por el momento, si estaba segura de que el decírselo no iba a servir para localizar a Arturo y denunciarlo?  Mas si, lamentablemente, hubiera quedado embarazada, a la primera falta de la regla les confesaría  la verdad de lo sucedido y entonces... ya veríamos qué haríamos.
   Cuando llegué al hotel  eran cerca de las once de la noche. Mis padres charlaban animadamente en la terraza de la habitación; pero, al verme, debieron de notar algo desacostumbrado en mi semblante, pues mi madre, en seguida, me preguntó qué me había pasado. Hablé y actué según había planeado. Cuando escucharon mi decisión de romper con Arturo, mostraron su decepción, pero me apoyaron plenamente y, viendo mi desinterés por agotar los pcos días que nos quedaban de playa, decidimos marcharnos a casa a otro día.
   Mi largo y doloroso calvario había comenzado. Por la noche  apenas dormí y, cuando cerraba los ojos se me representaban las detestables imágenes y sensaciones  vividas en aquel pinar. El cansancio pesaba sobre mis párpados y me obligaba a cerrarlos, pero en seguida, la idea de estar embarazada relampagueaba en mi mente, sobresaltándome de tal forma que apenas conseguí dormir tres horas cada noche de las dieciocho que precedieron al día en que yo calculaba tendría la ansiada menstruación.
   Amaneció y anocheció ese día sin el menor asomo de la regla. "-Quizás se me haya retrasado por mi estado de ánimo o por cualquier otro motivo ajeno al embarazo."  En esta incertidumbre pasé quince, veinte y hasta treinta días... ¡y nada! Ya no me cabía duda de que, para mi desgracia, me había quedado embarazada de aquel ser satánico. "¿Por qué, Dios mío, por qué?" No comprendía  por qué Dios había permitido que semejante desgracia me ocurriera a mí, una pobre chica, sin otro afán en la vida que el ser una buena hija y una buena persona, cumplidora de sus deberes, ilusionada con empezar la carrera de enfermeria y encontrar un chico bueno a quien querer y con quien compartir la vida.
   Nuevamente debía echar mano a mi sentido práctico de la realidad.Ya se habían cumplido seis semanas de aquello. No me quedaba otra opción que contar a mis padres la verdad de lo sucedido, por muy doloroso y problemático que fuera para ellos y para mí. Pero también tenía claro y estaba firmemente resuelta a no seguir adelante con un embarazo impuesto por un desalmado.
   Desde que volvimos de la playa yo notaba a mis padres preocupados por mi estado de ánimo decaído, ensimismado e indiferente, que rechazaba las invitaciones de alguna amiga para dar un paseo o ir al cine, prefiriendo encerrarme en mi habitación. Ellos lo achacaban a mi desengaño con Arturo.
   Recuerdo que el primer sábado de septiembre, al atardecer, me hallaba en mi cuarto, con música clásica de fondo, sumergida en mis sombríos pensamientos, mientras en una hoja de mi block de dibujo, trazaba nerviosamente líneas y manchas que, como ya era habitual, terminaba evocando este paraje de la playa...
Oí unos golpecitos en la puerta y, en seguida, se abrió, apareciendo mis padres con evidentes muestras de querer hablar conmigo.
-Bueno, Rosaura, hija -comenzó a decir mi padre con todo el afecto reflejado en el rostro-, ¿deseosa de empezar ya el primero de ATS? Un fin de semana de éstos nos acercaremos a Sevilla a mirar dónde vas a residir durante el curso ¿verdad?
-¡Pues, claro! -contestó mi madre por mí, esforzándose en sonreír- ¿No es así, Rosaura?
   En aquel momento me sentí como una niña indefensa. Solté el lápiz sobre el block, me cubrí la cara con las manos y rompí a llorar.
-Pero, hija, ¿qué te pasa? -me decía, acariciándome.
   Y sorbiéndome las lágrimas, les conté detalladamente la espantosa y perversa acción con que Arturo me había maltratado.
-¡Por Dios, hija! ¿Y cómo no nos lo dijiste aquel día cuando ocurrió? -se lamentaba mi padre- Ahora mismo vamos a la comisaría a denunciarlo.
-¡Ay, hija mía, Rosaura! ¡Ay, hija mía! -repetía mi madre, abrazándome, llorando...
-Porque vi claro -conntesté a mi padre- que Arturo era un desalmado que había actuado taimadamente y había desaparecido sin dejar rastro alguno. Y porque yo no quería que sufriérais vosotros... Tenía la esperanza de que nadie se enteraría de lo sucedido. Pero la mala suerte se ha cebado conmigo. La regla, que debía de haberme venido el dos de agosto, no se me ha presentado. Estoy embarazada -les confesé entre sollozos.
-¡Ay, Dios mío! ¡Ay virgen santa de la Merced! ¿Qué vamos a hacer ahora, Juan?
   Mi padre permaneció mudo un buen rato, mientras masajeaba mi espalda. Finalmente  dijo con voz temblorosa y reprimiendo su rabia:
-No te preocupes, hija, todo se arreglará. Y ese malvado lo pagará antes o después, aquí o en la otra vida.
-Por lo pronto -les dije, resueltamente y sobreponiéndome al llanto-, estoy decidida a abortar.
-¡Ay, hija, eso no puede hacerse -me disuadió mi madre-. Eso es un pecado castigado por Dios y perseguido por las leyes.
-No me importa -protesté-. Yo soy la víctima. No quiero tener un hijo de ese ser odioso y satánico que me violó y me pisoteó como a una basura. ¡Jamás. jamás!
-¡Ay, qué desgracia, Juan! ¡Ay, qué desgracia! -repetía me madre, dando vueltas sobre sí misma y llevándose las manos a la cabeza.
-Por favor, Mercedes -le pedía mi padre-, serénate. Ya pensaremos qué podemos hacer. Todo tiene arreglo. Mayormente cuando Rosaura no es culpable de nada, sino una víctima inocente de una despreciable y venenosa sabandija que no merece vivir. No, jamás podré perdonar a ese monstruo el daño que le ha causado a ella y a nosotros. Si Rosaura quuiere abortar, no seré yo quien me oponga. Ni creo que Dios tampoco. Tranquilízate, hija -me decía, besándome-. Ya nos has contado lo que te ha pasado. Ahora descansa y duerme tranquila. Ya verás como todo se arregla. Y sobre el comienzo de tu carrera, tampoco te preocupes. Eres muy joven. Cuando hayas pasado este bache, la empezarás.

   Como todas las mañanas de los domingos, mis padres se arreglaron y salieron a oir la misa.Yo no quise acompañarles esta vez. Cuando volvieron, mi madre me contó que habían estado en la iglesia de las hermanitas  y que, al terminar la misa, ella se había acercado a hablar con la madre priora, con la que tenía mucha amistad, y le había contado lo que me había ocurrido, el problema tan grande que se nos había planteado y también que yo estaba decidida a abortar. La monja la escuchó comprensiva y trató de consolarla. Lamentó y condenó la injusta y canallesca acción de ese perverso. Comprendía mi situación desesperada y las graves consecuencias que nos iba a suponer el que el embarazo siguiera adelante; pero ella, de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, no podía aprobar esa medida, pues nadie tenía derecho a privar a un ser humano de la vida que Dios le había concedido.
 "-Ahora bien -añadió la madre priora-, se me ocurre una solución que podría paliar las consecuencias indeseables que acarreará el embarazo. Yo puedo hablar con la priora de uno de nuestros conventos de Madrid y contarles el caso. Puedo proponerles que, durante el embarazo, permitan a tu hija la estancia en su convento, realizando tareas que ella pueda desempeñar sin dificultad. Como nuestras hermanas  desarrollan  allí una importante labor en numerosos centros de acogida, hospitales y colegios para huérfanos y desamparados, ellas se encargarán sin problema alguno de que, cuando tu hija se ponga de parto, la lleven al hospital y que la criatura que nazca sea entregada en la inclusa. Tu hija se volverá a casa y la criatura será criada, educada y, muy probablemente, adoptada por unos padres que, sin duda, la querrán y la harán feliz."

   A mis padres les pareció bien la propuesta de la monja y me animaron a aceptarla. A mí, en cambio, no me convencía mucho la idea, mas comprendí que, en nuestras circunstancias, era la mejor solución. Por lo que les dije que  estaba de acuerdo. Mi madre volvió a hablar con la priora, quien se encargó de hacer las gestiones con las hermanitas de Madrid. Éstas aprobaron el plan sin reserva alguna y, a primeros de noviembre, cuando ya empezaba a notarse mi embarazo, marché a Madrid, con bastante recelo ante la nueva experiencia a la que tenía que enfrentarme.Fui acompañada de mis padres y de una maleta en la que, aparte de efectos personales, llevaba los libros del primer curso de ATS, con la idea de estudiar en  ratos que las monjitas me lo permitieran.
   Ellas se portaron muy bien conmigo. Me asignaron una de las celdas destinadas a las postulantas, y me proveyeron de túnicas y demás ropa y enseres como a otra más de aquéllas. Mientras mi estado de embarazo me lo permitió, ayudé a la comunidad en sencillas tareas y asistí a las funciones religiosas.
   Muy discretamente y en contadas ocasiones, me llevaron al tocólogo, acompañada de una hermanita, siendo revisada en una consulta reservada para casos especiales. En una de aquellas visitas me descubrieron que iba a tener dos niños mellizos. Mis padres me escribían de vez en cuando, y me preguntaban si podían ir a visitarme, pero yo les quitaba las intenciones, diciéndoles que la madre priora lo desaconsejaba.

   Hacia el veinte de abril me veía ya tan pesada que pensé que el parto se me iba a adelantar. Y así fue. El lunes, día veinticuatro, estuve con molestias toda la tarde. Por la noche, dos monjitas me acompañaron al hospital, como ya estaba previsto. A eso de la una, me llevaron al paritorio. Allí me esperaban un médico, con barba y pelo canoso, una enfermera comadrona y una hermanita con delantal blanco.
   Mis deseos por terminar ya el largo y penoso calvario, emprendido hacía nueve meses, eran tan grandes que, llegado el momento, hice acopio de todas mis energías para expulsar con rabia y a la mayor rapidez a los dos intrusos que aquel desalmado había arrojado en mis entrañas. La furia me impedía sentir dolor alguno. Yo apretaba con la máxima tensión todos los músculos y nervios de mi cuerpo, especialmente los ojos. No quería ver qué salía de mis entrañas. Oí el llanto agudo del primer niño.
-Encárgate de él, Pepita -le dijo el médico a la enfermera-, mientras sor Casilda me ayuda a sacar a su hermanito.
   Sor Casilda me sujetaba por los hombros, me masajeaba y me daba ánimos:
-Lo estás haciendo muy bien, Rosaura.¡Qué niño tan hermoso has tenido! Y ahora el otro. ¡Aprieta fuerte, vamos!
   Concentré todas mis fuerzas con tal ímpetu y resolución que el niño salió fuera de mí, como el tapón de una botella de champán. El doctor liberó al niño de la placenta y cortó el cordón umbilical, llamándome mucho la atención el que su llanto era muy apagado.
-Mira, Rosaura, qué santito tu segundo bebé -me decía sor Casilda, mientras, solícita,  me enjugaba el sudor.
   Fue entonces cuando abrí los ojos. El doctor, de espaldas a mí, entregaba el niño a Pepita, que ya había lavado al primero y lo había colocado en su cunita. Luego volvió conmigo a completar las tareas asistenciales. Sor Casilda acudió presurosa a la cunita del primer recién nacido y la empujó hasta colocarla a la derecha de la cama paritoria en que yo me hallaba. Pepita, la comadrona, después de lavar al segundo niño, lo puso en la otra cunita,  y la llevó a mi izquierda.
-¿Verdad que son una monada? -decía, entusiasmada sor Casilda.
-Sí que lo son -contestaba Pepita- ¿Y qué nombre te gustaría ponerles? -me preguntó. 
-No sé -dije, mirándolos y esbozando una sonrisa-. Lo dejo a vuestra elección.
-Pues el primero me gustaría que se llamara Ricardo -dijo Pepita.
-Y al segundo -dijo sor Casilda mirándolo con ternura-, yo le llamaría Aarón, como el hermano de Moisés. ¿No os gusta?
-Muy bíblico... -comentó el doctor mientras lo examinaba detenidamente- ¡Un momennto! A ver, a ver... ¿Qué le pasa a este niño? Se ha quedado paralizado... No respira... No se le detectan latidos en la aorta. ¡Rápido, Pepita! Pon el niño en la mesa de reanimación. Aplícale oxígeno, mientras le inyecto adrenalina.

   He de reconocer que, en aquel momento, mi ánimo se conmovió y no pude evitar que las lágrimas brotaran de mis ojos.
   El doctor estuvo quince largos minutos tratando de reanimarlo, pero en vano. El recién nacido Aarón no daba señales de vida.
-Lástima. El niño ha sufrido un paro cardíaco y no ha reaccionado. Ha muerto -dijo en voz baja y dejando de auscultarle.
   Repentinamente me llamó la atención que Ricardo, el otro recién nacido -que estaba boca abajo en su cunita-, giraba la cabeza, abría los ojos y mantenía la mirada fija en Aarón. Pero mi mayor sorpresa, y la de todos, fue que, pasados varios segundos, vimos a Aarón que cambiaba de color, se agitaba y rompía a llorar con agudos gemidos, más potentes que los escuchados a Ricardo.
-¡Está vivo, está vivo, Rosaura! -exclamaba sor Casilda, apretándome el brazo.
   Pepita se acercó, rápida, junto al doctor, quien ya había tomado al niño y lo examinaba en sus brazos, con semblante distendido y sonriente:
-Afortunadamente, todo ha quedado en un susto. Pero, aunque sea inexplicable, debo certificar que este pequeño ha estado durante más de quince minutos en paro cardíaco; y, sin saber cómo, ha vuelto a la vida con total normalidad en sus constantes vitales.
    Poco después Sor Casilda y Pepita me trasladaron a una habitación del hospital, en donde permanecí dos días.

  Una vez dada de alta, una hermanita me acompañó hasta el convento. Allí estuve varios días, recuperándome un poco del parto. Al término de los cuales, mis padres, avisados por la madre priora, se presentaron a recogerme.

   Volví a casa más ligera que antes, pero no menos dolorida. ¿Por qué me había ocurrido aquello? Había perdido unos preciosos meses de mi vida en algo que yo no había buscado ni querido. Se me había obligado a decidir entre dos opciones dolorosas e incompresibles a mis dieciocho años. La injusta y atroz acción de aquel malvado fue para mí como una negra escarcha que acabó con las floridas ilusiones de mi juventud. Sobreviví aferrándome a una fría y espartana disciplina, carente de gratificantes compesaciones. Terminé airosa la carrera de ATS, y la he ejercido en un hospital hasta hace tres años que me jubilé voluntariamente. He procurado ser respetuosa con los demás y cumplir escrupulosamente con mis obligaciones, pero reconozco que no he conseguido superar mi recelo y desconfianza ante cualquier demostración de afecto o amistad. Por eso, desde entonces, no he tenido otra compañía que la obligada por el trabajo, mis padres mientras vivieron, mis plantas, mis gatos y mis aficiones literarias...
   Hace unos días apareció ante mi puerta, Delia, como un ángel de luz que, con su relato sobre Aarón y Ricardo, creo que me ha despejado unas incógnitas que jamás esperaba conocer.

   Sí, Ricardo, hijo mío, ésta ha sido la triste historia de tu madre, aunque no te resulte grata escucharla.

   Rosaura, tras sus últimas palabras, pronunciadas con voz temblorosa y mirando con gran afecto a Ricardo, inclinó la cabeza y se cubrió los ojos con las manos.
   Ricardo se acercó a ella, la besó y le dijo con voz imperceptible:
-Gracias, madre, de parte mía y de Aarón... que también soy yo.
    Delia,  espontáneamente, también se acercó y se fundió en un abrazo con ellos.
  Y nosotros, como si previamente nos hubiéramos puesto de acuerdo, nos pusimos a aplaudir frenéticamente.
  Relajados  los ánimos, Ricardo, Rosaura y Delia  permanecieron unos instantes contemplándose sonrientes.

-¡A ver, a ver, amigos! -exclamó Don Quijote, alzando el brazo- Esto parece haber terminado como un  drama trágico con final feliz. Pero, por lo que a mí toca, se me han quedado, revoloteando como vacilantes golondrinas por encima de estos pinos, varias cuestiones sin aclarar.
-Es cierto, Ricardo -le apoyó Samuel-, cuando has dado las gracias a Rosaura, has dicho "de parte mía y de Aarón, que también soy yo". ¿Cómo se entiende eso?
-Y esos  sueños, de cada noche, el tuyo y el de Aarón, extraña y respectivamente coincidentes con la personalidad de aquél y de la tuya ¿cómo se explica? -pregunté yo.
-Y el porqué de la desesperada y negativa actitud de Aarón, hasta límites desorbitados, que le llevó al suicidio... ¿Nos lo puedes aclarar? -rogó Don Quijote.

-Comprendo -comenzó diciendo Ricardo- que tengáis muchas preguntas sin contestar sobre esta historia, vivida por nosotros, en la que también vosotros habéis participado, ayudándonos a esclarecer y completar gran parte de ella. Gracias, amigos. Como bien podréis suponer, dadas las especiales circunstancias que me han acompañado desde mi nacimiento, he tenido poderosos motivos para buscar una explicación a esos sueños. Fue ese afán lo que me aficionó y empujó al estudio e investigación de temas y cuestiones de psicología, llevándome a esbozar una personal teoría sobre esos fenómenos. Cuando, después de muchos años, conocí a Delia y me contó su experiencia vivida con Aarón, pensé que ella, providencial o casualmente, me había aportado preciosos elementos que encajaban a la perfección en mi teoría. Y ahora, afortunadamente, Rosaura acaba de revelarme la pieza clave que cierra el arco en que se sostiene todo mi razonamiento.
   Pero el explicaros minuciosamente mi teoría me llevaría bastante tiempo, pues me obligaría a exponeros mi personal concepción de la realidad. Intentarlo ahora sería abusar de vuestra paciencia. Creo mejor dejarlo para otro momento. Por ahora prefiero mostraros, sucintamente, lo que pienso sobre el particular.

  Ricardo se puso de pie y se retiró unos pasos del grupo. Rosaura lo contemplaba con mirada complaciente. Alto, fuerte, de atractivo aspecto, paseó su mirada penetrante e inteligente a lo largo del horizonte marino. Después giró la cabeza y contempló el pinar de abajo arriba, pensativo.

   Estoy persuadido de que mi teoría sonará como algo descabellado y fantasioso. Pero también lo estoy  de que el ser humano, en su vida terrestre, sólo puede aspirar a hacer conjeturas, más o menos felices, sobre cuestiones que sobrepasan el ámbito de lo considerado como físico y experimentable, por mucha autoridad que se le quiera conceder al autor de  pretendidas certezas.
   No obstante, creo que es un afán y tarea muy legítimos del ser humano el tratar de satisfacer su curiosidad intelectiva, sacando el máximo rendimiento a su capacidad razonadora para descubrir posibles respuestas a tantas incógnitas que nuestra existencia nos plantea.
   Pues bien, estoy firmemente convencido de que la realidad total es absolutamente racional y, en consecuencia, lógica y de entidad puramente ideal, que excluye la existencia de materia amorfa y caótica, por innecesaria y absurda.
   En mi opinión la realidad total la integran: el Logos Supremo, que posee plenamente todos los posibles atributos positivos, en grado infinito. Los innumerables sujetos autoconscientes, creados por Él. Y, en tercer lugar, el resto de la realidad,  como son los universos y seres  creados por Él,  que no son sujetos autoconscientes.
   Si Aarón estuviera ahora mismo aquí presente, sin duda que ya me habría impugnado lo que acabo de afirmar, diciendo que tiene más visos de verdad su teoría: que todos los que pasamos por este mundo estamos condenados a desaparecer en la nada. Yo la respeto pero no la comparto. Prefiero sostener lo que antes he apuntado. Somos sujetos creados por el Logos Supremo, con individualidad y autoconciencia. Somos "yoes" irreemplazables, irrepetibles, únicos. ¿Qué imposibilidad lógica o metafísica existe en que el Logos Supremo tenga a bien crear un universo, o muchos, para disfrute, experiencia, prueba o curiosidad, impuesta o voluntaria, de esos sujetos autoconscientes?
   Cada día estoy más persuadido de que la existencia y desarrollo en el tiempo de nuestro universo, obedece a un entramado de leyes y principios, impuestos por el autor del sistema que lo rige, revelando una clara intención teleológica. No se trata de un sistema que, en su conjunto, funcione de acuerdo con un rígido determinismo, a pesar de que las leyes que lo gobiernan sean precisas, necesarias e infalibles, ya que la aleatoriedad en la aparición de muchos fenómenos de nuestro universo es un factor muy importante e innegable, así como la posibilidad de elección entre distintas opciones, que goza el ser humano gracias a su libre voluntad. Por eso el mundo resultante no es, ni tiene por qué ser, un paraíso, sino la realidad posible a la que puede llegar ese sistema, diseñado e impulsado por el Logos Supremo para disfrute, entrenamiento y experimentación de realidades desconocidas por los sujetos autoconscientes creados por Él.  
   Ahora bien, ¿cómo los sujetos autoconscientes, de entidad espiritual, dotados de eminentes facultades, pueden adaptarse y actuar en un universo, sujeto a rígidas condiciones limitativas y cambiantes en el devenir del tiempo? Es de suponer que esas condiciones les serán propuestas cuando aún se hallan en el mundo espiritual, y que ellos  podrán aceptar o rechazar libremente el embarcarse en tamaña aventura. Ellos saben que tendrán que actuar y  desenvolverse en ese nuevo mundo, dentro de un cuerpo  nacido en él y de su misma naturaleza. Un cuerpo dotado de miembros, órganos, etc. maravillosos, pero que, inevitablemente, limitarán y condicionarán la eminente capacidad razonadora y activa, propia de la  naturaleza espiritual de aquéllos.
   Si el cuerpo que ocupe el espíritu corresponde a un animal inferior al ser humano o, aunque sea el de un ser humano, su equipamiento corpóreo es deficiente, el espíritu  actuará con torpeza; dejándose dominar por desordenados apetitos y pasiones; pudiendo llegar, incluso, a cometer acciones malvadas o irracionales.
   Debido a esa condición  frágil y fluctuante del cuerpo, el ser humano suele sufrir bruscos cambios en su forma de pensar,  en su estado de ánimo, o en su conducta principalmente.
-¿Y, en realidad,  qué prueba el hecho de esos cambios? -preguntó Samuel.
-Prueba y demuestra -contestóle Ricardo- que nuestro espíritu autoconsciente está condicionado por el cuerpo que habitamos, de tal forma que, a veces, puede transformarnos, aparentemente y en distintas ocasiones, en personas muy diferentes y opuestas. ¿Quién no conoce el caso de alguien que en un momento de ofuscación ha cometido una barbaridad y, después, confiesa arrepentido que no es posible que él haya sido el autor?
-¿Y a dónde tratas de llegar con tu prolongado razonamiento, amigo Ricardo -le espetó Don Quijote, que se rebullía inquieto en el taburete.
-Sencillamente, lo que pretendo demostrar -dijo con rotundidad- es que Aarón y Ricardo somos la misma persona.
   Durante varios segundos, los rostros de todos los presentes quedaron como petrificados, fijas sus miradas en él, con expresión pasmada.
-¿Hemos oído bien? -preguntó Don Quijote, poniéndose de pie- ¿Has dicho que tú y Aarón sois la misma persona?
-Así es -aseguró Ricardo-. Es una hipótesis que me he venido forjando desde que Delia me habló de Aarón y de su extraña personalidad, de sus sueños y  comportamiento desorbitado.Y, por si fuera poco, Rosaura acaba de confirmarme en mis conjeturas, al contarnos el incidente de Aarón, a poco de nacer. Un hecho que me ha llevado a pensar que fue, en el momento en que me quedé mirando a Aarón, o mejor dicho, a su cuerpo exánime, cuando mi espíritu -inexplicablemente para los que no ven más que el entorno rutinario de su diario vivir-  logró introducirse en el cuerpo de Aarón, sin abandonar mi propio cuerpo.
-Por favor, Ricardo -dijo Samuel, mirándole con ojos muy abiertos-. Me parece un disparate, por varias razones. En primer lugar, no creo que te acuerdes del día de tu nacimiento. Además ¿cómo va a ocupar dos cuerpos un solo espíritu?
-En cuanto a lo primero -arguyó Ricardo-, a lo largo de mi existencia he mantenido un vivo recuerdo de la secuencia en que mi espíritu  devolvía a la vida el cuerpo de Aarón. Secuencia grabada en mi memoria en aquel preciso instante, y que se ha ido reforzando al repetirse, de vez en cuando, en mis sueños. Y respecto a lo segundo,  y como anteriormente he explicado, el cuerpo físico es un mero instrumento para que el espíritu pueda desenvolverse y actuar en este mundo. ¿Y qué ocurre si ese cuerpo  adolece de carencias o anomalías en sus órganos o funciones? Un cuerpo humano, aunque sea defectuoso, o esté enfermo, mutilado, sin brazos, sin piernas, paralítico, en estado comatoso, etc., es respetado y considerado como lo que es: una persona humana, mientras tenga vida. Y, obviamente, no en atención a ese inservible instrumento que tiene por cuerpo, sino a su espíritu.  Ahora bien, no siempre las anomalías corpóreas consisten en carencias o defectos. A veces se deben a exceso de miembros u órganos. ¿Como habría que enjuiciar a un cuerpo que en lugar de dos brazos tuviera cuatro, y todos los órganos los tuviera repetidos, incluido el número de neuronas?  Aunque el ejemplo sea descabellado, la historia médica registra fenómenos muy extraños y deformes, y, a pesar de ello se les ha considerado, lógicamente, seres humanos. Y es que, en el fondo, todo el mundo reconoce que el cuerpo no es más que un instrumento  al servicio del espíritu y cuantas más prestaciones ponga a su disposición, mejor  manifestará  éste sus potenciales capacidades.. 
   Y, siguiendo este razonamiento ¿qué inconveniente hay en aceptar que en ciertos casos, como el que estamos dilucidando, un solo espíritu,  haya ocupado dos cuerpos, el mío y el de Aarón? Y que  por las razones que sobradamente ya he expuesto, mi espíritu se ha manifestado en su actitud positiva, gracias a que mi cuerpo se lo ha permitido y facilitado. Mientras que en el caso de Aarón, ese mismo espíritu se ha manifestado en su actitud negativa, obligado por un cuerpo de constitución torcida y proclive a la abulia, malos hábitos e incongruencias.

-Pues, me parece -opinó Samuel- que el enigma del pinar ha quedado suficientemente aclarado. Y sobre tu teoría, amigo Ricardo, de momento la vamos a dejar echada en remojo, en nuestra cabaña; debatiremos sobre ella y, cuando lleguemos a conclusiones claras y firmes, ya os avisaremos para reunirnos nuevamente en este precioso paraje.

-¡Alto ahí! -exclamó Don Quijote- Falta algo muy importante. Arturo desencadenó el tremendo drama que, de diferente forma afectó a numerosas personas, pero especialmente a Rosaura, a Aarón, a Ricardo y a Delia, por nombrar sólo a los más allegados. La actuación de todos vosotros ya ha sido enjuiciada y valorada; pero falta juzgar la de Arturo, y creo que su juez no puede ser otro que Rosaura.
-Es verdad -reconoció Rosaura con semblante serio y concentrado-. Si hubiera tenido que juzgar a Arturo cuando padecí su criminal acción, le habría condenado, sin compasión alguna. Tal repugnancia y rechazo sentía con todo lo relacionado con él que estaba decidida a abortar de inmediato, para expulsar fuera de mí aquella maldita escoria. Pero, ahora, después de cuarenta y cinco años y, tras escuchar las convincentes razones de Ricardo, mi juicio es muy diferente. Actualmente no le deseo ningún daño ni castigo; por el contrario, deseo que su espíritu se haya liberado de esos condicionantes corpóreos que, como bien ha argumentado Ricardo, pueden  torcer o anular nuestra razón y nuestra voluntad.
   Reconozco también que, tras conocer y escuchar a Ricardo, no sólo he sentido un gran afecto hacia él -que al mismo tiempo es Aarón, no me cabe duda-, sino que estoy muy orgullosa de que sea mi hijo.

   Ricardo, con semblante emocionado, se levantó, se acercó a Rosaura, y se fundieron en un fuerte abrazo.

   Lo que sucediera después de lo hasta aquí narrado, puede cada cual imaginarlo como mejor le plazca. De inmediato, ellos se marcharon hacia el pueblo, entrelazados y charlando afectuosamennte.

   Nosotros nos volvimos, silenciosos, a nuestra cabaña. Y aquí seguiremos a la espera de que Dunscotiano se decida a meternos en otra aventurilla, si es que la crisis se lo permite, y si el temido meteorito vaticinado por los indios precolombinos no nos convierte antes en fino polvo terráqueo, muy apreciado por las extraterrestres, por su suavidad y fragancia para  su escamoso cutis. Pero ¡que no panda el cúnico! que ya está nuestro planeta preparando numerosos volcanes lanza-pepinos-cabreados, dispuestos a despanzurrar todo objeto sospechoso que se acerque a nuestro planeta, sin respetar las señales de tráfico, o séase, haciendo la cabra  cerca de nuestras isobaras.

Un abrazo, amigos, y que seáis muy felices. Tinterico.


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