El enigma del pinar - (Cap. II)

martes, 15 de marzo de 2011




























-¿Y por qué ese "pero"? -preguntó Samuel a Aarón.

Como silencioso preámbulo, Aarón alargó el brazo y cogió por el cuello la botella de whiski; se la acercó a los labios, a guisa de trompeta, y succionó de ella durante el toque de una diana floreada. Don Quijote, nervioso, se puso de pie y contempló el magnífico panorama desplegado ante la improvisada atalaya, colgada de aquel pino gigante. Las nubes habían sido barridas por el cálido aliento del levante, y un sol esplendoroso doraba ahora la arena de la playa y encendía infinitos espejos, diminutos y parpadeantes, en las ondas marinas.
-Si sois tan memos en querer seguir escuchando el relato de mi procelosa existencia -dijo Aarón, desdeñoso-, tomáoslo con calma, pues las urgencias no van conmigo.
-¡Adelante, experimentado navegante! -le animó Samuel a continuar- No nos importa que nos consideres memos por escuchar tu personal odisea que, aunque te extrañe, nos está resultando muy interesante. Y en cuanto al tiempo, es una bagatela incluida en cualquier operación, como el iva en los precios de Eroski. Por lo que no tenemos inconveniente en estar escuchándote hasta el año 9.999 por la tarde, misma fecha en que caduca el DNI de jubilado que le han hecho a Lucas.
-De acuerdo, lunáticos correveidiles, continúo con mi relato:

La primera noche que dormí en casa de mis padres adoptivos, Felipe y Manuela, tuve un sueño extraño, no precisamente el del muchacho modélico en el que, cada noche, soñaba que me transformaba. Me veía caminar por una playa solitaria, pensativo y trajeado como los niños de san Ildefonso cuando cantan la lotería de navidad. Era un paraje marino de tonalidades sepias y amarillentas, dominado por una bruma húmeda y calentorra. La playa, una estrecha franja de arena al pie de rocosos acantilados. De las aguas pajizas del mar emergían escarpados arrecifes que sugerían oníricas figuras de caracolas y laberínticas torres. Al doblar a la izquierda del acantilado vi, a unos veinte metros, un grupo de chicos y chicas, sentados en la arena, charlando animadamente. Conforme me acercaba al grupo noté que se callaban y me observaban como si vieran un bicho raro. Al pasar junto a ellos, estallaron en una estrepitosa carcajada. Me sentí momentáneamente acobardado y corrido, pero, de inmediato, una oleada de orgullo avanzó por mis venas. Me desprendí de los zapatos, chaqueta y camisa. Salté, dando un impulso hacia arriba y, batiendo los brazos a modo de alas, volé a varios metros por encima de los jóvenes que me miraban boquiabiertos ante mi portentosa proeza.
Ya había avanzado unos cien metros cuando, de pronto, se levanta un fuerte viento frontal que me impide seguir adelante. Intensifico mis aleteos, pero el viento me arrastra hacia los arrecifes, orquestado con las risas y burlones aspavientos de los jóvenes playeros. El pánico se apodera de mí. Mi caída era inminente. Los abismos marinos me esperaban con sus fauces abiertas...
Me desperté confuso y tembloroso, con la terrible sospecha de que aquel sueño era una certera premonición del porvenir que me aguardaba.

A pesar de este sueño de mal agüero, al verme en aquella casa señorial, a orillas del Guadalquivir, me sentí invadido de una rara felicidad jamás experimentada. Era como si hubiera vuelto a nacer a una vida afortunada y prometedora. ¿Qué otra cosa podía pensar viéndome, ahora, rodeado de criados, lujos y comodidades? Desde el momento de mi llegada a esta casa me habían sorprendido las muchas dependencias y pasillos que había en ella, los suelos y escaleras de mármol, así como el lujo de los muebles, lámparas, cortinajes, cuadros, esculturas, etcétera. Cuando, aquella mañana, me asomé a la ventana, me saludaron con su fragancia y colorido las plantas del jardín y el huerto de la casa, próximos al río. El panorama era fantástico: numerosas golondrinas y gaviotas competían en sus piruetas acrobáticas sobre el agua, otras descansaban en las jarcias de las embarcaciones y algunas volaban, hechizadas, hacia la Torre del Oro. ¡Qué fruición al descubrir aquella mágica vista de Sevilla con sus casas de cegadora blancura, las terrazas y patios floridos, los antiguos monumentos y modernas edificaciones, bajo un cielo que resplandecía con celajes azulados, blancos, dorados, rosáceos... como un cuadro impresionista recién pintado!
Por un momento me sentí transformado en el joven noble y juicioso de mis actuales sueños. Tenía la sensación de que el Aarón malévolo y asqueado de la vida, que antes era, se había esfumado al dejar el orfanato. Yo me pellizcaba los brazos y la cara para comprobar que estaba despierto. No me reconocía a mí mismo. Sobrevolando el cielo de mi mente percibía el aleteo de una duda preciosa:"¿Y si mi breve y nefasto pasado no hubiera sido más que una desagradable pesadilla?" Y, en un arranque de generosidad y ansia de transformarme de oruga en mariposa, me prometí a mí mismo violentar mis torcidas inclinaciones convirtiéndolas en un caudal sosegado y hermoso como el del río que fluía ante mí.
-¡Qué bonito! -suspiró Don Quijote.
-¡Y qué acertada decisión! -añadió Samuel.
-¡Ya vale! -voceó Aarón, alzando la mano y moviendo los ojos entreabiertos de un lado a otro. Luego continuó:
Unos golpecitos en la puerta de mi habitación rompieron mi grato y pasajero embeleso. Era Marcelina, la jefa del servicio, una mujer de unos cincuenta años, bien parecida, alta y muy recta en todos los sentidos. Venía acompañada de Juanita, joven ayudanta que me traía, además de ropa interior, un conjunto veraniego y unas bonitas playeras. Marcelina me invitó a pasar al cuarto de baño, mientras Juanita ordenaba y limpiaba la habitación.
Después, Marcelina me acompañó al comedor a tomar el desayuno. Allí me esperaban Felipe y Manuela, quienes me piropearon al verme con el pantalón crema y el polo azul celeste. Lola, otra criada encargada de la cocina, nos sirvió el desayuno.
Manuela estaba pletórica y no cesaba en sus elogios. Felipe asentía sonriente. A veces hacía un breve comentario festivo a las ocurrentes e incesantes palabras de Manuela. Me dio la impresión de ser una pareja muy compenetrada.
Luego Manuela me acompañó, en rápida visita, a las distintas dependencias, patios y jardines de la casa, presentándome a cuantos empleados nos fuimos encontrando.
Felipe me condujo a su despacho, desde el que dirigía el negocio de la almazara, con la colaboración de Elena, su secretaria.
¿Qué más podía pedir a la vida? Por ello mi conciencia ética -que hasta entonces había estado dormida o de vacaciones en Bora-Bora- me exigió corresponder, por mi parte, con una conducta intachable y máxima gratitud y afecto a mis padres adoptivos.
Aquel verano de 1981 descubrí un nuevo mundo y, sobre todo, me ocurrió algo decisivo en mi vida.
-¿Muy decisivo? -le pregunté, impaciente por conocer puntos claves.
-Mucho. Pero primero os contaré algo de ese nuevo mundo. Aquel primer verano que pasé en casa de Felipe y Manuela conocí a la mayoría de sus amistades, asiduos asistentes a las fiestas, reuniones y tertulias que cada dos por tres organizaban, bien en la casa de Sevilla, junto al Guadalquivir, o bien en la finca de la Cortijá, a veinte kilómetros de Sevilla.

Aarón se detuvo un momento en su relato. Recostado, con la espalda apoyada en una de las tablas fijadas al tronco del pino, soportes de aquel tenderete aéreo, cerró los ojos y apretó las manos sobre sus temporales, como si fuera a exprimirse la cabeza. Luego continuó:
-Las fiestas y reuniones en esos lugares eran muy frecuentes, normalmente a iniciativa de Felipe, para agasajar, conquistar o deslumbrar a un cliente, a un político, u otra personalidad interesante. Pero a veces la convocatoria partía de Manuela, por los más fútiles motivos. Las fiestas de mayor brillo y glamur solían celebrarse en verano, en la finca de La Cortijá.

Como os decía, en mi cambio de actitud influyó, no poco, un hecho aparentemente irrelevante. Andaba yo practicando con la bici que me habían regalado, corriendo alrededor del aljibe del patio que, en aquella tibia mañana de septiembre, reverberaba bajo el sol como una joya, con sus policromados azulejos, palmeras y tiestos de flores.
En una de mis vueltas, al acercarme a la puerta de salida a la calle, veo que se abre, apareciendo una preciosa jovencita. Frené en seco, deslumbrado por su belleza.
-¡Hola! -me saludó, llegando hasta mí y envolviéndome con su agradable perfume- Tú debes de ser Aarón ¿verdad?
Yo la contemplaba embelesado. Espigada, de cutis sedoso y algo moreno. Su rostro, en el que destacaban unos bellos ojos, negros y almendrados y una cautivadora sonrisa, quedaba realzado con la brillante melena negra de finos tirabuzones que rozaban su cuello y sus hombros desnudos. Lucía un escotado vestido de falda corta, verde y salpicado de florecillas rojas.
-Sí, soy Aarón... ¿Quién te lo ha dicho? ¿Quién eres tú? -le pregunté, algo cortado.
-Me llamo Delia. Soy la hija de Marcelina, la jefa del servicio de esta casa. Ella me dijo que, desde el mes de julio, habías entrado a formar parte de la familia de Felipe y Manuela.
-¿Y cómo no te he visto, por aquí, hasta ahora? -le pregunté.
-Porque he pasado el verano con mis tíos, que tienen una casa junto al mar, en la Costa Brava.
-Qué bien... Ya te quedan pocas vacaciones ¿eh? Supongo que estarás estudiando.
-Sí. Dentro de pocos días comienzo el curso de primero de BUP.
-¿Ah, sí? ¿En qué instituto?
Me habló de él con tal entusiasmo que no pude por menos de decirle:
-Yo también tengo que hacer el primero de bachillerato. Felipe y Manuela quieren que lo curse en un colegio privado, con profesores ingleses y uniforme de niños pijos. Yo prefiero un centro público, como ese instituto del que me hablas.
-Pues... -ella me miraba sin pestañear, que me hizo pensar si mi poder hipnotizador del orfanato, nuevamente entraba en acción, pero, en seguida, me di cuenta de que era algo mucho mejor- ¿Por qué no te matriculas en el mismo instituto que yo? Seríamos compañeros... Convence a Felipe y a Manuela, diciéndoles que en ese centro te resultaría más fácil la convivencia y el trato con chicos de familias sencillas, normales. ¿No te parece?
-Por supuesto -reconocí muy convencido-. Sería fantástico por lo que dices y porque...
Ella me sonrió y miró de una forma que me hizo sentir algo que nunca había experimentado.
Aquel encuentro con Delia fue decisivo para mí. Comprendía que, para merecer y mantener su amistad, debería ganarme su estima, mostrándole mis mejores cualidades. Difícil tarea, pero era la ocasión de oro para desterrar definitivamente la índole perversa del Aarón que, hasta entonces, había sido.
De momento no dije nada a Felipe ni a Manuela sobre mi iniciada amistad con Delia, ni que, precisamente, era ella el motivo por el que prefería matricularme en el instituto público. Ellos trataron de convencerme sobre la excelencia del centro inglés, mas se rindieron ante mi resuelta decisión y acalorado razonamiento. Por lo que me matricularon en el público y en él superé, con notable aprovechamiento, los tres cursos de bachillerato más el COU.
Fueron cuatro años maravillosos. Ella lo era todo para mí: el sol, la luna, las estrellas, el aire, la luz, el aliento de mi vida, el agua para mi sed, mi alimento, mi alegría, el sentido de mi existencia...
En las noches de aquellos tres años dejé de soñar que yo era el Aarón bueno y triunfador, opuesto al malvado que cada mañana descubría en el espejo. Ahora mi sueño nocturno era continuación del feliz sueño que estaba viviendo cada día con Delia.

-¿Y os veíais frecuentemente en la casa de tus padres adoptivos? -preguntó Samuel, curioso.
-En absoluto. Ella era muy discreta y celosa de sus propias decisiones, y no le gustaba airearlas. Por eso, muy raramente, venía a la casa, a no ser para comunicar algo importante a su madre. En esas ocasiones procurábamos mostrarnos, Delia y yo, aparentemente distantes e indiferentes, por lo que nuestro idilio pasó inadvertido, durante esos cuatro años de instituto, para cuantos residían en aquella casa o se relacionaban con Felipe y Manuela.
-Tal como nos has descrito a tus padres adoptivos, debían de ser personas afables, sensatas y magnánimas. ¿Por qué, entonces, ese recelo y temor a que se enteraran de vuestra amistad? -le pregunté.
-¿Afables, sensatas y magnánimas? Ja, ja, ja -dijo con sorna- Eso pensaba yo, pero lo cierto es que el elevado concepto y estima que yo me había forjado de ellos se derrumbó, en un abrir y cerrar de ojos, como un castillo de naipes.
Reconozco que cuando los conocí en el orfanato pensé que eran ideales para tenerlos como padres. Mi primera impresión sobre Manuela fue la de que era todo ternura y delicadeza de espíritu. De tipo no era muy alta y algo rechoncha. Tenía una rubia melena teñida que agitaba con eléctricas sacudidas a lo Norma Duval. Sonreía continuamente. Le gustaba vestir prendas de marcas afamadas, aunque no conseguía ser elegante. No tardé mucho tiempo en descubrir su verdadera condición, dominada por la insensibilidad, la hipocresía y la vanidad.
-¿Y Felipe? -Preguntó Samuel, impaciente.
-Felipe también me había fascinado durante las primeras semanas cuando lo conocí. Alto, moreno, de cabello negro y ondulado, y una cuidada barba rizada que le daban aspecto de galán de cine. Era elegante por naturaleza en sus modales, en el vestir, en sus relaciones con los demás y en todas sus manifestaciones. De agudo ingenio y conversación amena y ocurrente, sabía granjearse la voluntad de la gente, que él aprovechaba para captar nuevos clientes o amigos influyentes. Mas detrás de su mirada, palabras y seductores gestos, se escondía un cerebro frío y calculador que analizaba minuciosamente a las personas, desentrañando su psique, sus puntos débiles y, especialmente, su patrimonio y posible utilidad.
Felipe, sin duda, era mucho más inteligente que Manuela. No obstante, tanto él como ella habían sido mimados por la vida. Ambos habían nacido con estrella, aunque lo demostraban con diferente estilo. Poseían las mejores condiciones para triunfar: perspicacia, decisión, tenacidad y una conciencia sin escrúpulos, a pesar de su apariencia conservadora y religiosa.
-¿Llegaron ellos, en algún momento -preguntó Samuel-, a demostrarte malquerencia, aversión o rechazo?
-Si tenéis paciencia en escucharme hasta el final, vosotros mismos podréis juzgar y valorar su comportamiento conmigo. Ya os he adelantado que Felipe y Manuela eran muy aficionados a la celebración de fiestas y reuniones en cualquier época del año, aunque las de mayor brillo y glamur solían celebrarse en verano. Y algo que los habituales invitados desconocían era que el éxito y excelente resultados de esas fiestas se lo debían a Marcelina. Según me contó su hija Delia, Márcelina tenía pánico a esas reuniones, ya que le suponían un derroche de imaginación, de energías, inspiración y esfuerzo, organizando, haciendo provisiones e instruyendo a los sirvientes. Y, particularmente, detestaba tener que corresponder con inclinaciones, sonrisas y felicitaciones a las impertinencias de algunos invitados. Pero ella sabía hacerles frente con su exquisita diplomacia y trato esmerado.

Todas las reuniones y fiestas eran parecidas, pero hubo una realmente determinante para mí. Se celebró a finales de agosto de 1985, en la finca de La Cortijá, tras haber yo superado con éxito el COU.
Marcelina había logrado -con sus colaboradores: Leandro, Lola, Juanita, su hija Delia, y yo también en aquella ocasión- que La Cortijá, a las ocho de la tarde, resplandeciera como un ascua de oro, frente a un sol anaranjado, cabalgando sobre el horizonte de olivos de la loma lejana. Sus oblicuos rayos realzaban el colorido y el brillo del césped, plataneras, acacias, arrayanes, jazmines y tantas otras plantas y flores, embelleciendo la explanada que precede a la fachada principal del edificio. Bajo el soportal central de la casa, delante de la entrada principal, habían colocado una larga mesa, cubierta con un blanco mantel, sobre la que los sirvientes fueron depositando gran variedad y cantidad de aperitivos y bebidas. A unos diez metros de aquélla, habían montado una tarima para actuación del coro de cantaores, bailarines y espontáneos.
Marcelina, Delia, Juanita y Lola, uniformadas con blusa blanca y falda celeste de tirantes, esperaban a pie firme, delante de la mesa, a que llegaran los invitados. Yo, a pesar de las protestas de Manuela, no quise trajearme, y me presenté con un pantalón vaquero y una blusa de verano. Las tareas que me asignaron fueron las de ayudar a Leandro en lo que fuera preciso para atender lo mejor posible a los invitados y que el evento resultara a pedir de boca.
En la artística puerta de hierro forjado de la verja que une las dos alas de La Cortijá, cerrando la explanada, esperaban Felipe y Manuela. Felipe con pantalón blanco y camisa floreada de manga corta. Manuela, maquillada generosamente en ojos, pómulos y labios, se había plantado un vestido rojo, largo, ceñido, con abertura delantera que permitía, a sus piernas blanquecinas y reventonas, asomarse a tomar el fresco.

Llegaron los invitados en sus flamantes coches, sonando los cláxones, agitando las manos y lanzándonos besos a distancia. Luego, conforme se acercaban a la entrada, saludaban, bromeaban y piropeaban a grito pelado. Sus atuendos eran más bien informales, unos más atrevidos que otros, pero todos con algún detalle gracioso, que lucieron garbosos incluso don Rosendo el reverendo, don Dionisio el filósofo pomposo, el poeta don Narciso Soñodor o el Alcalde de Ladrillada de la Sierra.
Leandro -criado fiel, servicial por vocación y marujón de nacimiento- salió a su encuentro y los condujo, sonriente y derrochando simpatía por los cuatro costados, hasta Felipe y Manuela, que los saludaron y besaron uno por uno. Luego iniciaron la entrada al recinto de La Cortijá bajo los acordes nupciales del Lohengrin.
-¿Quiénes se casan? -preguntaba alguien riendo.
-¡Pues, nosotros! -voceaban, besuqueándose, los dos componentes del dúo Pipi-Rana. Pipi luciendo sombrero cordobés rojo, camisa amarilla y pantalón rojo; Rana con sombrero cordobés verde, camisa blanca y pantalón verde.
-¡Vivan los novios! -aclamó la concurrencia.
Leandro me zarandeó por el brazo y me dijo que le siguiera. Nos adelantamos a la comitiva, y recogimos de detrás de un arbusto sendos cestos rebosantes de pétalos de rosas, claveles y jazmines. Nos colocamos ante el cortejo y fuimos lanzando puñados de pétalos sobre el pasillo central, mientras el coro de las Comadres Trianeras entonó el himno ¡Y viva España!, que todos corearon y acompañaron con palmas y rítmicos movimientos, hasta llegar al soportal central del edificio, en donde estaba la gran mesa alargada, revestida de lujosa mantelería, en torno a la que había treinta sillas confortables y ligeras. Marcelina y sus chicas se apartaron, discretamente, por detrás y a la derecha de la mesa, lo más cerca de la cocina y la despensa. Felipe y Manuela ocuparon los asientos centrales. Los invitados se acomodaron como mejor les apeteció. Leandro, y yo junto a él, permanecimos de pie al lado contrario de las sirvientas, atentos como aquéllas a ofrecer nuestros servicios: ya fuera de camareros, pinchadiscos, socorristas de posibles bañistas en apuros, o para cualquier capricho de aquella divertida comparsa.

Cuando todos cantaban entusiasmados, Felipe hizo un guiño a Leandro y nos pusimos en movimiento. Llenamos las copas con champán. Concluido el "himno", brindaron todos con gran regocijo y gritos de vivas y bravos. A continuación, Felipe, con gesto de emperador romano, rogó que todos se sentaran y le escucharan un momento:
-Tanto Manuela como yo os agradecemos vuestra asistencia. Recibid nuestro saludo y cordial bienvenida a esta amigable reunión. Uno de los motivos de esta fiesta es para daros una sorpresa (o quizás más de una) en el transcurso de la misma. Pero con la particularidad de que sois vosotros quienes tenéis que descubrir dónde coño está la sorpresa -risas a discreción-. Yo me limitaré a daros alguna pista que os ayude a encontrarlas, con el apoyo literario de nuestro amigo y eximio poeta don Narciso Soñodor, el dúo Pipi-Rana y las bulliciosas Comadres Trianeras. Mas, ante todo y sobre todo, estamos aquí reunidos para divertirnos y pasarlo bien con vuestra grata compañía -concluyó Felipe, alzando la copa.
Todos los presentes le correspondieron, copa en mano, lanzando vítores en honor de Felipe y Manuela, mientras el dúo Pipi-Rana volvía a intervenir con un variado repertorio de fandangos, bulerías, sevillanas y soleares. Rana llevaba la voz cantante, Pipi le acompañaba cantando y tocando la guitarra; las Comadres Trianeras bailaban; y el resto del personal palmeaba a su aire. Felipe aprovechó el jolgorio para revelar a don Narciso Soñodor el contenido de la pista de una de las sorpresas. El poeta, como un rayo que no cesa y más rápido que un mono saltando de rama en rama, transcribió el mensaje en una servilleta de papel, adornándolo de lírico ropaje. Lo escribió con letras grandes, de imprenta, y lo colocó a la vista del grupo folclórico para que lo cantaran con la música que Pipi creyera más acertada. Pipi, sin dejar de cantar y tocar el fandanguillo que tenía entre manos, miró los versos y, en seguida levantó los brazos, rogando silencio. Cogió aire y, con voz robusta y legionaria, cantó con la música de Banderita tú eres roja:

Ojalá volviera España
a ser como en los cincuenta:
Una, libre y gran familia,
feliz y en continua fiesta.
A nadie faltaba el pan.
Todos dormíamos la siesta.
Todos corríamos unidos
y rectos como una saeta.
España era un concierto,
que envidiaban los de fuera,
en el que todos tocaban
y uno dirigía la orquesta.

Pipi-Rana, coreados por las comadres, repitieron los versos narcisianos, una y otra vez, hasta poner al rojo vivo los ánimos de los invitados, que dieron rienda suelta a su entusiasmo con gritos, saltos y un chaparrón de aplausos.

Ya todos algo más sosegados con aquel desfogue, y aunque el grupo folclórico continuó amenizando el ambiente, Felipe propuso que comenzara la ronda de comentarios, preguntando:
-¿Qué os parece la canción que acabáis de escuchar? ¿Estáis de acuerdo con ella o pensáis que vivimos mejor ahora con la cacareada democracia?
-¡Por favor, Felipe! -exclamó Adolfo Lucero, atusándose, nostálgico, su estilizado bigotillo y el pelo atirantado con gomina- Hay preguntas proscritas, a priori, por subversivas y antisistémicas, ya que el hecho de formularlas presupone que todos somos iguales, y eso es una aberración contraria al orden de la naturaleza y de la sociedad.
-Por supuesto -se apresuró a respaldarlo don Rosendo el reverendo, elegantemente trajeado de gris alpaca, camisa negra y alzacuello de cisne-, la sociedad debe ser como una magnífica catedral: todas sus piezas son importantes, pero cada una tiene la misión que le corresponde. A unas les ha tocado ser lámpara, campana, vidriera o pináculo, mientras que otras han de conformarse con ser bastos adoquines o humildes baldosas. No podemos ser todos iguales. Eso sería un caos desastroso.
-Un símil muy acertado, don Rosendo -alabó Fernanda, sentada junto a su hija Verónica, frente a Manuela y Felipe, al otro lado de la mesa-. Lo mismo pasa en la vida, unos han nacido gárgolas -dijo, mirando de reojo a doña Susina y a don Servando, director de una oficina bancaria- y otros flores de acanto de capitel corintio -añadió con una sesgada y fugaz mirada a su hija y luego a Felipe.
-Tienes razón, Fernanda, el símil de don Rosendo es pintiparado -dijo Manuela, mirando sonriente a una y a otro- pero, lamentablemente, cada día que pasa, el pueblo tiene menos fe y espíritu de sacrificio.
-Y, ahora con la democracia, menos aún -apostilló doña Susina-. Es una vergüenza lo que está ocurriendo en España: la moralidad se está hundiendo. En el cine, la televisión, la prensa... no se ve otra cosa que obscenidades. La misma calle se ha convertido en un teatro, al aire libre, en el que se ofrece todo tipo de de provocaciones: prostitutas semidesnudas, parejas de homosexuales haciendo gala de sus malsanas tendencias, novios comportándose sin ningún pudor, niños y jóvenes irrespetuosos, sin educación alguna, adultos gritando con lenguaje soez... Y, por otro lado, la gente cada vez quiere trabajar menos y ganar más. Todo el mundo quiere irse de vacaciones a la playa, tener un chalet, un coche de lujo, ser importante... Mucha culpa tiene la tele que no para de incitar al consumismo, de exhibir modelos procaces, de aplaudir conductas censurables y manifestar, con orgulloso descaro, opiniones y teorías descreídas y demagógicas, en esos programas de tertulias barriobajeras...
-El problema de España -comenzó a disertar don Dioni, el filósofo pomposo, con grave talante y verbo sentencioso y hueco- no es otro que el de todo el mundo, sólo que cada país se lo plantea y trata de solucionarlo de acuerdo con su idiosincrasia. A la gente en general (y cuanto más inculta con mayor motivo) le pasa como a los animales irracionales: creen que cada uno de ellos es lo más importante del mundo, y que tienen derecho, nada menos, que a disfrutar de todos los bienes necesarios para ser felices. Están en un error que yo calificaría de poliédrico, porque es un error de múltiples caras: un error lógico, cosmológico y transcendental. No se dan cuenta de que, en realidad, hay dos mundos: el terrenal, en el que se desarrolla nuestra limitada vida; y el del más allá, en el que cada cual recibirá el premio o castigo que haya merecido. ¿Qué deben hacer los animales y los seres humanos en su vida terrena? Colaborar y esforzarse en mantener, escrupulosamente el orden cósmico establecido. Es decir, los animales, así como cosas inanimadas, deben servir para uso y disfrute de los seres humanos. Y en cuanto a los seres humanos, hay que tener muy clara una cosa: no todos somos iguales. Existen muchas notas, cualidades, facultades, físicas y anímicas, asi como derechos personales y sociales, que nos diferencian notablemente unos de otros en el orden establecido por el Creador, orden sagrado que debemos respetar para que todo funcione como un reloj.
-¿Y qué orden es ése? -preguntó Manuela, bastante desorientada.
-Querida Manuela -trató de explicarle don Dioni-, Felipe, tu esposo, nos ha propuesto una pista que tiene mucho que ver con ese orden del que te hablo. El hombre -como decía Aristóteles...
-¿Onassis? -le interrumpió de nuevo Manuela.
-No, Manuela, el Aristóteles que cito, aunque también era griego, no era armador de barcos, sino filósofo...
-¡Ah!
-Sí. Y decía Aristóteles que el hombre, por naturaleza, es un animal político, nacido para vivir en sociedad. Y en la sociedad, digan y pretendan lo que quieran los revolucionarios, siempre ha habido y habrá estamentos y clases sociales, gobernantes y gobernados, señores y criados, ricos y pobres, ignorantes y cultos... La plebe está muy equivocada. Protesta y reniega de los poderosos, capitalistas, patronos y personajes sobresalientes por sus cualidades naturales o adquiridas, tachándolos de injustos, esclavizadores, aves de rapiña y otras lindezas. No se dan cuenta de que, cuanto más ricos y poderosos sean esos capitalistas -que son quienes mueven el progreso económico-, más beneficiados resultarán ellos, pues tendrán más trabajo y mejores salarios.
-Sí, señor -aprobó don Rosendo el reverendo, deslizándose el índice por el borde del alzacuello-. Por suerte o por designios de la Providencia divina, a unos les ha tocado abajo y a otros arriba. ¿Es eso injusto? No. El evangelio lo dice muy claro: "Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos". ¿Qué más queremos? Cuando todo el mundo se convenza de sus limitaciones personales y se conforme con la paga asignada según sus circunstancias y capacidades, el mundo funcionará con la mayor armonía y prosperidad.
-Así es, así es -corroboró don Servando, tamborileando como si interpretara la tocata y fuga en re menor de Bach.
-¡Don Dioni ha dado de lleno en la diana! -exclamó Adolfo Lucero, levantando el brazo y sacudiendo el índice tres veces- La plebe no reconoce el gran favor que se le hace. Ni el beneficio inmenso que les prestamos con nuestra providencial intervención en la guerra civil, para restablecer el orden al que se refiere don Dioni. Ya veremos en qué acaba la ansiada, aplaudida y vitoreada democracia que el numeroso e ignorante rebaño de cabestros nos ha impuesto por los cuernos.
-No te preocupes, Adolfo -le reconfortó don Narciso Soñodor, acariciándose la melena entrecana con una mano y, con la otra, la cadena de oro que centelleaba en su cuello-. Por muy farruco que se pongan febrero y marzo, la primavera acabará sonriéndonos. ¿Verdad Verónica? Ja, ja, ja -dijo, mirando a la joven primero y luego a Felipe.

A Verónica se le subió el pavo. Felipe miró fugazmente a Verónica, sonrió y luego hizo una indicación a las comadres y al dúo Pipi-Rana:
-¿Qué os pasa, que estáis tan sositos? -bromeó viéndolos cotorrear, sentados en el borde de la tarima.
-¿Nosotras sositas? -contestó una de las comadres- Será porque tenemos la garganta seca como si hubiéramos comido polvorones de estopa. ¡Vamos Leandro, mi arma, abre el grifo, que no somos de secano!
Como impulsados por un resorte, los sirvientes -Delia y yo incluidos-, corrimos a reponer refrescos, licores y aperitivos deliciosos. De inmediato el tono algo tenso, que había alcanzado la tertulia, se distendió por ensalmo.
Las bullangueras comadres y el dúo Pipi-Rana saltaron sobre el tablao, iniciando otra ronda de cante y baile, mientras el resto de invitados seguía con su tertulia.
A Marcelina se la veía radiante y feliz, consciente de su importante papel en el éxito de la fiesta, presta a satisfacer el deseo más insignificante de los invitados. En un momento en que me senté junto a Delia en un banco próximo, sorprendí a su madre mirándonos, complacida, mientras cuchicheábamos con evidente complicidad. Delia, alegre y divertida, se reía con mis comentarios sobre aquella panda de tañedores de cornamusas engolados, dispuestos a defender, a cualquier precio, su privilegiada posición social.

-¡Bravo! -gritó don Wenceslao, conde de Breva Bravía, aplaudiendo al grupo folclórico, aclarándose la garganta con un buen trago de ponche soberano y, a renglón seguido, continuando con el tema que tenía entre manos- ¿Y qué me decís del futuro de tantas joyas de nuestra rica, ancestral y envidiada cultura española, como es el flamenco y otras muchas? Esta democracia, que se nos ha colado por culpa del chocheo de quien todos sabemos, acabará con nuestra cultura y nuestras costumbres. Si no hacemos algo para evitarlo, España perderá su folclore y su glamur como perdimos Cuba y Filipinas. Nos quedaremos sin sanfermines, sin procesiones de semana santa, sin fallas, sin empalaos, sin cabras ni pavos desfenestrados desde la torre, sin toros embolaos, sin tomatinas, sin calderetas de vaquillas linchadas, sin Jauja, sin Babia, y hasta sin la fiesta nacional por excelencia: las corridas de toros.
-¿Sin Babia también? -preguntó Manuela, con aire distraído, arrancando una carcajada general.
-¡Alto ahí! -exclamó el torero Bollico, poniéndose de pie, cubata en mano y exhibiendo varias lámparas de cocacola en su traje, níveo y ajustado como un carámbano caliente- ¿Prohibir las corridas de toros? ¡Eso nunca! ¡Hasta ahí podíamos llegar!
-Es lo que antes os comentaba -volvió a intervenir don Dioni, el filósofo pomposo-, mala es la ignorancia, pero peor aún es llenarse la cabeza con teorías peregrinas, por muy actuales y de moda que estén. Digan lo que quieran los ecologistas y teatreros defensores de los animales, éstos siempre estuvieron y estarán al servicio pleno del hombre. Para eso han nacido: para servirnos de alimento, utilidad y diversión. La naturaleza ha sido organizada así por el Creador, guste o no guste a mentalidades timoratas. En ella rigen leyes inexorables, violentas y crueles, pero eficaces y necesarias. ¿Sabéis lo que os digo? Que no tenéis nada que temer. Ya veis lo que está pasando en la Unión Soviética: al fin se están dando cuenta de que el comunismo es un camelo y la gente corre ya al capitalismo a la voz de "mariquita el último".

Mientras don Dioni peroraba sobre el tema, especialmente con los del lado izquierdo de la mesa, Felipe charlaba, por lo bajo, con Verónica; mientras Fernanda, la madre de ésta, lo hacía con Manuela, que la escuchaba con sumo interés.
-Deseo, Verónica, proponerte algo. Tu madre -le decía Felipe, señalando a Fernanda con la barbilla, me ha puesto al corriente de tu preparación académica, y tus deseos de trabajar conmigo como secretaria, lo que, en principio, me resulta halagüeño. Pero, primero, debo hacerte un pequeño examen teórico y práctico. El teórico podemos empezar ya a hacerlo, si te parece. El práctico lo haremos más tarde en la oficina...
-¿En la oficina? -le pregunta Verónica con maliciosa sonrisa.
-Sí, claro, ja, ja -rióse Felipe-. Tengo que comprobar que eres una buena taquimeca y que el ordenador no tiene secretos para tí.
-Pues, adelante, ¡cuando quieras! -exclamó Verónica, sonriente y extendiendo las palmas de las manos hacia él.
-Vale, empecemos con literatura. Imagina que tú y yo somos una de tantas célebres parejas literarias. Si yo fuera Calixto ¿tú quién serías?
-¿La Celestina? -contestó Verónica, preguntando con maliciosa sonrisa.
-¡Ja, ja, ja! Esa sería más bien tu madre -añadió Felipe, riendo.
-¿Qué tonterías le cuentas a Vero, Felipe? -le pregunta Manuela, tocándole con el codo.
-Nada. Son cosas nuestras. Tú sigue escuchando las prodigiosas historias de Fernanda -le contesta Felipe, guiñándole el ojo derecho a aquélla.
-Sigamos con lo nuestro, Verónica, ¿Y si tú fueras Julieta, yo quién sería?...

Fernanda, por su parte, gesticulaba para hacerse entender por Manuela:
-Escucha, Manuela, no creas que son fantasías de alucinados, como muchos incrédulos echan en cara a los que las defienden. Las apariciones de santos y fieles difuntos, auténticas y fidedignas, son más frecuentes de lo que la gente piensa, ¿verdad don Rosendo?
-Por supuesto -reconoció el reverendo, cruzando las manos sobre el pecho-. La iglesia ha declarado como auténticas y milagrosas sólo unas pocas, pero eso no quiere decir que no se hayan dado y se sigan dando otras muchas merecedoras de su reconocimiento, aunque se mantengan en el anonimato.
-Pues, no vais a creerme -continuó Fernanda, inclinándose sobre la mesa y acercando al máximo la cabeza hacia Manuela y don Rosendo, al mismo tiempo que rodeaba su boca con las manos para hacerse entender mejor sin desgañitarse-, pero os juro que yo, frecuentemente, me comunico con personas difuntas y santos que se me hacen presentes, tras realizar determinados rezos y ritos. Y no sólo lo consigo para mí, sino también para personas que me lo piden con verdadera fe y religioso fervor.
-¿En serio, Fernanda? -preguntó Manuela con visible sorpresa e interés- ¿Es eso posible, don Rosendo?
-¿Por qué no? -manifestó el reverendo, respaldando a Manuela con talante firme y razonamiento autorizado- Cosas más difíciles pueden alcanzarse con la fe. Ya lo dijo Cristo: "Si tuvierais fe, diríais a esa montaña: arráncate de raíz y plántate en el mar, y la montaña os obedecería". Pero ¡qué difícil es rezar con verdadera fe! ¿Verdad, Fernanda? Ji, ji, ji.
-¡Ay, si yo pudiera ver a mi madre y comunicarme con ella, Fernanda! -exclamaba Manuela, indicando, con gestos, que el ruido le impedía oír bien- Por favor, Verónica, ¿no te importa que nos cambiemos el asiento?
Verónica, sonriéndole y alzando la mano, se levantó y fue a ocupar la silla de Manuela, cruzándose con ella.

El ruido iba en aumento, por lo que hice un supremo esfuerzo de concentración - como en el orfanato- para aislar las voces de Fernanda y Manuela del bullicioso jolgorio que las envolvía.
Delia -cariñosa e indiferente a las curiosas miradas, en especial la de Felipe-, posó su mano sobre mi hombro.
-Escucha, Manuela -oí que le decía Fernanda-, a los espíritus que moran en el más allá, no les gusta presentarse en lugares bulliciosos o concurridos. Por eso, si deseas ver a tu madre, deberás salir de tu aposento esta misma noche a las dos y media de la madrugada y marchar, rezando el rosario, por el camino que atraviesa el olivar, hasta la plazuela del pozo y el abrevadero, que están a dos kms. de aquí. Una vez que llegues, te sientas en el poyete de piedra de la plazuela, enfrente del abrevadero, y continúas con el rezo. Entonces aparecerá tu madre. Tú dile a Felipe que se trata de una promesa que has hecho por el eterno descanso de ella. Él lo entenderá.
-¡Qué ilusión Fernanda! No sé si podré soportarlo. Me va a resultar muy duro esperar hasta las tres.

¿Qué se propondría Fernanda con semejante fábula? ¿Tan estúpida era Manuela para creérsela? Yo estaba en ascuas. No comenté nada a Delia, pero ella debió notar mi ánimo exasperado.

Luego observé a Felipe hablándole a Verónica con expresión melosa y casi rozándole la cara con los labios. Me resultaba muy difícil captar su conversación, por lo que realicé un nuevo esfuerzo de concentración y volví a apretujarme la cabeza con ambas manos. Delia, preocupada, me masajeó la espalda. Al fin pude enterarme de lo que hablaban:

-El mundo es una farsa, querida Verónica -le adoctrinaba Felipe-. Ya lo estás viendo y escuchando aquí, sin ir más lejos. Más listos o más tontos, en el fondo todos buscamos lo mismo: el provecho propio, aunque sea por distintos caminos y poniéndonos la máscara que, en cada momento, creamos más oportuna. Pero también hay cosas que no ofrecen duda alguna, como es que tú eres joven y, si te falta experiencia, te sobra belleza y espíritu resuelto; tres puntos muy importantes para trabajar conmigo. No te arrepentirás de hacerlo, te lo prometo.
-Pero... ¿y Manuela? -preguntó, Verónica, tímidamente.
-A Manuela ya la ves, escuchando con ojos asombrados, los cuentos que tu madre se inventa. Lo que yo necesito de una mujer ella no me lo da. Por eso te pido, preciosa Verónica, que me complazcas trabajando conmigo y ... mostrándote afectuosa -le susurró de forma casi imperceptible-. ¿Te parece bien?
-Sí, ¿por qué no? Soy consciente de que, muchas veces, han fracasado grandes hombres por culpa de las actitudes mojigatas y mentalidades torpes de sus parejas.
-Así, así me gusta que te manifiestes, Verónica: realista, clara y segura. El tiempo es oro, por eso, esta misma noche, cuando los invitados ya se hayan marchado, tú y tu madre os hacéis las remolonas, de manera que a las 2:30 salís de La Cortijá en el coche de tu madre, claro está. Cuando lleguéis a la altura del ala aquella del edificio -dijo Felipe, señalando a su derecha-, tu madre detendrá el coche; tú te bajas y entras por la pequeña puerta de chapa, pintada de negro, que se abre en el muro que da al campo.
-Sí, ya me lo detalló mi madre. Me dijo que tú estarías esperándome detrás de la puerta.
-Exacto. Allí existe un pequeño y confortable aposento, en el que tendremos nuestro feliz encuentro. Tu madre seguirá con el coche, por la carretera que rodea el olivar, hasta el pozo, en donde habrá de atender a las necesidades espirituales de Manuela, ¡ja, ja, ja! ¡Ay, la pobre...! Pero, a ver, así es la vida, ¿no te parece, Verónica?
-Por supuesto, Felipe, la vida hay que disfrutarla a tope...

-¡Vámonos , rápido, de aquí! -le pedí a Delia, levantándome del banco- ¡Vámonos, pues siento que voy a convertirme en hombre lobo de un momento a otro!
-¿Pero qué tonterías se te ocurren, Ari? Espera un poco, a ver en qué acaba lo de la pista y la sorpresa prometida por Felipe.

Volví a sentarme y, en aquel instante, vi a Manuela rodeando la mesa para ir a sentarse junto a Felipe, y a Verónica cediéndole la silla.
El ambiente de la fiesta se había caldeado de manera que Marcelina, Leandro y las chicas no daban abasto, sirviendo bebidas y aperitivos, en medio de un estrépito de cantes, taconeos, palmas, risas y conversaciones a grito pelado.
Verónica fue a sentarse junto a su madre que la recibió con sonrisa de oreja a oreja y una batería de preguntas. A Manuela, ya al lado de Felipe, la sorprendí mirándonos detenidamente y luego cuchichear con él. Una vez más precisé concentrarme al máximo para captar su conversación:

-¿Qué te pasa, Manuela? Te veo inquieta.
-Como para no estarlo. ¿No te das cuenta del espectáculo que está dando Aarón con esa mosquita muerta, la hija de Marcelina?
-¿Con Delia? ¿Y qué hacen?
-Parece que estás en Babia, Felipe. ¿Es que no tienes ojos? Aprovechando el barullo, Aarón no deja de sobarla, hacerle carantoñas y besuquearla. Ya hace varios días que los he sorprendido charlando muy acaramelados. Esto hay que cortarlo, Felipe, antes de que esos flirteos terminen en una relación seria. No podemos permitir que Aarón acabe casándose con la hija de Marcelina, una criada a fin de cuentas. ¿Qué estarán diciendo nuestras amistades? No podemos consentir que nuestro patrimonio vaya a parar a manos de unos criados.
-¿Y qué podríamos hacer para alejar a Delia de Aarón y viceversa?
-Lo que sea preciso. Habla con él, claramente, y ponle las cartas boca arriba.
-A ver... -dijo Felipe, tras una pausa- Se me ocurre una solución. Creo que lo mejor sería enviar a Aarón a Inglaterra para que haga allí la carrera de administración de empresas, que él se había propuesto empezar aquí en octubre. Le haré ver la ventaja y prestigio de obtener el título en "yunait kingdon", al mismo tiempo que consigue un buen nivel de inglés. Y, por supuesto, tendremos que despedir a Marcelina, para que su hija tampoco vuelva a aparecer por aquí. Mañana mismo hablaré con Aarón y con Marcelina.

Vi transfigurarse el rostro de Manuela ante la decisión de Felipe, como si hubiera sido liberada de una horrible pesadilla, lo que, quizás, la animó a revelarle su recién contraída promesa:
-¿Me dejas que te confíe un secreto?
-¿Un secreto? Creía que entre nosotros no había secretos, ja, ja.
-Temo que te lo tomes a risa, como todo lo que se refiere a mis devociones religiosas...
-Por favor, Manuela, ¿cómo voy a reírme de tus creencias y prácticas religiosas? ¿Por quién me tomas? Háblame con toda confianza.
-Es que... he conocido a una vidente que me ha asegurado que, si realizo determinadas prácticas, con fe firme y sincera, podré ver y hablar con mi difunta madre.
-¡Ah! -exclamó Felipe, fingiendo sorpresa- Lo creo, lo creo, tratándose de tí. A mí, en cambio, me resultaría imposible, pues mi fe es enclenque y desmoronable como una torre de arena en la playa. ¿Y cómo lo lograrás?
-No puedo darte muchos detalles, pues es una de las condiciones para que la aparición se produzca. A los espíritus les asusta que se entrometa un tercero, con mayor motivo si es descreído y burlón. Lo que sí puedo revelarte es que esta noche, a las dos y media, saldré a dar un paseo en solitario y no volveré hasta las cuatro de la madrugada.
-¡Vaya, qué trasnochadores son los espíritus! Ánimo, Manuela, acude a esa cita con los de ultratumba que, no dudo, va a hacerte mucho bien. Sólo te pido que, cuando vuelvas, no hagas mucho ruido, ya que mañana me toca madrugar.
-Gracias, Felipe, no sabes con qué ilusión e impaciencia espero este encuentro con mi madre. Cuando vuelva a repetirse, ya te avisaré, pues, según me ha asegurado la vidente, recibiré una llamada con antelación y siempre se aparecerá en el mismo lugar de esta finca. Prométeme que de esto no dirás nada a nadie.

Sentí que la cabeza me estallaba, apreté los puños y grité al cielo con furia y desesperación. Delia me miraba con ojos alucinados y me repetía:
-¿Qué te pasa, Ari? Estás temblando y muy pálido. ¿Te sientes mal?
-No, querida -le contesté recuperando la serenidad, poniéndome de pie y cogiéndola de la mano-, no me siento mal, todo lo contrario, me siento poderoso y aniquilador como una bomba atómica a punto de estallar.
-Por favor, Ari, no me asustes. ¿A dónde vamos? ¿No ves con qué ojos nos observan los invitados? ¿Qué es lo que te pasa?
-Dentro de unos días lo entenderás, Delia. No quieren que nos queramos. ¡Que se jodan!

Marcelina nos hacía señas para que fuéramos junto a ella. Pero Leandro -bandeja en mano, con varios cócteles encima, y moviéndose al ritmo del pasodoble que cantaba y bailaba el coro- se acercó hasta nosotros y nos animó a tomar una copa. Delia no quiso. Yo me bebí, de un trago, un cubata de ron. Seguí avanzando, sin vacilación, llevando de la mano a Delia hasta llegar al tablao. Los invitados estaban pendientes de nuestra actuación sin pestañear y conteniendo la respiración. Adivinando mi intención, las comadres despejaron el tablao. Subimos de un salto y y nos plantamos en el centro. Durante unos instantes se impuso un silencio absoluto. Todas las miradas convergían sobre nosotros. Yo abracé a Delia, la incliné hacia atrás y le planté un largo beso en los labios, arrancando un ¡oh! general de admiración y sorpresa, seguido de un murmullo de comentarios desaprobadores. Vi a Manuela taparse los ojos y a Felipe mirar hacia otro lado. Las comadres trianeras reaccionaron espontáneamente con un acalorado aplauso, y el dúo Pipi-Rana inició el Vals de las mariposas. Las comadres, en seguida se unieron a ellos. Gracias a Delia, la actuación resultó aceptable, a pesar de mis traspiés, saltos imprevistos y piruetas, devolviendo a la fiesta el ambiente bullanguero.
Bollico, el torero, improvisó una exhibición de pases taurinos -con un capote que encontró Juanita-, toreando a Pipi y a Rana que embistieron con inspirado estilo. Los tres terminaron en la piscina, en paños menores. Don Narciso Soñodor recitó versos, recién cortados en su huerto lírico, aunque de rancias nostalgias.
Leandro, Marcelina, Juanita y Lola no descansaban, sirviendo cócteles que se inventaban sobre la marcha, de sabores exóticos, tan sorprendentes y explosivos que, en un momento, transformaron la reunión en un delirante carnaval.

Inesperadamente vemos a Adolfo Lucero que, con el rostro llameante y fumando un puro, sube al tablao, levanta los brazos y brinca, como si fuera a bailar una jota, mientras grita, frenético, con el mayor ímpetu y fuerza de sus pulmones:
-¡Escuchadme todos un momento! Tengo que comunicaros que acabo de descubrir cuál es la sorpresa a que se refiere la pista que nos ha dado Felipe. ¿Queréis que os la revele?
-¿Estás seguro, Adolfo? -le gritó Felipe, desde la mesa, riendo- Que sepas que, si no aciertas, te echaremos a la piscina, vestido y con zapatos, ja, ja, ja.
-Tan seguro estoy de que esa sorpresa es consecuencia lógica de lo que se dice en los versos que nos han cantado, como de que el agua del Guadalquivir, que ha pasado una vez por Sevilla, cuando llega al mar desea volver eternamente, una y otra vez, a pasar bajo el puente de Triana.
-¡Y olé!, ¡así se habla! -le aclamó Narciso Soñodor.
-¡Muy bonito, don Adolfo! ¿Y cuál será entonces la sorpresa que os he propuesto para adivinar?
-preguntó Felipe.
-Está claro -trató de explicar Adolfo Lucero-, tú Felipe, como la mayoría de los que estamos aquí, recordamos con gran afecto y nostalgia a aquella España de los años cincuenta. Y, como el agua del Guadalquivir cuando llega al mar, quisiéramos que aquella dorada época volviera a reaparecer en un eterno retorno. ¿Y cómo hacer realidad esa legítima aspiración o, por lo menos, aproximarnos un poco a ella, dentro de este circo al que llaman democracia? Muy sencillo: creando un partido que recoja fielmente el espíritu, ideales e ímpetus de los artífices de la España de los cincuenta. No me cabe duda de que ésa es la extraordinaria sorpresa con que tú has querido coronar esta magnífica reunión: tu intención de formar con nosotros, tus amigos incondicionales, un partido político con esas sagradas consignas. ¿No es así, Felipe?
-¡Increíble, Adolfo! Me has leído el pensamiento. ¿Cómo te las has arreglado? Es exactamente la sorpresa que quería daros. Sí, os invito y ruego a que os integréis en el partido que tengo en proyecto. Se me ha ocurrido, convencido del vibrante patriotismo y comunidad de ideales que nos anima a cuantos estamos aquí. Ha llegado el momento de que devolvamos a España su verdadero rostro y saquemos provecho al cúmulo de energías acumuladas y reprimidos impulsos por defender nuestros derechos y privilegios, conquistados desde tiempos de don Pelayo, por lo menos.
-¡Bravo, Felipe, estamos contigo! ¡Cuenta con nosotros! ¡Venceremos!
Durante unos minutos los invitados arremolinaron el aire tibio de aquel atardecer con gritos, agitación de pañuelos y aplausos de apoyo a Felipe.
-¡Gracias, amigos, gracias Adolfo! ¿Y cómo podríamos llamar a nuestro futuro partido? -preguntó Felipe.
-¿Qué os parece si lo bautizamos con el nombre de Suspiros de España? -propuso Narciso Soñodor, el poeta.
-Muy acertado, Narciso. Ese nombre le cuadra como anillo al dedo -alabó Felipe.
Y, acto seguido, Pipi y Rana, entonaron el pasodoble Suspiros de España , que todos corearon y bailaron con manifiesta emoción.

A eso de las dos de la madrugada los invitados comenzaron a despedirse y se fueron marchando de la finca.
Delia y yo salimos fuera de la verja y estuvimos contemplando la marcha divertida y escandalosa con que salían desfilando los invitados, realzada con la clara luminosidad de la luna llena, desde el mirador, discretamente camuflado entre acebos y limoneros, que hay junto al arranque del camino que atraviesa el olivar.
Cuando ya se habían marchado todos los invitados, incluidas Fernanda y su hija, así como el personal de servicio, vimos a Felipe y a Manuela que salían también fuera de la verja.
-Mientras tú vas a cumplir con tu promesa, yo voy a estirar las piernas y en seguida me acuesto -decía Felipe a Manuela.
Él se dirigió rápido, por la derecha junto a la verja, a verse con Verónica, claro está. Manuela, en cambio, torció a la izquierda al camino que va hacia el pozo del olivar.
De momento yo no había comentado nada a Delia sobre la conversación escuchada a Felipe y Manuela sobre nosotros y su madre. En aquella noche privilegiada no quería empañar el fulgor de su hermosa sonrisa, que hacía sentirme el hombre más feliz del mundo.
Fue entonces cuando, tras besar apasionadamente a Delia, la invité a presenciar algo insólito que iba a tener lugar muy pronto, junto al pozo del olivar.

-Vamos, Delia, a divertirnos un rato espiando a Manuela. Corramos hasta el pozo, sorteando los olivos.
-No entiendo nada, Ari. Actúas de forma extraña.
-Delia, querida, no sé cómo explicártelo.Vivimos en un mundo de locos, o quizás sea yo el único loco del mundo, pero, por más que le busco sentido a esta vida, no lo encuentro por ningún lado. Cualquier sueño hermoso y esperanzador acaba, tarde o temprano, haciéndose añicos. Tú has aparecido ante mí, como una tabla salvadora en este océano embravecido, y me la quieren arrebatar.
-Por favor, Ari -me susurraba con voz entrecortada, mientras corría a mi lado esquivando olivos y saltando por encima de abultados terrones-, me estás asustando. No pareces el chico alegre y despreocupado que conocí. ¿Por qué te muestras ahora tan pesimista y desconfiado con la gente?
-Dentro de pocos días lo acabarás de entender. De momento vas a ver algo que te ayudará a descubrirlo.

En cinco minutos llegamos a la altura de la plazoleta, formada por un ensanche del camino que desemboca en la carretera comarcal, al final del olivar. Muy cerca de aquélla el terreno se eleva en cuesta hasta dos metros de altura, originando una pequeña terraza, flanqueada por dos higueras. Subimos a aquel refugio que - por su altura, la luna llena y las higueras- era ideal para mi propósito: poder observar, en un radio de cien metros, sin temor a ser descubiertos. Desde allí distinguíamos la plazuela con todo detalle: en el centro el pozo de agua ferruginosa, con brocal jaspeado y arco de artístico hierro forjado; bordeando el lado izquierdo de la plazoleta, se levanta un muro de piedra con un poyete adosado; y, al otro lado, un abrevadero.

En seguida descubrimos el jeep blanco de Fernanda, disimuladamente aparcado entre dos olivos, en un entrante de la carretera.
A los pocos minutos vimos acercarse a Manuela, con el rosario balanceando en la mano y moviendo el otro brazo, de dentro afuera, como si sembrara. Debía de sentirse fatigada pues, una vez en la plazuela, corrió a sentarse en el poyete, donde continuó con su rezo.
La blanca palidez de la luna, que desteñía el vestido de Manuela y acentuaba la morbidez de sus piernas y brazos desnudos, añadido a la dolorida expresión que las violáceas ojeras del maquillaje daban a su rostro, hicieron que Delia se estremeciera y me susurrara:
-¿Qué le pasa a Manuela? Su aspecto infunde terror.

Repentinamente vimos entrar en la plazuela, surgiendo de detrás del muro, la figura algo encorvada de un fraile, con la capucha cubriéndole la frente. Se acercó al pozo y, dejando sobre el borde un ramillete de olivo, accionó la garrucha y subió un cubo con agua. Manuela se dejó caer de rodillas, exclamando con voz temblorosa:
-¿Quién eres tú, con ese hábito de fraile?
-¿No me has reconocido, Manuela? Soy Felisa, tu madre. Desde que ocurrió mi muerte, hace diez años, me desvivo por no alejarme un palmo de mi familia, haciendo malabarismos para que os deis cuenta de mi presencia y de mi angustiosa necesidad de comunicarme con vosotros, especialmente contigo, hija. Pero vosotros, ni caso.
-¿Y por qué esa angustia?
-¡Ay! Porque los que seguís viviendo físicamente en la Tierra desconocéis las necesidades de los que hemos muerto, como vosotros decís. Pensáis que, una vez muerto el vivo, aquí paz y allá gloria. Pues no. Cada cual tiene su particular historia tras la muerte. En mi caso, y a pesar de mi fe en Dios y de mi religiosidad, aún no me han concedido el descanso eterno en el paraíso.
-Pero, madre, eso no es justo. Tú fuiste una viuda santa y virtuosa, de comunión diaria y dirigida espiritualmente por el padre Nicanor, muerto en olor de santidad...
-¡Ay, hija, el juicio y aprobación de los humanos sobre los difuntos suele diferir mucho del que tienen allá arriba! ¡El padre Nicanor! Menudo elemento. Sí, muy santo pero muy astuto y con mucha lascivia, que me sedujo y gozó de mis encantos a mis cincuenta y tantos años. Debido a su sacrílega y alevosa acción (pues, desde entonces, acentuó sus santurrones modales y ascética conversación), cuando murió, un año antes de que yo lo hiciera, fue derechito a vérselas con Pedro Botero. Por voluntad vuestra, a mí me amortajaron con este hábito que él había vestido, creyendo que para mí sería el mejor pasaporte que me abriría las puertas del cielo. ¡Qué equivocación! Este hábito es como una cadena que tiene esclavizado a mi espíritu y no le deja volar al paraíso. Imagínate, Manuela, mi triste y desgraciada situación.
-¡Es terrible, madre! ¿Y qué puedo yo hacer para remediar tu desgracia!
-Una cosa muy simple, hija: lo que esta noche acabas de hacer, venir hasta aquí rezando el rosario desde La Cortijá, cada vez que escuches mi llamada.
-¡Ah, sí! Ya me lo explicó Fernanda, mi amiga la vidente.
-¿Fernanda? Ya, ya. Hazle caso, Manuela, que lo que ella dice es el puro evangelio.
-El problema es que Felipe tendrá que traerme a La Cortijá cada vez que me avises para otra aparición y deberé explicarle el motivo...
-No importa. Le dices la verdad. Él respetará tus obligaciones filiales, tus creencias y devociones. Cada vez que me aparezca a ti, observarás que este hábito va menguando hasta su desaparición total. Ése será el bendito día de mi completa liberación. Entonces me mostraré a ti cara a cara, sin velos ni capuchones.
¡Ay, madre, qué feliz me haces con tu visita, aunque también siento mucha pena por la penitencia que te queda por cumplir!
-Si tú eres feliz, lo demás no importa. Además, estos paseos te vienen bien para bajar el colesterol.

Finalmente, Felisa tomó la ramita de olivo, la mojó en el agua del cubo y roció con ella a Manuela, haciendo la señal de la cruz, mientras le decía:
-Que Dios te bendiga como yo te bendigo. Adiós, hija.
Felisa se dio media vuelta y desapareció por detrás del muro de piedra. Manuela se santiguó y se cubrió los ojos con las manos, gimoteando. Momento que Delia y yo aprovechamos para escapar de aquel refugio y volver corriendo por donde habíamos venido.

-¿Qué te ha parecido, Delia? -le preguntaba sin dejar de correr.
-Increíble. De verdad que me resulta inexplicable. ¿Es posible que haya sido una aparición auténtica?
-Ja, ja. Por favor, Delia. Por supuesto que para Manuela ha sido muy auténtica pero, en realidad, sólo ha sido una farsa grotesca y cruel, obra de personas muy allegadas a ella. Pero no siento la menor compasión ni por Manuela, ni por Felipe.
-¿Cómo dices eso de tus padres adoptivos?
-Porque ellos y cuantos integran su círculo de amistades no son más que tañedores de cornamusas engolados y con muy mala luva. Ya me darás la razón mañana mismo. Delia, siento preocuparte con mis palabras, cortantes como dientes de piraña. Reconozco que soy más peligroso que todos ellos, porque estoy convencido de que el final de cuanto nos rodea y el final de cada uno de nosotros es la aniquilación absoluta y... ¡cuanto antes desaparezca todo, mejor!
A ellos, aunque hipócritamente manifiesten lo contrario, no les importa mucho lo que haya después de muertos. Lo que sí les interesa es disfrutar al máximo, ellos solos, en esta existencia terrena, explotando a los demás.

-Es tremenda tu historia, amigo -le interrumpió don Quijote, poniéndose de pie y haciendo, a continuación, varias flexiones-. Y tan larga que me temo que aquí nos van a dar la una, las dos y las tres de la madrugada de la próxima nochevieja. Por lo que le propongo -si no es mucho pedir y no hay óbice ni riesgo de ocasionar detrimento a la integridad sustancial del relato- que abrevie al máximo, suprimiendo lo que considere accesorio.
-¡Eh, eh, eh! -protestó Aarón- A ver qué tiene que alegar el del mono morado, que más parece cobrador de Santa Lucía que enderezador de entuertos. Yo no os he invitado a subir aquí a escuchar mis discursos. Si os parece larga y pesada mi historia, más me ha resultado a mí el vivirla. Si no queréis escucharla, largaos por donde habéis venido.
-Perdone, don Aarón -trató Samuel de amansarlo con el mayor tacto y miramiento-, él sólo ha pretendido evitarle una excesiva pérdida de energías.
-Mis reservas de energías son inagotables, para mi desgracia -contestó, tras darle otro afectuoso tiento a la botella de whiski.
-Y las nuestras para escucharle -replicó don Quijote- no tienen nada que envidiar a las suyas, pues están a prueba de años, que ya pasan de quinientos.
-Hum, hum... -carraspeó Aarón, con bastante mosqueo- En adelante relataré telegráficamente cuando lo crea oportuno y me extenderé lo que me parezca, cuando me venga en ganas. ¿Entendido?
-Perfectamente -coreamos los tres como dóciles pupilos.

-Bien -continuó Aarón-. A otro día de la fiesta, ya en la casa de Sevilla, me llamó Felipe a su despacho. Y con modales extremadamente atentos y afectuosos, me invitó a sentarme y escuchar el plan que había pensado sobre mi futura carrera universitaria, con el asesoramiento de don Dioni, don Narciso y demás lumbreras. Sacó de una carpeta varios folios y me leyó el plan que ya había puesto en marcha, sin opción por mi parte a suprimir o cambiar ni una sola coma. Había decidido que yo estudiara dirección de empresas en Londres, en un prestigioso centro privado, y morara, durante el curso, en una afamada residencia de estudiantes.
Era la una de la tarde y Felipe ya había recabado información y hecho todas las gestiones para matricularme y solicitar plaza de residente. Trató de convencerme sobre las ventajas de estudiar en Londres. Los auténticos motivos de su decisión se los calló, aunque yo sí los conocía muy bien.
A otro día, también me enteré de que Felipe había despedido a a su secretaria Elena, bajo el peregrino pretexto de que ella se limitaba a trabajar estrictamente las horas normales de la jornada, negándose a realizar horas extras. Por esa razón la había sustituido por Verónica, presta siempre a complacerle. Y lo más injusto y reprobable fue que despidiera también a Marcelina, esa mujer que durante muchos años había sido el motor de aquella casa, y sin otro móvil que el de hacer imposible mi relación con Delia. Aquélla fue una fechoría infame, ruin, injustificable y explosiva, que despertó y desencadenó, en las mazmorras interiores de mi ser, a mis antiguos y devastadores demonios con redoblados impulsos. A pesar de todo, en aquellos momentos no sólo contuve mi incendiario estado de ánimo a punto de estallar, sino que, incluso, tomé la determinación de aceptar, sin réplica alguna, todo cuanto Felipe decidiera.
Para engatusarme, Felipe me abrió una cuenta bancaria con un capital de tres millones de pesetas, del que podía disponer con mi tarjeta de crédito; y también me dijo que las navidades las pasaría en Sevilla.

El 20 de septiembre volé a Londres. En el aeropuerto me esperaba un empleado de la residencia. Desde el primer día me propuse estudiar seriamente, observando la disciplina establecida. Ni yo me reconocía a mí mismo. Algunos colegas bromeaban llamándome "beatus vir". ¡Ja, ja, ja! Qué engañados estaban. En cuanto les enseñé los dientes, un par de veces, se dieron cuenta de que se habían equivocado de tipo. El mes de octubre pasó rápido y entretenido con las nuevas experiencias de cada día.
El 1 de noviembre, día de Todos los Santos, cayó en jueves, pero en Inglaterra no era día festivo, por lo que transcurrió como cualquier otro. Mas el día de los Difuntos, el 2 de noviembre...

Aarón detuvo su relato un momento, con la vista perdida en el lejano horizonte. El mar, ahora embravecido con el soplo borrascoso de poniente, apenas se distinguía de los negros nubarrones, recorridos por cegadoras culebrinas.
-¿Qué pasó el día de Difuntos, Aarón? -inquirió Samuel que, como Don Quijote y yo mismo, adivinábamos, en sus ojos y semblante, una sombra que envolvía su espíritu como un opaco sudario interior.
Una vez más, Aarón acarició la botella, dando fin a la zarandeada y corta vida de ésta. Un rayo, rápido, afilado y cegador como un rejón de fuego, se hundió en el mar, a pocos kilómetros de donde nos hallábamos, siguiéndole un trueno rotundo, que hizo tambalearse la repisa de tablas que nos sostenía.

-Aquel día de Difuntos -relató, al fin, Aarón-, cuando volví de clase a la residencia, uno de los encargados de recepción me dijo que el director me estaba esperando en su despacho.
-¿Para qué? -pregunté, impaciente.
-El director -continuó Aarón- me rogó que me sentara. Luego me observó detenidamente y sin pestañear, por espacio de un minuto. Yo le hice frente, desafiando su mirada con altivez. Luego juntó las manos y, apoyando los codos sobre la mesa, me dijo que, hacía media hora, habían llamado desde mi casa de Sevilla para darme una terrible noticia: Felipe y Manuela habían sido encontrados muertos, por arma de fuego, en la finca de La Cortijá.

Yo continué mirando al director, sin muestras de congoja ni de sorpresa.
-¿Has entendido, Aarón? Tus padres han sido asesinados. Es tremendo. Lo siento muchísimo. Debes ir a casa, a Sevilla. Esta misma tarde tomarás el avión.
-De acuerdo -le contesté-, iré esta tarde. Supongo que deberé suspender mis estudios por una temporada...

Llegué a la casa de Sevilla, hacia las ocho de la tarde. La consternación y congoja se habían apoderado de todos los allegados de Felipe y Manuela: personal de servicio, empleados de la almazara y amigos. Al verme, todos me abrazaban y manifestaban sus condolencias; de manera especial Fernanda y su hija Verónica, quienes, en seguida me acompañaron hasta el despacho de Felipe, donde me contaron cuanto ellas habían comprobado personalmente y habían podido averiguar hasta el momento.
-Esta mañana -explicó Verónica- llegué aquí a las ocho, como todos los días. Me abrió Leandro que ya había iniciado sus faenas diarias de limpieza. Entré en el despacho y me puse a ordenar y recopilar los documentos que Felipe precisaba para una reunión que iba a tener con los encargados de la almazara. Felipe, habitualmente, se presenta en su despacho a las nueve en punto. Pasó media hora y aún no había aparecido. Pregunté a Leandro si Manuela se había ya levantado, pues tampoco había ido a la oficina a darme los buenos días, como solía hacer. Leandro subió a las habitaciones del matrimonio y comprobó que no estaban allí. Luego fue al garaje y tampoco vio el coche de Felipe. Llamé por teléfono a la almazara y me dijeron que allí no estaban, ni conocían su paradero. Pensé entonces que, quizás se habían acercado a la Cortijá, por algún motivo. Llamé al teléfono de allí, sin resultado alguno. No sé por qué, aquella ausencia de ambos me dio mala espina. Empecé a preocuparme y a ponerme nerviosa, por lo que llamé a casa. Mi madre, para tranquilizarme, me dijo que quizás habían aprovechado la fiesta para pasarla en algún sitio y se habían entretenido. No obstante, en seguida se presentó mi madre con su coche, y nos fuimos a La Cortijá.
-¡Dios santo! -exclamó Fernanda- El cuadro que nos encontramos ante la verja del edificio fue espeluznante. Felipe yacía, boca arriba, junto a la puerta de hierro, con un disparo en la frente sobre un gran charco de sangre, agarrándose la cabeza con las manos, y la llave caída junto a su mano derecha. Y Manuela, -¡ay, Dios mío! La pobre, hecha un ovillo, junto al coche, al pie de la puerta del copiloto, con un disparo que le había atravesado la garganta, segándole la yugular. Desde el teléfono de La Cortijá avisamos a la guardia civil, a la almazara y a algunos amigos de la casa. Ha sido un día terrible... Junto con el forense y personal sanitario, llegaron los del atestado y policías de paisano, y estuvieron interrogándonos, sacando fotos y buscando pistas. De momento nada han dicho sobre cuál haya podido ser el móvil del crimen. Más tarde, también estuvo aquí la policía. Con la ayuda de Verónica, comprobaron las tarjetas de crédito a nombre de Felipe. Hablaron con el Banco y parece ser que, a las cinco de la madrugada, alguien ha sacado varios miles de pesetas en un cajero de Sevilla, con una de sus tarjetas. No sé como se las habrá ingeniado. Lo que está claro es que el criminal le hurgó en la chaqueta y le robó la cartera.Y lo que no acabo de explicarme es por qué irían Felipe y Manuela a esas horas a La Cortijá...

Durante varios meses -concluyó Aarón- me estuvieron molestando, llamándome a declarar en el juzgado cada dos por tres. Hasta que llegaron a la conclusión de que yo no había tenido nada que ver en ese trágico desenlace. Así me lo notificaron con una resolución judicial en la que además de declarar que estaba libre de todo cargo, se me reconocía heredero absoluto de todos los bienes de Felipe y Manuela, de acuerdo con el testamento que el matrimonio había efectuado ante notario.
Sobre el autor del crimen, nada se pudo averiguar, ni ha llegado a averiguarse. Y ya han pasado 26 años...

-¿Y tú no sospechas de alguien entre los allegados, amigos, criados o empleados de su entorno? -Le pregunté, ingenuo.
-No me hagas reír, chupatintas -me dijo, poniéndose de pie sobre la plataforma-. Todo el mundo es sospechoso, mientras no se demuestre lo contrario.
-Todo el mundo, menos tú, claro está -repliqué, tratando de halagarle-, pues así consta en esa resolución. Y es lógico, tú estabas en Londres la noche del crimen...
-Sí... -dijo, pensativo, Aarón- Curiosamente, a partir de ese día, volví a tener, por las noches, aquel sueño vetusto y reiterativo, en que me veo como una persona intachable, entregado a una profesión que me apasiona, desarrollando brillantes actividades investigadoras y académicas en el campo de la psicología.

De repente, se desató un viento huracanado, acompañado de lluvia, granizo, relámpagos y truenos, que nos obligó a suspender la tertulia. La plataforma de tablas y la visera de plástico se descolgaron del pino y fueron a caer sobre el mullido césped, con Aarón encima. Éste se desembarazó del plástico y corrió como una centella hacia la caravana. A través de la ventana vimos que nos miraba y se reía socarronamente de nuestros desesperados esfuerzos contra el endiablado vendaval. Por fin logramos agarrarnos a la capa de Samuel y nos elevamos por encima de los pinos, precipitándonos, como un meteoro, por en medio del negro nubarrón que se había apoderado del cielo, el mar y la arena en cinco kilómetros a la redonda.
Afortunadamente llegamos ilesos a la cabaña de la playa, aunque nuestros monos quedaron hechos unos zorros, cubiertos de barro y jirones. A pesar de ello nos felicitamos, porque, por lo menos, habíamos logrado conocer otro capítulo de la tortuosa y extraña existencia de nuestro vecino Aarón.

Pero, ¡pobre de mí! En el momento de sentarnos a la mesa, dispuestos a tomar una frugal colación que aliviara el rugir de nuestras tripas (es un decir) y comentar cuanto habíamos escuchado, me apercibí de que mi tesoro, mi colgante de inestimable valor, mi broche grabador-receptor-emisor, no pendía de mi cuello. ¿A dónde habría ido a parar, cielo santo, mi joya merlinesa? ¿Cómo me las arreglaría ahora para contactar con vosotros, mis amigos destinatarios de estos relatos?
Éste ha sido el motivo del prolongado silencio e insufrible demora en enviaros el segundo capítulo. Pero, afortunadamente, aunque tarde -"más vale tarde que nunca", y "nunca es tarde si la dicha es buena"-, os lo he podido enviar, gracias a que, la semana pasada -¡oh ignotos senderos de la aparentemente aleatoria necesidad!-, encontré mi broche emisor, disputándoselo dos hermosos cangrejos con sus atijeradas pinzas, en uno de los corralones de la playa, mientras buscábamos chanquetes y camarones.

Deseo y espero que el tercer capítulo de esta historia os lo pueda enviar en un plazo breve y razonable; dependiendo, naturalmente, de que Aarón quiera colaborar y no surja otro infortunio semejante al acaecido.

Hasta pronto, amigos. Un abrazo. Tinterico.


Leer más…

El enigma del pinar - (Cap. I)

miércoles, 4 de agosto de 2010

-¿Qué le ocurrirá a nuestro amigo Dunscotiano -pregunta Don Quijote, inquieto, en esta tormentosa mañana con que la primavera se despide- que parece haberse olvidado de nosotros, obligándonos a permanecer en la cabaña de la playa, ociosos y entregados a la vida contemplativa?
-No creo que se haya olvidado -opina Samuel, mientras prepara el café y saca de la alacena unas pastitas-. Conociendo como es nuestro amigo, yo achacaría su aparente olvido a que anda bastante liado, tratando de desenredarse de los enredos interiores en que el pobre se mete sin saber cómo ni por qué.
-Sí, me parece que has dado en el clavo, Samuel -le digo yo, sin dejar de contemplar, a través de la ventana, la lluvia menuda y pertinaz que transforma en paisaje nórdico esta playa sureña, normalmente esplendorosa-. De madrugada se me ha encendido el broche receptor con un e-mail de Dunscotiano, para enviarnos afectuosos saludos y explicarnos el motivo de su prolongado silencio: el haber estado ultimando su novela La extraña venganza de Job, que ahora acaba de publicar en la editorial digital Bubok. Y añade que, libre de esa tarea, promete sacarnos, de inmediato, del dolce far niente en que nos hallamos. Lo que significa que ya estamos metidos en otra aventurilla como quien no quiere la cosa...

-¿Y cuándo leeremos esa novela de tan intrigante título? -pregunta Don Quijote, sentándose a tomar el café.
-Si el tiempo sigue forzándonos, con sus aguaceros, truenos y relámpagos, a permanecer encerrrados, podríamos leerla esta misma noche entrando en internet con mi broche receptor -les propongo.
-Me parece buena idea -aprueba Samuel entusiasmado-. A ver si ese Job nos levanta el ánimo del muermo que amenaza con instalarse en nuestra cabaña.
-Un momento -dice Don Quijote, levantándose del asiento y señalando, a través del ventanuco, a un hombre de mediana edad y de raro aspecto, que camina, bolsa en mano, hablando consigo mismo, indiferente al aguacero que hostiga su espalda desnuda y a las aplastadas olas que invaden la playa, chocando contra sus pies sonámbulos-. Hace ya una semana que lo veo pasar, a estas horas tempranas... ¿Qué hará por aquí? ¿No será una víctima de Cupido?
-Con los tiempos que corren -opina Samuel, observándolo detenidamente- más bien parece una víctima de la crisis.

-Yo he dejado listo mi broche receptor-grabador-transmisor, para que nuestros amigos cibernéticos reciban ya, en vivo y en directo, el relato de esta nueva aventura, que no sé cuánto va a dar de sí. En cualquier caso -como decía aquel filósofo- nada humano debe dejarnos indiferentes. ¿Qué os parece si hacemos algo por averiguar qué problema tiene ese hombre?
-Por supuesto -exclama, retumbante y vehemente, Don Quijote- ¡Hay que actuar ya! Descubramos qué pesares le oprimen o qué penurias le acosan, y prestémosle ayuda urgente, ofreciéndole, al menos, el bálsamo de una palabra amiga y algunos chanquetes de los que hemos atrapado en los corralones esta madrugada.
-¡Un momento! -ruega Samuel levantado la mano- No nos precipitemos y actuemos con método y discreción. Primero tanteemos, de lejos, el percal. Aparte de que, ahora mismo, está cayendo un chaparrón de mil demonios que, si a vosotros no os afecta por ser impermeables, mi quinticentenario esqueleto es muy sensible a la humedad.
-No quiero contrariarte -replico a Samuel- pero pienso que ahora, precisamente, es el momento de demostrarle a ese hombre que siempre hay en el mundo algún buen samaritano dispuesto a ayudar. Además, con algo de talento evitaremos mojarnos.
-No se hable más -contesta Samuel-, sólo quería comprobar el grado de disposición que os anima para emprender esta nueva e ignota aventura. Pongámonos unos monos frescos y dinámicos. Yo me elijo el gris plata, bajo mi capa celeste y voladora, obsequio de Merlín.
-Yo, el tinto de verano -reclama Don Quijote- por aquello del solsticio.
-Pues yo -dije-, para aportar mi granito de arena a la solución de la crisis, aprovecharé un body verde pistacho de Álex que su madre me regaló cuando le devolvimos el niño, de vuelta del mundo de las ideas.
-¡Perfecto! -exclamamos los tres al unísono, apreciando nuestra elegante indumentaria.

Samuel cogió una fiambrera, llena de chanquetes asados. Cubrióse la cabeza con el capuchón de su capa, nos colocó a Don Quijote y a mí en cada uno de los bolsillones de ésta y, cuando el aguacero más arreciaba, dio un saltito de tijereta y se elevó por los aires, avanzando en la misma dirección seguida por el hombre misterioso.
Ya habíamos volado una distancia de tres kilómetros, más o menos, cuando Samuel, con voz y semblante perplejos, nos dice:
-No lo entiendo. En la dirección en que marchaba el extraño paseante no hay más camino transitable que la estrecha franja de playa, entre el mar y la fila de pequeñas dunas. Al otro lado de éstas hay una dilatada zona de arena con arbustos y retamas, que se extiende hasta un reluciente pinar, verde esmeralda, de extraña forma triangular como la quilla de un barco. Partiendo del lado trasero del pinar hay un camino hasta la carretera que se columbra a lo lejos.
-¡Qué curioso! -exclama Don Quijote, observando desde la altura- En el centro del pinar se ve un espacio circular, de unos diez metros de diámetro, libre de árboles, aunque alfombrado de verde césped.
-A ver, a ver -digo, apartando un poco la capa de Samuel- ¿No veis, al otro lado del pinar, un enorme vehículo aparcado junto a los pinos?
-Es cierto -confirma Samuel-, parece una autocaravana.
-Bajemos a inspeccionarla -propone Don Quijote- ahora que el sol se asoma ruboroso entre los oscuros nubarrones, dibujando un precioso arcoiris.
Diligente y mañoso, Samuel desciende rodeando el pinar en espiral y se posa suavemente por el lado de poniente. Rápidos, como tres mosqueteros, doblamos el vértice de la quilla. Don Quijote camina ligero, impertérrito y dispuesto a vérselas con el mismísimo diablo, si preciso fuere. Síguele Samuel, tartera en mano, deslumbrando como una vedette, con los reflejos parpadeantes de las estrellitas de su capa. En último lugar marcho yo hacia la autocaravana, más bien mosqueado que mosquetero. Samuel, no viendo a nadie dentro de la caravana, pregunta a grandes voces y golpea en una de las puertas centrales:
-¿Hay alguien ahí dentro?
Nadie contesta. Samuel, sin quitar el pie izquierdo del estribo de la puerta, apoya el derecho en un estrecho saliente que hay a la misma altura del estribo, justo debajo de una pequeña ventana. Fisgonea en el interior de la autocaravana al tiempo que relaciona cuanto allí descubre:
-No veo ser vivo alguno ahí dentro. Sólo distingo el mobiliario propio de estos carromatos: dos literas, una mesa con taburetes alrededor, una cocina, un fregadero, un armario, una nevera, una lavadora, un baño. Hay un armario con las puertas abiertas y, dentro, se ven numerosas botellas de whiski y otros licores. Sobre la mesa, una barra de pan, una longaniza y varias latas de conserva. Colgando de las paredes hay varias herramientas.
-¿Dónde se habrá metido el hombre? -pregunta Don Quijote- Parece como si hubiera desaparecido por ensalmo. Entremos dentro de este laberinto que, por su aspecto, puede que nos encontremos al minotauro -dice, mientras se introduce, decidido, por el estrecho hueco de dos pinos vecinos.
-¿Qué es para nosotros -curtidos en miles de arriesgadas empresas- un minotauro, sino un insignificante gatito? -dice Samuel, aguantando la risa y siguiendo a Don Quijote.

Por si las moscas, yo entro pegadito a Samuel y mirando receloso en todas las direcciones.
Tropezando y dando topetazos contra los tupidos troncos de los pinos traidores, llegamos hasta el centro del pinar, semejante a un cilindro de verde fronda.

Una estrepitosa y larga carcajada resuena en las alturas:
-¡Ja, ja, ja! ¿Qué andáis buscando, larvas atrevidas y asquerosas? ¿Ni siquiera en este refugio boscoso y aéreo voy a verme libre de la pestilente y rastrera fauna terrestre?
-¡Eeeh! Modere esa diarrea verbal que se le derrama por la boca y no nos obligue a pensar que tiene más de simio arborícola que de ser humano.
-No me toquéis las pelotas, luciérnagas mariconas. ¿Os creéis capaces de subir hasta mi guarida, trepando por el tronco de este pino gigante? Esperad un poco que voy a caerme muerto de risa.
-¡Oye, simpático vecino del ático -le grita Samuel con sorna-, cierra los ojos y cuenta hasta diez. Luego los abres y nos verás ahí contigo.
-No os tiréis pegotes, ni os la deis de magos, que no creo en magias ni en supermanes. Pero, vale, veamos de qué sois capaces -dice el hombre cerrando los ojos y poniéndose a contar-: Uno, dos, tres...
Rápido nos agarramos a la capa de Samuel y ascendemos a toda marcha hasta la plataforma circular de tablas que el hombre había colgado a 20 metros de altura, alrededor de un pino que descuella sobre los demás. Aún no había contado cinco, cuando aparecemos sobre la plataforma, cubierta por una ancha visera de plástico amarillo. Nos sentamos ante él y lo observamos, contando y gesticulando con los ojos cerrados, recostado en una colchoneta neumática, con una botella de whiski entre sus manos.
-¡Y diez! -termina de contar y abre los ojos- ¡Coño! ¿Cómo lo habéis hecho? ¿Sois seres reales o prodigios de esta botella?
-Parece que las atrevidas larvas han corrido más de lo que esperabas, ¿eh? A ver si ahora nos repites los ditirambos con que antes nos piropeabas -le espetó Don Quijote.
-¡Hum! Ya veo que no pertenecéis al ganado común que pulula por ahí abajo. Pero... Un momento -dice, alzando la botella y tomando un generoso trago-. A estas alturas, me importa un carajo lo que penséis, digáis y seáis capaces de hacer. Tengo cuarenta y cuatro años y estoy ya de vuelta de todo. Me da igual que os lancéis contra mí, me cojáis por las manos y los pies, y me precipitéis, pino abajo, para que me despanzurre contra el suelo. Lo mismo me da que os convirtáis en serpientes pitones y os enrosquéis en mi cuerpo. Más bien me hariais un favor, sofocando el pabilo de mi conciencia que aún humea en mí. Maldito mil veces el momento en que nací y malditos la madre y el padre que me trajeron a esta cloaca de la vida. Pensaba que ya lo había gritado bien alto y claro al mundo: "¡Quedaos con vuestra mierda inmensa, olvidadme y dejad que me solace y revuelque en la mía!". Y ahora se os ocurre a vosotros entrar en escena. ¡Ja, ja, ja! Tiene gracia la cosa. Y por si faltara algo, aparecéis adornados de efectos especiales y malabarismos circenses. ¡No te jode! ¿Sois, acaso, del 112 o de alguna ONG?
-No -le contesta Samuel por los tres-. Más bien somos una especie de coleccionistas de cosas raras y casos perdidos que, si no logramos solucionar, al menos procuramos que sirvan a alguien de escarmiento en cabeza ajena y se cure en salud.
-¿Ah, sí? Pues conmigo vais a perder el tiempo. Reconozco que soy un caso perdido y os anticipo que en mí sólo vais a encontrar despecho y desesperación. Allá vosotros con vuestras buenas intenciones, pero os declaro mi absoluto escepticismo y desprecio a cuanto huela a consideraciones pías o filantrópicas.
Dicho esto se disciplina el gaznate con otro latigazo de whiski, momento que aprovecha Samuel para ponerle ante sus narices la fiambrera destapada, liberando los aromáticos efluvios de los chanquetes.
-Vamos, hombre -le dice, dándole una palmadita en el hombro-, anímate y come un poco de este apetitoso manjar marino. Te aseguro que después verás las cosas de forma más optimista.
-¡Hum, hum! -gruñe el hombre saboreando un puñado de chanquetes que se echa a la boca- Debo reconocer que están buenos los jodíos.
-¡Come, come, amigo, sin cortedad -le anima Don Quijote- porque, como decía mi compañero Sancho "el comer y el rascar sólo hasta empezar".
-Bueno, bueno -dice el hombre, rebajando la voz en un semitono-, quizás haga con vosotros una excepción porque me parecéis diferentes, aunque algo faltuscos. Pero no os hagáis muchas ilusiones.
-Le estamos muy agradecidos, empingorotado señor -le responde Don Quijote-. También nosotros haremos una excepción con vuestra merced y trataremos de preterir las desafortunadas expresiones escapadas de su boca o que se le escapen en el futuro, a las que consideraremos secuelas de un estómago ayuno y una cabeza falta de oxígeno y sobrada de vapores etílicos.
-Bueno -me adelanto yo, viendo que el hombre iba a arremeter contra Don Quijote-, pelillos a la mar y hagamos las debidas presentaciones. Este señor que, con la mayor deferencia, acaba de disculparle, y a pesar de su aspecto de modesto funcionario de hacienda, es nada menos que Don Quijote en versión "sin/con Servantes". Este otro, rubicundo y de juvenil aspecto, con capa de cielo estrellado, se llama Samuel, es de origen judío y posee un curriculum vitae de 500 años. Y quien le habla, luciendo un body alechugado, soy yo, Tinterico, que, aunque jubiladísimo, soy plumilla de profesión siempre en ristre. Residimos en una cabaña cerca de aquí y deseamos mantener con usted correctas relaciones de vecindad que esperamos y deseamos se estrechen día a día, reuniéndonos para celebrar eventos más o menos importantes, tales como un cumpleaños o una onomástica. Por cierto ¿cuándo es la suya?
-¿Mi onomástica? ¡Ja, ja, ja! -se ríe con una sonora carcajada- Ya no me cabe duda de que sois personajes irreales, quizás fantasmas errantes y juguetones. Por eso no me importa confesaros algo de mi azarosa existencia. Mi nombre es Aarón. Según me contaron mis padres adoptivos, yo nací en Madrid en 1967. Mi primer hogar fue un orfanato. ¿Qué os parece? Allí estuve hasta los catorce años en que fui adoptado por ellos, un matrimonio sevillano de cuarenta y tantos años, que carecían de hijos. Él se llamaba Felipe, ella Manuela. Disfrutaban de una gran fortuna. Eran dueños de una importante fábrica de aceites de oliva, y de numerosos olivares, próximos a una cortijada residencial, formada por tres edificios de cegadora blancura, rodeados de un hermoso parque ajardinado, con naranjos y limoneros, y una gran piscina en el centro.

De pronto Aarón hizo una pausa y su semblante pareció ensombrecerse, más aún de lo que ya estaba, que no era poco.
-Vamos, Aarón, toma otro puñadito de chanquetes -le ofreció Samuel.
-¡Basta ya de interrupciones, moscones cargantes! Mis padres adoptivos lo tenían todo, en una época en que la mayoría de la gente, en este país, no tenía nada. Ellos frecuentaban fiestas y reuniones, muchas organizadas por ellos, a las que asistían personajes de gran relevancia: famosos, militares, médicos, profesores, toreros, personalidades del régimen...
-Unos padres fardones, sí señor. ¡Qué suerte la tuya! ¿De qué te quejas entonces? -le pregunto.
-Tranquilo, escribano -me amonesta Aarón con mirada severa- que queda mucha tela por cortar. Mis padres adoptivos tenían, también, entre otras casas, una realmente señorial en Sevilla, cerca del Guadalquivir. Contaba con un precioso patio, decorado con vistosos azulejos, un aljibe en el centro y multitud de arbustos, jardineras y tiestos llenos de flores. A este patio daban las ventanas del despacho en el que Felipe, mi padre adoptivo, dirigía su negocio con la colaboración de su secretaria Elena. Mi madre adoptiva, Doña Manuela, como solían llamarla, era una mujer muy aficionada a los actos sociales y a las tertulias con amigos, en casa, en donde organizaba bailes y juegos entretenidos, algunos bastante atrevidos.... Tenía varias sirvientas a las órdenes de Marcelina, una mujer de cincuenta años, muy recta y apreciada por todos los de casa. ¿Que de qué me quejo? ¿Sabéis lo que es sentir, prácticamente desde que nací, una amargura y una tristeza insuperables?
-Debe de ser terrible -contesta Samuel-. ¿Y por qué esa amargura y tristeza?
-No es normal -continuó Aarón- que un niño de menos de cinco años recuerde hechos, estados de ánimo, frases y momentos vividos a tan corta edad. Yo, en cambio, los reccordaba entonces y los recuerdo ahora como si los hubiera acabado de vivir. Y es que, a esa edad, normalmente, un infante vive feliz y despreocupado, porque confía en las amorosas manos, palabras y besos de sus padres, quienes, pacientemente y con la mayor ternura, le enseñan a vivir y a convivir con los demás. Yo, por el contrario, no tuve la suerte de escuchar la voz cariñosa de mi madre, su risa y su cara alegre ante mis graciosos balbuceos. Lo que recuerdo son las secas y amenazantes prohibiciones de las cuidadoras avinagradas del orfanato. Pronto me di cuenta de que en aquel redil de niños anónimos debía espabilar para que los demás niños, mayores o menores, no me pisaran el terreno ni me mangonearan. Descubrí en seguida que, en este mundo, o devoraba o me devoraban. Suifrí muchos mordiscos y dentelladas -ya fueran con palabras, golpes o demostraciones odiosas- procedentes de otros niños o cuidadores. Por eso, un buen día, recién cumplidos mis siete años, me juré a mí mismo no volver a tolerarlo jamás. Y para asegurarme el éxito, me impuse ejercitar, día y noche, mi mente y todas mis facultades no sólo para evitar que los demás me pisaran, sino para joderlos yo a ellos, utilizando cualquier medio a mi alcance, bueno, malo o indiferente, con tal de que fuera eficaz para lograr mi objetivo.
-Tremendo lo que nos cuentas, amigo -exclamó compasivo Don Quijote-. ¡Qué importante y necesaria es la educación, la buena educación, a lo largo de nuestra existencia, pero sobre todo en la infancia y juventud!
-¿Ah, sí? No me vengas con idealismos quijotescos ni baladas de trompeta -le atajó Aarón-. No hay mejor escuela ni mejor ciencia que lo que la naturaleza nos enseña. Hay que ser duros y violentos como es ella, si quiere uno prosperar y no vivir machacado y pisoteado por los que nos rodean.
Os contaré algo de mi infancia en aquel "caritativo" presidio:
Mis recuerdos más remotos relampaguean en mi mente como dardos encendidos clavados en lo más profundo de mi ser, arrancándome gritos de dolor, rabia y odio contra todo lo que me rodeaba. El edificio del orfanato, de aspecto acuartelado, muros grisáceos, de piedra y hormigón, con sus enormes dependencias, salones, aulas, dormitorios, comedores, habitaciones de monjas y cuidadores, servicios, cocina, patios, huerta y otras instalaciones, no es que se pareciera a un palacio, pero reunía las condiciones básicas para cumplir el fin social al que estaba destinado. En general, el personal cuidador, docente y administrativo, era cumplidor de las normas del establecimiento. De hecho, a muchos de los niños allí recluídos se les veía, si no felices, al menos conformes con su suerte.
Yo no. Desde que tuve conciencia de mí mismo me sentí perdido en un mundo hostil. Como cualquier otro niño, yo pretendía ser el centro del universo. Mas, por el contrario, me daba cuenta de que yo no significaba nada para nadie. Recuerdo, con lacerante nitidez, mi sucesiva estancia en los cuatro pabellones del orfanato, testigos de mi infancia y adolescencia. En aquellos enormes y desabridos dormitorios, con varias filas de camas de tubos pintados de azul marino, había momentos enloquecedodres: niños que lloraban, saltaban en las camas, se pegaban, corrian, mientras las cuidadoras, desesperadas, gritaban histéricas, tratando de imponer orden y disciplina, sin conseguir atender a las necesidades de aquel enjambre.
Comprendí que, en medio de aquella jauría, tenía que aguzar mis sentidos y estar muy despierto y al acecho de posibles amenazas y extorsiones. Tal era mi desconfianza y mosqueo que, cuando conocía por primera vez a algún nuevo compañero o cuidadora, se me pasaba por la cabeza que, más o menos pronto, se pondría en contra mía, despreciándome por mi apariencia feúcha, enclenque, seria, taciturna y acobardada. Y, lamentablemente, los hechos se encargaban, más adelante, de confirmar mis temores. Yo percibía el rechazo de los demás por mi aspecto antipático y actitud nada sociable, lo que acrecentaba mi timidez y, debido a ella, mis bloqueos mentales y enorme dificultad para expresarme correctamente.
A mis siete y oocho años se atrevían a burlarse de mí con bromas y coplillas, como aquella que me cantaban Liborio y Bartolo:
Aarón, Aarón,
pareces un garañón
con orejas de elefante
y boca como un buzón.

Yo me sorbía la rabia y la amargura, incapaz de protestar y defenderme. Les tenía un miedo atroz. En alguna ocasión, sor Leandra, la jefa de cuidadoras, me riñó porque, en lugar de jugar con los demás niños en el patio, me quedaba sentado junto a mi cama, garabateando en un cuaderno. Me sentía triste y ridículo con el babi gris, descolorido y lleno de zurcidos y unas zapatillas rotas. Sor Leandra me llevó hasta el patio, tirándome de la oreja, mientras me amenazaba con dejarme sin comer si me volvía a ver en el dormitorio durante los recreos.
Sor Leandra tenía el aspecto y mala hebra de una mosca molesta: cabeza pequeña y redonda, ojos enrojecidos y saltones; la nariz y la boca confundidas en un apéndice parecido al pico de un mochuelo; y cubierta con un hábito negro verdoso, bajo el que se insinuaba su huesudo esqueleto.
"¿Por qué esta bruja -me preguntaba yo- está siempre espiándome con expresión amenazadora, controlando mis menores movimientos y vigilando mis intentos de hablar o de hacer lo que me parezca?" Al principio no comprendía yo la inquina manifiesta que ella me tenía. ¿Por qué esa frialdad, desprecio o indiferencia conmigo?. En alguna ocasión le escuché despotricar, mientras me volvía la espalda: "¿Qué puede esperarse de unos desgraciados, hijos del pecado? Son unos tarados, abúlicos, degenerados, viciosos... ¡basura!
Aunque yo no entendía aquellas extrañas palabras, sabía muy bien que no eran, precisamente, alabanzas, sino despectivos e injuriosos improperios que hacían sentirme pisoteado y escupitajeado en lo más sensible de mi amor propio; y, lo peor de todo, llegaba a persuadirme de que realmente yo era una basura despreciable. Me sentía indigno de que nadie me quisiera. Me veía feo y detestable, maloliente, defectuoso, lleno de taras mentales, idiota irredimible, gusano asqueroso, sin valor ni fuerza para defenderme ni encararme siquiera con otros niños más pequeños; sin gracia para arrancar una sonrisa a nadie y sin ningún talento para hablar ni para hacer nada con sentido. ¿Cómo y para qué había llegado yo a la vida?
Al mismo tiempo que mi autoestima se hundía, cada día, más profundamente y con mayor rapidez, sentía también alzarse en mi desierto interior gigantescas montañas de odio, rencor, desprecio y asco hacia aquellos seres que me vigilaban y se ufanaban de su gran labor, con sus normas cuartelarias, sus aburridas pláticas, sus hipócritas palabras y demostraciones corteses. Pero mi aversión no sólo la dirigía contra ellos, sino contra todos los residentes.
Poco a poco fui perfeccionando mi arte en disimular, ladinamente, el volcán que bullía dentro de mí. Llegué a sentir un placer indescriptible mientras labraba, de forma minuciosa y artesanal, un odio refinado contra ellos. Me hallara donde me hallara, mi mente no cesaba de imaginar situaciones en las que intervenían personas que me resultaban especialmente odiosas. Yo me refocilaba planeando el procedimiento óptimo para causarles el mayor daño posible, lo que acrecentaba mi autoestima al comprobar que mi imaginario sadismo era, cada día, más refinado y exquisito.
Una noche, aguijoneado por mi sádica obsesión, me sentía tan excitado que me resultaba imposible dormir. Me dediqué a pensar qué putada curiosa se le podría jugar a sor Leandra. Giré un poco la cabeza a la derecha y dirigí la mirada, a través de la mortecina luminosidad de la débil lámpara del techo, hacia el fondo del dormitorio. La habitación de sor Leandra se hallaba al final del corredor central, de los tres en que se dividía el dormitorio, cada uno de ellos con su larga hilera de camas y estrechos armarios individuales anexos. La celda de sor Leandra tenía, en la pared enfrentada al dormitorio y a dos metros del suelo, un ventanuco acristalado, desde el que espiaba a su rebaño. Frente a la puerta de la celda, abierta al centro del corredor, se hallaba el cuarto de baño de la monja. Sobre la puerta de éste había otro ventanuco, de hoja abatible, que sor Leandra solía abrir y colocar en ella la túnica mientras se duchaba.
Aquella noche me asediaba un calor sofocante. Era el mes de julio y, a través de las ventanas, se distinguía un cielo de negros nubarrones tormentosos, recorridos y encendidos por culebrinas y relámpagos. Apenas podía distinguir los rostros de mis durmientes vecinos, no obstante apreciaba los mínimos detalles de las caras y cabezas de Liborio y Bartolo. Liborio, ocupante de la cama a derecha de la mía, debía de soñar un grato sueño que le hacía torcer la boca en una mueca risueña. Tanto él como Bartolo, de cabeza de peonza y cara bobalicona, que dormía en la siguiente cama, eran dos de mis peores enemigos. Dsde la casa cuna, hube de soportar sus estúpidas bromas y chulerías. No sé qué especiales atributos habría descubierto en ellos sor Leandra para distinguirlos como sus favoritos. Por entonces yo tendría ocho años y ellos diez. Mi fantasía se había desbordado como una riada de lava, que arrasaba, con mil lenguas de fuego, todo cuanto me resultaba odioso, creando en mí una energía, hasta entonces desconocida quie me dotaba de una seguridad plena de lograr todo lo que me propusiera.
Serían ya las seis de la mañana cuando oí abrirse la puerta de la celda de sor Leandra. Con los ojos semicerrados la observe detenidamente. Salió cubierta con una parda túnica, sin ceñidor, portando una toalla blanca doblada sobre el antebrazo. En medio del corredor se detuvo un instante y escudriñó con penetrante mirada a su dormido rebaño. Juraría que, durante varios segundos, la detuvo sobre mí. Luego entró en el cuarto de aseo, cerró la puerta y, en seguida, vi asomar, fuera de la estrecha ventanilla, parte de la túnica de la monja. El ligero fluir del agua de la ducha despertó en mi mente una secuencia de imágenes sobre lo que, a continuación, iba a suceder. Me sentí transformado. Era como si mi cerebro se hubiera apoderado de la mente de Liborio y de Bartolo, a quienes veía durmiendo plácidamente. Con todas mis energías y atención concentradas en sus mentes y voluntades, yo les imponía órdenes categóricas de lo que debían realizar de inmediato. De pronto, Liborio y Bartolo saltan de sus camas como autómatas. Los veo caminar con paso firme y seguro, aunque sonámbulos, por el corredor central hacia el cuarto de baño de sor Leandra. Se detienen ante la puerta. Se ponen de puntillas y arrebatan la túnica y toalla de la monja. Luego vuelven por el pasillo central, con ambas prendas desplegadas como banderas, mientras pulsan los interruptores de las luces despertando a todo el personal. Al pasar junto a una de las ventanas que daban a un patio interior, arrojaron la túnica y la toalla sin piedad ni miramiento y, luego, marcharon a sus camas, donde continuaron durmiendo. Fue, entonces, cuando descubrí, asombrado, mi portentoso poder.
Muy pronto escuché, aterrado, el ligero chirrido del pestillo de la puerta del baño, accionado cuidadosamente por la monja. Entreabrí los ojos, procurando no hacer gesto alguno que denotase hallarme despierto. La escena que siguió a continuación fue la más surrealista y gratificante jamás presenciada por mí.
La gran mayoría de los chavales se había despertado y sus ojos convergían, morbosos y risueños, en la puerta del baño, impacientes por ver a Sor Leandra surgiendo de las aguas como una venus desnuda. Abrióse la puerta y apareció la mano y el brazo izquierdos de la monja, los que, instintivamente, colocó sobre sus escurridos senos, mientras que con el otro brazo y mano acudía presta a taparse las pudendas partes, así como algo de su cuerpo lechoso y desnatado.
A pesar de su embarazosa y crítica situación, su mirada colérica y relampagueante, recorría minuciosa el dormitorio, tratando de descubrir al causante de semejante oprobio. Mas no pudo evitar una carcajada urbi et orbi de toda aquella chiquillería, que se prolongó hasta que entró en su celda y cerró con un portazo.
En seguida reapareció, cubierta con el hábito y una larga correa en la mano, dispuesta a azotar a todo el orfanato, si fuera necesario, hasta descubrir al culpable o culpables de aquella ignominia.

-Os juro -amenazó sor Leandra, con el puño que sujetaba la correa- que, si no aparece el autor o los autores de tan malévola fechoría, no descansaré hasta averiguarlo y, entonces, que tiemblen, porque van a desear no haber nacido.
De momento nadie acusó a los autores, a quienes la mayoría de los residentes habían visto llevar a cabo tan osada y divertida maniobra. Todos sabían quiénes habían sido, a excepción de ellos mismos al haber actuado sonámbulos.
Vi el cielo abierto. Había logrado machacar el orgullo de sor Leandra, sintiéndose objeto de burla y del mayor ridículo ante su "rebaño de estúpidos borregos", como ella solía repetir. Y, al mismo tiempo, había asestado un duro golpe en la cresta a esos dos gallitos, Liborio y Bartolo.
Nadie se atrevería a delatar a esos dos fantoches, porque eran mayores (doce años), más fuertes, liantes y dañinos; aparte de que eran los predilectos de sor Leandra que se servía de ellos como de perros pastores. Por esta razón ella se acercó, ligera, hasta sus camas, comprobando que seguían profundamente dormidos. Yo fingí hallarme dormido, pero, en realidad, tenía los ojos lo suficientemente despegados para descubrir que ella me observaba detenidamente. Luego dio un respingo, se volvió de espaldas y marchó a su celda a esperar a que fueran las ocho para despertarnos con el silbato.
Yo aproveché para comprobar si el poder hipnotizador recién experimentado, seguía asistiéndome. Con los ojos semicerrados, distinguía a a otros dos payasetes, Dioni y Floro, que desde siempre se habían deviertido a mi costa, riéndose de mis torpezas. Los veía incorporados en sus camas disfrutando, con sonrisa babeante de hienas, de aquel cuadro circense que yo acababa de improvisar. Centré en ellos mi atención hasta sentir dolor en el cerebro, mientras repetía mentalmente: "Tú, Dioni, y tú, Floro, habéis sido testigos de quiénes han cogido la túnica de sor Leandra y la han arrojado por la ventana. Debéis delatarlos a Sor Leandra, de lo contrario, alguien os delatará a vosotros, como encubridores. ¡Vamos, levantaos ahora mismo y corred a contarlo a Sor Leandra!"
Mi absoluta seguridad en la eficacia de mi orden era tal que me produjo un temblor incontrolable en todo mi cuerpo que fue en aumento al ver cómo Dioni y Floro se deslizaban, a regañadientes, de sus camas, sin dejar de mirarme con expresión aterrada, y se dirigían hacia la celda de sor Leandra.
Sor Leandra había dejado entreabierta la puerta de su celda. Floro y Dioni se detuvieron ante ella indecisos. No sé qué recóndito sentido acústico se me desspertó que, desde mi cama, percibía claramente la conversación de sor Leandra con los dos alucinados delatores.
-Vamos, mastuerzos, pasad -ordenó la monja.
Entraron como dos alucinados y se quedaron mirando a la monja con expresión temerosa y vacilante.
-¿Qué os pasa? ¿Sabéis quién se llevó mi túnica y la arrojó por la ventana?
-Sí. Fueron ellos.
-¿Quiénes son ellos?
-Sí, ellos. Tus amigos.
-¿Mis qué?
-Sí, tus... ayudantes.
-¿Quiénes? ¿Liborio y Bartolo? -sor Leandra apretó los labios con rabia- ¡No, no es posible! ¡Ellos estaban dormidos! A no ser que... -dijo, pensativa, con la mirada clavada en el infinito- ¡Vamos, marchaos! -les ordenó, dando una palmada y empujándolos hasta la puerta, desde la que lanzó una mirada hacia mi cama.

No sé qué hizo después la monja... ¡Ah, sí! Se acercó nerviosa a las camas de Liborio y de Bartolo, los levantó en vilo, zarandeándolos hasta espabilarlos y se encaró con ellos:
-¿Qué habéis hecho, desgraciados? Vosotros, gusanos asquerosos os habéis atrevido a ir hasta los privados aposentos de vuestra regidora, para humillarla y mancillar su honor. Vosotros, bolas de estiércol, ¿óomo habéis osado coger mi túnica y arrojarla por esa ventana, insensatos?
En aquel momento me removí en la cama y abrí los ojos con expresión de asombro, fingiendo que me despertaba.
-Eso acabo yo de soñarlo -se disculpó Libdorio-. Yo no he podido cometer semejante disparate.
-Yo también lo he soñado -manifestó Bartolo-, y estoy seguro de que sólo ha sido eso, un sueño.
-¿Ah, no? Venid conmigo -dijo, agarrando por la oreja a los dos imputados y llevándolos hasta la ventana desde la que habían arrojado la túnica-. ¿Qué es aquello que hay abajo en el patio? ¿Es el manto de la Macarena o la capa de Luis Candelas? Pues no. Es la túnica de sor Leandra, vuestra regidora ¿Y ha volado ella sola hasta ahí abajo? ¡Eh, decidme vosotros Dioni y Floro!
-No. La tiraron ellos, Liborio y Bartolo -confesaron, sin levantar la mirada del suelo.
-No se hable más. Vosotros, Liborio y Bartolo, quedáis castigados a limpiar los servicios y dormitorios, a partir de hoy, durante un mes -concluyó sor Leandra dictando sentencia.

Me regodeé contemplando el desaguisado que acababa de desencadenar. Sí porque, a consecuencia de aquello, las relaciones entre sor Leandra y los cuatro fantasmones, se complicaron y enconaron hasta el punto de que ninguno se fiaba ya de los otros, llegando a temerse y a espiarse unos a otros, de manera que la connivencia y complicidad que antes tenían se trocó en recelo, despecho y ojeriza.

-Perdona que te interrumpa -me decidí a intervenir y cortar el hilo de su prolijo relato, impaciente por conocer a fondo la personalidad, móviles, drama y agonía existencial que, al parecer, bullía en el interior de aquel hombre-. ¿Cuál crees que era tu secreta aspiración, es decir, el motivo radical que te impulsaba a actuar de esa pecular forma tuya, tan diferente a como lo hacían los demás chavales?
-¡Vaya! -contestóle Aarón- Va a resultar que las despreciables larvillas que se han colado en mi guarida, van a ayudarme a deshilvanar, abrir y bucear en el laberinto subterráneo y complejo en el que se esconde mi yo, recomponiendo los fragmentados vestigios que quedan de su caparazón, una de las razones por las que he venido a este pinar.
-¿Por qué será -ironizó Don Quijote- que todo bicho viviente, incluido el hombre, enjuicia y mide a los demás con su propia medida?¿Qué pensarán de nosotros una hormiga, una mosca o un perrito?
-Cuidado -advirtió Samuel- que Toby, nuestro heroico amigo, aunque sea un chuchillo, es más objetivo en sus apreciaciones que muchos humanos. ¿Y por qué haces esa reflexión, amigo Alonso?
-Sencillamente en atención al título de larvas que nos ha otorgado Robín de los Bosques.
-¿Queréis cerrar el pico de una puñetera vez? -gritó encabritado Aarón-Espero que, por lo menos, os haya quedado claro el escondido rencor que yo sentía contra todo lo que me rodeaba.
-No, no es preciso que lo jures ante un notario -reconoció Samuel.
-Pues, aunque no lo parezca, mi mayor odio y aversión no era el que dirigía contra los demás, sino el que siempre sentí y sigo sintiendo contra mí mismo.
-¿Es posible? -le pregunté, exagerando mi sorpresa para animarle a explayarse.
-Así es. Desde que tuve conciencia he venido soportando un sentimiento de descontento y aversión a cuanto constituye mi propia realidad. Nada veía en mí que me satisficiera. Me veía débil, defectuoso, feo, torpe, cobarde, sin gracia alguna, incapaz de expresarme correctamente, muy aprensivo y asustadizo... Y respecto a cualidades y virtudes, me caracterizo no sólo por su ausencia, sino por poseer el vicio opuesto.
-No exageres, hombre -dijo Samuel, tratando de animarlo- ¿cómo vas a ser tan imperfecto? ¿No será que aspiras a un estado de perfección inalcanzable, lo que hace que te sientas infeliz y desgraciado?
-No. Lo que a mí me ocurre es mucho más complejo. Jamás he sido un san Luis Gonzaga, eso lo tengo muy claro. Tampoco he sido un genio, ni siquiera un hombre sensato y normal. ¿Por qué? Porque la naturaleza me lo ha negado. Ella me privó de las cualiddes y circunstancias normales con las que se encuentra la generalidad de los seres humanos al nacer. Yo no.
-Es triste y lamentable lo que nos cuentas, amigo -exclamó Don Quijote, compasivo-, pero no creo que esa naturaleza de la que hablas te haya privado de la libre voluntad de superarte, por muchas cualidades que te haya negado y por muchas dificultades y circunstancias adversas que haya puesto en tu camino.
-No me hagas reir con historietas trasnochadas -replicó Aarón-. ¿Voluntad libre? Eso son espejismos. Sin saber cómo ni por qué, nos movemos y comportamos en la forma y dirección que nos marque la estúpida y aleatoria naturaleza.
-No obstante- le argüí-, has de reconocer y elogiar los evidentes y sabios resultados que esa "estúpida" naturaleza consigue en muchas de sus manifestaciones. ¿Podrías tú explicarnos tales paradojas?
-No lo sé -reconoció Aarón- y no creo que lo sepa ningún ser humano. Es cierto que hay un derroche de genialidad en la naturaleza, pero también de locura e incongruencia. A mí, os lo aseguro, me ha tocado el ramalazo de lo absurdo y demencial.

Hizo una breve pausa y, en seguida, continuó Aarón relatando:

-Escuchadme y juzgar si es normal lo que, desde mi niñez, me ocurre: Por las noches, mientras duermo, sueño que soy una persona, no ya distinta, sino opuesta al Aarón que os he descrito. Durante el sueño me veo físicamente más fuerte y atractivo, dotado de una penetrante inteligencia, gran capacidad razonadora, extraordinaria creatividad, deliciosa fluidez de expresión oral y escrita, apasionamiento por aprender, por las letras, la filosofía, la investigación... Me siento satisfecho conmigo mismo. Me veo libre de complejos, sin miedo a nadie ni a nada. No tengo sentimientos de antipatía, envidia, rencor ni animosidad contra nadie. Me relaciono sin problema alguno con los que me rodean, ya sean vecinos, compañeros de trabajo o personas con las que, ocasionalmente, tengo algún contacto.
Al mismo tiempo que en mi vida -digamos la de estado de vigilia para distinguirla de la otra-, acumulaba malaventuradas y desastrosas experiencias, durante las noches vivía en mis sueños una vida radicalmente opuesta. En ella me sentía querido en el seno de una familia que prodigaba sus demostraciones de cariño en los menores detalles. Me veía crecer y desarrollarme armoniosamente en todas las facetas de mi ser, conquistando cotas difíciles, sorteando dificultades, ganándome a cuantos me rodeaban con mi comportamiento responsable, afable, prudente, constante y tenaz, que me permitió, a mis once años iniciar, feliz y con gran aprovechamiento, el bachillerato.
Se trataba de un fenómeno sorprendente que, sobre todo al principio, sacudía mi espíritu como un terremoto emocional. Con el paso de los años me fui acostumbrando a él. Día a día yo veía desplegarse mi vida como una película a dos bandas. En la de mis sueños yo aparecía como el protagonista bueno, ejemplar, humano, inteligente y triunfador; mientras que en la otra -en ésta que también es vuestra- yo era el protagonista perverso, vicioso, desalmado, maltratador, detestable, perdedor y condenado al fracaso y a la destrucción.
Durante mi jornada perversa, yo no descubría monstruosidad alguna en mi comportamiento, ni sentía necesidad ni deseo alguno de corregir mi trayectoria errática y desatinada. Era en el umbral del sueño cuando mi conciencia caía en un estado de ánimo desesperado y de total abatimiento, al ver reflejado en el agua oscura de la charca cenagosa de mi yo, mi odioso rostro y mi vida abominable. Entonces me asaltaba un atroz remordimiento, una náusea infinita de mi mismo y algo así como un soplo desmayado de arrepentimiento y deseo de transformarme en el ser opouesto al que soy.
Luego me veía caminando, desnudo y desorientado, por una playa solitaria, igual que ésta de aquí, bajo un cielo sin estrellas, detrás de mi propia sombra, proyectada con intermitencias por el haz luminoso del faro que gira, inquietante, a mi espalda en la lejanía.
Mi vacilante y calmoso caminar, al ritmico vaivén de las olas de la orilla, se prolongaba hasta que el cielo se encendía con las luces plateadas de la aurora. Era entonces cuando yo quedaba sobrecogido ante el espectáculo que se me ofrecía, tierra adentro, a un kilómetro de la playa: un pinar triangular como la quilla de un barco, de un verde esmeralda, gradualmente más brillante y reluciente conforme me aproximaba hasta él...

-Extraña y dura experiencia, amigo Aarón -comentó Samuel en la breve pausa que hizo aquél- ¿Y así, hasta cuándo? No creo que hayas permanecido hasta ahora en ese sin vivir.
-¿Hasta cuándo? -Aarón nos miró, pensativo, durante unos segundos- Sí, lo reconozco: en mi malvada vida, la de este lado, ¡ja, ja! hubo un día esplendoroso y prometedor como nunca había vivido. Fue una mañana de primeros de julio, del año 1981. Había cumplido catorce años. Mi situación en el orfanato ya os la he contado. A pesar de mis miedos, bloqueos mentales y demás trabas, conseguí tener a raya a cuantos me rodeaban, incluida sor Leandra. Y no porque, directamente, yo los apabullara con mis palabras o acciones, sino gracias a ese extraño poder mental que, ocasionalmente, me asistía.
Nadie sabía, a ciencia cierta, que yo fuera el causante de una serie de conflictos, alborotos, tiberios y putadas de toda índole que, desde mi laberinto interior, yo maquinaba y desencadenaba a mi antojo en el orfanato, pues toda mi actividad era puramente mental. Pero algún indicio siniestro debieron de captar -especialmente sor Leandra- quizás por la irónica expresión de mi rostro, o por mi aspecto taciturno y solapado, ya que, desde el episodio de la túnica, comencé a observar en mi entorno, miradas recelosas, cuchicheos y una generalizada actitud precavida y huidiza de los demás para conmigo.

Aquella mañana de julio teníamos un largo recreo al aire libre, por ser domingo, en las instalaciones deportivas, situadas junto al parque ajardinado en el que había frondosos árboles, paseos, fuentes y numerosos bancos de piedra.
Mientras los chavales, en su gran mayoría, jugaban al fútbol o a otros juegos, yo entablé conversación con Félix y Paco, dos compañeros de mi curso (octavo de EGB) a fin de sondear sus mentes y tratar de fijar en ellas unos hilos, fuertes como cadenas, para luego moverlos y dirigirlos a mi antojo. Los llevé hasta un banco, colocado bajo un fresco y umbroso castaño, enfrente y a unos cincuenta metros del pabellón donde estaba la sala de visitas. Me senté en medio de ellos y les hice la siguiente pregunta:
-Si en este momento, apareciera ante nosotros el genio de la lámpara de Aladino, dispuesto a concederos el deseo que más apetecierais ¿qué deseo le pediriais se hiciera realidad? Pensadlo y decídmelo al oído, de forma que tú, Paco, no oigas el deseo de Félix, ni tú, Félix, el de Paco.
Paco, un chico corpulento, de aspecto infantil y bastante ingenuo, rápidamente me susurró, entre risas, con su mano en pantalla alrededor de mi oreja:
-Le pediría que, al instante, yo apareciera en la casa, en donde vivan mis padres, ante ellos, y que me abrazaran y besaran.
-Difícil se lo pondrías al genio, Paquito -le dije-. Pero quizás yo pueda ayudarte a alcanzar ese deseo.
-No me digas, ¿Tú podrías?
-¿Tú qué crees? ¡ja, ja, ja? -le contesté.
Félix, pecoso, de pelo anaranjado y revuelto, de mirada despierta y maliciosa, tardó tres minutos en contestarme, que lo hizo agarrándome la cabeza y metiéndome, literalmente, su boca en mi oreja izquierda, mientras emitía un ruido ensordecedor de motosierra:
-¡Brrrain, raín, raín, rarrarrauuunnnn! ¡Bueno -exclamó en voz alta, riendo y dejando de soplarme en la oreja-, no me importa que lo oiga Paco. Yo me conformaría con llegar a ser un juez clarividente, honesto, valiente y trabajador incansable por hacer resplandecer la verdad y la justicia en todo el mundo.
-¡Qué deseo tan raro! -le dije- ¿Y por qué, precisamente, juez de ese talante?
-Porque de ellos depende, fundamentalmente, la buena marcha de los estados y pueblos.
-Para ese viaje no se precisan alforjas, ni genios de lámparas maravillosas -le aseguré-. Ya me encargaré yo de que, por lo menos, juzgues y sentencies a alguno de los que nos han mangoneado.

En éstas estábamos cuando vemos salir al parque, por una de las puertas de acceso a la sala de visitas, a sor Leandra, en animada conversación con un señor y una señora, ya algo mayores, de aspecto y porte distinguidos, muy sonrientes. De pronto, sor Leandra deja de hablarles y con un rápido movimiento de sus enrojecidos ojos castaños y de su afilado mentón, apuntando hacia mí, les indica -no me cabía duda- el objetivo claro de su visita.
-¡Aarón, por favor, acércate un momento! -me llama con un tono de voz y cortesía inusuales en ella.
-¿Quiénes serán ésos y qué querrá la monja? -cuchicheo, por lo bajo, a Paco y a Félix mientras me levanto del banco.
-Suerte, Aarón -me dicen.
-Buenos días -saludo, con la cabeza algo inclinada, al llegar hasta ellos.
-Hola, Aarón -me corresponden los visitantes muy sonrientes, estrechándome él la mano y dándome un beso la señora.
-¿Qué te parece? -me aborda sor Leandra con desconocido regocijo- Ellos son Don Felipe y Doña Manuela, un matrimonio afortunado, a quienes la vida les ha sonreído generosamente y que serían plenamente felices si hubieran tenido un hijo en quien depositar todo su afecto...
Yo los contemplé de hito en hito y escuché a Sor Leandra con una sonrisa que, en ottro momento, habría significado "¡Y a mí qué me cuentas!"
-Sí, muchachito -me dice, muy amable, la señora-, sor Leandra nos ha hablado de tí. Te hemos estado observando desde las ventanas de aquella sala y nos has cautivado. Vemos en tu cara un ángel especial.
Lo inesperado del elogio me hizo enrojecer como un volcán.
-Es cierto -confirma sor Leandra con ironía trituradora-. No pueden imaginarse hasta qué punto es especial.
-Sinceramente, hijo -remachó la señora Manuela-, tanto Felipe, mi marido, como yo, hemos coincidido en esa apreciación, por lo que hemos manifestado a sor Leandra que si, por parte de ella y por la tuya, no hay inconveniente en que te vengas a vivir con nosotros, como hijo adoptado, hoy mismo iniciaremos los trámites para ello.
Aunque yo abrigaba una vaga esperanza de que llegara un día en que me viera libre de aquella cárcel, jamás pude pensar que, de hecho, ese día amanecería.
-Pero... pero...
Fue todo lo que se me ocurrió decir, dando la impresión de que no me alegraba, cosa que sor Leandra en seguida arregló, completando mis ambiguas palabras:
-No te preocupes, hijo -¿De dónde le saldría a sor Leandra semejante efusión tan tierna y maternal?-, la dirección del orfanato está de acuerdo en que estos señores te adopten. ¿No te alegras?
-Sí, claro, es lógico que me alegre -contesté- ¿Y cuándo y a dónde me iría a vivir con ellos?
-Nosotros vivimos en Sevilla -se apresuró Felipe a responder-. Ya verás cuánto va a gustarte todo aquello. Esperamos que el papeleo de la adopción sea rápido. Yo tengo amigos influyentes que me echarán un cable, ¡ja, ja!

Se despidieron de mí como si de hecho fuera ya su hijo. La señora Manuela me volvió a besar y abrazar, con lágrimas en los ojos, cosa que me produjo una risa nerviosa e inoportuna que animó a Felipe a reírse a su vez y a comentar:
-Así me gusta, chiquillo, que se note que te alegra el venirte con nosotros.
Y, realmente, sentí una dicha jamás imaginada, porque nunca soñé que un día pudiera volar de aquella jaula en la que había vivido preso desde que nací.

Tal impacto emocional me produjo aquella visita que, en los pocos días que duró la tramitación de la adopción, observé en mis habituales compañeros, monjas y cuidadores, una amabilidad y simpatía que nunca me habían dedicado, seguramente porque notaron en mi aspecto un cambio sorprendente. Y es que yo pasaba los minutos de espera pensando, ilusionado, que pronto me convertiría en el hombre intachable y triunfador que, noche a noche desde que nací, viví en mis sueños. Pero...



Leer más…