Más allá de los almendros - (Cap. III y último)

lunes, 15 de febrero de 2010
Queridos amigos:
Aunque con algún retraso, que pudo quedar en un nunca definitivo -según se verá más adelante- por fin puedo transmitiros la crónica del anunciado viaje al mundo de las ideas. Si os animáis, podéis acompañarnos en semejante odisea, ya que hemos logrado que Voz del Tiempo le quite la etiqueta del precio y de la temporalidad, por coincidir con San Valentín y los Carnavales. Allá va.

"Habíamos recorrido ya un breve trecho de 800.000 kms., más o menos, en la vertiginosa nube de Daniel, rumbo al Mundo de las Ideas, cuando nos sorprendió un brusco e inesperado frenazo que nos hizo salir fuera de la nube más allá de una legua. Todo quedó en un susto mayúsculo, gracias a que nuestros pies quedaron solidariamente aferrados al esponjoso suelo de la nube, mientras que el resto de nuestro ser se estiró como un espagueti de goma.


-¿Qué ocurre? -exclamó Don Quijote- ¿Por ventura en el espacio hay, también, señales de stop?
-No -contestó Daniel con voz y talante contrariado-. Es que, de pronto, me he dado cuenta de que el principal motivo de este viaje es demostrar a Mauro, mi compañero de la residencia, el error en que se halla, al asegurar que la realidad se reduce a burda materia sin ninguna otra transcendencia. Por eso debemos volver a la residencia a recogerlo y llevarlo con nosotros al Mundo de las Ideas, para que juzgue con fundamento.
-Volvamos, pues -aceptó voz del Tiempo-, para que Daniel cumpla con su amigo.
-¡Allá vamos! -gritamos al unísono, mientras Álex palmoteaba, dando saltos de un lado a otro de la nube y Daniel resoplaba sobre el cogote pelado de cigüeña de proa de la nube.
En el intermedio de un tic-tac llegamos a la residencia. Nos colamos por la ventana entreabierta de la habitación de Mauro, sorprendiéndolo dormido en su sillón de orejas, arropado con una bata granate a cuadros azules. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo, los ojos cerrados y un libro abierto en su regazo.
Daniel aparcó la nube junto a la cama de Mauro con tal destreza y tacto que éste continuó enfrascado en sus sueños, indiferente a nuestras curiosas miradas y cuchicheos. Luego colocó a Álex sobre la cama, mientras los demás, sin intención alguna de fisgonear, reparábamos en su modesto mobiliario: el armario blanco y empotrado, la mesita de noche, el baño, y un pequeño escritorio con varios libros apilados.
Álex, con traviesa sonrisa, se acercó gateando hasta Mauro y le acarició la cara con su manita. En ese instante Voz del Tiempo alzó los brazos en ampuloso gesto, haciendo desaparecer de nuestra vista aquel escenario, que fue sustituido por el del sueño de Mauro, dentro del cual quedamos envueltos.
-¡Pobre amigo Daniel! -exclama Mauro en su sueño- ¿A dónde fue a parar su fe ciega en el más allá, tras su muerte? Murió, como todos moriremos, y su insignificante ser, como el de cualquier mortal, yace hoy descompuesto en el confuso chapapote de inerte materia, bajo nuestros pies. ¿Qué fueron de sus firmes convicciones en la inmunidad y supervivencia del espíritu? Tonterías. La vida es absurda y no hay que darle más vueltas. Se vive porque sí, porque nacemos para morir y, para eso, hay que vivir una temporada. Pero ¿qué atractivo tiene la vida cuando se llega a viejo? ¡Ay Daniel, iluso! ¿Dónde están tus promesas de llevarme a visitar el "maravilloso mundo de las ideas," como tú decías?
Esforzándonos en no hacer el menor ruido, observábamos a Mauro y escuchábamos sus amargas cuitas. Daniel iba ya a explotar con un ex abrupto que Voz del Tiempo evitó, tapándole la boca.
Repentinamente Mauro entreabrió los ojos y nos miró, asombrado.
-Perdonad si me veis torpe y aturdido -se excusó Mauro-, Daniel me conoce muy bien y sabe que soy muy distinto del que ahora estáis viendo.
-No te preocupes, amigo -le tranquilizó Daniel-, ellos ya te conocen. Saben que eres una persona honrada, generosa y preocupado por conocer la verdad, aunque también saben que eres algo terco.
-Sí, es cierto -respondió Mauro-, me temo que la verdad nunca la conoceremos.
-¿Ah, no? -se apresuró Don Quijote a contestarle- No me sea su merced tan desconfiado y escéptico. Yo, a pesar de que no lo parezca, soy un modesto reflejo del hidalgo Don Quijote de la Mancha. Gracias a ello he llegado a conocer una gran verdad.
-¿Qué verdad? -preguntó Mauro.
-Que, con frecuencia, las apariencias de las personas y de las cosas pueden engañarnos durante mucho tiempo, pero si insistimos, acabaremos desvelando su verdadera entidad.
-¿Don Quijote de la Mancha? ¡Ja, ja, ja! -rióse Mauro- Entonces ya habrás descubierto que los famosos gigantes no eran otra cosa que molinos de viento y que Dulcinea...
-¡Eeeeh! ¿Qué tienes que decir de Dulcinea? ¡Ojo, que aunque me veas vestido de amarillo no soy un capullo de seda! Dulcinea ha sido, es y será siempre una diosa jamás contaminada por el aliento de la vil materia.
-¡Hermosa sierra y hermoso día para emprender tan prometedor viaje! -exclamó Samuel, tratando de desviar la conversación a otro asunto menos espinoso.
-Sí -dijo Voz del Tiempo-. Acomodémonos en la acogedora nube de Daniel, y dejemos que él nos conduzca a ese maravilloso mundo.
-¡Un momento! ¿Y mi bisnieto? ¿Dónde está Álex? -preguntó Daniel, barriendo con nerviosa mirada la habitación.
-¡Álex! -gritamos todos con evidente inquietud.
Yo salté de la cama, mostrando al aire mis desnudas canillas bajo los perniles del mono rosa, que últimamente me ha encogido un poco, lo reconozco. Miré debajo de la cama y de la mesa.
-¿Dónde está Álex? -repetía Daniel, cada vez más alarmado.
Entré en el baño. Tampoco estaba allí. Abrí el armario, esperando encontrármelo dentro, comiendo bombones de Mauro. Pero no, ni rastro de Álex.
-¡Ji, ji, ji! -rióse Mauro, con patente complicidad.
-¡Vamos, Mauro, ya está bien de bromas! ¿Dónde está el niño? -suplicó Daniel con preocupado semblante.
Mauro dirigió su mirada a uno de los libros de la mesa de escritorio y habló con uno de ellos:
-Ya ves, Hoffmann, Daniel y sus amigos están impacientes. Dile al gato Murr que no entretenga más al niño y lo deje salir. Aparte de que tus historias son terroríficas y Álex se va a asustar.
El libro, obediente, se abrió justo por la mitad del cuento del gato. Álex apareció diminuto, riéndose, mientras corría y resbalaba sobre las letras de un largo marramamiau. Me acerqué hasta él y en seguida recobró su aspecto normal. Lo tomé en brazos y lo llevé a la nube. Daniel le hizo una caricia y lo colocó en el centro de la nube, para que estuviera vigilado por todos nosotros, sentados a su alrededor. Después palmoteó la cabeza de cigüeña de proa, que levantó el pico como un gallo madrugador, y la nube se lanzó por los aires cual un meteorito endiablado. En no más de medio segundo rebasó la sierra de los almendros, los montes de Toledo, la cornisa cántabra y la cara oculta de la Luna. Con sardónica sonrisa, Daniel oteaba el espacio, imprimiendo más y más celeridad a la nube, seguro y confiado del rumbo fijado en su majín.
No sé cuántas galaxias atravesaríamos en cosa de pocos minutos, lo cierto es que pasamos tan cerca de la nebulosa del Sombrero que poco faltó para que la nube se estampara con una de sus esquinas.
-Oye, Daniel -le susurró Don Quijote-, ¿estás seguro de que, por aquí, se va al mundo de las ideas?
-¿Por qué lo dices?
-Porque me ha parecido leer sobre un poste un cartel indicando: "Fin del universo".
-No me sea pardillo, don Alonso. Me conozco estos andurriales como la palma de mi mano.
-Yo también opino como Don Quijote -dijo Samuel, abriendo los ojos como platos y moviendo la cabeza en giros de 360º, en diferentes y sucesivos planos-. No se ve más que densa oscuridad, se mire hacia donde se mire. ¿Qué opina el experto Voz del Tiempo?
-Hombre, sobre el tiempo puedo asegurar que estamos haciendo un viaje super rápido, pero en cuanto al espacio estoy tan desorientado como vosotros.
-¿No decía Einstein que el espacio es curvo? -preguntó Mauro.
-Sí, eso decía don Alberto -corroboré yo, por decir algo.
-Pues, la verdad es que nos hemos salido por la tangente del universo y vamos, más derechos que una vela, no sé hacia donde.
-No os fiéis nunca de las apariencias -sentenció Voz del Tiempo.

De pronto Álex se puso a dar botes en medio de la nube, mientras daba palmitas, reía y hacía gorgoritos.
-¡Me estáis poniendo nervioso -protestó Daniel-. Los mayores con vuestros comentarios y el nene con sus risitas extemporáneas! ¿Vosotros no os habéis despistado alguna vez?
-Hombre -repuso Mauro-, no es lo mismo extraviarse en el Rastro madrileño que más allá de la galaxia del Sombrero.
-¿Qué os parece si recurrimos a la janua témporis de Don Quijote? -sugerí.
-Creo que es buena idea -dijo Samuel-. Hasta ahora siempre ha funcionado a pedir de boca. ¿Probamos?
-No se hable más -exclamó Don Quijote, tomando entre sus dedos la janua-témporis y pronunciando la siguiente orden: "Precisamos y te pedimos, preciosa y caritativa joya, que nos conduzcas rauda y sin garbeos turísticos al Mundo de las Ideas, prístino aunque errado objetivo de Daniel."

Al instante la nube, con nosotros encima, ascendió en vertical como succionada por una inmensa boca invisible y fantástica, mientras veíamos el universo empequeñecerse bajo nuestros pies. Daniel, nos miró con aire contrariado y no poco mosqueado. Mauro, tratando de animarlo le preguntó:
-Entonces, Daniel, desde que te marchaste de la residencia ¿dónde has estado y a qué te has dedicado? Esto no me cuadra. Yo, como todo el mundo más o menos, estaba convencido de que, una vez muerto, uno se convertía en el puto polvo de que estamos hechos.
-Pues, ya ves, Mauro, te voy ganando tres a cero, por lo menos. Desde que dejé la residencia he permanecido dentro de nuestro universo, en un astro bastante cercano a la Tierra, del que no os quiero dar más detalles porque luego se enteran los científicos y no os van a dejar en paz con sus entrevistas, experimentos, tesis doctorales, etc. Como yo hay muchos procedentes de la Tierra. Allí me he encontrado con algunos familiares, amigos y conocidos. Según se rumorea por allí, aquella estancia es temporal, como ocurre en la Tierra, sólo que en aquel astro se vive beatíficamente, sin los sobresaltos, miedos ni preocupaciones de ésta. Como podéis suponer, allí estamos sólo con el espíritu mondo y lirondo, aunque sigamos conservando la apariencia humana y los rasgos personales que tuvimos en la Tierra, eso sí algo retocados.
-Es cierto, Daniel -reconoció Mauro-, ahora te veo más joven y guapo, pero, no sé, hay algo que confunde mi mente. ¿No estaré soñando? porque yo sigo convencido de que, digas lo que digas, el mundo no es más que materia.
-¡Y vuelta el burro al trigo! Mauro, eres más duro de mollera que la sierra de Gredos.
Mientras Daniel así le hablaba, Álex gateó por detrás de Mauro, escaló hasta sus hombros, se sentó a horcajadas y repiqueteó en su cabeza como si fuera un tambor, provocando una estrepitosa y unánime carcajada en el momento en que nuestra nube chocaba contra una pantalla invisible: ¡Clin, clan, cloooon!
-¿Qué ha pasado? -preguntó Daniel, alarmado.
-No sé -dijo Samuel-, juraría que hemos chocado contra otro universo. Y puede que, por efecto mariposón, se produzca más de un sunami.
-Así es -afirmó Voz del Tiempo-. Acabamos de atravesar la membrana del Mundo de las Ideas.
-Algo dura para ser idea ¿no? -comentó irónico Mauro.
Álex palmoteaba y saltaba en la nube.
-¡Ooooh! ¡Qué preciosidad! -exclamó Daniel, alzando los brazos, mientras la nubecilla flotaba como una blanda pluma de cisne en el éter rosado y virginal del Mundo de las Ideas.
-Pero... ¿no es eso la Mancha? -exclamó Don Quijote, observando las relucientes hojas y pámpanos de los viñedos que, desde nuestra altura, parecían un fantástico cuadro recién pintado.
-¡Qué curioso! -añadió, a su vez, Samuel- No digo que sea la Mancha, pero sí un paisaje similar al de nuestra Tierra, aunque bastante sublimado. ¿No habrá fallado la janua-témporis, como en el viaje que hicimos a la ciudad de la muralla?
-Imposible -mantuvo Don Quijote-. La janua-temporis no falla nunca. Podría haber fallado la formulación de mi orden. Mas todos la habéis escuchado. ¿No fue correcta acaso?
-Sin duda alguna -reconocí-. Su formulación fue impecable. Mejor será que no anticipemos acontecimientos.
-¡Ja, ja, ja! Ya veremos cómo acaba el viajecito -auguró Mauro con sombría sorna.
-¡Vaya, vaya! -comenté yo con cierta guasa- No cabe duda de que la nube obedece puntualmente el impulso de la janua-témporis. Ahora estamos sobrevolando Cuenca. Mirad las casas colgadas...
-¡Esto no puede ser! -exclamaba Daniel con creciente enfado.
-Paciencia, amigo -trató Samuel de calmarlo-, ya nos explicará alguien el sentido de este aparente desacierto.
-Por lo que se ve -dije, mientras admirábamos la orografía, vegetación y paisaje, bastante familiares- la nube no tiene, por ahora, intención de aterrizar en España, ya que nos estamos saliendo de la piel de toro, y por la puerta grande de Valencia.
-Sí, sí -continuó Samuel-, y ahora pasamos por encima de las Baleares... de Génova.. de Venecia... de... ¡La nube está perdiendo altura, peligrosamente!
-¡Haz algo, Daniel -clamó Mauro, alarmado-, si no quieres que tu nube y lo que queda de nosotros se despachurre contra las peñas de ese monte!
-¡La nube no me obedece, Mauro! ¡A ver si a usted, hombre del tiempo, se le ocurre algún remedio! -gritó Daniel, al borde de un zamacuco.
-Por lo que se refiere a puntualidad, el servicio es de lo más esmerado -puntualizó Voz del Tiempo-. Vamos a llegar tres horas y media antes de lo previsto.
-Por supuesto -felicitóse Don Quijote-. ¿A qué vienen, señores, esas congojas nacidas de la pusilanimidad y de la desconfianza en mi janua-témporis? Ella sabe muy bien cómo y a dónde debe conducirnos, incólumes y victoriosos.
-¡Huuuy, qué poco ha faltado para llevarnos por delante a esa bandada de angelotes! -gritó Daniel.
-¿Angelotes? ¡Pero si son eros y psiqués! -exclamó Mauro, observándolos- Y ésos que trotan por la verde ladera ¡son centauros! ¿Qué es esto?
-Juraría que es el Monte Olimpo -aventuré yo.
-Je, je, je, -rióse, enigmático, Voz del Tiempo.
-¡Patapata, patapita, bodobodi, buaaaah! -balbuceó Álex, con todas sus fuerzas, señalando a un grupo de cobrizas amazonas que corrían, a caballo, perseguidas por un musculoso guerrero que empuñaba una jabalina.
-Pero ¿a dónde nos habéis traído? -protestó Mauro- Más que mundo de las ideas, yo diría que es el de la Grecia clásica.
-Es cierto -asintió Samuel-. Hemos dejado el Olimpo y, ahora, mirad ahí abajo en esa hermosa pradera salpicada de florecillas, junto al cristalino arroyo, cómo retozan los faunos con las ninfas desnudas, mientras cantan y tocan las zampoñas esos pastores. ¿No es esto la Arcadia?
-Ibiza, desde luego, no es -ironizó Mauro-, pero me está empezando a gustar el viaje, Daniel, tanto como a Álex que no pierde ojo a las mozas que desde aquí se divisan. ¡Será precoz el niño!
-Ya te dije que te gustaría. Y eso que acabamos de iniciarlo. Y qué temperatura tan buena. Parece que estuviéramos en verano.
-¿De qué año? -preguntó Mauro.
-Aunque no lo parezca, aquí estamos fuera del tiempo -precisó Voz del Tiempo.
-No me digas. Y yo que pensaba que aquí se hallaban en el siglo IV antes de Cristo.
-En seguida lo vamos a comprobar -dijo Samuel, viendo que la nube iniciaba el descenso, en amplios giros, sobre una extensa zona de copiosa y variada vegetación, al norte y oeste de una gran ciudad, que al este y sur, por el contrario, linda con el mar.

Conforme descendíamos, descubrimos numerosas villas de recreo, diseminadas por la campiña en las afueras de la ciudad. De ésta distinguíamos sus geométricas calles y plazas, así como sus artísticos edificios y monumentos. No veíamos qué relación guardaba todo aquello con el mundo de las ideas. De momento, era un verde y florido prado, bordeado por un arroyo impoluto y cantarino, el bello paraje que iba acogernos. Francamente aquello se parecía mucho a nuestra Tierra, aunque con un brillo como de recién estrenada. Ya esperábamos posarnos sobre la mullida hierba, cuando la nube caprichosa, a pocos metros del suelo, planeó y nos llevó hasta un recinto acotado por un muro de ciclópeos sillares de piedra. La nube traspasó la arquitrabada puerta y fue a posarse sobre el césped, en la zona más elevada de aquel parque, junto a una artística fuente de blanco mármol. Sobre el pilón se alzaba una sonriente venus desnuda, que inclinaba el ánfora, de la que manaba, sin pausa, un reluciente chorro de agua.
Dejamos la nube discretamente aparcada entre la fuente y unos arbustos de brillantes hojas y aromáticos frutos anaranjados, parecidos a madroños. Bajamos, por la escalinata central, hasta un nivel inferior del parque. Era un delicioso jardín cuyos árboles y arbustos florecidos rodeaban un estanque, alimentado por el agua de la venus, en el que nadaban y jugaban varios cisnes de níveo plumaje.
A pocos metros del estanque, sentados en un poyete de piedra, bajo una pérgola cubierta con enredaderas de azuladas campanillas, se hallaban tres jóvenes tañendo diversos instrumentos músicos, a cuyo ritmo danzaban cuatro muchachas, ataviadas con ligeros vestidos veraniegos, sobre un círculo de pétalos de rosa.
Nosotros nos habíamos detenido a pocos metros del grupo, admirando su arte. Daniel llevaba en brazos al pequeño Álex cuando, repentinamente, vemos que el niño se desprende de los brazos de aquél, salta al césped y, en pocos segundos, observamos que su cuerpo, así como su atuendo vaquero, crece transformándose en un apuesto joven.
-¿Válgame Dios, qué es esto? -exclamó Daniel, asombrado como todos nosotros.
Álex, ajeno a aquella súbita transformación, miró atento a las chicas y gritó:
-¡Xalia!, ¡Xalia querida!
Detuvieron su actuación y nos miraron curiosos. Una preciosa jovencita, algo pecosa y de encendida melena, alzó sus brazos desnudos y, con radiante expresión de sorpresa y alegría, clavó su verde mirada en la de Álex.
-¡Álex, amigo! ¿Cómo tú por aquí? -dijo acercándose hasta él y besándolo- ¿Y éstos que te acompañan quiénes son? ¿De dónde venís?
Los demás chicos y chicas en seguida reaccionaron y se pusieron a cuchichear entre ellos, mostrándose educadamente ajenos a nuestra innesperada aparición.
-Xalia, si te soy sincero, ni yo mismo sé cómo he vuelto aquí de nuevo -trató de explicar Álex, con su recién estrenada voz y porte juveniles-. De hecho, durante mi corta estancia en la Tierra no he recordado nada de mi paso por este mundo de las ideas. Es ahora cuando me estoy acordando de que aquí estuve una buena temporada, aprendiendo y asimilando los significados y energías de las nobles ideas, como todos los que salen del Logos Supremo con destino a otros mundos.
-¿Y cómo fue tu nacimiento en la Tierra? -preguntóle Xalia, curiosa- Debió de ser una experiencia maravillosa.
-Maravillosa e increíble -comenzó Álex a explicarle-. Llegué a la Tierra y, sin saber cómo, me sentí dentro del dulce seno de mi querida madre. Al cabo de un tiempo salí fuera, entrando a formar parte de una familia que me quiere y me mima. ¿Por qué he vuelto aquí? Porque mi bisabuelo, este señor de pelo blanco y encrespado, con cara algo gruñona -le susurró con voz imperceptible para Daniel-, ha conseguido traernos en una nube a mí y a estos amigos, gracias a las artimañas aprendidas en su larga y pícara vida en la Tierra.
-Fantástico, Álex. Si fuera posible sentir envidia -cosa que en este mundo de las ideas no lo es- me gustaría decirte que envidio tu suerte.
-Un poquito de paciencia, Xalia -aconsejóle Álex- . Supongo que ya pronto te corresponderá nacer allí...
-Justamente dentro de seis meses y trece días terrestres -precisó Voz del Tiempo.
-¡Si tuviera la suerte de nacer cerca de donde tú vives, Álex, y allí volviéramos a hacernos amigos...! -dijo Xalia con un imperceptible suspiro.
-Perdonad mi intromisión -interrumpió Voz del Tiempo, alisándose las largas hebras de su barba-. Me temo que, aunque así fuera, no recordaríais que aquí fuisteis amigos.
-¿Quién sabe? -susurró Álex, adentrando su mirada en el verde mar de los ojos de Xalia.
-¡No os preocupéis, muchachos! -les animó Don Quijote- Aunque sea cierto lo que afirma este señor aguafiestas, para algo estoy yo, que grabo a fuego en mi memoria lo vivido con amor, como es la emotiva escena que acabamos de presenciar.
-¿Y a qué se debe vuestro interés en visitar este mundo? -preguntó Xalia.
-Ante todo porque los seres humanos somos muy curiosos -aclaró Samuel.
-Eso está bien -comentó Xalia-. Según nos enseñan aquí, la curiosidad es una de las ideas positivas que debemos alimentar y ejercitar constantemente.
-Bueno, bueno, dejad las glosas y corolarios para ratos en que estemos más ociosos -refunfuñó Daniel-. El verdadero motivo ha sido para que mi amigo Mauro se convenza de que la realidad no es como él cree que es. También para que mi bisnieto lo tenga claro en la vida y se tome las cosas en ella con la filosofía que entona, no con la que deprime que, además de mala, es falsa.
-¡Alto ahi, compañero! -cortóle rápido Mauro- Por lo que veo y oigo, tú sabes de este país de las maravillas tanto como del terrestre, pues ya no perteneces ni a éste ni a aquél. Yo de lo que estoy convencido es de que no hay más realidad que la que capta mi mente a través de mis sentidos y que, por supuesto, es burda materia. Lo que ahora estoy percibiendo estoy seguro de que es chiribiteo de mi mente, puro sueño. Ya os lo demostraré cuando despierte.
-Ya ves, querida amiga de Álex -comentó irónico Daniel-, qué ejemplares te vas a encontrar en la Tierra. Procura hacer buen acopio de paciencia...
-¡Vamos, Daniel! -rogóle Samuel- No desanimes a los muchachos. Ya tendrán tiempo para descifrar el jeroglífico que allí se encontrarán.
-¿Quién puede mostrarnos y explicarnos algo de este mundo de las ideas? -pregunté, bastante azorado, ante la desnudante mirada de Xalia.
-Yo os puedo acompañar en vuestra visita -dijo Xalia-. Pero será Aristocles, el responsable de la Arconta, quien os dé cumplida información sobre este mundo.
-¿Aristocles? -preguntó Mauro- Me suena ese nombre.
-Os voy a revelar un secretillo -dijo Xalia con cierta circunspección-. Aristocles fue un eminente filósofo en su paso por la Tierra. En consideración a sus muchas horas de reflexión y atinadas conclusiones, cuando abandonó aquel mundo fue destinado a éste de las ideas, como responsable e informador de la Arconta, es decir de la ciudadela en que se halla el observatorio, la escuela, el teatro, el templo, el ágape, el politeion, el galactario, etc.
-¿Y a qué hora y dónde podríamos ver a Aristocles? -preguntó Daniel impaciente.
-Él suele hallarse en la Arconta, en alguno de los centros mencionados, para atender y aleccionar a los que se preparan para ir a la Tierra.
-¿Y esa Arconta está muy lejos de aquí? -volvió a preguntar Daniel- Lo digo porque pienso que con mi nube llegaremos antes.
-Aquí, amigo, el tiempo no corre -sentenció Voz del Tiempo.
-Corra o no corra el tiempo -sostuvo Don Quijote, mirando a Voz del Tiempo y con la mano en alto- estoy seguro de que, con la nube de Daniel y mi janua-témporis, llegaremos rápido y a pedir de boca a donde haya que ir.
Xalia nos hizo una leve reverencia y se acercó a decirles algo a sus amigos, a la par que señalaba hacia nosotros. Los chicos movían la cabeza asintiendo y, en seguida, se despidieron de ella con gestos afectuosos.

Después, acompañados de Xalia, subimos hasta la fuente de la venus y entramos en la nube que se puso en marcha, luego que Don Quijote dio órdenes a la janua-témporis de llevarnos ante Aristocles, a paso moderado y a una cuarta sobre el terreno.
-Supongo que desde esta nube, habréis observado algo de los espléndidos parajes e instalaciones del mundo de las ideas -manifestó Xalia, extendiendo el brazo de un lado a otro del fantástico panorama que se ofrecía a nuestros ojos.
-Sí, desde luego -confirmó Samuel-, y nos ha sorprendido también el gran parecido que tiene con la Tierra.
-Claro -trató de explicar Xalia-, eso es debido a que, a los terrícolas, las realidades de aquí se os representan con apariencias que podáis entender. Por ejemplo, ¿cómo me veis a mi?
-Como una auténtica diosa -respondió rápido Don Quijote-, o como la venus de Milo pero con los brazos enteros.
-Gracias, galante caballero -contestó Xalia-, pero habéis de saber que el aspecto, digamos exterior o corpóreo de mi persona, es pura ilusión. No es más que un juego de luces que nos permite adoptar la apariencia que tendremos en la Tierra.
-Y quiénes son los agraciados que ocupan esas bonitas y acogedoras villas que vemos diseminadas, por doquier, de mar a mar y desde el Olimpo a la ciudadela? -preguntó Mauro.
-Bien... -dijo Xalia y continuó tras una pausa-: Os adelantaré algo de lo que Aristocles os informará con mayor precisión. Las psiqués destinadas a nacer en la Tierra tienen primero que permanecer en el mundo de las ideas, durante un tiempo, dedicadas a la asimilación de aquéllas y al enriquecimiento del yo con su virtud o energía. Procedentes del Supremo Logos llegan las psiqués, mondas y lirondas, puras conciencias sin ninguna otra añadidura, pero, eso sí, con las fauces de sus muchas capacidades, abiertas y hambrientas. Sobre la cumbre de aquel monte lejano -dijo, señalando al Monte Olimpo- hay una explanada cubierta de mullido césped, salpicado de exóticas florecillas. Durante las mágicas noches, el cielo se abre, dejando caer sobre aquélla un rocío deslumbrante como diminutas perlas. Al alba, el césped se transforma en un manto rosa en el que destacan unas motitas blancas como copos de nieve. Cuando el sol se asoma por el horizonte, sale del templo hacia la cumbre del Monte Olimpo un albo caballo alado, montado por una hermosa vestal que aprieta contra su pecho una cegadora copa de oro.
La vestal recoge las motitas de nieve y las deposita en la copa. Luego vuelve en el caballo alado y entrega la copa en el galactario. Allí las pequeñas psiqués son alimentadas por las nobles ideas hasta que alcanzan su pleno desarrollo, pasando entonces a residir con otros amigos en una de las confortables villas de recreo que hemos contemplado.

Conforme nos aproximábamos a la ciudad, encontrábamos a nuestro paso muchas de esas villas. Sus moradores salían a la puerta o se asomaban por las ventanas para vernos pasar. Nuestros aspectos deberían resultarles extravagantes a juzgar por sus aspavientos.
Sentados en las blandas ondulaciones de la nube, avanzábamos henchidos de una paz total, aunque ávidos por captar los más insignificantes detalles de aquel maravilloso mundo.
-Mirad cómo relucen esos muros de ambarino aspecto -observó entusiasmado Samuel- y ese arco, pura filigrana de oro y hebras de plata.
-Son los muros y la puerta de entrada a la Arconta -explica Xalia.
-¿Qué te parece, Mauro? -le pregunta Daniel, palmoteándole en la espalda.
-Una bonita vista, como de postal turística.
-¡Mirad, mirad! -exclama Don Quijote, poniéndose de pie, para contemplar mejor la esplendorosa plaza, rodeada de bellísimos edificios, aparentemente fabricados de exóticos materiales y derrochando exquisita imaginación.
-Sí -dijo Xalia, sin dejar de acariciar la mano de Álex, sentado a su lado. Esta plaza es el lugar de reunión, por excelencia, de los moradores de este mundo. Está solitaria porque, ahora, cada cual está realizando, en esos centros que veis alrededor, las tareas que le correspondan.
-¿Os habéis fijado qué lustrosa blancura y brillo despide el pavimento de la plaza? -alabó, Daniel, entusiasmado y manoteando la cabeza de cigüeña de la nube- ¡Vamos, nubecita, patina un poco, para que vean qué cosas sabes hacer!
La nube, picada en su amor propio, se dejó caer sobre el pulido pavimento y se deslizó por él, llegando en dos segundos a la puerta del observatorio que, afortunadamente, estaba abierta de par en par en aquel momento. Gracias a que los diligentes guardianes, percatados de nuestra inminente y triunfal entrada, descorrieron el primer cortinaje y corrieron el segundo, quedamos acunados en un delicioso vaivén entre cortina y cortina, evitando que impactáramos contra alguna columna.
Rápidamente, las azafatas nos ayudaron a bajar de la nube, nos condujeron a la sala de recepciones y nos invitaron a sentarnos en un aterciopelado diván rojo, precedido de una larga mesita de plata, sobre la que había nueve tazas y nueve grandes copas de versátil color, según incidan unos u otros rayos de sol a través de las ventanas de la cilíndrica sala.
Frente a nosotros, al otro lado de la mesa, había, también, un sillón rojo.
Algo nerviosos con la espera, Daniel y Mauro habían iniciado un duelo de carraspeos, mientras que los demás intercambiábamos miradas interrogantes o contemplábamos el surtidor de la fuentecilla, a un lado de la sala, que impregnaba el ambiente de suaves fragancias.
Una cascada de arpegios pianísticos estalló en la cúpula del observatorio, precipitándose por el tobogán adosado a la curvada pared. Fue entonces cuando descubrimos que tras los arpegios se deslizaba un venerable señor de grisácea melena y túnica pajiza. En seguida, las azafatas se acercaron a recibirlo. Nosotros nos pusimos firmes como reclutas ante un general. El señor avanzó hasta el sillón. Nos miró con sus ojos cenicientos, esbozó una sonrisa y nos invitó a sentarnos.
-Bien, señores -comenzó diciendo-, como ya os habrá explicado Xalia, yo soy Aristocles, responsable de esta ciudadela. Estoy enterado de vuestra odisea y de cómo os habéis colado en este mundo que llamáis de las Ideas.
-Yo... es que... -balbuceó Daniel- dejé no hace mucho la Tierra...
-Dos años y nueve meses terrestres, justamente -precisó Voz del Tiempo-, señor Aristocles.
-Sí. Desde entonces -continuó Daniel- andaba yo ocioso en la región de espera de destino, jugando en sus verdes praderas a la petanca, al mus o aprendiendo a tocar la gaita de un compañero gallego. Además ocurrió el nacimiento de mi bisnieto, este mozo que, aunque ves tan espigado, sólo tiene diez meses... Por otro lado, yo había prometido a Mauro, mi compañero de la residencia -dijo tocando a este en el brazo-, llevarlo a hacer una visita al mundo de las Ideas, para que viera lo errónea que es su obcecada creencia de que la realidad no es más que absurda materia.
-Vale, vale -cortóle Aristocles-, ya me conozco la historia. Desde este observatorio, yo y mis colaboradores hacemos el seguimiento de cuanto ocurre en vuestro universo, así como en este mundo de las Ideas. Y, por supuesto, transmitimos información exhaustiva al superuniverso del Logos Supremo.
-Permítame, señor Aristocles -intervino Mauro-, que, como aludido por mi amigo Daniel, que me ha calificado de obcecado materialista, anticipe y coloque un puntito sobre una de las muchas íes que pienso colocar en esta excursión.
-Habla, habla, amigo Mauro, cuanto creas oportuno.
-Tiene razón Aristocles, aquí tenemos todo el tiempo del mundo -sentenció Voz del Tiempo.
-Para empezar debo decir -manifestó Mauro-, que tengo la firme convicción de que los que aquí os encontráis, me habéis hecho el truco del almendruco. Yo me hallaba sesteando tranquilamente en mi habitación. En esto que apareció, en tropel, esta caterva -con perdón- de señores malabaristas mentales y me han dejado la cabeza como a Don Quijote, mejorando lo presente. ¿Pero creéis que voy a tragarme esta farsa que habéis montado? Lo tengo claro: o me habéis drogado o estoy soñando un cuento de Las mil y una noches.
-Amigo Mauro -le requirió Aristocles-, escucha, por favor. Yo también viví en la Tierra. Allí observé, comprobé y reflexioné mucho. Y una de las conclusiones que saqué es que la principal droga que zarandea y obceca al ser humano es su propia vida en la Tierra. No es extraño que te cueste creer que te hallas en el mundo de las Ideas: un mundo en el que reina la armonía y la lógica. La existencia del ser humano en la Tierra se desenvuelve en condiciones, por lo normal, tan hostiles y dramáticas que resulta explicable el pensamiento y sentimiento de la generalidad de los hombres: que la vida humana es una flor solitaria cuyas raíces se hunden en el sufrimiento, sin más horizonte que la desesperanza.
-Es cierto -reconoció Don Quijote-. El hombre es reacio a esperar futuros paraísos o realidades privilegiadas que mejoren su status actual, por muy lógicos que parezcan. Cómo será la cosa que mi compañero Sancho y cuantos piensan como él están conceptuados como personas cabales, mientras que el auténtico Don Quijote, del que yo soy modesto reflejo, está considerado como un irredimible chiflado.
-¡Ja, ja, ja! -riéronse a coro las azafatas.
-Hum, hum.. -carraspeó y susurró, receloso, Don Quijote- ¿Podemos hablar sin cortapisas en presencia de estas comadres?
-Por supuesto -le tranquilizó Aristocles-. Ellas sólo conocen lo armónico, lo recto, lo positivo. Lo contrario ni lo entiende ni lo pueden valorar, porque es incomprensible para ellas. De puro perfectas son cándidas. Podéis, pues, hablar con absoluta despreocupación.
-Francamente no lo entiendo -manifestó Samuel- ¿Qué enseñan entonces los colaboradores suyos en este mundo de las Ideas a los que van a vivir en la Tierra?
-Les enseñan a conocer y valorar la supremacía de las ideas nobles y positivas sobre las negativas, y también les ayudan en el aprovisionamiento de aquéllas.
-¡Vaya pamplinas -exclamó Mauro-, si no enseñan razones de más enjundia que expliquen qué sentido tiene la vida del ser humano en la Tierra y qué razones existen para que esperemos algo más que no sea la nada y el absurdo!
-Escuchad, amigos -nos confesó Aristocles, mirándonos como si la ceniza de sus ojos se hubiera encendido-. Aquí vais a conocer la verdad porque sé que, tan pronto como salgáis de este mundo de las Ideas, de vuelta a la Tierra, no recordaréis nada de lo que aquí hayáis visto u oído.
-Eso ya se verá -susurró Don Quijote, tocándome con su codo puntiagudo.
-Sí, amigos, no os hagáis ilusiones, son reglas del juego trazadas en el superuniverso del Logos Supremo. Bien, el esquema es el siguiente:
El Logos Supremo existe y existirá eternamente. El Logos Supremo es perfección sin límite en el ser y en el conocer. Su realidad infinita está constituida por los atributos de la libertad, el bien, la verdad, la belleza, la justicia y demás ideas y virtudes positivas, especialmente el amor. Su conocer es, ante todo, autoconciencia, pero también conocimiento de su propia realidad infinita, de su actividad creadora y de la realidad creada o impulsada por Él.
-Según eso -preguntó Samuel- ¿el Logos Supremo está determinado, en su actividad creadora y conocedora, por ideas que se imponen a él por su propia naturaleza?
-No. El Logos supremo no está determinado por nadie ni por nada -contestóle Aristocles tajante. El primero de sus atributos que entra en acción -hablo así para que me entendáis mejor-, cuando Él quiere crear algo, es el de la libertad o, lo que es lo mismo, su voluntad libre. Si Él decide que un ser o una acción determinada sean buenos, lo serán porque así Él lo ha querido, no porque lo exija la naturaleza del ser o la acción. De hecho, Él ha creado muchos universos que funcionan con sistemas lógicos, éticos y estéticos absolutamente diferentes e, incluso, opuestos.
-No entiendo nada, señor Aristocles -manifestó Daniel-. Hemos venido a este mundo de las Ideas, acompañando, aparte de a Mauro, a mi bisnieto Álex. Aquí él se ha encontrado con esta hermosa joven, a quien, al parecer, conoció antes de nacer en la Tierra. Entonces yo pregunto: ¿dónde y cuándo fue creado el sujeto espiritual o individual de mi bisnieto?
-Verás, Daniel -contestóle, sonriente, Aristocles-. A los humanos os pasa como a los peces de las profundidades submarinas. Creen que la realidad se circunscribe a lo que alcanza su limitada visión sensitiva o intelectiva. A mi también me ocurría cuando vivía allí. Pero no. La realidad no tiene límites. El Logos Supremo ocupa la región excelsa, por llamarla de alguna manera. Muy cerca de Él, en zona privilegiada, disfrutan de su proximidad innumerables y afortunados espíritus, creados por Él. Seres como Álex o como cualquiera de nosotros.
-¿Como yo también? -pregunté espontáneamente, sin poder reprimir el impulso.
-Hombre, ¿por qué no?
-Porque soy un tintero.
-Eso es lo de menos. Eres un sujeto consciente, espiritual. Las apariencias no importan.
-¡Qué alivio escuchar eso, señor Aristocles! Gracias -le dije.
-Continúo con lo que venía explicando -prosiguió Aristocles-. Los moradores de la excelsa región poseen una clarividente captación de la verdad de los diferentes sistemas lógicos creados por el Supremo Logos en los distintos universos. Aunque, junto a Él, ellos gozan de una beatífica existencia, frecuentemente le piden ser enviados, durante una temporada, a alguno de esos universos. Nadie va engañado. El Logos Supremo, personalmente y con mimo de padre, les muestra la realidad del mundo en el que quieren tener la experiencia de vivir. Pero es en este Mundo de las Ideas en donde se instruyen, equipan y entrenan los espíritus que han decidido vivir tal experiencia.
-¿Sabe lo que le digo, señor Aristocles? -replicóle Mauro- No me creo nada de sus bonitas y ditirámbicas palabras. Me suenan a música celestial y a cuentecito para dormir a los infantes. Yo estoy convencido de que la Tierra -probablemente el único lugar de nuestro universo en el que se ha desarrollado la vida, vegetal, animal y de seres racionales- ha sido el resultado de un proceso aleatorio de combinaciones y reacciones físicas y químicas de la materia de la que está hecha. Hay que reconocer y admirar los maravillosos logros que ha sido capaz de lograr la ciega materia, por sí sola. Con la inmensa satisfacción de sentirnos, en alguna forma, protagonistas y espectadores de esas conquistas y muchas más que puede alcanzar en su proceso evolutivo, debemos considerarnos como espléndidamente pagados y premiados. Pero que nadie trate de dorarnos la píldora con engañosas promesas de maravillosos paraísos futuros. Quien nace en la Tierra, ya sea planta, animal o humano, puede darse por afortunado si su madrastra, la áspera naturaleza, al contemplarlo por vez primera, no lo ha mirado con oscuros y desdeñosos ojos, como a tantas y tantas pobres criaturas que, apenas nacidas, comienzan a roer el amargo pan del hambre, de la enfermedad, del abandono, del frío, del dolor, de la soledad, del desprecio, del maltrato, de la injusticia... Es cierto que la vida en la Tierra ofrece momentos gratos, cortos e injustamente repartidos. Mas la cruda realidad es que ni siquiera los placenteros sueños inducidos por la droga -llámese droga, diversión, deporte, artes, filosofías o creencias- pueden librarnos del trágico sentimiento de la vida que despierta en nosotros el lodazal en que estamos inmersos.
¡Ja, ja!, señor Aristocles -continuó Mauro-, perdone pero no puedo aguantar la risa. Dígale a alguno de esos niños desafortunados: "No te preocupes, chavalín, esto es sólo un juego para ver quén soporta mejor el miedo. Después, ya verás qué bien te lo vas a pasar." Por favor, seamos serios y aguantemos lo que haya que aguantar en silencio, estoicamente, pero sin decir necedades ni crear falsas esperanzas. Eso es una absurda e imperdonable crueldad.
-Perdona, amigo Mauro, que discrepe de la valoración que haces de la vida en la Tierra -respondióle Aristocles, con emocionado semblante-. Como ya sabéis, yo también viví allí y me tocó padecer grandes penalidades hasta el mismo instante de mi muerte. Pero también disfruté mucho, gracias a algo que, aun viviendo en la Tierra, siempre pensé que no me lo había dado ella: la conciencia de mi propio yo, libre para volar y burlar las ataduras de sus esclavizadoras leyes físicas e, incluso de los códigos terrenales. Allá la Tierra y la naturaleza con sus justos o injustos procederes. Lo que siempre tuve claro es que es tarea de mi propio yo el volar y cantar en las alturas, por encima de todos los desastres terrestres, injusticias, terrores, calamidades, enfermedades y muertes. Porque mi yo es soberano e incombustible, a pesar de que mil infiernos lo acosen. Y jamás quedará eclipsado por la tiniebla de la muerte porque es un espíritu hecho de luz y de vida, indestructibles.
-Mire, señor Aristocles -insistió Mauro-, lo que dice suena bonito y seductor, pero no me convence. La realidad es muy distinta. Es muy poético eso del yo espiritual, angélico, inmortal, divino... Pero lo cierto es que no somos más que materia. Materia organizada con mejor o peor fortuna. Materia que piensa (tampoco demasiado), habla (o balbucea), siente (quizás menos que los brutos animales), pero también maltrata, daña, odia, ensucia, destroza y mata, como sólo sabe hacerlo la burda y sórdida materia. ¿Quiere decirme dónde se esconde ese yo lírico, incontaminado, pura palpitación amorosa, diminuta sinfonía celestial, cándida pluma de ángel..., dónde está?
-Díselo tú, Álex, que acabas de irrumpir en la vida terrestre. O tú, Xalia, su amiga, que esperas aparecer allí muy pronto. ¿Qué podríais decir a Mauro para que aprenda a mirar la realidad con otros ojos? -suplicó Aristocles.
-Yo puedo asegurarte, Mauro -dijo Álex con expresión concentrada, esforzando su memoria-, que la primera vez que me encontré con la dulce mirada de mi madre, no fue algo material lo que vi ante mí, sino un puro espíritu amoroso. Después descubrí su sonrisa alegre y luninosa como un rosado amanecer; su voz melodiosa como de canto de viento, de mansa lluvia, de callado manantial; el dulce néctar de su pecho, cálido como un chorro de amor. ¿Dónde está la materia en esas manifestaciones?
-Lo que yo pueda decir para convencerte -añadió Xalia- no será tan persuasivo como la contemplación directa de cómo se preparan los espíritus destinados a nacer en la Tierra. Si os apetece, estáis invitados a asistir a la manifestación que las Ideas realizan cada tarde en el teatro.
-¡Bravo, bravo! -aplaudió Daniel- Vamos al teatro.
-Un momento -rogó Aristocles, alzando la mano-. Antes de presenciar ese espectáculo quisiera mostrar a Mauro y a todos vosotros la urdimbre de vuestro universo y vuestro mundo que también fue mío.

Aristocles dio una palmada y, rápidamente, las azafatas llenaron las copas con el líquido multicolor del surtidor de la fuentecilla, mientras dos guardianes presionaban con sus dedos sobre unos símbolos grabados en la curvada pared de la sala que, de inmediato, se hizo transparente.
La oscuridad se apoderó de la sala, destacando solamente el reflectante resplandor del líquido de cada copa.
-¡Bebed sin temor! Es ambrosía -exclamó Aristocles-. Vuestra mente se abrirá y comprenderá claramente lo que, a continuación, se os va a mostrar.
Bebimos con cierto recelo, sobre todo Mauro, a juzgar por los visajes que hacía. En seguida se desplegó, en rápidas e impresionantes imágenes, la totalidad del universo, con su esférica distribución de nebulosas, galaxias, sistemas solares, constelaciones, estrellas, agujeros negros, etc. Luego nos ofreció una imagen lejana de nuestro planeta que, en seguida, fue acercando a nuestra contemplación minuciosa, centrando la visión sucesivamente en cosas cada vez más individualizadas y pequeñas: un bosque, un árbol, una hoja, una molécula, su ADN, los átomos que la integran, su núcleo, los electrones, protones, etc., hasta llegar a la más ínfima partícula que compone el todo.
-Esa microscópica partícula, que la física considera indivisible -continuó Aristocles comentando-, sí que se puede seguir dividiendo, metafísica y lógicamente, hasta el infinito. ¿Y qué entidad tienen esas realidades que acabamos de contemplar?
-La de la materia, indudablemente -sostuvo Mauro.
-¿Y a qué llamas materia, Mauro? ¿a la hoja? ¿a la molécula? ¿al átomo? ¿al núcleo? ¿al electrón? ¿a la última partícula indivisible?...
-A todo. Todo es materia -insistió Mauro.
-Pero decir "todo es materia" -concluyó Aristocles- es tanto como afirmar que la realidad es una masa informe y caótica sin inteligibilidad alguna. Lo que es tanto como decir que la materia es nada, porque, si fuera algo, podría ser conocido. No obstante, voy a concederte que todas esas realidades que acabas de contemplar están hechas de una masa común, llamada materia. Mas admitirás que la hoja que has visto es una realidad muy concreta, con determinadas características, compuesta de multitud de elementos muy definidos cada uno de ellos, hasta llegar a la última partícula indivisible. ¿Y qué son la hoja y cada uno de esos elementos sino una suma de ideas? ¿Dónde está lo que tu llamas materia? Cada partícula, por pequeña que sea, es algo que tiene sentido porque es idea. Y esas ínfimas partículas pueden dividirse, metafísicamente, hasta el infinito, precisamente porque son ideas.
-No me hagas reir, señor Aristocles -repuso Mauro con irónico gesto- ¿Tratas de que me crea que las ideas andan solitas, danzando por esos mundos?
-¿No lo crees posible? ¿Por qué?
-Porque las ideas sólo existen en la mente.
-Estás en un error. Por supuesto que toda idea, en su origen, ha debido pensarla alguien. Es una exigencia lógica y metafísica. Se trata de la idea subjetiva, mental. Pero luego está la idea proyectada al exterior por un sujeto que, según qué sujeto, puede objetivarse en un hermoso cuadro, un tosco puchero, una sinfonía o un universo. El tosco puchero, con mejor o peor arte fabricado, tiene plasmada la idea de su hacedor en una porción de arcilla. Pero la idea de arcilla y todo el cúmulo de ideas que componen la arcilla ¿de dónde las ha recibido el puchero, sino de ese complejo sistema lógico, que no es otra cosa que un fantástico universo de ideas que se afirman, se niegan, se asocian, se dividen o multiplican, obedeciendo a leyes inexorables que confluyen, se contrarrestan o actúan por sí solas o en paralelo; también a leyes impulsadas por la libre voluntad de sujetos conscientes.
Ese universo brotó fuera de la mente del Logos Supremo, en un primer momento, como un apretado ovillo de leyes lógicas, metafísicas, físicas, éticas y estéticas, envolviendo un enjambre de ideas capaces de hacerse realidad. En otro determinado momento, el ovillo se desató, originando la aparición de ideas madres, que a su vez generaron multitud de otras ideas derivadas. Dirigido por dichas leyes el recién nacido universo se fue expandiendo y evolucionando, hasta llegar a surgir en el planeta Tierra la vida vegetal, animal y racional.
-Y ese planeta recién estrenado ¿era un edén en donde todo era perfecto y maravilloso, y en donde el dolor, el sufrimiento y la muerte no existían? -preguntó Samuel.
-No. Esa visión del mundo es mítica. El entramado de leyes determinó un precario equilibrio de fuerzas, pero es y será precisamente la violencia, el choque, la destrucción, el cambio y la muerte, el modo de alcanzar ese equilibrio.
-¿Y por qué y para qué habrían de ser destinados a la Tierra los sujetos conscientes que llegan a este mundo de las ideas? No le veo sentido por ningún lado -opinó Mauro.
-El motivo es claro -contestó Aristocles-. El Supremo Logos quiere dar a sus hijos (las psiqués) la oportunidad extraordinaria de vivir una experiencia sin igual: el comprobar que el espíritu libre, enriquecido con la energía y recuerdo de las ideas positivas que recibió en este mundo de las ideas, es capaz de vencer y superar las condiciones terrestres por muy calamitosas e insoportables que parezcan. Y son ellos quienes piden los más arduos y difíciles destinos ¿no es así, Xalia y Álex?
-Es cierto -confirmó Xalia-. Sabemos que se trata de una difícil y penosa misión, pero aquí nos enseñan algo que nos alienta y reafirma en la aceptación del destino que nos asignen en la Tierra: Que, aunque nos toque en suerte animar un cuerpo con una cabeza mentecata y unos miembros enclenques, lo que jamás nos faltará es un sentimiento, por débil que sea, de amor propio, de afirmación del propio yo, lo que nos llevará a la reflexión y al descubrimiento del camino más acertado para cumplir la misión encomendada. Y aunque también sabemos que al llegar a la Tierra olvidaremos nuestro paso por el mundo de las ideas, ese sentimiento nos llevará a escarbar en el rescoldo de nuestro espíritu, hasta descubrir una chispita de nostalgia del bien, de la verdad, de la belleza, del amor... que aquí hemos aprendido. Y, a pesar de que nos parezca un desatino mantener la esperanza, en semejantes condiciones en que nos vemos hundidos, gritaremos que sí, que volveremos a ver la luz tras el oscuro horizonte del muro de barro que nos rodea.
-Y tú, Álex, ¿qué opinas? -preguntóle Aristocles.
-Yo tengo motivo para estar contento de mi suerte -dijo-. Pero, aunque no hubiera sido así y hubiera sido destinado a animar un mosquito trompetero o que, en un futuro, deba hacer frente a situaciones tremendas, espero tener un mínimo de lucidez para comportarme como Xalia ha señalado.
-¡Bravo, bravo, Xalia y Álex! -exclamó Don Quijote aplaudiendo- Contad conmigo, cuando estéis en la Tierra, para despejaros el camino de facinerosos, emmbaucadores y aguafiestas. Ya os buscaré y os encontraré en dondequiera que estéis.
-Me parece -intervino Daniel- que Aristocles ha aclarado nuestras dudas, especialmente las de Mauro.
-Reconozco -dijo Samuel- que las explicaciones de Aristocles son coherentes, pero no entiendo cómo un espíritu procedente de la región del Supremo Logos no sále de allí provisto de esas ideas, al parecer, tan necesarias, y se vea precisado a venir aquí a aprovisionarse de ellas.
-Lo que dices, Samuel -le aclaró Aristocles- no es exacto. Los espíritus conscientes o psiqués, hijos del Supremo Logos, poseen en su naturaleza las ideas positivas y la correspondiente fuerza o virtud de cada una de ellas. Pero es en este mundo donde toman conciencia de esas ideas y se entrenan en su aprendizaje y ejercicio. Id, ahora, con Xalia. Ella os llevará al teatro, en donde terminaréis de entender cómo actúan y son asimiladas las ideas.
-¿Puedo yo quedarme contigo, Aristocles? -rogóle Voz del Tiempo- Este mundo, sinceramente, me parece fascinante. Me gustaría examinarlo y llegar a conocerlo a fondo. A cambio te ofrezco mis servicios como evocador y coordinador de tiempos.
-Por mí encantado. Aquí no te faltará trabajo, señor Voz del Tiempo.
-¡Suerte y que sea para bien! -le deseó Don Quijote, en nombre de todos nosotros.
-¿Volveremos a vernos? -preguntó Daniel.
-Sí -dijo Aristocles-, nos veremos en el teatro.

Precedidos de Xalia y Álex, que parloteaban y reían con mutuas miradas de complicidad, salimos del observatorio y nos dirigimos al teatro, atravesando la extensa y concurrida ágora, en cuyo jaspeado pavimento y columnata incidían los anaranjados rayos de un sol próximo a ocultarse bajo el horizonte de plata.
Entramos en el flameante y marmóreo teatro, sorprendiéndonos los artísticos relieves esculpidos en el friso y basamento de la escena. También nos llamó la atención el hecho de que el fondo de la escena estaba cubierto por una superficie de vidrio transparente, o quizás un gran ventanal acristalado. En el graderío, una multitud de psiqués charlaban y reían, iluminados sus agraciados rostros con la luz de numerosas teas y hachones, colocados en preciosos jarrones de oro.
Una azafata se acercó a nosotros y, muy sonriente, nos condujo a la primera grada, delante de la orchestra. A mi izquierda se sentaron Samuel y Don Quijote, y a mi derecha Mauro, Daniel, Álex y Xalia.
Mientras comentábamos el maravilloso fenómeno crepuscular de un sol que no acababa de ocultarse, como haciéndose el remolón, Xalia se puso de pie y oteó el enorme graderío. Pronto la vimos agitar sus brazos desnudos e iluminarse su cara con una sonrisa encendida por el sol.
-Son mis amigos los músicos del parque -nos dijo.
-A propósito -preguntó Samuel-, ¿en esta orchestra no hay coro de cantores?
-Depende de espectáculos -aclaró Xalia-. En el que vamos a presenciar, el canto y acompañamiento lo hacemos los asistentes. Por eso mis amigos se han traído los instrumentos.
-¡Qué bien os lo montáis en este mundo, caramba! -exclamó Mauro- De buena gana me quedaría aquí.
-Sí -comentó irónico, Daniel-, parece que no le hiciste ascos a la copa de ambrosía. Ya me percaté de que la rebañaste bien rebañada.
-¿Qué quieres que te diga? -contestó Mauro- Habría preferido que hubiera sido un buen vino de mi tierra.
-Ha de saber, señor -le informó Xalia, respetuosa- que la ambrosía puede transformarse en la bebida que cada cual prefiera, con sólo desearlo.
-¿Sí? -exclamó Mauro- Gracias por revelármelo...
-¡Mirad, mirad! Los heraldos se disponen ya a anunciar el comienzo de la función -nos advirtió Xalia, señalando a seis efebos, de exiguas túnicas rojas y altos chapines, firmes ante la escena, que alzaban sus largas trompetas, dirigiéndolas hacia el sol.

Un vibrante chorro sonoro, como de viento huracanado, se alzó por encima del teatro, quebrándose en seis inspiradas melodías. De inmediato, multitud de psiqués, ataviadas con variopintos ropajes, se alzaron de sus asientos, entonando un emotivo himno de bienvenida a las nobles ideas, mientras Aristocles y Voz del Tiempo entraron en la escena por las puertas de la izquierda y de la derecha, respectivamente. Finalizado el canto, Aristocles dirigió estas palabras:

-Es curioso -comenzó con voz grave y calmosa-, hoy me siento emocionado al presentaros, como cada día, el desfile de las nobles y positivas Ideas que, paulatinamente van conformando vuestro espíritu, preparándolo para afrontar la difícil empresa que os aguarda en la Tierra. Y estoy emocionado porque hoy nos acompañan estos amigos -dijo, señalándonos con la mano- que, desde la Tierra, han venido a visitarnos. También tenemos el honor de contar con la presencia de Voz del Tiempo, facultado por el Logos Supremo para mostrarnos cualquier mundo en su trayectoria en el tiempo.
Vosotros -continuó, alzando la voz y dirigiendo sus brazos hacia el graderío, abarrotado de psiqués- habéis elegido libremente ir a la Tierra para ejercitar y demostrar la fuerza de vuestra voluntad y las convicciones de vuestra razón. Pero también debéis contar con las tremendas dificultades que os vais a encontrar.
La Tierra nunca fue, ni será un edén. Ni la vida en ella un camino de rosas. Lo contrario es un falso mito. Dependiendo de la suerte que tengáis, podréis ir a nacer en un lugar privilegiado o inhóspito, ser destinados a un cuerpo humano de eminentes cualidades o, por el contrario, tener que animar un organismo defectuoso, torpe, o lo que es peor ir a parar al cuerpo de un animal feroz o sabandija inmunda. Mas, a pesar de esas posibles condiciones detestables e insoportables, vuestro espíritu puede y debe superarlas con la fuerza de las nobles ideas que aquí os visitan cada día.
Es doloroso tener que confesaros que la dilatada historia de la vida en la Tierra es una larga tragedia cuyos principales personajes son el sufrimiento, el desencanto, la tristeza, la injusticia, el odio, la mentira, la maldad y demás ideas negativas. En cambio las expectativas del Logos Supremo siempre fueron que los espíritus, libres y pletóricos de ideas positivas, sobrevuelen por encima de las condiciones y circunstancias terrenas, por muy adversas que fueren.
Atended a lo que os va a mostrar Voz del Tiempo -dijo Aristocles, extendiendo su brazo hacia aquél.

Voz del Tiempo, atusándose la barba y echándose hacia atrás el pompón del gorro, mariposeado como su camisón, levantó los brazos, con las palmas de las manos hacia el cielo, diciendo:
-Contemplad el globo terráqueo, mostrando las difíciles, penosas y violentas condiciones, descritas por Aristocles. Pero con la diferencia de que los seres que lo habitan no han permitido la entrada a ninguna idea negativa en el sagrado recinto de su yo, a pesar de esas circunstancias adversas. Es la imagen gozosa de una Tierra poblada de seres pletóricos de ideas positivas. De los que a ella sois destinados depende hacerla realidad.

En aquel momento un águila de níveo plumaje, procedente del lejano Olimpo, voló por encima del globo y de todos los asistentes, yendo a posarse en el centro encumbrado del muro semicircular del graderío.
-¡Libertad, Libertad, qué poderosa eres! -exclamó Aristocles, con la mirada atrapada en los hipnotizadores ojos del águila- Tu decisión soberana lo mueve todo. Tu fuerza irresistible permite al espíritu escapar de toda esclavitud, vacilación o pereza. Aunque parezca paradoja, no la dejéis marchar nunca de vuestros espíritus.
Un armonioso clamor recorrió el graderío en sucesivas ondas que fueron, cada vez más intensas.
-Ved ahora -continuó Voz del Tiempo, señalando a las alturas- esa dorada lechuza, de mirada retadora e introspectiva, al mismo tiempo. Es la Verdad. Donde ella reina no hay sitio para la falsedad, la mentira, la falta de autenticidad, la hipocresía, el fingimiento, el engaño...
-Sí -añadió Aristocles-. ¿No habéis sentido abrirse, dentro de vosotros, mil ventanas hacia mundos y ambientes jamás soñados? Es el mismo efecto experimentado por los pobladores de ese globo: su luz cenital ha eliminado las sombras de los espíritus, creando una red de voluntades y objetivos comunes que aseguran el éxito de su misión en la Tierra.
La lechuza fue a posarse a la derecha del águila.
-¿Y esa otra deidad, de espejeantes alas y rosado cuerpo , que avanza recostado sobre un fantástico rubí de tres caras, quién es sino el Bien, la Belleza y el Amor? Ya estamos sintiendo su fuego en lo más recóndito de nuestro ser -proclamó Voz del Tiempo.
-Así de afortunados -comentó Aristocles- han debido de sentirse los moradores de ese globo. ¿Os lo imagináis? Todos los seres humanos movidos por el amor, sin otros objetivos que el bien, la verdad y la belleza. Los problemas se resolverían fácilmente. La maldad sería barrida de la Tierra. La vida sería grata y esperanzada para todos.
El ángel desnudo fue a sentarse a la izquierda del águila, pero ésta le obligó a ponerse entre ella y la lechuza. La concurrencia, enardecida, elevó el tono de su cántico, mientras innumerables ideas positivas continuaron llegando y enriqueciendo los espíritus.
Finalizado el desfile, Voz del Tiempo, dando una palmada, hizo desaparecer el globo terráqueo, y las ideas regresaron al Olimpo. Luego él se apartó a un lado de la escena y Aristocles avanzó hasta el centro.

Un silencio expectante se apoderó del teatro cuando, inesperadamente, vemos que Mauro se pone de pie y se dirige a Aristocles con estas palabras:
-Nos habéis conmovido con el espectáculo que acabáis de ofrecernos -dijo irónico- y debo confesar que esta visita a vuestro mundo me está zarandeando el andamiaje de mis convicciones. Tengo que reconocer que lo que aquí he contemplado y las razones que he escuchado me están inclinando a pensar que, efectivamente, es la idea y el entramado lógico que lo envuelve todo, lo que dota de realidad a esa materia que yo, antes, consideraba como lo único real, y ahora, en cambio, veo innnecesaria su existencia...
-¡Bravo, Mauro! -gritó Daniel, levantándose de la grada y abrazándolo- Por fin lo has reconocido. No esperaba otra cosa de ti.
-Un momento, Daniel, que aún no he terminado -dijo Mauro, poniéndole la mano en el hombro, invitándole a sentarse-. Aunque ahora coincida con vosotros en esa concepción idealista de la realidad, no comparto, en modo alguno, la utopía que pretendéis inculcarnos, con ese derroche tramoyista para ofrecer un mundo angelical movido exclusivamente por ideas nobles y positivas. Por el contrario, la fea y dura realidad es que la principal idea que mueve el mundo es el egoísmo. Sin egoísmo nadie podría sobrevivir en la Tierra más de una semana ¿verdad, Álex? -dijo, guiñándole el ojo-. El egoísmo nos da fuerzas a los humanos para soportar lo insoportable, con tal de sobrevivir y esperar, contra toda esperanza, a seguir existiendo tras la muerte. ¿Creéis seriamente que, algún día, serán esas que llamáis ideas positivas las que gobernarán la Tierra? No seáis ilusos. Los humanos hemos nacido en un mundo violento, injusto y cruel; siendo nuestra madre naturaleza (ya sea burda materia o sofisticada idea) la primera en maltratarnos. Jamás serán desterradas de nuestro planeta las ideas y actitudes negativas, pues ellas son connaturales con nosotros y necesarias para la realización de ese supuesto sueño, pensamiento o proyecto de alguien, o simplemente para vivir, sin más adornos.
-Sí, señor, -le respaldó Don Quijote, levantándose del asiento como una llamarada- Mauro tiene razón en eso: nuestro mundo no es un lugar de ocio y placer, sino campo de batalla donde hay que luchar ferozmente. El hecho de que todos estos nobles espíritus, que abarrotan el teatro, se inflamen y ardan con el fuego de las virtuosas ideas durante su estancia en este lugar de entrenamiento, de poco les va a servir en su futura estancia en la Tierra, pues ignoran qué sean las ideas negativas.
-Os estáis equivocando, amigos -respondió, calmosamente, Aristocles. Aún no hemos terminado la total exhibición de las ideas. Atended y observad esa superficie de vidrio del fondo de la escena.

Automáticamente todas las antorchas del teatro se apagaron y el cielo se cubrió con negro manto. La acristalada superficie de la escena cobró una violácea luminosidad que, en seguida, pasó a la más negra tiniebla. Repentinamente, aquella negra pantalla pareció licuarse, produciéndose borbollones rojizos, como diminutos cráteres, en un mar de pez hirviente. De cada cráter fueron brotando seres monsstruosos de aspectos terribles, vomitivos, espeluznantes, despreciables, viles, inmundos.
Aristocles fue explicando, una por una, cada idea negativa personificada por aquellas indescriptibles imágenes, hechas de espanto y horror: la envidia, el desprecio, el maltrato, la insensibilidad, la burla cruel, la humillación, la ruindad, la avaricia, la inmundicia y tantas otras perversiones y maldades.
Curiosamente, los beatíficos espíritus reaccionaban con estrepitosas carcajadas, incluido Álex que literalmente botaba en la grada, palmoteaba y sacudía algún nervioso mamporro a Xalia y a Daniel, viendo el extraño aspecto de aquellos monstruos.
A la intermitente y relampagueante aparición de luces de variadas tonalidades, vimos a Mauro avanzar hacia la escena, subir por la escalerilla central y detenerse en el centro, de cara a Aristocles. Durantes unos instantes, sólo se escucharon los detestables gruñidos de las réprobas ideas.
-¿Qué pretendes, Mauro? ¿No es esto lo que echabas en falta en este centro de preparación?
-No, Aristocles -le dijo Mauro con voz y gestos trémulos que revelaban una tensión nerviosa a punto de estallar-. Mira qué reacción has conseguido en los ánimos de los espectadores: de risa y chanza. No. Los destinados a nacer en la Tierra deberían vivir aquí la terrible experiencia de verse acosados, atacados, dominados por esos verdugos con los que han de vérselas día a día en la Tierra. ¿Por qué no dejas salir de esa cárcel a las perversas y negativas ideas, como aquí las llamáis, para que los cándidos espíritus, ahí sentados, las sientan y experimenten dentro de si mismos? Si tú no lo haces, lo haré yo.

Mauro corrió hasta el pie de la acristalada pantalla, tras la que miles de ojos alucinados y terribles espiaban sus movimientos. Se agachó y cogió del suelo un pesado y humeante pebetero de jaspe, que exhalaba un exótico perfume. Lo alzó con ambas manos por encima de su cabeza y lo estrelló, furioso, contra la pantalla.
-¿Qué has hecho, insensato? -le recriminó Aristocles, visiblemente desconcertado, al mismo tiempo que, con la cara arrebolada, levantaba los brazos, inútilmente, para detener la estampida de las monstruosas ideas que, a través de los rotos cristales, escaparon graznando como buitres hambrientos.

De inmediato, las ideas negativas volaron y fueron a posarse sobre el alto muro del graderío, prestas a lanzarse sobre los sorprendidos espíritus que, no obstante, mantuvieron el sonriente semblante y tranquila presencia. Álex y Xalia, tan embelesados se hallaban en su conversación, que apenas se percataban de lo que estaba sucediendo. Mas los demás espíritus, aunque henchidos del vigor de las nobles ideas, carecían de experiencia en lidiar contra las ideas perversas. Éstas, muy astutas, rápidamente, emprendieron su plan de ataque:
La falsedad, con festivo disfraz carnavalesco, escuchaba al viscoso escorpión de tres cabezas (ruindad-envidia-rencor) que balanceaba su temible aguijón exterminio. Luego, cuchichea al oído de adulación y engaño, transformados en una encantadora pareja de seductora locuacidad y atractivas maneras para que ejercieran sus taimadas artes sobre los cándidos espíritus, ensalzando sus egregias dotes con la lisonja, la alabanza y la adoración. Tras ellas, moviéndose con silenciosos movimientos y camuflados con los reflejos plateados del cielo, nuevamente crepuscular, avanzan la soberbia, el egoísmo y el desprecio, seguidos del rencor, el odio, el maltrato y la crueldad. Repentinamente, todas ellas levantan el vuelo y giran sobre el teatro, amenazadoras. Mas los impasibles espíritus, ocupantes del graderío, animados por los amigos de Xalia que iniciaron un alegre repertorio de inspiradas melodías, convirtieron el teatro en una escalonada pista de baile y piruetas, indiferentes y despreocupados de los siniestros pajarracos.
Mauro, tras su arrebatada acción, había permanecido inmóvil en la escena, con aterrado semblante, acosado por tres espantosas serpientes: la inseguridad, el miedo y la cobardía.
-Esto pasa ya de castaño oscuro -exclamó Don Quijote-. Tenemos que hacer algo para rebajar los humos a esa panda de ideas de pacotilla.
-¿Y qué podemos hacer? -pregunté yo.
-Ante todo -propuso Samuel-, creo que debemos ayudar a Mauro. Tú, Daniel -le dijo, al ver su intención de seguirles-, quédate junto a Álex y Xalia hasta que volvamos.
Don Quijote corrió hacia la escena, obligándonos a Samuel y a mí a seguirlo con la lengua fuera hasta llegar arriba.
-¿Qué te ocurre, amigo? -se encaró Don Quijote con Mauro- ¿No te da vergüenza temblar ante esas estúpidas orugas? Mira lo que hacemos con ellas.
Y agarrando Don Quijote a la serpiente cobardica por el pescuezo, la zarandeó, le dio varias vueltas por encima de su cabeza y la arrojó por el hueco de la rota pantalla, devolviéndola al averno, de donde parecía haber salido. Samuel y yo observamos el mismo protocolo con las serpientes de la inseguridad y el miedo, ante el asombro de Mauro que estaba como pasmado.
Daniel se apercibió que la carnavalesca falsedad señalaba a Álex con su garfioso dedo, por lo que, rápido, le cubrió el rostro, para evitar cualquier maleficio de aquella legión de siniestras ideas.
Éstas, al verse ridículamente despreciadas por los espíritus del graderío, dirigieron el ataque hacia los ocupantes de la escena. Samuel, comprendiendo que Mauro era una presa fácil y segura de aquéllas, cubrióle con su capa, mientras Don Quijote, un servidor y el mismo Samuel, ejercitando nuestras artimañas marciales, fuimos despachando a las advenedizas y cargantes moscardas, a golpe de puños, puntapiés y tirones de pelos, plumas y apéndices, obligándolas a volver a las oscuras mazmorras de la laguna de Estigia, dejando el Mundo de las Ideas limpio como una patena.

Súbitamente las antorchas del teatro volvieron a encenderse, y los espíritus entonaron el himno de Arconta. Finalizado el cántico, aristocles levantó los brazos, rogando silencio:
-Acabamos de asistir a una experiencia excepcional, rica en enseñanzas para todos los presentes. Una muy clara para los que os preparáis a la dura prueba de vivir en la Tierra es que, mientras moráis en el Mundo de las Ideas estáis inmunes a toda idea negativa, gracias a que vuestro espíritu se halla enteramente ocupado por las ideas positivas opuestas. Pero, una vez en la Tierra, puede tocaros en suerte un cuerpo deplorable y unas circunstancias adversas. Podréis veros acosados por la maldad, la sinrazón, la injusticia, la envidia, la enfermedad, la tristeza, el miedo, la desesperación y tántas otras ideas y afecciones negativas. ¡Ay! Ese tesoro de egregias ideas, que hoy conforman vuestro espíritu, os resultará muy fácil disminuirlo o perderlo, y muy difícil recuperarlo.
Mas ése es el reto y el propósito del Supremo Logos: demostrar que el espíritu es más fuerte que las rocas del paisaje terrestre; que es capaz de soportar lo insoportable; que puede transformar el entorno hostil en apacible hogar; y que puede vencer todo obstáculo en el camino marcado por la razón.
Sea cual sea vuestra actuación, no temáis castigo alguno tras vuestra vida en la Tierra. Bastante castigo es ver vuestros espíritus humillados, dominados y manipulados por seres, circunstancias, instintos e ideas viles y despreciables. En cambio, los premios serán muchos. El más pequeño, la inmensa satisfacción de haber conseguido superar algún obstáculo en el camino de la razón, por insignificante que parezca.

Finalmente, Aristocles invitó a un animado diálogo que, en seguida, convirtió el teatro en un bullicioso foro.
Nosotros, aprovechando el revuelo, nos despedimos de Aristocles y de Voz del Tiempo, e indicamos a Daniel y a Álex, mediante gestos, que les esperábamos fuera del teatro. Ya nos dirigíamos hacia la puerta lateral de la escena, escoltando a Mauro, cuando descubrí los verdes ojos de Xalia humedecidos, tras besar a Álex y a Daniel.

Silenciosos y pensativos, siguiendo a Daniel y Mauro, descendimos por la recoleta calzada de los olivos, que bordea la muralla de la Arconta, bajo la ambarina luminosidad de sus sillares. Traspasamos el arco de la entrada, resplandeciente como un ascua de oro y avanzamos hasta el borde de la explanada, cubierto de multicolores campanillas. Volvimos a contemplar las villas, acurrucadas como blancas palomas, entre naranjos y limoneros. Cerca, el mar, acerado y tembloroso, como un soldado abatido. Daniel y Mauro se giraron para mirar, por última vez, las murallas de la Arconta.
-¿Qué te ha parecido el Mundo de las Ideas? -preguntó Daniel a Mauro.
-¡Fantástico! -contestó con entusiasmo- Tánto que me parece estar soñando...
-No sabes cuánto me alegra que te haya gustado. A Álex estoy seguro de que le ha encantado ¿Y a vosotros? -nos preguntó, Daniel.
-A mí, personalmente -aseguró Samuel- me ha recargado las pilas para otros quinientos años, por lo menos.
-Yo -dijo Don Quijote con expresión grave- me marcho con una espina clavada en el ijar derecho.
-¿Una espina? -preguntó Daniel.
-Sí -contestó Don Quijote-. La de no haberme traído mi invencible lanza y haber despanzurrado con ella al patoso escorpión y a toda su parentela.
-Yo parto de aquí -dije a mi vez- muy orgulloso de mi condición de tintero. Aristocles me ha quitado el complejo: lo que importan son las ideas.
-¿Y mi bisnieto? -preguntó sobresaltado Daniel- ¿Dónde está? ¡Álex! -gritó con inquietud.
Samuel corrió hacia el borde de la explanada y se inclinó buscando al niño entre las crecidas y espesas hierbas. Con la respiración en suspenso, vemos a Samuel incorporarse y volver hacia nosotros con Álex, ya recuperado su aspecto infantil y dormido en sus brazos. Daniel se acercó a acariciarlo.
-Bien -exclamó Daniel, mirando a las alturas y dando una palmada- Misión cumplida. ¡Nos marchamos!
De inmediato, la blanca y esponjosa nube descendió, sumisa y reposada, hasta lamerle los pies. Rápidamente, Mauro y Daniel saltaron a su interior. Y, como permanecíamos quietos, nos preguntó Daniel:
-¿Qué pasa? ¿Os vais a quedar aquí?
-No. Nosotros debemos devolver el niño a sus padres. Nos llevará esta capa superligera -contestó Samuel tocando su celeste manto.
-Y tú Mauro ¿no te vas con ellos?
-Si no te parece mal, Daniel, quisiera quedarme contigo. Aunque se trate de un sueño, me gustaría permanecer en estos parajes, contemplando los florecidos almendros desde otra perspectiva.
-Pues ¡vamos allá! -gritó Daniel, obligando a Mauro a sentarse en la nube.
Mientras Samuel y yo contemplábamos la nube alzándose en las alturas como una nevada cigüeña, Don Quijote dio órdenes minuciosas a la janua-témporis de llevarnos a la casa de Álex. Luego Samuel, con nosotros agarrados a su capa, se lanzó como un torpedo, surcando con la cabeza los espacios siderales.

Acabábamos de cruzar la frontera de nuestro universo, cuando escuchamos a Samuel que nos dice:
-¡Qué cosa tan extraña! ¿Podéis creer que ahora mismo veo claro a dónde nos dirigimos, mas no tengo la menor idea del lugar de dónde venimos, para qué hemos venido, ni tampoco el porqué llevo yo a Álex en brazos.
-Igual me ocurre a mí -dijo Don Quijote, preocupado-. No cabe duda de que algún envidioso malandrín pretende desquiciar nuestras mentes, confundirnos y llevarnos a la desesperación.
-La verdad es que yo estoy como vosotros -confesé yo-. No tengo la menor idea de en dónde hemos estado, a qué nos hemos dedicado, ni qué hemos visto u oído. Pero... ¿sabéis una cosa? El piloto luminoso de mi broche grabador-transmisor, que cuelga de mi cuello, no cesa de parpadear, lo que indica que tiene mucha información grabada. A lo mejor nos aclara algo sobre esas incógnitas...
-¡Uuh! ¡Uuh! ¡Uuh! ¡Ja, ja, ja!
-¿Qué es eso? -preguntó Don Quijote señalando a un ave dorada que volaba por encima de nuestras cabezas- Parece una lechuza. ¿Por qué se reirá?
-¿Quién sabe? -dije yo.
-¡Qué raro que una lechuza ande de juerguecita por estos solitarios espacios! -comentó Samuel.
-¡Uuh! ¡Uuh! ¡Uuh! -repitió Álex, despertándose e incorporándose en los brazos de Samuel, mientras señalaba hacia un punto invisible del espacio con su infantil índice estirado como un puntero."

Y hasta aquí el relato del viaje al Mundo de las Ideas que, finalmente tuvimos suerte y pudimos recuperar gracias a mi broche grabador y, sobre todo, a Aristocles que hizo la vista gorda.

Seguid bien, amigos, y que seáis muy felices.Un abrazo. Tinterico.


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Más allá de los almendros - (Cap,II)

miércoles, 11 de noviembre de 2009
Don Quijote se acercó al pequeño Álex, que nadaba sobre almohadones jaleándose con sus propias risas y balbuceos. Lo contempló con ternura, lo levantó con evidente regocijo, y proclamó:
-Escuchadme, amigos que compartís conmigo esta emblemática torre. No sé cuánto tiempo llevamos en ella, mas os aseguro que, desde nuestra llegada, no me he abandonado en brazos de Morfeo ni un sólo segundo.
-Eso tiene una explicación -afirmó Voz del Tiempo, enigmático.
-No conozco el motivo -intervino Samuel-, pero es cierto que Don Quijote no ha quitado el ojo de encima al muchacho. ¿Qué es lo que tanto te fascina de este pequeño, amigo Alonso?
-Algo muy simple -aclaró Don Quijote-: que, por más que me devano los sesos, no llego a comprender cómo una muchedumbre de partículas materiales se ha agrupado con tal salero que ha dado como resultado esta simpática criaturita. ¿Quién o qué misterioso resorte ha puesto de acuerdo al ejército de células que la conforman, logrando esa antología de sonrisas, miradas y parloteo tan divertidos?
-El ADN -dije distraídamente.
-¿El adequé? -preguntó Don Quijote.
-Sí -traté de explicar-, esa cadena familiar que se transmite de padres a hijos.
-¿Ah, sí? Y la primera cadena que recibió el ser humano ¿de dónde salió y con qué materia fue hecha? No, amigo, no creo que tú lo sepas -replicó Don Quijote-, pero Álex sí. Él acaba de llegar a la vida y tiene experiencia reciente de su entrada en un cuerpo humano. Él sí podría explicarnos su fantástica experiencia. El inconveniente es que él viene de un mundo muy diferente al nuestro y, sin duda, las vivencias de allí no se recuerdan aquí.



-Claro -opinó Samuel-, como suele ocurrir al pasar del mundo de los sueños al de la vigilia, que gran parte de lo soñado no se recuerda al despertar.
-Además -continuó Don Quijote-, este niño, aunque ahora mismo recuerde algo del mundo de donde procede, no posee un lenguaje inteligible para nosotros, con el que pueda darnos detalles de su paso al nuestro.
-Observo -intervine yo- que Voz del Tiempo se mantiene muy callado. Quizás él pueda aportar alguna aclaración al respecto.
-Sois como bebés -contestó Voz del Tiempo-, incluso más inexpertos que Álex. Oyendo vuestra conversación me entran ganas de reir. Álex, ya lo veis, parlotea, a menudo, con sonidos y vocablos incomprensibles para vosotros. Para mí no.
-Vamos, no se tire pegotes, señor de las cándidas barbas y guedejas -le discutió Don Quijote- ¿Por qué no nos hace una demostración, preguntando algo a Álex?
Voz del Tiempo, sin cortarse un pelo y gesticulando como un simio, se dirigió al niño en estos términos:
-Cachiruqui, pipijaca, bacalata gogo ti pachín.
Álex le correspondió con una explosión de risas, pompitas, batimiento de palmas, contorsiones y toda una batería de pediches desconocidos.
Don Quijote, muy serio e intrigado, preguntó a Voz del Tiempo qué había dicho al niño que tan bulliciosa reacción había provocado en él.
-Le he dicho -explicó Voz del Tiempo- que, con el paso de los años, su lindo cuerpecito se transformará en una ridícula y enclenque anatomía, similar a las que ha visto moverse en la residencia de enfrente y que su mente acabará paseándose por los cerros de Úbeda o las Tetas de Viana, como las de aquéllos.
-Pues no le veo la gracia por ningún lado, chavalín -dijo Don Quijote, mirando muy serio a Álex.
A lo que el niño, con gran desparpajo, correspondió con un chaparrón de gorjeos, fluidamente ensartados y felizmente aderezados con cautivadoras sonrisas, pedorretas y no pocos tirones de barbas.
-Me parece, chavalito -le amonestó Don Quijote-, que te estás pasando un pelín. ¿Puede saberse qué diantre trata de decirme este osado infante con su floreado discurso?
-Es obvio -afirmó Voz del Tiempo-. Álex asegura que espera divertirse mucho en esta vida terrestre, pues lo poco que, hasta ahora, ha visto en esa residencia es de lo más divertido. En especial las figurillas tan simpáticas que las personas van adoptando conforme se van haciendo mayores.
Samuel, dándose por aludido, manifestó su desacuerdo, con estas palabras:
-Has de saber, pequeño alevín, que yo he vivido en esta Tierra más de quinientos años y, no obstante me conservo de buen ver. Y en cuanto a que la vida te produce risa, eso también me ocurre a mí. Pero es una conclusión a la que he llegado tras mi quinto centenario.

Repentinamente, de una parda nubecilla que flotaba a lo lejos por encima de la sierra, y precedido de un cegador relámpago, se precipitó un estrepitoso trueno, acompañado de una voz bastante trompetuda y no menos cabreada:
-¡Vamos, ya está bien de marear la perdiz! A este paso, cuando queráis continuar con la historia de la residencia, habrán pasado a mejor vida sus protagonistas. Se dice bien, que ya han transcurrido cuatro meses desde que llegasteis a esa torre con mi bisnieto, y ahi seguís, tomándole el pulso a la gallinica americana, la que no pone hoy pone mañana. ¡Vamos, vamos, que si tuviera un cohete de los que preparaba mi amigo Ferrón, ya os lo habría lanzado desde esta nube!
-¿Quién se atreve a perturbar la bonanza otoñal que disfrutamos en esta privilegiada torre? -se quejó Don Quijote, encarándose con la nube.
-No se altere, noble hidalgo -trató de apaciguarlo Voz del Tiempo-. Es Daniel, vuestro amigo del más allá, el que os encargó la tarea de aleccionar a su bisnieto. Dejádmelo de mi cuenta que yo lo amansaré.
A reglón seguido alzó su penetrante mirada hacia la nube y, ahuecando la voz, dirigióle estas palabras:
-A ver, Daniel, querido pero impaciente amigo, ¿qué te pasa?, ¿no te han explicado ya que, en el más allá, el tiempo carece de importancia?
-Pero es que -protestó Daniel- ya han pasado nada menos que cuatro mesazos, señor barbiluengo. Que en cuatro meses ha habido tiempo para tres diluvios universales y para plantar y recoger cien fanegas de melones.
-¡Tas tú fresco, abuelo!
-¿Quién ha dicho eso?
-Yo no. Ha debido de ser Álex.
-Ah.
-Bueno, Daniel, que no. Que el tiempo no es tan importante como crees. El tiempo es como el espacio, depende de lo que se meta en ellos. Si metes algo bueno, será un espacio o tiempo bien aprovechado. Lo demás son zarandajas. Te lo digo yo, Voz del Tiempo.
-¿Sí? ¿Eso es el tiempo? ¿Y por qué los de ahí enfrente, mis antiguos y correosos colegas, están tan achacosos y decrépitos sino por el tiempo?
-Que no, Daniel. El tiempo en sí es algo bueno, muy bueno, óptimo. El tiempo no es causa ni orrigen de mal alguno. El tiempo es una capacidad o requisito para cambiar, para variar, lo cual es bueno y deseable, porque supone enriquecimiento. ¡Qué aburridito lo contrario! Lo que dices de los viejos es verdad, pero la culpa no es del tiempo. El tiempo cumple con su cometido...
-¡Y dale al carrete! ¿Quieres continuar de una vez con la historia, requetecansino?
-Es que ésa es la verdad, Daniel. El ciclo de la vida es bello de principio a fin. También los parpadeos de las estrellas tienen un principio y un final, ¿y no es hermosa la noche con su plateado parpadeo?
-¡Madre de Dios, a quién he ido a encargar la primera lección de supervivencia en el mundo para mi bisnieto! Me he lucido.
-¡Tuuuso! Anda, Daniel, vete, por favor, con tu nube a donde estuvieras -rogóle Voz del Tiempo.

Voz del Tiempo, sacando de su manga una larga batura, dio un salto y fue a sentarse sobre la pilastra divisoria del pretil. Luego puso los brazos en cruz, con la batuta apuntando hacia la residencia. Y alzándolos, enérgico, puso en marcha una alegre melodía de carrusel de feria que cambió la panorámica de la residencia, descomponiéndola en rápidas y retrospectivas imágenes, hasta detenerse en la de la sala de reuniones de la junta directiva, cinco de febrero de 2002. En el centro de la sala se veía una gran mesa de caoba presidida por Silvia la directora. Ocupaban los demás asientos: la doctora Carlota, Leonor jefa de enfermeras, Berta la jefa de finanzas, Adolfo el jefe de intendencia, Rufo el responsable de mantenimiento, don Humberto el capellán, Alfredo el jefe de fisioterapia, y Florencio Geranio el jefe administrativo.

-Os he convocado, damas y caballeros -comenzó diciendo Silvia, con cierto empaque-, para haceros partícipes de mi decisión de nombrar a Alfredo jefe de bienestar y ocio de la residencia, cargo que, en mi opinión, considero muy relevante en nuestro propósito de mejorar la calidad de vida de nuestros residentes. Durante un mes ejercerá Alfredo dicho cargo con carácter experimental y probatorio de su capacidad para el mismo. Confiamos en que Alfredo no nos defraude y supere airosamente el examen. De lo contrario, Alfredo sería cuestionado.
Lo que me ha movido a tomar esta decisión ha sido una conversación mantenida con Alfredo. Es él, por tanto, el más indicado para exponer los pormenores del plan innovador y progresista que dice tener en mente. Adelante, Alfredo, te escuchamos.
-Ante todo, mi agradecimiento a doña Silvia y a todos ustedes por darme la oportunidad de exponer mi proyecto. Yo le manifesté a doña Silvia mis inquietudes y mi desconfianza respecto a la tradicional práctica geriátrica, que confía mucho en la eficacia de los fármacos y abusa bastante de los antidepresivos, somníferos y píldoras psicotrópicas, con la pretensión de transformar la residencia en una balsa de aceite, modelo de docilidad, calma y maleabilidad humanas. En mi opinión, salvo casos en que el fármaco esté muy justificado, la salud de los residentes hay que buscarla por otras vías, entre las que hay que destacar: la alimentación equilibrada, la higiene y la actividad más adecuada a cada uno, según su carácter, aficiones y habilidades. Por eso, el responsable del área de bienestar y ocio deberá derrochar imaginación y dedicación incansable, creando actividades ingeniosas y divertidas que mejoren la autoestima, curiosidad y ganas de vivir de los residentes. La otra táctica pienso que es una triste y lenta eutanasia. Si me permiten demostrarles mi plan, les prometo que haré cuanto esté en mi mano para no defraudarles. Ahora, precisamente, que estamos en vísperas del carnaval, sería una excelente coyuntura para ensayarlo.
-Yo, francamente -intervino Leonor, la jefa de enfermeras-, no comparto, en absoluto, tan novedosas medidas. Pienso que es un disparate encomendar a un "¿curandero?" -dijo, levantando los dedos en garfio a la altura de sus ojos- las riendas de la salud mental de los residentes.
-No, querida Leonor -díjole Silvia conciliatoria-, Alfredo no es un curandero, tú bien lo sabes. Aparte de su profesionalidad, posee unas inmejorables condiciones para tratar a los residentes. En todo caso -ya se lo he advertido- tiene un mes de prueba para demostrarnos la viabilidad de su proyecto y su capacidad para llevarlo a buen puerto...
-Bien -contestó Leonor con serio semblante-. Siendo así, acepto la propuesta.
Los demás miembros de la junta también la acataron.
-Perfecto -dijo Silvia-, don Florencio Geranio extenderá el acta correspondiente. Y, si no es indiscreción, Alfredo, ¿puedes adelantarnos qué piensas preparar para el carnaval?
-Pienso organizar una fiesta de disfraces. Confeccionaré una lista del material que se precisa y pediré la colaboración de todos, de manera que esté todo listo para el lunes y martes de carnaval.
-De acuerdo -aprobó Silvia-. Entrega la lista a Adolfo -añadió, dirigiendo la barbilla hacia el jefe de intendencia.

Durante la comida, Silvia comunicó, de viva voz, a todo el personal, el nombramiento de Alfredo, a quien presentó, felicitó y deseó éxitos en el nuevo cargo. Los residentes aplaudieron y vitorearon, con tal entusiasmo, que a más de uno se le cayó la dentadura al suelo. Alfredo, con alegre semblante, fue, de mesa en mesa, saludando a cada residente. Al llegar a la mesa en que se hallaban Daniel y Mauro, se detuvo un momento y les comentó riendo:
-En buen lío me he metido. Espero que vosotros me ayudéis, con vuestras sugerencias, a organizar la fiesta de carnaval. Ya os llamaré a mi despacho para que me asesoréis. Vosotros conocéis mejor que yo a los residentes: sus inquietudes, aspiraciones, conflictos personales, miedos, frustraciones, recuerdos felices o desgraciados, convicciones, creencias, etc. Conociendo sus historias, nos será más fácil acertar con la diversión más adecuada para entonarlos durante una buena temporada. ¿Qué os parece?
-Por mí, encantado -dijo Daniel-. Cuenta conmigo.
-Lo mismo te digo -añadió Mauro.

La generalidad del personal del centro le ofreció su apoyo. Alfredo entregó a Adolfo la lista de materiales que precisaba, tales como máscaras, pelucas, bigotes y productos de maquillaje. Gran parte de los disfraces los confeccionaron con prendas del ropero del centro.
Faltaban pocos días para la fiesta y los residentes se dieron prisa en la tarea. En su mayoría prefirieron preparar el disfraz por su cuenta, o con la ayuda de su pareja o cuidadora, con el fin de mantener en secreto y máxima expectación a su personaje.
Entre el sábado y domingo de carnaval, Alfredo, Rufo y algún que otro voluntario, montaron en la explanada, entre la residencia y la torre, tarimas y tribunas; instalaron aparatos y cables para las luces y el sonido; colocaron mesas y sillas; adornaron la pista con serpentinas y cadenetas, dejándolo todo a punto para la fiesta.

-Bien, amigos -continuó Voz del Tiempo tras una pausa, aprovechada por Don Quijote para sentar a Álex en el columpio que improvisó con las almohadas y unas cuerdas halladas en un rincón-, por fin ha amanecido el, tan ansiado, lunes de carnaval. Observad qué maravilloso circo han montado ahí abajo.
Vaya, vaya, lo que ha conseguido Alfredo de la directora. ¿Quién lo diría? Mirad qué hermosa pista, rodeada de cientos de sillas y mesas, sobre las que se ven opíparas bandejas y fuentes rebosantes de viandas y entremeses, abundantes bebidas de diferentes colores, sabores y graduaciones militares...
-¿Militares?
-Es un decir. Y muchas botellas de exquisita agua de Carabaña, reservada para crápulas recalcitrantes y nostálgicos. Enfrente, en el centro, equidistando de ambas tribunas, se eleva un tenderete, a manera de púlpito, con una escalera de caracol, enroscada cual una serpiente paradisiaca. Sobre su plataforma está Rufo sentado, con aire de mago y cascos en las orejas, ante el cuadro de mandos, generando lucecitas de colores intermitentes; acechando y dirigiendo los sonidos; y proyectando haces de luz e imágenes sobre la blanca pantalla desplegada en las paredes de la residencia. A unos quince metros, a la izquierda de esa garita, se alza, sobre una tarima, la tribuna de la junta directiva, con una mesa oblonga y sus correspondientes escaños. A la derecha, a igual distancia, hay otra tribuna entarimada, sin mesa y con tres escaños. ¿Quién los ocupará? Ya se verá.
Alguien ha disparado un cohete, ¡fuiiiish! ¡¡puuum!
En seguida entra un nutrido grupo de operarios del centro, todos disfrazados con mayor o menor chispa, yendo a ocupar las sillas que bordean la pista.
Luego hacen su entrada solemne, por la puerta principal, los componentes de la junta directiva. Entre los aplausos de los presentes y la música festivalera servida por Rufo, se dirigen a los asientos de la tribuna de la izquierda.
-Mirad -continúa Voz del Tiempo- qué pintorescos disfraces lucen en la tribuna directiva.
-¡Qué curioso! -exclamo- ¿Cómo es que el sillón presidencial está ocupado por una joven monja, con las uñas pintadas de rojo guinda y los rubios tirabuzones jugueteando con las pecas de sus sonrosadas mejillas?
-Porque esa falsa monja -nos aclara Voz del Tiempo- no es otra que Silvia la directora, que tiene sus razones para disfrazarse de esa guisa. ¿Veis quién está a su izquierda?
-Sí -me adelanto yo-, un señor mayor muy parecido a Mauro, el amigo de Daniel. Juraría que, incluso, se ha disfrazado con la misma ropa que Mauro tenía cuando lo vimos en el episodio anterior.
-Efectivamente -confirma Voz del Tiempo-, Silvia ha disfrazado a un residente, de nombre Doroteo, logrando una acertadísima semejanza con el Mauro original. Y ella, con su disfraz, ha calcado a una monja pastora, de nombre sor Saturnina, apellidada Casmodia, como Mauro, la cual suele venir a la residencia a visitar a un familiar.
-¿Qué pretenderá Silvia con ello? -pregunta Don Quijote.
-Ya veremos -opina Samuel-. Con los antecedentes y premisas que de ella conocimos en el anterior episodio, podemos esperar cualquier cosa.
-Continuemos con los ocupantes de la tribuna directiva -prosigue Voz del Tiienpo-. A la derecha de Silvia, la pseudomonja, está sentada la doctora Carlota, disfrazada, nada menos, que de Felipe II. A la izquierda de Silvia está Berta, la jefa de finanzas, disfrazada de sota de oros, con un euro, grande y brillante, como una dorada bandeja, en la mano izquierda. A la diestra de Carlota está don Humberto, el cura, disfrazado de Cardenal Mendoza. A la izquierda de Berta está Doroteo, el falso Mauro. Y junto a Doroteo se encuentra Leonor, disfrazada de princesa de Éboli, con un parche de terciopelo morado en un ojo. A la derecha del cardenal, se halla Florencio Geranio, disfrazado de Antonio Pérez.
-¿Quién? ¿El amigo de Lucas, natural de Figueruela de Arriba? -pregunta Don Quijote.
-No -le aclaro-, el secretario que le salió rana a Felipe II.
-Ya, ya -aprueba Samuel.
-¡Jui, jui, jui, jui! -se ríe Álex palmoteando.
-Vale ya de chanzas -amonesta Voz del Tiempo-. El secretario don Antonio Pérez tiene un grueso dietario y una pomposa pluma de pavo real, con la que no para de escribir.
-No sé donde irá a mojarla -comento por lo bajini-. Yo podría ofrecerle mis servicios.
Álex, tras inflar los mofletes, suelta una estrepitosa explosión de risa que nos sorprende a todos.

Suena el silbato de un tren -¡suiiish!
-Atención -sigue Voz del Tiempo-. Ya están aquí. Mirad. No se ve tren alguno, pero se oyen las puertas abrirse.
-¡Qué emoción! He sentido un escalofrío como cuando llegó a Atocha el tren de los repatriados.
-¿Quién ha dicho eso?
-Yo no. Ha debido de ser un residente.
-¿Y esos tres, vestidos con túnicas blancas, coronados de laurel, olivo y parra, que están saliendo por la puerta trasera del edificio, encabezando la comitiva de viajeros disfrazados, quiénes son?
-Está claro -dice Samuel-. El del laurel es Alfredo; el del olivo, Mauro; y el de las hojas de parra, Daniel.
-¿Qué significado tendrán esas coronas? -pregunto.
-En seguida vamos a saberlo -anuncia Voz del Tiempo.

Tras ellos, comienzan a aparecer, en parejas o pequeños grupos, los residentes, en variopinta y divertida comitiva enmascarada.
-¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!¡¡
La estruendosa y unánime carcajada resuena como una conflagración, prolongada por efecto del eco.
De inmediato, Rufo ha pulsado un sensor y, en los altavoces empiezan a sonar los alegres compases de Paquito el chocolatero. Todos lo corean con acompasadas palmas y olés. Alfredo, Daniel y Mauro saludan con los brazos en alto, como tres tribunos romanos, mientras se dirigen a los escaños de la tribuna de la derecha.
Detrás de ellos avanza una curiosa pareja. Ella, alta y tiesa, como el asta de una bandera, con blanca y lacia melena al viento y maquillaje tricolor. Va embutida en una estrecha túnica granate, con una sábana sobre los hombros a guisa de capa. Sujeta con una cuerda, arrastra una corona de hojalata dorada que, a veces, balancea y pega con ella a su compañero, un anciano alto y enjuto como un poste, de ojos trastornados y un tic eléctrico que le obliga a cerrar los ojos, apretar la boca, reír y sacar la lengua, todo a un tiempo. Viste unos greguescos verdes y una casaca roja. En la cabeza lleva encajada una corona, hecha con una calabaza hueca.
Al llegar al centro de la pista, continúan moviéndose al ritmo de la música, pero sin salirse de un reducido espacio.
-Yo soy la Reina Loca. Y éste, mi marido, el Reino Loco - grita ella, descargándole coronazos sin tino.
Los disfrazados que les seguían avanzan por detrás, hasta formar un gran semicírculo en torno a ellos, ofreciendo un espectáculo delirante.
Siguiendo el orden que ocupan en la fila, vemos en primer lugar a un hombretón disfrazado de Guerrero del Antifaz, con casco apepinado, cota de malla, faldellín corto, espada, escudo y demás complementos medievales. A su lado está Ana María, su amada, sentada en una silla de ruedas, acariciando, con voluptuosidad, la bola de una catapulta.
-¿No es esa Matilde? -pregunta Don Quijote.
-Juraría que es ella -le confirma Samuel-. ¿Por qué abrazará la bola con tal fruicción?
A continuación hay un residente de gruesa cabeza, la cual parece aún más voluminosa debido al acolchado turbante blanco que se la envuelve con tres vueltas y media. Pregona, altivo, ser el rey moro Motamid. Sus negras barbas y el alfanje que blande sobre su cabeza, como un ventilador, infunden pánico a quien desconoce que la espada es de cartón plateado y crines de caballo las barbas.
Junto a él se halla Zoraida, princesa mora -aunque más bien parece ciruela pasa-, de ojos negros como dos granos de pimienta y bata de lunares rojos con volantes.
La siguiente pareja va de castillo ambulante. Ella asoma la cabeza por las almenas cumbreras y él saca la suya por una ventana bajera, circunstancia que se presta a razonables conjeturas: ¿Irá ella a hombros de él?
A su lado hay uno disfrazado de frondoso olivo, con varetas y ramos cargados de aceitunas, que zarandean, con bastones, dos mujerucas que le acompañan, cubiertas con negros pañuelos, mientras cantan una canción de la postguerra de su pueblo, con música de la vaca lechera: Ya no comemos caliente, porque no nos dan aceite. Comemos cuatro verduras, y detrás vienen los curas. ¡Tolón, tolón! ¡Tolón, tolón!
A Gargarín el enano, de bigotillo y nostalgias romanas, lo han disfrazado de empresario de una fábrica de pan de higo. Lleva una pancarta en la que se lee: "Con Claudio vivíamos mejor".
También vemos a Don Juan Tenorio, representado por un residente aficionado a los versos, que recita, emocionado y tembloroso: Oigo patria tu aflicción, y escucho el triste concierto... A su lado Bernarda la dolorida, disfrazada de doña Inés, da saltos entre verso y verso, dejando al descubierto los zancajos de las medias.
Emulando a éstos están los del grupo formado por el pastor Paco Zoroño, disfrazado de Calisto, y Gregoria la cigarrona, disfrazada de Melibea, que bailan al son del tambor, aporreado por la Celestina con una tranca de la que cuelgan cascabeles.
Apolonio -el que gritaba ¡matadme por favor!- se mueve, ahora, con donosura y elegantes maneras, traje negro y corbata roja, representando el papel de diputado y dialogando con su secretaria, quien lleva en la mano la constitución y la revista Pronto.
A Jacinto el lacrimoso lo han vestido de pintor bohemio, con un largo guardapolvos caqui, una gorra a cuadros y pantuflas. En la mano izquierda lleva la paleta y en la otra el pincel. Se le acerca alguien con un caballete. Lo coge del brazo y lo coloca fuera de la fila, frente a la sierra, para que se inspire en los floridos almendros.
Con no poca sorpresa reparamos en dos mocetones -es un decir-, de largas y encrespadas melenas y barbas, luciendo una espesa pelambre en brazos piernas, pecho y espalda, zonas no cubiertas por la piel de oso cántabro que llevan encima. Uno de ellos habla con el móvil: "-Oiga,¿es Ikea? Mire, es que mi amigo Borji y yo nos hemos comprado una cueva en Altamira y quisiéramos amueblarla..."

Rompiendo el loable y distinguido nivel cultural conseguido en los disfraces, hasta ahora, contemplados y comentados, reparamos en una curiosa pareja. La componen, de un lado, un viejecillo disfrazado de chorizo de cantimpalo asado, con dos rajitas achinadas por ojos y una risueña abertura por boca. Junto a él brinca su compañera, disfrazada de morcilla de cebolla. Ambos se desgañitan gritando: "¡Fuera los repollos y verdurillas! ¡Queremos choricitos y morcillas!"
El ambiente va cobrando jubilosos aires de feria de pueblo, según dan fe los disfraces que siguen a los culturales. Así, pegadito a chori y morci, vemos un lustroso residente con sombrero cordobés del que cuelgan barquitas voladoras. Viste camisa blanca remangada, pantalón de pana marrón y faja amarilla.En cada mano lleva sendas pelotas, sujetas con una larga y fina goma, que le permiten lanzarlas hacia adelante y hacia atrás, mientras vocea: "Las pelotas del tío Paco. Las que van, las que vienen, en el aire se mantienen. ¡Qué rabo más largo tienen!"
Otra pareja la forman Obdulio "el mochuelo", feliz portador de unas lentes de culo de vaso y traje de luces de bajo consumo, y una señora rolliza, disfrazada de vaca ubérrima, con manchas negras y blancas, y dos pitones afilados como leznas. De vez en cuando ella le grita a él: "¿Qué leche quieres?" Y él le contesta, levantando las manos en garra: "¡Déjame vivir!"
Y, justo al lado, otra pareja. Un viejete, con un pañuelo blanco anudado en sus cuatro picos y encasquetado en la cabeza, lleva en una mano una sartén de un metro de diámetro, negra de hollín. Con la otra mano blande una garrota. Su compañera luce un vestido de papel amarronado, hinchado como un globo, simulando una enorme patata. Al ritmo de la sartén brincan y cantan berreando:Abre, María, la puerta, que te traigo el "aguilando". Una batata cocía. Sopla, que viene quemando. ¡Al quiquiriquí, al quiquiricuando, de aquí no me voy sin el "aguilando"!

Y en esta tónica desenfadada hemos contemplado otras muchas parejas, vistiendo los más disparatados disfraces. Ocupando el último lugar se halla Perico mortero, disfrazado de cohete. Lo han encajado en un cilindro de cartón, cubierto con un tejadillo rojo en forma de embudo. Fija, por detrás, lleva una larga vara que le llega hasta el suelo. El cilindro cuenta con un par de agujeros para los ojos, y otro par más grande para sacar los brazos. En cada mano lleva un platillo de banda municipal "cabecica daleá". Le acompaña Paco el bombero, portando un bombo superlativo, atado a la cintura, y una enorme porra de macero. Cuando Perico hace ¡Pliiiish! con los platillos, Paco arrea un cachiporrazo al bombo, sobresaltando a toda la concurrencia: ¡¡Pooon!!

Súbitamente, por una de las ventanas centrales de la primera planta, sacan una larga escalera de mano, y empiezan a bajar por ella enfermeras y enfermeros, disfrazados de avispas y avispones, con pechos y culos ovalados -coloreados a rayas negras y amarillas-, largas antenas, gafas negras y labios pintados en forma de rojo anillo.

En primer lugar entran las avispas en la pista, cantando:
Yo soy la avispita que te pin, pin, pin-
ta muñequitos en el cu, cu, cu-
bito de arena en la pla, pla, pla-
za donde bailan veinte pu, pu, pu-
Y continúan los avispones cantando:
Taschín, taschín, taschín, tara, tara, taschín.
Taschín, taschín, taschín, tara, tara, taschín.

Álex se mea de risa, palmotea y da botes en el columpio, escuchando estas murgas.
-Repórtate, Alex -le amonesta Don Quijote-. Aquí hemos venido a observar, no a aplaudir a tontas ni a locas.
A lo que Álex le corresponde con triple pedorreta: en formato abreviado, en formato complicado y en el de irse de vareta.
-Tranquilicémonos -ruega Voz del Tiempo, retomando la tarea de comentarista-. Tras los avispones, desciende ahora por la escalera el grupo de auxiliares, con gorros, zuecos, medias, faldas y camisetas, deslumbradoramente blancos, luciendo la inscripción Los higiénicos en la espalda. Avanzan por la pista, bailando y agitando las manos, en las que llevan una gran pastilla de jabón y una esponja gigante, al mismo tiempo que cantan:
¡Pastilla de jabón, soleá. Pastilla de jabón, soleá. Pastilla de jabón...!
Y detrás van ellos, con largos tubos de ducha y bidones de goma llenos de agua, regando a diestro y siniestro, y cantando por sevillanas:
Vengo a lavarte y olé, vengo a lavarte.
Vengo a lavarte sí, sí, ese culito.
Te guste o no te guste.
Te guste o no te guste, sí, sí,
todo enterito.

Durante una hora -continúa Voz del Tiempo- los residentes y el personal cuidador y sanitario, ríen, bailan, cantan y charlan a placer, sin dejar de picotear aperitivos y refrescos.

De pronto la Reina Loca se pone a gritar, hecha un basilisco, mientras imprime un movimiento de honda a la corona que lleva atada con la cuerda:
-¡No queremos coronas, no queremos reyes ni leyes! ¡Queremos vivir libres como los pajaritos!
-¡Eso, eso, libres como los pajaritos! -corea el Reino Loco, entonando a continuación-: ¡Pajaritos por aquí, pajaritos por allí, pajaritos a cantar, piripipí!
Durante varios minutos se escuchan los pajaritos por tierra, mar y aire, hasta que Rufo pulsa un botón y los telúricos sones de Así hablaba Zaratustra, caen como mazazos sobre este coro de alucinados gorriones, imponiendo un silencio expectante.

Silvia, la directora, bajo sus tocas monjiles, cuchichea al oído de Carlota, en su versión de Felipe II. Rápidamente, éste, tras mirar con apasionados ojos a la monja y dedicarle la mejor de sus sonrisas, se pone de pie, levanta los brazos y pasea detenidamente la mirada sobre la concurrencia. Rufo hace enmudecer la música y Carlota, en su papel de Felipe II, pronuncia las siguientes palabras:
-¡Oh pueblo ingrato, os habla vuestro rey! Hasta ahora, yo os he gobernado con el apoyo de las altas jerarquías que ocupan esta tribuna. Gracias a la serena firmeza de nuestro gobierno se ha logrado que, año tras año, gocéis de una existencia despreocupada y feliz. ¿A qué vienen ahora esas protestas y reivindicaciones? Os pasáis el día comiendo y durmiendo ¿qué más queréis? ¿de qué os quejáis?

Comoquiera que Felipe II detiene su mordaz discurso y pasea, desafiante, durante un largo minuto, la mirada sobre los asistentes, callados como muertos, Alfredo trata de animarlos con voz megafonizada:
-¡Vamos, vamos! Manifestad vuestras quejas a las autoridades que, hasta ahora, os han gobernado.
-Por supuesto. Y al lucero del alba, si es preciso -apostilla la Reina Loca, dando una patada a la corona-. Esto no es serio. Esta vida es una tomadura de pelo. Yo nací el año 1917 y, desde entonces, no he hecho otra cosa que trabajar, con el rey, con la república, y sobre todo con Faustino el calambres...
-¿Con Faustino el calambres? -pregunta Felipe II, intrigado- ¿Y quién es ése?
-¿Quién va a ser? Mi marido, el Reino Loco. ¿No veis que no para de moverse? ¿Cómo será que en la guerra lo fusilaron tres veces, pero, como se mueve tanto, no acertaron a darle. La tercera vez se cayó de culo y le dieron por muerto, gracias a que se quedó quieto como el Doncel, por el susto que pasó. ¿Y a mis años me vienen con éstas? ¡Que no quiero coronas ni mandangas! Quiero volver a ser niña, irme a mi pueblo, correr por los campos, ordeñar las cabras y no escuchar ningún cuento de los miles que he escuchado en mis noventa y dos años que tengo.
-Toma nota, secretario -ordena Felipe II a Antonio Pérez, quien rápido toma la pluma de pavo real y escribe, frenético, en el voluminoso dietario.
-Coincido con esta dama -manifiesta el Guerrero del Antifaz-. Toda mi juventud luchando contra el sarraceno rey Motamid y, ahora, resulta que eso está mal visto y hay que hacer mimitos y carantoñas a nuestros morenos vecinos.
-Como debe ser -responde Motamid, cual una cerbatana-. ¿O es que los moros no somos hijos de Dios?
-Cuidado con lo que insinúas -terció Cándido, vestido de nazareno, con túnica morada y capirote amarillo-. Nunca lo fueron o, si no, que lo diga su eminencia.
El cardenal, dándose por aludido, precisó:
-Eso depende, señor cofrade. Depende del lugar y de la época en que se haga la pregunta.
-Bueno, bueno -protesta doña Inés, o séase, Bernarda la dolorida, clavando la uña del pulgar en la yema del índice-. De lo que diga el cardenal no me creo ni esto. ¿Qué ha hecho hasta ahora el mester de clerecía sino asustar al sufrido ser humano con las calderas de Pedro Botero, amargarle la vida con prohibiciones, castigos, persecuciones, cruzadas y acoso a la libertad de pensamiento.
-Me escandalizas, ángel de amor -exclama don Juan Tenorio-. Más que una pía novicia, pareces la Pasionaria.
-¿Y contra nosotros qué tenéis? ¿eh? -protesta el disfrazado de chorizo, cogiendo por la cintura a la morcilla- Siempre con la misma tabarra: "Hay que abstenerse porque estamos en cuaresma, hay que abstenerse porque sube el colesterol..."
-Vosotros, después de todo, sois o fuisteis unos marranos -se lamenta la vaca, mirando de reojo a Obdulio el Mochuelo-. Pero nosotros, toros y vacas ¿qué mal hacemos a nadie?
-Calla, calla, Lucerita -trata de calmarla Obdulio-. Lo que pasa es que estás muy buena y todos quieren comerte, pincharte y ver cómo se te mueven los apéndices cuando corres. ¿Tú te imaginas lo divertido que lo pasamos con vosotros? -añade Obdulio, acercándole la mano a la frente y retirándosela lentamente, con el brazo extendido y el torso muy estirado, simulando un pase de pecho.
-¡Olé! -exclaman todos, aplaudiendo. Momento que Perico Mortero y Paco el del bombo aprovechan para disparar otro cohete. ¡Pliiish!, ¡Booom!
-¡Yo quiero volver a los años cincuenta! -vocea Gargarín, haciendo embudo con las manos junto a la boca, tras rascarse la entrepierna y luego el bigotillo- Entonces sí había autoridad. Entonces el gobierno sí sabía mandar. Los maestros sabían enseñar. Las mujeres sabían cocinar. ¡Aquello sí eran procesiones! Aquello sí eran corridas. Aquello sí eran sermones. Aquello sí eran bodas. Aquello sí eran entierros. Aquello sí eran ferias. Aquello sí eran inviernos. Aquello sí eran navidades. Aquello sí eran guardias civiles. Aquello sí era mili. Entonces sí funcionaba el mundo. Cada uno en su sitio. Los negros en África, los chinos en Asia, los abuelos con sus nietos, y los zapateros a sus zapatos... ¡Entonces España sí que era una, grande y libre!
-¡Fuera, farsante enano, soplagaitas, chupasangres! ¡Basta ya de regalar los oídos a Felipe II y a su camarilla! -grita, desaforadamente, Apolonio- Acabo de reconocerte y desenmascararte, a tí que sigues disfrazado del buitre que siempre fuiste. Tu perorata me ha ayudado a reencontrarme a mi mismo. Gracias por el favor, pero jamás olvidaré el daño que habéis hecho a este pueblo. Sois los responsables de tantos años perdidos, tantas alas cortadas, tantos sueños disipados en la niebla. Es verdad que mi hija y mi mujer murieron en aquel accidente, debido a mi cansancio y horas sin dormir, pero fue con motivo de una causa honesta: devolver al pueblo la libertad.
-¿Qué te pasa? ¿Ya no quieres que te matemos? Ja, ja, ja -le replica Gargarín con una risotada despectiva-. No te preocupes, hombre, que hay quien se encargará de matarte, a ti y a todos nosotros, ¿verdad, Federico?
-¡Ay! -se lamenta Matilde, disfrazada de Ana María, junto al Guerrero del Antifaz- ¡Ay, qué pena! ¡Qué bella la vida! ¿Pero por qué tan trágica? Esto no está bien inventado. No tiene gracia. No. ¿Hay alguien que pueda aclarármelo?
-Esa pregunta que la contesten los de la otra tribuna -dice Felipe II, guiñando el ojo a Silvia la monjuela.
-La cosa es clara -contesta Mauro, con evidente impaciencia y convicción, desde la otra tribuna, acariciando las hojas de olivo de su cabeza-. El mundo es pura física y pura química. Todo nace, se desarrolla y transforma, debido al movimiento continuo, provocado por la atracción-repulsión de las infinitas partículas.
-No digas necedades -le reprueba el cardenal, encendido en cólera, como si le hubiera pisado un callo-. Dios creó el mundo para que, en él, el hombre viviera feliz, sin padecimiento alguno. Pero fue el hombre, con el pecado, quien estropeó el plan divino, convirtiendo la vida en la Tierra en un penoso caminar hacia la muerte, de la que sólo puede librarnos Cristo y su Iglesia.
-Bueno, eso decís vosotros -intervino de nuevo el rey Motamid-. Los moros tenemos otras creencias, los chinos otras y cada pueblo tiene las suyas.
-Pero aquí estamos en un reino católico, apostólico y romano -grita Felipe II, poniéndose de pie y dando un golpe sobre la mesa- y, ¡ ay del que se desmande!
-Hasta ahora -manifiesta Alfredo, firme y serenamente- lo que su majestad ha ordenado ha ido a misa, pero ya no. Desde hoy y durante un mes, por lo menos, aquí va a regir la democracia. Todos podrán opinar y exponer sus pareceres, convicciones, inquietudes y esperanzas, sin temor a represalias. Por eso, amigos, hoy toca divertirse, bailando, cantando y haciendo lo que a cada uno le venga en gana, siempre que se observen las normas de respeto y convivencia, aceptadas y exigidas por todos. ¿Estáis de acuerdo?
-¡¡Si!! ¡¡Arriba la democracia!! ¡¡Abajo las dictaduras!! ¡¡Viva Alfredo!! -gritan, en su mayoría, brincando y agitando las manos.

Desde ese momento la explanada se transforma en una pista de baile, en la que se mezclan los residentes con cuidadoras, enfermeras, cocineros y demás personal, de ambos géneros.
Rufo -encaramado en su encumbrada garita- controla y dirige el sonido, iluminación e imágenes, con la mayor pericia. Ahora alegra el ambiente con divertidos tanguillos de Cádiz.
Súbitamente, el rostro de Rufo se tensa. Sus facciones, enmarcadas por los cascos acústicos, se endurecen gradualmente, conforme escucha la conversación de Silvia y Carlota, gracias al micrófono que él ha camuflado bajo el tablero de la mesa de la tribuna directiva.
-De verdad, Silvia, preciosa mía -le susurra Carlota, con mirada filipina-, cada día admiro más tus geniales ocurrencias. ¿Cómo se te pasó por la cabeza disfrazarte de monja?
-Muy sencillo -le contesta Silvia, en igual tono-. Como ya te dije, me he propuesto apropiarme del dinerete de Mauro. No creo perjudicar a nadie. El hombre es ya mayor. Aquí recibe los cuidados que necesita. No tiene familia que le herede. ¿No es, acaso, justo que lo heredemos tú y yo, ahora, cuando nos viene de rechupete el millón y medio de euros que tiene en la cartilla? Quien se va a subir por las paredes es Rufo, que me ha conseguido la cartilla y el DNI de Mauro, con la peregrina esperanza de que yo me abandone en sus brazos.
-¡Huy, qué iluso! ¿Y por qué el vestirte de monja?
-Verás. ¿Tú conoces a sor Saturnina?
-¿?
-Sí, esa monja que suele venir a visitar a la señora Ciriaca, paisana suya, una residenta que no está en cielo ni en tierra. Bien, pues la monja Saturnina se apellida Casmodia. Y, casualmente, ese raro apellido es el mismo de Mauro, sin que entre él y la monja exista parentesco alguno.
-Es cierto, hace pocos días la vi por aquí.
-Sí. Estuvo en mi despacho a informarse del estado de su paisana. Yo, muy atenta, le ofrecí un cafetito de mi cafetera particular. Disimuladamente le añadí una buena dosis del somnífero Dosminutosparadisíacos. Ella se lo tomó y -¡mano santa!- se quedó como una estatua durante un par de minutos, tiempo suficiente para birlarle el DNI que llevaba guardado en un bolsillo, debajo de la esclavina.
-¿Y ella no se dio cuenta de nada?
-En absoluto. Simplemente dijo: "-Pues no que se me acaba de pasar por la cabeza que me había quedado dormida un momento?" Y yo, por disimular, le contesté: "-Sí, a mí también me ocurre, a veces, que se me duerme una pierna. Debe ser por la postura." Pues, nada, como ella se apellida igual que Mauro, pensé que disfrazándome como sor Saturnina, y caracterizando a Doroteo con el aspecto de Mauro, podría presentarme con él, con absoluta tranquilidad, a abrir otra cartilla a su nombre y al de sor Saturnina, con disponibilidad indistinta, en una oficina del mismo Banco en que Mauro tiene las perras, la cual está muy cerca de la residencia, alegando que soy su sobrina y que, dada la edad de mi tío, es aconsejable tener la cuenta en la oficina más próxima a la residencia. Así que esta mañana, temprano, le endiñé a Doroteo una de tus pastillas, dejándole suave como un guante. El hombre, encandilado con el disfraz, se aprendió al dedillo lo que tenía que hacer y decir en el Banco. Me vestí y me retoqué igual que sor Saturnina y, a las nueve, fuimos a abrir la cuenta.
-Chica, eres prodigiosa. No sé como no te dedicas al cine. Doroteo te ha quedado mejor que si hubieran clonado a Mauro...
-Tanto no creo, pero lo cierto es que el empleado no puso la menor pega. Sólo me comentó que, para transferir el dinero de una cuenta a otra, hay que hacerlo personalmente, yendo a la oficina donde Mauro tiene la otra cartilla. De vuelta a la residencia fui a mi despacho con Doroteo y le di otra dosis. Dejé los DNI y las dos cartillas en el cajón de la mesa, y nos hemos venido, felices, a la fiesta. ¿Verdad, Doroteo?
-Sí, sí, -contesta Doroteo, con una risita que le obliga a mostrar el único diente de su boca entreabierta.
-Así que -prosigue Silvia-, mañana mismo, martes de carnaval, iré con Doroteo a la otra oficina a dar la orden de traspaso del dinero. Y pasado mañana... a retirarlo.
-¿Y qué haremos después, Antoñita la fantástica?
-¿Tú qué crees, Carlota? Lo hemos hablado muchas veces. En Costa Rica tenemos una casita, en un precioso paraje, cerca de la ciudad y del mar. Seguir aquí es un incordio. Allí viviremos a nuestro aire, ganando más y sin que nadie nos moleste. Y, encima, nos llevaremos un millón y medio de euros de propina. Dentro de cuatro días tomaremos el avión y ¡que nos busquen! ¡A vivir la vida, Carlota!
-No, Silvia, no eres diabólica, eres divina -le declara Felipe II, tan pegadito a la oreja que aprovecha para rozarle la cara con los labios.
-Y, ahora -le dice, eufórica-, sigamos con la farsa.

De inmediato -continúa Voz del Tiempo- vemos a Rufo bajar de sus garita, con semblante desencajado. En la explanada nadie se percata de ello. Silvia y Carlota creen que Rufo sale por algún motivo relacionado con la instalación eléctrica.
Nosotros sí observamos que Rufo entra en la residencia por una discreta puerta y, con paso rápido y felino, llega al hotelito de Silvia. Abre la puerta con su llave maestra. Recoge el DNI y la cartilla de Mauro del cajón de la mesa. Luego va a la sala en que está el material de disfraces y maquillaje. Toma cuanto considera más adecuado para su propósito y lo lleva a su habitación. Allí, a la vista de la foto del DNI de Mauro, se disfraza y caracteriza en pocos minutos, consiguiendo un gran parecido con él. Guarda, en un bolsillo de la chaqueta, los documentos de éste y sale a la calle, con gran disimulo, por una puerta de la lavandería.
Va al parking de directivos y encargados, donde también él tiene el coche estacionado. Sin pérdida de tiempo, toma de su coche una herramienta y, con ella, manipula debajo del motor del coche de Silvia. Luego entra en el suyo, lo pone en marcha y sale, apresurado, de la residencia. Baja, como una centella, la estrecha y pendiente carretera que desciende del cerro.
Cuando llega al Banco, en que Mauro tiene el dinero, es la una de la tarde. Sólo tiene media hora para realizar la operación. La rabia y despecho que ahora siente contra Silvia le hacen temer que traicionen sus nervios, estropeando su plan, por lo que se esfuerza en fingir la máxima serenidad, corrección y simpatía.
Toca el timbre, entra y se acerca a la ventanilla de reintegros con la cartilla de Mauro en la mano.
-¿Qué desea usted? -le pregunta sonriente el empleado.
-Hum, hum -carraspea Rufo, improvisando una forzada sonrisa-. Quisiera realizar una transferencia desde esta cartilla a la cuenta aquí indicada -dice, alargando al empleado la cartilla y un papel con los datos y número de la cuenta destinataria, es decir la suya propia.
-¿Me permite su DNI ? -le pide el empleado, tras examinar la cartilla y cotejarla con los datos del ordenador.
-¿Cómo no? -le contesta Rufo, ampliando la sonrisa y entregándole el DNI de Mauro.
-Espere un minuto, por favor, señor Casmodia -dice el empleado levantándose de su silla-. Preciso el visto bueno del director.
Rufo, impaciente, pierde la sonrisa y se pone a tamborilear en el marco de la ventanilla, mientras el empleado entra en el despacho del director. En seguida recupera la serenidad y piensa: "Mi caracterización como Mauro es perfecta. Basta ver con qué naturalidad me atiende el empleado. Mañana mismo retiraré el dinero de mi cuenta y me iré a donde nadie me encuentre."
Vuelve el empleado y ruega a Rufo que pase al despacho del director. Rufo se esfuerza, al máximo, en aparentar tranquilidad, por lo que procura moverse con afectada parsimonia.
-Encantado de saludarle, don Mauro -le dice el director, estrechándole la mano-. Así que desea transferir una importante suma a don Rufo Chapines, ¿no es eso?
-Sí, es cierto. Se trata de una operación convenida entre él y yo, y que a mí, personalmente, va a reportarme grandes beneficios que, estoy convencido, duplicarán mis actuales fondos.
-Nos parece perfecto, don Mauro, y le felicitamos por tan boyante operación.
-Entonces... ¿Tendrá mañana don Rufo el dinero en su cuenta?
-¿Cómo no? -contesta el director, rebosando amabilidad-. El Banco Santarrita se caracteriza por la rapidez meteórica de sus servicios y la esmerada atención a sus clientes. En su caso, sólo precisamos una minucia: que usted cumpla el requisito, impuesto por usted mismo, para poder disponer de sus fondos.
-¿Requisito? -pregunta Rufo, visiblemente contrariado.
-Así es, don Mauro, bien lo sabe usted. Según las instrucciones manuscritas y firmadas por usted: "De los fondos de esta cartilla sólo podré disponer yo, Mauro Casmodia, debiendo mostrar la clave secreta al director del banco, cada vez que quiera realizar un reintegro."
-¡Ah, claro!... -exclama Rufo, tratando de disimular su sorpresa- La edad no perdona. Se me ha olvidado traerla. Voy a acercarme a por ella. En seguida vuelvo.
-¿Cómo es eso, don Mauro? Esa clave la lleva usted siempre consigo. Permítame que sea claro y diáfano: la clave es un número que usted tiene tatuado a veinte centímetros por debajo del ombligo. Muéstrelo, don Mauro, por favor, y procederemos a cerrar la operación en un periquete.
-¡Ja, ja, ja! Vale, vale... ¡Tiene gracia la cosa! Es lo que suelo decir: Con la edad termina uno cazando moscas. Mañana volveré, porque, compréndalo... -y bajando la voz, susurró, guiñando el ojo y riendo- Es un secreto, pero hoy no me he cambiado de calzoncillos. Ja, ja, ja. Perdone.
-Como quiera, don Mauro -le contesta el director muy serio y mirándole sin pestañear.
-Hasta mañana, señor director.
Rufo sale de la oficina, fingiendo sorprendente aplomo y despreocupación. Mas, una vez en la calle, se esfuma como por arte de ensalmo.

Sin pérdida de tiempo, el director del banco, sobremanera mosqueado, llama a la residencia:
-Soy el director del Banco Santarrita. Quisiera hablar con la directora del centro.
El encargado de recepción llama a Silvia por megafonía:
-Señora directora, por favor. Tiene una llamada telefónica.
Silvia suspende la muñeira que se estaba marcando con Felipe II y corre a la garita de control de sonido, en donde hay un teléfono.
-Celebro hablar con usted, señora directora. Soy el director del banco Santarrita. La llamo porque se ha presentado en nuestra oficina el señor don Mauro Casmodia, residente de ese centro a hacer un reintegro, pero no se ha identificado correctamente. ¿Podría confirmarme si don Mauro se halla, en este momento, en la residencia, ya que se ha dejado aquí el DNI y la cartilla de ahorros?
-¿Don Mauro? No es posible. Don Mauro no se ha movido de la tribuna de los triúnviros desde esta mañana.
-¿Qué tribuna es ésa?
-No importa, señor director. Lo que me dice es grave, pero en seguida resolveré el problema, con la ayuda de Felipe II.
-Perdone, señora,¿ese centro es una residencia de ancianos o más bien un psiquiátrico? Porque no creo que me esté tomando el pelo.
-En absoluto, señor director. Ésta es una residencia geriátrica muy seria. Lo que ocurre es que estamos celebrando la fiesta del carnaval.
-Entendido, señora.Pondré este asunto en manos de nuestro servicio de inteligencia "El lince insomne". Y ya sabe que aquí se encuentran los mencionados documentos de don Mauro.

Silvia acababa ahora de comprender por qué Rufo había abandonado precipitadamente su garita. Él se había empapado de la conversación que ella había mantenido con Carlota. Ya no le cabía duda. Él había sido quien se había presentado en el banco, disfrazado como Mauro y, al no conseguir el dinero, estaría rabioso contra ella y contra Carlota ."¿Y si a Rufo, despechado, le diera por cometer una locura y atentara contra nosotras, o denunciara a la policía mi propósito de adueñarme del dinero de Mauro?" -pensaba Silvia.

Mientras tanto -continúa Voz del Tiempo-, en la residencia, la fiesta de disfraces hace brotar milagros de sano humor y optimismo, creando un ambiente, distendido y mágico, de risas, bromas, manifestaciones desinhibidas de las propias habilidades, chascarrillos, confidencias, besos, abrazos, ir y venir a las mesas para picotear aperitivos, brincar, cantar y bailar, incluso Al corro de la patata.
-¡Viva la democracia de Alfredo! -gritan la Reina Loca y el Reino Loco- ¡Viva la igualdad! ¡Abajo los privilegios!
-Ya no quiero que nadie me mate. ¡Viva la razón! -proclama Apolonio, exultante.
-¡Fuera las arañas! -grita Federico, con ojos alucinados- ¡Malditos, miles de veces, los miedos que arruinan las vidas! ¡Malditos quienes siembran los miedos!
-¡Abajo los maltratadores! -clama Matilde, balanceando la cabeza hasta levantarla por encima de su espalda- ¡Hay que respetar a los débiles, a los humildes, a los gatos, a los perritos, a todo bicho viviente que no sea dañino!

Observad atentos -apunta Voz del Tiempo- a los tres varones de las cándidas túnicas: Alfredo, Daniel y Mauro. Tras compartir en la pista, con todo el personal, el común y unánime regocijo, ahora se dirigen a su tribuna. Una vez en ella, Alfredo levanta los brazos y ruega atención a las palabras que desea dirigirles.
-Enhorabuena a todos, residentes, cuidadores, personal sanitario y cuantos realizamos tareas en este centro, por humildes que nos parezcan. Hoy ha sido un día grande para cuantos moramos en él, pues hemos conseguido que, de forma especial los residentes, se hayan divertido, aumentando su autoestima y sintiendo un poco más de calor de hogar en esta casa.
No sé qué decidirá la directora doña Silvia. Ella salió de la residencia a las dos de la tarde y aún no ha regresado, cuando la fiesta está ya a punto de finalizar. Si me confirman en el cargo de responsable del área sociocultural y bienestar, que me han encomendado provisionalmente, os prometo que pronto os sentiréis como en familia y con el ánimo más rejuvenecido cada día.
-Alto el carro, don Alfredo -le fustiga, con estentórea voz, el cardenal Mendoza- que, aunque no esté presente Felipe II ni la madre abadesa, estoy yo aquí para conduciros a todos y a cada uno, con su cruz a cuestas, por la espinosa senda de la virtud y del santo calvario, hasta la mansión celestial pese a quien pese y, si es preciso, azotando vuestras pecadoras carnes. Sólo faltaba que, a unos viejos empecatados, con más vicio que una garrota y un pie en el otro mundo, tengamos que descubrir ahora quiénes son los Reyes Magos.
-¡Eso, eso! ¿Quiénes son los Reyes Magos? -pregunta doña Inés con cabreado talante.
-Permítame vuestra precaria eminencia cardenalicia -interviene Mauro- que sea yo, el precario segundo consejero, coronado de olivo, quien conteste a sus palabras en lugar de Alfredo. Como ya apunté en mi anterior intervención, le guste o no le guste a su precaria eminencia, este universo del que formamos parte, es un descomunal entramado de materia, autodirigido por fuerzas intrínsecas, físicas y químicas inexorables, ciegas e indiferentes a consideraciones de cualquier especie. Multitud de esferas celestes giran desde hace millones de años en el espacio infinito. Sin saber nadie, realmente, cómo ni por qué, en esta minúscula esferilla que nos soporta y mantiene, apareció la vida, el hombre, la cultura humana y, con ella, los mitos y teorías, filosóficas y religiosas. Ingenuas e infantiles en un principio; complicadas y ambiciosas en el devenir de los tiempos; pero, unas y otras, gratuitas, por más que se quiera revestir de autoridad científica o celestial. Nadie sabe nada sobre cuestiones que nos trascienden. No nos esforcemos por ser más ingenuos de lo que ya somos, quedando anclados en dogmatismos más o menos duraderos, pero deleznables y caducos, tarde o temprano. La historia -se dice con razón- es maestra de la vida. Y la historia nos confirma lo mucho que yerra el hombre en sus concepciones y teorías. Y no digo ya en las intrascendentes y cotidianas del simple mortal, sino, principalmente en las consagradas y consideradas verdades incuestionables durante largas épocas. ¿Qué fue del geocentrismo y de tantas otras teorías y mitos religiosos o de cualquier índole que la humanidad ha ido forjando en el devenir de su existencia? La historia nos confirma que, con el paso del tiempo, tales concepciones y mitos quedan superados por otros nuevos. La única verdad cierta es que la realidad física sigue su curso imparable, sin hacer ni puñetero caso a teorías, mitos ni creencias. Lo que nos lleva a una conclusión lógica y práctica para el cotidiano vivir: que los dogmatismos y dictaduras, del signo que fueren, y vengan de donde vinieren, deben quedar proscritos. Incluida mi opinión, por supuesto. Por eso, desde esta tribuna, ¡voto por Alfredo, para director socio-cultural de la residencia! porque él defiende que cada uno se exprese y viva libremente, dentro del respeto a los demás.
-¡Estoy contigo, Mauro! -le apoya Daniel, aplaudiendo ruidosamente- ¡Alfredo presidente!
-¡Alfredo, presidente! ¡Alfredo, presidente! -corea la gran mayoría de los presentes, a excepción de la tribuna de Felipe II y sus acólitos.

Los vivas, aplausos y felicitaciones se prolongan durante más de media hora. Luego, Alfredo, ejerciendo las facultades de su recién estrenado cargo, da por finalizada aquella fiesta, tras prometer trabajar sin descanso por un mayor bienestar de todo el personal.

"Pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó..." sin que Silvia, ni Carlota, ni Rufo aparecieran por la residencia, ni dieran noticia alguna de su paradero. Razón por la que los restantes miembros de la junta directiva, conscientes del general apoyo del personal a Alfredo, decidieron nombrar a éste, con carácter firme e indefinido, no sólo director socio-cultural y de bienestar de la residencia, sino gerente de ella.

Y hasta aquí mi testimonio que no volveré a prestar, en tanto no lo preciséis y me lo pidáis -dijo Voz del Tiempo, paseando su escrutadora mirada sobre la nuestra, indecisa y expectante.
-Un momento, amigo -le ruega Don Quijote-. Me parece que has dejado sin aclararnos la siguiente cuestión: cuando Rufo fue al garaje, nos dijiste que estuvo manipulando, con una herramienta, debajo del coche de Silvia. ¿No sufrirían Silvia y Carlota un accidente al bajar del cerro, a causa de esa manipulación?
Pues, no. Tuvieron suerte -explica Voz del Tiempo-. Como salieron tan apresuradas de la fiesta, tomaron el coche que se hallaba más cerca de la salida, que era el de Carlota. Con él desaparecieron sin dejar rastro alguno. En dónde se encuentren ahora, es algo de lo que carezco de información.
-¿Y la amistad de Alfredo con Mauro y Daniel no se enfrió a partir de su nombramiento? - le pregunta, curioso, Samuel.
-En absoluto -le contesta Voz del Tiempo-. No sólo no se enfrió, sino que se reafirmó y creció hasta el punto de que Mauro, pocas semanas después, sorprendió a Alfredo con una espléndida noticia.
-¿Qué noticia? -le preguntamos los observadores de la torre, todos a una.
-Mauro sorprendió a Alfredo, diciéndole que había decidido donar a la residencia todo su dinero y demás pertenencias, para que él dispusiera de más medios con que llevar a cabo su proyecto de convertir el centro en un auténtico hogar.
-Hermosa decisión - dije, elogiando el proceder de Mauro.
-¿Y Daniel? -pregunta Samuel- ¿No hizo algún ofrecimiento especial?
-Bueno -nos aclara Voz del Tiempo-, precisamente el día en que Mauro realizó su donación, Daniel prometió a Mauro llevarlo, en fantástico viaje, a un apasionante lugar, más allá de los almendros.
-¿Y Daniel cumplió su palabra?
-La verdad es que Daniel le fue dando largas, diciéndole que, el día menos pensado, emprenderían el viaje. Mas pasaron hasta cinco años sin que Daniel cumpliera lo prometido. Él sí que hizo el viaje una serena y acharolada noche de mayo.
-¡¡Eeeeh!! ¡Ojo con lo que habláis, que estoy escuchando -clamó Daniel desde las alturas-. Mi promesa sigue en pie. A Mauro y a Alfredo prefiero llevarlos en verano, pues ellos son muy sensibles al frío, pero a vosotros, y para provecho y aprendizaje de Álex, os invito a que me acompañéis, ya, al mundo de las ideas.
-Te tomamos la palabra -contesto yo por todos, incluido Álex quien, para demostrar su entusiasmo, comienza a dar volteretas sobre los almohadas. ¿Cuándo emprenderemos el viaje?
-¡Ahora miiiismoooo! -grita Daniel con voz rizada en bucles y tirabuzones, conforme desciende desenfrenado en su nube deportiva, hasta detenerse junto al pretil del ventanal de la torre. Con la respiración en suspenso y los ojos despidiendo chiribitas, observamos al anciano Daniel, dirigiendo la nube como el mejor piloto de la NASA. Su semblante denota tanto arrojo y resolución que, el mismísimo Don Quijote exclama, poniéndose en pie firme, con la diestra mano extendida hacia él y, con la siniestra, golpeándose el pecho:
-¡Ave, Daniel, volaturi te salutant!

Acto seguido -no poco mosqueados y agarrándonos a la capa de Samuel-, saltamos a la nube, ante la mirada de Daniel, henchida de sorna. El intrépido piloto, tras acariciar a su bisnieto y sin previo aviso, despega como un tornado, rumbo al mundo de las ideas. Y yo aprovecho una breve pausa sin turbulencias en nuestro alocado viaje, para mandaros este segundo episodio de nuestra aventura.
Espero -y os lo prometería si pudiera- daros muy pronto detalles de nuestra inminente estancia en ese mundo. Pasadlo bien y, ánimo, que ya distinguimos, desde estas alturas, a los Reyes Magos caminando hacia España. Tinterico.

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