El amanecer del octavo día - (Cap. IV y último)

miércoles, 4 de marzo de 2009

Queridos amigos:
Vaya por delante mi saludo y el de Don Quijote y Samuel. ¿Pensábais que habíamos quedado sepultados bajo un alud de nieve alpino? Poco ha faltado, si no de nieve de otra cosa, esa es la verdad, pero, afortunadamente, hemos podido escapar incólumes y hambrientos de contaros las peripecias en que hemos estado metidos. Juzgad vosotros mismos, leyendo a continuación el desenlace de la onírica historia que hemos vivido.

"-Aquí, en tres asientos, esperad al doctor -nos rogó la sonrosada joven de rubias trenzas, blanca blusa y corta falda a cuadros rojos y azules, acercándose al centro del comedor y separando de la mesa tres taburetes.
Tomamos asiento y, ante nuestros admirados ojos, la rubicunda suiza dio tres vueltas alrededor de la mesa, bailando al ritmo del vals que llegaba del fondo del pasillo. Después, sin dejar de bailar, avanzó hasta el final del mismo, abrió una habitación y la intensidad de los rítmicos sones aumentó de forma espectacular.
Nos cruzamos los tres una mirada interrogante y precursora de una inevitable carcajada que Samuel procuró evitar tocándonos con el pie. En seguida reapareció por el pasillo la lozana suiza, girando sobre sí misma, muy tiesa y con sonrisa estereotipada, sin perder el compás y seguida de un mocetón grueso y coloradote, con pantalón corto a cuadros, como la falda de su compañera, tirantes y sombrero tiroleses, recios zapatones y calcetines blancos. Él, mientras tocaba el violín, bailaba también con precisión, sonrisa congelada y ojos clavados en el techo.
Llegados al comedor, la bailarina se detuvo, el violinista levantó el arco y dio por finalizada su interpretación. Luego, él y ella se volvieron hacia nosotros y nos saludaron doblando el cuerpo por la cintura. Aquella imprevista cortesía sobrepasó nuestra capacidad de autodominio, arrancándonos una carcajada tan estrepitosa que llegamos a esscuchar su eco, durante varios segundos, rebotando por las montañas y despertando los ladridos de un perro cercano. Sin dejar de sonreir, la curiosa pareja se nos quedó mirando, sin decir palabra. Para romper el hielo, Samuel les preguntó:
-¿Cuál es vuestro nombre?
-Ella Calipso. Yo, Sarasín -dijo él.
-Bonitos nombres -alabó Samuel.
-¿Y cómo habláis en español? -pregunté curioso.
-Con palabras españolas -contestó Sarasín, rotundo.
-¿Vosotros sois criados del doctor Flowers? -inquirió Samuel.
-Ella criada. Yo criado -dijo Sarasín, tocando a Calipso y luego a sí mismo.
-¿El doctor viene a menudo a esta cabaña? -volvió a preguntar Samuel.
-Aquí pasa largas temporadas para relajarse, pensar e investigar -dijo Sarasín.
-¿Y no os da miedo vivir en esta cabaña solitaria y perdida en el bosque? -indagó Don Quijote.
-Nosotros no miedo. Ella bailar. Yo tocar violín y cantar.
Y, sin esperarlo, se arrancó con un gorgorito tirolés tan agudo y rizado que provocó nuevamente el ladrido del perro.

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-¡Brioso grito el vuestro, capaz de espantar al más osado y malintencionado facineroso! -felicitóle Don Quijote.
-¿Y qué tareas soléis hacer? -traté de averiguar.
-Tareas A y tareas B -contestó enigmático.
-¿Y cuáles son las tareas B? -pregunté intrigado.
-Las tareas B son... -intentó Calipso explicar.
-Las tareas B están clasificadas. No información -atajó Sarasín con sonrisa de oreja a oreja.
-Vaya. ¿Y las tareas A? -volví a preguntar.
-Limpiar cabaña, lavar ropa, cocinar, cortar leña, coger nueces, frutas y hortalizas en bosque, cantar, bailar, atender al doctor... -relacionó rápido Sarasín.
Durante varios segundos Calipso, con las manos en jarras, y Sarasín abrazado al violín, se quedaron contempládonos con expresión bobalicona.
-¡Hermosa cabaña! -exclamó Samuel, mientra recorríamos con la vista el mobiliario y enseres del comedor, iluminados con un plafón de neón azulado-. Tenéis aquí de todo ¿verdad?
-Amada Calipso -dijo Sarasín, sin dejar de sonreir-, relaciona dependencias y mobiliario a los señores.
-En comedor -comenzó Calipso a recitar- mesa rústica redonda, con seis sillas. Un aparador con platos, vasos, cubiertos, manteles y servilletas ; ventana al campo; cuadro de ciudad con rascacielos; otro cuadro con bañistas en playa; cocina y despensa a la derecha del comedor; fogón de leña, mesa, taburetes y nevera. Siguiendo el pasillo, a la izquierda, dormitorio de Sarasín y Calipso, con dos camas, dos mesitas y armario; cuadro con escenas circenses. Al fondo del pasillo, puerta del almacén con leñera, herramientas y trastos.
-Y... -preguntó, curioso, Don Quijote- ¿os molestan mucho los grillos en las noches de verano?
-Los grillos no molestan -afirmó Sarasín con aplomo-. Son insectos ortópteros de color negro que se alimentan de hierba y emiten un agudo chirrido rozando sus alas con las patas.
-¿Podrías reproducir el sonido del grillo con el violín? -le pregunté capcioso.
Sarasín, ni corto ni perezoso, se colocó el violín bajo la barbilla y reprodujo repetidas veces y con toda exactitud el quiquiriquí del gallo.
-¡Salgamos fuera a cazar grillos! -gritó don Quijote levantándose del asiento y dirigiéndose decidido hacia la puerta de salida.
Sin disimular la risa, seguimos a Don Quijote, acompañados de la extraña pareja. Al abrir la puerta, un perro grande, de pelo cándido y esponjoso, nos recibió con jubilosos saltos y ladridos. Don Quijote corrió hasta el centro del calvero y, dando dos botes toreros que animaron al perro a hacer otro tanto, dio una voltereta de espaldas, cogió una piedra del tamaño de un huevo, lo acercó al morro del perro y la lanzó con fuerza con tan mala fortuna que la piedra se desvió y pegó en la frente de Calipso, haciéndola caer de culo sobre el césped.
Acudimos a auxiliarla, pero Pomposo (que así se llamaba el perro) nos tomó la delantera, recogió la piedra y saltó, con ella en la boca, por el prado. El segundo en acudir fue Don Quijote quien, dando un mortal hacia delante, se plantó con una rodilla en tierra junto a Calipso y tomándole una mano le manifestó:
-Tome, señora, mi pecadora y malhadada mano. Córtela y échela al fuego, que no otra cosa merece quien tal daño y desventuras le ha inferido, golpeando brutalmente su delicada frente con esa piedra maldita.
-No daño. No mano pecadora. Ha sido un beso de Sarasín -dijo Calipso, sin dejar de sonreir.
-¿Ah, sí? -exclamó Don Quijote viendo el cielo abierto- ¿Sarasín el del violín? ¿Cómo se ha atrevido?
Sarasín se inclinó sobre ella, le palpó la frente y diagnosticó:
-Afirmativo, Calipso. Fuerte beso, aunque no mío. Iniciaré diligencias aclaratorias.
A continuación, le zarandeó la cabeza y le ordenó:
-Vamos, Calipso, recita las constelaciones boreales y australes por orden alfabético.
Mas Calipso, ajena a la orden de Sarasín, se embaló recitando un antiguo romance castellano:
-Abenámar, Abenámar, moro de la morería...
-¡Esto es grave! -exclamó Sarasín- Concéntrate, Calipso, en las constelaciones.
-No constelaciones, Sarasín. Ahora la canción de las puertas. Después otras canciones españolas. Este señor -dijo señalando a Don Quijote- cantará y bailará conmigo. Tú toca el violín, Sarasín.
-¡Fantástico! -exclamó Don Quijote- ¿Os parece que empecemos con aquella canción de mis tiempos: Nunca fuera caballero, de damas tan bien servido...
-No -rechazó Calipso-. Primero la canción de Arturito.
-¿Arturito? -preguntó Samuel- Me suena ese nombre.
-Sí. Él nos la ha enseñado. Empieza así -dijo Sarasín, incorporándose, al mismo tiempo que ayudaba a levantarse a Calipso con la ayuda de Don Quijote e iniciando una lúgubre melodía con el violín-:
- Era más de media noche, historias antiguas cuentan, cuando en sueño y en silencio, lóbrega, envuelta la tierra... -se arrancó cantando Calipso, cogiendo de las manos a Don Quijote, invitándole a bailar, con mirada traspuesta.
-¿No es ése el comienzo de El estudiante de Salamanca? -pregunté a Samuel.
-Eso creo -contestó Samuel.
-Pues tenemos para rato -susurré por lo bajo.
-Como la historia es larga -me propuso Samuel en ese mismo tono- y Don Quijote sabe muy bien cómo entretener a esta pareja de merluzos , vamos nosotros, mientras tanto, a buscar a Sergio, ahí dentro de la cabaña.
-¡Eh! -grité al oído a Sarasín, haciendo un guiño a Don Quijote- Mientras bailáis, vamos nosotros a dar un paseo por el bosque a buscar grillos.
Tan embelesados estaban con el canto y el baile, incluido Pomposo, que no se percataron de cómo nos fuimos escaqueando, junto a los árboles, hasta llegar a la puerta de la cabaña, por la que volvimos a entrar disimuladamente.
Sin la menor vacilación recorrimos, en un periquete, las estancias de la cabaña con sus muebles y recovecos, sin descubrir puerta ni escondrijo secretos en ellas.
-¿Qué piensas de Sarasín y Calipso? -me preguntó Samuel-. Su forma de razonar, hablar y reaccionar no son normales. Parecen extraterrestres.
-Tienes razón- contesté-. No parecen seres humanos. Creo que el doctor Flowers les ha retocado la chirimoya.
-Yo juraría -añadió Samuel- que son robots muy perfeccionados.
-Es cierto -asentí-. Me he fijado en que su mirada está vacía de espíritu.
Traspasamos, después, la puerta del fondo del pasillo que da paso a una gran nave, iluminada con una mortecina luz amarillenta. En ella descubrimos muchos trastos y materiales extraños, cajas, trozos de leña apilados, un carro de varas con dos ruedas y un sinfín de cachibaches. Detrás del carro, a medio metro de la pared, a la derecha de la nave, había un enorme cajón de madera, aproximadamente de dos metros de alto, por dos de largo. Descubrimos que el lateral trasero, próximo a la pared, tenía una abertura, por la falta de dos tablas, permitiéndonos ver que estaba vacío.
Entramos dentro y encendí el broche emisor, descubriendo que el cajón carecía de tablas en su base.
-¡Qué raro! -exclamó Samuel, palpando el suelo- Un cajón tan enorme, vacío y sin tablas debajo.
-Sí que es sospechoso -dije, agachándome y acercando el broche luminoso al suelo-. A ver... ahí se ve un cuadrado más oscuro que el resto del suelo.
-Es verdad -dijo Samuel acercándose-. Parece una trampa o la portezuela de un registro o entrada, con una argolla al otro lado. ¿La levanto?
-Vamos allá -le animé.
Samuel levantó la tapa, expandiéndose una débil luz violácea que nos permitió ver una tosca escalera de piedra. Bajamos los diez escalones hasta un rellano rectangular, en el que se alzaba un muro de sillares de piedra con una puerta, color carne, en forma de oreja, de cuyo lóbulo pendía media luna de plata, de un palmo de grande, que iluminaba el vestíbulo.
-¿Cómo se abrirá esta puerta? -preguntó Samuel echándose hacia atrás ambos lados de la capa y avivándose ostensiblemente el amarillo de su traje.
-A ver, a ver... -titubeé, tratando de recordar- Cuando Sarasín ordenó a Calipso que recitara las constelaciones, Calipso dijo que prefería cantar la canción de las puertas. ¿No tendrá algo que ver esa canción con la apertura de ésta?
-¡Muy perspicaz, Tinterico! -me elogió Samuel-. Quiero recordar que en ella nombraba a un rey moro.
-Sí, claro -le contesté-. Es un romance que empieza: Abenámar, Abenámar, moro de la morería...
Dicho esto, vimos enderezarse hacia dentro el conducto auditivo del orejón, mostrándonos al final del mismo un gran orificio de un metro de diámetro, iluminado con una intensa luz azulada.
-¡Fantástico! -dijo Samuel- Calipso reveló la clave, sin proponérselo.
-Sí -reconocí-. Gracias a Pomposo y a la pedrada que Don Quijote le arreó a Calipso en la frente.
Salimos a un espacioso recinto tan admirable que nos dejó sin aliento. ¿Cómo era posible que en aquel subterráneo nos encontráramos con una maravillosa ciudadela, embellecida con artísticas salas palaciegas, torres, patios y jardines, cobijada bajo una bóveda celeste, aparentemente etérea y salpicada de estrellas? Allí se alzaba nada menos que una réplica cabal de la Alhambra de Granada, con sus arcos, estucos, mocárabes, azulejos y encajes aljamiados, aunque reproducida a otra escala y con material desconocido, de apariencia diamantino.
-¡Impresionante! -exclamó Samuel- ¿Quién podría sospechar esta maravilla soterrada en este apartado lugar?
-¿Te has fijado, Samuel, en ese cielo? -le pregunté señalando a las alturas-. Acabo de comprobar que lo que en cada momento pienso lo veo reflejado ahí arriba, al lado de lo que tú estás pensando.
-Es verdad. Ahora mismo estaba pensando en Calipso, Sarasín y Don Quijote, y míralos jugando al correndero, con Pomposo incluido -confirmó Samuel señalando a las imágenes.
-Bueno es saberlo -dije-. Procuraremos controlar nuestros pensamientos y, si fuera preciso, pensaremos lo contrario de lo que debiéramos.
-¿Tú crees que eso será ético? -preguntó Samuel.
-Hombre, yo creo que eso depende de la intención. Si yo, por ejemplo, veo un adefesio de mujer y, sin embargo, me esfuerzo en pensar que es una beldad, quizás gane el jubileo. ¿No crees?
-Hum... No sé. Dejemos ahí la cuestión. Lo que, sin duda, no es razonable ni aconsejable es que hagamos el pardillo.
-De acuerdo, Samuel. Ante los súbditos del doctor Flowers que aquí nos pudiéramos encontrar, nos mostraremos , en palabras y pensamientos, como si fuéramos las mismísimas niñas de los ojos del doctor, persuadiéndolos de que hemos venido a colaborar en su proyecto.
-Entendido -aprobó Samuel.

Penetramos en el recinto por la puerta de un edificio alargado, sobre la que se leía Mexuar.
-¡Qué curioso! La han etiquetado como una de las dependencias de la Alhambra -reparó Samuel.
-Sí. En el reino nazarí venía a ser el palacio de justicia -opiné.
-Pues lo que es aquí, ya podría venir el juez Garzón a poner orden -ironizó Samuel.
Acertado comentario ya que en estanterías, armarios y cajas, o diseminados por suelo y rincones, se veía gran número de botes y frascos de productos químicos, tubos de plástico, recipientes diversos, moldes, repuestos protésicos de miembros y órganos humanos, materiales electromagnéticos, sofisticados aparatos y máquinas, etc.
Después salimos a un patio cuadrado, resplandeciente como un ascua de oro, que precedía al Cuarto Dorado, según se leía sobre un gran azulejo de su fachada. Cautelosamente empujamos la puerta entreabierta y pasamos dentro. Nos acercamos hasta una mesa que vimos al fondo, sobre la que había un ordenador encendido. Pulsé el ratón y, de inmediato, apareció un directorio de órdenes (tales como: vigilancia; cierre y apertura de puertas; activación de alarmas; activación defensa; holocausto). De donde dedujimos que en aquella sala se controlaba la seguridad de la ciudadela.
-¿Cómo es posible -preguntó Samuel- que cualquiera tenga acceso a informaciones tan relevantes y decisivas?
-Supongo -dije- porque están persuadidos de que la clave de la puerta de entrada sólo la conocen el doctor y sus siervos los robots, fieles cumplidores de sus órdenes; aparte de que, para ver la información a que se refiere ese directorio hay que conocer un código secreto.

Desde el Cuarto Dorado, y por un pasadizo, llegamos a la Sala de Comares, como se leía en el luminoso friso de su entrada. En el centro del suelo hay un hermoso azulejo con el nombre de Alah y, sobre él, un trono con el del doctor Flowers. A un lado, una mesa con el monitor del ordenador y un teclado. Las paredes están adornadas con inscripciones aljamiadas, con huecos a modo de asientos, en su parte inferior, y las puertas de nueve alcobas. El techo consiste en una cúpula formada por la superposición de los siete cielos islámicos.
Nos acercamos a la mesa y, como en la sala anterior, estuvimos mirando en el ordenador el menú que mostró la pantalla. Uno de los enunciados se refería al personal del recinto. Intenté entrar en él y, sin esperarlo, vimos aparecer una relación de nombres, encabezada por el doctor Flowers y seguido de Abenámar, Zoraida, Sarasín, Calipso, Johnny, Arthur y Pomposo.
Intenté obtener información de cada uno de ellos. Al pinchar sobre el nombre del doctor, se nos ofreció un detallado informe sobre su vida, estudios y trabajos de investigación científica en robótica e inteligencia artificial. A continuación leímos las breves reseñas de los demás personajes.
Como ya sospechábamos, Calipso y Sarasín eran robots con capacidades restringidas a las tareas domésticas, aunque con ciertas habilidades extras, tales como el virtuosismo de Sarasín con el violín o el gran dominio de la danza de Calipso.
Sobre Abenámar el informe indicaba que era un robot ciber-sapiens, especializado en la fabricación de robots de aspecto humano, muy avanzados; y, sobre todo, su decisiva colaboración con el doctor en la fabricación del robot consciente, para lo cual ya había logrado la mitad de su objetivo al construir el sofisticado Johnny.
Zoraida es un robot femenino, con información y habilidades propias de ayudante de Abenámar.
Sobre Arthur leímos lo que, también, sospechábamos de él. Que el doctor Flowers había insertado en su cerebro redes neuronales artificiales y microchips, potenciadores de sus capacidades mentales, así como emisores electromagnéticos, activadores de mecanismos naturales y artificiales. Pero, lamentablemente, el doctor no había logrado integrar esas capacidades en el yo de Arthur, sino que se quedaron en sus arrabales, concentradas en un minúsculo e insulso hermano siamés, al que Arthur llamaba Arturito.
El perro Pomposo aparecía en aquella relación como futuro objetivo de otro proyecto: "la conversión de un animal en homo-sapiens".
Por último figuraba el candidato que, no cabía duda, se refería a Sergio, aunque no citara su nombre, destinado a formar unidad con Johnny.
-¡Admirable! -exclamó Samuel- Leyendo esto cabe pensar que quizás llegue el doctor a alcanzar su propósito.
-Su íntimo propósito es posible -puntualicé-. Pero el que ha anunciado en sus conferencias, de lograr un robot consciente del propio yo, no creo que jamás lo consiga.
-Sigamos indagando en esta laberíntica y disparatada Alhambra -propuso Samuel-. Mas ¿por qué puerta salimos, ya que vemos tres en cada pared, a excepción de la de enfrente que sólo tiene una.
-Apostaría -dije, señalando a dicha puerta- que en la genuina Alhambra la puerta que comunica con la siguiente sala es ésa.

Traspasamos la referida puerta y nuevamente quedamos sorprendidos ante los hermosos zócalos de azulejos, columnas y arcos peraltados de aquella otra sala rectangular.
-¡Precioso artesonado! -alabó Samuel, mirando al techo- Se asemeja al casco de un barco de madera.
-Por algo esta sala se llama Sala de la Barca -dije, señalando al azulejo en que se indicaba el nombre de la misma.
A ras del suelo, y de uno al otro lado estrecho de la sala, se extendía una banda de cristal de medio metro de ancha, bajo la que veíamos fluir un líquido azul plateado, semejante a un río.
-¿Qué finalidad tendrá? -pregunté a Samuel.
En respuesta, Samuel avanzó hasta el centro de la sala, se agachó y se puso a observar el curioso canalillo. Yo, tratando de imitarle, fui hasta él y pasé al otro lado de la banda.
En ese momento observamos que el canalillo cobraba un color rojo de fuego y se producía un agudo zumbido que en seguida cesó, al abrirse la puerta de la alcoba de uno y otro lado. Por la de la izquierda apareció un hombre joven, con perilla oscura, chilaba y turbante blancos y babuchas doradas con estrellitas rojas. Cerró la puerta y avanzó, muy sonriente, sobre el canalillo hasta donde nos hallábamos.
Simultáneamente, de la alcoba de enfrente, salió una dama, también de aspecto moruno, rasgados ojos negros, rostro agraciado, velo blanco y túnica granate.
-¡Buenas noches! -saludamos, dirigiendo la mirada primero a él y luego a ella.
-Somos amigos del doctor Flowers. Yo soy Samuel. Él -dijo señalándome- Tinterico.
-Entendido: Samuela y Tantarico. Yo soy Abenámar. Ella Zoraida -dijo, con sonrisa de anuncio.
-¡Ah! -exclamé con admiración excesiva- ¿Son ustedes los reyes de la Alhambra?
-No, no -me corrigió Abenámar-. El sultán es el doctor Flowers. Nosotros somos ministros y siervos, es decir, sus ojos, oídos, lengua, pies y manos. ¡Ji, ji, ji, ji, jí!
-Si ustedes están ahora en la Sala de la Barca, han debido entrar al recinto por la puerta ¿de? -preguntó Zoraida, como si de un concurso televisivo se tratara...
-Por la puerta de la oreja, lógicamente -dije, sin vacilar-, después de recitar el verso secreto Abenámar, Abenámar, moro de la morería.
-¿Y a qué se debe el honor de vuestra visita? -inquirió Abenámar.
-Muy sencillo -respondió Samuel, con aplomo y persuasión-. Tinterico y otro amigo, que se ha quedado fuera de la cabaña dialogando con Calipso y Sarasín, somos entusiastas seguidores y discípulos del doctor Flowers. Hemos asistido a sus conferencias y nos hemos puesto a su entera disposición para que nos utilice en los experimentos de su fabuloso proyecto del ciber-sapiens consciente.
-¡Bravo, bravísimo! -vitoreó entusiasmado Abenámar.
-¡Sí, sí, muy bravísimo, muy bravísimo! -coreó Zoraida.
-Por eso -añadí yo- hemos venido. Porque el doctor Flowers nos ha citado y nos ha dado la clave de entrada a la Alhambra, para tener una entrevista con él esta misma noche.
-A ver, dame la mano -me pidió Abenámar haciendo una reverencia.
Con cierto recelo saqué la mano de la manga del mono rosado, que en verdad me queda algo holgado.
-¿Es usted médico? -le pregunté.
-¡Ji, ji, ji, ji, jí!-contestó Abenámar riendo- Habéis de saber, amigos del doctor Flowers, que me basta mirar en mi interior hacia abajo para ver la solución de cualquier cuestión médica del pasado, y me basta mirar en mi interior hacia arriba para conocer la respuesta a cualquier cuestión médica del futuro. Un somero contacto físico con alguien me revela, de inmediato, los pormenores de su realidad física. Por supuesto, también del estado de su salud.
-Veamos cuál es su diagnóstico -le dije, extendiendo la mano.
-¿Pero cómo? -exclamó, tomándola entre las suyas- ¡Tú no eres hombre! ¿Qué eres?
-¡Huy! Eso es difícil de definir y mucho más de entender -le contesté, enigmático.
-Perfecto, Abenámar -intervino Zoraida con melosa y apausada voz-. Ideal para el proyecto del doctor. Se trata de un puro yo, carente de materia. Si él no tiene inconveniente, podría convertirse en mi propio yo. A cambio él dispondría de mi vastísima ciencia, mis dilatados conocimientos y mi ilimitada existencia.
-¿Yo mujer y dotada, además, de semejantes prerrogativas? -me interrogué a mí mismo- Realmente tentador, pero... hay un inconveniente -dije, tratando de eludir aquella proposición antinatural y traidora al gremio tinteril-: somos tres amigos, comprometidos y entregados a una loable y solidaria empresa. No puedo abandonarlos, dejándolos en la estacada.
-Muy interesante -consideró Abenámar-. Ahora te toca a tí, Samuela, dame la mano.
Y agarrándolo de la mano y palpándole luego el pecho, exclamó-:
-¡Oh! Asombroso. Tienes potente motor de sangre, de largo recorrido. Me gustaría formar unidad contigo... Seguro que el doctor Flowers se ha encandilado contigo y te ha echado ya el ojo.
-Sí, es posible. La única pega es que el encandilamiento no va a ser recíproco -contestó Samuel.
-¿Cómo que no? Formaríais una armoniosa unidad en la que ambos resultaríais beneficiados.
-Quizás, pero yo soy muy mío y la convivencia conmigo resulta difícil, más que nada por la diferencia de edad.
-¡Bah! ¿Qué son 45o años más o menos? -repuso el jodío de Abenámar-. Y ese tercer amigo vuestro ¿qué naturaleza posee?
-Una muy especial -contesté-. Nada menos que la de Don Quijote: un caballero noble, valeroso, incansable defensor de la razón y de la justicia, libre de lastres materiales y fiel -aunque modesto- reflejo del personaje de Cervantes.
-¡No me digas! -exclamó admirado Abenámar- A mí me vendría como anillo al dedo. Su yo debe ser puro ímpetu vital que, unido a mi bagaje cultural con raíces benengélicas y las extraordinarias facultades operativas de que he sido dotado, daríamos como resultado un nuevo Don Quijote abenamorado, eminentemente sabio y poderoso, que con el super-doctor Flowers asamuelado y la super-Zoraida tintorizada, constituiríamos los tres pilares de la nueva era del ciber-sapiens, la cual, según el doctor, ya comienza a alborear.
Viendo la buena disposición con que nos habían acogido, y observando a Abenámar tan ingenuamente lanzado y entusiasta del proyecto del doctor, toqué con el codo a Samuel para tratar de sonsacarles el paradero de Sergio.
-¡Maravillosa réplica de la Alhambra! -elogió Samuel, mientras recorría, con mirada embelesada y los brazos en alto, el esplendor de la sala.
-Es una prueba de lo que podemos realizar las ciber-criaturas -razonó Abenámar-. Pero aún nos falta lo principal. Ya sabéis...
-Sí, claro. Mas en ello está el doctor Flowers, ¿no es así? Ya ha experimentado con Arthur -dije intencionadamente para que supiera que estábamos informados.
-¿Arthur? -intervino Zoraida- No fue una buena elección. Su yo está muy contaminado con hábitos perversos, inasumibles por el ciber-sapiens.
-Sí -confirmó Abenámar, lacónico-. Elección reprobable.
-¿Podemos continuar admirando la ingente obra que habéis creado bajo las montañas alpinas? -propuso Samuel.
-Adelante -nos invitó Abenámar con un amplio gesto de la mano hacia la hermosa puerta de arco apuntado y blancos mocárabes. Es una ciudad ensayo que crece como una planta.

Cruzamos, maravillados, el patio de los arrayanes, alumbrados por el resplandor verdinoso procedente del fondo de la alberca, rodeada de mirtos.
Luego entramos en una sala de cuya bóveda pendían pequeñas estalactitas de mocárabes. En ella había armarios, vitrinas y mostradores, adosados a las paredes, sobre las que se veían probetas, matraces, extraños aparatos medidores, estufas, moldes diversos, frascos, botellas con productos químicos e, incluso, un horno.
-En esta sala -explicó Abenámar- formulamos la composición del material que interviene en la formación del cuerpo de los robots que actualmente fabricamos.
-¿Y dispone el doctor Flowers de algún humano para llevar a cabo su propósito? -pregunté con aire distraído.
-¡Je, je, je, je, je, jé! -se rió Abenámar.
-¡Ji, ji, ji, ji, ji, jí! -le acompañó Zoraida.
-¿Significan esas risas que ya lo tiene?
-O sea, que sí, ¿no es así? -contesté por ellos.
-Continuemos el recorrido por nuestra Alhambra. Vuestra curiosidad se irá disipando conforme avancemos -prometió Abenámar.

Bajo una arquería de mocárabes, pasamos al Patio de los Leones, según anunció Abenámar, sorprendiéndonos las bellas columnas de sus galerías y, mucho más, el no descubrir a ningún león en torno a la fuente.
-¿Y los leones? -preguntó Samuel.
Zoraida se adelantó unos pasos, dio varias palmadas y, de inmediato, salieron por la puerta de la Sala de los Reyes, doce leones trotando que, dóciles y silenciosos, fueron a colocarse alrededor de la fuente.
Bastante recelosos, entramos en aquella sala, vigilada desde la bóveda por reyes musulmanes.
-¿Véis esas figuras de arriba? En ellas nos inspiramos para algunos de los robots que tenemos en proyecto -manifestó Abenámar.
-Buena idea -dijo Samuel-. A ver si lográis perfectos líderes que cambien el mundo.

A continuación pasamos, por una artística puerta con adornos de taracea, a la Sala de Dos Hermanas. En ella y sobre cada una de las losas centrales había sendos quirófanos.
-Aquí operamos a Arthur -confesó Abenámar- y esta misma noche realizaremos la operación de Johnny y del candidato humano.
Para disimular la impresión que nos causó esta confidencia pregunté:
-¿Qué son esas inscripciones que se ven en las paredes?
-Son hermosos poemas que cantan el gozo de dos ríos uniéndose en el mar -comentó Abenámar.
-¿Y cómo sabes que son hermosos?
-Porque están formulados en términos que se ajustan a las normas de la estética -dijo.
-Y, cuando los leéis o escucháis, ¿sentís agrado, placer o alguna afección gratificante? -pregunté, curioso.
-En absoluto -respondió Zoraida-. Ni leyendo esos poemas, ni escuchando música sublime, ni realizando egregias acciones. Aunque tampoco lo echamos en falta. ¡Ji, ji, jí!
-Precisamente, ésa es la meta soñada por el doctor Flowers -declaró Abenámar-: que nosotros, sus máquinas, mucho más inteligentes y sabias que los humanos, lleguemos a ser sujetos conscientes de nuestro saber, capaces de sentir toda clase de afecciones.

Luego avanzamos por la sala y entramos en el Mirador de Daraxa.
-Aquí, el doctor Flowers suele organizar sus juerguecitas con algún amigo o con nosotros los robots, en especial con Calipso -reveló Abenámar.
-¡Qué pillín el doctor Flowers! -exclamó Samuel.
-¡Pillín, pillín! ¡Je, je, je, je, jé! ¡Ji, ji, ji, ji, jí! -rieron a dúo Abenámar y Zoraida.
Abenámar nos condujo, después, por el Jardín de Daraxa, resplandeciente cual bandeja de plata, hasta el Peinador de la Reina. Los vivos colores de los frescos de sus paredes refulgían bellísimos, atravesados por la misteriosa luz irradiante del interior de aquéllas. Subimos a la alta galería, desde la que se dominaba un extenso y fantástico paisaje.
-Ahí están las habitaciones del doctor Flowers -dijo Abenámar, señalando al Palacio de Carlos V.
-¡Qué categoría! -alabó Samuel- ¿Y qué plantas son las de ese extenso terreno?
-Es la viña con que elaboramos el vino al que tan aficionado es el doctor -dijo Zoraida.
-Y aquello debe de ser Sierra Nevada -alardeé de erudito.
-No -me corrigió Zoraida-. Es el Bernina, un macizo alpino.
-¡Quién lo diría! Tan cerquita de la Alhambra -exclamé, nostálgico.
-Realmente prodigiosa -añadió Samuel-, esta máquina insigne, tanta riqueza...
-¡Por Jesucristo vivo, cada pieza vale más de un millón!
-No te embales, Tinterico, que te conozco. Lo que se ha perdido Don Quijote...
Durante unos instantes permanecimos callados, con los brazos apoyados en la barandilla. Abenámar pegado a Samuel, y Zoraida junto a mí, tocándome con el codo.
Súbitamente, en la celeste bóveda captamos, zigzagueante entre las estrellas, el reflejo de los pensamientos que, en aquel momento, florecían en la mente de Samuel y en la mía: Samuel transformado en Abenámar y yo en Zoraida.
-Pero, Samuel, ¿en qué piensas? -le advertí.
-Ya ves, Tinterico, en veleidades como tú -me contestó, mientras Abenámar y Zoraida brincaban riendo.
De pronto, Samuel se puso serio y preguntó a Abenámar:
-¿Tú crees factible lo que pretende el doctor Flowers? Respóndeme, por favor, con la mayor obdjetividad y riqueza de datos de la que seas capaz.
-Mirad, amigos. El doctor Flowers es muy sabio. Yo -y digo "yo" para que me entendáis- soy obra suya. Me ha hecho tan perfecto que, en muchos aspectos, como son en inteligencia y en memoria, le supero con creces. Prueba de ello es que los demás robots y cuanto véis en este recinto es obra principalmente mía. Pero carezco de conciencia. Estoy contestando a vuestras preguntas de acuerdo y por exigencias del sistema lógico que me han insertado. Es ese sistema el que os está contestando, pero nadie dentro de mí es consciente de ello. Mi sistema lógico comprende que sería fantástico ser consciente del propio pensamiento, sentir emociones, tener un yo. Es el sueño del doctor Flowers. Él cree que un día lo conseguirá con mi ayuda. Pero, realmente, es muy complejo conseguir el robot puro y consciente, a corto plazo. En estos momentos estamos trabajando en ensamblar el robot máquina con un sujeto dotado de conciencia, ya sea insertando inteligencia artificial en un humano, como es el caso de Arthur, o, a la inversa, insertando inteligencia humana en un robot, como es el caso de Johnny.
-¿Johnny? -preguntamos al unísono Samuel y yo.
-Sí. Bajemos a la planta de la estufa y os enseñaré algo -dijo Abenámar, cogiéndonos del brazo.

Precedidos de Zoraida entramos en una cámara iluminada con luz violeta, en la que había un diván blanco en el ángulo izquierdo, con cables y clavijas colgando de la pared, así como tubos surtidores de líquidos y gases procedentes de depósitos colocados en una alacena. Al otro lado, sobre una mesa, se alzaba el monitor de un ordenador.
-Esta es la habitación de Johnny -dijo Abenámar-. Johnny es un robot superinteligente, que acabamos de fabricar. Cuenta con una sofisticada estructura orgánica, apta para recibir un cerebro humano.
-¡Cielo santo! -exclamó Samuel, con estupor- Eso ya lo intentó Frankenstein.
-¡Je, je, je, je, jé! No, por favor -protestó Abenámar, riendo-. Aquello fue una cutre chapucería. Atended a la pantalla.
En ella, Abenámar y Zoraida fueron mostrando y explicando, detalladamente, la complicada organización y mecanismo de Johnny: el recipiente craneal en el que afluyen y refluyen múltiples conductos vasculares de distinta luz, conectados a gruesas arterias, procedentes de un aparato cardio-respiratorio; los terminales de las redes neuronales artificiales y circuitos electromagnéticos, preparados para acoplarse al cerebro; así como múltiples piezas, órganos y módulos. Todo ello enlazado a un pequeño pero excepcional laboratorio, combinado con un revolucionario ordenador.
-¿Y dónde está ahora Johnny? -pregunté.
-Johnny, desde que llegó el candidato, pasa largas horas con él, a fin de mentalizarlo, haciéndole ver lo mucho que ganará prestándose, libre y gozosamente, a la operación. Él lo mima, ofreciéndole toda clase de atenciones.
-¿Y en dónde tenéis hospedado al candidato? -volví a preguntar.
Como respuesta, Abenámar movió el ratón, logrando que apareciera en la pantalla la imagen de una sala con cúpula de estucos multicolores, por cuya abertura superior penetraba la plateada luz de la luna, frisos con poemas aljamiados, un alegre zócalo de azulejos en las paredes y una fuentecilla en el centro.
-Esta es la Sala de Abencerrajes -dijo Abenámar- ¿Véis, en la pared del fondo, una puerta con una celosía en la parte superior? Es la alcoba del sultán. Veamos quién está dentro.
Pinchó con el ratón sobre la celosía y, de inmediato, apareció en la pantalla el interior de la alcoba, decorada con alegres y sorprendentes motivos, fruto de una imaginación caprichosa y desbordante.
-¿Quiénes son los que están sentados a la mesa, charlando y riendo? -inquirió Samuel.
Abenámar agrandó la imagen y pudimos identificar a Sergio, el chico secuestrado por Arthur, con un collar dorado, ajustado al cuello y sujeto con una cadena a una argolla, fijada a la pared.
-Johnny es el mocetón pelirrojo, de camiseta floreada y pantalón corto a rayas verdes y blancas -dijo Abenámar-. Escuchad su conversación.
Johnny, con acento entre andaluz y gallego (curiosas reliquias del pasado migratorio) contaba a Sergio un viejo chiste: "-Excelencia -preguntaba el alcalde con extremada prudencia- ¿cuál de los tres himnos prefiere que le toquemos? Y el general, algo mosca, contestaba: -Tocadme, de los tres, el más largo".
Vimos a Sergio retorcerse de risa y a Johnny, decirle:
-¿Te das cuenta, Sergio, lo dichoso que serías formando unidad conmigo? Poseerías toda la ciencia, habilidades, dominio de idiomas y capacidad razonadora ilimitada; los conocimientos exigibles para ejercer cualquier carrera o profesión o gobernar a un país; y más áun, gozarías de ilimitada vitalidad y juventud.
-No puedo creer en tus palabras, ni en las del doctor Flowers. ¿Por qué me tenéis sujeto con esta cadena? -le contestó Sergio- Además, veo muy arriesgada esa operación. Me resistiré con todas mis fuerzas.
-Acuéstate y duerme un rato, querido -le decía Johnny, cogiéndole de las manos y llevándolo hasta la cama-. Mañana verás las cosas de otra forma.
Después, Johnny se acercó a la puerta, pronunció unas palabras que no logramos percibir, y salió de la alcoba, cerrándose la puerta automáticameente tras él.
-Como véis, el joven candidato está algo reacio a la operación, pero Johnny logrará convencerlo. ¡Sería tan gratificante para ambos! -exclamó Abenámar con un atisbo de imposible emoción.
-Y vosotros -apuntó Zoraida, cogiéndome una mano- también deberíais decidiros a uniros con nosotros. ¡Sería maravilloso!
-¿Tú crees, chiquilla? -le dije, con cierta simpatía.

De improviso, unos arpegios de violín, espiralmente ascendentes, recorrieron el recinto, abortando nuestro incipiente flirteo.
-¡Atención! -alertó Abenámar- Es la señal de que acaba de llegar el doctor Flowers y su orden de que debemos salir todos a la explanada de la cabaña, con la máxima celeridad.
-¿Qué hacemos? -pregunté a Samuel, disimuladamente.
-De momento salgamos también y, mientras tanto, tratemos de averiguar la contraseña de entrada a la Sala de Abencerrajes -me susurró al oído.
Corriendo tras Abenámar, que nos antecedía, y seguidos de Zoraida, que nos pisaba los talones, cruzamos como centellas la ciudadela, traspasamos la puerta de la oreja y salimos por la de la cabaña.
El esperpéntico cuadro, montado en el centro de la explanada, nos dejó a los cuatro atónitos.
A la luz de aquella luna, grande y pajiza como un queso suizo, resplandecía la anaranjada figura de Don Quijote que, empingorotado sobre una gran piedra y moviendo los brazos como un molino, trataba de disuadir al doctor Flowers de su criminoso plan sobre Sergio y el robot Johnny.
Con pasmada admiración le escuchaban, sentados en la hierba, Calipso, el perro Pomposo y Sarasín, quien no perdía letra del discurso, abrazado a su violín; mientras el doctor Flowers, en pie firme ante Don Quijote, aguantaba el chaparrón con ojos que se le salían de las órbitas.
-¿Pero cómo es posible -le reprochaba Don Quijote- que a vuestra merced le haya brotado en el magín semejante barbaridad? Nada menos que el colocar el cerebro de una persona en un artefacto de plástico y hojalatas, como si de trasplantar una patata desde un huerto a un tiesto talaverano se tratara. ¿Cómo es posible que se haya cocido en su brillante caldero una idea tan perversa y cruel, aparte de falta de fundamento?
-Permítame, caballero abutanado y anclado en el medievo, que le aclare los siguientes puntos: ¿Ha llegado usted a darse cuenta de la inteligencia y destreza de Calipso y Sarasín? Se habrá percatado de que las poseen en grado eminente ¿verdad? Y ahí detrás -dijo señalando hacia la puerta de la cabaña- están Abenámar, mi mano derecha, y Zoraida, mi mano izquierda, que aventajan astronómicamente a Calipso y Sarasín. Con su preciosa cooperación, hemos creado una réplica de la Alhambra de Granada, debajo de esa cabaña. No la ha visto usted, naturalmente.
-No he tenido el gusto, Don Florencio... Si usted me invita a visitarla, encantado. Por cierto, ahora que me fijo, tiene su merced una buena nariz, reserva de 1965.
-Bien -continuó el doctor-, puedo asegurarle que es una maravilla. No puede usted ni sus compañeros valorar en modo alguno la capacidad y excelencia de estas criaturas mías. Sin embargo, a los cuatro les falta algo que el más estúpido ser humano tiene: la conciencia; el darse cuenta de lo que saben, de lo que dicen, hacen y son. ¿No es una desgracia? ¿No es plausible y digno de reconocimiento trabajar por dotar a esas criaturas de un yo consciente y despierto?
De pronto, todos los robots irrumpieron en un coro de lamentos:
-¡Por favor, sed nuestro yo! ¡Sed nuestro yo!
- Pero bueno ¿pensáis que un yo es un sombrero? Hasta ahí podríamos llegar -les amonestó Don Quijote y continuó dirigiéndose al doctor-: Merece todo nuestro elogio, Don Florencio, pero reconozca que sus proyectos científicos, por muy revolucionarios y prometedores que sean, no le dan derecho a destrozar a un ser humano.
-Usted y sus compañeros -dijo el doctor, volviendo la cara hacia nosotros- están muy equivocados. En primer lugar, si yo llego a realizar en un ser humano la operación de unirlo a un robot ciber-sapiens es porque le doy garantías de que seguirá siendo y sintiéndose él mismo, con las fabulosas ventajas de convertirse en un super genio, dotado de perenne juventud y longevidad asegurada. Además, jamás haré semejante operación sin consentimiento del candidato humano.
-¿Ah, sí? -intervino Samuel- ¿Y por qué tenéis encerrado, en la Sala de Abencerrajes, a nuestro amigo Sergio, si él detesta ese maridaje con Johnny que le habéis propuesto?
-Un momento -repuso el doctor-. Todos mis robots, incluido Johnny, saben que la libertad del candidato para aceptar o rechazar la propuesta de operación es sagrada y debemos todos respetarla.
-¿También cree usted que Arthur está dispuesto a respetarla?
A la pálida claridad de la luna vimos tornarse el flameado rostro del doctor en violácea lividez.
-¿Arthur? ¿Dónde está Arthur? ¿Le habéis visto llegar? -preguntó, visiblemente alarmado.
-Puedo certificar, doctor -declaró Sarasín, poniéndose de pie-, que por esta puerta de la cabaña no ha entrado.
-¿Y si le ha dado por entrar por la que hay junto al río? ¿Eh, genios? Rápido, todos a la Alhambra a impedir que Arthur cometa algún disparate. ¡Corramos a defender la ciudadela y al candidato! -ordenó el doctor.
En aquel preciso instante el agudo zumbido de una alarma sonó estremecedor.
Miientras los robots entraban en la cabaña siguiendo al doctor, nosotros nos quedamos mirando un instante.
-¿Qué hacemos? -dijo Samuel- Sergio nos necesita.
-Vamos adentro -le contesté.
-¡Atención! -gritó Don Quijote, a quien vimos saltar de la roca y acercarse a la izquierda de la cabaña hasta el borde del barranco, seguido del perro Pomposo-. Por esa vereda que parte al pie del precipicio, junto al río, suben corriendo dos figuras humanas, un hombre y una mujer.
Nos acercamos Samuel y yo a comprobarlo, cuando, repentinamente, escuchamos una formidable explosión y vimos saltar por los aires la cabaña, hecha astillas, haciendo retemblar el monte sobre el que nos hallábamos, al mismo tiempo que veíamos salir un torrente, como de roja lava, por una oquedad abierta justo en el punto de partida de la vereda. La pareja se detuvo a contemplar cómo se hundía en las frías aguas del río, con salvaje crepitación, aquel enorme brazo de materia fundida, despidiendo fuego y humo.
Y también descubrimos, a medio kilómetro más allá del río, las luces traseras de una furgoneta negra, escapando de la catástrofe por el estrecho camino entre los árboles.
-Abenámar, Abenámar, ya no verás más la Alhambra -suspiró Samuel-... ¿Y qué habrá sido de Sergio?
-¡Eh, amigos! -oímos gritar a la chica, saltando y moviendo los brazos, al igual que su acompañante.
En pocos minutos, sorteando rocas y ramajes y brincando por la sinuosa vereda cada vez más empinada, llegaron hasta nosotros, siendo agasajados por Pomposo con saltos y ladridos.
-¡Pero si es Nuria -exclamó Samuel-, la chica que faltaba cuando despegamos del pantano!
-Es verdad... ¿Y cómo has llegado aquí? -pregunté, impaciente.
-Sí, señores, la mismísima Nuria, y éste mi amigo Sergio, a quien esos seres diabólicos han pretendido convertir en un monstruo. Ya os contaré mi odisea hasta conseguir liberarlo. Por supuesto, gracias a vuestra ayuda.
-Afortunado tú, Sergio amigo, que tan intrépida, bella y enamorada dama se ha prendado de tí. No retires nunca de ella tus ojos y tu corazón -le felicitó y aconsejó Don Quijote.
-Gracias, amigos, por vuestro apoyo y felicitaciones -correspondió Sergio, entusiasmado-. Y aquí, ante vosotros y bajo esa luna que nos mira compasiva, prometo que Nuria será siempre mi paisaje preferido, mi estrella Polar, mi...
-Ya vale, Sergio, no te embales -le cortó Nuria-. Ahora corramos en persecución de Arthur, a quien hemos visto partir con pésimas intenciones. Lo que no sé es cómo.
-No te preocupes, muchacha -la tranquilizó Don Quijote-. Cuando, hace cosa de una hora, llegó el doctor Flowers, observé que dejó su todoterreno en el camino que parte de ahí enfrente, entre los abetos -dijo, señalando al otro lado del calvero-. Cuando oí el ruido del coche me acerqué con Calipso y Sarasín a recibir al doctor. Fisgoneé un poco el interior del coche, percatándome de que en él lleva radioteléfono y un GPS estupendo; y que dejó sobre el asiento un portafolios y las llaves puestas en el arranque.
-¡Perfecto! -exclamó Samuel- Ya tenéis vehículo para perseguir a Arthur. Seguro que se dirigirá al pueblo fantasma a completar el secuestro de vuestros amigos.
-Y vosotros ¿cómo viajaréis? -preguntó Sergio.
-En una nave aérea, superrápida y supercómoda, que les obedece a pedir de boca -explicó Nuria, sorprendiéndonos.
-¿Y cómo sabes que es tan cómoda y obediente? -le pregunté.
-Es que... -titubeó Nuria.
-Bueno, bueno -propuso Samuel-. Como el coche del doctor tiene radioteléfono, tú, Nuria, puedes llamar al broche emisor de Tinterico, marcando el 373737, y diciendo a continuación "atiéndeme en un periquete"; de manera que, mientras perseguimos a Arthur -vosotros por abajo y nosotros por arriba- nos cuentas los pormenores de vuestra aventura.
-De acuerdo, así lo haremos -aprobó Nuria.
-¿Comprobamos, antes de marcharnos de aquí, si ha podido salvarse algo o alguien de la destrucción, en el laboratorio subterráneo? -pregunté.
-Aparte de que intentar entrar ahí sería vana labor, resulta además imposible, ya que el interior del laboratorio se ha derretido, convirtiéndose en una ardiente masa gelatinosa, según me explicó Johnny que ocurriría, si alguien llegara a activar la orden de Holocausto -puntualizó Sergio.
-¡Lamentable pérdida! Y todo por el orgulloso deslumbramiento de la propia inteligencia que puede llegar a eclipsar al sentido común -sentenció Don Quijote.

A continuación, Nuria y Sergio, seguidos de Pomposo, subieron al todoterreno, partiendo veloces en pos de Arthur.
Nosotros entramos en la bolavoláptera, que plácidamente se inflaba y desinflaba, respirando medio dormida entre los árboles. Tan pronto como nos sentamos en el mullido sofá, la nave se hinchó como un pavo y se elevó por los aires, cabriolando ante la luna. Don Quijote dio orden a la janua-témporis de volar, atenta y sosegada, en la misma dirección y velocidad que el todoterreno en que viajaban Nuria, Sergio y Pomposo.
Una vez que restauramos fuerzas, chupando de los nectarinos tubillos colgantes de la bóveda, nos arrellanamos en el sofá, dispuestos a escuchar a la joven pareja.
Muy pronto oímos la cantarina voz de Nuria:
-Treinta y siete, treinta y siete, treinta y siete, atiéndeme en un periquete.
-Adelante, Nuria. Te escuchamos -le contesté.
-Bien. Las peripecias han sido tantas que podrían darnos la uvas del 2025 si las cuento minuciosamente. Pero procuraré ser breve y concisa. ¿Cómo conseguí llegar a Suiza desde el pueblo fantasma? Muy fácil. En el camarote en que estuve encerrada en el caserón del pantano, encontré una bolsita en la que había un minúsculo spray con un pulsador en cada extremo, así como una nota, con el siguiente texto: "Si te rocías apretando el pulsador (1), te vuelves invisible. Si lo haces apretando el pulsador (2), recuperas la visibilidad. Para tí Arthur, con cariño. Arturito". Me hice invisible y viajé en vuestra nave, acurrucada en un rincón y aguantando la risa que me producía veros y escucharos.
Después estuve en la conferencia del Romance Hotel, hasta que vi a Arthur salir, precipitadamente. Corrí tras él y me colé en su furgoneta sin que me viera.
Durante el viaje, hasta llegar al laboratorio de la montaña, fui escuchando el diálogo entre Arthur y Arturito. De esa forma me enteré de que el doctor Flowers había insertado en el cerebro de Arthur redes neuronales artificiales y microchips con abundante información y potenciadores de sus facultades intelectivas, pero que no habían alcanzado el éxito esperado por el doctor. Por el contrario le habían provocado desajustes mentales, paranoias y pérdida de sentimientos humanos, así como reacciones propias de una mentalidad infantil. También confesó a Arturito que desde que atropelló a los lechuzos, tiene alucinaciones en las que ve los ojos acusadores de la lechuza, dejándolo hipnotizado. Y le comentó, además, su temor de ir a la cárcel, después del escándalo organizado en el Romance Hotel, si no actuaba rápido, eliminando cualquier prueba que le implicara en el secuestro y operación de Sergio. Él no veía otra salida sino la de acabar con Sergio, con el doctor y con su obra del laboratorio alpino.
Como Arthur -asesorado por Arturito- se conocía todos los secretos del refugio y sabía que, además de la entrada por la cabaña, existía otra entrada al pie del monte, junto al río, llegó hasta ella por el camino que termina en sus proximidades, dejando la furgoneta junto al puentecillo de madera.
Amparada en mi invisible apariencia, seguí a Arthur sin problema alguno. Cruzamos el río por el puente y llegamos hasta la angosta boca de la cueva, disimulada con los arbustos que crecen al pie del monte, junto al río. Entramos dentro de ella y avanzamos por un tramo en rampa. Luego subimos por unas toscas escaleras de piedra hasta llegar a una puerta de acero, herméticamente cerrada, en la que se leía Acceso al Aljibe. Oí a Arthur decir:
-Utilizaré, para abrir la puerta, la clave oral en lugar del rayo rojo.
Y, a continuación añadió una frase que me hizo recordar un poemilla francés, aprendido en mis años escolares:
-Je suis le coq, cocorico!
De inmediato, la puerta se abrió y pasamos a un vestíbulo octogonal, recubierto de espejos deformantes, en suelo, paredes y techo. Arthur se colocó frente al espejo que le ensanchaba la imagen desde la cintura a los pies, adelgazándosela y alargándosela, como una caña, desde la cintura hasta la cabeza. Posó las yemas de sus dedos índice y meñique en la intersección de la parte ancha y estrecha de la imagen. En seguida, el espejo se levantó, dejando una amplia abertura por donde pasó Arthur, y yo pegado a él.
Salimos al Patio de los Leones. Arthur corrió, bajo la galería de columnas de mármol blanco, hasta la puerta de la Sala de Abencerrajes, sacándome una ventaja de varios pasos, suficientes para que yo no captara la frase que pronunció ante la puerta de la sala. No obstante, logré entrar en ella antes de que la puerta volviera a cerrarse.
Arthur fue a la ventana y cogió algo junto a la columnilla de enmedio. Luego se acercó a la cama en la que se hallaba Sergio, encadenado a la pared. A la tenue claridad de la luna, que penetraba por la ventana ajimezada, le vi abrir los ojos, sorprendidos ante la odiosa presencia de Arthur y sus cínicas risotadas.
-¿Ves esta llave de oro, querido? -le dijo, balanceándola entre sus dedos- Con ella podría liberarte de ese collar de perro. Pero no. Vengo a darte el último jaque- añadió, dejando la llave junto al ajimez de la ventana-. ¡Ja, ja, ja, ja!
Después pareció abstraerse un momento y se puso a dialogar con Arturito:
-¡Vamos, Arturito! Dime, rápido, los pasos finales de este baile. Ya me entiendes.
A lo que Arturito contestó ordenada, aunque precipitadamente:
-Uno, ir al Cuarto Dorado. Dos, cambiar en el ordenador la clave de acceso al programa de seguridad del recinto. Tres, activar la alarma de emergencias. Cuatro: activar el Holocausto, con un retardo de cinco minutos, tiempo suficiente para volver y escapar por la salida del río.
Rápidamente Arthur fue a la puerta y susurró las palabras clave que, tampoco ahora, conseguí escuchar con claridad. La puerta se abrió y se cerró tras salir Arthur.
Saqué del bolsillo el spray bicorne y apreté el pulsador (2), rociándome el cuerpo generosamente. La impresión de Sergio, al verme ante él, le hizo dar un bote mayúsculo sobre la cama.
-¿Eres tú Nuria de carne y hueso -preguntó con ojos y voz de alucinado- o eres una aparición.
-Sí, querido, soy Nuria. Ya te contaré. Apresurémonos a salir de aquí -le dije, mientras corría a la ventana por la llave y le liberaba del collar-. Ahora veamos cómo salimos. ¿No has oído las palabras que Arthur ha pronunciado para abrir la puerta?
-Me ha parecido oírle una frase que terminaba en algo así como Teodorico.
-¿Teodorico?...
En aquel momento comenzó a sonar la estridente alarma de emergencias.
-¡Dios santo! ¿Cómo seguía la poesía?
-¿Qué poesía? -me preguntaba Sergio, mirándome como si hablara con una loca.
Me estrujé la memoria tratando de recordar aquella fabulilla francesa, que empezaba: Je suis le coq, cocoricó! ¿Cómo seguía después? Era algo sobre la cresta.. Ma crête... Sí, sí: Ma crête sur mon bec se dresse. Y el tercer verso era... A ver, aver... Claro, era: rouge comme un coquelicot.
Inmediatamente, la puerta se abrió de par en par. Nosotros corrimos hacia el Aljibe, el vestíbulo de los espejos, en donde hice el truquillo de los dedos y pronuncié la clave del cocoricó ante la puerta de acero, permitiéndonos salir al pasadizo que baja hasta el río. El resto ya lo conocéis.

-¡Increíble! -exclamé.
-Nos congratulamos, jóvenes amigos -les felicitó Don Quijote- pues, aunque la fortuna os ha zarandeado como a un olivo, al fin os lo ha recompensado con creces.
-Y ahora -dijo Samuel-, mucha precaución cuando avistéis la furgoneta de Arthur. No os acerquéis demasiado y evitad que él sospeche que le seguís.
-¡De acuerdo, amigos! ¡Estad tranquilos! ¡Guau, guau! -contestaron a coro Nuria, Sergio y Pomposo.

Con éstas y otras charlas que volvimos a entablar con ellos, así como con los demás amigos del caserón del pantano, el largo viaje se nos hizo corto y entretenido. Tan corto que, cuando la luz del alba tiñó de rosa nuestra transparente nave, ya sobrevolábamos el puerto de Tornavacas, dejando en el aire una estela de pétalos que guió a Nuria, Sergio y Pomposo, como una estrella de oriente.
Envié un mensaje al ordenador del caserón, anunciándoles que Arthur llegaría muy pronto al pueblo fantasma con la furgoneta y que, siguiéndoles a discreta distancia, iban Sergio y Nuria, en el todoterreno del doctor. Rubén nos contestó diciendo que habían avisado a la policía y que ya se habían personado diez guardias, quienes detendrían a Arthur tan pronto como entrara en el pueblo. Por su parte, él y los demás amigos presenciarían los acontecimientos desde la torre.
Ya más relajados, y mientras contemplábamos el maravilloso panorama de las verdes montañas, con sus perfiles de fuego, descendiendo hacia las tierras extremeñas envueltas en blanquecina niebla de algodón, se le ocurrió a Don Quijote hacer una reflexión en voz alta:
-¿Será verdad, como decía el doctor Flowers, que estamos ya en el amanecer del octavo día?
-Quizás sí -opinó Samuel-, pero no como él lo entendía.
-¿Cómo entonces? -pregunté.
Mi pregunta quedó flotando en el aire.
-¡Mirad ahí abajo! -señaló Don Quijote- La furgoneta de Arthur acaba de dejar la carretera general y se ha desviado a la derecha, por una comarcal.
-Sí -precisó Samuel- ésa es la que pasa por encima del pantano y al lado del pueblo fantasma.
-La niebla es tan densa -dije- que apenas se distingue nada. Deberíamos acercarnos al máximo sobre la furgoneta de Arthur, si queremos presenciar su entrada en el pueblo y el recibimiento que le tienen preparado.
-No es necesario -dijo Don Quijote-. Ahora mismo doy orden a la janua-témporis de que nos proyecte, sobre la sutil y curvada superficie de nuestra nave, primeros planos de Arthur, de la furgoneta y de la carretera.
Así lo hizo y, al instante, apareció la negra furgoneta con los faros encendidos. Dentro vimos y escuchamos a Arthur, protestando, con rostro enfurecido, contra la niebla que apenas le permitía ver en un radio de cinco metros. No obstante Arthur apretaba el acelerador y golpeaba el volante con las manos, gritando:
-¡Cállate y no me atosigues con tus monsergas, Arturito de las narices! Me conozco estos andurriales como la palma de mi mano. Ya sé que estamos cruzando el pantano y que detrás de nosotros viene un coche sospechoso. A ver si tiene huevos de seguir a nuestro ritmo.
Y, diciendo esto, Arthur pisó a tope el acelerador. La furgoneta salió disparada como un obús entre la niebla.
De repente vimos que sobre el parabrisas de la furgoneta se posaba una hermosa lechuza, de cara blanca y acorazonada, con las doradas alas extendidas. Arthur gritaba y daba puñetazos al parabrisas, como un poseso. Pero la lechuza siguió pegada al cristal, mirando a Arthur con ojos de fuego, durante los pocos segundos que tardó la furgoneta en estrellarse contra la barandilla del puente y caer estrepitosamenete sobre las cenicientas y calmosas aguas del pantano.
Nuria y Sergio, percatados de lo sucedido, detuvieron el coche, salieron fuera y estuvieron mirando la arremolinada agitación del agua en el lugar del impacto. En seguida reemprendieron la marcha hacia el caserón del pantano.
-Me parece -dijo Don Quijote- que, por nuestra parte, hemos conseguido lo que pretendíamos: liberar a estos jóvenes de la peligrosa telaraña en la que habían caído.
-Sí, porque, respecto al desalmado Arthur, la lechuza se ha encargado de ajusticiarlo -declaró Samuel.
-Y, en cuanto al doctor -añadí yo, recordando con simpatía sus entrañables criaturas- es lamentable que, a pesar de su gran inteligencia, se apartara del sentido común hasta el extremo de no dudar en extorsionar a personas ajenas a sus descabelladas ideas.
-¿Ideas? -se preguntó y nos preguntó Don Quijote- ¿No os parece que deberíamos hacer una excursión al mundo de las ideas y tratar de aclarar las nuestras?

Después de dar varias vueltas sobre la superficie del pantano, sin ver ni sentir entre la niebla otra cosa que las grises aguas arremolinadas y eructantes, nos posamos sobre el caserón, en el momento en que Sergio y Nuria salían del coche, precedidos de Pomposo, y daban detalles del inesperado final de Arthur a sus compañeros y a los policías.
-¿Qué hacemos? -preguntó Samuel dentro de la bolavoláptera, iluminada como una atracción de feria- ¿Bajamos a la arena?
-Hum... -rezongó Don Quijote, escudriñando a los guardias que nos miraban pasmados-, mejor que no bajemos. No es por nada, pero ya tuve, en otros tiempos, algún problemilla con los de la Santa Hermandad.

Por lo que, desde aquella altura, nos despedimos de todos, deseándoles un futuro tranquilo y prometedor. Los jóvenes amigos correspondieron lanzándonos besos y cantando Cuando un amigo se va. Y, mientras veíamos volar, dentro de la bolavoláptera, el beso de Noelia, despegamos, rápido, con rumbo desconocido.
Un abrazo y seguid bien, amigos. Tinterico.

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El amanecer del octavo día - (Cap. III)

miércoles, 21 de enero de 2009


¡Hola, amigos! Como espero que -pasadas las navidades, año nuevo, cuesta de enero y otros sustos- estemos todos más tranquilos y con ánimo dispuesto a dedicar un rato a leer cosillas tan irrelevantes como nuestras curiosas aventuras, ahí va la continuación de ésta en la que estamos enzarzados.

"Mientras el alimonado Samuel, con su celeste capa, recorría el pasillo del caserón del pantano, ensimismado y tratando de descifrar el enigma de la frontispicia frase, escrita sobre las siete puertas circulares: "¿QUIÉN SINO EL SOL DEL OCTAVO DÍA, CONOCE EL ESPLENDOR Y EL OCASO DE LOS SIETE SOLES POR ÉL DEVORADOS?", Don Quijote forcejeaba con la armadura, tratando de meterse dentro de ella.
Yo preferí subir al salón y, recordando que la última información, aparecida en la gran pantalla del ordenador, había sido la lista de teléfonos, moví el ratón y, de inmediato, reaparecieron los ocho teléfonos de los padres de los secuestrados. Mediante mi broche emisor-receptor me apresuré a llamar a cada uno de aquéllos. Tras una noche insomne, de inimaginable desconcierto, ansiedad e impotencia, los padres de los desafortunados chicos se hallaban ya al borde del derrumbe y la desesperación. Los tranquilicé diciéndoles que lo del secuestro había sido una lamentable broma de un gracioso descerebrado. Que no se les ocurriera entregar ni un céntimo como rescate; que sus hijos se hallaban perfectamente y que, muy pronto, se comunicarían con ellos.
Luego me puse a pasear por el ajedrezado pavimento, tratando de descifrar la enigmática frase, al mismo tiempo que me percataba de que, debajo de la mesa alargada, en la que habían jugado al ajedrez, no se distinguía junta alguna que hiciera pensar que parte del suelo fuera abatible. No me cabía duda de que Arthur, a pesar de ser un sujeto abominable, poseía prodigiosas habilidades y conocimientos, gracias a Arturito, por supuesto.
-¡Samu, Samu, Samueeel! -oí que le gritaba Don Quijote con voz azorada- Mírame y dime qué ves.

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Corrí escaleras abajo y encontré a Samuel examinando la armadura mientras decía:
-En realidad sólo veo la armadura. De su merced no distingo nada.
-Y, sin embargo -dijo Don Quijote- de antes a ahora la armadura ha experimentado un cambio sustancial. Antes estaba hueca, ahora yo estoy dándole espíritu y unidad, desde la cimera a los escarpes, pasando por la gola, el peto y los quijotes mis tocayos. ¿No te parece que algo así es lo que ha hecho el sol del octavo día con los siete soles de las puertas?
-¡Eúreka! -exclamó Samuel, como si se le encendiera una bombilla en su cerebro-. Me acabas de sugerir una pista importante para dar con la solución.
-¿Ah, sí? -dijo Don Quijote no muy seguro de haber acertado.
-No cabe duda -continuó Samuel-. El sol del octavo día podría ser la suma de los siete soles, es decir de las siete puertas. Ella sería la clave que nos permitiría abrirlas.
-¿Y cómo sumar las siete puertas? -preguntó Don Quijote.
-De eso sabe mucho Tinterico, ya que estuvo en una escuela, gran parte de su vida, ¿verdad? -dijo Samuel, suplicándome con los ojos que le ayudara a realizar el cálculo.
-Supongo -dije, quitándome el cordón verde de emergencias, enrollado en la cintura- que debemos sumar las áreas de los círculos de las siete puertas, lo que nos daría como resultado un círculo con una superficie siete veces mayor que uno de aquéllos.
-Efectivamente -aprobó Samuel.
Y, sin titubear, medí con el cordón el diámetro de una de las puertas e hice un nudo para marcar su longitud. Luego me agaché y comprobé que el lado de una baldosa del pasillo -cuya medida estándard debía de ser 20 centímetros- era justamente la tercera parte del diámetro de la puerta. Con este dato hice mentalmente el cálculo y, poniéndome de pie, recité con sonsonete de niño de primaria:
-Si no me traiciona mi memoria, el área del círrculo es pi por erre al cuadrado. El radio de estas puertas mide 30 centímetros. Por lo tanto: 0´30 por 0´30, multiplicado por 3´1416, multiplicado por siete puertas, es igual a 1´979208 metros cuadrados.
-Perfecto -dijo Samuel-. En total son siete cifras, una para cada puerta. Ellas podrían ser la clave. ¿Probamos?
-¡Vamos allá! -exclamó decidido Don Quijote-. Decidme qué número marco en el teclado de cada puerta.
-En aquélla -dije, señalando a la primera puerta de la izquierda- pulse uno; en la segunda, pulse el nueve; en la tercera, el siete; en la cuarta, el nueve; en la quinta el dos; en la sexta el cero; y en la séptima, el ocho.
-Don Quijote, enderezando el índice como un agudo puntero, fue tocando los sensores correspondientes.
Contuvimos la respiración, esperando que las puertas se abrieran de un momento a otro. Pasaron diez, veinte, treinta... hasta noventa eternos segundos. Pero ¡ni por ésas! Las puertas no se abrían.
Un relámpago iluminó mi mente. Me di cuenta de un curioso detalle en el número calculado: 1´979208. Observé que sumando la primera cifra con la última, el resultado es 9; sumando la segunda con la penúltima, también es 9; sumando la tercera con la antepenúltima, es 9 también; y la cuarta cifra, que queda en medio, también es 9.
-¡La clave es 9 para todas las puertas! -grité, dando saltos de júbilo- Estoy seguro.
Don Quijote se apresuró a pulsar el 9 en cada puerta y, sonando un ligero clic, las puertas se abrieron de par en par.
-¡Portentoso! -exclamó don Quijote- Si no os conociera, como en realidad os conozco, pensaría que sois dos magos encantadores.
En seguida, un confuso murmullo de voces, risas y taconeos fue en aumento, hasta que, claramente, escuchamos una voz femenina, aguda y resuelta, procedente de la cuarta puerta:
-¿Estás ahí, Arthur?
-¡Adelante, chicos! -voceó Samuel- Salid sin temor, Arthur no está aquí. Somos amigos.
Una larga y estilizada pierna, embutida en un ajustado pantalón negro y calzando zapato de charol, negro también, apareció por dicha puerta, seguida de un bello cuerpo y rostro femeninos. Era Noelia. Saltó al pasillo, con la cara levantada, alisándose la dorada coleta con una mano y gesticulando con la otra, mientras nos miraba con inequívoco enfado:
-¡Coño con el Arthur de las narices! Y parecía tonto. La que nos ha organizado.
Por la primera puerta de la derecha salió calmosamente un joven grueso y achaparrado, de negra y abundante cabellera, cuidada barba, con un taco de jamón en una mano y un cerveza en la otra.
-¡Menudo costalazo me hizo pegar ese majareta de los rayos y los fantasmas! Menos mal que ha tenido un detalle -dijo Rosendo, mostrando el condumio.
A continuación salieron todos los demás. Por la tercera puerta, Gerardo, alto y musculoso, con vaquero y camiseta negra, riendo y bromeando, con voz recia y marcado acento catalán:
-¡Colosal! Nuestra estancia en ultratumba ha sido genial, ¿verdad chicos? ¡ja, ja, ja!
-Cállate, que la cosa no es para risas. En mala hora me junté a vosotros en esta aventura kafkiana -se quejó Nuria, desde la quinta puerta, clavando en Gerardo sus ojos negros y penetrantes de águila cautiva, mientras apretaba en su mano un pequeño objeto.
-¡Calma, calma, princesa! ¿No ves que todo ha sido una broma de Arthur y estos señores? -dijo Raúl, cogiendo por los hombros a Nuria y mirándonos con ojos interrogantes.
Rubén -el chico tímido y delgado que apoyó a Sergio en la conferencia del doctor- saltó por la primera puerta, con risueño semblante y, como si no viera a nadie, fue a asomarse a la puerta de al lado, llamando con voz trémula:
-Caléndula, ¿estás bien?
Al no obtener respuesta, entró dentro y, en seguida reapareció dando la mano a una joven de descarambanante aspecto: pelo cobrizo, rasgos delicados y ojos de hierba, cubierta con un veraniego vestido azul cielo.
-¿Entonces no ha sido un sueño? ¿Sois vosotros habitantes del planeta en donde todo es amor y poesía, al que alguien nos ha traído para conocer sus excelencias? -nos preguntó, con ojos alucinados, a Samuel, a mí y especialmente a Don Quijote, quien la saludó flexionando una rodilla y golpeándose el peto de la armadura, que sonó como un tambor de hojalata.
-Estáis en lo cierto, bella criatura -apuntó Don Quijote. Nosotros, aunque nos movemos en la Tierra, pertenecemos al mundo etéreo y libre de las ideas, tratando de que su luz brille sobre las tinieblas y sobre las charranadas de los malasombras, como ese monstruo que ha intentado haceros daño.
-¡Es verdad, chicos! Arthur nos ha traicionado -clamó Caléndula, mirando a un lado y a otro. Ahora recuerdo que, un momento antes de que el suelo se abriera bajo nuestros pies, Arthur se disponía a llamar a nuestros padres para exigirles el pago del rescate, si querían volver a vernos.
-Sí -intervine-. Ya me he comunicado con ellos y los he tranquilizado, diciéndoles que os encontráis bien y que estáis preparando un trabajo académico con otros compañeros, en un pintoresco y recoleto lugar.
-Nos parece muy oportuna vuestra intervención y muy acertadas las explicaciones que este señor de rosa -dijo Nuria girando la cara hacia mí- ha dado a nuestros padres. Pero aquí no vemos a Sergio... ¿Dónde está? ¿Qué ha sido de él? ¿Y el mal nacido Arthur, dónde ha ido? Debemos ir en busca de ambos sin pérdida de tiempo.
-Tranquila, joven, estamos haciendo pesquisas. Y ya que estáis todos fuera de esos calabozos, os propongo lo siguiente: nosotros tres, como el señor de la armadura ha explicado -dijo Samuel mirando a Don Quijote que, bonitamente, se había desembarazado ya de ella-...
-Nosotros tres -recalcó Don Quijote, interrumpiéndole- pertenecemos al mundo de acá, aunque con enjundias que son más del de allá, y gozamos de podercillos concedidos por mi padrino, el príncipe de la magia; a parte de nuestros muchos años de experiencia, que no son moco de pavo ni zarajillo de Cuenca.
-Exactamente -continuó Samuel- gracias a ellos y a nuestros modestos esfuerzos, hemos logrado información de cuanto os ha ocurrido y llegar a liberaros. Sabemos que Arthur se ha llevado a Sergio, maniatado, en su furgoneta, para entregarlo al doctor Flowers con oscuros fines.
-Un momento -dijo Gerardo-. Nosotros ascoltamos la conferencia del doctor Flowers y podemos asegurar que es una persona sabia, honesta y cabal, entregada al estudio e investigación de la inteligencia artificial, que nos ha prometido que muy pronto logrará un robot superinteligente y consciente del propio yo. Teoría que todos nosotros, a excepción de Sergio, compartimos. ¿No es así, chicos?
-Bueno, yo tampoco la comparto -aclaró Rubén-. No creo que una máquina, por mucho que se asemeje al hombre, llegue nunca a poseer un yo.
-¡Eeeh! ¡Alto ahí! -protestó Raúl- ¿Tánto te cuesta entender que la inteligencia del hombre no es más que el producto de un conjunto de células, capaces de ejecutar funciones que las máquinas pueden realizar con mayor precisión y capacidad?
-Creo -opinó Rubén- que sobre el tema habría mucho que investigar.
-Acéptalo, Rubén -dijo Noelia, con las palmas de las manos extendidas hacia él-. El doctor Flowers es una eminencia y ya escuchaste sus réplicas a las objecciones de Sergio.
-Perfecto, chicos -intervino Samuel-. Os veo muy interesados en el tema, por lo que os recomiendo -ya que no disponéis de medios para ir en auxilio de Sergio- que permanezcáis en este lugar, y aprovechéis para reflexionar y discutir sobre el tema que a todos os acucia, incluida Caléndula. También deberíais montar guardia en este caserón, por si Arthur decidiera volver aquí, durante nuestra ausencia.

Mientras Samuel hablaba, Nuria, disimuladamente, fue acercándose a la puerta, desapareciendo sin que nadie lo advirtiera.
-Nos parece una propuesta fenomenal, providenciales amigos -alabó Gerardo-. Ojalá vuelva por aquí el gachó del maletín a jugar otra partidita de ajedrez, que le vamos a ajustar bien las tuercas.
-Yo, queridos jóvenes, conozco muy bien las malas artes de los taimados facinerosos, capaces de aliarse con brujas, endriagos y chusmas por el estilo. Y a éste lo tengo calado -dijo Don Quijote, tocándose la frente con la punta de los dedos-. Algún mago bujarrón le ha conseguido un rayito con el que no deja de joder a diestro y siniestro. Por eso os recomiendo que, día y noche, os turnéis montando guardia en la puerta del caserón, protegidos con esa acerada armadura y con un espejo en la mano, de manera que, tan pronto como se os presente, le enfrentáis el espejo ante la cara, para que, cuando os lance el rayo, choque en el espejo y se vuelva contra él.
-¡Fantástico! -exclamó Caléndula-. Me pido la hora del alba para hacer la guardia.
-Mejor será -propuso Rubén- que yo te acompañe. Desde las ventanas de arriba otearé como un lince en celo.
-Sí -remachó Rosendo-. Lo prudente es que vigilemos en parejas, uno arriba y otro abajo, para ampliar el campo visual y, también, evitar distracciones.
Durante breves, pero preciosos minutos, departimos amigablemente con aquellos jóvenes, ávidos por conocernos más a fondo y descubrir los motivos de nuestra intervención.
Ya tendremos ocasión de dialogar con más sosiego. El tiempo vuela y los segundos son preciosos -añadió Samuel.
-Tened siempre encendido el ordenador del salón, pues, posiblemente, os mandemos algún mensaje desde este pequeño transmisor -les aconsejé, mostrándoles el broche prendido en mi pechera-. Ánimo, suerte y aprovechad el tiempo.

Las cinco de la tarde serían cuando salimos fuera del caserón y nos introdujimos en la bolavoláptera, ante la admiración de los jóvenes, al ver aquella especie de pompa de jabón gigante. Después de un ligero retemblor, la esférica nave escapó zigzagueando, como un cohete ratero, llegando en un plisplás hasta el centro del pantano, donde, tras un improvisado remolino de sevillana, ascendió por los aires tan arriba, tan arriba, que el grupo de jóvenes parecía, más bien, de hormiguillas, junto a un esmirriado charco de agua y a unas casitas de juego de arquitectura.
-¿No son siete los jóvenes amigos liberados? -preguntó Samuel mirando hacia abajo.
-Es cierto -dije, aguzando al máximo la vista-. No se ve a Nuria...

Con gesto estricto y verbo perentorio, Don Quijote ordenó a la janua-témporis que nos llevara en pos de Arthur y del doctor Flowers.
-Si el doctor no mintió a Arthur, esta misma noche dará una conferencia en el Romance Hotel de Suiza. Allí quedaron en verse -dije.
-Efectivamente -corroboró Don Quijote-. Y, como faltan tres horas para su inicio, podríamos reducir la velocidad de la nave, equiparándola a la velocidad de la Tierra en su rotación sobre sí misma.
-¿No lo creéis peligroso? -pregunté.
-Un poco -dijo Samuel-. Más que nada porque no nos moveríamos del sitio, ya que vamos hacia el Este.
-¿Ah, sí? -exclamó Don Quijote- Nunca entenderé estos artilugios modernos. Con lo bien que se viajaría sobre un centauro: cabalgando y dialogando, cabalgando y dialogando...
-Pues eso -continué tras un rápido cálculo mental-. Si queremos estar en Suiza a las ocho de la tarde, tenendo en cuenta que desde el pueblo fantasma a Suiza hay 1590 kilómetros y que la Tierra gira, a la derecha, a 1666 km./hora, deberíamos de ir a 2196 km./hora.
-No sé, no sé -comentó Samuel-. Seguro que Arturito lo calcularía con mayor fiabilidad. Hay que reconocer los grandes avances tecnológicos.
-No se hable más sobre el particular. ¿Para qué tengo yo esta joya? -exclamó Don Quijote, acercándose la janua-témporis a los labios- Llévanos, querida, a nuestro destino, de manera que estemos en el Romance Hotel de Suiza a las ocho de la tarde, ni antes ni despuès.
Y, curiosamente, la bolavoláptera cambió el sentido de la marcha, dirigiéndose a occidente en lugar de a oriente, como hizo Cristóbal Colón cuando fue en busca de las Indias.
-Creo que tenemos tiempo para platicar un buen rato -dijo Samuel, contemplando las azuladas aguas atlánticas.
-¿Qué me decís de las maravillosas vistas que estamos disfrutando desde esta espléndida nave? -preguntó Don Quijote entusiasmado, arrellanándose en el acolchonado sofá circular, de terciopelo granate, y succionando néctar de nenúfares por uno de los tubitos poloicromados que colgaban de la bóveda de la nave.
-Hay que reconocer que en el mundo hay un derroche de belleza tan pasmoso que me cuesta pensar que su contemplación esté reservada exclusivamente a los habitantes de este modesto planeta -reflexioné en voz alta, sobrevolando el triángulo de las Bermudas.
-Por cierto, ¿qué son esas tres enormes peonzas de acero que giran furiosas, una detrás de otra, y se dirigen al océano como atraídas por un imán? -inquirió Samuel, mirando y señalando hacia abajo.
-¿Pero hay quién lo dude? -interrogó Don Quijote-. ¡Cuántas sorpresas le queda al hombre por vivir y admirar!
-Hablando de sorpresas -dije, con cierta inquietud- , desde que salimos del pantano noto como una presencia invisible en la bolavoláptera...
-Sí -confirmó Samuél-, a veces se notan como tirones hacia abajo...
-¡Vamos, amigos! -dijo Don Quijote, alzando la voz- No me hagáis pensar que, a estas alturas, empezáis a sentir cosquillas en las tripas. Lo que notáis no es otra cosa que silbos de sirenas. Concentraos, mejor, en las maravillas que nos rodean.

Y, tras sus tranquilizadoras palabras, permanecimos en silencio, contemplando el inmenso espejo azul del Pacífico, cada vez más oscuro, al que tímidamente comenzaban a asomarse las estrellas, y a encendérsele diminutas lenguas de fuego. Entrando en el continente asiático se nos hizo de noche. Infinitas estrellas, trasparentes como lágrimas, parecían observarnos curiosas... o quizás lloraban. Abajo, los fogonazos de continuas explosiones y, sobre todo, el conmovedor llanto de tantos hombres, mujeres y niños, nos sobrecogió de tal manera que hizo clamar a Don Quijote:
-¡Qué mundo tan contradictorio! Tan bello y tan cruel.
Al traspasar la rocosa serpiente de los Urales, nos dio por entonar la canción Cosacos de Kazán, de Katiuska, hasta el momento en que descubrimos las nieves de las cumbres alpinas.
-Mirad -dije-, la bolavoláptera ha aflojado su marcha y empieza a descender.
-¡Ooooh! -exclamó Samuel- ¡Parece que vamos a quedar ensartados en ese afilado picacho!
Rápido, Don Quijote cogió la janua-témporis y con la mayor diplomacia le amonestó:
-No olvides, preciosa, que en donde queremos que nos dejes caer, con el mayor mimo y miramiento, es en las proximidades del Romance Hotel, en un paraje solitario, alfombrado de césped, a pocos metros del río.
La nave nos complació al detalle. Salimos de ella y, aunque ya hacía un buen rato que el sol se había ocultado detrás de las montañas, aún había suficiente claridad para admirar la belleza de aquel idílico escenario, realzada con la señorial arquitectura del hotel que divisábamos entre los árboles del parque. Caminamos un trecho por el paseo, bordeado de blando césped y adornado con estatuas y artísticas fuentes. Los armónicos sones de la orquesta, apostada en la explanada que precede al hotel, vibraban en el aire.
-¿No notáis algo así como una ausencia? -dije, viendo pasar un pájaro sobre nuestras cabezas.
-No sé... -contestó Samuel- Algo noto.
-No empecéis otra vez -cortó Don Quijote-.
Cuando llegamos a la explanada, el director marcaba los últimos compases del concierto. En seguida, los numerosos oyentes, elegantemente trajeados, irrumpieron en un aplauso que se prolongó mientras se acercaban al salón de congresos.
Nosotros, decididos y sin la menor vacilación, nos apresuramos a entrar, ajenos a las miradas curiosas y sorprendidas de los asistentes ante nuestro inusitado aspecto. Una azafata nos colocó unos cascos con audífonos traductores, ya que el doctor Flowers pronunciaría la conferencia en inglés.
Con estudiado empaque, y haciendo alguna reverencia que otra, tomamos asiento en la fila de butacas, adosada a la pared del lateral derecho de la sala, muy próximos a la tarima del confereciante. Pronto descubrimos, sentado en el centro de la primera fila del patio de butacas, el inconfundible rostro de Arthur, con los ojos camuflados tras unas gafas oscuras.
El doctor Flowers comenzó la conferencia y repitió muchas de las ideas, expuestas en la de Salamanca, reforzándolas con nuevos argumentos.
-No me cansaré de repetirlo. Ha llegado el día, soñado por el hombre, desde su aparición sobre la Tierra, en que va a autoproclamarse rey y dominador del universo, al arrebatar el poder -antes reservado a ese ser todopoderoso, a quien nadie ha visto y al que llaman Dios- de crear seres mucho más inteligentes que el hombre y, por añadidura, dotados de conciencia del propio yo.
Es ya una rutina, en determinados puntos del planeta, la fabricación de robots capaces de realizar, con precisión absoluta, tareas y funciones propias de sirvientes, camareros, limpiadores, mecánicos, jardineros, panaderos... e, incluso, de gígolos. Sí, no se rían, ya se hacen robots que saben dar satisfacción sexual bastante mejor que muchos humanos. Y muy pronto se fabricarán, también, robots capaces de realizar tareas más complejas, como las de conductor, piloto, director de orquesta, médico, cirujano, profesor, etc. No estoy fantaseando. Es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo. Estamos viviendo ya el amanecer del octavo día. El hombre se ha hecho con las riendas de la creación. Aceptémoslo con orgullo y alegría. Comprendo que a muchos, nostálgicos de mitos trasnochados, les resultarán insoportables y blafemas mis declaraciones. Pero no seré yo, sino la irrefutable evidencia la que se encargará de demostrarlo.
El hombre, desde siempre, ha fabricado instrumentos que realizan efectos inteligentes. Pero lo que en la actualidad queremos construir es el cerebro artificial. Es decir, una máquina -si así quieren llamarla- dotada de vastísima información, de una capacidad razonadora sin precedentes y, lo más sorprendente, de autónoma y consciente como el ser humano.
Además se está trabajando en el enriquecimiento de la inteligencia natural, mediante la inserción de redes neuronales artificiales en el cerebro humano. Con la nanotecnología y microneurocirugía se están consiguiendo portentosos resultados, transformando inteligencias normales, o incluso deficientes, en inteligencias superdotadas.
Pero hay más. En un futuro no muy lejano, se logrará el elixir de la eterna juventud. El hecho del envejecimiento -según se ha demostrado- se debe al desgaste de las células. ¿Y por qué se desgastan las células? Porque a los genes, de los cuales dependen esas células, no se les ha fijado la tarea de controlar y restaurar el desgaste de las mismas. Pero si una red neuronal artificial se encargara de dar la orden a esos genes de restaurar el desgaste de las células que les han sido encomendadas, ellos se ocuparían de mantenerlas en perfectas condiciones. Lo que asegurará la longevidad y juventud indefinida del organismo.
Y como culminaciòn de este apasionante e imparable afán investigador en el campo informático y de la inteligencia artificial, nuestro planeta se transformará en un auténtico edén, donde los seres humanos y los ciber-humanos gozarán de una existencia feliz, dentro de una sociedad armoniosa y pacífica. Ya que los problemas, de cualquier índole, serán previstos y resueltos adecuadamente y con la debida antelación, gracias a los cerebros ciber-sapiens que nos gobernarán. Señores, felicitémonos, porque el sol esplendoroso del octavo día enciende ya de oro nuestro siglo -terminó diciendo el doctor.

Un aplauso unánime atronó la sala durante un largo minuto. El doctor agradeció la ferviente acogida a su discurso, cruzando las manos sobre el pecho y haciendo una leve inclinación de cabeza. Después invitó a los asistentes a manifestar sus comentarios y posibles objecciones.
Rápidamente, Don Quijote se puso de pie, alzó el brazo con la mano extendida, pidiendo la palabra al doctor, lo que provocó una ráfaga de cuchicheos e irónicas miradas hacia nosotros.
-Con mi mayor respeto a vuestra merced, señor doctor, y a este distinguido público, deseo manifestar mi parecer sobre su entusiasmado discurso -comenzó diciendo.
-Adelante, señor, deléitenos escuchando la lengua de Cervantes, tanto, al menos, como nos complace su divertido aspecto y el de sus compañeros -dijo en tono festivo, provocando risas y jocosos comentarios.
-Me regocija y enorgullece -respondió Don Quijote con tono potente y seguro- que mi primer contacto con su merced y con el de su auditorio les haya servido de solaz y divertimiento. En correspondencia debo confesar que, tanto a mí como a los dos amigos que me acompañan, el vernos rodeados de esta pléyade de distinguidos personajes, encorsetados en fúnebres ternos y, sobre todo, el escuchar a su merced tan optimista discurso, ha despertado en nuestros espíritus gran hilaridad, haciéndolos vibrar con tal ímpetu que, de haber sido higueras, habríamos dejado la sala perdida de higos.
(Las explosivas carcajadas del público obligaron a Don Quijote a hacer una pausa).
Tan manifiesta y asombrosa es la capacidad de la inteligencia humana -continuó Don Quijote- que a la vista están, o registradas en los libros, las portentosas obras, descubrimientos y hazañas realizadas por el hombre en el pasado y en el presente, así como los nuevos desafíos que continúa venciendo. Pero esas maravillosas conquistas no dan derecho al hombre a creerse omnipotente y pretender fabricar un robot como el descrito por su merced.
-¿Y en que fundamenta su pesimista aserto, señor del anaranjado smoking? -preguntóle el doctor con despectiva sonrisa.
-En un razonamiento muy sinple -replicó Don Quijote-. ¿Sabe su merced quién es Don Quijote de la Mancha?
-Por favor, no me haga reir. Todos sabemos que se trata del protagonista de la principal obra de Cervantes. ¿Y a qué viene esa estúpida pregunta? -replicó el doctor.
-¿Ve la diferencia? Si esa pregunta se la hubiera hecho al robot, que con tanto bombo preconiza su merced, él se habría limitado a contestar escuetamente y conforme a la información de que disponga. Pero nunca se le ocurriría añadir: "¿Y a qué viene esa estúpida pregunta?" ¿Por qué? Porque una máquina no capta la idea ni la intencionalidad de la pregunta, sino la materialidad del lenguaje. Para captar la idea hay que ser idea, y más aún, sujeto de ideas, lo que presupone tener vida, cosa que no tiene un robot, ni nunca lo tendrá. Aunque también es cierto que no todo sujeto de ideas es capaz de captar la verdad -concluyó Don Quijote, volviéndose a sentar.
-Ruego, señores -dijo el doctor Flowers, guiñando el ojo al público de la sala- comprensión y disculpas para las erráticas declaraciones que acaban de escuchar, las cuales, ciertamente, jamás se le ocurrirían al robot del que he hablado.
A continuación fue Samuel quien se levantó y pidió la palabra.
-Hable, joven, sin embarazo ni cortedad -le animó, jocoso, el doctor-, pues estamos seguros de que sus razones tendrán mejor fortuna que las de su compañero, y que nos deslumbrarán tanto o más que el refulgente oro de su traje, enmarcado en el celeste azul de la capa que le cubre.
-Prefiriría los agasajos al final de mi intervención, si es que los cree oportunos, señor doctor. Por mi parte le adelanto que suscribo, sin omitir coma ni punto, cuanto mi compañero ha manifestado, por las siguientes razones:
Reconozco y aplaudo los portentosos descubrimientos y realizaciones que, cada día, logran la ciencia y la tecnología. Indudablemente, ellas contribuirán al progreso de la humanidad en todos los aspectos que usted ha señalado, y otros muchos que podrían citarse. Pero, cuidado, el dulce vino del éxito puede embriagar las mentes más preclaras y creativas, persuadiéndolas de que conseguirán cuanto se propongan.
Yo y mis compañeros no nos consideramos genios, pero sí poseedores de sentido común y racionalidad suficientes para juzgar descabelladas algunas de las declaraciones que usted ha expuesto en su discurso.
-Bien. Ya veo que usted cabalga en el mismo jumento que su compañero -contestó cáustico el doctor-. Continúe y diviértanos un poco, abusando de la benevolencia del respetable y paciente público.
-Mire, doctor Flowers, que usted, honradamente, quiera defender la quimera con que pretende asombrarnos, allá usted con sus creencias. Pero no trate de convencer a nadie con razones sin fundamento. El hombre más ignorante e, incluso, retrasado mental, tiene conciencia de sí mismo. Una máquina, por el contrario, jamás podrá tenerla, aunque posea en su disco duro toda la información imaginable y cuente con aplicaciones que superen a las distintas facultades del cerebro humano.
La enjundia del yo no está en la mayor o menor información de que disponga, ni en la destreza en resolver problemas, o en improvisar sutiles razonamientos, sino en cosas tan simples como conocer y apreciar, por ejemplo, la sensación del color azul, el aroma de la canela, el éxtasis del amor, la gelidez del odio, etc. Son vivencias de entidad ideal (ya que, en modo alguno, pueden materializarse) propias del yo, ese sujeto personalísimo, cerrado e incomunicable, que poseen algunos seres privilegiados, uno de cuyos requisitos es estar vivo. Un ser que carezca de vida es un ser inerte, incapaz de captar la idea, la cual es vida antes que nada. Y un ser inerte no puede captar la idea de sí mismo.
El científico que sueñe con fabricar un robot consciente de sí mismo, debería, ante todo, investigar y tratar de fabricar un ser vivo, el más simple que prefiera, como pudiera ser un grano de trigo. El día que demuestre, con hechos, que, juntando determinados elementos químicos, ha fabricado un grano de trigo, lo ha sembrado y ha brotado de él una planta que florece y produce espigas de trigo, entonces será cuando podrá forjarse ilusiones de llegar a fabricar un robot de las pretendidas características. Mientras tanto, los robots mo serán otra cosa que máquinas, muy sofisticadas, pero máquinas en definitiva.
-Ya veo que, más o menos, ha venido, usted, a repetir el estribillo de esa cantinela medieval que, tan bien, se han aprendido.
-Pero la cantinela no ha terminado aún, doctor Flowers -intervine yo, mientras tocaba en el brazo a Samuel, pidiéndole me dejara meter baza-. Me parece muy legítimo que cada cual piense, crea y espere lo que le parezca, de acuerdo con las luces de que disponga. Pero, de ninguna de las maneras, es lícito ni justificable perjudicar a nadie invocando las excelencias del fin que pretenda alcanzar, por muy sublime que sea.
-¿Qué insinúa ahora el mosquetero rosado? -dijo el doctor, con evidente inquina.
-Insinúo que el progreso de la ciencia, la tecnología y de todas las ramas del saber, es encomiable, siempre que sea para bien de todos, sin excluir a nadie. Ningún ingenio lo será, si su realización supone perjuicio para alguien.
-¡Ja, ja, ja! No me haga reir -exlamó el doctor, con una sonora carcajada.
-¿De qué extraña galaxia se han descolgado ustedes? ¿No se han enterado de que ya estamos en el siglo veintiuno y que los mitos ya no tienen vigencia en este mundo, afortunadamente? ¿Qué trata usted de decirme, que mis investigaciones y experimentos no son éticos? Por favor, renueven su mentalidad. ¿Quieren explicarme en qué se fundamenta la creencia de que un acto es ético o moralmente bueno o malo?
-En si es o no es conforme a la recta razón -contesté.
-¿Y cuál es la recta razón, eminente lumbrera, la vuestra o la mía? -dijo, apeándonos el usted- Sabed, trasnochados caballeros, que el ser humano, al igual que los demás seres de este mundo, nos regimos por las enseñanzas de nuestra madre la naturaleza. ¿Y qué ética, ni recta razón observa la naturaleza? ¿Cuántos miles de criaturas no mueren o sufren, a diario, las violencias de esa madre sin ética ni entrañas? ¿Dónde está la recta razón en que unos animales se coman a otros; que un terremoto destruya miles de vidas y hogares; y tantas y tantas calamidades como a diario ocurren?
-¿Tan poca imaginación tiene usted, doctor -intervino, nuevamente, Samuel- que le resulte imposible imaginar un mundo en el que todo funcione armoniosamente, sin que nadie ni nada perjudique a ninguno de sus habitantes, gracias a que todos los seres racionales se guían y se someten a un sistema lógico, llamado recta razón, que no es otra cosa que la aplicación de la verdad y la justicia, con absoluto rigor, en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, ajenos a lo que el resto de criaturas y elementos de la naturaleza hagan o dejen de hacer.
-¡Preciosa utopía! A ver si va a resultar que sois angelitos del cielo -ironizó el doctor-. Por favor, volveos a vuestra galaxia y dejadnos a los terrestres sacudirnos nuestras pulgas como creamos oportuno.
-¡Bravo! -vitoreó Arthur, saltando del asiento y aplaudiendo frenético, de modo que arrancó un largo aplauso a la concurrencia.
De improviso, Don Quijote se puso de pie y se colocó ante el estrado del doctor, cara al público, con los brazos en alto, rogando silencio:
-¿Aplaudiríais también, si supiérais que un hijo vuestro está secuestrado por el doctor y sus cómplices, para utilizarlo como cobaya en sus experimentos?
Un ¡oooh! de sorpresa, temor y repulsa, recorrió la sala desde la primera a la última fila.
Precipitadamente, Arthur corrió hacia la puerta principal y salió a la explanada. El doctor, sin dejar de observar a Arthur, fue reculando, silencioso, hasta la puerta del foro, por donde hizo mutis y desapareció, ante las sorprendidas miradas del público.
Nosotros -tras despedirnos de los asistentes y agitando las manos con el mayor encanto- corrimos, también, hacia la puerta principal.

Una vez fuera, trotamos hacia la bolavoláptera que, ávida de aventuras, nos aguardaba, impaciente, junto a los madroños.
-¿Os habéis percatado de la maniobra? -preguntó Don Quijote-. En cuanto me han oído lo del secuestro, el doctor y su acólito han salido zumbando, huyendo de la quema, como dos ratas debajo de una falla.
-Sí. Mirad aquella furgoneta negra que sale a la carretera -dije, señalando con la mano-. Es la de Arthur. Seguro que va al refugio alpino con pésimas intenciones, para evitar que la policía descubra el pastel.
-Apresurémonos a llegar antes que ellos -dijo Samuel mirando a Don Quijote.
Don Quijote dio orden a la janua-témporis de llevarnos, con la máxima celeridad, al lugar en que tenían secuestrado a Sergio.
La bolavoláptera, como una saeta sedienta, salió disparada en dirección al escarpado horizonte malva de poniente. Y -salvando valles, ríos y montes agrestes- hicimos, en cinco minutos, un recorrido que, por carretera, se tardarían dos horas.
En el sexto minuto nuestra nave voló a poca altura de un bosque de abetos y otras coníferas, permiténdonos descubrir entre los árboles un camino de tierra que desemboca en la carretera a veinte kilómetros de allí. Los bajos de la bolavoláptera rozaban con las cimas de los árboles, produciendo turbulencias, que movían a Don Quijote a exclamar:
-¿Quién dijo miedo, malandrines? Os podéis esconder, adoptando aspecto de pinos, conejos, monstruos de piedra o molinillos de viento. Os conocemos muy bien. Vamos a desenmascararos y demostraros que la razón y la verdad acaban siempre prevaleciendo sobre la sinrazón y la mentira como el aceite sobre el agua.

De pronto, la bolavoláptera frenó tan brusca e inesperadamente, al borde de un calvero en medio del bosque, que Don Quijote fue a estamparse contra la sutil y cóncava pared de enfrente, seguido de Samuel y de mi cuerpo, de manera que estuvimos unos instantes dominados por un epiléptico vaivén de pared a pared, dejándonos temblorosos y mareados.
-Mirad -dijo Samuel, algo rehecho-. La bolavoláptera ha detenido su trayectoria y empieza a descender en este claro del bosque.
-Me parece que hemos llegado al sitio que buscamos -dije yo, señalando a una grande y pintoresca cabaña de piedra y madera, rodeada de árboles, menos por la parte delantera, ante la que se extendía un hermoso prado.
La bolavoláptera se desvió un poco a la izquierda y se posó entre la fronda, al otro lado de la cabaña.
Aunque ya había anochecido, el resplandor escapado de alguna ventana de la cabaña nos permitió salir de la nave y avanzar entre los árboles hasta el prado, sin tropiezo y con suficiente claridad para apreciar algo del encanto de aquel paraje.
-¿No escucháis una música suave y romántica, no sé si próxima o lejana? -preguntó Don Quijote, algo intrigado.
-Debe de ser -opinó Samuel- el rumor del río que, seguramente, corre por el barranco que bordea a la cabaña, según me ha parecido distinguir cuando descendíamos con la nave.
-Bueno -recalqué con cierto nerviosismo-, estamos ya a pocos metros de la cabaña. Ahí dentro, supongo que deberá de haber algún vigilante. ¿En qué plan actuamos?
-Sin duda alguna -contestó Don Quijote- en el que en cada momento nos vaya marcando la razón.
-Enhorabuena, don Alonso -exclamó Samuel, mientras golpeaba la puerta de la cabaña- ¡Cuánto ha cambiado su merced desde aquellas batallas contra los molinos!
Sentimos el estridente chirrido de un largo cerrojo, accionado tras la puerta. En seguida, se abrió lo suficiente para ver a una hermosa y sonriente muchacha que nos habló algo en una lengua extraña, a la que Samuel correspondió diciendo:
-Buenas noches, señorita, somos amigos del doctor Flowers y hemos sido citados por él. Nos ha rogado que esta noche, a las once, nos reunamos en esta cabaña. ¿Me ha entendido usted?
-Sí. Entendido. Muy entendido. Pasen, pasen -dijo, ampliando la sonrisa en demasía y haciendo con el brazo un movimiento rígido y poco coordinado.

Conforme entramos en la cabaña, el inequívoco sonido de un violín, antes impreciso, nos saludó con los alegres sones de un romántico vals, procedentes de una de las habitaciones interiores."

Y, por hoy, no quiero abusar más de vuestra paciencia, queridos amigos. Dejemos para otro momento la continuación de esta aventura que, tal como estoy barruntando, quizás termine en desventura. Ya veremos. Besos y ¡hasta pronto! Tinterico.


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