Revelaciones del diablo arrepentido - (Cap.III)

sábado, 31 de mayo de 2008


Querido Toby:
¿Pensabas que ya nos habíamos olvidado de tí, ante nuestro obstinado silencio? No, jamás cometeríamos semejante desatino. Lo que ocurre es que Samuel, el monje, es un hombre inquieto, con mucha vitalidad a pesar de sus 516 años, y nos lleva, cada dos por tres, de un lado para otro por esos mundos de Dios. Hemos acumulado un montón de historias que ya te iremos contando, bien a través del broche emisor o personalmente. Casi es preferible que, por ahora, sigamos fuera de casa para no distraer a Edu que, seguramente, andará enfrascado preparando exámenes.
Continuando con el relato de las revelaciones del diablo arrepentido, escucha lo que ocurrió después de que saboreáramos los ricos camarones en la cabaña de la playa, la mañana siguiente a nuestro viaje al más allá.

"-¿Así que -preguntó Don Quijote a Samuel, el monje- desde el año 1513 no has vuelto al pueblo de las murallas, en donde estuviste enclaustrado?
-No -contestó Samuel-. A esas tierras no he querido volver, por temor a revivir recuerdos y emociones que me dejaron el alma en carne viva.
-¿Y, a partir de entonces, a qué te dedicaste?-volvióle a preguntar- No creo que hayas estado durmiendo durante cinco siglos.
-Ja, ja -se rió Samuel-. Todo lo contrario, he procurado aprovechar bien el tiempo; incluso me he pasado muchas noches sin dormir. Las revelaciones de Guimel me abrieron los ojos y la mente. Comprendí que la vida terrestre es normalmente muy corta, por lo que hay que vivirla con avaricia.

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-¿Acaso te entregaste a la disipación y las francachelas? -aventuró Don Quijote.
-No, en absoluto -contestó Samuel-. Como había sufrido un desengaño amoroso, tan grande, con Inés, no quise volver a atarme sentimentalmente con nadie, a costa de mi libertad. Por otro lado, al perder a mis padres, decidí dedicarme a recorrer el mundo y comprobar hasta qué punto eran dignas de crédito aquellas revelaciones, ajustándome a ellas.
-¿Y en qué acontecimientos y lugares destacados estuviste?
-Son tantos y encomiables que os aburriría con su enumeración y comentarios. A guisa de ejemplo os puedo decir que, tras abandonar mi pueblo, huyendo de la inquisición, estuve un tiempo viviendo en Sevilla. Allí la gente ardía con la fiebre de embarcarse al nuevo mundo -las Indias, como entonces se decía-, de manera que para la próxima expedición se habían apuntado muchos soldados andaluces y extremeños, artesanos, comerciantes y emigrantes buscadores de fortuna. Pronto noté yo también el cosquilleo aventurero, pero por el hecho de ser judío, aunque "converso", no me admitían en el barco; aparte de que, si me declaraba como tal, me exponía a ser inspeccionado y terminar ante el tribunal inquisidor. No obstante, gracias a mis conocimientos y dominio de la escritura -en una época de general ignorancia- y gracias también a las revelaciones de Guimel, falsifiqué una carta, como escrita por el padre guardián del convento donde estuve, en la que él me recomendaba como joven de vida ejemplar y muy instruido. La mostré al encargado de la expedición y, no sólo me admitió en el pasaje sin ningún impedimento, sino que me tomó como ayudante para registrar a los expedicionarios y otras tareas administrativas. En Cuzco me fascinó la cultura y religiosidad de los incas. En ellas descubrí, a pesar de sus muchos mitos, la chispa de racionalidad de la que habla Guimel en las revelaciones.
-A propósito de esas revelaciones -dije levantando la mano-, ¿qué os parece si hacemos una escapadita hasta ese lugar, en donde Samuel escondió el relicario, y tratamos de recuperarlo?
-Me parece excelente idea -contestó Don Quijote- pues estoy impaciente por conocer las razones de ese curioso diablo que, a juzgar por las que le escuchamos en el viaje al más allá, y por la cordura de Samuel que tanto las encarece, bien merecen que emprendamos semejante aventura sin pérdida de tiempo.
-¡Procedamus ígitur! -nos invitó Samuel, poniéndose de pie y extediendo la capa estrellada de Merlín sobre la mesa.

Cogí una cesta de esparto, arrinconada en la cabaña, y la coloqué invertida en el centro de la capa. Até un largo trozo de cuerda desde cada pico de la capa hasta el asa de la cesta, dejando a aquella convertida en un original parapente capero-cestero. Entre los tres la sacamos fuera de la cabaña, orgullosos e impávidos como pilotos de la NASA. Soplaba un viento temeroso. Sin más dilación ni titubeo, saltamos dentro de la cesta, nos sentamos y nos agarramos al reborde de la misma. En seguida la capa se infló e izó como una estrellada bóveda sobre nuestras cabezas.
Don Quijote dio orden de partida, a la janua témporis, con estas palabras:
-¡Oh dócil y preciosa janua témporis, llévanos rauda y precisa hasta la muralla de la alta ciudad de donde salió Samuel en el siglo XVI!
Arrebatados por un fantástico torbellino, capa, cesta y pasajeros ascendimos por encima de las nubes, saludándonos un sol primaveral espléndido y un cielo sin orillas, por el que revoloteaban las notas de Vivaldi cual una bandada de gaviotas.

-Como os estaba contando -dijo Samuel-, son innumerables los lugares en donde he vivido o he visitado y los sucesos célebres que he presenciado.
-¿Y cómo explicas el haber conseguido vivir más de cinco siglos? -me atreví a preguntarle.
-Porque me esforcé en poner en práctica lo que aprendí durante muchas e intensas horas de reflexión, fijándome objetivos a alcanzar, dirigido por la razón y movido por un humilde anhelo de superación.
-Muy interesante -comentó Don Quijote-. ¿Según eso, la generalidad de la gente tiene una vida corta por ausencia de metas?
-Hay de todo un poco, pero el fijarse metas es muy importante. ¿Qué puede esperarse de alguien, convencido de que "como he cumplido setenta años, tengo ya que morirme"? Sencillamente que se muera pronto. En cambio, si posee una afición que le apasiona, una aspiración por la que lucha, un afán de ayudar a alguien que le necesita... Seguro que su muerte quedará aplazada.
-Pero es que en tu caso, Samuel -insistió Don Quijote-, no se trata de un razonable aplazamiento, sino que, a tus 516 años, los efectos del tiempo no han erosionado en absoluto la lozanía propia de la juventud.
-Bueno... Seguramente se deba a varios motivos -contestó Samuel.
-Háblanos de los naturales -pidió Don Quijote-, porque los otros no dependen de nosotros.
-¿Os parecen naturales-dijo Samuel- si os digo que durante mi larga vida me he esforzado en imitar y alcanzar las virtudes propias de una serie de animales?
-¿De animales? -preguntamos Don Quijote y yo, sorprendidos.
-Sí, de animales. La gente acostumbra a juzgar muy injustamente a los animales, desconociendo que, en su myoría, son muy virtuosos.
-¿Y qué animales y virtudes son esas? -pregunté impaciente?

(No sé si fueron figuraciones mías pero, mientras Samuel hablaba, me pareció que, por debajo de nosotros y sobre las nubes, pasaba una caravana de animales trotando al ritmo de la sinfonía pastoral).

-Mucho tiempo dediqué a autoanalizarme -explicó Samuel-, descubriendo que, para empezar, yo estaba dominado por la soberbia y el orgullo, convirtiéndome en una persona acomplejada y susceptible, con gran dificultad para relacionarme con los demás. Hasta que un buen día me percaté de la grandeza del humilde borriquillo. Reflexioné sobre su particular modestia y me impuse la tarea de imitarlo.
-¿Y tardaste mucho en agachar las orejas? -preguntó Don Quijote.
-En darme cuenta de lo estúpida que es la arrogancia, no mucho. En blindarme contra los dardos que herían mi sensibilidad, cincuenta años.
-Y tras esa conquista ¿cuál fue la siguiente virtud que perseguiste? -le pregunté.
-Durante los cincuenta años siguientes traté de dominar la ira, la impaciencia y el mal humor. Me propuse ser manso y pacífico, semejante a un inofensivo corderillo, soportando las maldades e impertinencias de los demás.
-Eso ya es demasiado, Samuel -clamó Don Quijote-. Hasta ahí podriamos llegar: que te mesen las barbas tan frescamente.
-No cabe duda que es muy difícil alcanzar tal dominio sobre nuestro espíritu irritado, pero no imposible. Yo tardé mucho tiempo, esforzándome al máximo, pero lo conseguí.
-Bien. ¿Y qué otros animalejos imitaste? -pregunté a mi vez.
-Al cumplir los cien años me propuse imitar a la lagartija, en su faceta de criatura paupérrima. ¿Hay alguien más pobre que una lagartija? Así quería ser yo. Tener lo indispensable para vivir, pero libre de todo apego a ningún bien material. A mis 150 años me sentía como ella, ni envidiosa ni envidiada. No contento con esa conquista, tuve la audacia de proponerme imitar al insecto palo.
-¿Al insecto palo? ¿Ese bichito escuchimizado que se confunde con las ramas secas? Pero hombre, Samuel, ¿cómo se te ocurrió semejante dislate? -le amonestó Don Quijote.
-Pues sí. Quise ser austero y espiritual como él, para mantener a raya a los bajos instintos.
-O sea que de sexo, nada ¿no? -insinuó Don Quijote.
-El sexo no es malo, todo lo contrario. Pero tampoco lo sentía como una acuciante necesidad. A veces lo practicaba como un ejercicio acrobático, lo mismo que hace el insecto palo.
-¿Acrobacia? -preguntamos asombrados Don Quijote y yo.
-Sí. Hay muchos actos humanos que, si no se adornan con ingeniosos aditamentos, terminan resultando ridículos -sentenció Samuel.
Don Quijote y yo nos miramos sin entender nada.
-¿Hubo más animales que te sirvieran de modelos morales? -volví a preguntar.
-Sí, claro. Yo observaba que, de ordinario, los animales no suelen enfermar. Y además, tienen muchas menos necesidades que el hombre. El hombre, en cambio, continuamente precisa tomar medicamentos, alimentos y sustancias, muchas veces nocivos. Por el contrario ahí está el caballo, que sólo se alimenta de cebada, paja y agua, y, sin embargo, goza de una salud y fortaleza envidiables. Por eso, al llegar a los 200 años me propuse imitar su sobriedad.
También descubrí que uno de nuestros mayores enemigos es la pereza y desgana para afrontar los trabajos de cada día y emprender actividades enriquecedoras y beneficiosas. Muchas veces fracasamos en nuestras empresas y buenos propósitos por indolencia y por no reaccionar contra sentimientos paralizadores, como son la autocompasión, la tristeza, la indiferencia y el miedo. ¿Y qué animal, sino la diligente ardilla, ostenta mejor que ninguno las cualidades opuestas?
Cuando cumplí los 300 años me marqué como objetivo conquistar la virtud de la generosidad. Ella suponía vencer el egoísmo y servir a los demás; ser amable, incluso con quien me resultaba antipático e insoportable; y estar siempre dispuesto a perdonar. Aunque os parezca extraño, era la vaca, preferentemente, la musa que me inspiraba esos solidarios sentimientos.
Llegado que hube a los 350 años me percaté que, aunque ya había conseguido las virtudes citadas, aún me sentía sensible a las ofensas, burlas e inconsideraciones de los demás. Comprendí que la mejor respuesta a esas provocaciones es la indiferencia, el silencio, la impasibilidad y, sobre todo, la reflexión. Actitudes en las que es maestra la lechuza. Ella me sirvió de guía en esa empresa.
-¿Y qué me dices de la astucia? ¿la consideras virtud? -le pregunté.
-Por supuesto que sí. Ella va unida al hábito de la reflexión, propio de la lechuza, pero preferí dedicarme a su consecución, al cumplir los 400 años, fijándome en el sinuoso y disimulado proceder de la serpiente.
-Y, una vez asimilada la astucia, supongo que tendrías prácticamente despejado el camino hacia la perfección.
-No, aún tenía que vencer un terrible enemigo: el miedo. Desde mis 450 años me dediqué a dominarlo con denodado empeño. El miedo nos paraliza, nos priva de la razón, de la libertad, de la vida. No lo veía, pero lo sentía de continuo al acecho, dispuesto a saltar sobre mí y devorarme. Por eso envidié siempre al león, que bosteza impertérrito en medio de un cataclismo. Él sería el espejo donde mirarme.
Cuando llegué a la cima de los 500 años pensé tener sobrados motivos para la alegría: había enriquecido mi espíritu con un auténtico tesoro. Me dedicaría a cantar alegre, como hace el jilguero. Y, desde entonces, vivo cantando, noche y día, aunque vosotros no oigáis mi canto.
-Bello final -proclamó Don Quijote-. ¿A qué más puedes aspirar?
-No, no es el final, sino el principio -contestó Samuel-. Ahora aspiro a volar libre como el águila que veis sobre las altas cumbres de esa montaña.
-¿Cumbres? -exclamamos Don Quijote y yo, siguiendo la embelesada mirada de Samuel.
-¡Es verdad! -dijo Don Quijote, sacando medio cuerpo fuera de la cesta- Ya hemos llegado a nuestro destino. Mirad las murallas y la fortaleza.
-¿Pero no es esa montaña el Machu-Pichu y ése el palacio de Atahualpa? -pregunté perplejo.
-¿Y cómo nos ha encaminado hasta aquí la janua témporis si yo le ordené que nos llevara "hasta las murallas de la ciudad de donde Samuel salió en el siglo XVI"? -añadió Don Quijote.
-Es lógico -explicó Samuel-, pues yo estuve aquí en 1533, recién apresado Atahualpa por los soldados de Pizarro, y me marché poco después de que lo ahorcaran. La janua témporis ha cumplido fielmente la orden.
-¿Qué hacemos entonces? ¿Bajamos a ver el palacio? -propuse.
-De ninguna manera -se opuso Don Quijote con firmeza-. Tiempo tendremos de volver a este lugar en mejor momento. Tanto más cuanto pienso ponerme a imitar, desde mañana mismo, a todos los animales que Noé metió en el arca, a ver si consigo prolongar mi existencia en este mundo ochocientos años o más. Y ahora voy a dar orden inequívoca a la janua témporis para que, con la rapidez del latido de un enamorado, nos lleve a las murallas de la ciudad en donde Samuel escondió el relicario con las revelaciones de Guimel, en el siglo XVI.

Pronunciada por Don Quijote la orden, la capa de Merlín giró y emprendió el vuelo de regreso por los cielos ultramarinos. En menos de medio parpadeo nos vimos planeando sobre el pueblo en el que Samuel había recibido y escondido las revelaciones.
-¡Mirad, mirad! -gritó Samuel emocionado- ¡Cuánto ha cambiado el pueblo, qué avenidas, parques y edificios tan modernos! Fijaos en el extremo sur del pueblo. Sus murallas siguen impecables y airosas como cuando yo salí de allí. ¡Qué concurrido se ve el parque por gente ataviada con ropa medieval! Hay muchos tenderetes y puestos de bebidas y fritangas.
-Sí -dije observando el panorama-. Deben de estar celebrando alguna fiesta y han montado un mercadillo ambientado en aquella época.
-¿Qué os parece si adoptamos aspecto de arqueólogos, para no infundir sospechas en la búsqueda del relicario? -propuso Samuel.
-No es necesario -dije-. Como la gente anda disfrazada, nadie se extrañará de nuestra indumentaria.

Con exquisito primor, la capa de Merlín aterrizó al pie de la muralla. Saltamos fuera de la cesta, recogimos la capa, la plegamos sobre aquélla y colocamos a ambas encima de la roca que se alza a pocos metros, frente a la muralla. A petición de Samuel nos retiramos varios metros más, para tener una perspectiva más amplia y enseñarnos el punto exacto en donde él escondió el relicario.
-Observad el lienzo de muralla que se extiende bajo las cinco almenas centrales. ¿No veis en él -dijo Samuel, dibujando en el aire una silueta- la figura gigantesca de un águila con las alas desplegadas y las patas firmes sobre una piedra de la tercera hilada.
-¡Oh cielos, es verdad! -exclamó, entusiasmado, Don Quijote.
-Sí -corroboré-. La tonalidad más oscura de las piedras del interior de la silueta, le dan realmente la apariencia de un águila.
-Bien, pues detrás de la piedra que le sirve de base escondí el relicario.
-¿Y cómo nos arreglaremos para quitar la piedra? -pregunté.
-¡Mi lanza! ¿Cómo he podido olvidar mi lanza? -gritó Don Quijote, visiblemente turbado.
-No se preocupe, su merced, -le dije, tratando de calmarlo- Ahí abajo se ve una casa y quizás nos dejen las herramientas que precisamos.
Bajamos hasta ella, llamamos a la puerta y nos abrió un risueño anciano.
-¿En qué les puedo ayudar? -preguntó amable.
-Verá -le dije con el mayor aplomo-, somos técnicos de TVE y queremos televisar en directo el mercadillo medieval; para ello debemos colocar una antena y necesitamos un cincel y un martillo. ¿Nos los puede usted dejar, si los tiene a mano?
-Esperad un momento -nos dijo y, en seguida, volvió con un grueso mazo y un agudo cincel-. ¿Qué les parece? ¿Les vale este mazo y cincel?
-Perfecto -aprobó Samuel-. En cinco minutos se los devolvemos.
-Mil gracias, noble y jovial caballero. ¡Qué gran deuda tiene el progreso de la humanidad con las personas solidarias como usted! -le alabó Don Quijote.
Corrimos tras Samuel quien, rápido como el viento, llegó hasta la piedra de la muralla, en la que se apoya el águila, y asestó fuertes golpes en sus juntas, dejándola suelta y sumisa. Luego la agarró por los bordes y la extrajo del hueco, con la mayor facilidad.
A continuación introdujo la mano y... Su rostro se transfiguró.
-Sí, sí! ¡Está aquí, está aquí! -exclamó eufórico.
Tiró hacia fuera del objeto, apareciendo una estrecha caja metálica de unos veinte centímetros, cubierta de verdoso cardenillo. La levantó en alto gritando:
-¡Mirad mi tesoro!
-¡Bravo, Samuel! -coreamos abrazándolo.
Samuel volvió a colocar la piedra en el hueco, fijándola con cuñas. Besó las garras del águila y, abrazado al relicario, saltó a la cesta y se sentó en ella, lo que Don Quijote secundó de inmediato.
Yo corrí hasta la casa del anciano a devolverle las herramientas. Tras abrazar al hombre y reiterarle nuestro agradecimiento, volví a la nave cestera que despegó como una centella. Samuel dirigió una postrera y humedecida mirada al águila de la muralla, en el momento en que sobre ella incidía el anaranjado reverbero del crepúsculo. Don Quijote dio orden a la janua témporis de que nos transportara, sin dilación, hasta la cabaña de la sureña playa.
La capa de Merlín rasgó el cielo cárdeno y sedoso. Cuando llegamos a la playa, los luceros jugaban al escondite con los pececillos de plata.
Entramos en la cabaña, Don Quijote encendió el velón, yo cogí un fuerte cuchillo del armario y se lo entregué a Samuel para que abriera el relicario. Él limpió la junta en la que encaja la tapa, apalancó con el cuchillo y la tapa saltó, dejando al descubierto el precioso rollo de las revelaciones. Samuel desplegó los folios ante nuestros ojos, fascinados al ver aquel manuscrito de letras nerviosas, vivamente coloreadas.
Nos sentamos en torno a la mesa y Samuel inició la lectura con voz grave y emocionada:

""Fue aquella decisión divina de someter a los ángeles a la difícil prueba de vivir en la Tierra, durante un período de tiempo, animando el cuerpo de un animal o de un humanoide, lo que provocó la rebelión de gran parte del mundo angélico.
Entre los rebeldes me hallaba yo, Guimel, un ángel de poco relieve entonces, y un diablo insignificante después. Reconozco que mi adhesión a Luzbel fue motivada por el miedo. Raro en un ángel ¿verdad? Y, sin embargo, así fue. Cuando Gabriel describió las penosas condiciones en que habría de desarrollarse nuestra existencia en la Tierra, unidos a un cuerpo animal, sentí, por primera vez, el espanto y el horror apoderarse de mí.
Tras ser expulsado del paraíso celestial y merodeando ya por vuestro mundo, como tantos otros ángeles rebeldes, fue cuando me percaté de mi descabellado error uniéndome a ellos. Entonces comprendí la grandeza del proyecto divino: pues aunque los ángeles deberían soportar, durante la vida terrestre, unas condiciones penosas, también verían con satisfacción cómo su inteligencia y voluntad conseguían superarlas; aparte de las gratas sensaciones y sentimientos que en la vida terrestre experimentarían, inimaginables en el estado angelical.
En cambio, ¿qué logramos rebelándonos? Nada. Peor aún: una condena terrible. Quedar, lejos de la amistad de Dios, en estado permanente de infelicidad, contra el que la mayoría de los diablos sólo saben reaccionar infiriendo el mayor daño que pueden a las criaturas terrestres.
Muchas veces pienso: "¿No existirá esperanza alguna de que Dios Padre perdone algún día nuestra estúpida acción, aunque tengamos que permanecer en la Tierra, miles de años, animando a las más repugnantes sabandijas, pero con un horizonte de luz en la lejanía, en que se divise su silueta con los brazos abiertos?"
Durante miles de años vagué por la Tierra admirando cómo el espíritu angelical, en particular el que animaba al hombre, progresaba en el tiempo. Frecuentemente observaba a los seres humanos, tratando de reconocer en ellos a algún compañero mío del mundo celestial. A pesar de los inconvenientes de las condiciones del mundo físico, tanto los animales como los hombres disfrutaban de una existencia agradable.
Pero, pronto, el plan divino empezó a torcerse, por culpa sobre todo de los envidiosos y malvados diablos. Lo reconozco: con nuestras malas artes logramos ofuscar las mentes de los hombres, avivando sus bajos instintos e impidiendo que se rigieran por la recta razón. Sus sentimientos religiosos se fueron adulterando hasta el punto de llegar a creencias y prácticas aberrantes.
Hasta que, en el devenir de la humanidad, apareció un pueblo con la idea de un Dios personal, creador y señor del universo, poderoso, justo y amoroso con sus criaturas, a las que ha dotado de un código de preceptos racionales por los que regirse en la vida. Ese pueblo fue el pueblo judío: el pueblo elegido por Yavé como depositario de sus promesas, como proclamaban, orgullosos, los propios judíos.
Curioso por conocer su desarrollo y desenlace, me moví por tierras de Israel, espiando, leyendo y escuchando a sus patriarcas, profetas y, particularmente, al pueblo. Los anuncios y clamor esperanzado de la venida de un Mesías, hijo de Dios, resonaban allí, cada día, con mayor fuerza y apremio.Habían transcurrido más de siete siglos de la fundación de Roma cuando, un buen día, me entero de que en Nazaret vive un joven, llamado Jesús, del que sus paisanos hablan con gran respeto y admiración.
Lo aceché a escondidas. Unas veces haciéndome invisible, otras adoptando distintas apariencias. Vivía con sus padres y hermanos en la hermosa y solariega casa de piedra, heredada por José, su padre, de sus antepasados, pertenecientes al noble linaje del rey David. Jesús, como sus hermanos, trabajaban en el taller de casa. Era una familia sencilla, respetuosa, amable y estimada por la vecindad. Jesús era un joven alto, atlético, alegre, muy querido y apreciado por su sentatez, su modestia y sus buenos sentimientos. Lo que él no soportaba eran las sinrazones engreídas. Era religioso. Solía asistir a la sinagoga e intervenir en las lecturas y explicaciones de las escrituras, sorprendiendo a los escribas y sacerdotes con sus preguntas e interpretaciones de los textos sagrados. Pero ellos le correspondían con actitudes hostiles.
No obstante, había otro grupo de judíos -como eran los esenios- que le admiraban e, incluso, le aclamaban como el Mesías prometido. Uno de ellos fue Juan el Bautista.
A Juan el Bautista me lo encontré cierto día en el río Jordán, bautizando y predicando penitencia, como preparación a la pronta venida del Mesías. Eran muchos los que se le acercaban y le pedían que los bautizara.
Mi gran sorpresa fue cuando vi aparecer, junto al cañaveral, la figura amable de Jesús. Llegó hasta la roca, en que me hallaba sentado, a la sombra de un sicómoro. Me miró sonriente, se despojó de la túnica leonada y la dejó a mi lado. Luego pasó entre los muchos seguidores de Juan, y se acercó hasta él para que le bautizara. En el momento en que Juan derramó el agua sobre su cabeza se abrió el cielo y resonó una voz como la de un trueno.
Me levanté y me oculté tras unos árboles. Jesús se vistió la túnica y se encaminó hacia el desierto de Judea, junto al Mar Muerto. Lo vi partir, presuroso, por el camino que bordea el río, y desaparecer entre el vaho anaranjado de la tarde de aquel veraniego mes de mayo. Comprendí que su intención era la de entregarse a la meditación y la penitencia durante unos días, como hacían otros discípulos de Juan. No quise molestarlo en su retiro y decidí alejarme de allí hasta pasadas varias semanas.

Después de cuarenta días volví, provisto de un odre con agua. Cuando llegué a orillas del Mar Muerto, aún brillaba el lucero del alba en el cielo malva del desierto. Me detuve y alcé la mirada al rocoso monte acantilado. No sabía por qué, pero sentía una extraña necesidad de volver a ver a aquel hombre. Una cabra, color canela, saltaba por el senderillo. Pensé que quizás fuera el camino de las cuevas de los ermitaños.
No me equivocaba. Después de subir un buen trecho, el sendero se ensanchó junto a la concavidad de una pared de piedra, en la que se abría una cueva. Me acerqué a la angosta abertura y escuché el jadeo de una respiración sofocada. Introduje la cabeza y descubrí, en la penumbra, un hombre sentado en el suelo de la cueva, con la espalda apoyada contra la roca del fondo. Era Jesús, lo reconocí en seguida. Entré y me incliné ante él:
-Toma -le dije, acercando a sus labios la boquilla del odre-, bebe un poco de agua.
Jesús bebió un buen trago y me sonrió agradecido. Paseé la vista por el interior de la cueva y no descubrí nada que pudiera serle de utilidad para la subsistencia, a no ser un palo que quizás le sirviera de bastón. Me senté a su lado y le observé de cerca. Los armoniosos rasgos de su rostro, realzados con la rizada barba y melena, oscuras, acusaban el cansancio y agotamiento del largo ayuno. Fuera, las rocas calcáreas comenzaban a teñirse de rosa.
-Debes de estar hambriento -le dije- pues te vi hace más de un mes en el Jordán y desde entonces sigues en este desierto... He escuchado comentarios sobre tí... ¿Es cierto que eres el Mesías, el Hijo de Dios?
El resplandor rosáceo de las rocas se reflejaba en sus ojos, que mantenía fijos en el cielo, sin intención de contestar a mi pregunta. Impaciente, me decidí a abordarle directamente.
-Ahora tienes una buena oportunidad de demostrarlo. Si eres Hijo de Dios, haz que esas piedras se conviertan en pan. De esa forma podrás saciar tu hambre... Escucha, escucha... ¡craaj! Qué tierno y crujiente ese pan... ¿No te apetecería un trocito? Además, con esos panes, podrías mitigar el hambre de toda la humanidad... Para tí es fácil, si eres Hijo de Dios...
-Calla, ignorante, -susurró calmoso- ¿crees que sólo de pan vive el hombre?
-No sé, pero estoy convencido de que a la inmensa mayoría lo que le importa es el sustento de cada día.
-Cuando se den cuenta -me contestó- de que la palabra de Dios es mucho más importante que el alimento, comenzarán a avanzar por el camino correcto.
-Ya. Pero ¿dónde se halla, en la Tierra, la palabra de Dios? -le pregunté- ¿Quién la posee? ¿Quién es su guardián? ¿Quién nos garantiza que alguien tiene la auténtica palabra de Dios?

Lo agarré fuertemente por una de sus mangas, lo saqué fuera de la cueva y lo llevé en volandas hasta el pináculo de la basílica de san Pedro de Roma, en el año 1660.
-¿Qué te parece? -le dije- Desde este templo, tu representante en la Tierra ha venido impartiendo la palabra de Dios a toda la humanidad. ¿Te ves tú fielmente representado por él? ¿Te sentirías a gusto morando en este pomposo templo, tú que confiesas que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza? ¿Te sentirías más seguro y cercano a los hombres, protegido con un ejército de soldados, dispuestos a matar por tí? No sé tú, pero tu representante parece que sí. ¿Son las intransigentes y severas palabras de tu representante -condenando creencias, actitudes y costumbres distintas a las suyas- realmente las palabras divinas? ¿Tiene derecho alguna religión a monopolizar la palabra de Dios?
-La palabra de Dios -me contestó- la ha grabado Dios mismo en el corazón humano y es la razón y la voluntad humanas las que la hacen crecer y madurar.

Después lo llevé por los aires hasta futuros palacios y catedrales grandiosas, en donde las altas jerarquías de la iglesia bendecían a reyes, emperadores y ejércitos, al emprender la guerra contra los infieles.
-No seas tú menos que ellos -le sugerí-. Si eres Hijo de Dios, puedes adueñarte del mundo con un solo movimiento de tu dedo. Y, si no lo eres, yo te lo puedo conseguir si me obedeces.
-No seas cansino, Guimel -me contestó-. Sí, soy el Mesías y te conozco desde antes de tu aparición en el mundo celestial. Cometiste el error de unirte a los ángeles rebeldes. Conozco tu azarosa existencia: tu salida del paraíso; tus añoranzas de aquel estado de inocencia; y tu desgraciado rodar por este mundo, maldiciendo tu situación. "¡Ay si pudiera volver a aquel prístino estado!" -has repetido millones de veces en tu interior-. Por eso te aprecio y voy a concederte que puedas dialogar un rato conmigo. Pero, volvamos a la época y lugar del que partimos. O, mejor aún, vayamos a Galilea, junto al lago de Genesaret.

Ahora fue Jesús quien me agarró por la chilaba y me llevó por los aires. Confieso que, por un instante, me sentí feliz, como cuando me hallaba en el mundo celestial. Nos posamos en un blando terreno en el que había varias higueras. Cogimos unos higos, nos sentamos y nos pusimos a comerlos, mientras contemplábamos la plácida quietud del lago. Jesús reanudó la charla:
-Llevas, Guimel, mucho tiempo en la Tierra coexistiendo con los humanos. ¿Qué piensas de ellos?
-¡Ay, Jesús, Jesús! ¿Qué quieres que piense? En muchos predominan los instintos feroces, y están dispuestos a cometer los peores crímenes imaginables; desorientados en la vida; forjando mitos sin fundamento; egoístas hasta la locura; animados de un ardor belicoso que crece con el paso de los siglos. ¿Fue éste tu magnífico proyecto?
-¿Y por qué te extrañan esos comportamientos humanos? -me contestó- No habrían sido tan perversos sin la maléfica intervención de los ángeles rebeldes, tus colegas. Ellos se han dedicado a obstaculizar aquel plan. Entérate, Guimel, ese plan fue idea mía. Habría resultado fantástico si todo se hubiera desarrollado como yo lo había proyectado.
-¿Y qué piensas hacer ahora ? -le pregunté.
-Yo, Hijo de Dios, me he hecho hombre para demostrar a mis hermanos, los hombres, que ellos poseen un intelecto en el que está grabado el código racional que debe regir su conducta, y una voluntad libre para actuar de acuerdo con él. Estoy dispuesto a padecer los mayores sufrimientos que un ser humano pueda soportar. Con mi ejemplo y mi palabra enseñaré una forma de vivir, grata a los ojos del Padre.
-¿Pues qué? Entre tantas religiones como han proliferado sobre la Tierra ¿no ha habido alguna que sea verdadera? -le pregunté.
-Guimel, ¿crees seriamente que tu pregunta tiene algún sentido lógico? Si lo que quieres preguntarme es si las creencias, preceptos y prácticas de las distintas religiones merecen la aprobación de Dios Padre, te contesto lo siguiente: Dios aprueba todo lo que sea conforme con la recta razón humana; lo que sea contrario a ella lo rechaza y condena; y en cuanto a creencias, preceptos y prácticas que sobrepasan o no son exigidas por la razón, Dios es muy respetuoso con las decisiones personales del hombre. Lo indispensable, en una religión auténtica, es su inequívoco objetivo de cultivar en el ser humano el amor a Dios y al prójimo, sin más preceptos que los dictados por la recta razón.
-¿No es, pues, necesario pertenecer a una determinada institución religiosa para pertenecer al reino de Dios?
-Sí, claro, a la de los hombres de buena voluntad.
-¿Y cómo piensas difundir tus ideas? -inquirí curioso- ¿Vas a dejarlas escritas, de tu puño y letra, para que nadie tergiverse tu pensamiento?
-No -me contestó-. Ya te he dicho que predicaré, cuanto se refiere al reino de Dios, con el ejemplo de mi vida y utilizando sencillas parábolas y comparaciones, para que me entiendan los sabios y los ignorantes.
-Pero ¿no sería mejor que dejaras escritas, claramente y sin equívocos, las verdades que hay que creer y los preceptos que hay que cumplir? -insistí.
-Atiende, Guimel. El proyecto sobre el ser humano y demás criaturas de este mundo es grandioso, a pesar de los obstáculos interpuestos por tus colegas los diablos. Mi idea primigenia fue que la humanidad naciera, creciera y se abriera como una hermosa flor en el jardín de la Tierra. Continuamente el divino Espíritu ha estado mostrando al hombre el camino de la verdad. ¿Cómo? A través del ejemplo de tantas vidas honestas y racionales: gentes sencillas o grandes doctores, que realizan y cumplen bien su trabajo y obligaciones, disfrutando ordenadamente de las satisfacciones y placeres de la vida; profesores, filósofos y científicos que se esfuerzan en ganar terreno a la ignorancia; poetas y artistas que descubren mundos nuevos para hacer la vida más bella y amable; personas solidarias, generosas, heroicas...; sencillas amas de casa, luchando día a día para mantener el calor del hogar; jóvenes estudiantes que se machacan las neuronas para levantar un día la antorcha del progreso; políticos y personalidades relevantes, que tanto bien pueden realizar en el mundo, deteniendo guerras, mitigando hambres y necesidades, impartiendo justicia... ¿No te parece que el propósito divino está suficientemente grabado en el corazón humano con caracteres indelebles, que hacen superfluas las palabras escritas en papeles que se lleva el viento?

Fue entonces cuando vislumbré algo de su ambicioso proyecto y me quedé sin palabras. Jesús se puso de pie y se dirigió hacia el lago. Yo le seguía silencioso y contento como un perrillo. Pensaba: "¿Y si yo me hiciera discípulo suyo?"
Llegamos a orillas del lago. Jesús continuó caminando sobre el agua hasta desaparecer de mi vista. Contemplé con envidia tres gaviotas que volaban felices y despreocupadas. Por un momento me sentí solo y desgraciado como nunca me había sentido. Después pensé en Él, y un tenue rayo de esperanza centelleó en mi mente.""

Terminada la lectura, Samuel enrolló las hojas de las revelaciones y las volvió a introducir en el relicario, que colocó cuidadosamente en el armario. Luego salimos, pensativos, a pasear por la playa, hasta que Don Quijote rompió el silencio:
-No sé, ciertamente, qué clase de diablo sea ese Guimel, ni hasta qué punto sea mentiroso. Pero, pienso que si él se ha inventado esas revelaciones, merece que lo hagan santo.
Y, sin saber cómo, nos enzarzamos en un nuevo y curioso debate, del que ya te informaré en otro mensaje. Hasta pronto. Tinterico.


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Revelaciones del diablo arrepentido - (Cap. II)

lunes, 28 de abril de 2008

Ha pasado ya más de un mes desde nuestra increíble incursión en el más allá, pero aún no hemos digerido bien, ni Don Quijote ni yo, lo que allí nos fue descubierto por Guimel. Cuando regresamos a estas playas sureñas, el monje enigmático nos condujo hasta una cabaña que hay a la entrada del pinar. La cabaña -según nos explicó- la construyó, con troncos de pino y piedras traídas de los corralones, un pescador solitario, con quien él solía dialogar y que, un día nefasto, se ahogó en alta mar, a consecuencia de una súbita y formidable tormenta que desbarató y engulló barca y barquero. El pescador había aderezado la cabaña con rudimentarios enseres : un pequeño fogón, una tosca mesa con cuatro taburetes de madera, una cantarera con un cántaro que él solía llenar de agua en el puerto y acarreaba en la barca hasta cerca de la cabaña, un armario con utensilios de cocina, un camastro y una pequeña estantería con algún libro de poemas, cuadernos y lápices. El pescador era un hombre con gran curiosidad. Le gustaba leer, pensar y escribir, motivos por los que el monje se aficionó a visitarlo y mantener largas charlas con él.
Cuando ya creíamos que este año no nos visitaría la verde primavera, ni veríamos pajarillos alegres y juguetones, repentinamente, un ejército de negras y panzudas nubes ha invadido nuestros cielos, soltando descomunales pero benditos chaparrones. Esta mañana el cielo nos ha concedido un corto respiro, dejando que el sol nos salude entre las grises cortinas de sus balcones. Don Quijote y el monje han aprovechado para salir al mar con un perol y una coladera, en busca de camarones. Y yo también aprovecho para enviarte este mensaje a través del prodigioso broche-emisor, regalo de Merlín.

Anoche estábamos sentados en torno a la mesa. El monje frente a la pequeña ventana acristalada, desde la que se ve el mar. Don Quijote a su izquierda y yo a la derecha. Llovía con furia, menudeando los truenos y los relámpagos que, intermitentemente, iluminaban nuestras figuras. La del monje resplandecía, acentuándose la palidez de su rostro y la blancura de su hábito.

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-Digo yo -comenzó diciendo Don Quijote, mientras observaba al monje- que su merced no debe contar más de veinticinco primaveras, a juzgar por su juvenil apariencia.
-¡Ja, ja! -rióse el monje-. Aquí donde me veis, tengo más de quinientos años.
-¿Y cómo? -exclamamos Don Quijote y yo.
-Sí, así es -confirmó el monje-. Os contaré mi historia. Nací el año mil cuatrocientos noventa, en el barrio judío de un pueblo al norte de Cáceres.
-¿Sois, pues, judío? -preguntó Don Quijote.
-Lo fui. Mis padres profesaban la fe de Abrahám y las prácticas y costumbres judaicas. Mi padre era rabino y solía leer y explicar la torá y el talmud en la sinagoga de la aljama del pueblo, antes de que yo naciera. Pero, precisamente, desde que nací fue creciendo en España la hostilidad contra moriscos y judíos, culminando con el decreto de expulsión de 1492. Todo judío o morisco que no se convirtiera al cristianismo sería expulsado. Mis padres, basándose en la doctrina de Maimónides, que justificaba el disimulo de la fe hebraica ante peligro de muerte o grave perjuicio, optaron por fingir hacerse cristianos, pero sólo en cuanto a prácticas externas se refería. En su corazón y dentro de casa, ellos seguían siendo fervientes hebreos, gracias también a la tolerancia que los Duques - a cuyo territorio pertenecía el pueblo- usaba con ellos.
Desde niño me inculcaron la lectura y estudio de la biblia. Me sentía orgulloso de pertenecer al pueblo elegido por Yavé como destinatario de su palabra y grandes promesas. Me entusiasmaba leyendo los triunfos del pueblo de Israel sobre los pueblos enemigos, gracias a la privilegiada protección de Yavé. Mis padres estaban convencidos de que, a pesar de las duras y continuas pruebas a las que Yavé sometía a su pueblo, éste siempre resultaba fortalecido.
Pero, conforme yo crecía y mi intelecto y sentido crítico se desarrollaban y maduraban, comencé a descubrir, en muchos de los relatos bíblicos, la existencia de preceptos y acciones, que yo consideraba carentes de humanidad, crueles y, a veces, irracionales.
-¿Y qué preceptos o acciones eran ésos? -preguntó Don Quijote.
-Según la legislación que Moisés dio al pueblo de parte de Yavé, muchas de las infracciones de la ley deberían castigarse con la muerte. Por ejemplo: "La mujer adúltera tenía que ser apedreada." Cruel y ridícula es la siguiente norma que se lee en Deut. 25,11: "Si mientras riñen dos hombres, uno con otro, la mujer del uno, interviniendo para librar a su marido de las manos del que le golpea, cogiese a éste por las partes vergonzosas, le cortarás la mano sin piedad."
Mi adolescente cabeza judía se negaba a admitir tales barbaridades como ordenadas por Yavé, un Padre tan afectuoso con sus criaturas que incluso a un humilde gato había provisto de graciosas y útiles patitas.
Me horrorizaba leer las continuas guerras en que el pueblo judío se enzarzaba con los pueblos vecinos, ordenadas o consentidas por Yavé, a veces con visos de atrocidad tremenda, como cuando mandaba no respetar ni siquiera a los ancianos, mujeres o niños; o cuando pedía que le ofreciesen sacrificios de animales.
-¿Y qué hiciste entonces? - volvió Don Quijote a preguntarle.
-Aunque, oficialmente, todos los de aquel barrio éramos judíos conversos, los cristianos recelaban de nosotros y nos seguían considerando judíos recalcitrantes. No obstante, también es cierto que tanto yo como mis padres teníamos buenos amigos entre los cristianos. Uno de ellos era Pedro Correas, que tenía un taller de alfarería cerca de donde vivíamos. Desde niño tuve gran afición a jugar con el barro, modelando figuritas. Mi padre le contó a Pedro mi afición. Él me admitió como aprendiz en su taller. Cuando cumplí veinte años me asignó un pequeño jornal. En el taller había dos tornos de pedal, en los que Pedro y yo modelábamos variadas vasijas: tales como ollas, cazuelas, botijos, lebrillos, cántaros, platos, etc. Tal era su demanda que, en seguida, se vendía cuanto fabricábamos. Su mujer y su hija Inés ayudaban en la preparación de la arcilla, horno y venta de cacharros. Ellos eran celosos cristianos; sin embargo, también eran muy respetuosos con nuestras creencias judías. A mí me consideraban como de la familia. En particular, mi trato con Inés era el propio de un hermano, aunque no podía negar lo mucho que ella me atraía. Inés era una muchacha esbelta, con el pelo encendido, los ojos verdes, muy blanca y con abundantes pecas. Los rasgos de su rostro eran delicados y su perenne sonrisa hacía resaltar aún más su belleza. Pero sobre todo me seducían su alegría y sensatez. Tan pronto me tenía bromas inocentes, como charlaba de temas serios. Un día de abril nos hallábamos solos en la alfarería. Para disfrutar del sol y belleza de aquella mañana, decidimos trabajar en el patio. Sacamos fuera los utensilios. Inés vertió arcilla y agua en la artesa, la batió con una fina paleta y la amasó con sus manos. Tomé una porción de arcilla y la coloqué en el centro del torno. La rodeé con las manos y le fui dando forma de cilindro. Después pisé el pedal y empecé a modelar la arcilla, pensando en el ánfora que quería fabricar. Inés, sentada ante la artesa, removía la arcilla mientras observaba mi tarea. A su espalda, por encima de la tapia, yo veía los cerezos florecidos festoneando la ladera de la montaña. De pronto, Inés me sacó de mi ensimismamiento:
-Los humanos -me dijo sonriente- qué parecidos somos a los brutos animales, en ciertos aspectos.
-¿Y eso, lo dices por mi? -le contesté riendo.
-No, tonto. Ha sido esa dócil arcilla, que estás modelando, la que me ha provocado una repentina reflexión. Pienso en lo propenso que es el hombre, en general, a aferrarse a sus costumbres, opiniones, creencias... y en la poca flexibilidad mental que solemos tener. Qué reacios somos a abandonar nuestras cómodas posturas. Todo cuanto huela a innovación nos produce vértigo y hace que nos aferremos a nuestras ignorantes convicciones, dispuestos a defenderlas con uñas y dientes.
-Sí, quizás tengas razón, pero ¿a qué viene ahora esa reflexión? -le pregunté.
-No sé. Quizás porque mi espíritu y mi cuerpo se sienten inmersos, esta maravillosa mañana, en una tibia sensación de felicidad, amenazada por multitud de prejuicios y sinrazones humanas.
-¿Como qué?
-Sin ir más lejos, dime, ¿por qué vosotros los judíos "conversos" vivís en ese barrio, separados de los cristianos, manteniendo unos y otros unas recíprocas relaciones tensas e incluso hostiles?
-Es duro y lamentable, pero así es -le contesté.
-Yo -continuó Inés- aunque soy cristiana, reconozco la excelencia de la religión y cultura judías. ¿Cómo no reconocerlo, si vuestros libros sagrados son la base de nuestra religión? ¿Por qué entonces esa hostilidad?
-¿Por razones históricas, supongo? -dije no muy convencido.
-Nada de eso. Por terquedad. Por tozudez, tanto por parte de los judíos como de los cristianos. Los judíos que se negaron, egoístamente, a abrir las puertas de la ciudad santa a los demás pueblos de la tierra, por temor a perder su privilegiado título de pueblo elegido por Dios para llevar a cabo sus planes reeducadores de la humanidad. Y no es que, a través de los profetas y autores sagrados, Dios no viniera anunciando la universalidad de la misión encomendada al pueblo judío. Los tozudos judíos prefirieron continuar con su ley mosaica, su talmud y su nacionalismo feroz, antes que renunciar a sus sueños de conquistas y triunfos, y entregar el trono de David a un Mesías predicador de la humildad, de la pobreza, el pacifismo y el amor.
-Parece, Inés, como si me hubieras leído el pensamiento -le dije-. Hace tiempo que yo me hago la misma reflexión. Incluso he llegado a comentarlo con mis padres. Pero ellos -como supongo que les ocurre a cuantos profesan una religión- rechazan el plantearse cualquier cuestión que ponga en duda la veracidad de la misma.
Durante un minuto permanecimos en silencio. Sólo se oía el monótono ronroneo del torno, accionado por mi pie. El ánfora iba tomando las formas deseadas, con el roce y presión de mis dedos.
-Jesucristo -concluyó Inés- aunque los judíos en general no quieran aceptarlo, fue el judío más auténtico y que con mayor fidelidad interpretó el espíritu de la ley y doctrina de los patriarcas bíblicos. Por eso la auténtica aspiración judaica la heredó el cristianismo...

Pasaron dos años. Mi afecto hacia Inés había crecido tanto como mi acercamiento al cristianismo. Pero mis padres no aceptaban mis razones y se oponían a que mis relaciones con Inés fueran más allá de una simple amistad.
-Comprende, Samuel -me decía mi padre- que tu unión con Inés sería un fracaso. Tú eres judío. Tienes creencias, preceptos, costumbres y una familia muy distintos a las de ella. Si tenéis hijos ¿qué creencias y educación les inculcaríais?

No me atrevía a declararle abiertamente a mi padre mi entusiasmo por la persona de Jesucristo y mi secreta intención de hacerme cristiano auténtico, aunque llegué a insinuárselo.
-En los textos proféticos -le decía a mi padre- se anuncia claramente la venida del Mesías, no como un caudillo poderoso de la casa de David dispuesto a liberar a Israel de sus opresores, sino como un humilde siervo de Yavé que cargaría con las iniquidades de toda la humanidad y establecerá una paz ilimitada en el mundo. ¿Quién sino Jesucristo ha sido ese siervo de Yavé?
-¿Y qué paz ha traído Jesucristo al mundo? Además, ten en cuenta, hijo -me contestó mi padre con los ojos humedecidos- que los hombres, judíos o de cualquier otra ideología, estamos integrados en un grupo social determinado. A ese grupo nos debemos y en él hemos de permanecer para bien o para mal, en sus aciertos y en sus errores, orgullosos y dispuestos a sacrificarlo todo por su engrandecimiento. Desertar o renegar de él sería como rechazar a los propios padres; más aún, como renegar de la propia identidad.Tanto más, teniendo la certeza de pertenecer al pueblo elegido por Dios.
Yo no compartía en absoluto el sentir de mi padre, pero, desde entonces, tomé la resolución de no turbar sus convicciones. En cuanto a mi creciente enamoramiento de Inés, comprendía que mi padre tenía razón y decidí alejarme de ella.

Fueron días muy amargos, tanto para mí como para Inés. Recuerdo aquel atardecer junto al río. El rumor del agua parecía cantar una triste salmodia.Inés me animaba a abandonar el judaísmo y hacerme cristiano.
-¿No comprendes -me decía Inés- que la religión es una opción muy personal, en la que no deben entrometerse los padres?
-Tienes razón, pero ellos no lo comprenden. Sé que, si reniego del judaísmo, les asestaré un golpe mortal. Pienso que, por ahora, es mejor que nos distanciemos. Quizás, en un futuro, los obstáculos desaparezcan y podamos realizar nuestro sueño.
-¿Tú crees? -me dijo, escéptica, con los ojos humedecidos.
El sol anaranjado se hundía tras la montaña. Nos pusimos de pie, la abracé y le di un beso de despedida.

A partir de aquel día no volví a la alfarería. Zacarías el lanero, un amigo de mi padre, judío también, tenía un gran rebaño de ovejas y le dijo a mi padre que necesitaba un pastor. Mi padre me lo propuso y yo acepté. Era una tarea que me permitía dedicarme a mis reflexiones y lecturas durante las largas horas del pastoreo por aquellos verdes campos. Año y medio estuve dedicado a esta bucólica actividad, a cambio de un modesto salario. Un día de agosto de 1513, al atardecer, pasaba yo por el puente con el rebaño. Oí hablar y reir bajo los árboles, junto al río. Miré y descubrí a Inés, sentada en la hierba, junto a un joven en animada charla. Una vez en casa, me enteré de que Inés se había casado con un rico terrateniente.

Aquella noche no pude dormir. Me sentía como si, de pronto, se me hubiera roto el alma. A mis veintitrés años me veía mustio y desorientado en la vida. Mi esperanza de unirme un día a Inés había sido barrida en un momento. Por otro lado, el ambiente contra los judíos era cada día más hostil. Mentes maliciosas que presumían de cristianas, hacían rodar bulos calumniosos sobre crímenes y sacrilegios perpetrados por los judíos, codiciosos de las propiedades que éstos habían conseguido con su laboriosidad. Las autoridades eclesiásticas pedían a los reyes enérgicas medidas para preservar la fe cristiana del peligro de las doctrinas y costumbres judías.
Antes del amanecer salté de la cama. Mis padres pensarían que me levantaba, como otras mañanas, para llevar a pastar el rebaño. Pero no. Me había levantado con una firme resolución. Entré en el escritorio de mi padre. Cogí un trozo de papel y escribí con grandes letras: "Hace tiempo que sentí la llamada de Yavé. Él quiere que no descanse hasta encontrar su camino. Os quiero con toda mi alma, pero tengo que abandonaros. Perdonadme. Samuel."
Cogí la bolsita con mis ahorros y una manta que enrollé y cargué a la espalda. Salí a la calle, cerré sigilosamente la puerta y miré la estrella de David, esculpida en el dintel de piedra. Pasé mis dedos sobre ella y los besé. Luego marché ligero hacia la calzada, con dirección al norte. A mi paso los perros se despertaban ladrando. Crucé el puentecillo y no pude evitar mirar hacia la arboleda que bordea el río. Pronto me encontré subiendo la cuesta de la calzada. Al cabo de media legua me detuve. Me giré y contemplé el pueblo en el regazo de la florida montaña. Cerca del río las enjalbegadas casas de la judería... Tragué saliva y aceleré el paso.
Después de dos días de viaje, sin ningún incidente importante, comiendo y bebiendo de la caridad de los aldeanos encontrados al paso, llegué ante las hermosas murallas de un importante pueblo serrano. Entré en él por la gran puerta de poniente, sin ningún impedimento y, en seguida me vi inmerso en un bullicioso ir y venir de gente por calles y plazas. Me adentré por las callejas próximas al río, descubriendo emocionado que en ellas vivían familias judías. En la puerta de una tienda varios judíos hablaban, recelosos y preocupados, de la anunciada visita del tribunal de la Inquisición. A lo lejos vi los chapiteles de dos torres sobresaliendo por encima de las casas vecinas. Me dirigí hacia allí por una calle abundante en tiendas y talleres. Entré en la plaza mayor, sobrecogiéndome la grandeza del palacio de los Duques, poderosos señores dueños de la ciudad y de extensos territorios. Muchas mujeres, con cestas de mimbre, hacían su compra a los numerosos vendedores de frutas, dulces y otras viandas. En el centro de la plaza un saltimbanqui realizaba piruetas, aguijado con los gritos y risas de la chiquillería. Frente al palacio, al otro lado de la plaza, se alzaba una bella iglesia de sillares de granito. Entré y sentí una rara emoción.
Una vez fuera, me llamó la atención un grueso fraile que salía del palacio. Conforme bajaba las escaleras hasta la plaza, vi acercársele varias mujeres que, con rostros apenados le hacían preguntas, a las que el monje contestaba con amable semblante. Crucé a los soportales del lado norte y, al pasar el fraile junto a mí, le seguí detrás. Una mujer de aspecto morisco se le acercó y le preguntó por un familiar que, según entendí, debía de cumplir condena en las mazmorras de palacio. El fraile le informó de su pronta puesta en libertad, al haber aceptado convertirse a la fe cristiana.
Después el fraile salió de la plaza y se adentró por una calleja hasta la cuesta que sube bordeando el río. Se detuvo en un mirador y permaneció un instante contemplando cómo se precipitaba el agua por entre las rocas, en un espectacular concierto de chasquidos y espumas. Me acerqué hasta él y, tímidamente, le hablé:
-Perdone, señor, deseo confesarle algo, pero no quisiera molestarle.
-No temas, muchacho. ¿Qué deseas decirme?
-Verá... -dije, titubeando-. Me llamo Samuel. Yo, igual que mis padres, soy judío. Pero tras largas reflexiones he llegado a comprender que Jesucristo es el Mesías anunciado por nuestros profetas y que es su doctrina la que prevalece y debemos profesar.
-Así es, muchacho -me contestó entusiasmado-. Te felicito por la madurez de tus reflexiones y tu acertada resolución. ¿Y qué piensas hacer para llevar a cabo tu propósito?
-Ayer me marché de casa y dejé a mis padres con gran dolor de mi corazón, en la esperanza de descubrir la voluntad de Dios. He pensado que en el silencio y recogimiento de un monasterio podré descubrirlo más fácilmente.
-De eso puedes estar seguro, muchacho. Vente conmigo a nuestro cenobio. Allí escucharás la voz de Dios y podrás hacerte cristiano.
Le acompañé hasta el convento. Fray Juan -que así se llamaba- me presentó al padre guardián, un hombre de aspecto adusto y seco. Mientras le conté mis inquietudes y aspiraciones, él me miraba con sus ojos azabache, en los que me veía reflejado. Me contestó lacónico:
-Fray Juan te acompañará a tu celda y te entregará una túnica y unas sandalias. Él te pondrá al corriente del horario de los oficios religiosos y tareas que deberás realizar.
Con gran entusiasmo me entregué, desde aquel día, al escrupuloso cumplimiento de las normas y costumbres de aquellos monjes. Eran frecuentes las prácticas mortificativas, tales como el uso del cilicio, las disciplinas, los ayunos y el silencio. Me inculcaban la represión de los apetitos desordenados, sofocando el egoísmo y la sensualidad. Me emocionaban los cánticos gregorianos y el misterio de los sacramentos. Ávido por conocer la enjundia del cristianismo, escuchaba atento las doctrinas que fray Juan me explicaba, imponiéndome como tarea copiar el texto del evangelio, para lo cual me proveyó de numerosas hojas de papel, así como un frasco de tinta y una pluma de caña.
Pero, pronto, el mismo ánimo crítico que me había impulsado a dejar el judaísmo me llevó a recelar de algunos textos que leía en los relatos del nuevo testamento, pues me parecía que no reflejaban exactamente el sentir de Jesucristo sino la personal interpretación del narrador. Descubría expresiones, condenas o amenazas que chocaban con el espíritu de Jesús, todo mansedumbre, comprensión y respeto hacia las distintas actitudes humanas ante la vida. Y, por otro lado, yo comparaba la simplicidad de la doctrina de Jesús -que se resumía en el amor al Padre y a todas sus criaturas- con la compleja colección de preceptos, ritos, liturgias, amenazas de castigo, jerarquías y enfrentamientos con otras religiones, del cristianismo oficial.
No. Ese no era el rostro puro y atractivo del cristianismo que Inés me había mostrado. Ahora me debatía sobre qué decisión tomar. Estábamos en febrero. Yo pedía a Dios, el Padre de Jesús y de todos, que me iluminara y me indicara con alguna señal el camino que debía seguir.
Una de aquellas noches en que mi perplejidad y confusión me impedían dormir, me levanté de la cama hacia las tres de la madrugada. Me acerqué a la ventana y abrí cuidadosamente las portezuelas. Una brisa helada se apoderó de la celda. Allá abajo, el río estrellaba sus pálidas lunas contra las rocas, canturreando salmodias, mientras los gatos maullaban y saltaban como ánimas en pena.
Me senté en la silla de anea ante la rústica mesa de madera. Encendí la lámparilla de aceite y me dispuse a seguir copiando el evangelio. De pronto noté en mi nuca un cálido aliento, así como una imperceptible risita. Giré la cabeza hacia atrás y me quedé pasmado ante aquella aparición.
-No temas, Samuel, vengo a ayudarte -me dijo con destellante sonrisa, que realzaba su tez aceitunada, cruzando las manos sobre el pecho.
¿Quién eres? ¿Por dónde has entrado? -pregunté, frotándome los ojos, incrédulo.
-Me llamo Guimel y he entrado por la ventana -me contestó riendo.
-¿Cómo es posible?¿Eres de carne y hueso, o eres una aparición de ultratumba?
Por sus rasgos africanos, el pelo canoso y rapado, la birreta negra y la chilaba azul, me parecía morisco.
-Mi historia es larga de contar -me contestó-. Como presentación te diré que soy un pobre diablo inofensivo, mucho más antiguo que este vuestro mundo por el que me muevo desde tiempos remotos...
-¿Un diablo? -pregunté incrédulo- No tienes, en absoluto, pinta de ello, sino más bien de buena persona. Los diablos son perversos y sólo tratan de llevarnos a los infiernos.
-No, hombre, no. Hay diablos y diablos. Aunque te cueste creerlo, yo estoy aquí para realizar una buena acción contigo. Quiero ayudarte a salir del atolladero mental en que te veo metido. Pero también quisiera matar...
-¿Cómo? -le interrumpí alarmado.
-¡Tranquilo! Es una forma de hablar. También quisiera matar dos o muchos pájaros de un tiro.. Lo que voy a revelarte puede ayudar a otros a salir de su angustiosa perplejidad en que se debaten. Por eso quisiera que, según te lo voy dictando lo vayas escribiendo en esos folios.
-Pero...
-No hay pero que valga. Coge el papel y la pluma y ponte a escribir cuanto voy a contarte.
Titubeando y sin saber si estaba dormido o despierto, cogí varias hojas de papel, mojé la pluma en el frasco de tinta y me dispuse a escribir, en el romance castellano que mi padre me había enseñado, cuanto Guimel me dictara.
-Escribe, Samuel: "Fue aquella decisión divina de someter a todos los ángeles a la difícil prueba de vivir en la Tierra durante un tiempo, animando el cuerpo de un animal o humanoide, lo que provocó la rebelión de una gran parte del mundo angelical..."
Guimel hablaba sin descanso. A veces, le interrumpía para que me aclarara alguna cuestión, pero de todo dejaba yo constancia en los papeles, con la máxima celeridad y con letra, a veces, poco legible. En una de sus breves pausas me pareció oir, tras la puerta, el ligero quejido de las sandalias del padre guardián.
Cuando Guimel terminó su relato, faltaba poco para las seis de la mañana.
-Comprenderás -añadió antes de marcharse- que, cuanto te he revelado, difiere no poco de las enseñanzas que aquí recibes. Ten mucho cuidado de que nadie del convento descubra estos escritos. Sería tu perdición. Últimamente se ha desatado una virulenta persecución contra los herejes, moriscos y judaizantes. Hoy mismo se celebrará un proceso de la Inquisición en la plaza mayor. Paciencia, amigo, y mucha astucia. Ya la recomendó mi admirado y apreciado Jesús: "Sed astutos como serpientes." Volveremos a vernos en otra ocasión. ¡Suerte, Samuel!
Me dio una palmadita en el cogote y salió disparado por la ventana, confundiéndose el azul de su chilaba con el azul del alba, antes de remontar el rocoso horizonte.
Guardé las manuscritas revelaciones debajo del jergón de farfolla. Me aseé de prisa, y acudí puntual a los oficios religiosos.
A las once de la mañana regresé a mi celda. Impaciente por releer las revelaciones de Guimel, saqué las hojas de debajo del colchón, me senté ante la mesa y me puse a leerlas. Apenas había leído diez líneas, cuando escuché unos golpecitos en la puerta. Apresurado, tomé las hojas y las metí dentro del cajón de la mesa. Se abrió la puerta, apareciendo la severa figura del padre guardián. Sentí su penetrante mirada escudriñar mi interior y no pude evitar el sonrojarme mientras me ponía de pie.
-Hermano Samuel, hoy tiene un trabajo especial. Estamos en cuaresma y los hermanos cocineros precisan alimentos de vigilia para preparar la comida. Coja una cesta de la cocina y baje al río a pescar truchas para toda la comunidad. En la pesquera de la hondonada suelen abundar.
Respiré aliviado. Por un momento pensé que su visita estuviera relacionada con la de Guimel.
-Voy en seguida, padre, -dije respetuoso-. Espero terner suerte y volver pronto con ellas.
El padre guardián se acercó a la ventana y permaneció observando el río, con manifiesta intención de quedarse solo en mi celda. Discretamente, salí de ella, dejando la puerta entreabierta. Pero, en lugar de dirigirme a la escalera próxima a la cocina, avancé por el claustro hasta situarme detrás de la columna de uno de los arcos, desde donde podía espiar al padre guardián, sin ser visto. Yo lo observaba ante mi escritorio, fisgoneando las copias del evangelio. Las dejó en donde estaban y abrió el cajón de la mesa. Me sentí morir. Tomó entre sus manos las hojas de las revelaciones y las fue leyendo una a una. Cuando calculé que le quedaban unas pocas por leer, corrí hacia la escalera cercana a la iglesia, las bajé precipitadamente y salí a la calle. Me oculté detrás de unos gruesos olmos, próximos al convento, temeroso y sin saber qué hacer. Pronto vi al padre guardián que salía con paso acelerado y semblante endurecido. Se dirigió a la calle que desemboca en la plaza mayor. Grupos de personas caminaban en su misma dirección, en animada charla, como si fueran a una fiesta. Decidí seguirlo a discreta distancia.
Conforme me acercaba a la plaza, el bullicio y alboroto crecía. Al entrar en ella sentí un escalofrío ante aquel inesperado espectáculo. La muchedumbre ocupaba la plaza y sus proximidades. Unos asomados a los balcones y ventanas de las casas circundantes, otros bajo los soportales o sobre los escalones de la iglesia y, la mayoría, en la explanada de la plaza, entre las dos tribunas. La del tribunal de la Inquisición estaba frente a la iglesia, al pie de la escalinata que precede al palacio de los duques. En ella se hallaban los inquisidores y las autoridades civiles y religiosas, presidida por la cruz verde de san Andrés. En el centro de la plaza se alzaba la otra tribuna, con un estrado para el predicador y el lector de sentencias y otro para varios reos. Entre éstos, unos llevaban el sambenito, adornado con la cruz de la Inquisición; otros una soga al cuello; y dos de ellos portaban el sambenito con llamas y capirote, por haber sido condenados a la hoguera.

Aprovechando la confusión de la multitud, me aproximé cuanto pude al padre guardián, que seguía abriéndose paso, intentando llegar al estrado del inquisidor. Tanto me acerqué a él que le escuché pedir al inquisidor que enviara un oficial al convento, para examinar los escritos heréticos de uno de los monjes.
Ya no me cabía la menor duda: el padre guardián acababa de delatarme y pronto irían al convento a apresarme. Me escabullí entre la gente y atravesé ligero la plaza, procurando no ser descubierto por el padre guardián. Al pasar junto al estrado de los reos me conmovió su apenado semblante. La amada imagen de mis padres afloró en mi mente. "¿Qué habrá sido de ellos?" -pensé. Después corrí por callejas solitarias, desesperadamente, hasta llegar a la cuesta de la judería. Seguí luego por el camino que se alza sobre el barranco del río y, al pasar junto al huertecillo de una casa vi, tendidos al sol, unos gregüescos y un jubón. Sin dudarlo un momento, los cogí, los hice un liote y continué mi carrera hasta la puerta trasera de la huerta del convento que estaba entreabierta. Dejé la ropa junto a ella y marché hacia mi celda. Afortunadamente no me encontré a ningún fraile. Recogí, rápido, las hojas dictadas por Guimel, las enrollé y me las guardé en la pechera. Pasé por la sacristía, en donde encontré un largo y estrecho relicario de bronce, de tapa abatible. Enrollé las hojas, las envolví en un paño y las introduje en el relicario, cerrándolo herméticamente. Luego, lo oculté dentro de la manga, atravesé la huerta, me cambié de ropa y corrí con mi tesoro por el camino que desciende junto al río, con la idea de encaminarme al pueblo de mis padres.
Al llegar junto a la muralla de poniente -por cuya puerta había entrado en aquel pueblo hacía siete meses- vi mucho movimiento de gente que entraba y salía. Temeroso de que, en el camino, alguien me arrebatara mi tesoro, pensé que lo más sensato era esconderlo en algún hueco, oculto entre los sillares de la muralla. Observé que en el lienzo de la muralla, en que se abre la puerta de poniente, la disposición y colorido de sus diferentes piedras dibujaban la caprichosa figura de un águila gigantesca, con sus alas desplegadas, y que, justo debajo de las garras de sus patas, había un estrecho y profundo agujero, a pocos palmos del suelo. Afortunadamente, delante de aquel escondrijo crecían unos arbustos, los cuales me permitieron -sin que nadie me pudiera observar- esconder el relicario y taponar el hueco con una piedra que encajó a la perfección, al golpearla con otra.

Libre ya de aquellos papeles que había sentido arder en mis manos, bajé confiado hasta la calzada, emprendiendo la marcha con dirección al pueblo de mis padres. Ya había caminado media legua cuando escuché a mi espalda el traqueteo de un carromato, tirado por una mula. El joven que lo conducía tenía aspecto amable, por lo que le hice señal de que parase. Le dije la verdad, que iba al pueblo de mis padres de donde me había marchado hacía siete meses y que estaba impaciente por verlos, ya que, al ser judíos conversos, corrían inminente peligro. Por ese motivo le suplicaba me permitiera acompañarle en el carro. El joven me invitó a subir junto a él. Me dijo que también él era judío "converso", aunque sólo de fachada, y que vivía en el pueblo del que yo había salido ahora. Me dijo que se dedicaba a la venta de paños por pueblos y aldeas del territorio de los duques, a quienes tenía que pagar sustanciosos tributos. A cambio, el duque le había provisto de una carta declarando su ejemplar comportamiento como neoconverso, lo que le protegía de las inspecciones del santo oficio.
Llegamos a mi pueblo. Pasado el puente sobre el río nos despedimos. Él se marchó hacia la plaza del mercado. Yo me dirigí a la casa de mis padres. La incertidumbre y el temor se habían apoderado de mí. Sentía trotar mi corazón como un caballo desbocado, cuando al entrar en el barrio judío volví a contemplar la casa de mis padres, después de siete meses. Me precipité hacia la puerta y sentí desvanecerme. Dos tablones, cruzados en aspa, pintados de verde y cubriendo la cerradura, habían sido clavados por los oficiales de la Inquisión sobre el marco de la puerta.
Loco de rabia y dolor, temiendo lo peor, corrí a casa del lanero Zacarías. Cuando me vio el anciano, me abrazó llorando. Me contó que mi padre le había confesado no poder soportar más mi ausencia y que ni él ni mi madre podían seguir fingiendo adhesión a una religión en la que no creían. Por eso habían decidido marcharse clandestinamente a Portugal, con el dinero ahorrado y el conseguido en la venta de algunos enseres, antes de que los inquisidores descubrieran su engaño. Se habían marchado hacía una semana y, al día siguiente de su huída, los del santo oficio registraron la casa y la clausuraron. Otros judíos relapsos no habían tenido la misma suerte y los habían encarcelado en las mazmorras del palacio ducal.
Traté de consolar a Zacarías,lo abracé aguantándome el llanto, y en seguida me marché de aquel bello y querido pueblo mío, verde y azafranado, con dirección al sur, empujado por una mano invisible.

Poco antes de que yo terminara de transmitirte el relato, en voz alta, por el broche-emisor, ya habían regresado Samuel y Don Quijote a la cabaña, con medio perol de camarones. Ellos permanecieron de pie y atentos hasta el final del mensaje.
Samuel, emocionado, se cubrió los ojos con las manos, durante unos instantes, que Don Quijote aprovechó para sugerir:
-¿Qué os parece si hacemos un breve descanso, y que Samuel recupere fuerzas con estos deliciosos camarones que la mar pródiga nos ha regalado?
Así lo hicimos. Y, tras degustar aquel frugal refrigerio, Samuel reanudó su relato y, luego, nos invitó a acompañarle en la búsqueda del manuscrito de las revelaciones que Guimel le dictó aquella noche de febrero de 1514.
Pero de todo ello te informaré en mi próximo mensaje. Por hoy ya es demasiado. Saludos cariñosos a todos. Tinterico.


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Revelaciones del diablo arrepentido - (Cap. I)

viernes, 28 de marzo de 2008


Toby, en mi anterior mensaje te prometí contarte, en persona y de viva voz, cuanto escucháramos al Monje Enigmático durante nuestro viaje de regreso a casa. Pero el hombre propone y Dios dispone. Nuestros planes quedaron alterados debido a una inesperada ocurrencia de Merlín. Ya nos habíamos ataviado, Don Quijote y un servidor, con sendas túnicas cortas, roja la suya y verde la mía, al más puro estilo de los peripatéticos. El monje había introducido nuestras figurillas en una bolsa que ató a su cintura, cuando vemos a Merlín entrar por la puerta de la escalera de caracol, muy apresurado.

-Esperad, amigos -gritó, levantando el brazo y mostrando una cajita roja-. Tomad un recuerdo mío.
Muy sonriente, se acercó, abrió la cajita y sacó de ella una fina y reluciente cadena de la que pendía una esferilla de vidrio. Se la colocó a Don Quijote en el cuello mientras le decía:
-Acepta este obsequio, valeroso y dilecto ahijado mío.
-¿Qué es y para qué sirve, aparte de su indiscutible belleza, gran Merlín? -preguntó Don Quijote.
-Es una janua témporis. A través de ella tú y tus acompañantes podréis presenciar lo ocurrido en el pasado, lo que ocurre en el presente y lo que ocurrirá en el futuro, en el lugar de cualquier mundo, real o imaginario. Y no sólo podréis observar, sino intervenir activamente.
-¡Cielos, qué maravilla! -exclamó Don Quijote! ¿Y precisa de algún requisito para que funcione?
-Sólo uno: que se utilice en beneficio de los demás, como fin primario.
-¿Y, si por error o falta de voluntad, no me propusiera tal finalidad?
-Sencillamente no funcionaría.
-Mil gracias, Merlín. Te prometo no defraudarte ni menospreciar la confianza que has puesto en mí con tu insigne regalo.
-No podría esperar otra cosa de tu noble proceder -dijo Merlín-. Y para tu fiel compañero Tinterico -añadió, sacando de la caja un pequeño broche que prendió en mi pechera- este grabador-reproductor-transmisor-receptor, cuya batería se recarga con ondas de energía onírica, es decir mientras Tinterico duerme y sueña.


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-Déjeme besarle esas manos dadivosas y taumatúrgicas, fantástico Merlín -le contesté, plantándole dos sonoros besos en ellas.
-Y, para vuestro amigo el discreto monje, esta hermosa prenda -dijo, quitándose la capa azul salpicada de estrellitas de plata y colocándosela sobre los hombros-. Con ella podrás volar, como un meteorito, a donde te propongas.
-Le prometo, glorioso Merlín -declaró el monje agradecido- que siempre enalteceré su magnanimidad y fantasía; y que pasearé orgulloso esta capa por todo el orbe y el más allá, como un tuno del más acá.
Merlín, con dos lagrimones bailándole en los ojos, nos abrazó y, sin más palabras, volvió la espalda y se dirigió hacia la escalera.
Salimos con el monje fuera del castillo. Un soplo de frescura y libertad nos acarició la cara. Eran justamente las tres de la tarde del día uno de febrero. Tal fue el entusiasmo de Don Quijote que, tras haber andado cincuenta metros y topando con una roca de metro y medio de alta, dio un doble mortal de espaldas, encaramándose sobre ella ante el asombro de nuestros incrédulos ojos. A continuación respiró profundamente, puso los brazos en cruz con las palmas de las manos hacia el cielo, oteó el horizonte y exclamó:
-¿Cómo es posible que exista el mal, oh sol magnífico, en un mundo en que tu luz y tu calor lo alegra todo? ¿Qué fin habría de tener? ¿Qué necesidad hay de su presencia? ¡Contéstame, sol radiante, tú que das vida, color y belleza a esta Tierra nuestra!
-No creo que el astro rey te conteste, amigo -dijo el monje enigmático-. Bastante hace con realizar bien su tarea de calentar e iluminar. Pero yo sí puedo ilustraros sobre ese tema con cierto fundamento.
-Por nuestra parte estamos impacientes de escucharte. ¿Verdad Tinterico?
-Sí -confesé- porque el debate del castillo parece haber quedado algo incompleto, falto de la aclaración de la cuestión sobre el mal. Pero ¿creéis que algún ser humano pueda conocer la razón de su existencia?
-Mirad -dijo, mientras nos dirigíamos por la explanada, cubierta de musgo y hierbecillas, hacia el camino que baja serpeando el cerro peñascoso-. Como ya le concedí a Zaratustrón, cada cual tiene su propia perspectiva de la realidad. Es decir, aunque la realidad sea una sola, su interpretación es múltiple, dependiendo del punto de vista de cada sujeto, información que posea, grado de perspicacia, etc. Esa es la razón de que haya tantas filosofías, religiones y opiniones en general sobre cualquier asunto, incluido el del mal. Pero de lo que no cabe duda es que el mal existe.
-¿Y el mundo no pudo ser hecho sin la presencia del mal? -preguntó Don Quijote.
-Por supuesto que sí. Pero este mundo fue intencionadamente planificado para que fuera tal como es.
-¿Ah, sí? ¿y cómo lo sabes? -volvió a preguntar Don Quijote.
-No serán mis palabras las que traten de convenceros, sino vosotros mismos vais a ser testigos de cómo se produjeron los hechos que determinaron que el mundo sea como es, gracias a los portentosos obsequios de Merlín.

A continuación, el monje agarró con una mano a Don Quijote y a mí con la otra, y nos acercamos al borde del despeñadero.
-¡Saltemos! -gritó el monje.
Y, cobijados bajo la estrellada capa de Merlín, surcamos el aire, como tres saetas, rumbo a la costa sureña. Mientras volábamos, el monje rogó a Don Quijote que ordenara a la esferita de cristal el llevarnos al lugar y momento en que él fue visitado por Guimel, un extraño personaje conocedor de intrincados secretos.
Hízolo así Don Quijote con voz solemne y gesto grave. De inmediato, descendimos sobre una hermosa playa de la costa gaditana, hacia las siete de la mañana de un precioso día de mayo. El monje se adelantó y fue caminando a pocos metros del mar, con la mirada en el cercano pinar, envuelto en un ligero vaho dorado. Nosotros oteábamos, recelosos, cuanto se divisaba en derredor nuestro. A nuestra espalda, en la lejanía, se alzaba la gótica silueta de un templo.
-Junto a ese templo se halla el monasterio al que pertenezo -dijo el monje.
-¿A dónde vamos entonces? -preguntó Don Quijote.
-A revivir mi encuentro con Guimel -contestó el monje.
-Y...
Don Quijote dejó en suspenso su pregunta, ante la repentina aparición de una barquichuela en la que un hombre remaba, con energía pero silenciosamente, tratando de acercarse a la orilla.
El monje levantó su mano derecha, se detuvo y esperó a recibir al visitante. Nosotros nos detuvimos tras el monje, observando al recién llegado. Era un hombre alto y enjuto, de tez aceitunada, pelo muy corto y canoso, túnica azul y un birrete negro.
-¡Hola! -saludó el hombre- soy Guimel. Obediente a vuestros deseos he venido presuroso a revivir el encuentro que, hace tiempo, tuve contigo, hermano monje. ¿No es así?
-Así es. Gracias, Guimel, por acudir diligente a nuestra llamada.
-Y bien, ante todo quiero que tus amigos -dijo dirigiéndose a Don Quijote y a mí- tengan una ligera idea de quién soy. Mi nombre es Guimel, como ya sabéis. Mi existencia comenzó mucho antes de que se produjera la explosión con que se inició la expansión de este vuestro universo.
-Un momento -clamó Don Quijote, dando un salto y cuadrándose delante de Guimel-. ¿Juras decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
-¿La verdad? -Guimel se sonrió con aire escéptico-. Estad tranquilos que no voy a engañaros. Pero el problema de la verdad está no tanto en su revelación sino en que el sujeto la comprenda.
-Algo es algo -contestó Don Quijote no muy conforme-. No sé, no sé... ¿Así que el mundo empezó con una explosión? Mal augurio.
-No os quepa duda -continuó Guimel-. El universo empezó a desarrollarse a partir de aquella fantástica explosión. Tampoco es que a nosotros, los moradores del mundo celeste, nos sorprendiera sobremanera. Desde remotísimas épocas habíamos presenciado el nacimiento de innumerables universos, diseminados en la inmensidad del espacio infinito...
-Perdone, amigo -se atrevió Don Quijote a preguntarle- ¿por ventura su merced es un espíritu celestial? ¿un ángel?
-Tutéame, por favor, que eso hace sentirme más joven. Sí y no. Yo fui un ángel, como tantos otros moradores del mundo de los espíritus puros. Como todos ellos, gozaba de una existencia felicísima, consciente de mi estrecha unión y amistad con la divinidad y con todos aquellos espíritus angelicales.
-¿Te das cuenta, Tinterico? -díjome Don Quijote-. Esta va a ser la más venturosa experiencia con que vamos a vernos agraciados en esta nuestra vida tinteril. Abramos bien los ojos, oídos y demás sentidos, para no perder detalle.
-Vamos, Guimel -suplicó el monje-, relata a mis amigos la increíble historia que me contaste. ¿Qué os parece si nos sentamos sobre esa roca que sobresale entre la arena?
-Comprendo -comenzó relatando Guimel- que os resulte muy difícil, prácticamente imposible, que entendáis las realidades de allá con palabras de acá. No obstante procuraré explicarlo de forma que os forméis una vaga idea de ellas. Mirad. Los ángeles son seres muy bellos, con una inteligencia clarividente, penetrante y rápida como el rayo, una insospechada capacidad para realizar las obras más sorprendentes, una voluntad inflexible que, aunque por propia naturaleza tiende al bien, lo hace con libertad absoluta.
-¿Y cómo puede ser bello un espíritu si carece de rostro y de miembros físicos? -preguntó curioso Don Quijote.
-Es que la belleza, como la verdad, como la bondad y tantas otras propiedades, son realidades eminentemente espirituales. ¿Quiere decirme, caballero Don Quijote, qué diferenciaba a Aldonza Lorenzo de Doña Dulcinea del Toboso, por ponerle un ejemplo?
-Cuidado con las comparaciones, don Guimel -le amonestó Don Quijote- que me parece que está pisando arenas movedizas.
Guimel, sin tomar en consideración el comentario, continuó diciendo:
-Aldonza y Dulcinea eran físicamente semejantes. Una y otra poseían órganos y miembros parecidos. No obstante ¿por qué Dulcinea era incomparablemente más bella que Aldonza? Porque ella poseía la realidad espiritual de la belleza -la cual sólo el espíritu puede captar- en grado muy superior a la de Aldonza.
-Respetando mucho sus canas y su singular sapiencia, dómine Guimel -contestó Don Quijote- dígole que yerra en lo que acaba de aseverar. En el ejemplo que aporta no hay más realidad que la excelsa belleza de doña Dulcinea, con la que graciosamente fue adornada por los cielos. La fealdad de Aldonza no fue otra cosa que una vil hechicería de mis envidiosos enemigos. Y, quien sostenga lo contrario, habrá de vérselas conmigo, ya sea príncipe, clérigo, soldado de la Santa Hermandad o de la guardia suiza del Papa.
-De acuerdo, caballero manchego. Le pido mil disculpas y también le ruego me permita explicarles cómo son los espíritus celestiales. Vamos a ver. Humm...
Guimel se quedó un momento pensativo. Se le veía incómodo con la susceptible actitud de Don Quijote. Miró al mar calmoso que se rizaba con el leve soplo de la brisa levantina. Luego alzó la cabeza y contempló las gaviotas volando por encima del pinar. Finalmente nos observó a cada uno de nosotros. El sol hacía destacar el brillo aceitunado de su rostro y sus ojos grises, casi blancos como el pelo de su cabeza, que parecían esconder muchos secretos.
-¿Por qué no utilizamos los objetos con que Merlín nos ha obsequiado -sugirió el monje- y nos trasladamos al momento y lugar del que Guimel desea hablarnos?
-Feliz idea -celebró Don Quijote.
-Pero veo un inconveniente -dije- ¿podrá la capa estrellada con los cuatro?
-Si os parece -apuntó Guimel- podríamos ir en mi barca.
-Vamos allá -coreamos todos y, sin más dilación, nos subimos en ella.
Guimel se sentó delante. Quitóse la birreta y metiendo el dedo índice debajo de ella, le dio un impulso rotatorio a modo de hélice, y la barca despegó como un cohete. Luego plegó dos veces la birreta en forma de ángulo y la colocó sobre la banqueta de proa con el pico apuntando en la dirección deseada. En un instante atravesamos miles de galaxias, espacios etéreos e innumerables universos. Repentinamente nos topamos con una inmensa esfera de luz cambiante. Guimel se puso la birreta en la cabeza y la barca cayó blandamente sobre un mar de nubes doradas. Luego sopló suavemente sobre la proa, y la barquilla se deslizó por aquella superficie, llegando rápido a la orilla.
-Ya hemos llegado -dijo Guimel, volviendo la cara hacia nosotros-. Aquí empieza el universo de los espíritus celestiales. ¿Qué os parece?
Nosotros mirábamos, asombrados, la fantástica playa de finísima arena azul, extendiéndose sin fin por ambos lados, y cercada de suaves dunas de diminutos diamantes.
-Precioso -alabó Don Quijote-, pero no se ve un alma en cien leguas a la redonda.
-No obstante, seguro que nos están observando. No los vemos porque aún no se ha adaptado nuestra vista a esta nueva realidad -aclaró Guimel.
-¿Probamos ya con la esferita de Merlín? -propuso el monje.
-¡Sí! -dijimos a coro-. Estamos impacientes por ver lo que pasaba en los cielos en aquellos tiempos remotos.
Guimel, tomando entre sus dedos la esferita colgante del cuello de Don Quijote dijo a éste:
-Repita, caballero, las palabras que voy a pronunciar: "Permítenos, oh janua témporis, a mí y a estos mis amigos, poder penetrar en el celeste reino angelical y asistir al momento inmediatamente anterior a cuando en la Tierra aparecieron los seres humanos."
Don Quijote repitió las palabras con voz solemne y los ojos clavados en la pequeña esfera, impaciente por taladrarla y abrir la puerta del tiempo. En el acto sentimos una fuerza, como la de un ciclón, que nos arrebataba y transportaba a aquella época del mundo angelical.
¿Cómo describir la visión maravillosa de aquel mundo? Imposible hacerlo con palabras e imágenes de éste. Mas, aunque sólo sea una pálida y torpe sombra de aquella visión, diré que era como un país inmenso, exuberante, de colores, sonidos, aromas y sensaciones que embriagaban e inundaban el espíritu de felicidad y euforia. Estaba rodeado de majestuosas montañas de colores desconocidos y formas caprichosas y cambiantes. De las escarpadas rocas de cristal saltaba briosa el agua en formidables cascadas, discurriendo después, en arroyos y ríos transparentes y cantarinos, a través de praderas tapizadas de flores. Por doquier resonaban los coros angélicos con melodías y cánticos conmovedores.
-El estado de feliz exaltación y alegría es peremne en el mundo angelical -manifestó Guimel-. Pero en estos momentos con mayor motivo, ya que se está celebrando la creación divina del universo de los humanos y su exitoso desarrollo con la valiosa cooperación de todos los ángeles.

Decidimos hacer una rápida excursión, sobrevolando a poca altura aquellos parajes. El monje extendió la capa estrellada. Don Quijote y yo nos introdujimos en los bolsillos interiores de la capa, que nos permitían llevar medio cuerpo fuera. Guimel volaba, por su cuenta, junto a nosotros, comentándonos cuanto iba apareciendo ante nuestros ojos.
-¿Veis esos bosques umbrosos? -dijo Guimel.
-Sí -conntestó Don Quijote- y creo que por ellos pasean seres hermosísimos, muy distintos a nosotros.
-Es cierto -corroboré yo. Sus etéreas figuras parecen muy concentradas en animada conversación.
-Son ángeles poetas -nos aclaró Guimel-. Los conozco a todos ellos. Crean bellos poemas que recitan, escuchan y compiten por superar entre ellos.
-¿Los ángeles no duermen? -preguntó Don Quijote.
-Ja, ja -rióse Guimel-. No, los ángeles no tienen desgaste alguno, no se cansan y, por ende, tampoco les da sueño. Y lo mejor es que no se aburren, porque su curiosidad ante la verdad es insaciable y ésta es insondable. Además su fantasía es inagotable y desbordante.
-Dichosos ellos -comenté yo- que pueden aprovechar el tiempo al máximo.
Seguimos volando y descubrimos artísticas imágenes y paisajes flotando en los aires de aquel privilegiado lugar.
-Es obra de los ángeles pintores -explicó Guimel.
Más adelante divisamos unos lagos plateados, sobre cuya deslumbrante superficie patinaban y hacían acrobacias parejas de ángeles y ángelas, acariciándose mutuamente con amorosas y embelesadas miradas.
-¿Pero también se enamoran los ángeles? -preguntó escandalizado Don Quijote.
-Naturalmente -contestó Guimel-. Y no de cualquier manera. El enamoramiento de los humanos es una caricatura ridícula en comparación del apasionado afecto angelical.
-¿Hay entonces ángeles varones y ángeles hembras? -pregunté curioso.
-Por supuesto -aseguró Guimel-. Mas el signo masculino o femenino no tiene en ellos ninguna connotación sexual como ocurre en los humanos. En los ángeles es una forma de ser, de sentir, de amar con amor sin el menor atisbo de lascivia. Por eso el enamoramiento angelical puede surgir entre ángeles de distinto o del mismo signo.

Llegamos a una playa de la costa opuesta a aquélla por la que habíamos entrado. Una multitud de ángeles se zambullía en las aguas impolutas del océano de los querubines.
-El baño en ese mar produce tal placer y arrobamiento en los ángeles que sólo ellos pueden resistirlo. Un humano moriría en el intento, de inmediato.
-Gracias por advertirlo, señor Guimel -dijo Don Quijote-, porque ya estaba pensando en lanzarme al agua.
A continuación pasamos por encima de unos campos poblados de árboles de curiosas formas, tonalidades y aromas, con frutos de exquisito aspecto. Bandadas de ángeles acudían a saborear el jugo que de ellos goteaba. Guimel, con repentino impulso, descendió en picado hasta ellos, saludó con la mano a un grupo de ángeles, y arrancó un racimo de jugosas bayas que, en seguida, repartió entre nosostros.
-Deliciosas-alabó Don Quijote, saboreándolas-. Además paréceme como si mis sentidos e intelecto se hubieran agudizado con su jugo.

Continuamos volando y pronto observamos que el "terreno" se elevaba gradualmente de nivel hasta alcanzar una meseta de cuarzo blanquísimo, y en su centro una especie de plaza circular de enormes proporciones, rodeada de una escalinata de jaspe con muchas gradas de diversos colores, desde las que numerosas legiones de ángeles contemplaban un fantástico espectáculo: flotando en el aire se veía una gran esfera, viva réplica de la Tierra; y abajo, evolucionando sobre el verde pavimento de la plaza, el desfile de todos los ejemplares tipo, que componen la cadena de la evolución animal, desde el más simple protozoo hasta el homo erectus. Nosotros nos sentamos en un hueco de la grada más alta.
-¡Qué maravilla! -exclamamos, emocionados, Don Quijote y un servidor.
-Sí -confirmó el monje enigmático-. Es increíble. Entre el protozoo y el hombre no existe el menor parecido. Sin embargo, el paso de una especie a otra se produce de forma tan sutilmente gradual que evidencia, sin lugar a dudas, el fenómeno de la evolución.
-No entiendo nada -exclamó Don Quijote-. Explicadme por favor, clarito, qué es todo esto.
-Escuchad, amigos-dijo Guimel-. Hemos viajado desde la Tierra, en el año 2008, hasta el reino angelical en la época en que, en la Tierra, la evolución de la vida animal había llegado a producir humanoides con aspecto aparentemente idéntico al del hombre, como podéis comprobar si observáis los bellos ejemplares que ahí están desfilando.
-¿Y no son seres humanos? -pregunté yo.
-No -contestó Guimel-. Esos individuos de aspecto humano, así como todos los ejemplares de la escala evolutiva, producidos hasta ese momento de la evolución, eran puras máquinas o robots, como ahora les llamarían, porque carecían de espíritu.
-¿Y fue Dios, directamente, quien creó y diseñó minuciosamente esa evolución, marcando todos los pasos que debería recorrer necesariamente hasta ahora? -volví a preguntar.
-Dios nos propuso una gran tarea -aclaró Guimel-. Él crearía el germen del universo al que pertenece la Tierra. Ese germen contendría dentro de sí, condensados en grado inimaginable para vuestras mentes, los elementos constitutivos de todos los seres que deberían existir en el futuro en ese universo, de acuerdo con unas determinadas leyes físicas impuestas por Él. Pero quiso que la obra no fuera exclusivamente de su autoría. A sus ángeles -yo entre ellos- nos invitó a participar en la creación, aportando cada uno su especial don: su capacidad para la ingeniería, cálculos matemáticos, leyes físicas, creatividad plástica, literaria, musical, etcétera; ideando organismos; combinando soluciones posibles y compatibles entre sí, respetando las leyes físicas y lógicas, y evitando al máximo los resultados indeseables. Así lo hicimos. Se produjo el big-bang, se formó el universo y, desde ese momento, todos los ángeles trabajamos poniendo en marcha una evolución que daría como resultado en la Tierra, una población abundante y variada de bellos seres vivos, en un derroche de imaginación y atrevimiento.
Por eso en aquel momento -que ahora estamos reviviendo- celebraban eufóricos ese prodigioso acontecimiento. Yo también lo celebraba, gozoso, con mis compañeros los ángeles ingenieros, orgullosos de aquella obra magnífica. Pero...
-¿Ocurrió algo inesperado? -pregunté.
-Juzgad vosotros mismos -dijo Guimel.
En aquel instante Guimel desapareció de nuestro lado, pero pronto lo vimos, varias gradas más abajo, charlando animadamente con un nutrido grupo de ángeles que no cesaban de reir, saltar y gesticular. Decidimos bajar hasta donde él se hallaba, para escuchar disimuladamente su conversación.
Ya no nos cabía duda. Guimel había sido, efectivamente, uno más de los ángeles ingenieros que participaron en la obra de la Tierra.
De pronto, un viento huracanado barrió el jolgorio de voces, risas y músicas celestiales, imponiéndose un silencio mayestático.
Sobre el cenit de la plaza y tras un relámpago como el de la explosión de mil soles, apareció Gabriel, el heraldo de Dios. Todos los moradores de aquel privilegiado paraíso -incluidos nosotros los infiltrados- permanecimos expectantes, pendientes de su mensaje.

-Dios me ha encomendado que os dé una gran noticia -comenzó diciendo-. Una vez que la Tierra -gracias a la acción divina y a la cooperación de todos nosotros- ha alcanzado el grado de desarrollo que ya conocemos, Dios ha decidido lo siguiente:
Como todos sabéis, los seres de vida animal han sido ideados y realizados dotándolos de un organismo que nace de otro animal y se desarrolla mediante un mecanismo de estímulos y respuestas de tipo reflejo, puramente material. Estos seres no sufren ni padecen, pues carecen de conciencia. Así ha sido desde que aparecieron sobre la Tierra hasta hoy. Desde mañana -el mañana terrestre- va a tener lugar una innovación que afectará radicalmente a esos seres y también a todos nosotros.

(Gabriel hizo una pausa. Desde la encumbrada elevación en que se hallaba, paseó su mirada de taladrante luz en las de la multitud de ángeles que aguardaban la magna noticia. A nosotros aquel silencio nos produjo daño físico). Luego continuó:

-Desde mañana, a cada uno de esos organismos animales le será infundido un espíritu. Dejarán de ser máquinas para convertirse en individuos dotados de cuerpo y espíritu. El cuerpo condicionará y limitará la libertad y la capacidad de acción del espíritu en mayor o menor grado según que el organismo sea más o menos complejo, conforme al tipo de animal de que se trate. El máximo grado será el del ser humano, en el que la libre voluntad, la capacidad intelectiva y demás facultades del espíritu, que le será infundido, contarán con unas condiciones físicas más favorables para su manifestación.
-¿Me permites, Gabriel, una pregunta? -intervino con voz limpia y resuelta, un ángel de bellísima prestancia.
-Habla, Luzbel, ¿qué deseas preguntar? -díjole Gabriel.
-Todos nosotros sabemos -porque hemos intervenido en esa magna obra- que las leyes físicas del universo al que la Tierra pertenece, combinadas con los elementos que lo constituyen, y las características individuales de cada animal, impondrán a estos seres una serie de situaciones adversas, agresivas, dolorosas, crueles e incluso insoportables a veces, aunque puedan verse también beneficiados con situaciones gratas y placenteras. Pero, en conjunto, tendrán una existencia difícil para un ser con conciencia como es el espíritu. Necesariamente, en los animales terrestres el dolor y el sufrimiento serán superiores y más abundantes que el placer y el gozo. ¿Qué necesidad hay de que sean infelices los espíritus de todos esos seres? Si el originario propósito divino fue crear un mundo poblado de seres físicos dotados de espíritu, ¿por qué no lo planificó de forma que el mal quedara descartado?
-Te contestaré hasta donde estoy autorizado, Luzbel -respondió Gabriel-. La Tierra fue planificada por Dios con inclusión del mal, contando con que habría de poblarse por animales dotados de espíritu, por varias razones. La primera porque así lo creyó conveniente. La sengunda para demostrar la fuerza del libre albedrío de sus criaturas racionales, como es el hombre. La tercera para hacer realidad otra posibilidad de ser. Y la cuarta, por una razón que nos atañe muy directamente a los espíritus angelicales.
-¿Y qué razón es ésa? -preguntó Luzbel, elevando la voz.
-Escuchad muy atentamente -dijo Gabriel, haciendo después una larga pausa, en la que llegó a escucharse el murmullo del mar lejano-. A nosotros los ángeles nos dotó Dios de una naturaleza espiritual con unas facultades excelsas de penetración intelectiva, creatividad, ardiente voluntad para amar el bien y absoluta libertad para actuar. Existimos en un mundo privilegiado, mimados por Dios. Nuestra felicidad es plena, sin la menor sombra de tedio o tristeza. Hasta ahora, desde los remotísimos tiempos en que fuimos creados, y a pesar de nuestro libérrimo albedrío, ninguno de nosotros ha realizado el menor acto desordenado o disconforme con la voluntad divina. ¿Por qué? Porque la nitidez de nuestro intelecto no nos permite el menor engaño, ni error. Y nuestra voluntad, a pesar de la absoluta libertad con que actúa, no puede querer nada que no esté conforme con la verdad. ¿Qué mérito personal tiene nuestra conducta inmaculada? Ninguno. ¿Qué razón hay para que unos ángeles ocupen puestos de mayor o menor prestancia? Ninguna. Las acciones de cada uno de nosotros poseen idéntica rectitud. Éste es el motivo por el que Dios ha decretado que la totalidad de la corte angelical sea sometida a una prueba dificultosa y decisiva. El resultado de la misma decidirá el grado meritorio de cada uno y el puesto que le corresponderá ocupar ante el trono de Dios.
-¿En qué consistirá esa prueba? -inquirió Luzbel.
-En lo siguiente -contestó Gabriel con palabras agudas y vibrantes como dardos de fuego-. Cuando yo termine el mensaje, todos y cada uno de nosotros nos acercaremos a la playa de las arenas azules. Cogeremos un granito de arena que, automáticamente, quedará incrustado en el centro de nuestro espíritu. Ese granito de arena lleva marcado de forma aleatoria cuándo y en qué animal deberá insertarse. Una vez llegado ese momento, el granito de arena impulsará al espíritu a trasladarse a la Tierra y unirse al ser vivo animal al que ha sido destinado. Desde ese momento el espíritu quedará privado de la memoria de su existencia en el mundo angelical. Una vez finalizada la prueba de la vida terrestre, Dios valorará las dificultades y circunstancias más o menos favorables o adversas que haya tenido y su esfuerzo en ajustar su conducta al código instintivo o racional grabado en su naturaleza; el espíritu ocupará el puesto que le corresponda en la corte angelical y recuperará la memoria de la totalidad de su existencia.
-Ya hace tiempo -comentó Don Quijote en voz alta, provocando un aluvión de miradas angelicales sobre nosotros- que me había parecido vislumbrar en la mirada de Rocinante ciertas reminiscencias seráficas.
-¿Rocinante? -exclamó Gabriel sorprendido y algo desorientado- Por favor, Miguel, ¿puedes prestar atención y dejar tus sueños literarios para otra ocasión?

Un rumor de voces apagadas fueron creciendo a lo largo y ancho del reino angelical, unos a favor y otros en contra de la decisión divina.
-¡No puede ser, no puede ser! -gritaba Guimel junto a Luzbel y demás ángeles ingenieros.
-¡Dejaremos de ser ángeles! ¡Nos convertiremos en monstruos!
-¡No lo permitas, Dios, Padre nuestro!
-¡Ten piedad de tus hijos! ¡Será nuestra perdición!
-¡No aceptaremos semejante disparate! -tronó Luzbel, elevándose por los aires, arrogante, en un salto fantástico- ¡Uníos a mí cuantos rechazáis semejante atropello!

-Ante tal sedición -explicó el monje enigmático- el arcángel Miguel y la mayoría de los ángeles se enfrentaron a los disidentes, tratando de convencerlos de su yerro. Pero Luzbel y sus seguidores -entre ellos Guimel-, conscientes de haber perdido el amoroso lazo que los unía a Dios y a los ángeles fieles, sintieron la imperiosa necesidad de abandonar el mundo angelical. Volaron fuera, dirigiéndose a distintos puntos de nuestro universo, muchos de ellos a nuestra Tierra.

Poco después volvió a aparecer Guimel junto a nosotros, sobre la meseta de cuarzo. Don Quijote se le quedó mirando, sorprendido y confuso.
-Pero, entonces, don Guimel, ¿a los ángeles rebeldes no los arrojaron a las calderas del infierno?
-No -respondió Guimel-. Ni los ángeles rebeldes ni nadie va a ese infierno. Unos y otros purgaremos nuestras culpas en nuestro paso por la Tierra.

Sujetos a la capa estrellada del monje, volvimos por la misma ruta que habíamos traído. En la playa azul vimos a los ángeles fieles recogiendo su granito de arena.
Después pasamos a la otra playa. Subimos en la barca de Guimel y emprendimos el regreso a la Tierra, hasta la playa del monje enigmático.
Desde allí te estoy enviando este mensaje, Toby, a través del precioso artilugio, regalo de Merlín. Espero que el próximo pueda enviártelo sin tanta dilación. Abrazos a todos los amigos. Tinterico.
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La familia de la Tía Pascuala - (Cap. VI y último)

martes, 19 de febrero de 2008
Por fin, Toby, por fin. ¡Que disparen campanas y echen a vuelo los cohetes! Hay motivos para el optimismo, digan lo que quieran Chinda, Rasputilla y el Zaratustrón. No todo es malo en el mundo, ni hay dolor que mil años dure, ni cristiano que lo aguante. ¿Que por qué te digo esto? Sigue leyendo, que ya te enterarás al final del mensaje. Pero, ahora, un poquito de paciencia y atiende cómo ha terminado el asunto de la Tía Pascuala y su familia.

Una vez que, con los pijamas tiesos como carámbanos, Don Quijote y un servidor acabamos de transmitirte el final del manuscrito de Chinda, a eso de las tres de la madrugada del 31 de enero, ya nos disponíamos a retirarnos a dormir en el cofre, cuando escuchamos una risita nerviosa, recorriendo la bóveda como un remolino.
-¿Has oído, Tinterico? -me susurró Don Quijote, mirando a las alturas.
-Sí -le contesté-. ¿No habrá sido un gato o un cuervo?
-No lo creo. No hace noche para andar por ahí arriba de juerguecita, ya sea gato, cuervo u otra criatura de este mundo o del...
Don Quijote no terminó la frase, porque una voz trompetuda penetró por la ventana de poniente:
-¿Dónde estás, amigo Merlín? Ji, ji, ji. ¿Dónde estás, chiquitín? Vamos, querido, soy Asmodeo tu vecino. Quisiera hablar contigo. Ji, ji, ji.
Las oscilantes llamaradas de los leños, en el fogón, arrojaban un rojizo resplandor sobre las paredes y suelo próximos. En las alturas relucían las estrellas, enmarcadas con los arcos ojivales de las ventanas; el resto era un denso velo de tinieblas.
-¿Tú amigo mío? Taimado bujarrón, ¿qué necesitarás de mí que tan modosito te muestras? -resonó la voz de Merlín desde la ventana de levante.
-¿No sabes que pronto estaremos en febrero?
-Sí ¿y qué mas? Ni me entristece la cuaresma, ni me alegra el carnaval.
-¿Ni tampoco San Valentín?... Déjalo, es broma.
-Suelta de una vez lo que tengas que decirme -le apremió Merlín.
-Verás. A pesar de que, sobre nosotros, se han contado muchas historias, hay una que afecta a nuestra buena reputación de forma muy especial. Ya sabes a lo que me refiero. Esa historia que sostiene que yo soy tu padre, fruto de mis lujuriosas relaciones con una monja.


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-Ya, ya. Esa es la mayor mentira, inventada por mis enemigos -protestó Merlín.
-Pero la cosa se ha complicado -continuó Asmodeo-. Tú bien sabes que mis ahijadas Chinda y Minga, hace ya más de cinco meses que faltan del castillo.
-Afortunadamente -contestó Merlín-, porque ¡vaya par de cacatúas están hechas! Cuando ellas están aquí, no hay bicho viviente que pegue ojo.
-Bueno, lo cierto es que Chinda y Minga, sorprendentemente, están tan asustadas que se han negado a volver al castillo, mientras estén en él las figurillas de Don Quijote y de Tinterico.
-¿Cómo van a volver, con el vapuleo que mis protegidos les propinaron en el centro médico y en las Oropéndolas? -dijo Merlín, explotando de risa- Pues sí que te luciste dotándolas con tus prodigiosos poderes. Seguro que el spray que les diste estaba caducado. ¡Hay que renovarse, viejo tartufo!
-Menos coña. De eso ya hablaremos en otra ocasión. Ahora lo que quiero es negociar contigo.
-¿Qué quieres que negociemos?
-Atiende. Cuando mis ahijadas, Chinda y Minga, ignominiosamente, salieron de Las Oropéndolas, montadas en el triciclo, estaban tan desorientadas y abatidas que, al pasar junto a un convento de monjas de clausura, se les ocurrió tocar la campanilla de la portería. Acudió rauda la hermana portera a abrir la puerta y detrás de ella se presentó sor Celestina, la madre superiora. Chinda y Minga, adoptando una ejemplar mansedumbre, manifestaron que en la pasada madrugada había irrumpido en su habitación una luz cegadora y una voz que les decía: "Ovejitas mías, Chinda y Minga, quiero que entréis a formar parte de mi rebaño en el convento de monjas del Buen Pastor." Sor Celestina las acogió con los brazos abiertos. Les entregó la túnica de postulantas y les asignó una celda, así como tareas en la cocina y en el coro. A estas alturas no sé cuántas trifulcas habrán tenido con la comunidad, pero de lo que sí me he enterado es que la madre maestra, sor Ciriaca -que da clase de ascética y mística a postulantas y novicias, y es una monja culta y latiniparda- se ha propuesto leerles la historia del rey Arturo y los caballeros de la tabla redonda.
-¿Y qué tiene que ver el culo con las témporas?
-Mucho. Sor Ciriaca, por muy monja que sea, está inflada de vanidad. Ella disfruta alardeando, ante sus discípulas, de entendida en historias medievales. Si no lo impedimos, pronto circulará por doquier -de labios de sor Ciriaca- el rollo ese que supone que tú eres hijo mío y de una monja, como en esos mamotretos se cuenta. Aunque falso, ocasionaría un gran perjuicio a nuestra honra.
-Sobre ese particular, viejo galápago, -contestóle Merlín- puedo asegurarte que, tanto mis amigos como yo, sabemos muy bien que tal historia es una patraña, y nos trae al fresco que sor Ciriaca le cuente a tus brujas que tú te entendiste con la madre abadesa o con la hermana tornera. Ahora bien, si lo que pretendes es que las brujas vuelvan al castillo a cambio de que las figurillas de mis amigos sean devueltas a su casa, acepto el trato. Pero, primero, debemos contar con los interesados. ¿Te parece bien?
-Vale, vale. Convócalos.

Nosotros, sentados sobre la mesita, en el hueco entre el cofre y un cajón de higos secos de Almería, con nuestros pijamas invisibles, y amparados en las sombra, no habíamos perdido ni una coma de la cháchara de Asmodeo y Merlín. Así que aprovechamos para ponernos de acuerdo sobre las condiciones que deberíamos pedir a cambio del favor a las brujas.
-¡Hola, amigos! ¿Estáis despiertos? -nos saludó Merlín con voz meliflua, como la de una tierna madre.
-Sí -se apresuró Don Quijote a contestar-. Estamos impacientes por escucharte, gran Merlín.
-Mirad. El vecino de enfrente, Asmodeo, propone restituiros a vuestra casa, a cambio de que las brujas retornen a este castillo, sin que vosotros las molestéis; es decir, desapareciendo vosotros de aquí. ¿Aceptáis la propuesta?
-Por nuestra parte no hay inconveniente -contestó Don Quijote poniéndose de pie y arrebolándose su pijama con el resplandor del fogón-. Pero con dos condiciones.
-¿Qué condiciones?
-Expónlas, Tinterico -me ordenó Don Quijote.
-La primera -dije subiéndome en el cofre- es que se celebrará un debate en esta sala, al que deberán asistir: vos, príncipe de la magia; Asmodeo y sus invitados; y nosotros, con los doctos asesores que precisemos para aclarar y juzgar las actuaciones de los personajes que aparecen en los manuscritos de Cirilo, Zoilo y Chinda. La segunda condición: que nuestros paisanos afectados por el síndrome provocado por el agua de la Tía Pascuala queden, de inmediato, libres
de sus perniciosos efectos.
-Acepto vuestras condiciones, pues me parecen justas y necesarias -dijo Merlin.
-Yo también las respetaré, porque espero divertirme mucho descubriendo vuestra ignorancia -afirmó Asmodeo, carcajeándose-. ¿Cuándo queréis que se celebre el juicio?
-Mañana mismo, a las diez de la mañana, en esta sala -le respondí.
-De acuerdo -dijo Asmodeo-. Mañana nos veremos las caras.
Marchóse Asmodeo. Merlín se quedó un rato con nosotros. Le sugerimos que sería oportuno disponer la sala adecuadamente para tal evento. Sin titubear un segundo, Merlín chasqueó los dedos, quedando la sala surtida de cómodos y vistosos muebles: sofás, sillones, una gigantesca alfombra persa con bordados representando el mercadillo de los sábados y, sobre ella, una mesa redonda, monumental, cubierta de micrófonos, altavoces, grabadoras, cuadernos, bolígrafos y otras zarandajas. También había dos podios, uno a cada lado del fogón, para las intervenciones de los invitados.
Una vez que Merlín se fue, nos encerramos en el cofre, dedicándonos a organizar el desarrollo del debate.
De madrugada, cuando las cobrizas barbas de Apolo aún no habían acariciado las ventanas de las ojivas, Don Quijote y un servidor acudimos al árbol de los deseos a pedir que se nos concediera un atuendo y aspecto en consonancia con el evento. Se produjo un fogonazo y nuestros pijamas quedaron mudados en flamantes trajes de chaqueta negra, pantalón gris oscuro a rayas, camisa blanca, pajarita naranja y sombrero negro de copa. Sólo nos diferenciaba la estatura, más alta y esbelta la de Don Quijote, y más baja y rechoncha la mía; así como el color del pelo y la barba: blancos los suyos, y negros los míos.
A las 9:50 se encendieron los focos, convirtiendo la sala en un ascua tornasolada, al mismo tiempo que la rama de las bocas hacía vibrar el castillo con los sones de la Traviata.
A las diez en punto entró Asmodeo por la ventana de poniente, montado en un buitre negro con collar de nieve. Merlín lo hizo por la de levante, dentro de una pompa de jabón heno de pravia, envuelta en arcoiris.
Asmodeo, calvo y barrigudo, elegantemente ataviado con un traje gris plata, camisa rosa y corbata azul cielo, fumando un rollizo habano, se sentó en el sofá a la izquierda del fogón. Merlín llegó vestido con una roja túnica y verde capuchón, capa azul marino, salpicada de estrellitas de plata, barba y melena blancas, y sosteniendo un largo bastón. Se sentó en el sofá de la derecha. Nosotros ocupamos las sillas centrales, frente al fogón.


Don Quijote, en pie firme y con la afilada barba apuntando a una lechuza cobijada en la oscura hornacina que hay sobre el fogón, inauguró el debate en los siguientes términos:
-Hoy, uno de febrero del año 2008, quedará señalado en los anales de este castillo como una de las efemérides más notables de su historia. ¿Por qué motivo? Porque, reunidos en esta sala: Asmodeo, Merlín, Tinterico, yo (copia modestilla del auténtico Don Quijote), así como cuantos asesores fueren requeridos, se procederá a enjuiciar los comportamientos de Chinda, Minga y otros personajes relacionados con la Tía Pascuala, que aparecen en los manuscritos de Cirilo, Zoilo y Chinda. Manuscritos que, suponemos, han sido leídos y meditados por los señores participantes en el debate. La actuación de dichos personajes han suscitado muchas cuestiones, pero nos ceñiremos a la que consideramos más relevante como tema de nuestro debate, que a continuación resumo:
Cirilo y Pascuala creen que cuanto ocurre en el mundo obedece a leyes inexorables, que encadenan a las personas a circunstancias y condiciones que las obligan a actuar en un sentido determinado, por lo que no son responsables de sus actos.
-¿Has terminado ya, alguacilillo? -preguntó Asmodeo, dando un chupetón al puro y lanzando una bocanada de humo que sumió la sala en la niebla.
-¡Ojo con lo que dices, gordinflón -clamó Don Quijote- que el hábito no hace al monje y, aquí donde me ves con este traje de agente de seguros, puedo hacer que te tragues el puro por arriba o por abajo!
-Tiene toda la razón mi ahijado Don Quijote -dijo Merlín encarándose con Asmodeo-. Y si vuelves a incordiar, la batalla de Lepanto va a ser un juego de muñecas frente a lo que aquí se pueda armar.
-¡Huy, huy, qué miedo me dáis! -masculló Asmodeo, tosiendo y dándose puñetazos en el pecho como otro King Kong- Dejadme que me ría un poco, ja, ja, ja. Los humanos sois patéticos y ridículos. Os creéis señores de vuestros actos y de vosotros mismos, cuando en realidad sólo sois hojas movidas por el viento. Pero de esto prefiero que os hable un amigo mío, captador de los pálpitos y ritmos del ser. ¡Adelante, Rasputilla Remolinos!

En seguida dio una palmada y apareció ante el fogón un joven tirillas, con largas y finas patillas (y piernillas) luciendo cuatro pelos en la barba, camisa lila, pantalón bombacho canario, un lanudo gorro de astracán, y dando saltos como un cosaco.
-Ya vale, Rasputilla, y céntrate en el tema que estamos tratando -le amonestó Asmodeo.

-¡Ah, sí, perdonad! Efectivamente, Cirilo y Pascuala actuaron tal y como el destino lo había decidido. Cuanto Cirilo realizó en su vida lo hizo obfligado por una cadena de circunstancias y causas no elegidas por él, sino que se las impuso el destino. ¿Qué culpa tuvo él de que sus padres lo abandonaran en la inclusa, se criara en el hospicio, se encontrara con Rogelio Candiles, con Pepillo el Rubio, que estallara la guerra civil, etc.? ¿Por qué Cirilo mató a Pepillo el Rubio? -por citar un ejemplo- Decidme.
-Un momento -intervino Don Quijote-. Veamos, hermano Tinterico: de igual manera que Asmodeo se ha permitido la libertad de invitar como abogado de las brujas a don Remolinos ¿a quién te parece que podríamos llamar nosotros, que sea buen conocedor de este tema?
-Pues... -dije, tamborileando en la mesa, mientras repasaba de memoria un largo elenco de expertos entendidos, que yo había conocido en mi dilatada vida tinteril- ¡Ya está! Creo que el Monje Enigmático encaja aquí como anillo al dedo.
-Ea, señor Merlín -le rogó Don Quijote-, tráiganos, por favor, al Monje Enigmático, ya sea a nado o en volandas.
Merlín, muy sonriente, levantó el báculo, agarró el borde de su capa y, dando un fuerte tirón, emprendió un ascenso giratorio, como un tornado. Dio un topetazo en la cúpula y, en seguida, bajó, desplegó la capa y apareció bajo ella el Monje Enigmático, un joven rubio y lampiño, cubierto con un sayal y capuchón blancos.
-¡A ver, a ver! -exclamó Asmodeo, escudriñando al monje- ¿Quién eres? Juraría que te conozco.
-Puede que sí. Todo lo que es, también puede ser conocido -dijo el joven monje, enigmático- Y, bien, contesto a la pregunta de Rasputilla: Cirilo Expósito, aunque poseía unas oscuras y tentadoras razones para matar a Pepillo el Rubio, en definitiva lo mató libremente, porque él quiso. Nadie le obligó a ello.
-¿Ah, no? -respondió Rasputilla- Se supone que todos los que estamos aquí conocemos bien la historia que nos ocupa. Dime, entonces, Monje Enigmático ¿es verdad que Cirilo mató a Pepillo un día de primeros de julio del año 1936?
-Efectivamente -admitió el monje-, es una realidad que siempre será verdad.
-Si tal suceso es verdadero -arguyó Rasputilla- quiere decirse que, un mes antes de que ocurriera, era verdad que Cirilo mataría a Pepillo un día de primeros de julio de 1936. ¿Sí o no?
-Sí, claro, -aceptó el monje- y, mil años antes de que ocurriera, era también verdad.
-Entonces, eso quiere decir que Cirilo, necesariamente, tendría que matar a Pepillo ese día de primeros de julio de 1936, de lo contrario no habría sido verdad, antes de que el suceso ocurriera. Pero, de hecho, era verdad.
-No nos líes, tramposo Rasputilla -protestó Don Quijote-. Si Cirilo hubiera querido, no habría matado a Pepillo y, en tal caso, la verdad habría sido lo contrario a lo que ocurrió.
-Precisamente ahí radica la fuerza del destino -le respondió Rasputilla-: que, aunque Cirilo pudo querer otra cosa, lo que en realidad quiso fue lo que ocurrió, que mató a Pepillo tal día.
-No estoy de acuerdo con lo que dices -replicó el monje-, porque estás dando al destino un sentido que no tiene en absoluto. El destino no es el decreto inicial que predetermina lo que va a suceder necesariamente, sino el acta final de lo que ha sucedido por causas que pueden ser necesarias o libres. El hecho de que alguien conozca el acta final, antes de que se produzcan los hechos, no supone que ese alguien influya en ellos.
-¿No? Emplearé, señor monje, otros argumentos que seguramente serán más de su agrado. Fue el mismo Cristo el que respaldó la teoría determinista.
-No me digas. ¿En qué lugar de la Biblia aparece tal doctrina?
-En varios lugares. Por ejemplo, cuando Jesús ruega por sus discípulos, diciendo: "Y ninguno de ellos pereció, si no es el hijo de la perdición (Judas), para que la Escritura se cumpliese". Lo que quiere decir que, Judas estaba predestinado a traicionar a Jesús, de lo contrario las Escrituras no habrían dicho la verdad.
-Eres muy capcioso, Rasputilla. Pero has de saber que el sentido de las palabras no es siempre el que, a primera vista, parece tener. A menudo se habla de forma inapropiada, porque, como dice el refrán: "A buen entendedor, sobran las palabras." Si yo digo que las estrellas están allá arriba, me entiendes perfectamente ¿verdad? Y, sin embargo, no es verdad que estén arriba ni abajo. El sentido recto de la frase de Jesús es que la acción libre y voluntaria de Judas, al traicionarle, era conocida por Dios, como es lógico, antes de que ocurriera; y por eso pudo revelarla a los profetas bíblicos. Pero es obvio que Judas traicionó a Jesús no porque Dios lo conociera desde siempre; sino que Dios conocía, desde siempre, que un día Judas, voluntaria y libremente, traicionaría a Jesús.
-Ya, ya. A fin de cuentas, las historias que cuentan las religiones son cuentos piadosos para adormecer mentes ignorantes -dijo Rasputilla, tratando de reforzar su postura-. Pero son muchos los pensadores y científicos que han demostrado que cuanto acaece en el mundo viene determinado por las leyes físicas. Todos los seres, incluidos el hombre, consisten en un conjunto de partículas, movidas por dichas leyes. En consecuencia, alguien que, en un momento concreto, conozca la posición de esas partículas, podría conocer todo lo que ha de ocurrir en el futuro, porque, necesariamente, ocurrirá lo que las leyes físicas determinen.
-Sigo sin estar de acuerdo -manifestó el monje-. No todo en el mundo obedece a leyes físicas. Hay otras leyes que no son físicas. ¿Qué ley física determina que 2+2 sean 4? Existen, además, las leyes lógicas, las leyes del corazón, las leyes éticas y estéticas, las leyes de la libre voluntad, etc. ¿Qué serían las leyes físicas sin las lógicas? Un caos. Las leyes físicas podrán oprimirnos hasta dejarnos con un hilo de vida, pero son incapaces de arrancarle al corazón el sentimiento del amor, mientras dispongamos de un hálito. Las leyes físicas podrán ser grilletes que esclavicen nuestras facultades, pero, siempre y a pesar de todo, nuestra voluntad tiene la última palabra.
-Además -intervino Merlín- existen las leyes de la fantasía y la imaginación, señor sabelotodo Rasputilla, y tú, Asmodeo, vil gusano de cloacas. No hay leyes físicas ni de otro tipo que se atrevan a poner cortapisas a la fantasía, porque sus leyes, precisamente, son las de no soportar ley alguna.
-¡Bravo, padrino! -exclamó Don Quijote, aplaudiendo- Ah, si estuvieran aquí el gran Benengeli y el Manco de Lepanto. ¡Qué besos te habrían dado por lo que acabas de decir, sublime Merlín!
-Bueno, bueno, señores de la oposición... No os frotéis las manos.
-Perdone, amo Asmodeo -le susurró por lo bajini Rasputilla-. No estamos en el congreso, sino en el castillo de las brujas.
-Vale, chaval, he tenido un lapsus -dijo, con disimulo, Asmodeo-. Pero tú sí que te has cubierto de gloria con tu retórica de guardería. Con ella no convencerías, ni a los niños con chupete, de que la cigüeña es la más alta en un corral de gallinas. Anda y ponte a bailar junto al árbol de los deseos, que es lo tuyo.
-¿Tenéis algo más que aducir a favor del determinismo? -preguntó Don Quijote a Asmodeo.
-De momento, tengamos un breve descanso -contestó el calvo Asmodeo-. Vamos a caldear el ambiente de esta sala, que se ha quedado chuchurrío y desangelado. ¡Venga, árbol de los deseos, que empiece ya el espectáculo!
Asmodeo emitió un chiflido y, de inmediato, las ramas de las bocas se enderezó, dando comienzo a un repertorio de cante flamenco, siendo acompañadas por la rama de las manos con castañuelas y palmitas sordas. Sobre el tablero de la mesa apareció Farruquito y cinco bailarinas con minifaldas. Durante diez minutos bailaron y taconearon como remolinos vivientes; mientras dos ardillas, con cofia y delantalitos blancos, portando sendas bandejas, se pusieron a repartir bebidas y aperitivos. A Merlín le trajeron una copa de un licor azulado que, al beberlo, se le escapaban mariposas blancas por boca y oídos. A Don Quijote le sirvieron un chupito de fierabrás, a mí una ración de calamares en su tinta, al monje una cazuela de sopas de ajo, a Rasputilla una copa de anís del mono (porque no tenían vodka) y a Asmodeo una queimada de tequila echando llamaradas.
Cesó el tablao y los cantos flamencos, aunque las bocas del árbol continuaron canturreando una sinfonía del más allá.

-Ha sido un detallazo por tu parte, Asmodeo -reconoció Merlín-. Pero ahora, debemos continuar con el debate.
Don Quijote se puso de pie y, con voz fierabrante, anunció:
-Del manuscrito de marras se deduce que Chinda y Minga se oponían a la creencia que Cirilo y Pascuala tenían en el destino, convencidas de que nadie puede mejorarlo, pero sí empeorarlo. Teoría que, al parecer, también la defiende Asmodeo ¿no es así?
-No es teoría -gruñó Asmodeo, soltando un eructo flameado, seguido de otra larga calada al puro-. Se trata de una obviedad. Los seres humanos están hechos de barro y basura. Ellos creen que con ese minúsculo impulso que sienten dentro de sí, al que llaman voluntad, pueden obrar libremente. Son unos ilusos. No digo sois, porque ninguno de los presentes llegáis, ni siquiera, a monigotes humanos.
-¡Cuidado con lo que eructas -le amenazó Don Quijote- que aquí, tal como nos ves, somos lo suficientemente humanos como para darnos cuenta del estiércol con que te alimentas.
-Sí. Mejor será que pongas freno a tu lengua, Asmodeo, porque la tienes muy larga y muy pestosa, y te la podemos pisotear -añadió Merlín.
-Ya veremos quién pisotea a quién. Pero, vale, voy a ceder la palabra a otro portavoz mío, que conoce esta otra cuestión mejor que a su propia madre.

Asmodeo dio tres golpes con los nudillos sobre la mesa y, en seguida, apareció delante del fogón un mocetón de poderosa cabeza rapada, con el musculoso y desnudo torso tatuado con serpientes y águilas, pantalón negro de cuero y una mandolina colgada del hombro.
-A ver, Zaratustrón el Rapsoda -dijo Asmodeo presentándolo- demuestra a estos ignorantes que conoces la verdad del mundo y de la vida, muy distinta y contraria a la idea que siempre les han inculcado.
Zaratustrón rasgueó la mandolina y continuó tocándola durante toda su intervención.
-Escuchad mi voz y mi música -comenzó diciendo Zaratustrón-. Abrid vuestra mente a mis palabras. Si las aceptáis, ellas pueden haceros realmente libres. Atended. Yo salí de Persia trotando sobre cuatro pezuñas, cargado de alfombras enrolladas, pues no era sino un manso camello. Después pasé a África, transformándome en fiero león. A continuación pasé a este país, convirtiéndome en un niño de siete años, muy sonriente, con gafas enormes y vestido de marinerito. Finalmente, al traspasar esa ventana de ahí arriba, ha sido cuando he adoptado la apariencia de este chicarrón que veis aquí. Curioso ¿verdad? Es la historia del ser humano. Esta es la última fase, la más importante, cuando se convierte en "superhombre". Hasta llegar a esa fase, el hombre ha debido padecer y vencer muchas batallas. Primero tuvo que luchar contra la filosofía dogmática, la de Platón, con su teoría del "Bien en sí", "el espíritu puro" y " el mundo de las ideas." Después el cristianismo adoptó esa filosofía que da más realidad al hombre abstracto, congelado en la cámara frigorífica de las ideas puras, que al hombre concreto, vivo y caliente, que suda y lucha bajo el sol. A esa filosofía le colgaron una moral contranatural, que se opone a la vida y a los instintos vitales. Una doctrina que trata de convencer a los niños, que acaban de abrir los ojos a la vida -maravillosa y deslumbradora-, de que ellos y cuanto ven y sienten es pecado. Pecado comer, pecado beber, pecado mirar, pensar, hablar y, sobre todo, gozar. Desde que el niño nace, oye constantemente la voz amenazadora del profeta: "¡No! ¡Eso está prohibido! Esos instintos, ese anhelo de placer, de libertad, de deseos de volar, de rebelarse contra las leyes, son fruto de ese pecado con que has nacido... La vida que tus sentidos y tus instintos quieren vivir es una ilusión diabólica, una trampa que lleva a la destrucción y a la muerte. Debes cercenar los instintos animales, mutilando tu ser hasta quedar convertido en el hombre ideal, puro y abstracto, limpio de todo pecado, peregrino hacia el cielo, en donde te espera "el Bien en sí."
Los que, con tal ahínco defienden esa doctrina, no se dan cuenta de que ella no es sino una más de las perspectivas posibles que el ser humano puede adoptar en la visión de la vida y del mundo. Cada ser humano es libre de adoptar su propia perspectiva, y no tiene por qué aceptar la perspectiva que los dogmáticos quieran imponerle. ¡Ilusos e infelices borregos! ¿Pecado la vida? ¿Pecado los instintos, las pasiones y, en definitiva, el ser humano?¿Por qué? ¿Porque la vida está hecha de bien y de mal, de gozo y dolor? El mal es tan necesario como el bien, y el placer como el daño. Pero el hombre, dotado de la chispa del intelecto y del huracán del libre albedrío, puede y debe situarse más allá del bien y del mal, no soportando leyes ni barreras impuestas por nadie, sino sólo las que él mismo se imponga. Pero ese hombre no será cualquier hombre, ciertamente, sino el "superhombre." Él será el dueño de la vida y del universo, no el camello ni el león, a los que el hombre ha imitado en el pasado y aún sigue imitándolos en la actualidad. Chinda y Minga, a pesar de su modesta condición y carencia de cultura, han demostrado poseer el fuego de la rebeldía, imprescindible para salir del rebaño.
-¡Alto ahí, Zaratustrón, no te embales! -clamó Don Quijote poniéndose de pie y levantando el brazo- que no todo el monte es orégano, por muchas sierpes y buitres te adornen los brazos. Tómate un respiro y deja meter baza a nuestro monje, que suspira por intervenir, pero no hay forma de que sueltes el carrete ni te bajes del camello.
-No faltaría más -dijo el rapsoda con un toque de cuerdas y madera, fin de concierto-. ¡Adelante, adelante! Soy todo oídos.
-Gracias por tu deferencia -comenzó el monje diciendo-. Y, ante todo, debo felicitarte por algunas de tus acertadas afirmaciones, como la que haces sobre el individuo concreto. Realmente no hay más hombre que el individuo concreto, con su grandeza y sus limitaciones. El hombre ideal no existe, afortunadamente. ¡Qué aburrido sería el mundo si todos los hombres y mujeres fueran copia fiel del hombre y la mujer ideales! También estoy de acuerdo contigo en que cada cual tiene su personal perspectiva del mundo y de la vida; y no es justo que alguien pretenda imponer la propia pespectiva a la fuerza. Cada cual tiene su intelecto y libre voluntad, como muy bien has declarado. Y me parece asimismo acertado lo que dices sobre la evolución del conocimiento y libre albedrío de los humanos.
Pero no acepto tus contradicciones. Tú rechazas el hombre ideal y abstracto de los filósofos dogmáticos, como tú los llamas; pero pretendes sustituirlo por otro hombre ideal: "el superhombre", cuya esencia es la misma que la de aquel hombre ideal, sólo que en la del "superhombre" tienen preeminencia los instintos a la razón. Según la idea de superhombre que has expuesto, deduzco que se trata de un hombre que no acepta ley alguna, pero que quiere imponer las suyas.
Se quiera o no, existen leyes inapelables: metafísicas, físicas, lógicas, del corazón y, como muy bien dice Merlín, las de la fantasía. Y, aunque el mal sea un componente inevitable de esta vida, nuestro intelecto, progresivamente evolucionado, nos enseñará cómo detectarlo y esquivarlo al máximo, de igual forma que nos indicará cuál es el bien auténtico y cómo perseguirlo.
El verdadero superhombre no es el que hace siempre su real gana, sino el que, libremente, se somete a las leyes metafísicas, físicas, lógicas y propias de un corazón realmente humano. Por eso, las actuaciones de los personajes de los manuscritos en cuestión, en particular las de Chinda y Minga, son inaceptables. Ese superhombre, que Zaratustrón propone, está condenado al caos y al fracaso más estrepitosos, como a diario lo venimos comprobando; sin necesidad de echar mano a ejemplos tristemente históricos. No es extraño que un ser detestable, como Asmodeo, disfrute viéndose rodeado de fanáticos gusanos, que se regodean en la propia podredumbre y en el daño a los demás.
-Explica, entonces, monje abogado de pleitos pobres -protestó Zaratustrón-, cuál es la razón de que el mal exista en el mundo y si el hombre puede o no desterrarlo.
-Naturalmente debe de evitarlo y tratar de eliminarlo, dentro de sus posibilidades; pero también es cierto que el mal no puede borrarse de este mundo definitivamente, porque es necesario que exista. La razón la conozco muy bien, pero no pienso regalarte los oídos revelándotela.
-¡Tú no la conoces, monje pretencioso! -gritó Asmodeo- Yo sí.
-No te tires pegotes, Asmodeo -le atacó Merlín-. Sobre ese particular sabes tú tanto como yo, es decir, nada.
-Sí que la sabe, pero para su eterna desgracia -sentenció el monje.
-Me parece que el debate ha llegado a su fin -concluyó Don Quijote-, ya que los participantes, o bien no saben qué más decir, o bien no quieren decirlo. De cualquier forma, ha quedado suficientemente aclarado el asunto debatido.
Y que nadie, especialmente Asmodeo, deje en el olvido la segunda condición exigida por nosotros para que Chinda y Minga puedan volver al castillo: los afectados por el agua de la Tía Pascuala deberán recuperar plenamente la salud. De lo contrario, Merlín se las verá con Asmodeo.
-Así es, amigo -confirmó Merlín-. No creo que Asmodeo se desmande. Espero que cumpla su compromiso, si no quiere tener verbena con cohetes y trueno gordo.
-¿Cómo no? -dijo mansamente Asmodeo- Aunque tengo fama de embustero, cumpliré gustoso mi palabra, pues prefiero tener a mis brujas contentas en el castillo y a salvo de esos maniáticos titiriteros amigos tuyos.
-Si es así, yo también me marcharé lejos de tu pestilente proximidad -dijo Merlín-. Y, si mis amigos lo desean, puedo llevarlos a su casa, volando por los aires y recitando líricos poemas.
-Yo, igualmente, me ofrezco a transportarlos -dijo el Monje Enigmático, introduciendo las manos en las mangas.
-¿Tienes coche o caballo? -le preguntó Don Quijote.
-No, no lo tengo -respondió el monje-. Me gusta caminar, porque el caminar me ayuda a pensar. Además, así dispondríamos de tiempo para dialogar y poder informaros sobre cosas que probablemente desconocéis.
-¿Y cómo te las arreglarías para llevarnos? -inquirió Don Quijote.
-Vuestras figurillas las llevaría en esta bolsa -dijo, sacando de la manga una bolsa de tela oscura-. Y vuestros espíritus caminarían junto a mí, con la apariencia que os plazca adoptar.
-Muy agradecidos, amigo monje. Sobre aquella mesita, arrimada a la pared del fondo, está el cofre con nuestras figurillas -señaló Don Quijote.
-Mientras el monje coloca el cofre en la bolsa y se prepara para la caminata -sugerí a Don Quijote- su merced se despide de Merlín, de Asmodeo, del árbol de los deseos y demás asistentes -incluidos los gatos, ratones, cuervos y palomas del castillo- y yo aprovecho para mandar el mensaje a Toby.
-De acuerdo -aprobó Don Quijote- pero de Asmodeo que se despidan el Rasputilla enclenque y el Zaratustrón pelón. A mí que me espere fumando.

Y esto es todo. Con este mensaje concluye la historia de la familia de la Tía Pascuala. Confiemos en que Asmodeo cumpla su palabra y que la gente afectada del extraño síndrome quede curada y sin secuelas. Ya te contaremos, de viva voz, cuanto escuchemos al discreto y enigmático monje, que deberá de ser muy interesante. Hasta pronto. Tinterico.

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