<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6815879139093679441</id><updated>2011-12-07T04:33:33.956-08:00</updated><title type='text'>El tintero jubilado</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Dunscotiano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14343138484996610295</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>51</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6815879139093679441.post-1436223849001715739</id><published>2011-11-10T06:55:00.000-08:00</published><updated>2011-11-24T12:08:33.228-08:00</updated><title type='text'>El enigma del pinar - (Cap. IV y último)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-6woYEY88Hx0/Tsf5g4wicmI/AAAAAAAAAMA/CozaQ2IOaT0/s1600/Via-Lactea-2.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="300" src="http://4.bp.blogspot.com/-6woYEY88Hx0/Tsf5g4wicmI/AAAAAAAAAMA/CozaQ2IOaT0/s400/Via-Lactea-2.jpg" width="400" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Rosaura mi madre? -preguntó Ricardo a Delia, bastante desconcertado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Luz, luz, por favor! -exclamó Don Quijote- Nos hemos quedado a oscuras: Delia y Ricardo abrazándose... Rosaura resulta ahora ser madre de Ricardo y de Aarón... ¿Podéis aclararnos todo este embrollo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como respuesta, Delia nos dedicó una complaciente mirada. Luego tomó del brazo a Ricardo y le animó a salir del agua. Cruzaron juntos la estrecha franja de playa y subieron hasta la cima de la duna más próxima, sobre la que se sentaron cara al mar.  Don Quijote, Samuel y un servidor nos acomodamos junto a ellos, impacientes y deseosos de escuchar sus explicaciones.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Era ya mediodía. Un sol claro y esplendoroso, precursor de la primavera, caldeaba la brisa levantina, barriendo las nubes más remolonas del cielo, por el que se paseaba una bandada de juguetonas gaviotas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Creo -dijo Ricardo, rompiendo el expectante silencio- que, ante todo, procede hacer las debidas presentaciones y la introducción a un coloquio que despeje las muchas incógnitas y  dudas que este laberíntico asunto  nos ha planteado y no deja de plantearnos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siguiendo ese orden, querida Delia, tengo el honor de presentarte a estos simpáticos amigos, a primera vista  esperpénticos, pero con un envidiable espíritu, cargado de recursos y libre como el viento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Cuidado, don Ricardo! -advirtióle Don Quijote- que nos estás recordando el cuento del cuervo y la zorra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya ves, Delia, cómo son -continuó Ricardo-, qué modestos... Gracias a ellos he logrado conocer, en carne y hueso a Aarón, así como el relato de su azarosa vida, inexplicablemente coincidente con la del personaje de mi recurrente sueño.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, es cierto. Me parecen encantadores... -aprobó Delia, con deslumbradora sonrisa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias a ambos por vuestras buenas intenciones -dijo Don Quijote-, pero lo de encantadores ¡vade retro!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rióse Delia y tras una breve pausa continuó :&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¿Por qué habrá tenido Aarón un final tan trágico?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No sé, Delia -contestóle Ricardo-. En el momento de su desaparición bajo  el mar me he sentido tremendamente atormentado, por no haber sabido evitarlo. Mas, al oírte que has encontrado a Rosaura y que ella es, nada menos que madre mía y también de Aarón, he sentido una inmensa satisfacción, pues refuerza la teoría que, desde hace tiempo, vengo esbozando.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como ya habréis adivinado -continuó Ricardo, dirigiéndose a nosotros-, Delia fue la entrañable amiga y compañera que, durante muchos años amó y soportó a Aarón, como ya conocéis por el relato que él mismo os contó. Mas, por misterios del destino o, más bien, por exigencias lógicas de la aparente aleatoriedad de la realidad, y siete años después de que Delia abandonara a Aarón, ella y yo nos conocimos en Madrid, nos enamoramos y, desde el año 2002, estamos  viviendo como pareja. A primeros de este mes de marzo del&amp;nbsp; 2011, Delia me propuso que ella pasaría la semana santa con su madre, que vive también en Madrid. Me pareció bien. Yo aprovecharía esos días para dedicarlos a investigar sobre el tema personal que tanto me acucia. Me propuse aclarar si el  pinar y el personaje de mis sueños tenían algún fundamento real. Busqué en internet lugares con indicios parecidos a los de mis sueños. Su búsqueda me  resultó laboriosa, pero tuve mucha suerte al descubrirlos en este paraje... Ahora, Delia, es a ti a quien toca aportar nuevas piezas al puzle que estamos tratando de completar. Piezas que, en parte, ya conozco, pero no así nuestros amigos y, creo que desearían conocer, si a ti te parece bien.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Cómo no? Ya me he percatado de que son  amigos auténticos que tratan de ayudarnos, por lo que les voy a informar muy gustosamente. Escuchad. Cuando primero conocí a Aarón y, más tarde a ti, Ricardo, en ambos casos  mi ser se fundió tan íntimamente con los vuestros que llegué a pensar que en mi vida se había producido una extraña aleación. Con Aarón fue como si un tornado me hubiera succionado y me llevara consigo a los infiernos, con la paradójica  sensación de sentirme dichosa a su lado. ¡Tan ciega estaba! Hasta que una providencial e inesperada luz, venida de no sé donde, me advirtió que ese camino sólo conducía a la destrucción. Realicé un supremo esfuerzo y logré escapar de aquel remolino. Abandoné a Aarón y me marché a Madrid, acompañada de mi madre. Ella compró allí un piso con el dinero de la venta de la casa de Sevilla. Entró a trabajar en un hotel, y yo en una residencia de personas con problemas psíquicos. En 1998  me matriculé en la escuela de magisterio, en turno de tarde. Allí conocí a Ricardo, que era profesor de psicología. Él captó, en seguida,  mi interés por los temas relacionados con los comportamientos  extraños de la personalidad. Nuestro mutuo aprecio fue creciendo, cada día, conforme nos íbamos conociendo mejor, lo que me daba más confianza para plantearle cuestiones que bullían en mi interior desde que conocí y conviví con Aarón. Sin proponérmelo, e incluso esforzándome por hacer lo contrario, no podía evitar comparar a Ricardo con Aarón en cualquiera de sus facetas o actuaciones, llegando siempre a la misma conclusión: ambos eran apasionados, imprevisibles, imaginativos, matemáticamente lógicos, pero con una diferencia abismal entre ellos. Ricardo marchaba imparable hacia una meta positiva, rica en valores, esperanzada y asentada en la racionalidad, que le obligaba a orientar y poner en ejercicio todas sus facultades, sin la menor concesión a la negligencia. Mientras que Aarón no tenía otro afán que descubrir y demostrar que la vida carece de sentido,  que no merece otra actitud que la desesperanza y más preocupación que el de llegar cuanto antes a la ineludible destrucción.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aarón era como un torrente turbulento y desbordado, o como un sunami arrasador. Mientras que Ricardo semejaba un calmoso y apacible río, mitigador de bocas sedientas, fertilizador de estériles terrenos, vivificador de espíritus agostados y sin esperanzas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias, Delia, pero estás equivocada -le interrumpió Ricardo-. Ya diré por qué.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No Ricardo, es la pura verdad. Como también es verdad que  te confesé, sin reserva alguna y con la franqueza de un niño a su madre, los fugaces momentos de exaltación y los habituales de locura vividos junto a Aarón; cuanto él me contó sobre su estancia en el orfanato; su pertinaz sueño de cada noche en que se veía transformado en un prestigioso profesor e investigador en psicología.. Tú, Ricardo,  reconócelo, escuchabas con fruición  mis confidencias y  me correspondiste contándome muchas tuyas: entre otras que habías nacido en 1967 y fuiste entregado a un orfanato, siendo adoptado a los dos años por un matrimonio de funcionarios barceloneses, trasladados a Madrid en 1969; que eran muy reservados y no te dijeron nada de la adopción hasta que cumpliste quince años; que murieron en 1995... Pero no me abrías de par en par tu corazón. Durante años me estuviste ocultando el drama que turbaba  tu espíritu. Fue en el pasado mes de enero cuando me revelaste, entre sollozos, la pesadilla que cada noche se apoderaba de tu mente...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -admitió Ricardo, pero ya te expliqué el motivo de mi prolongado silencio: no quería agravar tu lábil estado emocional. En enero lo hice porque  comprobé  que ya habías logrado estabilizarlo. Y, también, lo confieso, porque yo te necesitaba para compartir mi problema y no precipitarme en la locura... Pero, continúa Delia explicándonos cómo has llegado hasta aquí y la sorprendente noticia que acabas de darme sobre mi supuesta madre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, Ricardo -continuó Delia-, según acordamos y en mi afán de colaborar contigo en tu labor investigadora, desde primeros de marzo he estado haciendo indagaciones sobre los orígenes tuyos y de Aarón. Partiendo de las vagas referencias que escuché a Aarón acerca de su estancia en un orfanato de Madrid y teniendo en cuenta las fechas en que  eso debió de ocurrir, me documenté, primero, con la preciosa ayuda de internet sobre centros de acogida de niños recién nacidos. Visité varios centros que, más o menos, se ajustaban a las descripciones escuchadas a Aarón, sin conseguir resultados satisfactorios. Fue el jueves pasado cuando me llamó la atención el aspecto, arquitectura y distribución de las dependencias de uno de los centros. Entré allí, expuse en recepción los motivos de mi visita y me pasaron al departamento de dirección del centro. Pedí que comprobaran si tenían constancia de que, en 1981, un chico de catorce años, de nombre Aarón, había salido del orfanato, al ser adoptado por un matrimonio de Sevilla, que se llamaban Felipe y Manuela. A la persona que me atendió la noté bastante reacia a ayudarme en mis averiguaciones. Me dijo que los datos que yo le aportaba eran insignificantes e injustificados para realizar comprobación alguna. Le pregunté, también, si en el centro había trabajado por aquellas fechas una monja de nombre sor Leandra...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿La de la famosa túnica? -la interrumpió Don Quijote.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué túnica? -preguntó Delia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -aclaró Samuel-, la capa de Luis Candelas, que Liborio arrojó por la ventana del dormitorio, obligando a sor Leandra a salir desnuda de la ducha, desencadenando el mayor jolgorio registrado en los anales del orfanato.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ja, ja, ja! Debió de ser un espectáculo delirante -dijo Delia riendo. Esa anécdota no me la contó Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Realmente graciosa -comentó Ricardo-, tal como la escuché en su relato.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bien -continuó Delia-. Pues de sor Leandra sí logré alguna pista. Me dijo la encargada que esa monja había prestado sus servicios en el centro y había muerto hacía doce años. Pero no podía darme más detalles. No sabiendo a quién acudir en aquel centro, en el que, ya no me cabía duda, estuvo Aarón, me armé de valor y me colé por pasillos y dependencias clausuradas del orfanato. Al personal de servicio que me encontraba,  preguntaba si había conocido a sor Leandra, pero eran empleados jóvenes que llevaban poco tiempo trabajando allí. Cuando, ya aburrida, me disponía a marcharme,  me encontré en la lavandería con una mujer de unos cincuenta y tantos años que, según me dijo, sí había conocido a sor Leandra. Me dio las señas del convento al que  perteneció y en donde murió la monja. Sin pérdida de tiempo fui allí y me atendieron muy amablemente. Les conté el motivo de mi visita y, en seguida,  me presentaron a una monja de más de ochenta años, llamada sor Tomasa, algo sorda, pero con muy buena memoria. Cuando le hablé de un bebé que ingresaron en el orfanato a finales de los años sesenta, de nombre Aarón, se quedó un momento pensativa. Luego se palmoteó la frente, se le iluminó la mirada, y la cara se le arreboló y adornó con una hermosa sonrisa:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"-¡Ah, sí, sí, Aarón! ¿Cómo no iba a acordarme de él, con lo trasto que fue? ¡Ay si sor Leandra viviera! ¡Ella sí que te podría contar cosas de él!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y no recuerda quién lo entregó en el orfanato? -le pregunté.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Cómo dice?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Le pregunto que si sabe quién fue su madre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Para no acordarme...! Aunque hace muchos años de aquello, recuerdo que la madre de Aarón estuvo viviendo en este convento durante los seis últimos  meses de embarazo, dedicándose a tareas sencillas mientras se lo permitió su estado.  Recuerdo que se llamaba Rosaura y que había venido de un pueblo de Sevilla...  sí, sí... de Osuna. Era una jovencita muy linda, con un gracioso acento andaluz... Se parecía mucho a tí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias, sor Tomasa. ¿Y no recuerda algo más de Rosaura? -le pregunté.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues, no... Aunque quiero recordar que, cuando dio a luz, tuvo dos niños mellizos... Pero no estoy muy segura -dijo, quedándose seria y pensativa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No importa, sor Tomasa. Su información es muy valiosa para mí. No sabe cuánto se lo agradezco -le dije eufórica, mientras la besaba efusivamente."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dediqué el resto del día a pensar en la posibilidad de llegar a localizar a Rosaura. Desde luego era  una verdadera lotería el dar con ella. Excepto los breves y vagos  rasgos que sor Tomasa me había dado, desconocía todo lo que se refería a Rosaura. Quizás se marchó a vivir a otro sitio, ¿quién sabe? O acaso hubiera fallecido... Pero también pudiera ser que viviera en Osuna pues, según sus cálculos, tampoco sería demasiado mayor. Má o menos, ahora tendría sesenta y pocos años. ¿Pero cómo me las iba a arreglar para dar con ella, tratándose de una población grande como es Osuna, sin más datos que el nombre de Rosaura?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A otro día partí hacia Osuna, en el tren, con mi pequeña maleta de ruedas. Me hospedé en un hostal próximo al Instituto Rodríguez Marín. El fin de semana lo empleé en recorrer el pueblo, admirar sus monumentos, hablar con la gente sobre temas indiferentes, en plan turístico y haciendo, de forma circunspecta, alguna que otra pregunta relacionada con Rosaura, mas infructuosamente. Me impactó gratamente  esta ciudad andaluza, tan blanca,  pulcra y luminosa, que rezumaba una añeja cultura en sus edificios, reliquias arqueológicas, calles y establecimientos, pero sobre todo en sus ciudadanos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El lunes fui al ayuntamiento a las diez de la mañana. Me inventé la peregrina historia de que estaba de paso por el pueblo y quería aprovechar la ocasión para visitar a una amiga muy querida de mi madre, llamada Rosaura, que había conocido hace años en Madrid, pero de la que no tenían más señas para localizarla que el nombre. El empleado, un joven muy amable y simpático, se puso a rastrear las largas listas de habitantes censados que,  para mayor complicación, venían relacionados alfabéticamente por el primer apellido. El chico se llamaba "Gonsalo" y, cada dos por tres, me contaba un chiste rápido, mientras recorría las largas listas. Yo también buscaba, aunque a menor velocidad. A la una de la tarde terminamos la engorrosa tarea, aunque por obra y "grasia" de "Gonsalo" me resultó una experiencia divertidísima. Habían aparecido sólo ocho Rosauras en el censo, cuyas señas fue él  anotando cuidadosamente. "Gonsalo" se negó a cobrarme nada por su preciosa ayuda, pero aceptó que le invitara a comer. Me recomendó un restaurante  tranquilo y con buen servicio. Al pasar por un quiosco de prensa compré un plano callejero de Osuna, en el que, una vez en el restaurante, "Gonsalo"  fue marcando la calle y punto en que debía hallarse el domicilio de cada una de las ocho Rosauras. Me despedí del simpático "Gonsalo" que sintió mucho no poder acompañarme en mis pesquisas porque, según me dijo, por la tarde tendría ensayo en la cofradía de nazarenos a la que pertenece.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sin pérdida de tiempo me puse manos a la obra, o mejor, pies en marcha, a la búsqueda de las ocho Rosauras. Durante cuatro intensas horas pateé aquel pueblo, experimentando emociones de entusiasmo y decaimiento, y curiosas anécdotas que no es momento de contar. Resumiendo os diré que tras la séptima dirección, en la que podría residir la Rosaura que yo buscaba, mi decepción era tan grande que incluso mis piernas se negaban a ultimar aquel rastreo. Logré sobreponerme agarrándome a un tenue rayo de esperanza que destelló en mi mente. El domicilio de la última Rosaura se hallaba en un barrio de viviendas unifamiliares, de buen aspecto, aunque algo antiguas. Serían ya más de las siete de la tarde cuando pulsé el timbre de la puerta. Pasaron dos largos minutos sin que nadie acudiera a abrir. Ya me disponía a marcharme cuando oí manipular la cerradura.  Una mujer esbelta, de edad imprecisa y rasgos delicados, aunque envueltos en un halo de tristeza, apareció tras la puerta entreabierta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"-¿Qué desea? -me preguntó con amable sonrisa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdone que la moleste -comencé a decirle-. Estoy buscando a una señora llamada Rosaura que, hace cuarenta y cuatro años, dio a luz en Madrid a un niño llamado Aarón...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién es usted? -me preguntó con expresión seria e intrigada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Me llamo Delia. Yo viví con Aarón durante diez años en Sevilla. Lo quise y admiré mucho por su forma de ser apasionada, inconformista y escéptica. Pero llegó a tal grado de rechazo y desesperación que rayaba en locura. Por eso lo abandoné y me marché a Madrid...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pasa adentro, Delia, por favor -me pidió Rosaura."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Atravesamos un bonito patio, rodeado de tiestos de vistosas  y aromáticas flores, por el que correteaban tres graciosos gatos. Me condujo a un acogedor saloncito,  decorado con detalles que despertaban sentimientos nostálgicos, especialmente los cuadros, en los que se representaban hermosos paisajes marinos de playas solitarias. Me invitó a merendar, dándome a  entender que estaba deseosa de escucharme. Le conté detenidamente mi experiencia vivida primero junto a Aarón y luego con Ricardo; la extraña coincidencia de haber sido ambos acogidos en un orfanato; de su personalidad apasionada y arrolladora, aunque dirigidas en sentidos opuestos; también el singular fenómeno  de soñar, cada noche, que poseían una personalidad contraria, curiosamente coincidente con la del otro;  el común escenario de un pinar triangular, próximo al mar, con que siempre se iniciaban sus sueños;  y, naturalmente, mi admiración y afecto profesados  a ambos, que me han empujado a averiguar los orígenes y posibles nexos enntre Aarón y Ricardo. Motivos por los cuales yo había ido a visitarla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rosaura escuchó mi relato sin pestañear,  revelando emociones diversas que demostraban lo mucho que le afectaba cuanto le conté. Por su parte, ella me correspondió confiándome su conmovedora historia...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De pronto, el cascabeleo y trotar de un caballo, arrastrando un carruaje,  por el camino que une la carretera y el pinar, acaparó nuestra atención. El carruaje se detuvo detrás de la caravana de Aarón. Delia interrumpió su relato y mantuvo la mirada y atención en las personas que llegaban en el carruaje, aparte del conductor.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Es Rosaura! -exclamó Delia, corriendo a su encuentro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los demás, especialmente Ricardo, mirábamos expectantes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rosaura bajó del carruaje, ayudada por el cochero, quien, tras saludarnos con un gesto de la mano, subió al coche y se marchó.&amp;nbsp; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Por qué has venido hasta aquí? -le preguntaba Delia, mientras se acercaba hasta ella-  ¡Quedamos en que permanecerías en el hotel hasta que yo volviera, Rosaura!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Compréndelo, Delia. Estaba impaciente por volver a este lugar maldito aunque, al mismo tiempo, fascinante para mí...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Esto es increíble! -exclamó Ricardo, observando la escena- Tántos años empeñado en descubrir una base lógica o, al menos,  una explicación razonable del enredo psíquico en que me veo envuelto desde que nací y, de improviso, se me pone delante, deslumbrándome con claridad cegadora.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, como un autómata, Ricardo marchó ligero hacia donde estaba Rosaura.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Samuel, Don Quijote y yo,  nos fuimos tras él con aire de sorpresa y desorientación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Delia, en seguida, se apresuró a presentarnos a Rosaura:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Rosaura, este señor -dijo, señalándolo con la mano- es Ricardo...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rosaura le miró con una leve sonrisa, mientras  movía la cabeza asintiendo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ricardo le correspondió con una inclinación de cabeza y, a continuación, él nos presentó a Rosaura:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y estos señores, de informal aspecto y corazón sin fondo, son unos amigos a quienes eternamente estaré agradecido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Encantada -nos saludó Rosaura, dedicándonos otra sonrisa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Rosaura, perdona mi impaciencia -dijo Ricardo-. Sé que guardas un secreto que me afecta de manera vital y te agradecería que me lo desvelaras cuanto antes...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rosaura le miró con curiosidad y ternura, al mismo tiempo, durante varios segundos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdonad mi momentánea turbación. Delia me ha puesto en antecedentes sobre la investigación que ha emprendido y el motivo de su viaje desde Madrid. Por un momento, un hilo muy importante de mi existencia, roto hace cuarenta y cinco años, he sentido como si cobrara vida y me devolviera algo que creí perdido para siempre... He oído a Delia decir que usted es Ricardo...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, Rosaura, éste es Ricardo del que te hablé, mi gran amor. Aarón, mi otro amor, acaba de desaparecer sepultado bajo las aguas de ese océano. ¡Qué desgracia, Rosaura! -exclamó Delia, con ojos humedecidos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Delia, comprendo tu dolor y  siento, naturalmente, esa gran desgracia -contestó Rosaura-. Pero, aunque me tachen de insensible, no me considero culpable de las  circunstancias, tan penosas y determinantes en sus vidas, que han rodeado a Aarón y a Ricardo. Tú ya conoces mis razones. Y Ricardo y sus amigos entenderán mi actitud si tenéis paciencia en escucharme.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rosaura permaneció unos segundos con la mirada abstraída, fija en la inmensidad del océano. Samuel, atento y diligente, sacó discretamente de la caravana otra silla que ofreció a Rosaura. Una vez todos sentados, Rosaura tomó la palabra:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vivíamos en Osuna -comenzó diciendo-. Fue en julio de 1966. Cuando yo tenía dieciocho años. Yo era hija única, una chica muy responsable de mis actos y muy respetuosa con la mentalidad de mis padres. Ellos eran muy estrictos y religiosos. Yo estaba tan entregada a mis estudios que apenas salía con amigos o amigas. Como premio por los buenos resultados en mis exámenes de preu, mis padres decidieron pasar veinte días de veraneo en Sanlúcar. Nos hospedamos en un hotel situado cerca de la playa. A los pocos días de estar allí, conocí&amp;nbsp; a un chico muy simpático, atractivo y educado, que también era del agrado de mis padres. En seguida se convirtió en mi asiduo y divertido acompañante en la playa, discoteca, paseos, etc. Me dijo que  se llamaba Arturo, que en octubre cumpliría veintitrés años y  estaba estudiando medicina en Sevilla. Para corresponderle le confesé que yo era muy reservada, pero con él iba a hacer una excepción. Le conté que quería ser enfermera, cosa que celebró, " pues así -dijo- estaremos más unidos, al compartir intereses comunes."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una mañana, cuando ya nos quedaba una semana de vacaciones, Arturo me propuso acercarnos a este pueblo de aquí al lado. Me gustó la idea y quedé con él en hacer la excursión aquella misma tarde. A mis padres no quise decirles nada para no preocuparlos, pues aunque a Arturo lo consideraban un chico formal y educado, estaban muy obsesionados con la idea de que me pudiera ocurrir algo indeseable.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después de comer, me preparé para salir con Arturo, como otras tardes. Me puse un fresco vestido azul celeste, bajo el cual llevaba puesto un bañador blanco. Cogí un bolso de rafia, rojo, con objetos de aseo y alguna otra prenda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Arturo me esperaba, con un cigarrillo entre los dedos,  cerca del hotel donde me hospedaba, en la plaza de la que partía el autobús que debíamos tomar. Nuestras miradas se encontraron a través  de los arbustos de los jardincillos del centro de la plaza. Su abundante pelo dorado, peinado en alto copete, sus ojos celestes y el conjunto veraniego que lucía -pantalón blanco ajustado y camisa roja-, le daban un aspecto realmente seductor.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El viaje fue corto pero muy divertido. Arturo ensartaba en voz baja, sin parar, chascarrillos, cancioncillas o anécdotas, que me hacían reir a carcajadas; aunque yo me esforzaba en controlar mis emociones, para no darle demasiada confianza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El autobús nos dejó cerca de la playa. Bajamos hasta ella por unas escalerillas de hormigón. Nos acercamos a un chiringuito que contaba, además, con cabinas para cambiarse de ropa.Ya en bañador, estuvimos un buen rato sentados en la terraza. Yo tomé algún refresco y Arturo varios cócteles que lo animaron mucho más de lo que ya estaba. Inesperadamente me cogió de la mano y me llevó a un pequeño embarcadero  de barquichuelas de pedales, improvisado en la playa, frente al chiringuito. Arturo alquiló una y la arrastramos hasta que flotó sobre el agua. Luego me aupó sobre sus hombros, animándome a saltar a la barquilla con disparatadas ocurrencias que provocaron las risas de los bañistas. Una vez sentada en ella, Arturo&amp;nbsp; subió rápido, sujetó el timón, puso los pies en los pedales y los movió con tal ímpetu que la barquilla salió disparada como un cohete, mientras él cantaba, a grito pelado, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;El submarino amarillo&lt;/span&gt;. Tras una alocada exhibición de cabriolas, que arrancaron de mi garganta estrepitosas carcajadas y no pocos gritos de pánico, llegamos a esa altura -precisó Rosaura, señalando con la mano hacia el punto donde, justamente, había desaparecido Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Curiosa coincidencia! -exclamó Ricardo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-De inmediato -continuó Rosaura-, Arturo giró el timón, enfilando la barquichuela hacia este punto en que nos hallamos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"-Mira allá enfrente -me decía Arturo entusiasmado-. ¡Hemos descubierto el pinar encantado! ¿No lo crees? Vamos a entrar y te convencerás!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tan serio me lo decía que me eché a reir, con una risa tonta que fue en aumento, mientras descendía de la barquichuela y él la arrastraba varios metros fuera del agua.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Somos robinsones, Rosaura -continuaba Arturo, fantaseando-. Tendremos que sobrevivir en ese pinar, alimentándonos de piñones y de los peces y mariscos que pesquemos. Vamos, princesa, a inspeccionar nuestro palacio del bosque, recién descubierto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tomé el bolso, en que habíamos metido la ropa, y Arturo cogió las botellas de ginebra y coca-cola, que había comprado en el chiringuito.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Conforme avanzábamos hacia el pinar, sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante su imponente y majestuosa imagen. Arturo destapó la coca-cola y me la acercó a la boca. Bebí varios tragos con gran avidez. Después abrió la ginebra y rellenó la botella de coca-cola.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ahora me toca a mí -dijo, mientras dejaba caer el acaramelado chorro, con refrescante sabor a regaliz y alcachofa, sobre su boca y garganta resecas-.-Y en este momento nos disponemos a penetrar en el sancta sanctorum del sagrado tabernáculo -añadió guardando las botellas en la bolsa y rodeando con su otro brazo mi cabeza, que apretó contra su pecho".&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así fuimos atravesando aquel muro de pinos, hasta llegar a su interior, un  amplio y frondoso cilindro, con el suelo tapizado de césped y florecillas. Aunque parezca increíble, aún recuerdo puntualmente, cada frase de nuestro diálogo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"-Este es el palacio que los duendes del bosque han levantado para nuestro deleite. ¿Qué te parece, Rosaura, princesa mía?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Una maravilla, pero... no sé... me produce claustrofobia e inquietud.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡No me digas!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, de improviso, se dejó caer de espaldas, arrastrándome con él, y quedando ambos recostados, y yo aprisionada por el robusto brazo de Arturo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Has visto alguna vez un monumento más imponente que éste? ¿Un palacio con columnas de esmeralda, sosteniendo la bóveda del cielo, cruzada por níveas gaviotas que corren presurosas al reclamo susurrante del mar? Escucha, escucha lo que ahora canturrean: "Arturo quiere besarte, princesa..." Y mientras esto decía, Arturo se giró y colocó su pierna sobre mí y apretó los labios contra los míos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡No, Arturo, no. Aquí no, aquí no! -le grité, forcejeando para liberarme de él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él me sujetó los brazos por las muñecas, mientras reía y decía:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vaya, vaya, con la fierecilla. ¿Sabes una cosa? Que las chicas temperamentales son las que más me gustan, ¡ja, ja, ja!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, acto seguido, volvió a besarme, aplastando su boca contra la mía y su cuerpo contra el mío. En seguida, con  un rápido movimiento, puso cada una de sus rodillas a uno y otro lado de mis caderas; me agarró fuertemente por los hombros y me dio la vuelta, poniéndome la cara contra el césped. Se quitó la camiseta roja y, con ella, me ató las muñecas, fuertemente, a la espalda, mientras cínicamente me repetía, ajeno a mis gritos de protesta:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ay, princesita, princesita! ¿No te das cuenta de que, cuanto más chillas y reniegas, más se enciende mi pasión?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tonta de mí que, por un momento, dejé de forcejear y gritar, pensando en que, quizás, fuera verdad lo que decía. Cerré los ojos y traté de relajarme. En seguida me pareció que él cedía en sus ímpetus y me acariciaba el cuello.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué hermosa eres, princesita! Ya verás qué felices vamos a ser, si te portas bien, claro está.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me pareció que, momentáneamente, se ponía de pie y, rápido, volvía a colocar sus rodillas, una a cada lado de mi cintura.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Así me gusta, que no te alborotes y te portes bien. Voy a liberarte las manos -me decía, mientras manipulaba la atadura de las muñecas, aunque también sentía que me hurgaba en los tirantes del bañador.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De pronto, en menos de un segundo, dio un fuerte tirón del bañador, sacándomelo por los pies. Se me echó encima de tal forma que me dejó inmovilizada. Sordo a mis gritos y llanto, él me violó a sus anchas. Después, rápido, alcanzó la bolsa, cogió el pantalón y sacó el cinturón. Me lo ajustó a los tobillos, apretándolo con la hebilla. Por último tiró del extremo del cinturón, obligando a mis piernas a doblarse, y con él ató también mis muñecas, después de quitar de ellas la camiseta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tumbada como estaba, con la cara contra el suelo, le vi, de soslayo y a través de mis lágrimas, cómo se vestía a toda prisa, mientras se reía cínicamente.Me sentía tan vilmente ultrajada y atropellada por un joven&amp;nbsp; -adorable hasta hacía pocos minutos, y convertido ahora en un monstruo abominable-, que no tuve fuerzas ni aliento para recriminarle su cruel y cobarde acción. Mi dolor y rabia eran tan intensos que me dejaron muda&amp;nbsp; e impotente para decir ni hacer nada, sino llorar desconsoladamente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Con inconcebible indiferencia y desvergüenza, y una botella en cada mano, cruzó el césped, tarareando &lt;i&gt;Cuando calienta el sol aquí en la playa&lt;/i&gt;..., y, sorteando los pinos, salió afuera como si nada hubiera ocurrido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Aunque físicamente me sentía incapaz de realizar movimiento alguno, me esforcé y di un fuerte impulso, consiguiendo ponerme boca arriba. Luego, empujando con los pies contra el suelo, logré recular, arrastrándome, hasta llegar a tocar el tronco de uno de los pinos. Seguí empujando y logré apoyar la espalda y las manos en el tronco.Descansé un momento y, en seguida, me puse a restregar la atadura de mis muñecas contra el pino. Gradualmente fui notando que se iba aflojando. A ratos descansaba, para reanudar la tarea con mayor energía y empeño. Tras media hora de roce y forcejeo me vi libre de&amp;nbsp; aquellos grilletes de manos y pies. Fue entonces cuando desperté de la maldita pesadilla a la cruda y cruel realidad: Arturo me había violado y ultrajado, tratándome como una escoria. ¿Arturo? Era ahora cuando me daba cuenta de mi inconsciente ingenuidad.¿Quién era Arturo? ¿Dónde podría localizarlo? ¿A quién pediría ayuda? A nadie, de no ser a mis padres. Pero ¿cómo contarles el tremendo y cruel agravio que me había causado Arturo, en quien, tanto ellos como yo, habíamos&amp;nbsp; puesto nuestra total confianza y afecto? Si, para mí, había sido una agresión que dejaría marcados, para siempre, mi cuerpo y mi espíritu, para mis padres supondría una puñalada mortal.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Serían ya las nueve de la tarde. Me esforcé en recuperar el sentido de la realidad y actuar de forma coherente y positiva. Ya tendría tiempo de sobra para llorar mi desgracia y planificar mi futuro. Ahora de lo que se trataba era de volver cuanto antes a casa... Me puse el bañador rápidamente y corrí descalza, fuera del pinar,&amp;nbsp; hacia el&amp;nbsp; mar, maternal y purificador. Ví con espanto el rastro de la barquichuela sobre la arena... Me adentré en el agua y me froté todo el cuerpo hasta arañarme.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Luego volví al pinar, me vestí, cogí mi bolso y marché ligera hasta el pueblo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tuve suerte -¡qué paradoja!-. Cogí el autobús que nos había traído aquella tarde.Durante el trayecto, por más que trataba de distraer mi atención, mi mente se llenaba de aquellas imágenes y sensaciones malditas... No obstante, logré imponerme un plan de actuación de cara a mis padres. De momento no les contaría la verdad de lo sucedido. Como me resultaría imposible disimular mi estado de preocupación y tristeza, les diría tan sólo que había discutido con Arturo y había roto con él, porque había descubierto que era una persona falsa y egoísta. Si tenía suerte y no me había quedado embarazada, ellos nunca se enterarían de lo ocurrido y les evitaría una noticia tan traumática y desoladora. ¿Para qué decirles nada por el momento, si estaba segura de que el decírselo no iba a servir para localizar a Arturo y denunciarlo?&amp;nbsp; Mas si, lamentablemente, hubiera quedado embarazada, a la primera falta de la regla les confesaría&amp;nbsp; la verdad de lo sucedido y entonces... ya veríamos qué haríamos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando llegué al hotel&amp;nbsp; eran cerca de las once de la noche. Mis padres charlaban animadamente en la terraza de la habitación; pero, al verme, debieron de notar algo desacostumbrado en mi semblante, pues mi madre, en seguida, me preguntó qué me había pasado. Hablé y actué según había planeado. Cuando escucharon mi decisión de romper con Arturo, mostraron su decepción, pero me apoyaron plenamente y, viendo mi desinterés por agotar los pcos días que nos quedaban de playa, decidimos marcharnos a casa a otro día.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mi largo y doloroso calvario había comenzado. Por la noche&amp;nbsp; apenas dormí y, cuando cerraba los ojos se me representaban las detestables imágenes y sensaciones&amp;nbsp; vividas en aquel pinar. El cansancio pesaba sobre mis párpados y me obligaba a cerrarlos, pero en seguida, la idea de estar embarazada relampagueaba en mi mente, sobresaltándome de tal forma que apenas conseguí dormir tres horas cada noche de las dieciocho que precedieron al día en que yo calculaba tendría la ansiada menstruación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Amaneció y anocheció ese día sin el menor asomo de la regla. "-Quizás se me haya retrasado por mi estado de ánimo o por cualquier otro motivo ajeno al embarazo."&amp;nbsp; En esta incertidumbre pasé quince, veinte y hasta treinta días... ¡y nada! Ya no me cabía duda de que, para mi desgracia, me había quedado embarazada de aquel ser satánico. "¿Por qué, Dios mío, por qué?" No comprendía&amp;nbsp; por qué Dios había permitido que semejante desgracia me ocurriera a mí, una pobre chica, sin otro afán en la vida que el ser una buena hija y una buena persona, cumplidora de sus deberes, ilusionada con empezar la carrera de enfermeria y encontrar un chico bueno a quien querer y con quien compartir la vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Nuevamente debía echar mano a mi sentido práctico de la realidad.Ya se habían cumplido seis semanas de aquello. No me quedaba otra opción que contar a mis padres la verdad de lo sucedido, por muy doloroso y problemático que fuera para ellos y para mí. Pero también tenía claro y estaba firmemente resuelta a no seguir adelante con un embarazo impuesto por un desalmado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Desde que volvimos de la playa yo notaba a mis padres preocupados por mi estado de ánimo decaído, ensimismado e indiferente, que rechazaba las invitaciones de alguna amiga para dar un paseo o ir al cine, prefiriendo encerrarme en mi habitación. Ellos lo achacaban a mi desengaño con Arturo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Recuerdo que el primer sábado de septiembre, al atardecer, me hallaba en mi cuarto, con música clásica de fondo, sumergida en mis sombríos pensamientos, mientras en una hoja de mi block de dibujo, trazaba nerviosamente líneas y manchas que, como ya era habitual, terminaba evocando este paraje de la playa...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Oí unos golpecitos en la puerta y, en seguida, se abrió, apareciendo mis padres con evidentes muestras de querer hablar conmigo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bueno, Rosaura, hija -comenzó a decir mi padre con todo el afecto reflejado en el rostro-, ¿deseosa de empezar ya el primero de ATS? Un fin de semana de éstos nos acercaremos a Sevilla a mirar dónde vas a residir durante el curso ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Pues, claro! -contestó mi madre por mí, esforzándose en sonreír- ¿No es así, Rosaura?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En aquel momento me sentí como una niña indefensa. Solté el lápiz sobre el block, me cubrí la cara con las manos y rompí a llorar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero, hija, ¿qué te pasa? -me decía, acariciándome.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Y sorbiéndome las lágrimas, les conté detalladamente la espantosa y perversa acción con que Arturo me había maltratado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Por Dios, hija! ¿Y cómo no nos lo dijiste aquel día cuando ocurrió? -se lamentaba mi padre- Ahora mismo vamos a la comisaría a denunciarlo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ay, hija mía, Rosaura! ¡Ay, hija mía! -repetía mi madre, abrazándome, llorando...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque vi claro -conntesté a mi padre- que Arturo era un desalmado que había actuado taimadamente y había desaparecido sin dejar rastro alguno. Y porque yo no quería que sufriérais vosotros... Tenía la esperanza de que nadie se enteraría de lo sucedido. Pero la mala suerte se ha cebado conmigo. La regla, que debía de haberme venido el dos de agosto, no se me ha presentado. Estoy embarazada -les confesé entre sollozos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ay, Dios mío! ¡Ay virgen santa de la Merced! ¿Qué vamos a hacer ahora, Juan?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mi padre permaneció mudo un buen rato, mientras masajeaba mi espalda. Finalmente&amp;nbsp; dijo con voz temblorosa y reprimiendo su rabia:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No te preocupes, hija, todo se arreglará. Y ese malvado lo pagará antes o después, aquí o en la otra vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por lo pronto -les dije, resueltamente y sobreponiéndome al llanto-, estoy decidida a abortar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ay, hija, eso no puede hacerse -me disuadió mi madre-. Eso es un pecado castigado por Dios y perseguido por las leyes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No me importa -protesté-. Yo soy la víctima. No quiero tener un hijo de ese ser odioso y satánico que me violó y me pisoteó como a una basura. ¡Jamás. jamás!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ay, qué desgracia, Juan! ¡Ay, qué desgracia! -repetía me madre, dando vueltas sobre sí misma y llevándose las manos a la cabeza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por favor, Mercedes -le pedía mi padre-, serénate. Ya pensaremos qué podemos hacer. Todo tiene arreglo. Mayormente cuando Rosaura no es culpable de nada, sino una víctima inocente de una despreciable y venenosa sabandija que no merece vivir. No, jamás podré perdonar a ese monstruo el daño que le ha causado a ella y a nosotros. Si Rosaura quuiere abortar, no seré yo quien me oponga. Ni creo que Dios tampoco. Tranquilízate, hija -me decía, besándome-. Ya nos has contado lo que te ha pasado. Ahora descansa y duerme tranquila. Ya verás como todo se arregla. Y sobre el comienzo de tu carrera, tampoco te preocupes. Eres muy joven. Cuando hayas pasado este bache, la empezarás.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Como todas las mañanas de los domingos, mis padres se arreglaron y salieron a oir la misa.Yo no quise acompañarles esta vez. Cuando volvieron, mi madre me contó que habían estado en la iglesia de las hermanitas&amp;nbsp; y que, al terminar la misa, ella se había acercado a hablar con la madre priora, con la que tenía mucha amistad, y le había contado lo que me había ocurrido, el problema tan grande que se nos había planteado y también que yo estaba decidida a abortar. La monja la escuchó comprensiva y trató de consolarla. Lamentó y condenó la injusta y canallesca acción de ese perverso. Comprendía mi situación desesperada y las graves consecuencias que nos iba a suponer el que el embarazo siguiera adelante; pero ella, de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, no podía aprobar esa medida, pues nadie tenía derecho a privar a un ser humano de la vida que Dios le había concedido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;"-Ahora bien -añadió la madre priora-, se me ocurre una solución que podría paliar las consecuencias indeseables que acarreará el embarazo. Yo puedo hablar con la priora de uno de nuestros conventos de Madrid y contarles el caso. Puedo proponerles que, durante el embarazo, permitan a tu hija la estancia en su convento, realizando tareas que ella pueda desempeñar sin dificultad. Como nuestras hermanas&amp;nbsp; desarrollan&amp;nbsp; allí una importante labor en numerosos centros de acogida, hospitales y colegios para huérfanos y desamparados, ellas se encargarán sin problema alguno de que, cuando tu hija se ponga de parto, la lleven al hospital y que la criatura que nazca sea entregada en la inclusa. Tu hija se volverá a casa y la criatura será criada, educada y, muy probablemente, adoptada por unos padres que, sin duda, la querrán y la harán feliz."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; A mis padres les pareció bien la propuesta de la monja y me animaron a aceptarla. A mí, en cambio, no me convencía mucho la idea, mas comprendí que, en nuestras circunstancias, era la mejor solución. Por lo que les dije que&amp;nbsp; estaba de acuerdo. Mi madre volvió a hablar con la priora, quien se encargó de hacer las gestiones con las hermanitas de Madrid. Éstas aprobaron el plan sin reserva alguna y, a primeros de noviembre, cuando ya empezaba a notarse mi embarazo, marché a Madrid, con bastante recelo ante la nueva experiencia a la que tenía que enfrentarme.Fui acompañada de mis padres y de una maleta en la que, aparte de efectos personales, llevaba los libros del primer curso de ATS, con la idea de estudiar en&amp;nbsp; ratos que las monjitas me lo permitieran.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ellas se portaron muy bien conmigo. Me asignaron una de las celdas destinadas a las postulantas, y me proveyeron de túnicas y demás ropa y enseres como a otra más de aquéllas. Mientras mi estado de embarazo me lo permitió, ayudé a la comunidad en sencillas tareas y asistí a las funciones religiosas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Muy discretamente y en contadas ocasiones, me llevaron al tocólogo, acompañada de una hermanita, siendo revisada en una consulta reservada para casos especiales. En una de aquellas visitas me descubrieron que iba a tener dos niños mellizos. Mis padres me escribían de vez en cuando, y me preguntaban si podían ir a visitarme, pero yo les quitaba las intenciones, diciéndoles que la madre priora lo desaconsejaba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Hacia el veinte de abril me veía ya tan pesada que pensé que el parto se me iba a adelantar. Y así fue. El lunes, día veinticuatro, estuve con molestias toda la tarde. Por la noche, dos monjitas me acompañaron al hospital, como ya estaba previsto. A eso de la una, me llevaron al paritorio. Allí me esperaban un médico, con barba y pelo canoso, una enfermera comadrona y una hermanita con delantal blanco.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mis deseos por terminar ya el largo y penoso calvario, emprendido hacía nueve meses, eran tan grandes que, llegado el momento, hice acopio de todas mis energías para expulsar con rabia y a la mayor rapidez a los dos intrusos que aquel desalmado había arrojado en mis entrañas. La furia me impedía sentir dolor alguno. Yo apretaba con la máxima tensión todos los músculos y nervios de mi cuerpo, especialmente los ojos. No quería ver qué salía de mis entrañas. Oí el llanto agudo del primer niño.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Encárgate de él, Pepita -le dijo el médico a la enfermera-, mientras sor Casilda me ayuda a sacar a su hermanito.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Sor Casilda me sujetaba por los hombros, me masajeaba y me daba ánimos:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Lo estás haciendo muy bien, Rosaura.¡Qué niño tan hermoso has tenido! Y ahora el otro. ¡Aprieta fuerte, vamos!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Concentré todas mis fuerzas con tal ímpetu y resolución que el niño salió fuera de mí, como el tapón de una botella de champán. El doctor liberó al niño de la placenta y cortó el cordón umbilical, llamándome mucho la atención el que su llanto era muy apagado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Mira, Rosaura, qué santito tu segundo bebé -me decía sor Casilda, mientras, solícita,&amp;nbsp; me enjugaba el sudor.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Fue entonces cuando abrí los ojos. El doctor, de espaldas a mí, entregaba el niño a Pepita, que ya había lavado al primero y lo había colocado en su cunita. Luego volvió conmigo a completar las tareas asistenciales. Sor Casilda acudió presurosa a la cunita del primer recién nacido y la empujó hasta colocarla a la derecha de la cama paritoria en que yo me hallaba. Pepita, la comadrona, después de lavar al segundo niño, lo puso en la otra cunita,&amp;nbsp; y la llevó a mi izquierda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Verdad que son una monada? -decía, entusiasmada sor Casilda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí que lo son -contestaba Pepita- ¿Y qué nombre te gustaría ponerles? -me preguntó.&amp;nbsp; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No sé -dije, mirándolos y esbozando una sonrisa-. Lo dejo a vuestra elección.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues el primero me gustaría que se llamara Ricardo -dijo Pepita.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y al segundo -dijo sor Casilda mirándolo con ternura-, yo le llamaría Aarón, como el hermano de Moisés. ¿No os gusta?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Muy bíblico... -comentó el doctor mientras lo examinaba detenidamente- ¡Un momennto! A ver, a ver... ¿Qué le pasa a este niño? Se ha quedado paralizado... No respira... No se le detectan latidos en la aorta. ¡Rápido, Pepita! Pon el niño en la mesa de reanimación. Aplícale oxígeno, mientras le inyecto adrenalina.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; He de reconocer que, en aquel momento, mi ánimo se conmovió y no pude evitar que las lágrimas brotaran de mis ojos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El doctor estuvo quince largos minutos tratando de reanimarlo, pero en vano. El recién nacido Aarón no daba señales de vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Lástima. El niño ha sufrido un paro cardíaco y no ha reaccionado. Ha muerto -dijo en voz baja y dejando de auscultarle.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Repentinamente me llamó la atención que Ricardo, el otro recién nacido -que estaba boca abajo en su cunita-, giraba la cabeza, abría los ojos y mantenía la mirada fija en Aarón. Pero mi mayor sorpresa, y la de todos, fue que, pasados varios segundos, vimos a Aarón que cambiaba de color, se agitaba y rompía a llorar con agudos gemidos, más potentes que los escuchados a Ricardo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Está vivo, está vivo, Rosaura! -exclamaba sor Casilda, apretándome el brazo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pepita se acercó, rápida, junto al doctor, quien ya había tomado al niño y lo examinaba en sus brazos, con semblante distendido y sonriente:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Afortunadamente, todo ha quedado en un susto. Pero, aunque sea inexplicable, debo certificar que este pequeño ha estado durante más de quince minutos en paro cardíaco; y, sin saber cómo, ha vuelto a la vida con total normalidad en sus constantes vitales.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; Poco después Sor Casilda y Pepita me trasladaron a una habitación del hospital, en donde permanecí dos días.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; Una vez dada de alta, una hermanita me acompañó hasta el convento. Allí estuve varios días, recuperándome un poco del parto. Al término de los cuales, mis padres, avisados por la madre priora, se presentaron a recogerme.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Volví a casa más ligera que antes, pero no menos dolorida. ¿Por qué me había ocurrido aquello? Había perdido unos preciosos meses de mi vida en algo que yo no había buscado ni querido. Se me había obligado a decidir entre dos opciones dolorosas e incompresibles a mis dieciocho años. La injusta y atroz acción de aquel malvado fue para mí como una negra escarcha que acabó con las floridas ilusiones de mi juventud. Sobreviví aferrándome a una fría y espartana disciplina, carente de gratificantes compesaciones. Terminé airosa la carrera de ATS, y la he ejercido en un hospital hasta hace tres años que me jubilé voluntariamente. He procurado ser respetuosa con los demás y cumplir escrupulosamente con mis obligaciones, pero reconozco que no he conseguido superar mi recelo y desconfianza ante cualquier demostración de afecto o amistad. Por eso, desde entonces, no he tenido otra compañía que la obligada por el trabajo, mis padres mientras vivieron, mis plantas, mis gatos y mis aficiones literarias...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Hace unos días apareció ante mi puerta, Delia, como un ángel de luz que, con su relato sobre Aarón y Ricardo, creo que me ha despejado unas incógnitas que jamás esperaba conocer.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Sí, Ricardo, hijo mío, ésta ha sido la triste historia de tu madre, aunque no te resulte grata escucharla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Rosaura, tras sus últimas palabras, pronunciadas con voz temblorosa y mirando con gran afecto a Ricardo, inclinó la cabeza y se cubrió los ojos con las manos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ricardo se acercó a ella, la besó y le dijo con voz imperceptible:&lt;br /&gt;-Gracias, madre, de parte mía y de Aarón... que también soy yo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Delia,&amp;nbsp; espontáneamente, también se acercó y se fundió en un abrazo con ellos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; Y nosotros, como si previamente nos hubiéramos puesto de acuerdo, nos pusimos a aplaudir frenéticamente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; Relajados&amp;nbsp; los ánimos, Ricardo, Rosaura y Delia&amp;nbsp; permanecieron unos instantes contemplándose sonrientes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡A ver, a ver, amigos! -exclamó Don Quijote, alzando el brazo- Esto parece haber terminado como un&amp;nbsp; drama trágico con final feliz. Pero, por lo que a mí toca, se me han quedado, revoloteando como vacilantes golondrinas por encima de estos pinos, varias cuestiones sin aclarar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es cierto, Ricardo -le apoyó Samuel-, cuando has dado las gracias a Rosaura, has dicho "de parte mía y de Aarón, que también soy yo". ¿Cómo se entiende eso?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y esos&amp;nbsp; sueños, de cada noche, el tuyo y el de Aarón, extraña y respectivamente coincidentes con la personalidad de aquél y de la tuya ¿cómo se explica? -pregunté yo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y el porqué de la desesperada y negativa actitud de Aarón, hasta límites desorbitados, que le llevó al suicidio... ¿Nos lo puedes aclarar? -rogó Don Quijote.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;-Comprendo -comenzó diciendo Ricardo- que tengáis muchas preguntas sin contestar sobre esta historia, vivida por nosotros, en la que también vosotros habéis participado, ayudándonos a esclarecer y completar gran parte de ella. Gracias, amigos. Como bien podréis suponer, dadas las especiales circunstancias que me han acompañado desde mi nacimiento, he tenido poderosos motivos para buscar una explicación a esos sueños. Fue ese afán lo que me aficionó y empujó al estudio e investigación de temas y cuestiones de psicología, llevándome a esbozar una personal teoría sobre esos fenómenos. Cuando, después de muchos años, conocí a Delia y me contó su experiencia vivida con Aarón, pensé que ella, providencial o casualmente, me había aportado preciosos elementos que encajaban a la perfección en mi teoría. Y ahora, afortunadamente, Rosaura acaba de revelarme la pieza clave que cierra el arco en que se sostiene todo mi razonamiento. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pero el explicaros minuciosamente mi teoría me llevaría bastante tiempo, pues me obligaría a exponeros mi personal concepción de la realidad. Intentarlo ahora sería abusar de vuestra paciencia. Creo mejor dejarlo para otro momento. Por ahora prefiero mostraros, sucintamente, lo que pienso sobre el particular.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; Ricardo se puso de pie y se retiró unos pasos del grupo. Rosaura lo contemplaba con mirada complaciente. Alto, fuerte, de atractivo aspecto, paseó su mirada penetrante e inteligente a lo largo del horizonte marino. Después giró la cabeza y contempló el pinar de abajo arriba, pensativo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Estoy persuadido de que mi teoría sonará como algo descabellado y fantasioso. Pero también lo estoy&amp;nbsp; de que el ser humano, en su vida terrestre, sólo puede aspirar a hacer conjeturas, más o menos felices, sobre cuestiones que sobrepasan el ámbito de lo considerado como físico y experimentable, por mucha autoridad que se le quiera conceder al autor de&amp;nbsp; pretendidas certezas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No obstante, creo que es un afán y tarea muy legítimos del ser humano el tratar de satisfacer su curiosidad intelectiva, sacando el máximo rendimiento a su capacidad razonadora para descubrir posibles respuestas a tantas incógnitas que nuestra existencia nos plantea.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pues bien, estoy firmemente convencido de que la realidad total es absolutamente racional y, en consecuencia, lógica y de entidad puramente ideal, que excluye la existencia de materia amorfa y caótica, por innecesaria y absurda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En mi opinión la realidad total la integran: el Logos Supremo, que posee plenamente todos los posibles atributos positivos, en grado infinito. Los innumerables sujetos autoconscientes, creados por Él. Y, en tercer lugar, el resto de la realidad,&amp;nbsp; como son los universos y seres&amp;nbsp; creados por Él,&amp;nbsp; que no son sujetos autoconscientes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Si Aarón estuviera ahora mismo aquí presente, sin duda que ya me habría impugnado lo que acabo de afirmar, diciendo que tiene más visos de verdad su teoría: que todos los que pasamos por este mundo estamos condenados a desaparecer en la nada. Yo la respeto pero no la comparto. Prefiero sostener lo que antes he apuntado. Somos sujetos creados por el Logos Supremo, con individualidad y autoconciencia. Somos "yoes" irreemplazables, irrepetibles, únicos. ¿Qué imposibilidad lógica o metafísica existe en que el Logos Supremo tenga a bien crear un universo, o muchos, para disfrute, experiencia, prueba o curiosidad, impuesta o voluntaria, de esos sujetos autoconscientes? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cada día estoy más persuadido de que la existencia y desarrollo en el tiempo de nuestro universo, obedece a un entramado de leyes y principios, impuestos por el autor del sistema que lo rige, revelando una clara intención teleológica. No se trata de un sistema que, en su conjunto, funcione de acuerdo con un rígido determinismo, a pesar de que las leyes que lo gobiernan sean precisas, necesarias e infalibles, ya que la aleatoriedad en la aparición de muchos fenómenos de nuestro universo es un factor muy importante e innegable, así como la posibilidad de elección entre distintas opciones, que goza el ser humano gracias a su libre voluntad. Por eso el mundo resultante no es, ni tiene por qué ser, un paraíso, sino la realidad posible a la que puede llegar ese sistema, diseñado e impulsado por el Logos Supremo para disfrute, entrenamiento y experimentación de realidades desconocidas por los sujetos autoconscientes creados por Él. &amp;nbsp; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ahora bien, ¿cómo los sujetos autoconscientes, de entidad espiritual, dotados de eminentes facultades, pueden adaptarse y actuar en un universo, sujeto a rígidas condiciones limitativas y cambiantes en el devenir del tiempo? Es de suponer que esas condiciones les serán propuestas cuando aún se hallan en el mundo espiritual, y que ellos&amp;nbsp; podrán aceptar o rechazar libremente el embarcarse en tamaña aventura. Ellos saben que tendrán que actuar y&amp;nbsp; desenvolverse en ese nuevo mundo, dentro de un cuerpo&amp;nbsp; nacido en él y de su misma naturaleza. Un cuerpo dotado de miembros, órganos, etc. maravillosos, pero que, inevitablemente, limitarán y condicionarán la eminente capacidad razonadora y activa, propia de la &amp;nbsp;naturaleza espiritual de aquéllos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Si el cuerpo que ocupe el espíritu corresponde a un animal inferior al ser humano o, aunque sea el de un ser humano, su equipamiento corpóreo es deficiente, el espíritu&amp;nbsp; actuará con torpeza; dejándose dominar por desordenados apetitos y pasiones; pudiendo llegar, incluso, a cometer acciones malvadas o irracionales.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Debido a esa condición&amp;nbsp; frágil y fluctuante del cuerpo, el ser humano suele sufrir bruscos cambios en su forma de pensar,&amp;nbsp; en su estado de ánimo, o en su conducta principalmente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y, en realidad,&amp;nbsp; qué prueba el hecho de esos cambios? -preguntó Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Prueba y demuestra -contestóle Ricardo- que nuestro espíritu autoconsciente está condicionado por el cuerpo que habitamos, de tal forma que, a veces, puede transformarnos, aparentemente y en distintas ocasiones, en personas muy diferentes y opuestas. ¿Quién no conoce el caso de alguien que en un momento de ofuscación ha cometido una barbaridad y, después, confiesa arrepentido que no es posible que él haya sido el autor?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y a dónde tratas de llegar con tu prolongado razonamiento, amigo Ricardo -le espetó Don Quijote, que se rebullía inquieto en el taburete.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sencillamente, lo que pretendo demostrar -dijo con rotundidad- es que Aarón y Ricardo somos la misma persona.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Durante varios segundos, los rostros de todos los presentes quedaron como petrificados, fijas sus miradas en él, con expresión pasmada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Hemos oído bien? -preguntó Don Quijote, poniéndose de pie- ¿Has dicho que tú y Aarón sois la misma persona?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Así es -aseguró Ricardo-. Es una hipótesis que me he venido forjando desde que Delia me habló de Aarón y de su extraña personalidad, de sus sueños y &amp;nbsp;comportamiento desorbitado.Y, por si fuera poco, Rosaura acaba de confirmarme en mis conjeturas, al contarnos el incidente de Aarón, a poco de nacer. Un hecho que me ha llevado a pensar que fue, en el momento en que me quedé mirando a Aarón, o mejor dicho, a su cuerpo exánime, cuando mi espíritu -inexplicablemente para los que no ven más que el entorno rutinario de su diario vivir- &amp;nbsp;logró introducirse en el cuerpo de Aarón, sin abandonar mi propio cuerpo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por favor, Ricardo -dijo Samuel, mirándole con ojos muy abiertos-. Me parece un disparate, por varias razones. En primer lugar, no creo que te acuerdes del día de tu nacimiento. Además ¿cómo va a ocupar dos cuerpos un solo espíritu?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-En cuanto a lo primero -arguyó Ricardo-, a lo largo de mi existencia he mantenido un vivo recuerdo de la secuencia en que mi espíritu&amp;nbsp; devolvía a la vida el cuerpo de Aarón. Secuencia grabada en mi memoria en aquel preciso instante, y que se ha ido reforzando al repetirse, de vez en cuando, en mis sueños. Y respecto a lo segundo, &amp;nbsp;y como anteriormente he explicado, el cuerpo físico es un mero instrumento para que el espíritu pueda desenvolverse y actuar en este mundo. ¿Y qué ocurre si ese cuerpo&amp;nbsp; adolece de carencias o anomalías en sus órganos o funciones? Un cuerpo humano, aunque sea defectuoso, o esté enfermo, mutilado, sin brazos, sin piernas, paralítico, en estado comatoso, etc., es respetado y considerado como lo que es: una persona humana, mientras tenga vida. Y, obviamente, no en atención a ese inservible instrumento que tiene por cuerpo, sino a su espíritu.&amp;nbsp; Ahora bien, no siempre las anomalías corpóreas consisten en carencias o defectos. A veces se deben a exceso de miembros u órganos. ¿Como habría que enjuiciar a un cuerpo que en lugar de dos brazos tuviera cuatro, y todos los órganos los tuviera repetidos, incluido el número de neuronas?&amp;nbsp; Aunque el ejemplo sea descabellado, la historia médica registra fenómenos muy extraños y deformes, y, a pesar de ello se les ha considerado, lógicamente, seres humanos. Y es que, en el fondo, todo el mundo reconoce que el cuerpo no es más que un instrumento &amp;nbsp;al servicio del espíritu y cuantas más prestaciones ponga a su disposición, mejor &amp;nbsp;manifestará&amp;nbsp; éste sus potenciales capacidades..&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Y, siguiendo este razonamiento ¿qué inconveniente hay en aceptar que en ciertos casos, como el que estamos dilucidando, un solo espíritu, &amp;nbsp;haya ocupado dos cuerpos, el mío y el de Aarón? Y que &amp;nbsp;por las razones que sobradamente ya he expuesto, mi espíritu se ha manifestado en su actitud positiva, gracias a que mi cuerpo se lo ha permitido y facilitado. Mientras que en el caso de Aarón, ese mismo espíritu se ha manifestado en su actitud negativa, obligado por un cuerpo de constitución torcida y proclive a la abulia, malos hábitos e incongruencias.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues, me parece -opinó Samuel- que el enigma del pinar ha quedado suficientemente aclarado. Y sobre tu teoría, amigo Ricardo, de momento la vamos a dejar echada en remojo, en nuestra cabaña; debatiremos sobre ella y, cuando lleguemos a conclusiones claras y firmes, ya os avisaremos para reunirnos nuevamente en este precioso paraje.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Alto ahí! -exclamó Don Quijote- Falta algo muy importante. Arturo desencadenó el tremendo drama que, de diferente forma afectó a numerosas personas, pero especialmente a Rosaura, a Aarón, a Ricardo y a Delia, por nombrar sólo a los más allegados. La actuación de todos vosotros ya ha sido enjuiciada y valorada; pero falta juzgar la de Arturo, y creo que su juez no puede ser otro que Rosaura.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es verdad -reconoció Rosaura con semblante serio y concentrado-. Si hubiera tenido que juzgar a Arturo cuando padecí su criminal acción, le habría condenado, sin compasión alguna. Tal repugnancia y rechazo sentía con todo lo relacionado con él que estaba decidida a abortar de inmediato, para expulsar fuera de mí aquella maldita escoria. Pero, ahora, después de cuarenta y cinco años y, tras escuchar las convincentes razones de Ricardo, mi juicio es muy diferente. Actualmente no le deseo ningún daño ni castigo; por el contrario, deseo que su espíritu se haya liberado de esos condicionantes corpóreos que, como bien ha argumentado Ricardo, pueden &amp;nbsp;torcer o anular nuestra razón y nuestra voluntad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Reconozco también que, tras conocer y escuchar a Ricardo, no sólo he sentido un gran afecto hacia él -que al mismo tiempo es Aarón, no me cabe duda-, sino que estoy muy orgullosa de que sea mi hijo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Ricardo, con semblante emocionado, se levantó, se acercó a Rosaura, y se fundieron en un fuerte abrazo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Lo que sucediera después de lo hasta aquí narrado, puede cada cual imaginarlo como mejor le plazca. De inmediato, ellos se marcharon hacia el pueblo, entrelazados y charlando afectuosamennte.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Nosotros nos volvimos, silenciosos, a nuestra cabaña. Y aquí seguiremos a la espera de que Dunscotiano se decida a meternos en otra aventurilla, si es que la crisis se lo permite, y si el temido meteorito vaticinado por los indios precolombinos no nos convierte antes en fino polvo terráqueo, muy apreciado por las extraterrestres, por su suavidad y fragancia para&amp;nbsp; su escamoso cutis. Pero ¡que no panda el cúnico! que ya está nuestro planeta preparando numerosos volcanes lanza-pepinos-cabreados, dispuestos a despanzurrar todo objeto sospechoso que se acerque a nuestro planeta, sin respetar las señales de tráfico, o séase, haciendo la cabra&amp;nbsp;&amp;nbsp;cerca de nuestras isobaras.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un abrazo, amigos, y que seáis muy felices. Tinterico.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6815879139093679441-1436223849001715739?l=tinterojubilado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/feeds/1436223849001715739/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6815879139093679441&amp;postID=1436223849001715739' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/1436223849001715739'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/1436223849001715739'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/2011/11/el-enigma-del-pinar-cap-iv-y-ultimo.html' title='El enigma del pinar - (Cap. IV y último)'/><author><name>Dunscotiano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14343138484996610295</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-6woYEY88Hx0/Tsf5g4wicmI/AAAAAAAAAMA/CozaQ2IOaT0/s72-c/Via-Lactea-2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6815879139093679441.post-1774672993729488140</id><published>2011-08-08T03:09:00.000-07:00</published><updated>2011-11-22T12:13:23.568-08:00</updated><title type='text'>El enigma del pinar - (Cap. 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Vosotros no os habéis enterado, pues estabais de siete sueños, pero yo, mientras freía las torrijas, pensaba que la cabaña iba a volar de un momento a otro con nosotros dentro. ¡Quién diría que hoy es 20 de abril, miércoles santo!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Te equivocas, amigo -contestó Don Quijote, paseando, nervioso, de un lado a otro de la cabaña. No he pegado ojo en toda la noche, pensando en Aarón, nuestro vecino del pinar, en su desdichada existencia, y en los motivos, terribles, sin duda, que le han empujado a confinarse en él, refugiándose en esa tartana. ¿No estará preso de las malas artes de algún maligno encantador? No sé, no sé. Noto en mis tripas un raro presentimiento...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Verdad es -dije yo- que, si penosa fue la etapa de su vida, que hasta ahora nos ha contado, no debió de ser muy halagüeña la que le siguió, a juzgar por la radical decisión que adoptó. ¡Si, por lo menos, nos permitiera ayudarle! Desde que  escuchamos su relato, encaramados en el pino, han pasado ya ocho meses, y desde entonces nos rehuye y evita encontrarse con nosotros cuando va al pueblo en busca de provisiones. Quizás tema que lo engatusemos otra vez y le sonsaquemos el resto de su intrincada historia, que, a decir verdad, tengo interés por conocer.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vaya! -exclamó Samuel,  colocando, primorosamente, las torrijas en un hermoso plato floreado que sacó de la alacena- Parece como si un duende amigo nos haya inspirado, a los tres, el mismo pensamiento y solidaria intención. Ése ha sido el motivo por el que, de madrugada, me he puesto a freír las torrijas: para hacer una visita a Aarón, invitarle,  y tratar, cautamente, de doblegar su enfermiza altivez, para que nos cuente algo más de su zarandeado currículum.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Toc, toc, toc! -Unos golpecitos en la puerta interrumpieron nuestra charla. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Don Quijote acudió diligente a descorrer el pestillo. Entreabrió la puerta. Una bocanada de aire húmedo y salado se coló por la angosta abertura, al mismo tiempo que  la voz firme y serena de un desconocido. Era un hombre corpulento, envuelto en un impermeable azul marino, con la capucha cubriéndole la frente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Buenos días, señor -saludó-. Le agradecería una pequeña información, si es que me la puede facilitar...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pase dentro, por favor -le invitó Don Quijote- y póngase a resguardo de la lluvia que, aunque menuda, termina calando hasta los huesos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Muchas gracias por su amable hospitalidad -dijo el hombre, entrando en la cabaña, al tiempo que hacía una reverencia a todos nosotros-. Permítanme que me presente. Mi nombre es Ricardo. He venido desde Maddrid, donde resido, hasta este hermoso paraje, con un propósito disparatado, lo reconozco...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Calma, calma, don Ricardo -le animó Don Quijote, estrechándole la mano-. No se dé por vencido, habiendo ya realizado la mitad de la tarea. Precisamente ha acudido a esta cabaña, en la que sus moradores no presumen de que ella sea un faro cegador y festivalero, destinado  a ensalzar a intrépidos navegantes, pero, eso sí, nos consideramos modestos farolillos dispuestos a prestar alguna luz a náufragos desorientados. Aquí, donde me ve con este mono de nazareno, soy nada menos que Don Quijote en versión tinteril. El joven rubicundo del mono color plata y delantal estampado de mariquitas rojas es Samuel, con medio milenio a  su espalda, aunque no los aparente -Samuel saludó con nítida sonrisa y alzando la mano-. Y ese otro compañero, de aspecto canijo y body verde pistacho, es Tinterico, quien -a pesar de lo dicho- también engaña, pues aunque su fisonomía es cambiante como la Luna,  su espíritu permanece siempre en la fase de plenilunio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo, educadamente, me puse de pie lo más erguido que pude y le saludé con doble inclinación de cabeza, al estilo oriental. Y, sin más, lo acogimos en nuestra morada con las mejores muestras de simpatía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Siéntese, don Ricardo, por favor -le rogó Samuel, acercándole un taburete-. ¿Le apetece tomar algo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias, gracias, señores, pero, de momento no deseo tomar nada. Tanta amabilidad me ha sorprendido gratamente -dijo, echándose hacia atrás la capucha y tomando asiento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y qué tipo de información anda buscando por estos solitarios parajes -preguntóle Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ante todo, dejadme que os tutee -rogó  Ricardo-, ya que me habéis obsequiado con tan acogedor recibimiento. Tengo 44 años. Como ya os he dicho, resido en Madrid, en donde soy profesor e investigador sobre cuestiones de psicología, una ciencia tan vasta y apasionante como su objeto, la mente o espíritu humano, del que, a pesar de lo que cree la gente, apenas sabemos nada. Esa es la razón fundamental de mi viaje: estoy ahora centrado en la compleja e inexplicable entidad de yo; su ámbito, sus límites o fronteras; dónde empieza y termina el yo, y dónde se alza el no-yo; ¿puede el yo actuar o querer en sentidos opuestos, si no simultáneamente, en breve lapso de tiempo, sea cual sea el aspecto que se considere, ya sea lógico, ético, estético, etcétera...?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Peliagudo berenjenal por el que te paseas, amigo! -exclamó Don Quijote, atusándose los cuatro pelos de su barba- ¿Y tienes esperanzas de alcanzar alguna luz en cuestiones tan recónditas y escurridizas como peces asustados?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por supuesto que es un reto a nuestra mente, tan desacostumbrada y reacia a exploraciones no trilladas y a posibles descubrimientos incómodos, intolerables o heterodoxos para nuestra sociedad y cultura actual. Pero estoy persuadido de que el investigador auténtico, debe arriesgarse, como un escalador sin red, sea cual sea el posible resultado, sobre todo cuando el objetivo destella en la oscuridad como un mágico señuelo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Nos tienes intrigados, Ricardo -dijo Samuel, poniendo sobre la mesa el plato con las torrijas y un vaso de leche-. No entendemos qué relación pueda existir entre tus investigaciones y el hecho de venir a esta playa precisamente. Pero, antes que nada, a ver qué te parecen estas torrijas de receta medieval y extremeña.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias, Samuel -dijo Ricardo, llevándose a la boca una torrija-. Realmente deliciosa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, tras una pausa, continuó:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ese mágico señuelo al que me refiero se trata de un sueño. Un sueño tan veterano como yo mismo, pues se me ha venido repitiendo cada noche, salvo raras temporadas, a lo largo de mis 44 años. Un sueño que siempre se inicia con imágenes de un pueblo junto al mar, semejante al de aquí,  embellecido también por un faro y un templo gótico a uno y otro extremo; y, siguiendo la playa, la estampa, majestuosa e inquietante, de un pinar de planta triangular...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Samuel, Don Quijote y yo nos miramos sorprendidos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y qué personas aparecen en su sueño? -pregunté impaciente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Como en todo sueño -explicó Ricardo- el protagonista del sueño es el soñador, en mi caso yo. Pero con la particularidad de que ese yo de mis sueños no se ajusta al yo de mi estado de vigilia, es decir cuando estoy despierto. Me veo con una personalidad opuesta a la que creo poseer estando despierto. En el sueño me siento un ser resentido, lleno de despecho y rencor, con una maraña de complejos enterrados en mi ser, cual retorcidas y amargas raíces enroscadas  como serpientes. Me siento atormentado con las vivencias de una infancia recluida en un orfanato y con una concepción de la vida nihilista y absurda, convencido de que el destino de nuestra existencia no es otro que la muerte y la destrucción sin ninguna otra esperanza; y que las aspiraciones del ser humano se inflan hasta lo sublime, ilusoriamente basadas en leyes lógicas, físicas y metafísicas, pero que acaban estallando y diluyéndose como pompas de jabón en el océano de la nada. Es precisamente la conciencia y convencimiento de ese fracaso existencial lo que le ha impulsado a  exhibírseme cada noche, con regodeo, en  su desesperada e incendiaria actitud. Por supuesto que en esos sueños aparecen otras personas, escenarios y tramas, como si se tratara de la historia paralela de otra vida mía, pero con  tales visos de realidad y verismo que han logrado empujarme a realizar este viaje. Es lo que pretendo:  comprobar si existe cerca de aquí un pinar de semejantes características y alguna rara avis que merodee por sus proximidades...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Tate, tate! -exclamó Don Quijote- que me parece que el nudo gordiano va a resultar un juego de niños de guardería en comparación con el que vamos a tener que desenmarañar en este laberinto que, con lo que nos cuenta Ricardo, se nos ha enrevesado mucho más de lo que ya teníamos en perspectiva.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Inaudito -dijo Samuel, entusiasmado-. Ricardo nos ha mostrado otra pieza clave para recomponer el puzle que ya teníamos entre manos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué estáis diciendo? -preguntó Ricardo, sorprendido- ¿Acaso tenéis algún indicio sobre el problema que me acucia?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, y algo más que indicios. ¿Verdad Tinterico? -dijo Samuel mirándome y señalando a mi broche grabador-receptor-emisor que, nuevamente, pendía de mi cuello.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Efectivamente -aprobé, mostrando a Ricardo el broche, sostenido entre mis dedos-. Esta minúscula joya encierra un relato que, posiblemente, te resulte familar ¿Quieres escucharlo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdonad mi recelo, amigos -manifestó Ricardo-. Observo en vosotros buenas intenciones, pero no creo posible que dispongáis de información relacionada con este asunto. No puede ser. Más bien  se trata de un error, a no ser que me estéis tomando el pelo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ah, no, hermano Ricardo -se apresuró Don Quijote a explicarle-. Cómo se nota que eres muy joven y muy de estos tiempos. Hoy día la gente en general y, sobre todo, la gente joven en particular es muy reacia a creer cuentos maravillosos, lo cual es una actitud muy sensata y loable. Pero tan escépticos pretenden ser que rechazan de plano todo lo que queda fuera de sus cuadriculados esquemas positivistas. No se dan cuenta de que la imaginación siempre descubrirá realidades sorprendentes, más grandes y más bellas que las que nos ofrece la fría lógica y la miope experiencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Te felicito, amigo Don Quijote. Acabas de dar una lección a un investigador en psicología -dijo Ricardo con evidente entusiasmo-. ¿Y qué relato es ése que guarda tu compañero en su precioso colgante? Por favor, amigos, estoy impaciente por escucharlo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Adelante,  Tinterico! -me animó Samuel- Pon en marcha tu emisor para que Ricardo escuche el relato del misterioso personaje del pinar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tomé entre mis dedos el broche. Presioné en determinados puntos de su superficie y, en seguida, se inició el relato tal como se lo escuchamos a Aarón, con sus risas, desplantes y largos tragos. También se apreciaba el relajante rumor del océano, los agudos chillidos de las gaviotas y la aparatosa aparición de la tormenta que acabó con nuestra tertulia aérea por una buena temporada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sentí un raro cosquilleo recorrer mi tinteril espalda. También los demás debieron sentir algo, a juzgar por gestos que me resultan familiares. Ricardo se acomodó en el asiento. Montó una pierna sobre la otra, cruzó los brazos y entornó los párpados para concentrarse mejor. Su atención, interés y admiración en cuanto escuchaba, eran patentes. Muy pronto nos percatamos de que el personaje Aarón le resultaba muy familiar. Frecuentemente, Ricardo movía la cabeza asintiendo; otras lo hacía negativamente, e incluso daba señales de rechazo y censura. Pero, aunque los distintos hechos, situaciones, anécdotas y diálogos despertaban en Ricardo claras muestras de encontrados sentimientos, observábamos que en él prevalecía una evidente satisfacción escuchando aquel inesperado y errático relato.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Finalizado el primer capítulo, al cabo de una hora, pregunté a Ricardo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué te ha parecido? ¿Ha suscitado en ti alguna vivencia?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Increíble! -contestó con expresión de asombro- Jamás podría esperar que se dieran coincidencias tan estrechas entre una historia, narrada por alguien que desconozco, y los sueños que se han paseado por mi mente durante los años de mi  niñez y adolescencia.Y lo que Aarón cuenta de su llegada a estas playas y su instalación en el pinar se ajusta plenamente a la secuencia contemplada por mí en uno de mis sueños.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quieres que hagamos un descanso? -preguntóle Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No, por favor. Estoy impaciente por comprobar si el rumbo iniciado en el relato continúa  coincidiendo con el de mis posteriores sueños.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perfecto -dije, volviendo a poner en marcha el broche que, obediente, dio comienzo al segundo capítulo de esta historia.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Si la primera parte provocó en Ricardo intensas emociones, ésta segunda las despertó en mayor medida. Su actitud, concentrada y atenta, fue permanente durante la hora larga de su narración. La expresión de su rostro y la tensión de su cuerpo y de sus miembros se alteraban continuamente. Le vimos sonreír plácidamente, reír a carcajadas, concentrarse con evidente preocupación; y, también, identificarse con Aarón, especialmente en su etapa idílica con Delia. No obstante, la normal expresión de su semblante era la de rechazo a la rencorosa y negativa actitud de Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y esta es toda la información que, hasta ahora, hemos logrado de nuestro vecino Aarón -dije, apagando y cerrando mi broche transmisor, mientras observaba a Ricardo, que con seria expresión mantenía su mirada puesta en el horizonte marino, súbitamente azul y luminoso.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias,  amigos -dijo, tras su momentáneo embeleso-. No sé cómo corresponder a vuestra preciosa y desinteresada ayuda... Realmente estoy desconcertado y ansioso por conocer a vuestro misterioso vecino, tan ligado a mis sueños...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vayamos allá, sin más dilaciones! -exclamó Samuel, levantándose del taburete y cogiendo una bolsa en la que introdujo una fiambrera con las torrijas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ricardo volvió a enfundarse en el impermeable, bajándose la capucha hasta cubrirle la mitad del rostro. Salimos de la cabaña y nos encaminamos hacia el pinar, escuchando los admirativos elogios de Ricardo a la vista del fantástico paisaje marino, ahora soleado, que se iba abriendo a nuestro paso y, al parecer, tan coincidente con el de sus sueños.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Habíamos ya caminado como media hora, cuando al doblar a la izquierda de la cadena de dunas, apareció ante nosotros el majestuoso pinar, a unos trescientos metros de la playa, verde y destellante, como un fantástico prisma de esmeralda, de bases triangulares. Ricardo se detuvo y lo contempló extasiado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Sí, sí, es el pinar de mis sueños! -susurró.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Continuamos avanzando hasta llegar a tocar el altivo tronco, delgado y recto, como diseñado a cartabón, y que era arista central de aquel prisma gigante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No viendo la autocaravana de Aarón  junto a ninguno de  los lados visibles del pinar, continuamos buscando hasta rodear el pinar por el lado trasero. Tampoco estaba allí. Don Quijote, rápido y decidido, penetró hasta el centro del pinar, donde se puso a vocear como un político en plena campaña electoral:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Aarón! ¿Dónde estás? Somos tus  amigos y convecinos. Venimos a invitarte a tomar unas torrijas en agradable compañía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ricardo reía nervioso y emocionado, observando entre los pinos a Don Quijote que botaba como un mono, clamando a las alturas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El ronco fragor de un pesado carruaje, acercándose por el camino, que unía la lejana carretera y el pinar, captó nuestra atención.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No cabe duda -aseguró Samuel, observando detenidamente el carruaje-. Es la autocaravana de Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Salga de ahí, don Alonso! -le grité a Don Quijote- Ya hemos localizado a Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salió Don Quijote fuera del pinar, poniéndose junto a nosotros en espera de la inminente llegada de Aarón. Ricardo no apartaba su mirada del conductor del carruaje, ansioso por descubrir  los rasgos de su rostro, cada vez más perfilados.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡No puede ser! Ése no es Aarón -susurró Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Más bien parece un árabe, con ese turbante y chilaba blancos, y esa luenga y bífida barba cenicienta -remaché, respaldando la opinión de Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Es él, es él, estoy seguro! -exclamaba Ricardo, que no apartaba sus ojos desorbitados  de aquel hombre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sea quien sea -declaró Don Quijote-, aquí va a encontrar cuatro amigos dispuestos a prestarle  cuanto esté en nuestra mano.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El recién llegado detuvo la autocaravana varios metros más adelante de donde nos hallábamos, salió de ella, saltando como una rana, y se acercó hasta nosotros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vaya! Parece que fue ayer cuando estuvimos departiendo amigablemente en lo alto de ese pino gigante, ¡ja, ja! -dijo como ocurrente saludo el del arabesco pelaje- Ya veo que vosotros seguís con el mismo loock de aquella ocasión. La única diferencia que noto es que contáis con un nuevo cofrade que, por cierto, me resulta familiar, aunque, ahora mismo, no caigo en el motivo...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-A ti, en cambio -contestó Samuel-, nos resulta difícil identificarte, con esa barba y atuendos... ¿Obedecen a un posible cambio en tus convicciones, o se trata de  un efecto colateral de la crisis?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Nada de crisis -contestó orgulloso-. Mis buenos euros me ha costado esta ropa en el mercadillo, aparte de que para mí encierra un significado decisivo. ¿Y qué os trae ahora por aquí?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Aunque te extrañe -respondió Don Quijote con presteza- el innato y natural sentimiento de fraternidad y amistad que todo ser humano bien nacido debe sentir hacia sus semejantes, mayormente si son vecinos, torturados por demoníacas garrapatas espirituales.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Estoy absolutamente convencido -replicó Aarón- de que ni vos, señor enderezador de entuertos, ni ninguno de tus acompañantes, me va a liberar de los demonios a los que te refieres, ni quiero que me liberen, pues nada ni nadie mejor que ellos van a llevarme, a mí y a cuanto me rodea, al inexorable final que a todos nos aguarda: la nada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bien, pero si tan seguro estás de ese trágico final -le razonó Samuel- no seas estúpido y aprovecha el tiempo que te reste, hasta que llegue ese momento, en algo que te reporte alguna satisfacción.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Si eso es todo lo que podéis ofrecerme, ya podéis marcharos por donde habéis venido, porque esas cataplasmas las vengo empleando desde mi debut en el gran teatro del mundo y, no obstante, mis demonios se quedan tan frescos y oreados, sesteando en mis hamacas interiores.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero, vale, me habéis cogido en una hora tonta y tengo ganas de divertirme un poco con vuestras charlas y figuras esperpénticas, aprovechando ese sol, absurdamente hermoso, que nos contempla burlón desde ahí arriba, antes de que todo se vaya al carajo. Improvisemos un botellón, como Dios manda, en honor de este sol.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dicho esto, Aarón corrió a abrir la puerta central del carruaje, entró dentro y lanzó fuera, una tras otra, hasta cinco sillas y una mesa plegables.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rápido, Samuel,  extendió la mesa y colocó sobre ella la fuente de torrijas, mientras Don Quijote y un servidor poníamos las sillas alrededor. Luego apareció Aarón con dos botellas y cinco vasos de plástico que dejó sobre la mesa. Él se sentó tras la mesa, de espaldas al pinar. A su izquierda lo hizo Samuel. Don Quijote y yo a la derecha. Y Ricardo frente a Aarón, de espaldas al mar, con su impermeable y capucha encasquetada hasta las cejas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Muy buena la torrija! -alabó Aarón, saboreándola- Y os aconsejo que toméis alguna antes de que yo dé cuenta de ellas. Y este vino sureño es la mejor panacea contra todos los males, excepto la muerte -dijo, vaciando el vaso de un trago.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién sabe? -apunté, echando mis tres cuartos a copas- A lo mejor la vence o, al menos, la hace más dulce. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vamos!  Que no decaiga el buen ánimo, don Aarón -exclamó Don Quijote, volviendo a llenarle el vaso-, pues con ese atuendo morisco, esa barba nazarí, ese piquito de juglar y el fino olfato de catador de caldos, pareces la viva imagen de mi antepasado Benengeli.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aarón tomó el vaso y, mientras lo acercaba a sus labios, brindó, enigmático:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Por ella!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ricardo, vaso en alto, se puso de pie. Samuel hizo otro tanto. Don Quijote y yo les imitamos, aunque subidos sobre nuestras sillas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Por la vida! -exclamó Ricardo, entusiasmado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Viva la vida para siempre! -añadimos nosotros tres, apurando el vaso.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;(¡Huy -pensaba yo- ya veremos cómo reacciona mi sangre tinnteril con el pelotazo que me acabo de endiñar!)&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bueno, ya vale de  preludios y oberturas para arpa y orquesta -amonestó Aarón con destemplanza- y dejadme que continúe con mi truncada historia, que es lo que a vosotros os interesa, ¿no es así?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Adelante, adelante, amigo Aarón! -dijo Samuel, sentándose con palpable placer y los demás secundamos- Somos todo oídos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Misterios del destino! -rompió, al fin, el silencio Aarón tras una prolongada pausa de concentración, con la mirada puesta en la lejana, sinuosa e inquieta línea de espuma de la marejada- En poco más de un mes mi trayectoria volvió a cambiar. Como ya os conté, el asesinato de mis padres adoptivos me dejó huérfano por segunda vez, aunque con la notable ventaja de que, ahora, contaba con una afortunada herencia. ¿Por qué los mataron? Jamás llegó a averiguarse, pero ya conocéis mis ideas. Vivimos en un mundo absurdo, violento e injusto, poblado de encarnizados lobos, disfrazados de corderos. Un mundo hipócrita en el que ondean banderas y abundan los gestos y palabras de amor y solidaridad, cuando la realidad es que a todos nos mueve el egoísmo y el rencor. Un mundo que no sé por qué se ha molestado en existir, si, antes o después, estallará como pompa de jabón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por eso, viéndome poderoso con mi dorada herencia, tomé una decisión coherente con mis ideas. Ante todo me desentendería de enojosas ocupaciones y preocupaciones derivadas de los negocios. Vendí la almazara, la casa de Sevilla, los olivares y demás fincas, a excepción de La Cortijá. Lo convertí todo en dinero que deposité en el banco. Una fortuna con la que podía vivir como un marajá, sin temor a que se agotara, aun cuando viviera cien años. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como podréis suponer, tan pronto como volví de Inglaterra le pedí a Delia que se viniera a vivir conmigo a la casa de La Cortijá. Ella accedió de buena gana. Le propuse mi idea de montar allí un teatro-bar, en el que trabajarían los sirvientes que, hasta entonces, habían estado con Felipe y Manuela, incluida Marcelina, su madre. Ella prefirió no hacerlo. Delia, yo y algunos amigos, antiguos o nuevos, actuaríamos en el tablao-escenario, dando rienda suelta, de forma espectacular y divertida, a nuestras inquietudes interiores, tormentosas y asfixiantes presiones, rechazos y repulsas, así como al volcán explosivo de mi ser.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como botón de muestra de esas esperpénticas y desesperadas actuaciones teatrales, que ponía en escena a diario, os contaré la que representé una noche, allá por 1991, cuando el teatro-bar llevaba ya funcionando cinco años, pocos días antes de que Delia me abandonara, desapareciendo de mi existencia, ella que había sido mi  única razón para seguir viviendo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Claro, claro... Delia,  tu exclusiva razón para poder soportar esta vida... -musitaba Ricardo,  pensativo y cabizbajo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué runruneas forastero? ¿Qué sabes tú de Delia? -Ricardo miró a Aarón, insinuando una enigmática sonrisa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Bah -exclamó, despectivo, Aarón, y continuó con su relato:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo aparecía metamorfoseado, como un largo y enorme gusano, de boca inmensa, evolucionando en el dilatado tablao-escenario, mientras se escuchaba por los altavoces un atronador estruendo, mezcla confusa de cataclismos, griterío humano, feroces aullidos, voces lastimeras y terroríficas; lamentos, que ululaban como viento siberiano, de niños, mujeres, ancianos y adultos, atormentados, heridos, machacados... ¿Sabéis quién soy? Soy la vida animal y humana en su primer día sobre la Tierra. Es un mundo atroz e inmisericorde. Rayos, terremotos, inundaciones, huracanes, hambres, sequías, enfermedades, persecuciones a muerte de animales contra animales, de animales contra hombres, de hombres contra animales, de hombres contra hombres...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hay que matar para vivir, para divertirse, devorando y aplastando a los débiles, escoria de las razas. Hay que agruparse para vencer a los fuertes. ¡Muerte y destrucción a los enemigos! ¡Muerte a los que nos acosan y atacan! &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Por qué fue hecho así el mundo? ¿Para qué? ¿Quién puede contestarme? -preguntaba yo provocando al público- A ver, ése que ha levantado el dedo ¿cuál es tu opinión?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque el mundo -me contestaba a mí mismo, imitando el tono y aplomo de un científico- en sus comienzos, era como un puzle, cuyas piezas estaban sin colocar...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque los dioses estaban cabreados -decía, imitando a un hechicero...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque los creadores fueron unos chapuceros y no supieron hacerlo mejor -razonaba, imitando a un filósofo...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es decir -resumía yo, ondulando mi encanutado cuerpo de oruga-, la portentosa creación del mundo mereció una cacerolada, abucheo, desaprobación y censura de los innumerables espectadores, justamente indignados ante tamaño atropello. Pero... un momento -añadía yo poniéndome el índice en la oreja-. Se oyen cantos de sirenas: ¡shuiiiiiiiiii!, ¡shuiiiiii!, ¡shuiiiii!...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué bonito es todo! -parecía escucharse- ¡Que enmudezca esa voz pesimista y atrabiliaria! El mundo es muy bueno. La vida es bella. El universo es fantástico, inmejorable. ¡Aplastad a ese gusano agorero, a esa chicharra cansina y aguasiestas!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Estáis ciegas, sirenas mentirosas -contestaba yo-. Todo eso que alabáis como bello y fantástico no es más que la superficie, brillante y tornasolada. En cuanto escarbéis un poco, no encontraréis más que fango, gusanera y podredumbre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Es que no es bella y amable la vida de un gracioso niño; de una bella mujer; de un hombre atlético e inteligente; del sol, del mar, de las estrellas, de las obras de arte, del amor, de la música, del viento, de una flor, de una palabra de consuelo, del descubrimiento de un prodigio, de la solución de un problema?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No. No puede haber belleza, verdad, ni consuelo alguno en aquello que es engañoso y efímero, como  es todo lo que vemos, todo cuanto nos rodea.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Calla, necio -interviene el hechicero-. A los dioses hay que tenerlos contentos con ofrendas y sacrificios. Así evitaremos desastres, enfermedades y otros males.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No es eso -dice el sacerdote-. Somos hijos de Dios. Él nos ha creado para que seamos eternamente felices. Pero a cambio de que seamos virtuosos y tengamos fe en su palabra redentora; de que imitemos a su Hijo en el amor al prójimo, muriendo por él si es preciso...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya, ya. Y matándolo cuando tiene creencias distintas a la fe que predicas o resulta peligroso para el sistema socio-político. Pero es igual. Con fe o sin fe, el final es el mismo: la muerte, la desaparición, poco a poco, lentamente, pero inexorable y definitiva.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Enmudece, energúmeno, demoníaco poseso! ¿Por qué ese afán en querer verlo todo negro, negativo, nefasto, repulsivo, traidor, amenazador, con ánimo resentido y desconfiado de todo y de todos? ¿Por qué iban a tratar de engañarte las religiones?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Eres cándido o taimado? Muy sencillo: para que la plebe ignorante se someta, dócil, al grupo privilegiado, mimado por las circunstancias, que tiene la batuta. Para ayudar a los gobernantes de las sociedades, rígidas cariátides con sonrisas de piedra. La sociedad es necesaria, los gobernantes son necesarios, las religiones son necesarias. ¡Viva la arquitectura!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Viva yo, caramba! -gritó uno del público.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Guau, guau! -ladró un perro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Queréis que siga? -pregunté, poniendo los brazos en jarras a la altura de mi ombligo de oruga-. A la plebe también la hace dócil la ignorancia, los mitos y costumbres adormecedoras, estupefacientes y embotadoras de las mentes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Como qué?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sin comentarios. Pero, además, están los sutiles hilos, fuertes como grilletes, con que se manejan  las marionetas humanas. Ahí va alguna pista: ¡Hemos inventado el dinero!-Yo soy el banco-Tienes una vaca-Si te presto dinero, puedes comprar cien-Si me prestas cien, te devuelvo ciento diez-Necesito una casa, pero no tengo dinero- Toma el dinero y compra la casa-Ya es mía la mitad de la casa-Dame la otra mitad del dinero-No tengo dinero- Pues te quedas sin casa y sin el dinero que me has pagado-Llora, patalea o suicídate-Esto son lentejas-El Estado es una bella dama de acero...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Perfecto! -exclama el señor banquero, y su exclamación es repetida, como un eco aprobatorio, por el coro privilegiado y pelota que  vela por la buena marcha de la sociedad, envuelto en blancas volutas de inciensos y nicotinas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Ah, sí? A mi no me engañáis. Conozco muy bien vuestras artimañas y golferías. Todo es mentira. La única verdad es que todo será arrastrado por el negro sunami, el siniestro manto de la muerte. El mundo es de los fuertes, los poderosos, los triunfadores. Nada es bueno ni malo. Lo que importa es prevalecer por encima de los demás, sea como sea, por los medios que sea y el mayor tiempo posible. Al final, la muerte y la desaparición nos iguala a todos: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir..." ¡Cómo se burla la vida de todos los seres que han participado en ella! Al poeta se le congeló su último verso inútil en los labios yertos, asfixiado por una vulgar inhalación de CO2. El terremoto sacude brutalmente el magnífico templo dorado. El pontífice abandona su oración y corre despavorido. El pináculo de la torre cae sobre él, aplastándolo, mientras un caótico fragor le envuelve, cual una sarcástica carcajada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Miles de hormigas, enloquecidas por el hambre, devoran al político, ebrio y adormecido con su propio discurso: "Confiad en mí. Todos  vuestros problemas serán resueltos, todas vuestras necesidades cubiertas, todas vuestras aspiraciones colmadas... A cambio yo seré ensalzado, yo seré reconocido como el salvador, guía y caudillo del pueblo. Mi nombre quedará registrado en los libros de historia con letras de oro. Y mi patrimonio crecerá y multiplicará, siendo envidiado y maldecido por los demás".&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un murmullo, como de enjambre de abejas, que fue creciendo hasta convertirse en pavorosa jauría, sofocó mi voz haciéndola inaudible.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Calla majadero! ¡Suicídate, si tan asqueado estás de todo! ¡Nosotros queremos vivir! ¡Queremos gozar de la vida! ¡Comer hasta reventar! ¡Beber como cosacos! ¡Aparearnos de noche y de día! ¡No queremos quejumbrosas monsergas, fúnebres responsos, ni lágrimas amargas! ¡Vivir y gozar es lo que queremos! ¡Que no se le ocurra a ti ni a nadie llevarnos al despeñadero! No somos un rebaño de estúpidas ovejas. Lo que debes hacer es inundar nuestros gaznates con vinos de gran reserva y licores caleidoscópicos que nos hagan soñar mundos fantásticos. Llena nuestras barrigas hasta la saciedad. Haz una señal para que bajen de sus aposentos y desfilen, desnudas, las hermosas huríes del paraíso de Mahoma. Que el rock, duro como el pedernal, suene y despida rayos y centellas, haciéndonos retemblar con eléctricas sacudidas de pies a cabeza. ¡No queremos pensar! ¡Queremos vivir y bailar  de coronilla sobre la grava!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vale, vale! -grité, saliendo fuera del gusano, alzando y haciendo oscilar mis brazos como aspas de un molino- Tenéis razón. Si al final nos espera la muerte y la nada, disfrutemos ahora que estamos vivos! ¡Vamos, camareros y demás personal! Abrid los grifos, descorchad botellas y servid sin restricción alguna a nuestros invitados en todos  sus deseos y caprichos. Hoy es carpe diem gratis para todos. Que empiece la orgía dionisíaca.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¡Viva Aarón! ¡Viva la alegría y el placer! ¡Viva el rey pródigo y espléndido!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los aplausos y griterío atronaron, a lo largo y ancho de la Cortijá durante un buen rato. Y os juro que a mi público no le defraudé aquel día, ni en tantos otros. No obstante Leandro y demás personal de servicio, procuraban mantener la buena marcha del negocio con mente fría, práctica y honesta. Por lo que mi heredada fortuna tardó años en desmoronarse, a pesar de mi incontrolada dilapidación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero, a pesar de todo, había en el centro de mi ser un eje incandescente que me hacía girar y mantenerme en la existencia. Un eje con dos polos: Delia-yo, tan unidos y compenetrados que llegué a pensar que constituíamos la fórmula de un nuevo cuerpo químico. Yo mismo no llegaba a explicarme qué era lo que mantenía a Delia a mi lado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero me equivocaba. Cada día que amanecía, yo me apartaba más y más del sentir general de la sociedad, de sus normas, leyes, usos y costumbres. Y, tan convencido estaba de que, cuanto procediera de esa sociedad no era sino falsedad y mentira, que mi afán y obsesión de verla saltar por los aires y desaparecer en el espacio ilusorio, amenazaba con devorarme en cualquier momento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Delia que, desde que la conocí, había apoyado siempre mis decisiones, pareceres, discursos y manifestaciones, por irrelevantes que fueran, sin cuestionarlas apenas, comenzó  a mostrarse  más callada y esquiva conmigo, a raíz de la representación que os he descrito. Las dulces facciones de su rostro, su sonrisa fresca y radiante, su mirada alegre y luminosa, parecieron ensombrecerse.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué te pasa, Delia? ¿Por qué estás tan taciturna? ¿Por qué no sonríes como antes? Sigo siendo el de siempre. ¿Qué hago o digo ahora que no te agrada? Sabes que tú lo eres todo para mí: mi aire, mi sol, mi agua, mi vida... todo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Tú, Aarón, lo sabes muy bien -me contestó, al borde de las lágrimas-. Cuando te conocí, entendí e hice mía, durante mucho tiempo,  tu rebeldía contra la falsedad que nos rodea. Pero también hace tiempo que trato de hacerte ver que, a pesar de todo, debemos mantenernos a flote, haciendo frente al tremendo sunami que se nos viene encima. Tú, en cambio, persistes en tu actitud negativa, predicando en el desierto, dando patadas al aire, cada día más misántropo y arisco, más intolerante y hostil. Te guste o no te guste, te pongas como te pongas, el mundo es y seguirá siendo como es. No, Aarón. Has emprendido un camino sin retorno que te llevará a la ruina y destrucción definitiva. Porque todavía te aprecio, porque hay algo en ti que siempre vislumbré y aún me parece que palpita bajo esa montaña de negra desesperanza que te rodea, si sigues sintiendo algo por mí, demuéstramelo. Da un giro de 180º a tu vida. Lucha por expulsar de ti todo ese rencor y rechazo a cuanto existe. Acéptalo con humilde conformismo y confianza, como hacemos la inmensa mayoría. De lo contrario, y con mucho dolor por mi parte, tendré que abandonarte.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fue como si un rayo acabara de fulminarme; como si una montaña de arena hubiera caído sobre mí.  Le volví la espalda, me acerqué al bar. Cogí dos botellas de whisky y corrí por entre los olivos hasta el mirador de las higueras, junto al pozo del agua ferruginosa. Me senté al pie de una de ellas y me bebí las dos botellas, un tras otra. En aquel refugio, poblado de tiernos recuerdos, permanecí semiinconsciente hasta que Leandro, tras minuciosa búsqueda, me encontró y reanimó. Mi primer pensamiento fue para Delia. Le pregunté por ella. Me dijo que no la había visto desde hacía dos días. Traté de convencerme de que lo que ella pretendía era obligarme de alguna forma a cambiar, y que, en cualquier momento, volvería a mi lado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero no fue así. Pasaron los días, las semanas, meses y años. No volví a verla, ni a tener noticia alguna de ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hice de tripas corazón y continué con mi espectáculo surrealista, mordaz y corrosivo, que un público curioso acudía allí, movido por eso, y por desesperación o  tedio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ahora, sin Delia, más desesperado que nunca, mi horizonte se redujo en torno a mi cabeza, como un casquete de hierro, que me dejaba ciego y sin respiración. No obstante,  no me desmoroné ni me quedé arrumbado en la playa, como una medusa despreciable. Por el contrario, cambié el decorado del escenario. Ahora aparecía  como un altivo capitán pirata, con un parche plateado en el ojo izquierdo, sombrero blanco de ala semicaída, holgada blusa roja remangada, pantalón bermudas negro, curvo cuchillo al cinto y un trabuco corto entre mis manos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De esta guisa me presentaba al público que, receloso, procuraba colocarse a discreta distancia, tratando de adivinar el significado de mi nuevo atuendo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Tenemos plenos motivos para estar permanentemente cabreados, asqueados e insoportablemente ofendidos e indignados contra el entramado existencial que se nos ha impuesto?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡¡¡Síííííííííííí!!! -contestaba al unísono el numeroso público del  teatro-bar &lt;b style="font-style: italic;"&gt;Meteorito con hielo  &lt;/b&gt;(como últimamente lo había rebautizado)- ¡Estamos contigo, Aarón! ¡Apoyamos tu protesta! -declaraban cual en un referéndum in artículo mortis.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style="font-style: italic;"&gt;   &lt;/b&gt;Yo disparaba al aire atronadores trabucazos, mientras ordenaba a los camareros, particularmente a Leandro, con gestos que ellos entendían, que abastecieran de viandas y bebidas al personal,  hasta el hartazgo. Yo hacía malabarismos y piruetas ingeniosas para animar a los asistentes a dar rienda suelta a sus más recónditos instintos, liberándolos de inhibiciones y pudores. Y era yo el primero en dar ejemplo, comiendo, bebiendo y actuando como un simio en plena selva.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Inaudito! -exclamó don Quijote- Perdona que te interrumpa, amigo Aarón, pero no he podido contenerme. ¿Es que ésa tu rebelde y destructiva actitud te hacía sentirte más feliz y satisfecho de ti mismo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Lo de la satisfacción y felicidad es algo muy relativo. ¿O es que no es grato el sabor de la venganza, del odio y el rencor contra quien nos ha hecho la puñeta, así como el de machacar a todo bicho viviente que pretenda oprimirnos, señor caballero andante? &lt;b style="font-style: italic;"&gt; &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, tienes razón, aunque sólo en parte. Estoy convencido de que por encima de esa satisfacción, primitiva y feroz, que cualquier sabandija que se arrastra por el cieno puede experimentar, existe la satisfacción plena y limpia de pensar, actuar y comunicarse de acuerdo con la recta razón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Recta razón! ¡ja, ja, ja! -burlóse Aarón- ¿Cuál es la recta razón y quién actúa de acuerdo con ella? ¿Acaso las instituciones religiosas? ¿Los filósofos? ¿Los caballeros andantes? ¿Los reyes y gobernantes? ¿La naturaleza quizás? Espera un momento que voy a traerte una marmita llena de respuestas a todas esas preguntas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Repentinamente, Aarón se puso de pie, dio un salto olímpico, se encaramó sobre el techo de la autocaravana  y se puso a cantar, a pleno pulmón, emulando a Plácido Domingo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-&lt;i&gt;¡Granada,  tierra soñada por mí! Mi cantar se vuelve gitano cuando es para ti. ¡Mi cantar, lleno de melancolía...!&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Este hombre está más sonado que yo en mis mejores tiempos... -reconoció Don Quijote.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aarón descendió de la autocaravana, volvió a tomar asiento y continuó relatando, a grandes rasgos, las vicisitudes vividas posteriormente:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y, a ese ritmo frenético, turbulento y atormentado, viví a lo largo de mis últimos veinte años, cada instante, como un torrente demoledor que arrasaba las existencias de cuantos me rodeaban en aquel teatro-bar. Aunque -como ellos mismos reconocían- yo los redimía de sus molestas represiones y opresiones existenciales, liberándolos de las pesadas cadenas de una sociedad hipócrita y celosa de sus propios intereses; aparte de que yo les regalaba comida, bebida y diversión de forma espléndida y continuada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero, al final, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Mi largueza y esplendidez devoró la fortuna heredada de Feliipe y Manuela, que parecía inagotable.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fue en la primavera  del pasado año cuando Leandro y otros leales sirvientes, me informaron del grave problema económico que se nos había presentado: el Banco había rechazado varios cheques, firmados por mí, porque no había fondos. De la noche a la mañana me había quedado en la ruina. No disponía de dinero para pagar sus sueldos. Por otro lado, mi espectáculo no sólo había perdido interés y aceptación, sino que, incluso, despertaba hostilidades y amenazas. La situación llegó a hacerse intolerable.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por si fuera poco, mi asiduo sueño de cada noche, se me hacía más y más exasperante, viéndome sentir y actuar como un hombre espejo de perfección, que había logrado modelarse con supremo esfuerzo y tesón, hasta convertirse en un triunfador, un eminente catedrático e investigador en Psicología. Sueño que siempre se iniciaba con las imágenes de un extraño pinar, como éste en el que nos encontramos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esos fueron los motivos que me empujaron a tomar una tajante determinación. Propuse a Leandro y demás sirvientes quedarse, en calidad de propietarios, con la finca de La Cortijá, incluidas las instalaciones y negocio del bar-teatro, en compensación de mi deuda con ellos. Aceptaron sin la menor objección y cerramos el acuerdo ante un notario.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pocos días después, a mediados de junio del año pasado, preparé la autocaravana, que abastecí con las provisiones y cacharros que creí oportunos, sobre todo botellas de whisky. Cogí dos mil euros, que tenía guardados en una cartera, y, sin decir nada a nadie, me marché una madrugada de La Cortijá, sin otro rumbo que los exiguos indicios de este pinar y lugar costero, vislumbrados en mis sueños. Y aquí llegué hace diez meses, con la vana esperanza de descifrar el misterio de este lugar, ya que no el de mi existencia...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aarón,  los codos apoyados sobre la mesa, se cubrió la cara con las manos. Después de un silencioso minuto, cruzóse de brazos y quedó con la mirada perdida en el horizonte marino.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ricardo levantó la barbilla, miró a Aarón y le dijo, a guisa de comentario:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Realmente es difícil admitir que semejante historia no sea fruto de una mente calenturienta y desorbitada, pero yo sí te creo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Ah, sí? ¿Y por qué habrías de creerme?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque, aparte de esa etapa reciente de tu vida, que acabas de contarnos, estos amigos me han invitado a escuchar la grabación del relato de las anteriores etapas y, sorprendentemente, coinciden en sus menores vicisitudes e incidentes, con las que yo he vivido como protagonista, en mis sueños de cada noche, desde que tengo uso de razón, de forma paralela a lo que tú cuentas haber vivido. Aunque exceptuando un hecho muy relevante que no se ajusta a lo que yo soñé.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El rostro de Aarón se transformó. Quedóse lívido, mirando a Ricardo con ojos desorbitados.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué mentira estás urdiendo? ¿Quién eres tú?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, sin esperar respuesta, se abalanzó sobre Ricardo y le descubrió el rostro echándole la capucha hacia atrás. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Tú? No, no es posible. Tú eres ése en el que yo me veo transformado cada noche, en mis sueños. Ese yo modélico, idealizado e inalcanzable, que me exaspera hasta la locura.. ¿O es que tú y éstos que te acompañan sois unos farsantes que habéis venido a acabar conmigo de una puta vez? Pues, nada, ¡adelante! Aquí me tenéis, disparad sobre mí, o lanzaos como cuatro lobos hambrientos y devoradme. Así llegaré a la nada por vía ultrarrápida y ligero de carnes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Un momento, Aaron, tranquilízate -le dijo Ricardo, poniéndose de pie y agarrando sus brazos. Precisamente estoy aquí por la misma razón que tú. Ciertamente yo soy ese profesor e investigador en psicología, en el que, en tus sueños te transformas y prestas tu yo. Yo también te necesito para  encontrar la paz definitiva que tanto necesito. Tu testimonio y vivencias van a ser una preciosa ayuda para mí, al igual que puede serlo para ti la aclaración de tus sueños, que no son otra cosa que la película de mi vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡No, no te creo! -le gritó Aarón- Eres un impostor que tratas de obtener algún provecho de mi existencia errática, condenada a la perdición y la nada. ¡Fuera de aquí, fuera de mi vida tú y los demás! ¡Dejadme, en mi soledad, rumiar mis recuerdos, afilados y al rojo vivo, como encendidos puñales! ¡Marchaos por donde habéis venido, farsantes embusteros!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No, Aarón, yo no soy el embustero -replicó Ricardo-, sino tú, más bien.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Yo? ¿Por qué? ¿En qué he mentido a ti ni a nadie? -preguntó Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vuelve a sentarte, Aarón, por favor -trató Ricardo de apaciguarle-. Yo también voy a hacerlo y voy a refrescarte la memoria sobre un hecho de gran relevancia, que tú y yo conocemos tal y como ocurrió, y que no se parece en nada a la versión que tú has dado del mismo, en tus declaraciones y relatos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No me digas. A ver si va a resultar que eres mi ángel de la guarda, no te jode -contestó, irónico, Aarón-. ¡Vamos! suelta tu cuentecito, que tengo ganas de reírme un poco con tus sandeces. Adelante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ojalá que cuanto he soñado, cada noche, desde que nací, no hubiera sido más que pura invención de mi mente! Pero tú, Aarón, con tus relatos, me has confirmado que, cuanto yo he soñado, es fiel reflejo de lo que tú has vivido. Y, por el contrario, tus sueños son réplica exacta de lo vivido por mí. No te quepa duda. Ese personaje que, en tus sueños, ha crecido, noche a noche, esforzándose por superarse, luchando por controlar sus instintos y  pasiones, y labrarse una personalidad consciente y segura de su valía y con un claro objetivo en la vida: investigar y tratar de  desentrañar y entender el sentido de la misma, el por qué y para qué vivimos, ese personaje no ha sido otro que yo, el cual, simultáneamente y no sé por qué inexplicable motivo, también eres tú...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por favor, no sigas añadiendo disparatadas invenciones a esta historia mía, que no tiene más pies ni cabeza que los que pueda tener un meteorito errático, destinado a arder y desvanecerse en la nada, tras un topetazo contra su propia sombra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ojalá -añadió Ricardo- haya sido sólo fruto de mi imaginación la vida desesperanzada, soñada por mí, noche a noche, y soportada por ti día a día! Mas, para demostrarte la justa correspondencia entre ambas, voy a revelar la verdad de un episodio, determinante y crucial en el rumbo de tu existencia, del cual diste tú en tu relato una versión falsa y deformada, de consecuencias catastróficas, especialmente para ti que te ha hecho caer en un pozo sin escapatoria posible.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tú sabes que me estoy refiriendo al  episodio de tu estancia en Inglaterra. Una vez en la residencia de estudiantes, e iniciado el curso en la universidad privada, te propusiste estudiar en serio, sometiéndote dócilmente a la disciplina de ambos centros. Mas ¿cuál era tu verdadera intención? ¿Aprovechar el tiempo para superar el curso con brillantes resultados? ¿O, más bien, pretendiendo labrarte fama de joven modelo ante profesores y colegas, pensando en una futura coartada?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Calla! -le ordenó Aarón, con semblante descompuesto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No callaré, Aarón -continuó Ricardo-. A los demás conseguiste engañarlos. A mí, no. Escucha:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando supiste que la intención de Felipe y Manuela era la de enviarte a Inglaterra para separarte de Delia, un volcán de odio y deseo de venganza estalló en tu corazón contra ellos. Sentiste una irreprimible necesidad de acabar con ellos, pero, sin duda, con una mente muy fría y lúcida que te mostraba la doble utilidad de esa acción: estar con Delia sin que nadie te lo impidiera y apoderarte de la fortuna de Felipe y Manuela de la manera más simple e impune. No perdiste un solo segundo para llevarla a cabo. Consultaste la sección de anuncios y oscuras actividades de ciertos periódicos y revistas. Así lograste contactar con Valia, un sicario frío y desalmado, aunque limpio, rápido y disimulado como un felino. Llegaste a un trato con él. Él liquidaría a Felipe y Manuela. Tú le pagarías un millón y medio de pesetas, del dinero que Felipe te había ingresado en la cuenta que te abrió al enviarte a Irlanda para los posibles gastos imprevistos que te surgieran. Informaste a Valia, detalladamente, sobre la ubicación de la finca de La Cortijá, plano del edificio, carreteras y lugares anexos. Le diste instrucciones sobre la doble llamada al teléfono de la casa de Sevilla, con intervalo de un minuto, de acuerdo con lo escuchado a Fernanda cuando la aparición en el pozo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Valia llegó a Sevilla, en vuelo desde Londres, el 31 de octubre  por la mañana. Todo cuanto él hizo allí, lo sé, como tú también lo supiste, porque él te lo contó minuciosamente, cuando fue a cobrar el precio de su trabajo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tú habías elegido el 31 de octubre porque sabías que, como todos los años,  Fernanda y su hija Verónica se marchaban al pueblo a visitar el cementerio a otro día, fiesta de Todos los Santos. Esta circunstancia pasaría desapercibida por parte de Felipe y Manuela cuando oyeron la doble llamada de teléfono. Manuela pensaría, ilusionada, que esa noche, a las tres de la madrugada, volvería a encontrarse con el espíritu de su madre en el pozo del agua ferruginosa. Y Felipe, que estaba al cabo de la calle, esperaba como agua de mayo un nuevo encuentro con Verónica, para ver y acariciar su cuerpo sedoso y angelical. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una vez que Valia llegó al aeropuerto de Sevilla, buscó en los aparcamientos un coche de características poco llamativas y con aspecto de llevar varios días aparcado. Empleando una minúscula ganzúa y mucha destreza y sangre fría, abrió la puerta del conductor. Hizo el puente en los cables de encendido y el coche se puso en marcha, de inmediato. Valia dedicó la mañana a ensayar los recorridos de carreteras,  calles, lugares, especialmente de La Cortijá, tiempos y horarios, para no cometer fallo alguno sobre el plan previsto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las 15:30, hora en la que, habitualmente, comían Felipe y Manuela, Valia realizó las dos llamadas telefónicas,  según lo acordado entre Fernanda y Manuela.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Felipe y Manuela debieron de salir de su casa de Sevilla, en el todoterreno, a la 1:30 de la madrugada del 1 de noviembre. A las 2.00 dejarían la carretera general y entrarían en la  comarcal que rodea La Cortijá. Valia te dio detalles minuciosos de su fechoría: dejó el coche camuflado entre unos arbustos  cerca de La Cortijá. Fue andando hasta pocos metros de la puerta de la verja de hierro, escondiéndose, amparado en la oscuridad. Muy pronto escuchó el ruido de un coche, acercándose a La Cortijá. No podían ser otros que Felipe y Manuela. El coche se detuvo ante la puerta de la verja. Durante unos segundos el coche se iluminó por dentro. Felipe salió del coche y se dispuso a abrir la puerta de la verja. En ese momento surgió de las tinieblas un encapuchado, portando una pistola con silenciador. Felipe se volvió hacia donde había escuchado el ruido. El encapuchado le disparó certeramente en la frente y Felipe cayó de bruces contra  el suelo. Manuela salió del coche, gritando enloquecida. El encapuchado le disparó al cuello, segándole la yugular. Después, el encapuchado, friamente, se sacó del bolsillo una cámara digital y les hizo varias fotos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rápido, el encapuchado corrió hasta "su" coche, lo puso en marcha y, con las luces apagadas, salió a la carretera, asegurándose de que no se aproximaba ningún vehículo. Luego se dirigió al aeropuerto, dejó el coche en el parking y tomó el primer vuelo hacia Londres.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Todo lo que seguidamente ocurrió, fue contado correctamente por ti, Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Sí! Así tuvo lugar el final trágico de Felipe y Manuela -reconoció Aarón, poniéndose de pie y acercándose desafiante hasta Ricardo-.  Yo  urdí, preparé el plan minuciosamente, y  acordé con Valia su ejecución, siguiendo la misma lógica que tú, aunque en sentido opuesto. Y la misma motivación, es decir, el egoísmo, aunque el tuyo es disimulado y bendecido por la sociedad hipócrita. ¡Ja, ja! Así que tú eres el Ricardo de mis sueños, paradigma de virtud y perfección, esculpido a golpe de disciplinado y exquisito buril, labrándote una personalidad triunfadora, aclamada por esta sociedad de cartón piedra, enajenada y farandulera. ¿Sabes una cosa? Ambos corremos por el mismo círculo, aunque en opuesto sentido, ¿qué más da? Ambos acabaremos en el mismo punto final: ¡la nada! !Allí os espero, a ti y a todos!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, diciendo esto, Aarón se lanzó, en frenética carrera y con alucinado semblante, derecho al mar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Espera, Aarón, no lo hagas -le gritaba Ricardo, saltando del asiento y corriendo tras él, reacción que nosotros secundamos igualmente-. ¡Por favor, Aarón, detente, permanece a mi lado, sin ti no soy nadie! ¡Mira quién se acerca, corriendo, descalza y sin aliento, por la playa! ¡Es Delia, nuestra querida Delia! ¡Vuelve, Aarón, vuelve!&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ricardo cayó de rodillas sobre el agua, viendo a Aarón, que había avanzado más allá de cien metros,  hundirse bajo las aguas profundas  y no volver a emerger.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una joven de atractiva figura, con ajustado pantalón verde y blanca blusa, había llegado hasta  Ricardo y trataba de consolarlo, abrazándolo y besándolo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué ocurre, Ricardo, qué ocurre?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿No has visto, Delia -repetía Ricardo, llorando inconsolable, y señalando con la mano a la lejanía- Aarón ha desaparecido bajo las aguas... ¡Dios santo! ¿Qué va a ser de él, qué va a ser de mí?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nosotros, desde la orilla, presenciamos la dramática escena, conmovidos nuestros ánimos ante tamaño desenlace y la inesperada aparición de Delia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero tú, Delia -le preguntaba Ricardo, intrigado-, ¿cómo has venido hasta aquí? ¿quién te ha hablado de este lugar?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Rosaura -decía Delia-. Una señora de Osuna, a la que he llegado a descubrir y conocer tras mis pesquisas e indagaciones, encaminadas a aclarar tus orígenes y tu familia. Ella me ha acompañado hasta aquí, pero se ha quedado en el hotel. Ella me ha aclarado cuanto se refiere a tu origen y el de Aarón, así como vuestra enigmática relación  con estos lugares.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y cómo lo sabe ella?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque... Porque ella es madre tuya y de Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aquellas palabras nos dejaron, momentáneamente, mudos y sin aliento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tanto que prefiero no añadir nada más en este capítulo, pues cuanto sigue está entretejido tan solidariamente entre sí  que no tolera fisuras ni cabos sueltos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Os prometo que ese cuarto y último capítulo verá la luz muy pronto, mucho antes de que el amenazante cometa o pedrusco, espacial y damoclesiano, asome sus siniestras barbas de hielo, por el horizonte cascabelero del mítico 2012.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ánimo, amigos, a seguir ejercitándose para hacer frente a cualquier eventualidad, incluida la crisis, también damoclesiana...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un abrazo. Tinterico.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6815879139093679441-1774672993729488140?l=tinterojubilado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/feeds/1774672993729488140/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6815879139093679441&amp;postID=1774672993729488140' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/1774672993729488140'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/1774672993729488140'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/2011/08/el-enigma-del-pinar-cap-iii.html' title='El enigma del pinar - (Cap. III)'/><author><name>Dunscotiano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14343138484996610295</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-sTgkFhe-PYI/TkgEU9pInOI/AAAAAAAAAL8/t1EXnmlO94Q/s72-c/espiritu-mar.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6815879139093679441.post-7304626115858972670</id><published>2011-03-15T04:36:00.000-07:00</published><updated>2011-04-08T10:32:55.495-07:00</updated><title type='text'>El enigma del pinar - (Cap. II)</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 500px; height: 375px;" src="http://farm4.static.flickr.com/3034/2961087021_03acf56902.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Y por qué ese "pero"? -preguntó Samuel a Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como silencioso preámbulo, Aarón alargó el   brazo y cogió por el cuello la botella de whiski; se la acercó a los labios, a guisa de trompeta, y succionó de ella durante el toque de una diana floreada. Don Quijote, nervioso, se puso de pie y contempló el magnífico panorama desplegado ante la improvisada atalaya, colgada de aquel pino gigante. Las nubes habían sido barridas por el cálido aliento del levante, y un sol esplendoroso doraba ahora la arena de la playa y encendía infinitos espejos, diminutos y parpadeantes, en las ondas marinas.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;   -Si sois tan memos en querer seguir escuchando el relato de mi procelosa existencia -dijo Aarón, desdeñoso-, tomáoslo con calma, pues las urgencias no van conmigo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Adelante, experimentado navegante! -le animó Samuel a continuar- No nos importa que nos consideres memos por escuchar tu personal odisea que, aunque te extrañe, nos está resultando muy interesante. Y en cuanto al tiempo, es una bagatela incluida en cualquier operación, como el  iva en los precios de Eroski. Por lo que no tenemos inconveniente en estar escuchándote hasta el año 9.999 por la tarde, misma fecha en que caduca el DNI de jubilado que le han hecho a Lucas.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -De acuerdo, lunáticos correveidiles, continúo con mi relato:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   &lt;span&gt;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;La primera noche que dormí en casa de mis padres adoptivos, Felipe y Manuela, tuve un sueño extraño, no precisamente el  del muchacho modélico en el que, cada noche, soñaba que me transformaba. Me veía caminar por una playa solitaria, pensativo y trajeado como los niños de san Ildefonso cuando cantan la lotería de  navidad. Era un paraje marino de tonalidades sepias y amarillentas, dominado por una bruma húmeda y calentorra. La playa,  una estrecha franja de arena al pie de rocosos acantilados. De las aguas pajizas del mar emergían escarpados arrecifes que sugerían oníricas figuras de caracolas y laberínticas torres. Al doblar a la izquierda del acantilado vi, a unos veinte metros, un grupo de chicos y chicas, sentados en la arena, charlando animadamente. Conforme me acercaba al grupo noté que se callaban y me observaban  como si vieran un bicho raro. Al pasar junto a ellos, estallaron en una estrepitosa carcajada. Me sentí momentáneamente acobardado y corrido, pero, de inmediato, una oleada de orgullo  avanzó por mis venas. Me desprendí de los zapatos, chaqueta y camisa. Salté, dando un impulso hacia arriba y,  batiendo los brazos a modo de alas, volé a varios metros por encima de los jóvenes que me miraban boquiabiertos ante mi portentosa proeza. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Ya había avanzado unos cien metros cuando, de pronto, se levanta un fuerte viento  frontal que me impide seguir adelante. Intensifico mis aleteos, pero el viento me arrastra hacia los arrecifes, orquestado con las risas y burlones aspavientos de los jóvenes playeros. El pánico se apodera de mí. Mi caída era inminente. Los abismos marinos me esperaban con sus fauces abiertas...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Me desperté confuso y tembloroso, con la terrible sospecha de que aquel sueño era una certera premonición del porvenir que me aguardaba.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   A pesar de este sueño de mal agüero, al verme  en aquella casa señorial, a orillas del     Guadalquivir, me sentí invadido de una rara felicidad jamás experimentada. Era como si hubiera vuelto a nacer a una vida afortunada y prometedora. ¿Qué otra cosa podía pensar viéndome, ahora, rodeado de criados, lujos y comodidades? Desde el momento de mi llegada a esta casa me habían sorprendido las muchas dependencias y pasillos que había en ella, los suelos y escaleras de mármol,  así como el lujo de los muebles, lámparas, cortinajes,  cuadros, esculturas, etcétera.  Cuando, aquella mañana, me asomé a la ventana, me saludaron con su fragancia y colorido  las plantas del jardín y el huerto de la casa, próximos al río. El panorama era fantástico: numerosas golondrinas y gaviotas competían en sus piruetas acrobáticas sobre el agua, otras descansaban en las jarcias de las embarcaciones y algunas volaban, hechizadas, hacia la Torre del Oro. ¡Qué fruición  al descubrir aquella mágica vista de Sevilla con sus casas de cegadora blancura, las terrazas y patios floridos, los antiguos monumentos y modernas edificaciones, bajo un cielo que resplandecía con celajes azulados, blancos, dorados, rosáceos... como un cuadro impresionista recién pintado!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Por un momento me sentí transformado en el joven noble y juicioso de mis actuales sueños. Tenía la sensación de que el Aarón malévolo y asqueado de la vida, que antes era, se había esfumado al dejar el orfanato. Yo me pellizcaba los brazos y la cara para comprobar que estaba despierto. No me reconocía a mí mismo. Sobrevolando el cielo de mi mente percibía el aleteo de una duda preciosa:"¿Y si mi breve y nefasto pasado no hubiera sido más que una desagradable pesadilla?" Y, en un arranque de generosidad y ansia de transformarme de oruga en mariposa, me prometí a mí mismo violentar mis torcidas inclinaciones convirtiéndolas en un caudal sosegado y hermoso como el del río que fluía ante mí.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Qué bonito! -suspiró Don Quijote.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Y qué acertada decisión! -añadió Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Ya vale! -voceó Aarón, alzando la mano y moviendo los ojos entreabiertos de un lado a otro. Luego continuó:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Unos golpecitos en la puerta de mi habitación rompieron mi grato y pasajero embeleso. Era Marcelina, la jefa del servicio, una mujer de unos cincuenta años, bien parecida, alta y muy recta en todos los sentidos. Venía acompañada de Juanita, joven ayudanta que me traía, además de ropa interior, un conjunto veraniego y unas bonitas playeras. Marcelina me invitó a pasar al cuarto de baño, mientras Juanita ordenaba y limpiaba la habitación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Después, Marcelina me acompañó al comedor a tomar el desayuno. Allí me esperaban Felipe y Manuela, quienes me piropearon al verme con el pantalón crema y el polo azul celeste. Lola, otra criada encargada de la cocina, nos sirvió el desayuno.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Manuela estaba pletórica y no cesaba en sus elogios. Felipe asentía sonriente. A veces hacía un breve comentario festivo a las ocurrentes e incesantes palabras de Manuela. Me dio la impresión de ser una pareja muy compenetrada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Luego Manuela me acompañó, en rápida visita, a las distintas dependencias, patios y jardines de la casa, presentándome a cuantos empleados nos fuimos encontrando.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Felipe me condujo a su despacho, desde el que dirigía el negocio de la almazara, con la colaboración de Elena, su secretaria.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   ¿Qué más podía pedir a la vida? Por ello mi conciencia ética -que hasta entonces había estado dormida o de vacaciones en Bora-Bora- me exigió corresponder, por mi parte, con una conducta intachable y máxima gratitud y afecto a mis padres adoptivos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Aquel verano de 1981 descubrí un nuevo mundo y, sobre todo, me ocurrió algo decisivo en mi vida.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Muy decisivo? -le pregunté, impaciente por conocer puntos claves.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Mucho. Pero primero os contaré algo de ese nuevo mundo. Aquel primer  verano que pasé  en casa de Felipe y Manuela conocí a la mayoría de sus amistades, asiduos asistentes a las fiestas, reuniones y tertulias que cada dos por tres organizaban, bien en la casa de Sevilla, junto al Guadalquivir, o bien en la finca de la Cortijá, a veinte kilómetros de Sevilla.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Aarón se detuvo un momento en su relato. Recostado, con la espalda apoyada en una de las tablas fijadas al tronco del pino, soportes de aquel tenderete aéreo, cerró los ojos y apretó las manos sobre sus temporales, como si fuera a exprimirse la cabeza. Luego continuó:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Las fiestas y reuniones en esos lugares eran muy frecuentes, normalmente a iniciativa de Felipe, para agasajar, conquistar o deslumbrar a un cliente, a un político, u otra personalidad interesante. Pero a veces la convocatoria partía de Manuela, por los más fútiles motivos. Las fiestas de mayor brillo y glamur solían celebrarse en verano, en la finca de La Cortijá.  &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Como os decía, en mi cambio de actitud influyó, no poco, un hecho aparentemente irrelevante. Andaba yo practicando con la bici que me habían regalado, corriendo alrededor del aljibe del patio que, en aquella tibia mañana de septiembre, reverberaba bajo el sol como una joya, con sus policromados azulejos, palmeras y tiestos de flores.  &lt;/div&gt;&lt;div&gt;   En una de mis vueltas, al acercarme a la puerta de  salida a la calle, veo que  se abre, apareciendo una preciosa jovencita. Frené en seco, deslumbrado por su belleza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Hola! -me saludó, llegando hasta mí y envolviéndome con su agradable perfume- Tú debes de ser Aarón ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Yo la contemplaba embelesado.  Espigada, de cutis sedoso y algo moreno. Su rostro, en el que destacaban unos bellos ojos, negros y almendrados y una cautivadora sonrisa, quedaba realzado con la brillante melena negra de finos tirabuzones que rozaban su cuello y sus hombros desnudos. Lucía un escotado vestido de falda corta, verde y salpicado de florecillas rojas.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Sí, soy Aarón... ¿Quién te lo ha dicho? ¿Quién eres tú? -le pregunté, algo cortado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Me llamo Delia. Soy la hija de Marcelina, la jefa del servicio de esta casa. Ella me dijo que, desde el mes de julio, habías entrado a formar parte de la familia de Felipe y Manuela.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Y cómo no te he visto, por aquí, hasta ahora? -le pregunté.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Porque he pasado el verano con mis tíos, que tienen una casa junto al mar, en la Costa Brava.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Qué bien... Ya te quedan pocas vacaciones ¿eh? Supongo que estarás estudiando.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Sí. Dentro de pocos días comienzo el curso de primero de BUP.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Ah, sí? ¿En qué instituto?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Me habló de él con tal entusiasmo que no pude por menos de decirle:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Yo también tengo que hacer el primero de bachillerato. Felipe y Manuela quieren que lo curse en un colegio privado, con profesores ingleses y uniforme de niños pijos. Yo prefiero un centro público, como ese instituto del que me hablas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Pues... -ella me miraba sin pestañear, que me hizo pensar si mi poder hipnotizador del orfanato, nuevamente entraba en acción, pero, en seguida, me di cuenta de que era algo mucho mejor- ¿Por qué no te matriculas en el mismo instituto que yo? Seríamos compañeros... Convence a Felipe y a Manuela, diciéndoles que en ese centro te resultaría más fácil la convivencia y el trato con chicos de familias sencillas, normales. ¿No te parece?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Por supuesto -reconocí muy convencido-. Sería fantástico por lo que dices y porque...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Ella me sonrió y miró de una forma que me hizo sentir algo que nunca había experimentado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Aquel encuentro con Delia fue decisivo para mí. Comprendía que, para merecer y mantener su amistad, debería ganarme su estima, mostrándole mis mejores cualidades. Difícil tarea, pero era la ocasión de oro para desterrar definitivamente la índole perversa del Aarón que, hasta entonces, había sido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   De momento no dije nada a Felipe ni a Manuela sobre mi iniciada amistad con Delia, ni que, precisamente, era ella el motivo por el que prefería matricularme en el instituto público. Ellos trataron de convencerme sobre la excelencia del centro inglés, mas se rindieron ante mi resuelta decisión y acalorado razonamiento. Por lo que me matricularon en el público y en él superé, con notable aprovechamiento, los tres cursos de bachillerato más el COU.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Fueron cuatro años maravillosos. Ella lo era todo para mí: el sol, la luna, las estrellas, el aire, la luz, el aliento de mi vida, el agua para mi sed, mi alimento, mi alegría, el sentido de mi existencia...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   En las noches de aquellos tres años dejé de soñar que yo era el Aarón bueno y triunfador, opuesto  al malvado que cada mañana descubría en el espejo. Ahora mi sueño nocturno era continuación del feliz sueño que estaba viviendo cada día con Delia.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Y os veíais frecuentemente en la casa de tus padres adoptivos? -preguntó Samuel, curioso.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -En absoluto. Ella era muy discreta y celosa de sus propias decisiones, y no le gustaba airearlas. Por eso, muy raramente, venía a la casa, a no ser para comunicar algo importante a su madre. En esas ocasiones procurábamos mostrarnos, Delia y yo, aparentemente distantes e indiferentes, por lo que nuestro idilio pasó inadvertido, durante esos cuatro años de instituto, para cuantos residían en aquella casa o se relacionaban con Felipe y Manuela. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Tal como nos has descrito a tus padres adoptivos, debían de ser personas afables, sensatas y magnánimas. ¿Por qué, entonces, ese recelo y temor a que se enteraran de vuestra amistad? -le pregunté.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Afables, sensatas y magnánimas? Ja, ja, ja -dijo con sorna- Eso pensaba yo, pero lo cierto es que el elevado concepto y estima que yo me había forjado de ellos se derrumbó, en un abrir y cerrar de ojos, como un castillo de naipes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Reconozco que cuando los conocí en el orfanato pensé que eran ideales para tenerlos como padres. Mi primera impresión sobre Manuela fue la de que era todo ternura y delicadeza de espíritu. De tipo no era muy alta y algo rechoncha. Tenía una rubia melena teñida que agitaba con eléctricas sacudidas a lo Norma Duval. Sonreía continuamente. Le gustaba vestir prendas de marcas afamadas, aunque no conseguía ser elegante. No tardé mucho tiempo en descubrir su verdadera condición, dominada por la insensibilidad, la hipocresía y la vanidad.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Y Felipe? -Preguntó Samuel, impaciente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Felipe también me había fascinado durante las primeras semanas cuando lo conocí. Alto, moreno, de cabello negro y ondulado, y una cuidada barba rizada que le daban aspecto de galán de cine.  Era elegante por naturaleza en sus modales, en el vestir, en sus relaciones con los demás y en todas sus manifestaciones. De agudo ingenio y conversación amena y ocurrente, sabía granjearse la voluntad de la gente, que él aprovechaba para captar nuevos clientes o amigos influyentes. Mas detrás de su mirada, palabras y seductores gestos, se escondía un cerebro frío y calculador que analizaba minuciosamente a las personas, desentrañando su psique, sus puntos débiles y, especialmente, su patrimonio y posible utilidad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Felipe, sin duda, era mucho más inteligente que Manuela. No obstante, tanto él como ella habían sido mimados por la vida. Ambos habían nacido con estrella, aunque lo demostraban con diferente estilo. Poseían las mejores condiciones para triunfar: perspicacia, decisión, tenacidad y una conciencia sin escrúpulos, a pesar de su apariencia conservadora y religiosa.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Llegaron ellos, en algún momento -preguntó Samuel-, a demostrarte malquerencia, aversión o rechazo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Si tenéis paciencia en escucharme hasta el final, vosotros mismos podréis juzgar y valorar su comportamiento conmigo. Ya os he adelantado que Felipe y Manuela eran muy aficionados a la celebración de fiestas y reuniones en cualquier época del año, aunque las de mayor brillo y glamur solían celebrarse en verano. Y algo que los habituales invitados desconocían era que el éxito y excelente resultados de esas fiestas se lo debían a Marcelina.  Según me contó su hija Delia, Márcelina tenía pánico a esas reuniones, ya que  le suponían un derroche de imaginación, de energías, inspiración y esfuerzo, organizando, haciendo provisiones e instruyendo a los sirvientes. Y, particularmente, detestaba tener que corresponder con inclinaciones, sonrisas y felicitaciones a las impertinencias de algunos invitados. Pero ella sabía hacerles frente con su exquisita diplomacia y trato esmerado.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Todas las reuniones y fiestas eran parecidas, pero hubo una realmente determinante para mí. Se celebró a finales de agosto de 1985, en la finca de La Cortijá, tras haber yo superado con éxito el COU. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Marcelina había logrado -con sus colaboradores: Leandro, Lola, Juanita, su hija Delia, y yo también en aquella ocasión- que La Cortijá, a las ocho de la tarde, resplandeciera como un ascua de oro, frente a un sol anaranjado, cabalgando sobre el horizonte de olivos de la loma lejana. Sus oblicuos rayos realzaban el colorido y el brillo del césped, plataneras, acacias, arrayanes, jazmines y tantas otras plantas y flores, embelleciendo la explanada que precede a la fachada principal del edificio.  Bajo el soportal central de la casa, delante de la entrada principal, habían colocado una larga mesa, cubierta con un blanco mantel, sobre la que los sirvientes fueron depositando gran variedad y cantidad de aperitivos y bebidas. A unos diez metros de aquélla, habían montado una tarima para actuación del coro de cantaores, bailarines y espontáneos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Marcelina, Delia, Juanita y Lola, uniformadas con blusa blanca y falda celeste de tirantes, esperaban a pie firme, delante de la mesa, a que llegaran los invitados. Yo, a pesar de las protestas de Manuela, no quise trajearme, y me presenté con un pantalón vaquero y una blusa de verano. Las tareas que me asignaron fueron las de ayudar a Leandro en lo que fuera preciso para atender lo mejor posible a los invitados y que el evento resultara a pedir de boca.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   En la artística puerta de hierro forjado de la verja que une las dos alas de La Cortijá, cerrando la explanada, esperaban Felipe y Manuela. Felipe con pantalón blanco y camisa floreada de manga corta. Manuela, maquillada generosamente en ojos, pómulos y labios,  se había plantado un vestido rojo, largo, ceñido, con abertura  delantera que permitía, a sus piernas blanquecinas y reventonas, asomarse a tomar el fresco.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Llegaron los invitados en sus flamantes coches, sonando los cláxones, agitando las manos y lanzándonos besos a distancia. Luego,  conforme  se acercaban a la entrada, saludaban, bromeaban y piropeaban a grito pelado. Sus atuendos eran más bien informales, unos más atrevidos que otros, pero todos con algún detalle gracioso, que lucieron garbosos incluso don Rosendo el reverendo, don Dionisio el filósofo pomposo, el poeta don Narciso Soñodor o el Alcalde de Ladrillada de la Sierra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Leandro -criado fiel, servicial por vocación y marujón de nacimiento-  salió a su encuentro  y los condujo, sonriente y derrochando simpatía por los cuatro costados, hasta Felipe y Manuela, que los saludaron y besaron uno por uno. Luego iniciaron la entrada al recinto de La Cortijá bajo los acordes nupciales del &lt;i&gt;Lohengrin&lt;/i&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Quiénes se casan? -preguntaba alguien riendo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Pues, nosotros! -voceaban, besuqueándose, los dos componentes del dúo Pipi-Rana. Pipi luciendo  sombrero cordobés rojo, camisa amarilla y pantalón rojo; Rana con sombrero cordobés verde, camisa blanca y pantalón verde.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Vivan los novios! -aclamó la concurrencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Leandro me zarandeó por el brazo y me dijo que le siguiera. Nos adelantamos a la comitiva, y recogimos de detrás de un arbusto sendos cestos rebosantes de pétalos de rosas, claveles y jazmines. Nos colocamos ante el cortejo y fuimos lanzando puñados de pétalos sobre el pasillo central, mientras el coro de las Comadres Trianeras entonó el himno &lt;i&gt;¡Y viva España!,&lt;/i&gt; que todos corearon y acompañaron con palmas y rítmicos movimientos, hasta llegar al soportal central del edificio, en donde estaba la gran mesa alargada, revestida de lujosa mantelería, en torno a la que había treinta sillas confortables y ligeras. Marcelina y sus chicas se apartaron, discretamente, por detrás y a la derecha de la mesa, lo más cerca de la cocina y la despensa. Felipe y Manuela ocuparon los asientos centrales. Los invitados se acomodaron como mejor les apeteció. Leandro, y yo junto a él, permanecimos de pie al lado contrario de las sirvientas, atentos como aquéllas  a ofrecer nuestros servicios: ya fuera de camareros, pinchadiscos, socorristas de posibles bañistas en apuros, o para cualquier capricho de aquella divertida comparsa.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Cuando todos cantaban entusiasmados, Felipe hizo un guiño a Leandro y nos pusimos en movimiento. Llenamos las copas con champán. Concluido el "himno", brindaron todos con gran regocijo y gritos de vivas y bravos. A continuación, Felipe, con gesto de emperador romano, rogó que todos se sentaran y le escucharan un momento:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Tanto Manuela como yo os agradecemos vuestra asistencia. Recibid nuestro saludo y cordial bienvenida a esta amigable reunión. Uno de los motivos de esta fiesta es para daros una sorpresa (o quizás más de una) en el transcurso de la misma. Pero con la particularidad de que sois vosotros quienes tenéis que descubrir dónde coño está la sorpresa -risas a discreción-. Yo me limitaré a daros alguna pista que os ayude a encontrarlas, con el apoyo literario de nuestro amigo y eximio poeta don Narciso Soñodor, el dúo Pipi-Rana y las bulliciosas Comadres Trianeras. Mas, ante todo y sobre todo, estamos aquí reunidos para divertirnos y pasarlo bien con vuestra grata compañía  -concluyó Felipe, alzando la copa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Todos los presentes le correspondieron, copa en mano, lanzando vítores en honor de Felipe y Manuela, mientras el dúo Pipi-Rana volvía a intervenir con  un variado repertorio de fandangos, bulerías,  sevillanas y soleares. Rana llevaba la voz cantante, Pipi le acompañaba cantando y tocando la guitarra; las Comadres Trianeras bailaban; y el resto del personal palmeaba a su aire. Felipe aprovechó el jolgorio para revelar a don Narciso Soñodor el contenido de la pista de una de las sorpresas. El poeta, como un rayo que no cesa y más rápido que un mono saltando de rama en rama, transcribió el mensaje en una servilleta de papel, adornándolo de lírico ropaje. Lo escribió con letras grandes, de imprenta,  y lo colocó a la vista del grupo  folclórico para que lo cantaran con la música  que Pipi creyera más acertada. Pipi, sin dejar de cantar y tocar el fandanguillo que tenía entre manos, miró los versos y, en seguida levantó los brazos, rogando silencio. Cogió aire y,  con voz robusta y legionaria, cantó con la música de &lt;i&gt;Banderita tú eres roja:&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   Ojalá volviera España&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   a ser como en los cincuenta:&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;Una, libre y gran  familia,&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   feliz y en continua fiesta.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   A nadie faltaba el pan.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   Todos dormíamos la siesta.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   Todos corríamos unidos&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   y rectos como una saeta.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   España era un concierto,&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   que envidiaban los de fuera,&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   en el que todos tocaban&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;   y uno dirigía la orquesta.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pipi-Rana, coreados por las comadres, repitieron los versos narcisianos, una y otra vez, hasta poner  al rojo vivo los ánimos de los invitados, que dieron rienda suelta a su entusiasmo con gritos, saltos y un chaparrón de aplausos. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Ya  todos algo más sosegados con aquel desfogue, y aunque el grupo folclórico continuó amenizando el ambiente, Felipe propuso que comenzara la ronda de comentarios, preguntando:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Qué os parece la canción que acabáis de escuchar?  ¿Estáis de acuerdo con ella o pensáis que vivimos mejor ahora con la cacareada democracia?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Por favor, Felipe! -exclamó Adolfo Lucero, atusándose, nostálgico, su estilizado bigotillo y el pelo atirantado con gomina- Hay preguntas proscritas, a priori, por subversivas y antisistémicas, ya que el hecho de formularlas presupone que todos somos iguales, y eso es una aberración contraria al orden de la naturaleza y de la sociedad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Por supuesto -se apresuró a respaldarlo don Rosendo el reverendo, elegantemente trajeado de gris alpaca, camisa negra y alzacuello de cisne-, la sociedad debe ser como una magnífica catedral: todas sus piezas son importantes, pero cada una tiene la misión que le corresponde. A unas les ha tocado ser lámpara, campana, vidriera o pináculo, mientras que otras han de conformarse con ser bastos adoquines o humildes baldosas. No podemos ser todos iguales. Eso sería un caos desastroso.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Un símil muy acertado, don Rosendo -alabó Fernanda, sentada junto a su hija Verónica, frente a Manuela y Felipe, al otro lado de la mesa-. Lo mismo pasa en la vida, unos han nacido gárgolas -dijo, mirando de reojo a doña Susina y a don Servando, director de una oficina bancaria- y otros flores de acanto de capitel corintio -añadió con una sesgada y fugaz mirada a su hija y luego a Felipe.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Tienes razón, Fernanda, el símil de don Rosendo es pintiparado -dijo Manuela, mirando sonriente a una y a otro- pero, lamentablemente,  cada día que pasa, el pueblo tiene menos fe y espíritu de sacrificio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Y, ahora con la democracia, menos aún -apostilló doña Susina-. Es una vergüenza lo que está ocurriendo en España: la moralidad se está hundiendo. En el cine, la televisión, la prensa... no se ve otra cosa que obscenidades. La misma calle se ha convertido en un teatro, al aire libre, en el que se ofrece todo tipo de de provocaciones: prostitutas semidesnudas, parejas de homosexuales haciendo gala de sus malsanas tendencias, novios comportándose sin ningún pudor, niños y jóvenes  irrespetuosos, sin educación alguna, adultos gritando con lenguaje soez... Y, por otro lado, la gente cada vez quiere trabajar menos y ganar más. Todo el mundo quiere irse de vacaciones a la playa, tener un chalet, un coche de lujo, ser importante... Mucha culpa tiene la tele que no para de incitar al consumismo, de exhibir modelos procaces, de aplaudir conductas censurables y manifestar, con orgulloso descaro, opiniones y teorías descreídas y demagógicas, en esos programas de tertulias barriobajeras...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -El problema de España -comenzó a disertar don Dioni, el filósofo pomposo, con grave talante y verbo sentencioso y hueco- no es otro que el de todo el mundo, sólo que cada país se lo plantea y trata de solucionarlo de acuerdo con su idiosincrasia. A la gente en general (y cuanto más inculta con mayor motivo) le pasa como a los animales irracionales: creen que cada uno de ellos es lo más importante del mundo, y que tienen derecho, nada menos, que a disfrutar de todos los bienes necesarios para ser felices. Están en un error que yo calificaría de poliédrico, porque es un error de múltiples caras: un error lógico, cosmológico y transcendental. No se dan cuenta de que, en realidad, hay dos mundos: el terrenal, en el que se desarrolla nuestra limitada vida; y el del más allá, en el que cada cual recibirá el premio o castigo que haya merecido. ¿Qué deben hacer los animales y los seres humanos en su vida terrena? Colaborar y esforzarse en mantener, escrupulosamente el orden cósmico establecido. Es decir, los animales, así como cosas inanimadas, deben servir para uso y disfrute de los seres humanos. Y en cuanto a los seres humanos, hay que tener muy clara una cosa: no todos somos iguales. Existen muchas notas, cualidades, facultades, físicas y anímicas, asi como derechos personales y sociales, que nos diferencian notablemente unos de otros en el orden establecido por el Creador, orden sagrado que debemos respetar para que todo funcione como un reloj.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Y qué orden es ése? -preguntó Manuela, bastante desorientada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Querida Manuela -trató de explicarle don Dioni-, Felipe, tu esposo, nos ha propuesto una pista que tiene mucho que ver con ese orden del que te hablo. El hombre -como decía Aristóteles...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Onassis? -le interrumpió de nuevo Manuela.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -No, Manuela, el Aristóteles que cito, aunque también era griego, no era armador de barcos, sino filósofo...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Ah!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Sí. Y decía Aristóteles que el hombre, por naturaleza, es un animal político, nacido para vivir en sociedad. Y en la sociedad, digan y pretendan lo que quieran los revolucionarios, siempre ha habido y habrá estamentos y clases sociales, gobernantes y gobernados, señores y criados, ricos y pobres, ignorantes y cultos... La plebe está muy equivocada. Protesta y reniega de los poderosos, capitalistas, patronos y personajes sobresalientes por sus cualidades naturales o adquiridas, tachándolos de injustos, esclavizadores, aves de rapiña y otras lindezas. No se dan cuenta de que, cuanto más ricos y poderosos sean esos capitalistas -que son quienes mueven el progreso económico-, más beneficiados resultarán ellos, pues tendrán más trabajo y mejores salarios.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Sí, señor -aprobó don Rosendo el reverendo, deslizándose el índice por el borde del alzacuello-. Por suerte o por designios de la Providencia divina, a unos les ha tocado abajo y a otros arriba. ¿Es eso injusto? No. El evangelio  lo dice muy claro: "Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos". ¿Qué más queremos? Cuando todo el mundo se convenza de sus limitaciones personales y se conforme con la paga asignada según sus circunstancias y capacidades, el mundo funcionará con la mayor armonía y prosperidad. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Así es, así es -corroboró don Servando, tamborileando como si interpretara la tocata y fuga en re menor de Bach.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Don Dioni ha dado de lleno en la diana! -exclamó Adolfo Lucero, levantando el brazo y sacudiendo el índice tres veces- La plebe no reconoce el gran favor que se le hace. Ni el beneficio inmenso que les prestamos con nuestra providencial intervención en la guerra civil, para restablecer el orden al que se refiere don Dioni. Ya veremos en qué acaba la ansiada, aplaudida y vitoreada democracia que el numeroso e ignorante rebaño de cabestros nos ha impuesto por los cuernos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -No te preocupes, Adolfo -le reconfortó don Narciso Soñodor, acariciándose la melena entrecana con una mano y, con la otra, la cadena de oro que centelleaba en su cuello-. Por muy farruco que se pongan febrero y marzo, la primavera acabará sonriéndonos. ¿Verdad Verónica? Ja, ja, ja -dijo, mirando a la joven primero y luego a Felipe.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   A Verónica se le subió el pavo. Felipe miró fugazmente a Verónica, sonrió y luego hizo una indicación a las comadres y al dúo Pipi-Rana:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Qué os pasa, que estáis tan sositos? -bromeó viéndolos cotorrear, sentados en el borde de la tarima.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Nosotras sositas? -contestó una de las comadres- Será porque tenemos la garganta seca como si hubiéramos comido polvorones de estopa. ¡Vamos Leandro, mi arma, abre el grifo, que no somos de secano!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Como impulsados por un resorte, los sirvientes -Delia y yo incluidos-, corrimos a reponer refrescos, licores y aperitivos deliciosos. De inmediato el tono algo tenso, que había alcanzado la tertulia, se distendió por ensalmo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Las bullangueras comadres y el dúo Pipi-Rana saltaron sobre el tablao, iniciando otra ronda de cante y baile, mientras el resto de invitados seguía con su tertulia.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   A Marcelina se la veía radiante y feliz, consciente de su importante papel en el éxito de la fiesta, presta a satisfacer el deseo más insignificante de los invitados. En un momento en que me senté junto a Delia en un banco próximo,  sorprendí a su madre mirándonos, complacida, mientras cuchicheábamos con evidente complicidad. Delia, alegre y divertida, se reía con mis comentarios sobre aquella panda de tañedores de cornamusas engolados, dispuestos a defender, a cualquier precio, su privilegiada posición social. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Bravo! -gritó don Wenceslao, conde de Breva Bravía, aplaudiendo al grupo folclórico, aclarándose la garganta con un buen trago de ponche soberano y, a renglón seguido, continuando con el tema que tenía entre manos- ¿Y qué me decís del futuro de tantas joyas de nuestra rica, ancestral y envidiada cultura española, como es el flamenco y otras muchas? Esta democracia, que se nos ha colado por culpa del chocheo de quien todos sabemos, acabará con nuestra cultura y nuestras costumbres. Si no hacemos algo para evitarlo, España perderá su folclore y su glamur como perdimos Cuba y Filipinas. Nos quedaremos sin sanfermines, sin procesiones de semana santa, sin fallas, sin empalaos, sin cabras ni pavos desfenestrados desde la torre, sin toros embolaos, sin tomatinas, sin calderetas de vaquillas linchadas, sin Jauja, sin Babia, y hasta sin la fiesta nacional por excelencia: las corridas de toros.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Sin Babia también? -preguntó  Manuela, con aire distraído, arrancando una carcajada general.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Alto ahí! -exclamó el torero Bollico, poniéndose de pie, cubata en mano y exhibiendo varias lámparas de cocacola en su traje, níveo y ajustado como un carámbano caliente- ¿Prohibir las corridas de toros? ¡Eso nunca! ¡Hasta ahí podíamos llegar!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Es lo que antes os comentaba -volvió a intervenir don Dioni, el filósofo pomposo-, mala es la ignorancia, pero peor aún es llenarse la cabeza con teorías peregrinas, por muy actuales y de moda que estén. Digan lo que quieran los ecologistas y teatreros defensores de los animales, éstos siempre estuvieron y estarán al servicio pleno del hombre. Para eso han nacido: para servirnos de alimento, utilidad y diversión. La naturaleza ha sido organizada así por el Creador, guste o no guste a mentalidades timoratas. En ella rigen leyes inexorables, violentas y crueles, pero eficaces y necesarias. ¿Sabéis lo que os digo? Que no tenéis nada que temer. Ya veis lo que está pasando en la Unión Soviética: al fin se están dando cuenta de que el comunismo es un camelo y la gente corre ya al capitalismo a la voz de "mariquita el último".&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Mientras don Dioni peroraba sobre el tema, especialmente con los del lado izquierdo de la mesa, Felipe charlaba, por lo bajo, con Verónica; mientras Fernanda, la madre de ésta, lo hacía con Manuela, que la escuchaba con sumo interés.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Deseo, Verónica, proponerte algo. Tu madre -le decía Felipe, señalando a Fernanda con la barbilla, me ha puesto al corriente de tu preparación académica, y tus deseos de trabajar conmigo como secretaria, lo que, en principio, me resulta halagüeño. Pero, primero,  debo hacerte un pequeño examen teórico y práctico. El teórico podemos empezar ya a hacerlo, si te parece. El práctico lo haremos más tarde en la oficina...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿En la oficina? -le pregunta Verónica con maliciosa sonrisa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Sí, claro, ja, ja -rióse Felipe-. Tengo que comprobar que eres una buena taquimeca y que el ordenador no tiene secretos para tí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Pues, adelante, ¡cuando quieras! -exclamó Verónica, sonriente y extendiendo las palmas de las manos hacia él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Vale, empecemos con literatura. Imagina que tú y yo somos una de tantas célebres parejas literarias. Si yo fuera Calixto ¿tú quién serías?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿La Celestina? -contestó Verónica, preguntando con maliciosa sonrisa.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Ja, ja, ja! Esa sería más bien tu madre -añadió Felipe, riendo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Qué tonterías le cuentas a Vero, Felipe? -le pregunta Manuela, tocándole con el codo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Nada. Son cosas nuestras. Tú sigue escuchando las prodigiosas historias de Fernanda -le contesta Felipe, guiñándole el ojo derecho a aquélla.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Sigamos con lo nuestro, Verónica, ¿Y si tú fueras Julieta, yo quién sería?...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Fernanda, por su parte, gesticulaba  para hacerse entender por  Manuela:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Escucha, Manuela, no creas que son fantasías de alucinados, como muchos incrédulos echan en cara a los que las defienden. Las apariciones  de santos y fieles difuntos, auténticas y fidedignas, son más frecuentes de lo que la gente piensa, ¿verdad don Rosendo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Por supuesto -reconoció el reverendo, cruzando las manos sobre el pecho-. La iglesia ha declarado como auténticas y milagrosas sólo unas pocas, pero eso no quiere decir que no se hayan dado y se sigan dando otras muchas merecedoras  de su reconocimiento, aunque se mantengan en el anonimato.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Pues, no vais a creerme -continuó Fernanda, inclinándose sobre la mesa y acercando al máximo la cabeza hacia Manuela y don Rosendo, al mismo tiempo que rodeaba su boca con las manos para hacerse entender mejor sin desgañitarse-,  pero os juro que yo, frecuentemente, me comunico con personas difuntas y santos que se me hacen presentes, tras realizar determinados rezos y ritos. Y no sólo lo consigo para mí, sino también para personas que me lo piden con verdadera fe y religioso fervor.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿En serio, Fernanda? -preguntó Manuela con visible sorpresa e interés- ¿Es eso posible, don Rosendo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Por qué no? -manifestó el reverendo, respaldando a Manuela con talante firme y razonamiento autorizado- Cosas más difíciles pueden alcanzarse con la fe. Ya lo dijo Cristo: "Si tuvierais fe, diríais a esa montaña: arráncate de raíz y plántate en el mar, y la montaña os obedecería". Pero ¡qué difícil es rezar con verdadera fe!  ¿Verdad, Fernanda? Ji, ji, ji.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Ay, si yo pudiera ver a mi madre y comunicarme con ella, Fernanda! -exclamaba Manuela, indicando, con gestos, que el ruido le impedía oír bien- Por favor, Verónica, ¿no te importa que nos cambiemos el asiento?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Verónica, sonriéndole y alzando la mano, se levantó y fue a ocupar la silla de Manuela, cruzándose con ella.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El ruido iba en aumento, por lo que  hice un supremo esfuerzo de concentración - como  en el orfanato- para aislar las voces de Fernanda y Manuela del bullicioso jolgorio que las envolvía. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Delia -cariñosa e indiferente a las curiosas miradas, en especial la de Felipe-, posó su mano sobre mi hombro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Escucha, Manuela -oí que le decía Fernanda-, a los espíritus que moran en el más allá, no les gusta presentarse en lugares bulliciosos o concurridos. Por eso, si deseas ver a tu madre, deberás salir de tu aposento esta misma noche a las dos y media de la madrugada y marchar, rezando el rosario, por el camino que atraviesa el olivar, hasta la plazuela del pozo y el abrevadero, que están  a dos kms. de aquí. Una vez que llegues, te sientas en el poyete de piedra de la plazuela, enfrente del abrevadero, y continúas con el rezo. Entonces aparecerá tu madre. Tú dile a Felipe que se trata de una promesa que has hecho por el eterno descanso de ella. Él lo entenderá.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Qué ilusión Fernanda! No sé si podré soportarlo. Me va a resultar muy duro esperar hasta las tres.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   ¿Qué se propondría Fernanda con semejante fábula? ¿Tan estúpida era Manuela para creérsela? Yo estaba en ascuas. No comenté nada a Delia, pero ella debió notar mi ánimo exasperado.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Luego observé a Felipe hablándole a Verónica con expresión melosa y casi rozándole la cara con los labios. Me resultaba muy difícil captar su conversación, por lo que realicé un nuevo esfuerzo de concentración y volví a apretujarme la cabeza con ambas manos. Delia, preocupada, me masajeó la espalda. Al fin pude enterarme de lo que hablaban:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -El mundo es una farsa, querida Verónica -le adoctrinaba Felipe-. Ya lo estás viendo y escuchando aquí, sin ir más lejos. Más listos o más tontos, en el fondo todos buscamos lo mismo: el provecho propio, aunque sea por distintos caminos y poniéndonos la máscara que, en cada momento, creamos más oportuna. Pero también hay cosas que no ofrecen duda alguna, como es que tú eres joven y, si te falta experiencia, te sobra belleza y espíritu resuelto; tres puntos muy importantes para trabajar conmigo. No te arrepentirás de hacerlo, te lo prometo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Pero... ¿y Manuela? -preguntó, Verónica, tímidamente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -A Manuela ya la ves, escuchando con ojos asombrados, los cuentos que tu madre se inventa. Lo que yo necesito de una mujer ella no me lo da. Por eso te pido, preciosa Verónica, que me complazcas trabajando conmigo y ... mostrándote afectuosa -le susurró de forma casi imperceptible-. ¿Te parece bien?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Sí, ¿por qué no? Soy consciente de que, muchas veces, han fracasado grandes hombres por culpa de las actitudes mojigatas y mentalidades torpes de sus parejas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Así, así me gusta que te manifiestes, Verónica: realista, clara y segura. El tiempo es oro, por eso, esta misma noche, cuando los invitados ya se hayan marchado, tú y tu madre os hacéis las remolonas, de manera que a las 2:30 salís de La Cortijá en el coche de tu madre, claro está. Cuando lleguéis a la altura del ala aquella del edificio -dijo Felipe, señalando a su derecha-,  tu madre detendrá el coche; tú te bajas y entras por la pequeña puerta de chapa, pintada de negro, que se abre en el muro que da al campo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Sí, ya me lo detalló mi madre. Me dijo que  tú estarías esperándome detrás de la puerta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Exacto. Allí existe un pequeño y confortable aposento, en el que tendremos nuestro feliz encuentro. Tu madre seguirá con el coche, por la carretera que rodea el olivar, hasta el pozo, en donde habrá de atender a las necesidades espirituales de Manuela, ¡ja, ja, ja! ¡Ay, la pobre...! Pero, a ver, así es la vida, ¿no te parece, Verónica?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Por supuesto, Felipe, la vida hay que disfrutarla a tope...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Vámonos , rápido, de aquí! -le pedí a Delia, levantándome del banco- ¡Vámonos, pues siento que voy a convertirme en hombre lobo de un momento a otro!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Pero qué tonterías se te ocurren, Ari? Espera un poco, a ver en qué acaba lo de la pista y la sorpresa prometida por Felipe.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;    Volví a sentarme y, en aquel instante, vi a Manuela  rodeando la mesa para ir a sentarse junto a Felipe, y a Verónica cediéndole la silla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   El ambiente de la fiesta se había caldeado de manera que Marcelina, Leandro y las chicas no daban abasto, sirviendo bebidas y aperitivos, en medio de un estrépito de cantes, taconeos, palmas, risas y conversaciones a grito pelado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Verónica fue a sentarse junto a su madre que la recibió con sonrisa de oreja a oreja y una batería de preguntas. A Manuela, ya al lado de Felipe, la sorprendí mirándonos detenidamente y luego cuchichear con él. Una vez más precisé concentrarme al máximo para captar su conversación:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Qué te pasa, Manuela? Te veo inquieta.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Como para no estarlo. ¿No te das cuenta del espectáculo que está dando Aarón con esa mosquita muerta, la hija de Marcelina?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Con Delia? ¿Y qué hacen?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Parece que estás en Babia, Felipe. ¿Es que no tienes ojos? Aprovechando el barullo, Aarón no deja de sobarla, hacerle carantoñas y besuquearla. Ya hace varios días que los he sorprendido charlando muy acaramelados. Esto hay que cortarlo, Felipe, antes de que esos flirteos terminen en una relación seria. No podemos permitir que Aarón acabe casándose con la hija de Marcelina, una criada a fin de cuentas. ¿Qué estarán diciendo nuestras amistades? No podemos consentir que nuestro patrimonio vaya a parar a manos de unos criados.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Y qué podríamos hacer para alejar a Delia de Aarón y viceversa?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Lo que sea preciso. Habla con él, claramente, y ponle las cartas boca arriba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -A ver... -dijo Felipe, tras una pausa- Se me ocurre una solución. Creo que lo mejor sería enviar a Aarón a Inglaterra para que haga allí la carrera de administración de empresas, que él se había propuesto empezar aquí en octubre. Le haré ver la ventaja y prestigio de obtener el título en "yunait kingdon", al mismo tiempo que consigue un buen nivel de inglés. Y, por supuesto, tendremos que despedir a Marcelina, para que su hija tampoco vuelva a aparecer por aquí. Mañana mismo hablaré con Aarón y con Marcelina.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Vi transfigurarse el rostro de Manuela ante la decisión de Felipe, como si hubiera sido liberada de una horrible pesadilla, lo que, quizás, la animó a revelarle su recién contraída promesa:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Me dejas que te confíe un secreto?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Un secreto? Creía que entre nosotros no había secretos, ja, ja.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Temo que te lo tomes a risa, como todo lo que se refiere a mis devociones religiosas...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Por favor, Manuela, ¿cómo voy a reírme de tus creencias y prácticas religiosas? ¿Por quién me tomas? Háblame con toda confianza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Es que... he conocido a una vidente que me ha asegurado que, si realizo determinadas prácticas, con fe firme y sincera, podré ver y hablar con mi difunta madre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Ah! -exclamó Felipe, fingiendo sorpresa- Lo creo, lo creo, tratándose de tí. A mí, en cambio, me resultaría imposible, pues mi fe es enclenque y desmoronable como una torre de arena en la playa. ¿Y cómo lo lograrás?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -No puedo darte muchos detalles, pues es una de las condiciones para que la aparición se produzca. A los espíritus les asusta que se entrometa un tercero, con mayor motivo si es descreído y burlón. Lo que sí puedo revelarte es que esta noche, a las dos y media, saldré a dar un paseo en solitario y no volveré hasta las cuatro de la madrugada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Vaya, qué trasnochadores son los espíritus! Ánimo, Manuela, acude a esa cita con los de ultratumba que, no dudo, va a hacerte mucho bien. Sólo te pido que, cuando vuelvas, no hagas mucho ruido, ya que mañana me toca madrugar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Gracias, Felipe, no sabes con qué ilusión e impaciencia espero este encuentro con mi madre. Cuando vuelva a repetirse, ya te avisaré, pues, según me ha asegurado la vidente, recibiré una llamada con antelación y siempre se aparecerá en el mismo lugar de esta finca. Prométeme que de esto no dirás nada a nadie.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Sentí que la cabeza me estallaba, apreté los puños y grité al cielo con furia y desesperación.  Delia me miraba con ojos alucinados y me repetía:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Qué te pasa, Ari? Estás temblando y muy pálido. ¿Te sientes mal?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -No, querida -le contesté recuperando la serenidad, poniéndome de pie y cogiéndola de la mano-, no me siento mal, todo lo contrario, me siento poderoso y aniquilador como una bomba atómica a punto de estallar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Por favor, Ari, no me asustes. ¿A dónde vamos? ¿No ves con qué ojos nos observan los invitados? ¿Qué es lo que te pasa?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Dentro de unos días lo entenderás, Delia. No quieren que nos queramos. ¡Que se jodan!&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Marcelina nos hacía señas para que fuéramos junto a ella. Pero Leandro -bandeja en mano, con varios cócteles encima, y moviéndose al ritmo del pasodoble que cantaba y bailaba el coro- se acercó hasta nosotros y nos animó a tomar una copa. Delia no quiso. Yo me bebí, de un trago, un cubata de ron. Seguí avanzando, sin vacilación, llevando de la mano a Delia hasta llegar al tablao. Los invitados estaban pendientes de nuestra actuación sin pestañear y conteniendo la respiración. Adivinando mi intención, las comadres despejaron el tablao. Subimos de un salto y y nos plantamos en el centro. Durante unos instantes se impuso un silencio absoluto. Todas las miradas convergían sobre nosotros. Yo abracé a Delia, la incliné hacia atrás y le planté un largo beso en los labios, arrancando un ¡oh! general de admiración y sorpresa, seguido de un murmullo de comentarios desaprobadores. Vi a Manuela taparse los ojos y a Felipe mirar hacia otro lado. Las comadres trianeras reaccionaron espontáneamente con un acalorado aplauso, y el dúo Pipi-Rana inició el &lt;i&gt;Vals de las mariposas. &lt;/i&gt;Las comadres, en seguida se unieron a ellos. Gracias a Delia, la actuación resultó aceptable, a pesar de mis traspiés, saltos imprevistos y piruetas,  devolviendo a la fiesta el ambiente bullanguero.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Bollico, el torero, improvisó una exhibición de pases taurinos  -con un capote que encontró Juanita-, toreando a Pipi y a Rana que embistieron con inspirado estilo. Los tres terminaron en la piscina, en paños menores. Don Narciso Soñodor recitó  versos, recién cortados en su huerto lírico, aunque de rancias nostalgias.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Leandro, Marcelina, Juanita y Lola no descansaban, sirviendo cócteles que  se inventaban sobre la marcha, de sabores exóticos, tan sorprendentes y explosivos que, en un momento, transformaron la reunión en un delirante carnaval.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Inesperadamente vemos a Adolfo Lucero que, con el rostro llameante y fumando un puro, sube al tablao, levanta los brazos y brinca, como si fuera a bailar una jota, mientras grita, frenético, con el mayor ímpetu y fuerza de sus pulmones:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Escuchadme todos un momento! Tengo que comunicaros  que acabo de descubrir cuál es la sorpresa a  que se refiere la pista que nos ha dado Felipe. ¿Queréis que os la revele?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Estás seguro, Adolfo? -le gritó Felipe, desde la mesa, riendo-  Que sepas que, si no aciertas, te echaremos a la piscina, vestido y con zapatos, ja, ja, ja.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Tan seguro estoy de que esa sorpresa es consecuencia lógica de lo que se dice en los versos que nos han cantado, como de que el agua del Guadalquivir, que ha pasado una vez  por Sevilla, cuando llega al mar desea volver eternamente, una y otra vez, a pasar bajo el puente de Triana.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Y olé!, ¡así se habla! -le aclamó Narciso Soñodor.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Muy bonito, don Adolfo! ¿Y cuál será entonces la sorpresa que os he propuesto para adivinar?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;-preguntó Felipe.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Está claro -trató de explicar Adolfo Lucero-, tú Felipe, como la mayoría de los que estamos aquí, recordamos con gran afecto y nostalgia a aquella España de los años cincuenta. Y, como el agua del Guadalquivir cuando llega al mar, quisiéramos que aquella dorada época volviera a reaparecer en un eterno retorno. ¿Y cómo hacer realidad esa legítima aspiración o, por lo menos, aproximarnos un poco a ella, dentro de este circo al que llaman democracia? Muy sencillo: creando un partido que recoja fielmente el espíritu, ideales e ímpetus de  los artífices de la España de los cincuenta. No me cabe duda de que ésa es la extraordinaria sorpresa con que tú has querido coronar esta magnífica reunión: tu intención de formar con nosotros, tus amigos incondicionales, un partido político con esas sagradas consignas. ¿No es así, Felipe?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Increíble, Adolfo! Me has leído el pensamiento. ¿Cómo te las has arreglado? Es exactamente la sorpresa que quería daros. Sí, os invito y ruego a que os integréis en el partido que tengo en proyecto. Se me ha ocurrido, convencido del vibrante patriotismo y comunidad de ideales que nos anima a cuantos estamos aquí. Ha llegado el momento de que devolvamos a España su verdadero rostro y saquemos provecho al cúmulo de energías acumuladas y reprimidos impulsos por  defender nuestros  derechos y privilegios, conquistados desde tiempos de don Pelayo, por lo menos. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Bravo, Felipe, estamos contigo! ¡Cuenta con nosotros! ¡Venceremos!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Durante unos minutos los invitados arremolinaron el aire tibio de aquel atardecer con  gritos, agitación de pañuelos y aplausos de apoyo a Felipe.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Gracias, amigos, gracias Adolfo! ¿Y cómo podríamos llamar a nuestro futuro partido? -preguntó Felipe.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Qué os parece si lo bautizamos con el nombre de &lt;i&gt;Suspiros de España?&lt;/i&gt; -propuso Narciso Soñodor, el poeta.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Muy acertado, Narciso. Ese nombre le cuadra como anillo al dedo -alabó Felipe.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Y, acto seguido, Pipi y Rana, entonaron el pasodoble &lt;i&gt;Suspiros de España  &lt;/i&gt;, que todos corearon y bailaron con manifiesta emoción.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;      A eso de las dos de la madrugada los invitados comenzaron a despedirse y se fueron marchando de la finca.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Delia y yo salimos fuera de la verja y estuvimos  contemplando la marcha divertida y escandalosa con que salían  desfilando los invitados, realzada con la clara luminosidad de la luna llena, desde el mirador, discretamente camuflado entre acebos y limoneros, que hay junto al arranque del camino que atraviesa el olivar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando ya se habían marchado todos los invitados, incluidas Fernanda y su hija, así como el personal de servicio, vimos a Felipe y a Manuela que salían también fuera de la verja.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Mientras tú vas a cumplir con tu promesa, yo voy a estirar las piernas y en seguida me acuesto -decía Felipe a Manuela.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Él se dirigió rápido, por  la derecha junto a la verja, a verse con Verónica, claro está. Manuela, en cambio, torció a la izquierda al camino que va hacia el pozo del olivar.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  De momento yo no había comentado nada a Delia sobre la conversación escuchada a Felipe y  Manuela sobre nosotros y  su madre. En aquella noche privilegiada no quería empañar el fulgor de su hermosa sonrisa, que hacía sentirme el hombre más feliz del mundo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; Fue entonces cuando, tras besar apasionadamente a Delia, la invité a presenciar algo insólito que iba a tener lugar muy pronto, junto al pozo del olivar.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Vamos, Delia, a divertirnos un rato espiando a Manuela. Corramos hasta el pozo, sorteando los olivos.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -No entiendo nada, Ari. Actúas de forma extraña.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Delia, querida, no sé cómo explicártelo.Vivimos en un mundo de locos, o quizás sea yo el único loco del mundo, pero, por más que le busco sentido a esta vida, no lo encuentro por ningún lado. Cualquier sueño hermoso y esperanzador acaba, tarde o temprano, haciéndose añicos. Tú has aparecido ante mí, como una tabla salvadora en este océano embravecido, y me la quieren arrebatar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Por favor, Ari -me susurraba con voz entrecortada, mientras corría a mi lado esquivando olivos y saltando por encima de abultados terrones-, me estás asustando. No pareces el chico alegre y despreocupado que conocí. ¿Por qué te muestras ahora tan pesimista y desconfiado con la gente?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Dentro de pocos días lo acabarás de entender. De momento vas a ver algo que te ayudará a descubrirlo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   En cinco minutos llegamos a la altura de la plazoleta, formada por un ensanche del camino que desemboca en la carretera comarcal, al final del olivar. Muy cerca de aquélla el terreno se eleva en cuesta hasta dos metros de altura, originando una pequeña terraza, flanqueada por dos higueras. Subimos a aquel refugio que - por su altura, la luna llena y las higueras- era ideal para mi propósito:  poder observar, en un radio de cien metros, sin temor a ser descubiertos. Desde allí distinguíamos la plazuela con todo detalle:  en el centro el pozo de agua ferruginosa, con brocal jaspeado y arco de artístico hierro forjado;  bordeando el lado izquierdo de la plazoleta, se levanta un muro de piedra con un poyete adosado; y, al otro lado, un abrevadero.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;En seguida descubrimos el jeep blanco de Fernanda, disimuladamente aparcado entre dos olivos,  en un entrante de la carretera. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   A los pocos minutos vimos acercarse a Manuela, con el rosario balanceando en la mano y moviendo el otro brazo, de dentro afuera, como si sembrara. Debía de sentirse fatigada pues, una vez en la plazuela, corrió a sentarse en el poyete, donde continuó con su rezo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   La blanca palidez de la luna, que desteñía el vestido de Manuela y acentuaba la morbidez de sus piernas y brazos desnudos, añadido a la dolorida expresión  que las violáceas ojeras del maquillaje daban  a  su rostro, hicieron que Delia se estremeciera y me susurrara:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Qué le pasa a Manuela? Su aspecto infunde terror.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Repentinamente vimos entrar en la plazuela, surgiendo de detrás del muro, la figura algo encorvada de un fraile, con la capucha cubriéndole la frente. Se acercó al pozo y, dejando sobre el borde un ramillete de olivo,  accionó la garrucha y subió un cubo con agua. Manuela se dejó caer de rodillas, exclamando con voz temblorosa:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Quién eres tú, con ese hábito de fraile?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿No me has reconocido, Manuela? Soy Felisa, tu madre. Desde que ocurrió mi muerte, hace diez años, me desvivo por no alejarme un palmo de mi familia, haciendo malabarismos para que os deis cuenta de mi presencia y de mi angustiosa necesidad de comunicarme con vosotros, especialmente contigo, hija. Pero vosotros, ni caso.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Y por qué esa angustia?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Ay! Porque los que seguís viviendo físicamente en la Tierra desconocéis las necesidades de los que hemos muerto, como vosotros decís. Pensáis que, una vez muerto el vivo, aquí paz y allá gloria. Pues no. Cada cual tiene su particular historia tras la muerte. En mi caso, y a pesar de mi fe en Dios y de mi religiosidad, aún no me han concedido el descanso eterno en el paraíso.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Pero, madre, eso no es justo. Tú fuiste una viuda santa y virtuosa, de comunión diaria y dirigida espiritualmente por el padre Nicanor, muerto en olor de santidad...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Ay, hija, el juicio y aprobación de los humanos sobre los difuntos suele diferir mucho del que tienen allá arriba! ¡El padre Nicanor!  Menudo elemento. Sí, muy santo pero muy astuto y con mucha lascivia, que me sedujo y gozó de mis encantos a mis cincuenta y tantos años. Debido a su sacrílega y alevosa acción (pues, desde entonces, acentuó sus santurrones modales y ascética conversación), cuando murió, un año antes de que yo lo hiciera, fue derechito a vérselas con Pedro Botero. Por voluntad vuestra, a mí me amortajaron con este hábito que él había vestido, creyendo que para mí sería el mejor pasaporte que me abriría las puertas del cielo. ¡Qué equivocación! Este hábito es como una cadena que tiene esclavizado a mi espíritu y no le deja volar al paraíso. Imagínate, Manuela, mi triste y desgraciada situación.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Es terrible, madre! ¿Y qué puedo yo hacer para remediar tu desgracia!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Una cosa muy simple, hija: lo que esta noche acabas de hacer, venir hasta aquí rezando el rosario desde La Cortijá, cada vez que escuches mi llamada.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¡Ah, sí! Ya me lo explicó Fernanda, mi amiga la vidente.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Fernanda? Ya, ya. Hazle caso, Manuela, que lo que ella dice es el puro evangelio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -El problema es que Felipe tendrá que traerme a La Cortijá cada vez que me avises para otra aparición y deberé explicarle el motivo...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -No importa. Le dices la verdad. Él respetará tus obligaciones filiales, tus creencias y devociones. Cada vez que me aparezca a ti, observarás que  este hábito  va menguando hasta su desaparición total. Ése será el bendito día de mi completa liberación. Entonces me mostraré a ti cara a cara, sin velos ni capuchones.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;¡Ay, madre, qué feliz me haces con tu visita, aunque también siento mucha pena por la penitencia que te queda por cumplir!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Si tú eres feliz, lo demás no importa. Además, estos paseos te vienen bien para bajar el colesterol.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Finalmente, Felisa tomó la ramita de olivo, la mojó en el agua del cubo y roció con ella a Manuela, haciendo la señal de la cruz, mientras le decía:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Que Dios te bendiga como yo te bendigo. Adiós, hija.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Felisa se dio media vuelta y desapareció por detrás del muro de piedra. Manuela se santiguó y se cubrió los ojos con las manos, gimoteando. Momento que Delia y yo aprovechamos para escapar de aquel refugio y volver corriendo por donde habíamos venido.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Qué te ha parecido, Delia? -le preguntaba sin dejar de correr.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Increíble. De verdad que me resulta inexplicable. ¿Es posible que haya sido una aparición auténtica?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Ja, ja. Por favor, Delia. Por supuesto que para Manuela ha sido muy auténtica pero, en realidad, sólo ha sido una farsa grotesca y cruel, obra de personas muy allegadas a ella. Pero no siento la menor compasión ni por Manuela, ni por Felipe.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Cómo dices eso de tus padres adoptivos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Porque ellos y cuantos integran su círculo de amistades no son más que tañedores de cornamusas engolados y con muy mala luva. Ya me darás la razón mañana mismo. Delia, siento preocuparte con mis palabras, cortantes como dientes de piraña. Reconozco que soy más peligroso que todos ellos, porque estoy convencido de que el final de cuanto nos rodea y el final de cada uno de nosotros es la aniquilación absoluta y... ¡cuanto antes desaparezca todo, mejor!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A ellos, aunque hipócritamente manifiesten lo contrario, no les importa mucho lo que haya después de muertos. Lo que sí les interesa es disfrutar al máximo, ellos solos, en esta existencia terrena, explotando a los demás.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Es tremenda tu historia, amigo -le interrumpió don Quijote, poniéndose de pie y haciendo, a continuación, varias flexiones-. Y tan larga que me temo que aquí nos van a dar la una, las dos y las tres de la madrugada de la próxima nochevieja. Por lo que le propongo -si no es mucho pedir y no hay óbice ni riesgo de ocasionar detrimento a la integridad sustancial del relato- que abrevie al máximo, suprimiendo lo que considere accesorio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Eh, eh, eh! -protestó Aarón- A ver qué tiene que alegar el del mono morado, que más parece cobrador de Santa Lucía que enderezador de entuertos. Yo no os he invitado a subir aquí a escuchar mis discursos. Si os parece larga y pesada mi historia, más me ha resultado a mí el vivirla. Si no queréis escucharla, largaos por donde habéis venido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Perdone, don Aarón -trató Samuel de amansarlo con el mayor tacto y miramiento-, él sólo ha pretendido evitarle una excesiva pérdida de energías.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Mis reservas de energías son inagotables, para mi desgracia -contestó, tras darle otro afectuoso tiento a la botella de whiski.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Y las nuestras para escucharle -replicó don Quijote- no tienen nada que envidiar a las suyas, pues están a prueba de años, que ya pasan de quinientos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Hum, hum... -carraspeó Aarón, con bastante mosqueo- En adelante relataré telegráficamente cuando lo crea oportuno y me extenderé lo que me parezca, cuando me venga en ganas. ¿Entendido?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -Perfectamente -coreamos los tres como dóciles pupilos.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Bien -continuó Aarón-. A otro día de la fiesta, ya en la casa de Sevilla, me llamó Felipe a su despacho. Y con modales extremadamente atentos y afectuosos, me invitó a sentarme y escuchar el plan que había pensado sobre mi futura carrera universitaria, con el asesoramiento de don Dioni, don Narciso y demás lumbreras. Sacó de una carpeta varios folios y me leyó el plan que ya había puesto en marcha, sin opción por mi parte a suprimir o cambiar ni una sola coma. Había decidido que yo estudiara dirección de empresas en Londres, en un prestigioso centro privado, y morara, durante el curso, en una afamada residencia de estudiantes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Era la una de la tarde y Felipe ya había recabado información y hecho todas las gestiones para matricularme y solicitar plaza de residente. Trató de convencerme sobre las ventajas de estudiar en Londres. Los auténticos motivos de su decisión se los calló, aunque yo sí los conocía muy bien.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   A otro día, también me enteré de que Felipe había despedido a a su secretaria Elena, bajo el peregrino pretexto de que ella se limitaba a trabajar estrictamente las horas normales de la jornada, negándose a realizar horas extras. Por esa razón la había sustituido por Verónica, presta siempre a complacerle. Y lo más injusto y reprobable fue que despidiera también a Marcelina, esa mujer que durante muchos años había sido el motor de aquella casa, y sin otro móvil que el de hacer imposible mi relación con Delia. Aquélla fue una fechoría infame, ruin, injustificable y explosiva, que despertó y desencadenó, en las mazmorras interiores de mi ser, a mis antiguos y devastadores demonios con redoblados impulsos. A pesar de todo, en aquellos momentos no sólo contuve mi incendiario estado de ánimo a punto de estallar, sino que, incluso, tomé la determinación de aceptar, sin réplica alguna, todo cuanto Felipe decidiera.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Para engatusarme, Felipe me abrió una cuenta bancaria con un capital de tres millones de pesetas, del que podía disponer con mi tarjeta de crédito; y también me dijo que  las navidades las pasaría en Sevilla. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   El 20 de septiembre volé a Londres. En el aeropuerto me esperaba un empleado de la residencia. Desde el primer día me propuse estudiar seriamente, observando la disciplina establecida. Ni yo me reconocía a mí mismo. Algunos colegas bromeaban llamándome "beatus vir". ¡Ja, ja, ja! Qué engañados estaban. En cuanto les enseñé los dientes, un par de veces, se dieron cuenta de que se habían equivocado de tipo. El mes de octubre pasó rápido y entretenido con las nuevas experiencias de cada día.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   El 1 de noviembre, día de Todos los Santos, cayó en jueves, pero en Inglaterra no era día festivo, por lo que transcurrió como cualquier otro. Mas el día de los Difuntos, el 2 de noviembre...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Aarón detuvo su relato un momento, con la vista perdida en el lejano horizonte. El mar, ahora embravecido con el soplo borrascoso de poniente, apenas se distinguía de los negros nubarrones, recorridos por cegadoras culebrinas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Qué pasó el día de Difuntos, Aarón? -inquirió Samuel que, como Don Quijote y yo mismo, adivinábamos, en sus ojos y semblante, una sombra que envolvía su espíritu como un opaco sudario interior.  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Una vez más, Aarón acarició la botella, dando fin a la zarandeada y corta vida de ésta. Un rayo, rápido, afilado y cegador como un rejón de fuego, se hundió en el mar, a pocos kilómetros de donde nos hallábamos, siguiéndole un trueno rotundo, que hizo tambalearse la repisa de tablas que nos sostenía.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Aquel día de Difuntos -relató, al fin, Aarón-, cuando volví de clase a la residencia, uno de los encargados de recepción me dijo que el director me estaba esperando en su despacho.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Para qué? -pregunté, impaciente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -El director -continuó Aarón- me rogó que me sentara. Luego me observó detenidamente y sin pestañear, por espacio de un minuto. Yo le hice frente, desafiando su mirada con altivez. Luego juntó las manos y, apoyando los codos sobre la mesa, me dijo que, hacía media hora, habían llamado desde mi casa de Sevilla para darme una terrible noticia: Felipe y Manuela habían sido encontrados muertos, por arma de fuego, en la finca de La Cortijá.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Yo continué mirando al director, sin muestras de congoja ni de sorpresa.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Has entendido, Aarón? Tus padres han sido asesinados. Es tremendo. Lo siento muchísimo. Debes ir a casa, a Sevilla. Esta misma tarde tomarás el avión.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -De acuerdo -le contesté-, iré esta tarde. Supongo que deberé suspender mis estudios por una temporada...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Llegué a la casa de Sevilla, hacia las ocho de la tarde.  La consternación y congoja se habían apoderado de todos los allegados de Felipe y Manuela: personal de servicio, empleados de la almazara y amigos. Al verme, todos me abrazaban y manifestaban sus condolencias; de manera especial Fernanda y su hija Verónica, quienes, en seguida me acompañaron hasta el despacho de Felipe, donde me contaron cuanto ellas habían comprobado personalmente y habían podido averiguar hasta el momento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Esta mañana -explicó Verónica- llegué aquí a las ocho, como todos los días. Me abrió Leandro que ya había iniciado sus faenas diarias de limpieza. Entré en el despacho y me puse a ordenar y recopilar los documentos que Felipe precisaba para una reunión que iba a tener con los encargados de la almazara. Felipe, habitualmente, se presenta en su despacho a las nueve en punto. Pasó media hora y  aún no había aparecido.  Pregunté a Leandro si Manuela se había ya levantado, pues tampoco había ido a la oficina a darme los buenos días, como solía hacer. Leandro subió a las habitaciones del matrimonio y comprobó que no estaban allí. Luego fue al garaje y tampoco vio el coche de Felipe. Llamé por teléfono a la almazara y me dijeron que allí no estaban, ni conocían su paradero. Pensé entonces que, quizás se habían acercado a la Cortijá, por algún motivo. Llamé al teléfono de allí, sin resultado alguno. No sé por qué, aquella ausencia de ambos me dio mala espina. Empecé a preocuparme y a ponerme nerviosa, por lo que llamé a casa. Mi madre, para tranquilizarme, me dijo que quizás habían aprovechado  la fiesta para pasarla en algún sitio y se habían entretenido. No obstante,  en seguida se presentó mi madre con su coche, y nos fuimos a La Cortijá.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Dios santo! -exclamó Fernanda- El cuadro que nos encontramos ante la verja del edificio fue espeluznante. Felipe yacía, boca arriba, junto a la puerta de hierro, con un disparo en  la frente sobre un gran charco de sangre, agarrándose la cabeza con las manos, y la llave caída junto a su mano derecha. Y Manuela, -¡ay, Dios mío! La pobre, hecha un ovillo, junto al coche, al pie de la puerta del copiloto, con un disparo que le había atravesado la garganta, segándole la yugular.   Desde el teléfono de La Cortijá avisamos a la guardia civil, a la almazara y a algunos amigos de la casa. Ha sido un día terrible... Junto con el forense y personal sanitario, llegaron los del atestado y policías de paisano, y estuvieron interrogándonos, sacando fotos y buscando pistas. De momento nada han dicho sobre cuál haya podido ser el móvil del crimen.  Más tarde, también estuvo aquí la policía. Con la ayuda de Verónica, comprobaron las tarjetas de crédito a nombre de Felipe. Hablaron con el Banco y parece ser que, a las cinco de la madrugada, alguien ha sacado varios miles de pesetas en un cajero de Sevilla, con una de sus tarjetas. No sé como se las habrá ingeniado. Lo que está claro es que el criminal le hurgó en la chaqueta y le robó la cartera.Y lo que no acabo de explicarme es por qué irían Felipe y Manuela a esas horas a La Cortijá... &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Durante varios meses  -concluyó Aarón- me estuvieron molestando, llamándome a declarar en el juzgado cada dos por tres. Hasta que llegaron a la conclusión de que yo no había tenido nada que ver en ese trágico desenlace. Así me lo notificaron con una resolución judicial en la que además de declarar que estaba libre de todo cargo, se me reconocía heredero absoluto de todos los bienes de Felipe y Manuela, de acuerdo con el testamento que el matrimonio había efectuado ante notario.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Sobre el autor del crimen, nada se pudo averiguar, ni ha llegado a averiguarse. Y ya han pasado 26 años...  &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   -¿Y tú no sospechas de alguien entre los allegados, amigos, criados o empleados de su entorno? -Le pregunté, ingenuo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -No me hagas reír, chupatintas -me dijo, poniéndose de pie sobre la plataforma-. Todo el mundo es sospechoso, mientras no se demuestre lo contrario.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Todo el mundo, menos tú, claro está -repliqué, tratando de halagarle-, pues así consta en esa resolución. Y es lógico, tú estabas en Londres la noche del crimen...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Sí... -dijo, pensativo, Aarón- Curiosamente, a partir de ese día, volví a tener, por las noches, aquel sueño vetusto y reiterativo, en que me veo como una persona intachable, entregado a una profesión que me apasiona, desarrollando brillantes actividades investigadoras y académicas en el campo de la psicología.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   De repente, se desató un viento huracanado, acompañado de lluvia, granizo, relámpagos y truenos, que nos obligó a suspender la tertulia. La plataforma de tablas y la visera de plástico se descolgaron del pino y fueron a caer sobre el mullido césped, con Aarón encima. Éste se desembarazó del plástico y corrió como una centella hacia la caravana. A través de la ventana vimos que nos miraba y se reía socarronamente de nuestros desesperados esfuerzos contra el endiablado vendaval. Por fin logramos agarrarnos a la capa de Samuel y nos elevamos por encima de los pinos, precipitándonos, como un meteoro, por en medio del negro nubarrón que se había apoderado del cielo, el mar y la arena en cinco kilómetros a la redonda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Afortunadamente llegamos ilesos a la cabaña de la playa, aunque nuestros monos quedaron hechos unos zorros, cubiertos de barro y jirones. A pesar de ello nos felicitamos, porque, por lo menos, habíamos logrado conocer otro capítulo de la tortuosa y extraña existencia de nuestro vecino Aarón.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero, ¡pobre de mí! En el momento de sentarnos a la mesa, dispuestos a tomar una frugal colación que aliviara el rugir de nuestras tripas (es un decir) y comentar cuanto habíamos escuchado, me apercibí de que mi tesoro, mi colgante de inestimable valor, mi broche grabador-receptor-emisor, no pendía de mi cuello.  ¿A dónde habría ido a parar, cielo santo, mi joya merlinesa? ¿Cómo me las arreglaría ahora para contactar con vosotros, mis amigos destinatarios de estos relatos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Éste ha sido el motivo del prolongado silencio e insufrible demora en enviaros el segundo capítulo. Pero, afortunadamente, aunque tarde -"más vale tarde que nunca", y "nunca es tarde si la dicha es buena"-, os lo he podido enviar, gracias a que, la semana pasada -¡oh ignotos senderos de la aparentemente aleatoria necesidad!-, encontré mi broche emisor, disputándoselo dos hermosos cangrejos con sus atijeradas pinzas, en uno de los corralones de la playa, mientras buscábamos  chanquetes y camarones.   &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Deseo y espero que el tercer capítulo de esta historia os lo pueda enviar en un plazo breve y razonable; dependiendo, naturalmente, de que Aarón quiera colaborar y  no surja otro infortunio semejante al acaecido.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;   Hasta pronto, amigos. Un abrazo. Tinterico.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;     &lt;/div&gt;&lt;div&gt;  &lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6815879139093679441-7304626115858972670?l=tinterojubilado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/feeds/7304626115858972670/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6815879139093679441&amp;postID=7304626115858972670' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/7304626115858972670'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/7304626115858972670'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/2011/03/el-enigma-del-pinar-cap-ii.html' title='El enigma del pinar - (Cap. II)'/><author><name>Dunscotiano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14343138484996610295</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://farm4.static.flickr.com/3034/2961087021_03acf56902_t.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6815879139093679441.post-3791838390854335209</id><published>2010-08-04T08:16:00.000-07:00</published><updated>2011-12-05T03:57:57.484-08:00</updated><title type='text'>El enigma del pinar -  (Cap. I)</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_0k_WnpA1CoU/TGVX7CVs04I/AAAAAAAAALY/UixbtdUSI8A/s1600/pinar.jpg"&gt;&lt;img alt="" border="0" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5504902791282086786" src="http://4.bp.blogspot.com/_0k_WnpA1CoU/TGVX7CVs04I/AAAAAAAAALY/UixbtdUSI8A/s320/pinar.jpg" style="cursor: pointer; float: left; height: 213px; margin: 0pt 10px 10px 0pt; width: 320px;" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué le ocurrirá a nuestro amigo Dunscotiano -pregunta Don Quijote, inquieto,  en esta tormentosa mañana con que la primavera se despide- que parece haberse olvidado de nosotros, obligándonos a permanecer en la cabaña de la playa, ociosos y entregados a la vida contemplativa?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No creo que se haya olvidado -opina Samuel, mientras prepara el café y saca de la alacena unas pastitas-. Conociendo como es nuestro amigo, yo achacaría su aparente olvido a que anda bastante liado, tratando de desenredarse de los enredos interiores en que el pobre se mete sin saber cómo ni por qué.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, me parece que has dado en el clavo, Samuel -le digo yo, sin dejar de contemplar, a través de la ventana, la lluvia menuda y pertinaz que transforma en paisaje nórdico esta playa sureña,  normalmente esplendorosa-. De madrugada se me ha encendido el broche receptor con un e-mail de Dunscotiano, para enviarnos afectuosos saludos y explicarnos el motivo de su prolongado silencio: el haber estado ultimando su novela &lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;La extraña venganza de Job&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;, que ahora acaba de publicar en la editorial digital &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Bubok&lt;/span&gt;. Y añade que, libre de esa tarea, promete sacarnos, de inmediato, del &lt;span style="font-style: italic;"&gt;dolce far niente&lt;/span&gt; en que nos hallamos. Lo que significa que ya estamos  metidos en otra aventurilla como quien no quiere la cosa...&lt;/div&gt;&lt;a href="http://tinterojubilado.blogspot.com/2010/08/el-enigma-del-pinar-cap-i.html"&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¿Y cuándo leeremos esa novela de tan intrigante título? -pregunta Don Quijote, sentándose a tomar el café.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Si el tiempo sigue forzándonos, con sus aguaceros, truenos y relámpagos, a permanecer encerrrados, podríamos leerla esta misma noche entrando en internet con mi broche receptor -les propongo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Me parece buena idea -aprueba Samuel  entusiasmado-. A ver si ese Job nos levanta el ánimo del muermo que amenaza con instalarse en nuestra cabaña.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Un momento -dice Don Quijote, levantándose del asiento y señalando, a través del ventanuco, a un hombre de mediana edad y de raro aspecto, que camina, bolsa en mano, hablando consigo mismo, indiferente al aguacero que hostiga su espalda desnuda y a las aplastadas olas que invaden la playa, chocando contra sus pies sonámbulos-. Hace ya una semana que lo veo pasar,  a estas horas tempranas... ¿Qué hará por aquí? ¿No será una víctima de Cupido?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Con los tiempos que corren -opina Samuel, observándolo detenidamente- más bien parece  una víctima de la crisis.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Yo he dejado listo mi broche receptor-grabador-transmisor, para que nuestros amigos cibernéticos reciban ya, en vivo y en directo, el relato de esta nueva aventura, que no sé cuánto va a dar de sí. En cualquier caso -como decía aquel filósofo- nada humano debe dejarnos indiferentes. ¿Qué os parece si hacemos algo por averiguar  qué problema tiene ese hombre?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Por supuesto -exclama, retumbante y vehemente, Don Quijote- ¡Hay que actuar ya! Descubramos qué pesares le oprimen o qué penurias le acosan, y  prestémosle ayuda urgente, ofreciéndole, al menos, el bálsamo de una palabra amiga y algunos chanquetes de los que hemos atrapado en los corralones  esta madrugada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Un momento! -ruega Samuel levantado la mano- No nos precipitemos y actuemos con método y discreción.  Primero tanteemos, de lejos, el percal. Aparte de que, ahora mismo, está cayendo un chaparrón de mil demonios que, si a vosotros no os afecta por ser impermeables, mi quinticentenario esqueleto es muy sensible a la humedad.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-No quiero contrariarte -replico a Samuel- pero pienso que ahora, precisamente, es el momento de demostrarle a ese hombre que siempre hay en el mundo algún buen samaritano dispuesto a ayudar. Además, con algo de talento evitaremos mojarnos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-No se hable más -contesta Samuel-, sólo quería comprobar el grado de disposición que os anima para emprender esta nueva e ignota aventura. Pongámonos unos monos frescos y dinámicos. Yo me elijo el gris plata, bajo mi capa celeste y voladora, obsequio de Merlín.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Yo, el tinto de verano -reclama Don Quijote- por aquello del solsticio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Pues yo -dije-,  para aportar mi granito de arena a la solución de la crisis,  aprovecharé un body verde pistacho de Álex  que su madre  me regaló cuando le devolvimos el niño, de vuelta del mundo de las ideas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Perfecto! -exclamamos los tres al unísono, apreciando nuestra elegante indumentaria.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Samuel cogió una fiambrera, llena de chanquetes asados. Cubrióse la cabeza con el capuchón de su capa, nos colocó a Don Quijote y a mí en cada uno de los  bolsillones de ésta y, cuando el aguacero más arreciaba, dio un saltito de tijereta y se elevó por los aires, avanzando en la misma dirección seguida por el hombre misterioso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Ya habíamos volado una distancia de tres kilómetros, más o menos, cuando Samuel, con voz y semblante perplejos, nos dice:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-No lo entiendo. En la dirección en que marchaba el extraño paseante no hay más camino transitable que la estrecha franja de playa, entre el mar y la fila de pequeñas  dunas. Al otro lado de éstas hay una dilatada zona de arena con arbustos y retamas, que se extiende hasta un reluciente pinar, verde esmeralda, de extraña forma triangular como la quilla de un barco. Partiendo del lado trasero del pinar hay un camino hasta la carretera  que se columbra a lo lejos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Qué curioso! -exclama Don Quijote, observando desde la altura- En el centro del pinar se ve un espacio circular,  de unos diez metros de diámetro, libre de árboles, aunque alfombrado de verde césped.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-A ver, a ver -digo, apartando un poco la capa de Samuel- ¿No veis, al otro lado del pinar, un enorme vehículo aparcado junto a los pinos?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Es cierto -confirma Samuel-, parece una autocaravana.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Bajemos a inspeccionarla -propone Don Quijote- ahora que el sol se asoma ruboroso entre los oscuros nubarrones, dibujando un precioso arcoiris.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Diligente y mañoso, Samuel desciende rodeando el pinar en espiral y se posa suavemente por el lado de poniente. Rápidos, como tres mosqueteros, doblamos el vértice de la quilla. Don Quijote camina ligero, impertérrito y dispuesto a vérselas con el mismísimo diablo, si preciso fuere. Síguele Samuel, tartera en mano, deslumbrando como una vedette, con los reflejos parpadeantes de las estrellitas de su capa. En último lugar marcho yo hacia la autocaravana, más bien mosqueado que mosquetero. Samuel, no viendo a nadie dentro de la caravana, pregunta a grandes voces y golpea en una de las puertas centrales:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¿Hay alguien ahí dentro?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Nadie contesta. Samuel, sin quitar el pie izquierdo del estribo de la puerta, apoya el derecho en  un estrecho saliente que hay a la misma altura del estribo, justo debajo de una pequeña ventana. Fisgonea en el interior de la autocaravana al tiempo que relaciona cuanto allí descubre:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-No veo ser vivo alguno ahí dentro. Sólo distingo el mobiliario propio de estos carromatos: dos literas, una mesa con taburetes alrededor, una cocina, un fregadero, un armario, una nevera, una lavadora, un baño. Hay un armario con las puertas abiertas y, dentro, se ven numerosas botellas de whiski y otros licores. Sobre la mesa, una barra de pan, una longaniza y varias latas de conserva. Colgando de las paredes hay varias herramientas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¿Dónde se habrá metido el hombre? -pregunta Don Quijote- Parece como si hubiera desaparecido por ensalmo. Entremos dentro de este laberinto que, por su aspecto, puede que nos encontremos al minotauro -dice, mientras se introduce, decidido, por el estrecho hueco de dos pinos vecinos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¿Qué es para nosotros -curtidos en miles de arriesgadas empresas- un minotauro, sino un insignificante gatito? -dice Samuel, aguantando la risa y siguiendo a Don Quijote.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Por si las moscas, yo entro pegadito a Samuel y mirando receloso en todas las direcciones.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Tropezando y dando topetazos contra los tupidos troncos de los pinos traidores,  llegamos hasta el centro del pinar, semejante a un cilindro de verde fronda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Una estrepitosa y larga carcajada resuena en las alturas:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Ja, ja, ja! ¿Qué andáis buscando, larvas atrevidas y asquerosas? ¿Ni siquiera en este refugio boscoso y aéreo voy a verme libre de la pestilente y rastrera fauna terrestre?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Eeeh! Modere esa diarrea verbal que se le derrama por la boca y no nos obligue a pensar que tiene más de simio arborícola que de ser humano.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-No me toquéis las pelotas, luciérnagas mariconas. ¿Os creéis capaces de subir hasta mi guarida, trepando por el tronco de este pino gigante? Esperad un poco que voy a caerme muerto de risa.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Oye, simpático vecino del ático -le grita Samuel con sorna-, cierra los ojos y cuenta hasta diez. Luego los abres y nos verás ahí contigo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-No os tiréis pegotes, ni os la deis de magos, que no creo en magias ni en supermanes. Pero, vale, veamos de qué sois capaces -dice el hombre cerrando los ojos y poniéndose a contar-:  Uno, dos, tres...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Rápido nos agarramos a la capa de Samuel y ascendemos a toda marcha hasta la plataforma circular de tablas que el hombre había colgado a 20 metros de altura, alrededor de un pino que descuella sobre los demás. Aún no había contado cinco, cuando aparecemos sobre la plataforma, cubierta por una ancha visera de plástico amarillo. Nos sentamos ante él y lo observamos, contando y gesticulando con los ojos cerrados, recostado en una colchoneta neumática, con una botella de whiski entre sus manos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Y diez! -termina de contar y abre los ojos- ¡Coño! ¿Cómo lo habéis hecho? ¿Sois seres reales o prodigios de esta botella?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Parece que las atrevidas larvas han corrido más de lo que esperabas, ¿eh? A ver si ahora nos repites los ditirambos con que antes nos piropeabas -le espetó Don Quijote.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Hum!  Ya veo que no pertenecéis al ganado común que pulula por ahí abajo. Pero... Un momento -dice, alzando la botella y tomando un generoso trago-. A estas alturas, me importa un carajo lo que penséis, digáis y seáis capaces de hacer. Tengo cuarenta y cuatro años y estoy ya de vuelta de todo. Me da igual que os lancéis contra mí, me cojáis por las manos y los pies, y me precipitéis, pino abajo, para que me despanzurre contra el suelo. Lo mismo me da que os convirtáis en serpientes pitones y os enrosquéis en mi cuerpo. Más bien me hariais un favor, sofocando el pabilo de mi conciencia que aún humea en mí. Maldito mil veces el momento en que nací y malditos la madre y el padre que me trajeron a esta cloaca de la vida. Pensaba que ya lo había gritado bien alto y claro al mundo: "¡Quedaos con vuestra mierda inmensa, olvidadme y dejad que me solace y revuelque en la mía!". Y ahora se os ocurre a vosotros entrar en escena. ¡Ja, ja, ja! Tiene gracia la cosa. Y por si faltara algo, aparecéis adornados de efectos especiales y malabarismos circenses. ¡No te jode! ¿Sois, acaso, del 112 o de alguna ONG?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-No -le contesta Samuel por los tres-. Más bien somos una especie de coleccionistas de cosas raras y casos perdidos que, si no logramos solucionar, al menos procuramos que sirvan a alguien de escarmiento en cabeza ajena y se cure en salud.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¿Ah, sí?  Pues conmigo vais a perder el tiempo. Reconozco que soy un caso perdido y os anticipo que en mí sólo vais a encontrar despecho y desesperación. Allá vosotros con vuestras buenas intenciones, pero os declaro mi absoluto escepticismo y desprecio a cuanto huela a consideraciones pías o filantrópicas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Dicho esto se disciplina el gaznate con otro latigazo de whiski, momento que aprovecha Samuel para ponerle ante sus narices la fiambrera  destapada, liberando los aromáticos efluvios de los chanquetes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Vamos, hombre -le dice, dándole una palmadita en el hombro-, anímate y come un poco de este apetitoso manjar marino. Te aseguro que después verás las cosas de forma más optimista.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Hum, hum! -gruñe el hombre saboreando un puñado de chanquetes que se echa a la boca- Debo reconocer que están buenos los jodíos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Come, come, amigo, sin cortedad -le anima Don Quijote- porque, como decía mi compañero Sancho "el comer y el rascar sólo hasta empezar".&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Bueno, bueno -dice el hombre, rebajando la voz en un semitono-, quizás haga con vosotros una excepción porque me parecéis diferentes, aunque algo faltuscos. Pero no os hagáis muchas ilusiones.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Le estamos muy agradecidos, empingorotado señor -le responde Don Quijote-. También nosotros haremos una excepción con vuestra merced y trataremos de preterir las desafortunadas expresiones escapadas de su boca o que se le escapen en el futuro, a las que consideraremos secuelas de un estómago ayuno y una cabeza falta de oxígeno y sobrada de vapores etílicos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Bueno -me adelanto yo, viendo que el hombre iba a arremeter contra Don Quijote-, pelillos a la mar y hagamos las debidas presentaciones. Este señor que, con la mayor deferencia, acaba de disculparle, y a pesar de su aspecto de modesto funcionario de hacienda, es nada menos que Don Quijote en versión &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"sin/con Servantes"&lt;/span&gt;. Este otro, rubicundo y de juvenil aspecto, con  capa de cielo estrellado, se llama Samuel, es de origen judío y posee un curriculum vitae de 500 años. Y quien le habla, luciendo un body alechugado, soy yo, Tinterico, que,  aunque jubiladísimo, soy plumilla de profesión siempre en ristre. Residimos en una cabaña cerca de aquí y deseamos mantener con usted correctas relaciones de vecindad que esperamos y deseamos se estrechen día a día, reuniéndonos para celebrar eventos más o menos importantes, tales como un cumpleaños o una onomástica. Por cierto ¿cuándo es la suya?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¿Mi onomástica? ¡Ja, ja, ja! -se  ríe con una sonora carcajada- Ya no me cabe duda de que sois personajes irreales, quizás fantasmas errantes y juguetones. Por eso no me importa confesaros algo de mi azarosa existencia. Mi nombre es Aarón. Según me contaron mis padres adoptivos, yo nací en Madrid en 1967. Mi primer hogar fue un orfanato. ¿Qué os parece? Allí estuve hasta los catorce años en que  fui adoptado por ellos,  un matrimonio sevillano de cuarenta y tantos años, que carecían de hijos. Él se llamaba Felipe, ella Manuela. Disfrutaban de una gran fortuna. Eran dueños de una importante fábrica de aceites de oliva,  y de numerosos  olivares, próximos  a una cortijada residencial, formada por tres edificios de cegadora blancura,  rodeados de un hermoso parque ajardinado, con naranjos y limoneros, y una gran piscina en el centro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;De pronto Aarón hizo una pausa y su semblante pareció ensombrecerse, más aún de lo que ya estaba, que no era poco.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Vamos, Aarón, toma otro puñadito de chanquetes -le ofreció Samuel.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¡Basta ya de interrupciones, moscones cargantes!  Mis padres adoptivos lo tenían todo, en una época en que la mayoría de la gente, en este país, no tenía nada. Ellos frecuentaban fiestas y reuniones, muchas organizadas por ellos, a las que asistían personajes de gran relevancia: famosos, militares, médicos, profesores, toreros, personalidades del régimen...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Unos padres fardones, sí señor. ¡Qué suerte la tuya! ¿De qué te quejas entonces? -le pregunto.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Tranquilo, escribano -me amonesta Aarón con mirada severa- que queda mucha tela por cortar. Mis padres adoptivos  tenían, también, entre otras casas, una realmente señorial en Sevilla, cerca del Guadalquivir. Contaba con un precioso patio, decorado con vistosos azulejos, un aljibe en el centro y multitud de  arbustos, jardineras y tiestos llenos de flores. A este patio daban las ventanas del despacho en el que Felipe, mi padre adoptivo, dirigía su negocio con la colaboración de su secretaria Elena.  Mi madre adoptiva, Doña Manuela, como solían llamarla, era una mujer muy aficionada a los actos sociales y a las tertulias con amigos, en casa, en donde organizaba bailes y juegos entretenidos, algunos bastante atrevidos.... Tenía varias sirvientas a las órdenes de Marcelina, una mujer de cincuenta años, muy recta y apreciada por todos los de casa. ¿Que de qué me quejo? ¿Sabéis lo que es sentir, prácticamente desde que nací,  una amargura y una tristeza insuperables?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Debe de ser terrible -contesta Samuel-. ¿Y por qué esa amargura y tristeza?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-No es normal -continuó Aarón- que un niño de menos de cinco años recuerde hechos, estados de ánimo, frases y momentos vividos a tan corta edad. Yo, en cambio, los reccordaba entonces y los recuerdo ahora como si  los hubiera acabado de vivir. Y es que, a esa edad, normalmente, un infante vive feliz y despreocupado, porque confía en las amorosas manos, palabras y besos de sus padres, quienes, pacientemente y con la mayor ternura, le enseñan a vivir y a convivir con los demás. Yo, por el contrario, no tuve la suerte de escuchar la voz cariñosa de mi madre, su risa y su cara alegre ante mis graciosos balbuceos. Lo que recuerdo son las secas y amenazantes prohibiciones de las cuidadoras avinagradas del orfanato. Pronto me di cuenta de que en aquel redil de niños anónimos debía espabilar para que los demás niños, mayores o menores, no me pisaran el terreno ni me mangonearan. Descubrí en seguida que, en este mundo, o devoraba o me devoraban. Suifrí muchos mordiscos y dentelladas -ya fueran con palabras, golpes o demostraciones odiosas-  procedentes de  otros niños o cuidadores. Por eso, un buen día, recién cumplidos mis siete años, me juré a mí mismo no volver a tolerarlo jamás. Y para asegurarme el éxito, me impuse ejercitar, día y noche, mi mente y todas mis facultades no sólo para evitar que los demás me pisaran, sino para joderlos yo a ellos, utilizando  cualquier medio a mi alcance, bueno, malo o indiferente, con tal de que fuera eficaz para lograr mi objetivo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-Tremendo lo que nos cuentas, amigo -exclamó compasivo Don Quijote-. ¡Qué importante y  necesaria es la educación, la buena educación, a lo largo de nuestra existencia, pero sobre todo en la infancia y juventud!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;-¿Ah, sí?  No me vengas con idealismos quijotescos  ni baladas de trompeta -le atajó Aarón-. No hay mejor escuela ni mejor ciencia que lo que la naturaleza nos enseña. Hay que ser duros y violentos como es ella, si quiere uno prosperar y no vivir machacado y pisoteado por los que nos rodean.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Os contaré algo de mi infancia en aquel "caritativo" presidio:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Mis recuerdos más remotos relampaguean en mi mente como dardos encendidos clavados en lo más profundo de mi ser, arrancándome gritos de dolor, rabia y odio contra todo lo que me rodeaba. El edificio del orfanato, de aspecto acuartelado, muros grisáceos, de piedra y hormigón, con sus enormes dependencias, salones, aulas, dormitorios, comedores, habitaciones de monjas y cuidadores, servicios, cocina, patios,  huerta y otras instalaciones, no es que se pareciera a un palacio, pero reunía las condiciones básicas para cumplir el fin social al que estaba destinado. En general, el personal cuidador, docente y administrativo, era cumplidor de las normas del establecimiento. De hecho, a muchos de  los niños allí recluídos se les veía, si no felices, al menos conformes con su suerte.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Yo no. Desde que tuve conciencia de mí mismo me sentí perdido en un mundo hostil. Como cualquier otro niño, yo pretendía ser el centro del universo. Mas, por el contrario,  me daba cuenta de que yo no significaba nada para nadie. Recuerdo, con lacerante nitidez, mi sucesiva estancia en los cuatro pabellones del orfanato, testigos de mi infancia y adolescencia. En aquellos enormes y desabridos dormitorios, con varias filas de camas de tubos pintados de azul marino, había momentos enloquecedodres: niños que lloraban, saltaban en las camas, se pegaban, corrian, mientras las cuidadoras, desesperadas, gritaban histéricas, tratando de imponer orden y disciplina, sin conseguir atender a las necesidades de aquel enjambre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;Comprendí que, en medio de aquella jauría, tenía que aguzar mis sentidos y estar muy despierto y al acecho de posibles amenazas y extorsiones. Tal era mi desconfianza y mosqueo que, cuando conocía por primera vez a algún nuevo compañero o cuidadora, se me pasaba por la cabeza que, más o menos pronto, se pondría en contra mía, despreciándome por mi apariencia feúcha, enclenque, seria, taciturna y acobardada. Y, lamentablemente, los hechos se encargaban, más adelante, de confirmar mis temores. Yo percibía el rechazo de los demás por mi aspecto antipático y actitud nada sociable, lo que acrecentaba mi timidez y, debido a ella, mis bloqueos mentales y enorme  dificultad para expresarme correctamente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;A mis siete y oocho años se atrevían a burlarse de mí con bromas y coplillas, como aquella que me cantaban Liborio y Bartolo:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;                                             &lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aarón, Aarón,&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;pareces un garañón&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;con orejas de elefante&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;y boca como un buzón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo me sorbía la rabia y la amargura, incapaz de protestar y defenderme. Les tenía un miedo atroz. En alguna ocasión, sor Leandra, la jefa de cuidadoras, me riñó porque, en lugar de jugar con los demás niños en el patio, me quedaba sentado junto a mi cama, garabateando en un cuaderno. Me sentía triste y ridículo con el babi gris, descolorido y lleno de zurcidos y unas zapatillas rotas. Sor Leandra me llevó hasta el patio, tirándome de la oreja, mientras me amenazaba con dejarme sin comer si me volvía a ver en el dormitorio durante los recreos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sor Leandra  tenía el aspecto y mala hebra de una mosca molesta: cabeza pequeña y redonda, ojos enrojecidos y saltones; la nariz y la boca  confundidas en un apéndice parecido al pico de un mochuelo; y cubierta con un hábito negro verdoso, bajo el que se insinuaba su huesudo esqueleto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"¿Por qué esta bruja -me preguntaba yo- está siempre espiándome con expresión amenazadora, controlando mis menores movimientos y vigilando mis intentos de hablar o de hacer lo que  me parezca?" Al principio no comprendía yo la inquina manifiesta que ella me tenía. ¿Por qué esa frialdad,  desprecio o indiferencia conmigo?.  En alguna ocasión le escuché despotricar, mientras me volvía la espalda: "¿Qué puede esperarse de unos desgraciados, hijos del pecado? Son unos tarados, abúlicos, degenerados, viciosos... ¡basura!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aunque yo no entendía aquellas extrañas palabras, sabía muy bien que no eran, precisamente, alabanzas, sino despectivos e injuriosos improperios que hacían sentirme pisoteado y escupitajeado en lo más sensible de mi amor propio; y,  lo peor de todo,  llegaba a persuadirme de que realmente yo era una basura despreciable. Me sentía indigno de que nadie me quisiera. Me veía feo y detestable, maloliente, defectuoso, lleno de taras mentales, idiota irredimible, gusano asqueroso, sin valor ni fuerza para defenderme ni encararme  siquiera con otros niños más pequeños; sin gracia para arrancar una sonrisa a nadie y sin ningún talento para hablar ni para hacer nada con sentido. ¿Cómo y para qué había llegado yo a la vida?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al mismo tiempo que mi autoestima se hundía, cada día,  más profundamente y con mayor rapidez, sentía también alzarse en mi desierto interior gigantescas montañas de odio, rencor, desprecio y asco hacia aquellos seres que me vigilaban y se ufanaban  de su gran labor, con sus normas cuartelarias, sus aburridas pláticas,  sus hipócritas palabras y demostraciones corteses. Pero mi aversión no sólo la dirigía contra ellos, sino contra todos los residentes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Poco a poco fui perfeccionando mi arte en disimular, ladinamente, el volcán que bullía dentro de mí.  Llegué a sentir un placer indescriptible mientras labraba, de forma minuciosa y artesanal, un odio refinado contra ellos. Me hallara donde me hallara, mi mente no cesaba de imaginar situaciones en las que intervenían personas que me resultaban especialmente odiosas. Yo me refocilaba planeando el procedimiento óptimo para causarles el mayor daño posible,  lo que acrecentaba mi autoestima al comprobar que mi imaginario sadismo era, cada día, más refinado y exquisito.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una noche, aguijoneado por mi sádica obsesión, me sentía tan excitado que me resultaba imposible dormir. Me dediqué a pensar qué putada curiosa se le podría jugar a sor Leandra.  Giré un poco la cabeza a la derecha y dirigí la mirada, a través de la mortecina luminosidad de la débil lámpara del techo, hacia el fondo del dormitorio. La habitación de sor Leandra se hallaba al final del corredor central, de los tres en que se dividía el dormitorio, cada uno de ellos con su larga hilera de camas y estrechos armarios individuales anexos. La celda de sor Leandra tenía, en la pared enfrentada al dormitorio y a dos metros del suelo, un ventanuco  acristalado, desde el que espiaba a su rebaño. Frente a la puerta de la celda, abierta al centro del corredor, se hallaba el cuarto de baño de la monja. Sobre la puerta de éste había otro ventanuco, de hoja abatible,  que sor Leandra solía abrir y colocar en ella la túnica mientras se duchaba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aquella noche me asediaba un calor sofocante. Era el mes de julio y, a través de las ventanas, se distinguía un cielo de negros nubarrones tormentosos, recorridos y encendidos por culebrinas y relámpagos. Apenas podía distinguir los rostros de mis durmientes vecinos, no obstante apreciaba los mínimos detalles de las caras y cabezas de Liborio y Bartolo.  Liborio, ocupante de la cama a derecha de la mía, debía de soñar un grato sueño que le hacía torcer la boca en una mueca risueña. Tanto él como Bartolo, de cabeza de peonza y cara bobalicona, que dormía en la siguiente  cama, eran dos de mis peores enemigos. Dsde la casa cuna, hube de soportar sus estúpidas bromas y chulerías. No sé qué especiales atributos habría descubierto en ellos sor Leandra para distinguirlos  como sus favoritos. Por entonces yo tendría ocho años y ellos diez. Mi fantasía se había desbordado como una riada de lava, que  arrasaba, con mil lenguas de fuego, todo cuanto me resultaba odioso, creando en mí una energía, hasta entonces  desconocida quie me dotaba de una seguridad plena de lograr todo lo que me propusiera.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Serían ya las seis de la mañana cuando oí abrirse la puerta de la celda de sor Leandra. Con los ojos semicerrados la observe detenidamente.  Salió cubierta con una parda túnica, sin ceñidor, portando una toalla blanca doblada sobre el antebrazo. En medio del corredor se detuvo un instante y escudriñó con penetrante mirada a su dormido rebaño. Juraría que, durante varios segundos, la detuvo sobre mí. Luego entró en el cuarto de aseo, cerró la puerta y, en seguida, vi asomar, fuera de la estrecha ventanilla,  parte de la túnica de la monja. El ligero fluir del agua de la ducha despertó en mi mente una secuencia de imágenes sobre lo que, a continuación, iba a suceder. Me sentí transformado. Era como si mi cerebro se hubiera apoderado de la mente de Liborio y de Bartolo, a quienes veía durmiendo plácidamente. Con todas mis energías y atención concentradas en sus mentes y voluntades, yo les imponía órdenes categóricas de lo que debían realizar de inmediato.  De pronto, Liborio y Bartolo saltan de sus camas como autómatas. Los veo caminar con paso firme y seguro, aunque sonámbulos, por el corredor central hacia el cuarto de baño de sor Leandra. Se detienen ante la puerta. Se ponen de puntillas y  arrebatan la túnica y toalla de la monja. Luego vuelven por el pasillo central, con ambas prendas desplegadas como banderas, mientras pulsan los interruptores de las luces despertando a todo el personal. Al pasar junto a una de las ventanas que daban a un patio interior, arrojaron la túnica y la toalla sin piedad ni miramiento y, luego, marcharon a sus camas, donde continuaron durmiendo. Fue, entonces, cuando descubrí, asombrado, mi portentoso poder.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Muy pronto escuché, aterrado, el ligero chirrido del pestillo de la puerta del baño, accionado cuidadosamente por la monja. Entreabrí los ojos, procurando no hacer gesto alguno que denotase  hallarme despierto. La escena que siguió a continuación fue la más  surrealista y gratificante jamás presenciada por mí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La gran mayoría de  los chavales se había despertado y sus ojos convergían, morbosos y risueños, en la puerta del baño, impacientes por ver a Sor Leandra surgiendo de las aguas como una venus desnuda. Abrióse la puerta y apareció la mano y el brazo izquierdos  de la monja, los que, instintivamente,  colocó sobre sus escurridos senos, mientras que con el otro brazo y mano acudía presta a taparse las pudendas partes, así como algo de su cuerpo lechoso y desnatado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A pesar de su embarazosa y crítica situación, su mirada colérica y relampagueante, recorría minuciosa el dormitorio, tratando de  descubrir al causante de semejante oprobio. Mas no pudo evitar una  carcajada &lt;span style="font-style: italic;"&gt;urbi et orbi&lt;/span&gt; de toda aquella chiquillería, que se prolongó hasta que entró en su celda y cerró con un portazo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En seguida reapareció, cubierta con el hábito y una larga correa en la mano, dispuesta a azotar a todo el orfanato, si fuera necesario,  hasta descubrir al culpable o culpables de aquella ignominia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Os juro -amenazó sor Leandra, con el puño que sujetaba la correa- que, si no aparece el autor o los autores de tan malévola fechoría, no descansaré hasta averiguarlo y, entonces, que tiemblen, porque van a desear no haber nacido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De momento nadie acusó a los autores, a quienes la mayoría de los residentes habían visto llevar a cabo tan osada y divertida maniobra. Todos sabían quiénes habían sido, a excepción de ellos mismos al haber actuado sonámbulos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vi el cielo abierto. Había logrado  machacar el orgullo de sor Leandra, sintiéndose objeto de burla y del mayor ridículo ante su "rebaño de estúpidos borregos", como ella solía repetir. Y, al mismo tiempo, había asestado un duro golpe en la cresta  a esos dos gallitos, Liborio y Bartolo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nadie se atrevería a delatar a esos dos fantoches, porque eran mayores (doce años), más fuertes, liantes y dañinos; aparte de que eran los predilectos de sor Leandra que se servía de ellos como de perros pastores. Por esta razón ella se acercó, ligera, hasta sus camas, comprobando que seguían profundamente dormidos. Yo fingí hallarme dormido, pero, en realidad, tenía los ojos lo suficientemente despegados para descubrir que ella me observaba detenidamente. Luego dio un respingo, se volvió de espaldas y marchó a su celda a esperar a que fueran las ocho para despertarnos con el silbato.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo aproveché para comprobar si el poder hipnotizador recién experimentado, seguía asistiéndome.  Con los ojos semicerrados, distinguía a a otros dos payasetes, Dioni y Floro, que desde siempre se habían deviertido a mi costa, riéndose de mis torpezas. Los veía incorporados en sus camas disfrutando, con sonrisa babeante de hienas, de aquel cuadro circense que yo acababa de improvisar. Centré en ellos mi atención hasta sentir dolor en el cerebro, mientras repetía mentalmente: "Tú, Dioni, y tú, Floro, habéis sido testigos de quiénes han cogido la túnica de sor Leandra y la han arrojado por la ventana. Debéis delatarlos a Sor Leandra, de lo contrario, alguien os delatará a vosotros, como encubridores. ¡Vamos, levantaos ahora mismo y corred a contarlo a Sor Leandra!"&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi absoluta seguridad en la eficacia de mi orden era tal que me produjo un temblor incontrolable en todo mi cuerpo que fue en aumento al ver cómo Dioni y Floro se deslizaban, a regañadientes, de sus camas, sin dejar de mirarme con expresión aterrada, y se dirigían hacia la celda de sor Leandra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sor Leandra había dejado entreabierta la puerta de su celda. Floro y Dioni se detuvieron ante ella indecisos. No sé qué recóndito sentido acústico se me desspertó que, desde mi cama, percibía claramente la conversación de sor Leandra con los dos alucinados delatores.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vamos, mastuerzos, pasad -ordenó la monja.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entraron como dos alucinados y se quedaron mirando a la monja con expresión temerosa y vacilante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué os pasa? ¿Sabéis quién se llevó mi túnica y la arrojó por la ventana?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí. Fueron ellos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quiénes son ellos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, ellos. Tus amigos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Mis qué?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, tus... ayudantes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quiénes? ¿Liborio y Bartolo? -sor Leandra apretó los labios con rabia- ¡No, no es posible! ¡Ellos estaban dormidos! A no ser que... -dijo, pensativa, con la mirada clavada en el infinito- ¡Vamos, marchaos! -les ordenó, dando una palmada y empujándolos hasta la puerta, desde la que lanzó una mirada hacia mi cama.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No sé qué hizo después la monja... ¡Ah, sí! Se acercó nerviosa a las camas de Liborio y de Bartolo, los levantó en vilo, zarandeándolos hasta espabilarlos y se encaró con ellos:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué habéis hecho, desgraciados? Vosotros, gusanos asquerosos os habéis atrevido a ir hasta los privados aposentos de vuestra regidora, para humillarla y mancillar su honor.  Vosotros, bolas de estiércol, ¿óomo habéis osado coger mi túnica y arrojarla por esa ventana, insensatos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En aquel momento me removí en la cama y abrí los ojos con expresión de asombro, fingiendo que me despertaba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso acabo yo de soñarlo -se disculpó Libdorio-. Yo no he podido cometer semejante disparate.&lt;br /&gt;-Yo también lo he soñado -manifestó Bartolo-, y estoy seguro de que sólo ha sido eso, un sueño.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Ah, no? Venid conmigo -dijo, agarrando por la oreja a los dos imputados y llevándolos hasta la ventana desde la que habían arrojado la túnica-. ¿Qué es aquello que hay abajo en el patio? ¿Es el manto de la Macarena o la capa de Luis Candelas? Pues no. Es la túnica de sor Leandra, vuestra regidora ¿Y ha volado ella sola hasta ahí abajo?  ¡Eh, decidme vosotros Dioni y Floro!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No. La tiraron ellos, Liborio y Bartolo -confesaron, sin levantar la mirada del suelo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No se hable más. Vosotros, Liborio y Bartolo, quedáis castigados a limpiar los servicios y dormitorios, a partir de hoy, durante un mes -concluyó  sor Leandra dictando sentencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me regodeé contemplando el desaguisado que acababa de desencadenar. Sí porque, a consecuencia de aquello, las relaciones entre sor Leandra y los cuatro fantasmones, se complicaron y enconaron hasta el punto de que ninguno se fiaba ya de los otros, llegando a temerse y a espiarse unos a otros, de manera que la connivencia y complicidad que antes tenían se trocó en recelo, despecho y ojeriza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdona que te interrumpa -me decidí a intervenir y cortar el hilo de su prolijo relato, impaciente por conocer a fondo la personalidad, móviles, drama y agonía existencial que, al parecer, bullía en el interior de aquel hombre-. ¿Cuál crees que era tu secreta aspiración, es decir, el motivo radical que te impulsaba a actuar de esa pecular forma tuya, tan diferente a como lo hacían los demás  chavales?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vaya! -contestóle Aarón- Va a resultar que las despreciables larvillas que se han colado en mi guarida, van a ayudarme a deshilvanar, abrir y bucear en el laberinto subterráneo y complejo en el que se esconde mi yo, recomponiendo los fragmentados vestigios que quedan de su caparazón, una de las razones por las que he venido a este pinar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Por qué será -ironizó Don Quijote- que todo bicho viviente, incluido el hombre, enjuicia y mide a los demás con su propia medida?¿Qué pensarán de nosotros una hormiga, una mosca o un perrito?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Cuidado -advirtió Samuel- que Toby, nuestro heroico amigo, aunque sea un chuchillo, es más objetivo en sus apreciaciones que muchos humanos. ¿Y por qué haces esa reflexión, amigo Alonso?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sencillamente en atención al título de larvas que nos ha otorgado Robín de los Bosques.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Queréis cerrar  el pico de una puñetera vez? -gritó encabritado Aarón-Espero que, por lo menos, os haya quedado claro el escondido rencor que yo sentía contra todo lo que me rodeaba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No, no es preciso que lo jures ante un notario -reconoció Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues, aunque no lo parezca, mi mayor odio y aversión no era el que dirigía contra los demás, sino el que siempre sentí y sigo sintiendo contra mí mismo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Es posible? -le pregunté, exagerando mi sorpresa para animarle a explayarse.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Así es. Desde que tuve conciencia he venido soportando un sentimiento de descontento y aversión a cuanto constituye mi propia realidad. Nada veía en mí que me satisficiera. Me veía débil, defectuoso, feo, torpe, cobarde, sin gracia alguna, incapaz de expresarme correctamente, muy aprensivo y asustadizo... Y respecto a cualidades y virtudes, me caracterizo no sólo por su ausencia, sino por poseer el vicio opuesto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No exageres, hombre -dijo Samuel, tratando de animarlo- ¿cómo vas a ser tan imperfecto? ¿No será que aspiras a un estado de perfección inalcanzable,  lo que hace que te sientas infeliz y desgraciado?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No. Lo que a mí me ocurre es mucho más complejo. Jamás he sido un san Luis Gonzaga, eso lo tengo muy claro. Tampoco he sido un genio, ni siquiera un hombre sensato y normal. ¿Por qué? Porque la naturaleza me lo ha negado. Ella me privó de las cualiddes y circunstancias normales con las que se encuentra la generalidad de los seres humanos al nacer. Yo no.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es triste y lamentable lo que nos cuentas, amigo -exclamó Don Quijote, compasivo-, pero no creo que esa naturaleza de la que hablas te haya privado de la libre voluntad de superarte, por muchas cualidades que te haya negado y por muchas dificultades y circunstancias adversas que haya puesto en tu camino.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No me hagas reir con historietas trasnochadas -replicó Aarón-. ¿Voluntad libre? Eso son espejismos. Sin saber cómo ni por qué, nos movemos y comportamos en la forma y dirección que nos marque la estúpida y aleatoria naturaleza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No obstante- le argüí-, has de reconocer y elogiar los evidentes y sabios resultados que esa "estúpida" naturaleza consigue en muchas de sus manifestaciones. ¿Podrías tú explicarnos tales paradojas?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No lo sé -reconoció Aarón- y no creo que lo sepa ningún ser humano. Es cierto que hay un derroche de genialidad en la naturaleza, pero también de locura e incongruencia. A mí, os lo aseguro, me ha tocado el ramalazo de lo absurdo y demencial.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hizo una breve pausa y, en seguida, continuó Aarón relatando:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Escuchadme y juzgar si es normal lo que, desde mi niñez, me ocurre: Por las noches, mientras duermo, sueño que soy una persona, no ya distinta, sino opuesta al Aarón que os he descrito. Durante el sueño me veo físicamente más fuerte y atractivo, dotado de una penetrante inteligencia, gran capacidad razonadora, extraordinaria creatividad, deliciosa fluidez de expresión oral y escrita, apasionamiento por aprender, por las letras, la filosofía, la investigación... Me siento satisfecho conmigo mismo. Me veo libre de complejos, sin miedo a nadie ni a nada.  No tengo sentimientos de antipatía, envidia, rencor ni animosidad contra nadie. Me relaciono sin problema alguno con  los que me rodean, ya sean vecinos, compañeros de trabajo o personas con las que, ocasionalmente, tengo algún contacto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al mismo tiempo que en mi vida -digamos la de estado de vigilia para distinguirla de la otra-, acumulaba malaventuradas y desastrosas experiencias, durante las noches vivía en mis sueños una vida radicalmente opuesta. En ella me sentía querido en el seno de una familia que prodigaba sus demostraciones de cariño en los menores detalles.  Me veía crecer y desarrollarme armoniosamente en todas las facetas de mi ser, conquistando cotas difíciles, sorteando dificultades,  ganándome a cuantos me rodeaban con mi comportamiento responsable, afable, prudente, constante y tenaz, que me permitió, a mis once años iniciar, feliz y con gran aprovechamiento,  el bachillerato.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se trataba de un fenómeno sorprendente que, sobre todo al principio, sacudía mi espíritu como un terremoto emocional. Con el paso de los años  me fui acostumbrando a él. Día a día yo veía desplegarse mi vida como una película a dos bandas. En la de mis sueños yo aparecía como el protagonista bueno, ejemplar, humano, inteligente y triunfador; mientras que en la otra -en ésta que también es vuestra- yo era el protagonista perverso, vicioso, desalmado, maltratador, detestable, perdedor y condenado al fracaso y a la destrucción.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Durante mi jornada perversa, yo no descubría monstruosidad alguna en mi comportamiento, ni sentía necesidad ni deseo alguno de corregir mi trayectoria errática y desatinada.  Era en el umbral del sueño cuando mi conciencia caía en un estado de ánimo desesperado y de total abatimiento, al ver reflejado en el agua oscura de la charca cenagosa de mi yo, mi odioso rostro y mi vida abominable. Entonces me asaltaba un atroz remordimiento, una náusea infinita de mi mismo y algo así como un soplo desmayado de arrepentimiento y deseo de transformarme en el ser opouesto al que soy.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Luego me veía caminando, desnudo y desorientado, por una playa solitaria, igual que ésta de aquí, bajo un cielo sin estrellas, detrás de mi propia sombra, proyectada  con intermitencias por el haz luminoso del faro  que gira, inquietante, a mi espalda en la lejanía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi vacilante y calmoso caminar, al ritmico vaivén de las olas de la orilla, se prolongaba hasta que el cielo se encendía con las luces plateadas de la aurora. Era entonces cuando yo quedaba sobrecogido ante el espectáculo que se me ofrecía, tierra adentro, a un kilómetro de la playa: un pinar triangular como la quilla de un barco, de un verde esmeralda, gradualmente más brillante y reluciente conforme me aproximaba hasta él...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Extraña y dura experiencia, amigo Aarón -comentó Samuel en la breve pausa que hizo aquél- ¿Y así, hasta cuándo? No creo que hayas permanecido hasta ahora en ese sin vivir.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Hasta cuándo? -Aarón nos miró, pensativo, durante unos segundos- Sí, lo reconozco: en mi malvada vida, la de este lado, ¡ja, ja! hubo un día esplendoroso y prometedor como nunca había vivido. Fue una mañana de primeros de julio, del año 1981. Había cumplido catorce años. Mi situación en el orfanato ya os la he contado. A pesar de mis miedos, bloqueos mentales y demás trabas, conseguí tener a raya a cuantos me rodeaban, incluida sor Leandra. Y no porque, directamente, yo los apabullara con mis palabras o acciones, sino gracias a ese extraño poder mental que, ocasionalmente, me asistía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nadie sabía, a ciencia cierta, que yo fuera el causante de una serie de conflictos, alborotos,  tiberios y putadas de toda índole que, desde mi laberinto interior, yo maquinaba y desencadenaba a mi antojo en el orfanato, pues toda mi actividad era puramente mental. Pero algún indicio siniestro debieron de captar -especialmente sor Leandra- quizás por la irónica expresión de mi rostro, o por mi aspecto taciturno y solapado, ya que, desde el episodio de la túnica, comencé a observar en mi entorno, miradas recelosas, cuchicheos y una generalizada actitud precavida y huidiza de los demás para conmigo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aquella mañana de julio teníamos un largo recreo al aire libre, por ser domingo, en las instalaciones deportivas, situadas junto al parque ajardinado en el que había frondosos árboles, paseos, fuentes y numerosos bancos de piedra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras los chavales, en su gran mayoría, jugaban al fútbol o a otros juegos,  yo entablé conversación con Félix y Paco, dos compañeros de mi curso (octavo de EGB)  a fin de sondear sus mentes y tratar de fijar en ellas unos hilos, fuertes como cadenas, para luego moverlos y dirigirlos a mi antojo. Los llevé hasta un banco, colocado bajo un fresco y umbroso castaño, enfrente y a unos cincuenta metros  del pabellón donde estaba la sala de visitas. Me senté en medio de ellos y les  hice la siguiente pregunta:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Si en este momento, apareciera ante nosotros el genio de la lámpara de Aladino, dispuesto a concederos el deseo que más apetecierais ¿qué deseo le pediriais  se hiciera realidad? Pensadlo y decídmelo al oído, de forma que tú, Paco, no oigas el deseo de Félix, ni tú, Félix, el de Paco.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Paco, un chico corpulento, de aspecto infantil y bastante ingenuo, rápidamente me susurró, entre risas, con su mano en pantalla alrededor de mi oreja:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Le pediría que, al instante, yo apareciera en la  casa, en  donde vivan mis padres,  ante ellos, y que me abrazaran y besaran.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Difícil se lo pondrías al genio, Paquito -le dije-. Pero quizás yo pueda ayudarte a alcanzar ese deseo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No me digas, ¿Tú podrías?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Tú qué crees? ¡ja, ja, ja? -le contesté.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Félix, pecoso, de pelo anaranjado y revuelto, de mirada despierta y maliciosa, tardó tres minutos en contestarme, que  lo hizo agarrándome la cabeza y metiéndome, literalmente,  su boca en mi oreja izquierda, mientras emitía un ruido ensordecedor de motosierra:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Brrrain, raín, raín, rarrarrauuunnnn! ¡Bueno -exclamó en voz alta, riendo y dejando de soplarme en la oreja-, no me importa que lo oiga Paco. Yo me conformaría con llegar a ser un juez clarividente, honesto,  valiente y trabajador incansable  por hacer resplandecer la verdad y la justicia en todo el mundo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué deseo tan raro! -le dije- ¿Y por qué, precisamente, juez de ese talante?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque de ellos depende, fundamentalmente, la buena marcha de los estados y pueblos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Para ese viaje  no se precisan alforjas, ni genios de  lámparas maravillosas -le aseguré-. Ya me encargaré yo de que, por lo menos, juzgues y sentencies a alguno de los que nos han mangoneado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En éstas estábamos cuando vemos salir al parque, por una de las puertas de acceso a la sala de visitas, a sor Leandra, en animada conversación con un señor y una señora, ya algo mayores, de aspecto y  porte distinguidos, muy sonrientes.  De pronto, sor Leandra  deja de hablarles y con un rápido movimiento de sus enrojecidos ojos castaños y de su afilado mentón, apuntando hacia mí, les indica -no me cabía duda- el objetivo claro de su visita.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Aarón, por favor, acércate un momento! -me llama con un tono de voz y cortesía inusuales en ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quiénes serán ésos y qué querrá la monja? -cuchicheo, por lo bajo,  a Paco y a Félix mientras me levanto del banco.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Suerte, Aarón -me dicen.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Buenos días -saludo, con la cabeza algo inclinada, al llegar hasta ellos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hola, Aarón -me corresponden los visitantes muy sonrientes, estrechándome él la mano y dándome un beso la señora.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué te parece? -me aborda sor Leandra con desconocido regocijo- Ellos son Don Felipe y Doña Manuela, un matrimonio afortunado, a quienes la vida les ha sonreído generosamente y que serían plenamente felices si hubieran tenido un hijo en quien depositar todo su afecto...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo los contemplé de hito en hito y escuché a Sor Leandra con una sonrisa que, en ottro momento, habría significado "¡Y a mí qué me cuentas!"&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, muchachito -me dice, muy amable, la señora-,  sor Leandra nos ha hablado de tí. Te hemos estado observando desde las ventanas de aquella sala y nos has cautivado. Vemos en tu cara un ángel especial.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Lo inesperado del elogio me hizo enrojecer como un volcán.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es cierto -confirma sor Leandra con ironía trituradora-. No pueden imaginarse hasta qué punto es especial.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sinceramente, hijo -remachó la señora Manuela-, tanto Felipe, mi marido, como yo, hemos coincidido en esa apreciación, por lo que hemos manifestado a sor Leandra que si, por parte de ella y por la tuya, no hay inconveniente en que te vengas a vivir con nosotros, como hijo adoptado, hoy mismo iniciaremos los trámites para ello.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aunque yo abrigaba una vaga esperanza de que llegara un día en que me viera libre de aquella cárcel, jamás pude pensar que, de hecho, ese día amanecería.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero... pero...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fue todo lo que se me ocurrió decir, dando la impresión de que no me alegraba, cosa que sor Leandra en seguida arregló, completando mis ambiguas palabras:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No te preocupes, hijo -¿De dónde  le saldría a sor Leandra semejante efusión tan tierna y maternal?-, la dirección del orfanato está de acuerdo en que estos señores te adopten. ¿No te alegras?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, claro, es lógico que me alegre -contesté- ¿Y cuándo y a dónde me iría a vivir con ellos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Nosotros vivimos en Sevilla -se apresuró Felipe a responder-. Ya verás cuánto va a gustarte  todo aquello. Esperamos que el papeleo de la adopción sea rápido. Yo tengo amigos influyentes que me echarán un cable, ¡ja, ja!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se despidieron de mí como si de hecho fuera ya su hijo. La señora Manuela me volvió a besar y abrazar, con lágrimas en los ojos, cosa que me produjo una risa nerviosa e inoportuna que animó a Felipe a reírse a su vez y a comentar:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Así me gusta, chiquillo, que se note que te alegra el venirte con nosotros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, realmente, sentí una dicha jamás imaginada, porque nunca soñé que un día pudiera volar de aquella jaula en la que había vivido preso desde que nací.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tal  impacto emocional me produjo aquella visita que, en los pocos días que duró la tramitación de la adopción, observé en mis habituales compañeros, monjas y cuidadores,  una amabilidad y simpatía que nunca me habían dedicado, seguramente  porque notaron en mi aspecto un cambio sorprendente.  Y es que yo pasaba los minutos de espera pensando, ilusionado, que pronto  me convertiría en el hombre intachable y triunfador que, noche a noche desde que nací, viví en mis sueños. Pero...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6815879139093679441-3791838390854335209?l=tinterojubilado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/feeds/3791838390854335209/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6815879139093679441&amp;postID=3791838390854335209' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/3791838390854335209'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/3791838390854335209'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/2010/08/el-enigma-del-pinar-cap-i.html' title='El enigma del pinar -  (Cap. I)'/><author><name>Dunscotiano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14343138484996610295</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_0k_WnpA1CoU/TGVX7CVs04I/AAAAAAAAALY/UixbtdUSI8A/s72-c/pinar.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6815879139093679441.post-3561324649947881973</id><published>2010-02-15T08:07:00.000-08:00</published><updated>2010-10-13T10:54:22.275-07:00</updated><title type='text'>Más allá de los almendros - (Cap. III y último)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://lh3.ggpht.com/_eWIgeWcQ10U/SUJozy1tkiI/AAAAAAAAAB0/v3w4BmVX4Bc/20070510180150-fairy-20moon.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 315px; height: 315px;" src="http://lh3.ggpht.com/_eWIgeWcQ10U/SUJozy1tkiI/AAAAAAAAAB0/v3w4BmVX4Bc/20070510180150-fairy-20moon.jpg" alt="" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Queridos amigos:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aunque con algún retraso, que  pudo quedar en un nunca definitivo -según se verá más adelante- por fin puedo transmitiros la crónica del anunciado viaje al mundo de las ideas. Si os animáis, podéis acompañarnos en semejante odisea, ya que hemos logrado que Voz del Tiempo le quite la etiqueta del precio  y de la temporalidad, por coincidir con San Valentín y los Carnavales. Allá va.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"Habíamos recorrido ya un breve trecho de 800.000 kms., más o menos, en la vertiginosa nube de Daniel, rumbo al Mundo de las Ideas, cuando nos sorprendió un brusco e inesperado frenazo que nos hizo salir fuera de la nube más allá de una legua. Todo quedó en un susto mayúsculo, gracias a que nuestros pies quedaron solidariamente aferrados al esponjoso suelo de la nube, mientras que el resto de nuestro ser se estiró como un espagueti de goma.&lt;/div&gt;&lt;a href="http://tinterojubilado.blogspot.com/2010/02/mas-alla-de-los-almendros-cap-iii-y.html"&gt;&lt;/a&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué ocurre? -exclamó Don Quijote- ¿Por ventura en el espacio hay, también, señales de stop?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No -contestó Daniel con voz y talante contrariado-. Es que, de pronto, me he dado cuenta de que el principal motivo de este viaje es demostrar a Mauro, mi compañero de la residencia, el error en que se halla, al asegurar que la realidad se reduce a burda materia sin ninguna otra transcendencia. Por eso debemos volver a la residencia a recogerlo y llevarlo con nosotros al Mundo de las Ideas, para que juzgue con fundamento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Volvamos, pues -aceptó voz del Tiempo-, para que Daniel cumpla con su amigo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Allá vamos! -gritamos al unísono, mientras Álex palmoteaba, dando saltos de un lado a otro de la nube y Daniel resoplaba sobre el cogote pelado de cigüeña de  proa de la nube.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el intermedio de un tic-tac llegamos a la residencia. Nos colamos por la ventana entreabierta de la habitación de Mauro, sorprendiéndolo dormido en su sillón de orejas, arropado con una bata granate a cuadros azules. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo, los ojos cerrados y un libro abierto en su regazo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Daniel aparcó la nube junto a la cama de Mauro con tal  destreza y tacto que éste continuó enfrascado en sus sueños, indiferente a nuestras curiosas miradas y cuchicheos. Luego colocó a Álex sobre la cama, mientras los demás, sin intención alguna de fisgonear, reparábamos en su   modesto mobiliario: el armario blanco y empotrado, la mesita de noche, el baño, y un pequeño escritorio con varios libros apilados.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Álex, con traviesa sonrisa, se acercó gateando hasta Mauro y le acarició la cara con su manita. En ese instante Voz del Tiempo alzó los brazos en ampuloso gesto, haciendo desaparecer de nuestra vista aquel escenario, que fue sustituido por el del sueño de Mauro, dentro del cual quedamos envueltos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Pobre amigo Daniel! -exclama Mauro en su sueño- ¿A dónde fue a parar su fe ciega en el más allá, tras su muerte? Murió, como todos moriremos, y su insignificante ser, como el de cualquier mortal, yace hoy descompuesto en el confuso chapapote de inerte materia, bajo  nuestros pies. ¿Qué fueron de sus firmes convicciones en la inmunidad y supervivencia del espíritu? Tonterías. La vida es absurda y no hay que darle más vueltas. Se vive porque sí, porque nacemos para morir y, para eso, hay que vivir una temporada. Pero ¿qué atractivo tiene la vida cuando se llega a viejo? ¡Ay Daniel, iluso! ¿Dónde están tus promesas de llevarme a visitar el "maravilloso mundo de las ideas," como tú decías?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esforzándonos en no hacer el menor ruido, observábamos a Mauro y escuchábamos sus amargas cuitas. Daniel iba ya a explotar con un ex abrupto que Voz del Tiempo evitó, tapándole la boca.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Repentinamente Mauro entreabrió los ojos y nos miró, asombrado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdonad si me veis torpe y aturdido -se excusó Mauro-, Daniel me conoce muy bien y sabe que soy muy distinto del que ahora estáis viendo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No te preocupes, amigo -le tranquilizó Daniel-, ellos ya te conocen. Saben que eres una persona honrada,  generosa y preocupado por conocer la verdad, aunque también saben que eres algo terco.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, es cierto -respondió Mauro-, me temo que la verdad nunca la conoceremos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Ah, no? -se apresuró Don Quijote a contestarle- No me sea su merced tan desconfiado y escéptico. Yo, a pesar de que no lo parezca, soy un modesto reflejo del hidalgo Don Quijote de la Mancha. Gracias a ello he llegado a conocer una gran verdad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué verdad? -preguntó Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Que, con frecuencia, las apariencias de las personas y de las cosas pueden engañarnos durante mucho tiempo, pero si insistimos, acabaremos desvelando su verdadera entidad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Don Quijote de la Mancha? ¡Ja, ja, ja!  -rióse Mauro- Entonces ya habrás descubierto que los famosos gigantes no eran otra cosa que molinos de viento y que Dulcinea...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Eeeeh! ¿Qué tienes que decir de Dulcinea? ¡Ojo, que aunque me veas vestido de amarillo no soy un capullo de seda! Dulcinea ha sido, es y será siempre una diosa jamás contaminada por el aliento  de la vil materia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Hermosa sierra y hermoso día para emprender tan prometedor viaje! -exclamó Samuel, tratando de desviar la conversación a otro asunto menos espinoso.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -dijo Voz del Tiempo-. Acomodémonos en la acogedora nube de Daniel, y dejemos que él nos conduzca a ese maravilloso mundo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Un momento! ¿Y mi bisnieto? ¿Dónde está Álex? -preguntó Daniel, barriendo con nerviosa mirada la habitación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Álex! -gritamos todos con evidente inquietud.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo salté de la cama, mostrando al aire mis desnudas canillas bajo los perniles del mono rosa, que últimamente me ha encogido  un poco, lo reconozco. Miré debajo de la cama y de la mesa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Dónde está Álex? -repetía Daniel, cada vez más alarmado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entré en el baño. Tampoco estaba allí. Abrí el armario, esperando encontrármelo dentro, comiendo bombones de Mauro. Pero no, ni rastro de Álex.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ji, ji, ji! -rióse Mauro, con patente complicidad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vamos, Mauro, ya está bien de bromas! ¿Dónde está el niño? -suplicó Daniel con preocupado semblante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mauro dirigió su mirada a uno de los libros de la mesa de escritorio y habló con uno de ellos:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya ves, Hoffmann, Daniel y sus amigos están impacientes. Dile al gato Murr que no entretenga más al niño y lo deje salir. Aparte de que tus historias son terroríficas y Álex se va a asustar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El libro, obediente, se abrió justo por la mitad del cuento del gato. Álex apareció diminuto, riéndose, mientras corría y resbalaba sobre las letras de un largo marramamiau. Me acerqué hasta él y en seguida recobró su aspecto normal. Lo tomé en brazos y lo llevé a la nube. Daniel le hizo una caricia y lo colocó en el centro de la nube, para que estuviera vigilado por todos nosotros, sentados a su alrededor. Después palmoteó la cabeza de cigüeña de proa, que levantó el pico como un gallo madrugador, y la nube se lanzó por los aires cual un meteorito endiablado. En no más de medio segundo rebasó la sierra de los almendros, los montes de Toledo, la cornisa cántabra y la cara oculta de la Luna. Con sardónica sonrisa, Daniel oteaba el espacio, imprimiendo más y más celeridad a la nube, seguro y confiado del rumbo fijado en su majín.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No sé cuántas galaxias atravesaríamos en cosa de pocos minutos, lo cierto es que pasamos tan cerca de la nebulosa del Sombrero que poco faltó para que la nube se estampara con una de sus esquinas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Oye, Daniel -le susurró Don Quijote-, ¿estás seguro de que, por aquí, se va al mundo de las ideas?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Por qué lo dices?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque me ha parecido leer sobre un poste un cartel indicando: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"Fin del universo".&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No me sea pardillo, don Alonso. Me conozco estos andurriales como la palma de mi mano.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo también opino como Don Quijote -dijo Samuel, abriendo los ojos como platos y moviendo la cabeza en giros de 360º, en diferentes y sucesivos planos-. No se ve más que densa oscuridad, se mire hacia donde se mire. ¿Qué opina el experto Voz del Tiempo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hombre, sobre el tiempo puedo asegurar que estamos haciendo un viaje super rápido, pero en cuanto al espacio estoy tan desorientado como vosotros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿No decía Einstein que el espacio es curvo? -preguntó Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, eso decía don Alberto -corroboré yo, por decir algo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues, la verdad es que nos hemos salido por la tangente del universo y vamos, más derechos que una vela, no sé hacia donde.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No os fiéis nunca de las apariencias -sentenció Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De pronto Álex se puso a dar botes en medio de la nube, mientras daba palmitas, reía y hacía gorgoritos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Me estáis poniendo nervioso -protestó Daniel-. Los mayores con vuestros comentarios y el nene con sus risitas extemporáneas! ¿Vosotros no os habéis despistado alguna vez?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hombre -repuso Mauro-, no es lo mismo extraviarse en el Rastro madrileño que más allá de la  galaxia del Sombrero.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué os parece si recurrimos a la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua témporis&lt;/span&gt; de Don Quijote? -sugerí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Creo que es buena idea -dijo Samuel-. Hasta ahora siempre ha funcionado a pedir de boca. ¿Probamos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No se hable más -exclamó Don Quijote, tomando entre sus dedos  la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua-témporis&lt;/span&gt; y pronunciando la siguiente orden: "Precisamos y te pedimos, preciosa y caritativa joya, que nos conduzcas rauda y sin garbeos turísticos al Mundo de las Ideas, prístino aunque errado objetivo de Daniel."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al instante la nube, con nosotros encima, ascendió en vertical como succionada por una inmensa boca invisible y fantástica, mientras veíamos el universo empequeñecerse bajo nuestros pies. Daniel, nos miró con aire contrariado y no poco mosqueado. Mauro, tratando de animarlo le preguntó:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Entonces, Daniel, desde que te marchaste de la residencia ¿dónde has estado y a qué te has dedicado? Esto no me cuadra. Yo, como todo el mundo más o menos, estaba convencido de que, una vez muerto, uno se convertía en el puto polvo de que estamos hechos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues, ya ves, Mauro, te voy ganando tres a cero, por lo menos. Desde que dejé la residencia he permanecido dentro de nuestro universo, en un astro bastante cercano a la Tierra, del que no os quiero dar más detalles porque luego se enteran los científicos y no os van a dejar en paz con sus entrevistas, experimentos, tesis doctorales, etc. Como yo hay muchos procedentes de la Tierra. Allí me he encontrado con algunos familiares, amigos y conocidos. Según se rumorea por allí, aquella estancia es temporal, como ocurre en la Tierra, sólo que en aquel astro se vive beatíficamente, sin los sobresaltos, miedos ni preocupaciones de ésta. Como podéis suponer, allí estamos sólo con el espíritu mondo y lirondo, aunque sigamos conservando la apariencia humana y los rasgos personales que tuvimos en la Tierra, eso sí algo retocados.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es cierto, Daniel -reconoció Mauro-, ahora te veo más joven y guapo, pero, no sé, hay algo que confunde mi mente. ¿No estaré soñando? porque yo sigo convencido de que, digas lo que digas, el mundo no es más que materia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Y vuelta el burro al trigo! Mauro, eres más duro de mollera que la sierra de Gredos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras Daniel así le hablaba, Álex gateó por detrás de Mauro, escaló hasta sus hombros, se sentó a horcajadas y repiqueteó en su cabeza como si fuera un tambor, provocando una estrepitosa  y unánime carcajada en el momento en que nuestra nube chocaba contra una pantalla invisible: ¡Clin, clan, cloooon!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué ha pasado? -preguntó Daniel, alarmado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No sé -dijo Samuel-, juraría que hemos chocado contra otro universo. Y puede que, por efecto  mariposón, se produzca más de un sunami.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Así es -afirmó Voz del Tiempo-. Acabamos de atravesar la membrana del Mundo de las Ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Algo dura para ser idea ¿no? -comentó irónico Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Álex palmoteaba y saltaba en la nube.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ooooh! ¡Qué preciosidad! -exclamó Daniel, alzando los brazos, mientras la nubecilla flotaba como una blanda pluma de cisne en el éter rosado  y virginal del Mundo de las Ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero... ¿no es eso la Mancha? -exclamó Don Quijote, observando las relucientes hojas y pámpanos de los viñedos que, desde nuestra altura, parecían un fantástico cuadro recién pintado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué  curioso! -añadió, a su vez, Samuel- No digo que sea la Mancha, pero sí un paisaje similar al de nuestra Tierra, aunque bastante sublimado. ¿No habrá fallado la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua-témporis&lt;/span&gt;, como en el viaje que hicimos a la ciudad de la muralla?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Imposible -mantuvo Don Quijote-. La &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua-temporis &lt;/span&gt;no falla nunca. Podría haber fallado la formulación de mi orden. Mas todos la habéis escuchado. ¿No fue correcta acaso?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sin duda alguna -reconocí-. Su formulación fue impecable. Mejor será que no anticipemos acontecimientos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ja, ja, ja! Ya veremos cómo acaba el viajecito -auguró Mauro con sombría sorna.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vaya, vaya! -comenté yo con cierta guasa- No cabe duda de que la nube obedece puntualmente  el impulso de la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua-témporis. &lt;/span&gt;Ahora estamos sobrevolando Cuenca. Mirad las casas colgadas...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Esto no puede ser! -exclamaba Daniel con creciente enfado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Paciencia, amigo -trató Samuel de calmarlo-, ya nos explicará alguien el sentido de este aparente desacierto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por lo que se ve -dije, mientras admirábamos la orografía, vegetación y paisaje, bastante familiares- la nube no tiene, por ahora, intención  de aterrizar en España, ya que nos estamos saliendo de la piel de toro, y por la puerta grande de Valencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, sí -continuó Samuel-, y ahora pasamos por encima de las Baleares... de Génova.. de Venecia... de... ¡La nube está perdiendo altura, peligrosamente!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Haz algo, Daniel -clamó Mauro, alarmado-, si no quieres que tu nube y lo que queda de nosotros se despachurre contra las peñas de ese monte!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡La nube no me obedece, Mauro! ¡A ver si a usted, hombre del tiempo, se le ocurre algún remedio! -gritó Daniel, al borde de un zamacuco.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por lo que se refiere a puntualidad, el servicio es de lo más esmerado -puntualizó Voz del Tiempo-. Vamos a llegar tres horas y media antes de lo previsto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por supuesto -felicitóse Don Quijote-. ¿A qué vienen, señores, esas congojas nacidas de la pusilanimidad y de la desconfianza en mi&lt;span style="font-style: italic;"&gt; janua-témporis&lt;/span&gt;? Ella sabe muy bien cómo y a dónde debe conducirnos, incólumes y victoriosos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Huuuy, qué poco ha faltado para llevarnos por delante a esa bandada de angelotes! -gritó Daniel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Angelotes? ¡Pero si son eros y psiqués! -exclamó Mauro, observándolos- Y ésos que trotan por la verde ladera ¡son centauros! ¿Qué es esto?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Juraría que es el Monte Olimpo -aventuré yo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Je, je, je, -rióse, enigmático, Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Patapata, patapita, bodobodi, buaaaah! -balbuceó Álex, con todas sus fuerzas, señalando a un grupo de cobrizas amazonas que corrían, a caballo, perseguidas por un musculoso guerrero que empuñaba una jabalina.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero ¿a dónde nos habéis traído? -protestó Mauro- Más que mundo de las ideas, yo diría que es el de la Grecia clásica.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es cierto -asintió Samuel-. Hemos dejado el Olimpo y, ahora, mirad ahí abajo en esa hermosa pradera salpicada de florecillas, junto al  cristalino arroyo,  cómo retozan los faunos con las ninfas desnudas, mientras cantan y tocan las zampoñas esos pastores. ¿No es esto la Arcadia?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ibiza, desde luego, no es -ironizó Mauro-, pero me está empezando a  gustar el viaje, Daniel, tanto como a Álex que no pierde ojo a las mozas que desde aquí se divisan. ¡Será precoz el niño!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya te dije que te gustaría. Y eso que acabamos de iniciarlo. Y qué temperatura tan buena. Parece que estuviéramos en verano.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿De qué año? -preguntó Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Aunque no lo parezca, aquí estamos fuera del tiempo -precisó Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No me digas. Y yo que pensaba que aquí se hallaban en el siglo IV antes de Cristo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-En seguida lo vamos a comprobar -dijo Samuel, viendo que la nube iniciaba el descenso, en amplios giros, sobre una extensa zona de copiosa y variada vegetación, al norte y oeste de una gran ciudad,  que al este y sur, por el contrario, linda con el mar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Conforme descendíamos, descubrimos numerosas villas de recreo, diseminadas por la campiña en las afueras de la ciudad. De ésta  distinguíamos sus geométricas calles y plazas, así como sus artísticos edificios y monumentos. No veíamos qué relación guardaba todo aquello con el mundo de las ideas. De momento, era un verde y florido prado, bordeado por un arroyo impoluto y cantarino, el bello paraje que iba acogernos. Francamente aquello se parecía mucho a nuestra Tierra, aunque con un  brillo como de recién estrenada. Ya esperábamos posarnos sobre la mullida hierba, cuando la nube caprichosa, a pocos metros del suelo, planeó y nos llevó hasta un recinto acotado por un muro de ciclópeos sillares de piedra. La nube traspasó la arquitrabada puerta y fue a posarse sobre el césped, en la zona más elevada de aquel parque, junto a una artística fuente de blanco mármol. Sobre el pilón se alzaba una sonriente venus desnuda, que inclinaba el ánfora, de la que manaba, sin pausa, un reluciente chorro de agua.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dejamos la nube discretamente aparcada entre la fuente y unos arbustos de brillantes hojas y aromáticos frutos anaranjados, parecidos a madroños. Bajamos, por la escalinata central, hasta un nivel inferior del parque. Era un delicioso jardín cuyos árboles y arbustos florecidos rodeaban un estanque, alimentado por el agua de la venus, en el que nadaban y jugaban varios cisnes de níveo plumaje.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A pocos metros del estanque, sentados en un poyete de piedra, bajo una pérgola cubierta con  enredaderas de azuladas campanillas, se hallaban tres jóvenes tañendo diversos instrumentos músicos, a cuyo ritmo danzaban cuatro muchachas, ataviadas con ligeros vestidos veraniegos, sobre un círculo de pétalos de rosa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nosotros nos habíamos detenido a pocos metros del grupo,  admirando su arte. Daniel llevaba en brazos al pequeño Álex cuando, repentinamente, vemos que el niño se desprende de  los brazos de aquél, salta al césped y, en pocos segundos, observamos que su cuerpo, así como su atuendo vaquero, crece transformándose en un apuesto joven.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Válgame Dios, qué es esto? -exclamó Daniel, asombrado como todos nosotros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Álex, ajeno a aquella súbita transformación, miró atento a las chicas y gritó:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Xalia!, ¡Xalia querida!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Detuvieron su actuación y nos miraron curiosos. Una preciosa jovencita, algo pecosa y  de encendida melena, alzó sus brazos desnudos y, con radiante expresión de sorpresa y alegría, clavó su verde mirada en la de Álex.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Álex, amigo! ¿Cómo tú por aquí? -dijo acercándose hasta él y besándolo- ¿Y éstos que te acompañan quiénes son? ¿De dónde venís?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los demás chicos y chicas en seguida reaccionaron y se pusieron a cuchichear entre ellos, mostrándose educadamente ajenos a nuestra innesperada aparición.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Xalia, si te soy sincero, ni yo mismo sé cómo he vuelto aquí de nuevo -trató de explicar Álex,  con su recién estrenada voz  y porte juveniles-. De hecho, durante mi corta estancia en la Tierra no he recordado nada de mi paso por este mundo de las ideas. Es ahora cuando me estoy acordando de que aquí estuve una buena temporada, aprendiendo y asimilando los significados y energías de las nobles ideas, como todos los que salen del Logos Supremo con destino a otros mundos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y cómo fue tu nacimiento en la Tierra? -preguntóle Xalia, curiosa- Debió de ser una experiencia maravillosa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Maravillosa e increíble -comenzó Álex a explicarle-.  Llegué a la Tierra y, sin saber cómo, me sentí dentro del dulce seno de mi querida madre. Al cabo de un tiempo salí fuera, entrando a formar parte de una familia que me quiere y me mima. ¿Por qué  he vuelto aquí? Porque mi bisabuelo, este señor de pelo blanco y encrespado, con cara algo gruñona -le susurró con voz imperceptible para Daniel-,  ha conseguido traernos  en una nube a mí y a estos amigos, gracias a las artimañas aprendidas en su larga y pícara vida en la Tierra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Fantástico, Álex. Si fuera posible sentir envidia -cosa que en este mundo de las ideas no lo es- me gustaría decirte que envidio tu suerte.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Un poquito de paciencia, Xalia -aconsejóle Álex- . Supongo que ya pronto te corresponderá nacer allí...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Justamente dentro de seis meses y trece días terrestres -precisó Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Si tuviera la suerte de nacer cerca de donde tú vives, Álex, y allí volviéramos a hacernos amigos...! -dijo Xalia con un imperceptible suspiro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdonad mi intromisión -interrumpió Voz del Tiempo, alisándose las largas hebras de su barba-. Me temo que, aunque así fuera, no recordaríais que aquí fuisteis amigos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién sabe? -susurró Álex, adentrando su mirada en el verde mar de los ojos de Xalia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡No os preocupéis, muchachos! -les animó Don Quijote- Aunque sea cierto lo que afirma este señor aguafiestas, para algo estoy yo, que grabo a fuego en mi memoria lo vivido con amor, como es la  emotiva escena que acabamos de presenciar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y a qué se debe vuestro interés en visitar este mundo? -preguntó Xalia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ante todo porque los seres humanos somos muy curiosos -aclaró Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso está bien -comentó Xalia-. Según nos enseñan aquí, la curiosidad es una de las ideas positivas que debemos alimentar y ejercitar constantemente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bueno, bueno, dejad las glosas y corolarios para ratos en que estemos más ociosos -refunfuñó Daniel-. El verdadero motivo ha sido para que mi amigo Mauro se convenza de que la realidad no es como él cree que es. También para que mi bisnieto lo tenga claro en la vida y se tome las cosas en ella con la filosofía que entona, no con la que deprime que, además de mala, es falsa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Alto ahi, compañero! -cortóle rápido Mauro- Por lo que veo y oigo, tú sabes de este país de las maravillas tanto como del terrestre, pues ya no perteneces ni a éste ni a aquél. Yo de lo que estoy convencido es de que no hay más realidad que la que capta mi mente a través de mis sentidos y que, por supuesto, es burda materia. Lo que ahora estoy percibiendo estoy seguro de que es  chiribiteo de mi mente, puro sueño. Ya os lo demostraré cuando despierte.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya ves, querida amiga de Álex -comentó irónico Daniel-, qué ejemplares te vas a encontrar en la Tierra. Procura hacer buen acopio de paciencia...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vamos, Daniel! -rogóle Samuel- No desanimes a los muchachos. Ya tendrán tiempo para descifrar el jeroglífico que allí se encontrarán.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién puede  mostrarnos y explicarnos algo de este mundo de las ideas? -pregunté, bastante azorado, ante la desnudante mirada de Xalia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo os puedo acompañar en vuestra visita -dijo Xalia-. Pero será Aristocles, el responsable de la Arconta, quien os dé cumplida información sobre este mundo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Aristocles? -preguntó Mauro- Me suena ese nombre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Os voy a revelar un secretillo -dijo Xalia con cierta circunspección-. Aristocles fue un eminente filósofo en su paso por la Tierra. En consideración a sus muchas horas de reflexión y atinadas conclusiones, cuando abandonó aquel mundo fue destinado a éste  de las ideas, como responsable e informador de la Arconta, es decir de la ciudadela en que se halla el observatorio, la escuela, el teatro, el templo, el ágape, el politeion, el galactario, etc.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y a qué hora y dónde podríamos ver a Aristocles? -preguntó Daniel impaciente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Él suele hallarse en la Arconta, en alguno de los centros mencionados, para atender y aleccionar a los que se preparan para ir a la Tierra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y esa Arconta está muy lejos de aquí? -volvió a preguntar Daniel- Lo digo porque pienso que con mi nube llegaremos antes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Aquí, amigo, el tiempo no corre -sentenció Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Corra o no corra el tiempo -sostuvo Don Quijote, mirando a Voz del Tiempo y con la mano en alto- estoy seguro de que, con la nube de Daniel y mi &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua-témporis, &lt;/span&gt;llegaremos rápido y a pedir de boca a donde haya que ir.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Xalia nos hizo una leve reverencia y se acercó a decirles algo a sus amigos, a la par que señalaba hacia nosotros. Los chicos movían la cabeza asintiendo y, en seguida, se despidieron de ella con gestos afectuosos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después, acompañados de Xalia, subimos hasta la fuente de la venus y entramos en la nube que se puso en marcha, luego que Don Quijote dio órdenes a la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua-témporis &lt;/span&gt;de llevarnos ante Aristocles, a paso moderado y a una cuarta sobre el terreno.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Supongo que desde esta nube, habréis observado algo de los espléndidos parajes e instalaciones del mundo de las ideas -manifestó Xalia, extendiendo el brazo de un lado a otro del fantástico panorama que se ofrecía a nuestros ojos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, desde luego -confirmó Samuel-, y nos ha sorprendido también el gran parecido que tiene con la Tierra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Claro -trató de explicar Xalia-, eso es debido a que, a los terrícolas, las realidades de aquí se os representan   con apariencias que podáis entender. Por ejemplo, ¿cómo me veis a mi?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Como una auténtica diosa -respondió rápido Don Quijote-, o como la venus de Milo pero con los brazos enteros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias, galante caballero -contestó Xalia-, pero habéis de saber que el aspecto, digamos exterior o corpóreo de mi persona, es pura ilusión. No es más que un juego de luces que nos permite adoptar la apariencia que tendremos en la Tierra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y quiénes son los agraciados que ocupan esas bonitas y acogedoras villas que vemos diseminadas, por doquier, de mar a mar y desde el Olimpo a la ciudadela? -preguntó Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bien... -dijo Xalia y continuó tras una pausa-: Os adelantaré algo de lo que Aristocles os informará con mayor precisión. Las psiqués destinadas a nacer en la Tierra tienen primero que permanecer en el mundo de las ideas, durante un tiempo, dedicadas a la asimilación de aquéllas y al enriquecimiento del yo con su virtud o energía. Procedentes del Supremo Logos llegan las psiqués, mondas y lirondas, puras conciencias sin ninguna otra añadidura, pero, eso sí, con las fauces de sus muchas capacidades, abiertas y hambrientas. Sobre la cumbre de aquel monte lejano -dijo, señalando al Monte Olimpo- hay una explanada cubierta de mullido césped, salpicado de exóticas florecillas. Durante las mágicas noches, el cielo se abre, dejando caer sobre aquélla un rocío deslumbrante como diminutas perlas. Al alba, el césped se transforma en un manto rosa en el que destacan unas motitas blancas como copos de nieve. Cuando el sol se asoma por el horizonte, sale del templo hacia la cumbre del Monte Olimpo un albo caballo alado, montado por  una hermosa vestal que aprieta contra su pecho una cegadora copa de oro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La vestal recoge las motitas de nieve y las deposita en la copa. Luego vuelve en el  caballo alado y entrega la copa en el galactario. Allí las pequeñas psiqués son alimentadas por las nobles ideas hasta que alcanzan su pleno desarrollo, pasando entonces a residir con otros amigos en una de las confortables villas de recreo que hemos contemplado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Conforme nos aproximábamos a la ciudad, encontrábamos a nuestro paso muchas de esas villas. Sus moradores  salían a la puerta o se asomaban por las ventanas para vernos pasar. Nuestros aspectos deberían resultarles extravagantes a juzgar por sus aspavientos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sentados en las blandas ondulaciones de la nube, avanzábamos henchidos de una paz total, aunque ávidos por captar los más insignificantes detalles de aquel maravilloso mundo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Mirad cómo relucen esos muros de ambarino aspecto -observó entusiasmado Samuel- y ese arco, pura filigrana de oro y hebras de plata.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Son los muros y la puerta de entrada a la Arconta -explica Xalia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué te parece, Mauro? -le pregunta Daniel, palmoteándole en la espalda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Una bonita vista, como de postal turística.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Mirad, mirad! -exclama Don Quijote, poniéndose de pie, para contemplar mejor la esplendorosa plaza, rodeada de bellísimos edificios, aparentemente fabricados de exóticos materiales y derrochando exquisita imaginación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -dijo Xalia, sin dejar de acariciar la mano de Álex, sentado a su lado. Esta plaza es el lugar de reunión, por excelencia, de los moradores de este mundo. Está solitaria porque, ahora, cada cual está realizando, en esos centros que veis alrededor,  las tareas que le correspondan.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Os habéis fijado qué lustrosa blancura y brillo despide el pavimento de la plaza? -alabó, Daniel, entusiasmado y  manoteando  la cabeza de cigüeña de la nube- ¡Vamos, nubecita, patina un poco, para que vean qué cosas sabes hacer!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La nube, picada en su amor propio, se dejó caer sobre el pulido pavimento y se deslizó por él, llegando en dos segundos a la puerta del observatorio que, afortunadamente, estaba abierta de par en par en aquel momento. Gracias a que los diligentes guardianes, percatados de nuestra inminente y triunfal entrada, descorrieron el primer cortinaje y corrieron el segundo, quedamos acunados en un delicioso vaivén entre cortina y cortina, evitando  que impactáramos contra alguna columna.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rápidamente, las azafatas nos  ayudaron a bajar de la nube, nos  condujeron a la sala de recepciones y nos invitaron a sentarnos en un aterciopelado diván rojo, precedido de una larga mesita de plata, sobre la que había nueve tazas y nueve grandes copas de versátil color, según incidan unos u otros rayos de sol a través de las ventanas de la cilíndrica sala.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Frente a nosotros, al otro lado de la mesa, había, también, un sillón rojo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Algo nerviosos con la espera, Daniel y Mauro habían iniciado un duelo de carraspeos, mientras que los demás intercambiábamos miradas interrogantes o contemplábamos el surtidor de la fuentecilla, a un lado de la sala, que impregnaba el ambiente de suaves fragancias.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una cascada de arpegios pianísticos estalló en la cúpula del observatorio, precipitándose por el tobogán adosado a la curvada pared. Fue entonces cuando descubrimos que tras los arpegios se deslizaba un venerable señor de grisácea melena y túnica pajiza. En seguida, las azafatas se acercaron a recibirlo. Nosotros nos pusimos firmes como reclutas ante un general. El señor avanzó hasta el sillón. Nos miró con sus ojos cenicientos, esbozó una sonrisa y nos invitó a sentarnos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bien, señores -comenzó diciendo-, como ya os habrá explicado Xalia, yo soy Aristocles, responsable de esta ciudadela. Estoy enterado de vuestra odisea y de cómo os habéis colado en este mundo que llamáis de las Ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo... es que... -balbuceó Daniel- dejé no hace mucho la Tierra...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Dos años y nueve meses terrestres, justamente -precisó Voz del Tiempo-, señor Aristocles.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí. Desde entonces -continuó Daniel- andaba yo ocioso en la región de espera de destino, jugando en sus verdes praderas a la petanca, al mus o aprendiendo a tocar la gaita de un compañero gallego. Además ocurrió el nacimiento de mi bisnieto, este mozo que, aunque ves tan espigado, sólo tiene diez meses... Por otro lado, yo había prometido a Mauro, mi compañero  de la residencia -dijo tocando a este en el brazo-, llevarlo a hacer una visita al  mundo de las Ideas, para que viera lo errónea que es su obcecada creencia de que la realidad no es más que absurda materia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vale, vale -cortóle Aristocles-, ya me conozco la historia. Desde este observatorio, yo y mis colaboradores hacemos el seguimiento de cuanto ocurre en vuestro universo, así como en este mundo de las Ideas. Y, por supuesto,  transmitimos información exhaustiva al superuniverso del Logos Supremo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Permítame, señor Aristocles -intervino Mauro-, que, como aludido por mi amigo Daniel, que me ha calificado de obcecado materialista, anticipe y coloque un puntito sobre una de las muchas íes que pienso colocar en esta excursión.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Habla, habla, amigo Mauro, cuanto creas oportuno.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Tiene razón Aristocles, aquí tenemos todo el tiempo del mundo -sentenció Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Para empezar debo decir -manifestó Mauro-, que tengo la firme convicción de que los que aquí os encontráis, me habéis hecho el truco del almendruco. Yo me hallaba sesteando tranquilamente en mi habitación. En esto que apareció, en tropel, esta caterva -con perdón- de señores malabaristas mentales y me han dejado la cabeza como a Don Quijote, mejorando lo presente. ¿Pero creéis que voy a tragarme esta farsa que habéis montado? Lo tengo claro: o me habéis drogado o estoy soñando un cuento de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Las mil y una noches&lt;/span&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Amigo Mauro -le requirió Aristocles-, escucha, por favor. Yo también viví en la Tierra. Allí observé, comprobé y reflexioné mucho. Y una de las conclusiones que saqué es que la principal droga que zarandea y obceca al ser humano es su propia vida en la Tierra. No es extraño que te cueste creer que te hallas en el mundo de las Ideas: un mundo en el que reina la armonía y la lógica. La existencia del ser humano en la Tierra se desenvuelve en condiciones, por lo normal, tan hostiles y dramáticas que resulta explicable el pensamiento y sentimiento de la generalidad de los hombres: que la vida humana es una flor solitaria cuyas raíces se hunden en el sufrimiento, sin más horizonte que la desesperanza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es cierto -reconoció Don Quijote-. El hombre es reacio a esperar futuros paraísos o realidades privilegiadas que mejoren su status actual, por muy lógicos que parezcan. Cómo será la cosa que mi compañero Sancho y cuantos piensan como él están conceptuados como personas cabales, mientras que el auténtico Don Quijote, del que yo soy modesto reflejo, está considerado como un irredimible chiflado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ja, ja, ja! -riéronse a coro las azafatas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hum, hum.. -carraspeó y susurró, receloso, Don Quijote- ¿Podemos hablar sin cortapisas en presencia de estas comadres?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por supuesto -le tranquilizó Aristocles-. Ellas sólo conocen lo armónico, lo recto, lo positivo. Lo contrario ni lo entiende ni lo pueden valorar, porque es incomprensible para ellas. De puro perfectas son cándidas. Podéis, pues, hablar con absoluta despreocupación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Francamente no lo entiendo -manifestó Samuel- ¿Qué  enseñan entonces los colaboradores suyos en este mundo de las Ideas a los que van a vivir en la Tierra?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Les enseñan a conocer y valorar la supremacía de las ideas nobles y positivas sobre las negativas, y también les ayudan en el aprovisionamiento de aquéllas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vaya pamplinas -exclamó Mauro-, si no enseñan razones de más enjundia que expliquen qué sentido tiene la vida del ser humano en la Tierra y qué razones existen  para que esperemos algo más que no sea la nada y el absurdo!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Escuchad, amigos -nos confesó Aristocles, mirándonos como si la ceniza de sus ojos se hubiera encendido-. Aquí vais a conocer la verdad porque sé que, tan pronto como salgáis de este mundo de las Ideas, de vuelta a la Tierra, no recordaréis nada de lo que aquí hayáis visto u oído.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso ya se verá -susurró Don Quijote, tocándome con su codo puntiagudo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, amigos, no os hagáis ilusiones, son reglas del juego trazadas en el superuniverso del Logos Supremo. Bien, el esquema es el siguiente:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El Logos Supremo existe y existirá eternamente. El Logos Supremo es perfección sin límite en el ser y en el conocer. Su realidad infinita está constituida  por los atributos de la libertad, el bien, la verdad, la belleza, la justicia y demás ideas y virtudes positivas, especialmente el amor. Su conocer es, ante todo, autoconciencia, pero también conocimiento de su propia realidad infinita, de su actividad creadora y de la realidad creada o impulsada por Él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Según eso -preguntó Samuel- ¿el Logos Supremo está determinado, en su actividad creadora y conocedora, por ideas que se imponen a él por su propia naturaleza?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No. El Logos supremo no está determinado por nadie ni por nada -contestóle Aristocles tajante. El primero de sus atributos que entra en acción -hablo así para que me entendáis mejor-, cuando Él quiere crear algo, es el de la libertad o, lo que es lo mismo, su voluntad libre. Si Él decide que un ser o una acción determinada sean buenos, lo serán porque así Él lo ha querido, no porque  lo exija la naturaleza del ser o la acción. De hecho, Él ha creado muchos universos que funcionan con sistemas lógicos, éticos y estéticos absolutamente diferentes e, incluso, opuestos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No entiendo nada, señor Aristocles -manifestó Daniel-. Hemos venido a este mundo de las Ideas, acompañando, aparte de a Mauro, a mi bisnieto Álex. Aquí él se ha encontrado con esta hermosa joven, a quien, al parecer, conoció antes de nacer en la Tierra. Entonces yo pregunto: ¿dónde y cuándo fue creado el sujeto espiritual o individual de mi bisnieto?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Verás, Daniel -contestóle, sonriente, Aristocles-. A los humanos os pasa como a los peces de las profundidades submarinas. Creen que la realidad se circunscribe a lo que alcanza su limitada visión sensitiva o intelectiva. A mi también me ocurría cuando vivía allí. Pero no. La realidad no tiene límites. El Logos Supremo ocupa la región excelsa, por llamarla de alguna manera. Muy cerca de Él, en zona privilegiada, disfrutan de su proximidad innumerables y afortunados espíritus, creados por Él. Seres como Álex o como cualquiera de nosotros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Como yo también? -pregunté espontáneamente, sin poder reprimir el impulso.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hombre, ¿por qué no?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque soy un tintero.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso es lo de menos. Eres un sujeto consciente, espiritual. Las apariencias no importan.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué alivio escuchar eso, señor Aristocles! Gracias -le dije.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Continúo con lo que venía explicando -prosiguió Aristocles-. Los moradores de la excelsa región poseen una clarividente captación de la verdad de los diferentes sistemas lógicos creados por el Supremo Logos en los distintos universos. Aunque, junto a Él, ellos gozan de una beatífica existencia,  frecuentemente le piden ser enviados, durante una temporada, a alguno de esos universos. Nadie va  engañado. El Logos Supremo, personalmente y con mimo de padre, les muestra la realidad del mundo en el que quieren tener la experiencia de  vivir. Pero es en este Mundo de las Ideas en donde se instruyen, equipan y entrenan los espíritus que han decidido vivir tal experiencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Sabe lo que le digo, señor Aristocles? -replicóle Mauro- No me creo nada de sus bonitas y ditirámbicas palabras. Me suenan a música celestial y a cuentecito para dormir a los infantes. Yo estoy convencido de que la Tierra -probablemente el único lugar de nuestro universo en el que se ha desarrollado la vida, vegetal, animal y de seres racionales- ha sido el resultado de un proceso aleatorio de combinaciones y reacciones físicas y químicas de la materia de la que está hecha. Hay que reconocer y admirar los maravillosos logros que ha sido capaz de lograr la ciega materia, por sí sola. Con la inmensa satisfacción de sentirnos, en alguna forma, protagonistas y espectadores de esas conquistas y muchas más que puede alcanzar en su proceso evolutivo, debemos considerarnos como espléndidamente pagados y premiados. Pero que nadie trate de dorarnos la píldora con engañosas promesas de maravillosos paraísos futuros.  Quien nace en la Tierra, ya sea planta, animal o humano, puede darse por afortunado si su madrastra, la áspera naturaleza, al contemplarlo por vez primera, no lo ha mirado con oscuros y desdeñosos ojos, como a tantas y tantas pobres criaturas que, apenas nacidas, comienzan a roer el amargo pan del hambre, de la enfermedad, del abandono, del frío, del dolor, de la soledad, del desprecio, del maltrato, de la injusticia... Es cierto que la vida en la Tierra ofrece momentos gratos, cortos e injustamente repartidos. Mas la cruda realidad es que  ni siquiera los placenteros sueños inducidos por la droga -llámese droga, diversión, deporte, artes, filosofías o creencias- pueden librarnos del trágico sentimiento de la vida que despierta en nosotros el lodazal en que estamos inmersos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;¡Ja, ja!, señor Aristocles -continuó Mauro-, perdone pero no puedo aguantar la risa. Dígale a alguno de esos niños desafortunados: "No te preocupes, chavalín, esto es sólo un juego para ver quén soporta mejor el miedo. Después, ya verás qué bien te lo vas a pasar." Por favor, seamos serios y aguantemos lo que haya que aguantar en silencio, estoicamente, pero sin decir necedades ni crear falsas esperanzas.  Eso  es  una absurda  e imperdonable crueldad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdona, amigo Mauro, que discrepe de la valoración que haces de la vida en la Tierra -respondióle Aristocles, con emocionado semblante-. Como ya sabéis, yo también viví allí y me tocó padecer grandes penalidades hasta el mismo instante de mi muerte. Pero también disfruté mucho, gracias a algo que, aun viviendo en la Tierra, siempre pensé que no me lo había dado ella: la conciencia de mi propio yo, libre para volar y burlar las ataduras de sus esclavizadoras leyes físicas e, incluso de los códigos terrenales. Allá la Tierra y la naturaleza con sus justos o injustos procederes. Lo que siempre tuve claro es que es tarea de mi propio yo el volar y cantar en las alturas, por encima de todos los desastres terrestres, injusticias, terrores, calamidades, enfermedades y muertes. Porque mi yo es soberano e incombustible, a pesar de que mil infiernos lo acosen. Y jamás quedará eclipsado por la tiniebla de la muerte porque es un espíritu hecho de luz y de vida, indestructibles.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Mire, señor Aristocles -insistió Mauro-, lo que dice suena bonito y seductor, pero no me convence. La realidad es muy distinta. Es muy poético eso del yo espiritual, angélico, inmortal, divino... Pero lo cierto es que no somos más que materia. Materia organizada con mejor o peor fortuna. Materia que piensa (tampoco demasiado), habla (o balbucea), siente (quizás menos que los brutos animales), pero también maltrata, daña, odia, ensucia, destroza y mata, como sólo sabe  hacerlo la burda y sórdida materia. ¿Quiere decirme dónde se esconde ese yo lírico, incontaminado, pura palpitación amorosa, diminuta sinfonía celestial, cándida pluma de ángel..., dónde está?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Díselo tú, Álex, que acabas de irrumpir en la vida terrestre. O tú, Xalia, su amiga, que esperas aparecer allí muy pronto. ¿Qué podríais decir a Mauro para que aprenda a mirar la realidad con otros ojos? -suplicó Aristocles.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo puedo asegurarte, Mauro -dijo Álex con expresión concentrada, esforzando su memoria-, que la primera vez que me encontré con la dulce mirada de mi madre, no fue algo material lo que vi ante mí, sino un puro espíritu amoroso. Después descubrí su sonrisa alegre y luninosa como un rosado amanecer; su voz melodiosa como de canto de viento, de mansa lluvia, de callado manantial; el dulce néctar de su pecho, cálido como un chorro de amor. ¿Dónde está la materia en esas manifestaciones?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Lo que yo pueda decir para convencerte -añadió Xalia- no será tan persuasivo como la contemplación directa de cómo se preparan los espíritus destinados a nacer en la Tierra. Si os apetece, estáis invitados a asistir a la manifestación que las Ideas realizan cada tarde en el teatro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Bravo, bravo! -aplaudió Daniel- Vamos al teatro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Un momento -rogó Aristocles, alzando la mano-. Antes de presenciar ese espectáculo quisiera mostrar a Mauro y a todos vosotros la urdimbre de vuestro universo y vuestro mundo que también fue mío.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aristocles dio una palmada y, rápidamente, las azafatas llenaron las copas con el líquido multicolor del surtidor de la fuentecilla, mientras dos guardianes presionaban con sus dedos sobre unos símbolos grabados en la curvada pared de la sala que, de inmediato, se hizo transparente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La oscuridad se apoderó de la sala, destacando solamente el reflectante resplandor del líquido de cada copa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Bebed sin temor! Es ambrosía -exclamó Aristocles-. Vuestra mente se abrirá y comprenderá claramente lo que, a continuación, se os va a mostrar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Bebimos con cierto recelo, sobre todo Mauro, a juzgar por los visajes que hacía. En seguida se desplegó, en rápidas e impresionantes imágenes, la totalidad del universo, con su esférica distribución de nebulosas, galaxias, sistemas solares, constelaciones, estrellas, agujeros negros, etc. Luego nos ofreció una imagen lejana de nuestro planeta que, en seguida, fue acercando a nuestra contemplación minuciosa, centrando la visión sucesivamente en cosas cada  vez más individualizadas y pequeñas: un bosque, un árbol, una hoja, una molécula, su ADN, los átomos que la integran, su núcleo, los electrones, protones, etc., hasta llegar a la más ínfima partícula que compone el todo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Esa microscópica partícula, que la física considera indivisible -continuó Aristocles comentando-, sí que se puede seguir dividiendo, metafísica y lógicamente, hasta el infinito. ¿Y qué entidad tienen esas realidades que acabamos de contemplar?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-La de la materia, indudablemente -sostuvo Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y a qué llamas materia, Mauro? ¿a la hoja? ¿a la molécula? ¿al átomo? ¿al núcleo? ¿al electrón? ¿a la última partícula indivisible?...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-A todo. Todo es materia -insistió Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero decir "todo es materia" -concluyó Aristocles- es tanto como afirmar que la realidad es una masa informe y caótica sin inteligibilidad alguna. Lo que es tanto como decir que la materia es nada, porque, si fuera algo, podría ser conocido. No obstante, voy a concederte que todas esas realidades que acabas de contemplar están hechas de una masa común, llamada materia. Mas admitirás que la hoja que has visto es una realidad muy concreta, con determinadas características, compuesta de multitud de elementos muy definidos cada uno de ellos, hasta llegar a la última partícula indivisible. ¿Y qué son la hoja y cada uno de esos elementos sino una suma de ideas? ¿Dónde está lo que tu llamas materia? Cada partícula, por pequeña que sea, es algo que tiene sentido porque es idea. Y esas ínfimas partículas pueden dividirse, metafísicamente, hasta el infinito, precisamente porque son ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No me hagas reir, señor Aristocles -repuso Mauro con irónico gesto- ¿Tratas de que me crea que las ideas andan solitas, danzando por esos mundos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿No lo crees posible? ¿Por qué?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque las ideas sólo existen en la mente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Estás en un error. Por supuesto que toda idea, en su origen, ha debido pensarla alguien. Es una exigencia lógica y metafísica. Se trata de la idea subjetiva, mental. Pero luego está la idea proyectada al exterior por un sujeto que, según qué sujeto, puede objetivarse en un hermoso cuadro, un tosco puchero, una sinfonía o un universo. El tosco puchero, con mejor o peor arte fabricado, tiene plasmada la idea de su hacedor en una porción de arcilla. Pero la idea de arcilla y todo el cúmulo de ideas que componen la arcilla ¿de dónde las ha recibido el puchero, sino de ese complejo sistema lógico, que no es otra cosa que un fantástico universo de ideas que se afirman, se niegan, se asocian, se dividen o multiplican, obedeciendo a leyes inexorables que confluyen, se contrarrestan o actúan por sí solas o en paralelo; también a leyes impulsadas por la libre voluntad de sujetos conscientes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ese universo brotó fuera de la mente del Logos Supremo, en un primer momento,  como un apretado ovillo de leyes lógicas, metafísicas, físicas, éticas y estéticas, envolviendo un enjambre de ideas capaces de hacerse realidad. En otro determinado momento,  el ovillo se desató, originando la aparición de ideas madres, que a su vez  generaron multitud de otras ideas derivadas. Dirigido por dichas leyes el recién nacido universo se fue expandiendo y evolucionando, hasta llegar a surgir en el planeta Tierra la vida vegetal, animal y racional.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y ese planeta recién estrenado ¿era un edén en donde todo era perfecto y maravilloso, y en donde el dolor, el sufrimiento y la muerte no existían? -preguntó Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No. Esa visión del mundo es mítica. El entramado de leyes determinó un precario equilibrio de fuerzas, pero es y será precisamente la violencia, el choque, la destrucción, el cambio y la muerte, el modo de alcanzar ese equilibrio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y por qué y para qué habrían de ser destinados a la Tierra los sujetos conscientes  que llegan a este mundo de las ideas? No le veo sentido por ningún lado -opinó Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-El motivo es claro -contestó Aristocles-. El Supremo  Logos quiere dar a sus hijos (las psiqués) la oportunidad extraordinaria de vivir una experiencia sin igual: el comprobar que el espíritu libre, enriquecido con la energía y recuerdo de las ideas positivas que recibió en este mundo de las ideas, es capaz de vencer y superar las condiciones terrestres por muy calamitosas e insoportables que parezcan. Y son ellos quienes piden los más arduos y difíciles destinos ¿no es así, Xalia y Álex?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es cierto -confirmó Xalia-. Sabemos que se trata de una difícil y penosa misión, pero aquí nos enseñan algo que nos alienta y reafirma en la aceptación del destino que nos asignen en la Tierra: Que, aunque nos toque en suerte animar un cuerpo con una cabeza mentecata y unos miembros enclenques, lo que jamás nos faltará es un sentimiento, por débil que sea, de amor propio, de afirmación del propio yo, lo que nos llevará a la reflexión y al descubrimiento del camino más acertado para cumplir la misión encomendada. Y aunque también sabemos que al llegar a la Tierra olvidaremos nuestro paso por el mundo de las ideas, ese sentimiento nos llevará a escarbar en el rescoldo de nuestro espíritu, hasta descubrir una chispita de nostalgia del bien, de la verdad, de la belleza, del amor... que aquí hemos aprendido. Y, a pesar de que nos parezca un desatino mantener la esperanza, en semejantes condiciones en que nos vemos hundidos, gritaremos que sí, que volveremos a ver la luz tras el oscuro horizonte del muro de barro que nos rodea.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y tú, Álex, ¿qué opinas? -preguntóle Aristocles.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo tengo motivo para estar contento de mi suerte -dijo-. Pero, aunque no hubiera sido así y hubiera sido destinado a animar un mosquito trompetero o que, en un futuro, deba hacer frente a situaciones tremendas, espero tener un mínimo de lucidez para comportarme como Xalia ha señalado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Bravo, bravo, Xalia y Álex! -exclamó Don Quijote aplaudiendo- Contad conmigo, cuando estéis en la Tierra, para despejaros el camino de facinerosos, emmbaucadores y aguafiestas. Ya os buscaré y os encontraré en dondequiera que estéis.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Me parece -intervino Daniel- que Aristocles ha aclarado nuestras dudas, especialmente las de Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Reconozco -dijo Samuel- que las explicaciones de Aristocles son coherentes, pero no entiendo cómo un espíritu procedente de la región del Supremo Logos no sále de allí provisto de esas ideas, al parecer, tan necesarias, y se vea precisado a venir aquí a aprovisionarse de ellas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Lo que dices, Samuel -le aclaró Aristocles- no es exacto. Los espíritus conscientes o psiqués, hijos del Supremo Logos, poseen en su naturaleza  las ideas positivas y la correspondiente fuerza o virtud de cada una de ellas. Pero es en este mundo donde toman conciencia de esas ideas y se entrenan en su aprendizaje y ejercicio. Id, ahora, con Xalia. Ella os llevará al teatro, en donde terminaréis de entender cómo actúan y son asimiladas las ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Puedo yo quedarme contigo, Aristocles? -rogóle Voz del Tiempo- Este mundo, sinceramente, me parece fascinante. Me gustaría examinarlo y llegar a conocerlo a fondo. A cambio te ofrezco mis servicios como evocador y coordinador de tiempos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por mí encantado. Aquí no te faltará trabajo, señor Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Suerte y que sea para bien! -le deseó Don Quijote, en nombre de todos nosotros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Volveremos a vernos? -preguntó Daniel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -dijo Aristocles-, nos veremos en el teatro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Precedidos de Xalia y Álex, que parloteaban y reían con mutuas miradas de complicidad, salimos del observatorio y nos dirigimos al teatro, atravesando la extensa y concurrida ágora, en cuyo jaspeado pavimento y columnata incidían los anaranjados rayos de un sol próximo a ocultarse bajo el horizonte de plata.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entramos en el flameante y marmóreo teatro, sorprendiéndonos los artísticos relieves esculpidos en el friso y basamento de la escena. También nos llamó la atención el hecho de que el fondo de la escena estaba cubierto por una superficie de vidrio transparente, o quizás un gran ventanal acristalado. En el graderío, una multitud de psiqués charlaban y reían, iluminados sus agraciados rostros con la luz de numerosas teas y hachones, colocados en preciosos jarrones de oro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una azafata se acercó a nosotros y, muy sonriente, nos condujo a la primera grada, delante de la orchestra. A mi izquierda se sentaron Samuel y Don Quijote, y a mi derecha Mauro, Daniel, Álex y Xalia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras comentábamos el maravilloso fenómeno crepuscular de un sol que no acababa de ocultarse, como haciéndose el remolón, Xalia se puso de pie y oteó el enorme graderío. Pronto la vimos agitar sus brazos desnudos e iluminarse su cara con una sonrisa encendida por el sol.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Son mis amigos los músicos del parque -nos dijo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-A propósito -preguntó Samuel-, ¿en esta orchestra no hay coro de cantores?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Depende de espectáculos -aclaró Xalia-. En el que vamos a presenciar, el canto y acompañamiento lo hacemos los asistentes. Por eso mis amigos se han traído los instrumentos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué bien os lo montáis en este mundo, caramba! -exclamó Mauro-  De buena gana me quedaría aquí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -comentó irónico, Daniel-, parece que no le hiciste ascos a la copa de ambrosía. Ya me percaté de que la rebañaste bien rebañada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué quieres que te diga? -contestó Mauro- Habría preferido que hubiera sido un buen vino de mi tierra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ha de saber, señor -le informó Xalia, respetuosa- que la ambrosía puede transformarse en la bebida que cada cual prefiera, con sólo desearlo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Sí? -exclamó Mauro- Gracias por revelármelo...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Mirad, mirad! Los heraldos se disponen ya a anunciar el comienzo de la función -nos advirtió Xalia, señalando a seis efebos, de exiguas túnicas rojas y altos chapines, firmes ante la escena, que alzaban sus largas trompetas, dirigiéndolas hacia el sol.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un vibrante chorro sonoro, como de viento huracanado, se alzó por encima del teatro, quebrándose en  seis inspiradas melodías. De inmediato, multitud de psiqués, ataviadas con variopintos ropajes, se alzaron de  sus asientos, entonando un emotivo himno de bienvenida a las nobles ideas, mientras Aristocles y Voz del Tiempo entraron en la escena por las puertas de la izquierda y de la derecha, respectivamente. Finalizado el canto, Aristocles dirigió estas palabras:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es curioso -comenzó con voz grave y calmosa-, hoy me siento emocionado al presentaros, como cada día, el desfile de las nobles y positivas Ideas que, paulatinamente van conformando vuestro espíritu, preparándolo para afrontar la difícil empresa que os aguarda en la Tierra. Y estoy emocionado porque hoy nos acompañan estos amigos -dijo, señalándonos con la mano- que, desde la Tierra, han venido a visitarnos. También tenemos el honor de contar con la presencia de Voz del Tiempo, facultado por el Logos Supremo para mostrarnos  cualquier mundo en su trayectoria en el tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vosotros -continuó, alzando la voz y dirigiendo sus brazos hacia el graderío, abarrotado de psiqués- habéis elegido libremente ir a la Tierra para ejercitar y demostrar la fuerza de vuestra voluntad y las convicciones de vuestra razón. Pero también debéis contar con las tremendas dificultades que os vais a encontrar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La Tierra  nunca fue, ni será un edén. Ni la vida en ella un camino de rosas. Lo contrario es un falso mito. Dependiendo de la suerte que tengáis, podréis ir a nacer en un lugar privilegiado o inhóspito, ser destinados a un cuerpo humano de eminentes cualidades o, por el contrario, tener que animar un organismo defectuoso, torpe, o lo que es peor ir a parar al cuerpo de un animal feroz o sabandija inmunda. Mas, a pesar de esas posibles condiciones detestables e insoportables, vuestro espíritu puede y debe superarlas con la fuerza de las nobles ideas que aquí os visitan cada día.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Es doloroso tener que confesaros que la dilatada historia de la vida en la Tierra es una larga tragedia cuyos principales personajes son el sufrimiento, el desencanto, la tristeza, la injusticia, el odio, la mentira, la maldad y demás ideas negativas. En cambio las expectativas del Logos Supremo siempre fueron que los espíritus, libres y pletóricos de ideas positivas, sobrevuelen por encima de las condiciones y circunstancias terrenas, por muy adversas que fueren.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Atended a  lo que os va a mostrar Voz del Tiempo -dijo Aristocles, extendiendo su brazo hacia aquél.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Voz del Tiempo, atusándose la barba y echándose hacia atrás el pompón del gorro,  mariposeado como su camisón, levantó los brazos, con las palmas de las manos hacia el cielo, diciendo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Contemplad el globo terráqueo, mostrando las difíciles, penosas y violentas condiciones, descritas por Aristocles. Pero con la diferencia de que los seres que lo habitan no han permitido la entrada a ninguna idea negativa en el sagrado recinto de su yo, a pesar de esas circunstancias adversas. Es la imagen gozosa de una Tierra poblada de seres pletóricos de ideas positivas. De los que a ella sois destinados depende hacerla realidad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En aquel momento un águila de níveo plumaje, procedente del lejano Olimpo, voló por encima del globo y de todos los asistentes, yendo a posarse en el centro encumbrado del muro semicircular del graderío.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Libertad, Libertad, qué poderosa eres! -exclamó Aristocles, con la mirada atrapada en los hipnotizadores ojos del águila- Tu decisión soberana lo mueve todo. Tu fuerza irresistible permite al espíritu  escapar de toda esclavitud, vacilación o pereza. Aunque parezca paradoja, no la dejéis marchar nunca de vuestros espíritus.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un armonioso clamor recorrió el graderío en sucesivas ondas que fueron, cada vez más intensas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ved ahora -continuó Voz del Tiempo, señalando a las alturas- esa dorada lechuza, de mirada retadora e introspectiva, al mismo tiempo. Es la Verdad. Donde ella reina no hay sitio para la falsedad, la mentira, la falta de autenticidad, la hipocresía, el fingimiento, el engaño...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -añadió Aristocles-. ¿No habéis sentido abrirse, dentro de vosotros, mil ventanas hacia mundos y ambientes jamás soñados?  Es el mismo efecto experimentado por los pobladores de ese globo:  su luz cenital ha eliminado las sombras de los espíritus, creando una red de voluntades y objetivos comunes que aseguran el éxito de su misión en la Tierra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La lechuza fue a posarse a la derecha del águila.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y esa otra deidad, de espejeantes alas y rosado cuerpo , que avanza recostado sobre un fantástico rubí de tres caras, quién es sino el Bien, la Belleza y el Amor? Ya estamos sintiendo su fuego en lo más recóndito de nuestro ser -proclamó Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Así de afortunados -comentó Aristocles- han debido de sentirse los moradores de ese globo. ¿Os lo imagináis? Todos los seres humanos movidos por el amor, sin otros objetivos que el bien, la verdad y la belleza. Los problemas se resolverían fácilmente. La maldad sería barrida de la Tierra. La vida sería grata y esperanzada para todos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El ángel desnudo fue a sentarse a la izquierda del águila, pero ésta le obligó a ponerse entre ella y la lechuza. La concurrencia, enardecida, elevó el tono de su cántico, mientras innumerables ideas positivas continuaron llegando y enriqueciendo los espíritus.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Finalizado el desfile, Voz del Tiempo, dando  una palmada, hizo desaparecer el globo terráqueo,  y las ideas regresaron al Olimpo. Luego él se apartó a un lado de la escena y Aristocles avanzó hasta el centro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un silencio expectante se apoderó del teatro cuando, inesperadamente, vemos que Mauro se pone de pie y se dirige a Aristocles con estas palabras:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Nos habéis conmovido con el espectáculo que acabáis de ofrecernos -dijo irónico- y debo confesar que esta visita a vuestro mundo me está zarandeando el andamiaje de mis convicciones. Tengo que reconocer que lo que aquí he contemplado y las razones que he escuchado me están inclinando a pensar que, efectivamente, es la idea y el entramado lógico que lo envuelve todo, lo que dota de realidad a esa materia que yo, antes, consideraba como lo único real, y ahora, en cambio, veo innnecesaria su existencia...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Bravo, Mauro! -gritó Daniel, levantándose de la grada y abrazándolo- Por fin lo has reconocido. No esperaba otra cosa de ti.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Un momento, Daniel, que aún no he terminado -dijo Mauro, poniéndole la mano en el hombro, invitándole a sentarse-. Aunque ahora coincida con vosotros en esa concepción idealista de la realidad, no comparto, en modo alguno, la utopía que pretendéis inculcarnos, con ese derroche tramoyista para ofrecer un mundo angelical movido exclusivamente por ideas nobles y positivas. Por el contrario, la fea y dura realidad es que la principal idea que mueve el mundo es el egoísmo. Sin egoísmo nadie podría sobrevivir en la Tierra más de una semana ¿verdad, Álex? -dijo, guiñándole el ojo-. El egoísmo nos da fuerzas a los humanos para soportar lo insoportable, con tal de sobrevivir y esperar, contra toda esperanza,  a seguir existiendo tras la muerte. ¿Creéis seriamente que, algún día, serán esas que llamáis ideas positivas las que gobernarán la Tierra? No seáis ilusos. Los humanos hemos nacido en un mundo violento, injusto y cruel; siendo nuestra madre naturaleza (ya sea burda materia o sofisticada idea) la primera en maltratarnos. Jamás serán desterradas de nuestro planeta las ideas y actitudes negativas, pues ellas son connaturales con nosotros y necesarias para la realización de ese supuesto sueño, pensamiento o proyecto de alguien, o simplemente para vivir, sin más adornos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, señor, -le respaldó Don Quijote, levantándose del asiento como una llamarada- Mauro tiene razón en eso: nuestro mundo no es un lugar de ocio y placer, sino campo de batalla donde hay que luchar ferozmente. El hecho de que todos estos nobles espíritus, que abarrotan el teatro, se inflamen y ardan con el fuego de las virtuosas ideas durante su estancia en este lugar de entrenamiento, de poco les va a servir en su futura estancia en la Tierra, pues ignoran qué sean las ideas negativas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Os estáis equivocando, amigos -respondió, calmosamente, Aristocles. Aún no hemos terminado la total exhibición de las ideas. Atended y observad esa superficie de vidrio del fondo de la escena.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Automáticamente todas las antorchas del teatro se apagaron y el cielo se cubrió con  negro manto. La acristalada superficie de la escena cobró una violácea luminosidad que, en seguida,  pasó a la más negra tiniebla. Repentinamente, aquella negra pantalla pareció licuarse, produciéndose borbollones rojizos, como diminutos cráteres, en un mar de pez hirviente. De cada cráter fueron brotando seres monsstruosos de aspectos terribles, vomitivos, espeluznantes, despreciables, viles, inmundos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aristocles fue explicando, una por una, cada idea negativa personificada por aquellas indescriptibles imágenes, hechas de espanto y horror: la envidia, el desprecio, el maltrato, la insensibilidad, la burla cruel, la humillación, la ruindad, la avaricia, la inmundicia y tantas otras perversiones y maldades.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Curiosamente, los beatíficos espíritus reaccionaban con estrepitosas carcajadas, incluido Álex que literalmente botaba en la grada, palmoteaba y sacudía algún nervioso mamporro a Xalia y a Daniel, viendo el extraño aspecto de aquellos monstruos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A la intermitente y relampagueante aparición de luces de variadas tonalidades, vimos a Mauro avanzar hacia la escena, subir  por la escalerilla central y detenerse en el centro,  de cara a Aristocles.  Durantes unos instantes, sólo se escucharon los detestables gruñidos de las réprobas ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué pretendes, Mauro? ¿No es esto lo que echabas en falta  en este centro de preparación?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No, Aristocles -le dijo Mauro con voz y gestos trémulos que revelaban una tensión nerviosa a punto de estallar-. Mira qué reacción has conseguido en los ánimos de los espectadores: de risa y chanza. No. Los destinados a nacer en la Tierra deberían vivir aquí la terrible experiencia de verse acosados, atacados, dominados por esos verdugos con los que han de vérselas día a día en la Tierra. ¿Por qué no dejas salir de esa cárcel a las perversas y negativas ideas, como aquí las llamáis,  para que los cándidos espíritus, ahí sentados,  las sientan y experimenten dentro de si mismos? Si tú no lo haces, lo haré yo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mauro corrió hasta el pie de la acristalada pantalla, tras la que miles de ojos alucinados y terribles espiaban sus movimientos. Se agachó y cogió del suelo un pesado y humeante pebetero de jaspe, que exhalaba un exótico perfume. Lo alzó con ambas manos por encima de su cabeza y lo estrelló, furioso, contra la pantalla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué has hecho, insensato? -le recriminó Aristocles, visiblemente desconcertado, al mismo tiempo que, con la cara arrebolada, levantaba los brazos, inútilmente, para detener la estampida de las monstruosas ideas que, a través de los rotos cristales,  escaparon graznando como buitres hambrientos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De inmediato, las ideas negativas volaron y fueron a posarse  sobre el alto muro del graderío, prestas a lanzarse sobre los sorprendidos espíritus que, no obstante, mantuvieron el sonriente semblante y tranquila presencia. Álex y Xalia, tan embelesados se hallaban en su conversación, que apenas se percataban de lo que estaba sucediendo. Mas los demás espíritus, aunque henchidos del vigor de las nobles ideas, carecían de  experiencia en lidiar contra las ideas perversas. Éstas, muy astutas, rápidamente, emprendieron su plan de ataque:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La falsedad, con festivo disfraz carnavalesco, escuchaba al viscoso escorpión de tres cabezas (ruindad-envidia-rencor) que balanceaba su temible aguijón exterminio. Luego, cuchichea al oído de adulación y engaño, transformados en una encantadora pareja de seductora locuacidad y atractivas maneras para que ejercieran sus taimadas artes sobre los cándidos espíritus, ensalzando sus egregias dotes con la lisonja, la alabanza y la adoración. Tras ellas, moviéndose con silenciosos movimientos y camuflados con los reflejos plateados del cielo, nuevamente crepuscular, avanzan la soberbia, el egoísmo y el desprecio, seguidos del rencor, el odio, el maltrato y la crueldad. Repentinamente, todas ellas levantan el vuelo y giran sobre el teatro, amenazadoras. Mas los impasibles espíritus, ocupantes del graderío, animados por los amigos de Xalia que iniciaron un alegre repertorio de inspiradas melodías, convirtieron el teatro en una escalonada pista de baile y piruetas, indiferentes y despreocupados de los siniestros pajarracos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mauro, tras su arrebatada acción, había permanecido inmóvil en la escena, con aterrado semblante, acosado por tres espantosas serpientes: la inseguridad, el miedo y la cobardía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Esto pasa ya de castaño oscuro -exclamó Don Quijote-. Tenemos que hacer algo para rebajar los humos a esa panda de ideas de pacotilla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y qué podemos hacer? -pregunté yo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ante todo -propuso Samuel-, creo que debemos ayudar a Mauro. Tú, Daniel -le dijo, al ver su intención de seguirles-, quédate junto a Álex y Xalia hasta que volvamos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Don Quijote corrió hacia la escena, obligándonos a Samuel y a mí a seguirlo con la lengua fuera hasta llegar arriba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué te ocurre, amigo? -se encaró Don Quijote con Mauro- ¿No te da vergüenza temblar ante esas estúpidas orugas?  Mira lo que hacemos con ellas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y agarrando Don Quijote  a la serpiente cobardica por el pescuezo, la zarandeó, le dio varias vueltas por encima de su cabeza y la arrojó por el hueco de la rota pantalla, devolviéndola al averno, de donde parecía haber salido. Samuel y yo observamos el mismo protocolo con las serpientes de la inseguridad y el miedo, ante el asombro de Mauro que estaba como pasmado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Daniel se apercibió que la carnavalesca falsedad señalaba a Álex con su garfioso dedo, por lo que, rápido, le cubrió el rostro, para evitar cualquier maleficio de aquella  legión de siniestras ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Éstas, al verse ridículamente despreciadas por los espíritus del graderío, dirigieron el ataque hacia los ocupantes de la escena. Samuel, comprendiendo que Mauro era una presa fácil y segura de aquéllas, cubrióle con su capa, mientras Don Quijote, un servidor y el mismo Samuel, ejercitando nuestras  artimañas marciales, fuimos despachando a las advenedizas y cargantes  moscardas, a golpe de puños, puntapiés y tirones de pelos, plumas y apéndices, obligándolas a volver a las oscuras mazmorras de la laguna de Estigia, dejando el Mundo de las Ideas limpio como una patena.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Súbitamente  las antorchas del teatro  volvieron a  encenderse, y los espíritus entonaron el himno de Arconta. Finalizado el cántico, aristocles levantó los brazos, rogando silencio:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Acabamos de asistir a una experiencia excepcional, rica en enseñanzas  para todos los presentes. Una muy clara para los que os preparáis a la dura prueba de vivir en la Tierra es que, mientras moráis en el Mundo de las Ideas estáis inmunes a toda idea negativa, gracias a que vuestro espíritu se halla enteramente ocupado por las ideas positivas opuestas. Pero, una vez en la Tierra, puede tocaros en suerte un cuerpo  deplorable y unas circunstancias adversas. Podréis veros acosados por la maldad,  la sinrazón, la injusticia, la envidia, la enfermedad,  la tristeza, el miedo, la  desesperación y tántas otras ideas y afecciones negativas. ¡Ay! Ese tesoro de egregias ideas, que hoy conforman vuestro espíritu, os resultará muy fácil disminuirlo o perderlo, y muy difícil recuperarlo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mas ése es el reto y el propósito del Supremo Logos: demostrar que el espíritu es más fuerte que las rocas del paisaje terrestre; que es capaz de soportar lo insoportable; que puede transformar  el entorno hostil en apacible hogar; y que  puede  vencer todo obstáculo en el camino marcado por la razón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sea cual sea vuestra actuación, no temáis castigo alguno tras vuestra vida en la Tierra. Bastante castigo es ver vuestros espíritus humillados, dominados y manipulados  por seres, circunstancias, instintos e ideas viles y despreciables. En cambio, los premios serán  muchos. El más pequeño, la inmensa satisfacción de haber conseguido superar algún obstáculo en el camino de la razón, por insignificante que parezca.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Finalmente, Aristocles invitó a  un animado diálogo que, en seguida, convirtió el teatro en un bullicioso foro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nosotros, aprovechando el revuelo, nos despedimos de Aristocles y de Voz del Tiempo, e indicamos  a Daniel y a Álex, mediante gestos,  que les esperábamos fuera del teatro. Ya nos dirigíamos hacia la puerta lateral de la escena, escoltando a Mauro, cuando descubrí los verdes ojos de Xalia humedecidos, tras besar a Álex y a Daniel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Silenciosos y pensativos, siguiendo a Daniel y Mauro,  descendimos por la recoleta calzada de los olivos, que  bordea la muralla de la Arconta, bajo la ambarina luminosidad de sus sillares. Traspasamos el arco de la entrada, resplandeciente como un ascua de oro y avanzamos hasta el borde de la explanada, cubierto de multicolores campanillas. Volvimos a contemplar las villas, acurrucadas como blancas palomas, entre naranjos y limoneros. Cerca, el mar, acerado y tembloroso, como un soldado abatido. Daniel y Mauro se giraron para mirar, por última vez, las murallas de la Arconta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué te ha parecido el Mundo de las Ideas? -preguntó Daniel a Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Fantástico! -contestó con entusiasmo- Tánto que me parece estar soñando...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No sabes cuánto me alegra que te haya gustado. A Álex estoy seguro de que le ha encantado ¿Y a vosotros? -nos preguntó, Daniel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-A mí, personalmente -aseguró Samuel- me ha recargado las pilas para otros quinientos años, por lo menos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo -dijo Don Quijote con expresión grave- me marcho con una espina clavada en el ijar derecho.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Una espina? -preguntó Daniel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -contestó Don Quijote-. La de no haberme traído mi invencible lanza y haber despanzurrado con ella al patoso escorpión y a toda su parentela.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo parto de aquí -dije a mi vez- muy orgulloso de mi condición de tintero. Aristocles me ha quitado el complejo: lo que importan son las ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y mi bisnieto? -preguntó sobresaltado Daniel- ¿Dónde está? ¡Álex! -gritó con inquietud.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Samuel corrió hacia el borde de la explanada y se inclinó buscando al niño entre las crecidas y espesas hierbas. Con la respiración en suspenso, vemos a Samuel incorporarse y volver hacia nosotros con Álex, ya recuperado su aspecto infantil y dormido en sus brazos. Daniel se acercó a  acariciarlo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bien -exclamó Daniel, mirando a las alturas y dando una palmada-  Misión cumplida. ¡Nos marchamos!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De inmediato, la blanca y esponjosa nube descendió, sumisa y reposada, hasta lamerle los pies. Rápidamente, Mauro y Daniel saltaron a su interior. Y, como  permanecíamos quietos, nos preguntó Daniel:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué pasa? ¿Os vais a quedar aquí?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No. Nosotros debemos devolver el niño a sus padres. Nos llevará esta capa superligera -contestó Samuel tocando su celeste manto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y tú Mauro ¿no te vas con ellos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Si no te parece mal, Daniel, quisiera quedarme contigo. Aunque se trate de un sueño, me gustaría permanecer en estos parajes, contemplando los florecidos  almendros desde  otra perspectiva.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues ¡vamos allá! -gritó Daniel, obligando a Mauro a sentarse en la nube.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras Samuel y yo contemplábamos la nube alzándose en las alturas como una nevada cigüeña, Don Quijote dio órdenes minuciosas a la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua-témporis  &lt;/span&gt;de llevarnos a la casa de Álex. Luego Samuel, con nosotros agarrados a su capa, se lanzó como un torpedo, surcando con la cabeza los espacios siderales.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Acabábamos de cruzar la frontera de nuestro universo, cuando escuchamos a Samuel que nos dice:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué cosa tan extraña! ¿Podéis creer que ahora mismo veo claro a dónde nos dirigimos, mas no tengo la menor idea del lugar de dónde venimos,   para qué hemos venido, ni tampoco el porqué llevo yo a Álex en brazos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Igual me ocurre a mí -dijo Don Quijote, preocupado-. No cabe duda de que algún envidioso malandrín pretende desquiciar nuestras mentes, confundirnos y llevarnos a la desesperación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-La verdad es que yo estoy como vosotros -confesé yo-.  No tengo la menor idea de en dónde hemos estado,  a qué nos hemos dedicado, ni qué hemos visto u oído. Pero... ¿sabéis una cosa? El piloto luminoso de mi broche grabador-transmisor, que cuelga de mi cuello, no cesa de parpadear, lo que indica que tiene mucha información grabada. A lo mejor nos aclara algo sobre esas incógnitas...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Uuh! ¡Uuh! ¡Uuh! ¡Ja, ja, ja!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué es eso? -preguntó Don Quijote señalando a un ave dorada que volaba por encima de nuestras cabezas- Parece una lechuza. ¿Por qué se reirá?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién sabe? -dije yo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué raro que una lechuza ande de juerguecita por estos solitarios espacios! -comentó Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Uuh! ¡Uuh! ¡Uuh! -repitió Álex, despertándose  e incorporándose en los brazos de Samuel, mientras señalaba hacia un punto invisible del espacio con su infantil índice estirado como un puntero."&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y hasta aquí el relato del viaje al Mundo de las Ideas que,  finalmente tuvimos suerte y pudimos recuperar  gracias a mi broche grabador y, sobre todo, a Aristocles que hizo la vista gorda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Seguid bien, amigos, y que seáis muy felices.Un abrazo. Tinterico.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6815879139093679441-3561324649947881973?l=tinterojubilado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/feeds/3561324649947881973/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6815879139093679441&amp;postID=3561324649947881973' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/3561324649947881973'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/3561324649947881973'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/2010/02/mas-alla-de-los-almendros-cap-iii-y.html' title='Más allá de los almendros - (Cap. III y último)'/><author><name>Dunscotiano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14343138484996610295</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://lh3.ggpht.com/_eWIgeWcQ10U/SUJozy1tkiI/AAAAAAAAAB0/v3w4BmVX4Bc/s72-c/20070510180150-fairy-20moon.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6815879139093679441.post-2470561639625162483</id><published>2009-11-11T08:48:00.000-08:00</published><updated>2009-12-01T08:15:35.036-08:00</updated><title type='text'>Más allá de los almendros - (Cap,II)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_0k_WnpA1CoU/Sw7ixja60JI/AAAAAAAAALM/7n7R6elSY8Q/s1600/woody+chaplin.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 319px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_0k_WnpA1CoU/Sw7ixja60JI/AAAAAAAAALM/7n7R6elSY8Q/s320/woody+chaplin.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5408509543468159122" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;Don Quijote se acercó al pequeño Álex, que nadaba sobre almohadones jaleándose con sus propias risas y balbuceos. Lo contempló con ternura, lo levantó con evidente regocijo, y proclamó:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Escuchadme, amigos que compartís conmigo esta emblemática torre. No sé cuánto tiempo llevamos en ella, mas os aseguro que, desde nuestra llegada, no me he abandonado en brazos de Morfeo ni un sólo segundo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso tiene una explicación -afirmó Voz del Tiempo, enigmático.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No conozco el motivo -intervino Samuel-, pero es cierto que Don Quijote no ha quitado el ojo de encima al muchacho. ¿Qué es lo que tanto te fascina de este pequeño, amigo Alonso?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Algo muy simple -aclaró Don Quijote-: que, por más que me devano los sesos, no llego a comprender cómo una muchedumbre de partículas materiales se ha agrupado con tal salero que ha dado como resultado esta simpática criaturita. ¿Quién o qué misterioso resorte ha puesto de acuerdo al ejército de células que la conforman, logrando esa antología de sonrisas, miradas y parloteo tan divertidos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-El ADN -dije distraídamente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿El adequé? -preguntó Don Quijote.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -traté de explicar-, esa cadena familiar que se transmite de padres a hijos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Ah, sí? Y la primera cadena que recibió el ser humano ¿de dónde salió y con qué materia fue hecha? No, amigo, no creo que tú lo sepas -replicó Don Quijote-, pero Álex sí. Él acaba de llegar a la vida y tiene experiencia reciente de su entrada en un cuerpo humano. Él sí podría explicarnos su fantástica experiencia. El inconveniente es que él viene de un mundo muy diferente al nuestro y, sin duda,  las vivencias de allí no se recuerdan aquí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Claro -opinó Samuel-, como suele ocurrir al pasar del mundo de los sueños al de la vigilia, que gran parte de lo soñado no se recuerda al despertar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Además -continuó Don Quijote-, este niño, aunque ahora mismo recuerde algo del mundo de donde procede, no posee un lenguaje inteligible para nosotros, con el que pueda darnos detalles de su paso al nuestro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Observo -intervine yo- que Voz del Tiempo se mantiene muy callado. Quizás él pueda aportar alguna aclaración al respecto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sois como bebés -contestó Voz del Tiempo-, incluso más inexpertos que Álex.  Oyendo vuestra conversación me entran ganas de reir. Álex,  ya lo veis, parlotea, a menudo, con sonidos y vocablos incomprensibles para vosotros. Para mí no.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vamos, no se tire pegotes, señor de las cándidas barbas y guedejas -le discutió Don Quijote- ¿Por qué no nos hace una demostración, preguntando algo a Álex?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Voz del Tiempo, sin cortarse un pelo y gesticulando como un simio, se dirigió al niño en estos términos:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Cachiruqui, pipijaca, bacalata gogo ti pachín.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Álex le correspondió con una explosión de risas, pompitas, batimiento de palmas, contorsiones y toda una batería de pediches desconocidos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Don Quijote, muy serio e intrigado, preguntó a Voz del Tiempo qué había dicho al niño que tan bulliciosa reacción  había provocado en él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Le he dicho -explicó Voz del Tiempo- que, con el paso de los años, su lindo cuerpecito se transformará en una ridícula y enclenque anatomía, similar a las que ha visto moverse en la residencia de enfrente y que su mente acabará paseándose por los cerros de Úbeda o las Tetas de Viana, como las de aquéllos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues no le veo la gracia por ningún lado, chavalín -dijo Don Quijote, mirando muy serio a Álex.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A lo que el niño,  con gran desparpajo, correspondió con un chaparrón de  gorjeos, fluidamente ensartados y felizmente aderezados con cautivadoras sonrisas, pedorretas y no pocos tirones de barbas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Me parece, chavalito -le amonestó Don Quijote-, que te estás pasando un pelín. ¿Puede saberse qué diantre trata de decirme este osado infante con su floreado discurso?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es obvio -afirmó Voz del Tiempo-. Álex asegura que espera divertirse mucho en esta vida terrestre, pues lo poco que, hasta ahora, ha visto en esa residencia es de lo más divertido. En especial las figurillas tan simpáticas que las personas van adoptando conforme se van haciendo mayores.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Samuel, dándose por aludido, manifestó su desacuerdo, con estas palabras:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Has de saber, pequeño alevín, que yo he vivido en esta Tierra más de quinientos años y, no obstante me conservo de buen ver. Y en cuanto a que la vida te produce risa, eso también me ocurre a mí. Pero es una conclusión a la que he llegado tras mi quinto centenario.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Repentinamente, de una parda nubecilla que flotaba a lo lejos por encima de la sierra,  y precedido de un cegador relámpago, se precipitó un estrepitoso trueno, acompañado de una voz bastante trompetuda y no menos cabreada:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vamos, ya está bien de marear la perdiz! A este paso, cuando queráis continuar con la historia de la residencia, habrán pasado a mejor vida sus protagonistas. Se dice bien, que ya han transcurrido cuatro meses desde que llegasteis a esa torre con mi bisnieto, y ahi seguís, tomándole el pulso a la gallinica americana, la que no pone hoy pone mañana. ¡Vamos, vamos, que si tuviera un cohete de los que preparaba mi amigo Ferrón, ya os lo habría lanzado desde esta nube!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién se atreve a perturbar la bonanza otoñal  que disfrutamos en esta privilegiada torre? -se quejó Don Quijote, encarándose con la nube.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No se altere, noble hidalgo -trató de apaciguarlo Voz del Tiempo-. Es Daniel, vuestro amigo del más allá, el que os encargó la tarea de aleccionar a su bisnieto. Dejádmelo de mi cuenta que yo lo amansaré.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A reglón seguido alzó su penetrante mirada hacia la nube y, ahuecando la voz, dirigióle estas palabras:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-A ver, Daniel, querido pero impaciente amigo, ¿qué te pasa?, ¿no te han explicado ya que, en el más allá, el tiempo carece de importancia?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero es que -protestó Daniel- ya han pasado nada menos que cuatro mesazos, señor barbiluengo. Que en cuatro meses ha habido tiempo para tres diluvios universales y para plantar y recoger cien fanegas de melones.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Tas tú fresco, abuelo!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién ha dicho eso?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo no. Ha debido de ser Álex.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ah.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bueno, Daniel, que no. Que el tiempo no es tan importante como crees. El tiempo es como el espacio, depende de lo que se meta en ellos. Si metes algo bueno, será un espacio o tiempo bien aprovechado. Lo demás son zarandajas. Te lo digo yo, Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Sí? ¿Eso es el tiempo? ¿Y por qué los de ahí enfrente, mis antiguos y correosos colegas, están tan achacosos y decrépitos sino por el tiempo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Que no, Daniel. El tiempo en sí es algo bueno, muy bueno, óptimo. El tiempo no es causa ni orrigen de mal alguno. El tiempo es una capacidad o requisito para cambiar, para variar, lo cual es bueno y deseable, porque supone enriquecimiento. ¡Qué aburridito lo contrario! Lo que dices de los viejos es verdad, pero la culpa no es del tiempo. El tiempo cumple con su cometido...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Y dale al carrete! ¿Quieres continuar de una vez con  la historia, requetecansino?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es que ésa es la verdad, Daniel. El ciclo de la vida es bello de principio a fin. También los parpadeos de las estrellas tienen un principio y un final, ¿y no es hermosa la noche con su plateado parpadeo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Madre de Dios, a quién he ido a encargar la primera lección de supervivencia en el mundo para mi bisnieto! Me he lucido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Tuuuso! Anda, Daniel, vete, por favor,  con tu nube a donde estuvieras -rogóle Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Voz del Tiempo, sacando de su manga una larga batura, dio un salto y fue a sentarse sobre la pilastra divisoria del pretil. Luego puso los brazos en cruz, con la batuta apuntando hacia la residencia. Y alzándolos, enérgico, puso en marcha una alegre melodía de carrusel de feria que cambió la panorámica de la residencia, descomponiéndola en rápidas y retrospectivas imágenes, hasta detenerse en la de la sala de reuniones de la junta directiva, cinco de febrero de 2002. En el centro de la sala se veía una gran mesa de caoba presidida por Silvia la directora. Ocupaban los demás asientos: la doctora Carlota, Leonor  jefa de enfermeras, Berta la jefa de finanzas, Adolfo el jefe de intendencia, Rufo el responsable de mantenimiento, don Humberto el capellán, Alfredo el jefe de fisioterapia, y Florencio Geranio el jefe administrativo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Os he convocado, damas y caballeros -comenzó diciendo Silvia, con cierto empaque-, para haceros partícipes de mi decisión de nombrar a Alfredo jefe de bienestar y ocio de la residencia, cargo que, en mi opinión, considero muy relevante en nuestro propósito de mejorar la calidad de vida de nuestros residentes. Durante un mes ejercerá Alfredo dicho cargo con carácter experimental y  probatorio de su capacidad para el mismo.  Confiamos en que Alfredo no nos defraude y supere airosamente el examen. De lo contrario, Alfredo sería cuestionado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Lo que me ha movido a tomar esta decisión ha sido una conversación mantenida con Alfredo. Es él, por tanto, el más indicado para exponer los pormenores del  plan innovador y progresista que dice tener en mente. Adelante, Alfredo, te escuchamos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ante todo, mi agradecimiento a doña Silvia y a todos ustedes por darme la oportunidad de exponer mi proyecto. Yo le manifesté a doña Silvia mis inquietudes y mi desconfianza respecto a la tradicional práctica geriátrica, que confía mucho en la eficacia de los fármacos y abusa bastante de los  antidepresivos, somníferos y píldoras psicotrópicas, con la pretensión de transformar la residencia en una balsa de aceite, modelo de docilidad, calma y maleabilidad humanas. En mi opinión, salvo casos en que el fármaco esté  muy justificado,  la salud de los residentes hay que buscarla por otras vías, entre las que hay que destacar: la alimentación equilibrada, la higiene y la actividad más adecuada a cada uno, según su carácter, aficiones y habilidades. Por eso, el responsable del área de bienestar y ocio deberá derrochar imaginación y dedicación incansable, creando actividades ingeniosas y divertidas que   mejoren la autoestima, curiosidad y ganas de vivir de los residentes. La otra táctica pienso que es una triste y lenta eutanasia. Si me permiten demostrarles mi  plan, les prometo que haré  cuanto esté en mi mano para no defraudarles. Ahora, precisamente, que estamos en vísperas del carnaval, sería una excelente coyuntura para ensayarlo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo, francamente -intervino Leonor, la jefa de enfermeras-, no comparto, en absoluto, tan novedosas medidas. Pienso  que es un disparate encomendar a un "¿curandero?" -dijo, levantando  los dedos en garfio a la altura de sus ojos- las riendas de la salud mental de los residentes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No, querida Leonor -díjole  Silvia conciliatoria-, Alfredo no es un curandero, tú bien lo sabes. Aparte de su profesionalidad, posee unas inmejorables condiciones para tratar a los residentes. En todo caso -ya se lo he advertido- tiene un mes de prueba para demostrarnos la viabilidad de su proyecto y su capacidad para llevarlo a buen puerto...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bien -contestó Leonor con serio semblante-. Siendo así, acepto la propuesta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los demás miembros de la junta también la acataron.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perfecto -dijo Silvia-, don Florencio Geranio extenderá el acta correspondiente. Y, si no es indiscreción, Alfredo, ¿puedes adelantarnos qué piensas preparar para el carnaval?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pienso organizar una fiesta de disfraces. Confeccionaré una lista del material que se precisa y pediré la colaboración de todos, de manera que esté todo listo para el  lunes y martes de carnaval.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-De acuerdo -aprobó Silvia-. Entrega la lista a Adolfo -añadió, dirigiendo la barbilla hacia el jefe de intendencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Durante la comida, Silvia comunicó, de viva voz, a todo el personal, el nombramiento de Alfredo, a quien presentó, felicitó y deseó éxitos en el nuevo cargo. Los residentes aplaudieron y vitorearon, con tal entusiasmo, que a más de uno se le cayó la dentadura al suelo. Alfredo, con alegre semblante, fue, de mesa en mesa, saludando a cada residente. Al llegar a la mesa en que se hallaban Daniel y Mauro, se detuvo un momento y  les comentó riendo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-En buen lío me he metido. Espero que vosotros me ayudéis, con vuestras sugerencias, a organizar la fiesta de carnaval. Ya os llamaré a mi despacho para que me asesoréis. Vosotros conocéis mejor que yo a los residentes: sus inquietudes, aspiraciones, conflictos personales, miedos, frustraciones, recuerdos felices o desgraciados, convicciones, creencias, etc. Conociendo sus historias, nos será más fácil acertar con la diversión más adecuada para entonarlos durante una buena temporada. ¿Qué os parece?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por mí, encantado -dijo Daniel-. Cuenta conmigo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Lo mismo te digo -añadió Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La generalidad del personal del centro le ofreció su apoyo. Alfredo entregó a Adolfo la lista de materiales que precisaba, tales como máscaras, pelucas, bigotes y productos de maquillaje. Gran  parte de los disfraces  los confeccionaron con prendas del ropero del centro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Faltaban pocos días para la fiesta y los residentes se dieron prisa en la tarea. En su mayoría prefirieron preparar el disfraz por su cuenta, o con la ayuda de su pareja o cuidadora, con el fin de mantener en secreto y máxima expectación a su personaje.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entre el sábado y domingo de carnaval, Alfredo, Rufo y algún que otro voluntario, montaron en la explanada,  entre la residencia y la torre,  tarimas y tribunas; instalaron aparatos y cables para las luces y el sonido; colocaron mesas y sillas;  adornaron la pista con serpentinas y cadenetas, dejándolo todo a punto para la fiesta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bien, amigos -continuó Voz del Tiempo tras una pausa, aprovechada por  Don Quijote para sentar a Álex en el columpio que improvisó con las almohadas y unas cuerdas halladas en un rincón-, por fin ha amanecido el, tan ansiado, lunes de carnaval. Observad qué maravilloso circo han montado ahí abajo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vaya, vaya, lo que ha conseguido Alfredo de la directora. ¿Quién lo diría? Mirad qué hermosa pista, rodeada de cientos de sillas y mesas, sobre las que se ven opíparas bandejas y fuentes rebosantes de viandas y entremeses, abundantes bebidas  de diferentes colores, sabores y graduaciones militares...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Militares?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es un decir. Y muchas botellas de exquisita agua de Carabaña, reservada para crápulas recalcitrantes y nostálgicos. Enfrente, en el centro, equidistando de ambas tribunas,  se eleva un tenderete, a manera de púlpito, con una escalera de caracol, enroscada  cual una serpiente paradisiaca. Sobre su plataforma está Rufo sentado, con aire de  mago y cascos en las orejas, ante el cuadro de mandos, generando lucecitas de colores intermitentes; acechando y dirigiendo los sonidos; y proyectando haces de luz e imágenes sobre la blanca pantalla desplegada en las paredes de la residencia. A unos quince metros, a la izquierda de esa garita, se alza, sobre una tarima, la tribuna de la junta directiva, con una mesa oblonga y  sus correspondientes escaños. A la derecha, a igual distancia, hay otra tribuna entarimada, sin mesa y con tres escaños. ¿Quién los ocupará? Ya se verá.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Alguien ha disparado un cohete, &lt;i&gt;¡fuiiiish! ¡¡puuum!&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En seguida entra un nutrido grupo de operarios del centro, todos disfrazados con mayor o menor chispa, yendo a ocupar las sillas que bordean la pista.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Luego hacen su entrada solemne, por la puerta principal, los componentes de la junta directiva. Entre los aplausos de los presentes y la música festivalera servida por Rufo, se dirigen a los asientos de la tribuna de la izquierda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Mirad -continúa Voz del Tiempo- qué pintorescos disfraces lucen en la tribuna directiva.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué curioso! -exclamo- ¿Cómo es que el sillón presidencial está ocupado por una joven monja, con las uñas pintadas de rojo guinda y los rubios tirabuzones jugueteando con las pecas de sus sonrosadas mejillas?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Porque esa falsa monja -nos aclara Voz del Tiempo- no es otra que Silvia la directora, que tiene sus razones para disfrazarse de esa guisa. ¿Veis quién está a su izquierda?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí -me adelanto yo-, un señor mayor muy parecido a Mauro, el amigo de Daniel. Juraría que, incluso,  se ha disfrazado con la misma ropa que Mauro tenía cuando lo vimos en el episodio anterior.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Efectivamente -confirma Voz del Tiempo-, Silvia ha disfrazado a un residente, de nombre Doroteo, logrando una acertadísima semejanza  con el Mauro original. Y ella, con su disfraz,  ha  calcado a una monja pastora, de nombre sor Saturnina,  apellidada Casmodia,  como Mauro, la cual suele venir a la residencia a visitar a un familiar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué pretenderá Silvia con ello? -pregunta Don Quijote.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya veremos -opina Samuel-. Con los antecedentes y premisas que de ella conocimos en el anterior episodio, podemos esperar cualquier cosa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Continuemos con los ocupantes de la tribuna directiva -prosigue Voz del Tiienpo-. A la derecha de Silvia, la pseudomonja, está sentada la doctora Carlota, disfrazada, nada menos, que de Felipe II. A la izquierda de Silvia está Berta, la jefa de finanzas, disfrazada de sota de oros, con un euro, grande y brillante, como una dorada bandeja,  en la mano izquierda. A la diestra de Carlota está don Humberto, el cura, disfrazado de Cardenal Mendoza. A la izquierda de Berta está Doroteo, el falso Mauro. Y junto a Doroteo se encuentra Leonor, disfrazada de princesa de Éboli, con un parche de terciopelo morado en un ojo. A la derecha del cardenal, se halla Florencio Geranio, disfrazado de Antonio Pérez.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién? ¿El amigo de Lucas, natural de Figueruela de Arriba? -pregunta Don Quijote.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No -le aclaro-, el secretario que le salió rana a Felipe II.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya, ya -aprueba Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Jui, jui, jui, jui! -se ríe Álex palmoteando.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vale ya de chanzas -amonesta Voz del Tiempo-. El secretario don Antonio Pérez tiene un grueso dietario y una pomposa pluma de pavo real, con la que no para de escribir.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No sé donde irá a mojarla -comento por lo bajini-. Yo podría ofrecerle mis servicios.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Álex, tras inflar los mofletes, suelta una estrepitosa explosión de risa que nos sorprende a todos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Suena el silbato de un tren -&lt;i&gt;¡suiiish!&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Atención -sigue Voz del Tiempo-. Ya están aquí. Mirad. No se ve tren alguno, pero se oyen las puertas  abrirse.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué emoción! He sentido un escalofrío como cuando llegó a Atocha el tren de los repatriados.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién ha dicho eso?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo no. Ha debido de ser un residente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y esos tres, vestidos con túnicas blancas, coronados de laurel, olivo y parra, que están saliendo por la puerta trasera del edificio, encabezando la comitiva de viajeros disfrazados, quiénes son?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Está claro -dice Samuel-. El del laurel es Alfredo; el del olivo, Mauro; y el de las hojas de parra, Daniel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué significado tendrán esas coronas? -pregunto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-En seguida vamos a saberlo -anuncia Voz del Tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tras ellos, comienzan a aparecer, en parejas o pequeños grupos, los residentes, en variopinta y divertida comitiva enmascarada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!¡¡&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La estruendosa y unánime carcajada resuena como una conflagración, prolongada por efecto del eco.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De inmediato, Rufo ha pulsado un sensor y, en los altavoces empiezan a sonar los alegres compases de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Paquito el chocolatero&lt;/span&gt;. Todos lo corean con acompasadas palmas y olés. Alfredo, Daniel y Mauro saludan con los brazos en alto, como tres tribunos romanos, mientras se dirigen a los  escaños de la tribuna de la derecha.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Detrás de ellos avanza una curiosa pareja. Ella, alta y tiesa, como el asta de una bandera, con blanca y lacia melena al viento y maquillaje tricolor. Va embutida en una estrecha túnica granate, con una sábana sobre los hombros a guisa de capa. Sujeta con una cuerda, arrastra una corona de hojalata dorada que, a veces, balancea y pega con ella a su compañero, un anciano alto y enjuto como un poste, de  ojos trastornados y un tic eléctrico que le obliga a cerrar los ojos, apretar la boca, reír y sacar la lengua, todo a un tiempo. Viste unos greguescos verdes y una casaca roja. En la cabeza lleva encajada una corona, hecha con una calabaza hueca.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al llegar al centro de la pista, continúan moviéndose al ritmo de la música, pero sin salirse de un reducido espacio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo soy la Reina Loca. Y éste, mi marido, el Reino Loco - grita ella, descargándole coronazos sin tino.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los disfrazados que les seguían avanzan por detrás, hasta formar un gran semicírculo en torno a ellos, ofreciendo un espectáculo delirante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siguiendo el orden  que ocupan  en la fila, vemos en primer lugar a un hombretón disfrazado de Guerrero del Antifaz, con casco apepinado, cota de malla, faldellín corto, espada, escudo y demás complementos medievales. A su lado está Ana María, su amada,  sentada en una silla de ruedas, acariciando, con voluptuosidad, la bola de una catapulta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿No es esa  Matilde? -pregunta Don Quijote.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Juraría que es ella -le confirma Samuel-. ¿Por qué abrazará la bola con tal fruicción?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A continuación hay un residente de gruesa cabeza, la cual parece aún más voluminosa debido al acolchado turbante blanco que se la envuelve con tres vueltas y media. Pregona, altivo, ser el rey moro Motamid. Sus negras barbas  y el alfanje que blande sobre su cabeza, como un ventilador, infunden pánico a quien desconoce que la  espada  es de cartón plateado y crines de caballo las barbas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Junto a él se halla Zoraida, princesa mora -aunque más bien parece ciruela pasa-, de ojos negros como dos granos de pimienta y bata de lunares rojos con volantes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La siguiente pareja va de castillo ambulante. Ella asoma la cabeza por las almenas cumbreras y él saca la suya por una ventana bajera, circunstancia que se presta a razonables conjeturas: ¿Irá ella a hombros de él?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A su lado hay uno disfrazado de frondoso olivo, con varetas y ramos cargados de  aceitunas, que zarandean, con bastones,  dos mujerucas que le acompañan, cubiertas con negros pañuelos, mientras cantan una canción de la postguerra de su pueblo, con música de  la vaca lechera: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Ya no comemos caliente, porque no nos dan aceite. Comemos cuatro verduras, y detrás vienen los curas. ¡Tolón, tolón! ¡Tolón, tolón!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A Gargarín el enano, de bigotillo y nostalgias romanas, lo  han disfrazado de empresario de una fábrica de pan de higo. Lleva una pancarta en la que se lee: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"Con Claudio vivíamos mejor"&lt;/span&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;También vemos a Don Juan Tenorio, representado por un residente aficionado a los versos, que recita, emocionado y tembloroso: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Oigo patria tu aflicción, y escucho el triste concierto...&lt;/span&gt;   A su lado Bernarda la dolorida, disfrazada de doña Inés, da  saltos entre verso y verso,  dejando al descubierto los zancajos de las medias.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Emulando a éstos están los del grupo formado por el pastor Paco  Zoroño, disfrazado de Calisto, y Gregoria la cigarrona, disfrazada de Melibea, que bailan al son del tambor, aporreado por la Celestina con una tranca de la que cuelgan cascabeles.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Apolonio  -el que gritaba &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¡matadme por favor!&lt;/span&gt;- se mueve, ahora,  con donosura y elegantes maneras, traje negro y corbata roja, representando el papel de diputado y dialogando con su secretaria, quien lleva en la mano la constitución y la revista Pronto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A Jacinto el lacrimoso lo han vestido de pintor bohemio, con un largo guardapolvos caqui,  una gorra a cuadros y pantuflas. En la mano izquierda lleva la paleta y en la otra el pincel. Se le acerca alguien con un caballete.  Lo coge  del brazo y lo coloca fuera de la fila,  frente a la sierra, para que se inspire en los floridos almendros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Con no poca sorpresa reparamos en dos mocetones -es un decir-, de largas y encrespadas melenas y  barbas,   luciendo una   espesa pelambre  en brazos piernas, pecho y espalda, zonas no cubiertas por la piel de oso cántabro  que llevan encima. Uno de ellos  habla con el móvil:               "-Oiga,¿es Ikea? Mire, es que mi amigo Borji y yo nos hemos comprado una cueva en Altamira y quisiéramos amueblarla..."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rompiendo el loable y distinguido nivel cultural conseguido en los disfraces, hasta ahora, contemplados y comentados, reparamos en una curiosa pareja. La componen, de un lado,  un viejecillo disfrazado de chorizo de cantimpalo asado, con dos rajitas achinadas por ojos y una risueña abertura por boca. Junto a él brinca su compañera, disfrazada de morcilla de cebolla. Ambos se desgañitan gritando: "¡Fuera los repollos y verdurillas! ¡Queremos choricitos y morcillas!"&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El ambiente va cobrando jubilosos aires de feria de pueblo, según dan fe los disfraces que siguen a los culturales. Así, pegadito a chori y morci, vemos un lustroso residente con sombrero cordobés del que cuelgan barquitas voladoras. Viste camisa blanca remangada, pantalón de pana marrón y faja amarilla.En cada mano lleva sendas pelotas, sujetas con una larga y fina goma, que le permiten lanzarlas hacia adelante y hacia atrás, mientras vocea: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"Las pelotas del tío Paco. Las que van, las que vienen, en el aire se mantienen. ¡Qué rabo más largo tienen!"&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Otra pareja la forman Obdulio "el mochuelo", feliz portador de unas lentes de culo de vaso y traje de luces de bajo consumo, y una señora rolliza, disfrazada de vaca ubérrima, con manchas negras y blancas, y dos pitones afilados como leznas. De vez en cuando ella le grita a él:  "¿Qué leche quieres?" Y él le contesta, levantando las manos en garra: "¡Déjame vivir!"&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, justo al lado, otra pareja. Un viejete, con un pañuelo blanco anudado en sus cuatro picos y encasquetado en la cabeza, lleva en una mano una sartén de un metro de diámetro, negra de hollín. Con la  otra mano blande una garrota. Su compañera luce un vestido de papel amarronado, hinchado como un globo, simulando una enorme patata. Al ritmo de la sartén brincan y cantan berreando:&lt;span style="font-style: italic;"&gt; "¡&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Abre, María, la puerta, que te traigo el "aguilando". Una batata cocía. Sopla, que viene quemando. ¡Al quiquiriquí, al quiquiricuando, de aquí no me voy sin el "aguilando"! &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y en esta tónica desenfadada hemos contemplado otras muchas parejas, vistiendo los más disparatados disfraces. Ocupando el último lugar se halla Perico mortero, disfrazado de cohete. Lo han encajado en un cilindro de cartón, cubierto con un tejadillo rojo en forma de embudo. Fija, por detrás, lleva una larga vara que le llega hasta el suelo. El cilindro cuenta con un par de agujeros para los ojos, y otro par más grande para sacar los brazos. En cada mano lleva un platillo de banda municipal "cabecica daleá". Le acompaña Paco el bombero, portando un bombo superlativo, atado a la cintura, y  una enorme  porra de macero. Cuando Perico  hace ¡&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Pliiiish! &lt;/span&gt; con los platillos, Paco arrea un cachiporrazo al bombo, sobresaltando a toda la concurrencia: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¡¡Pooon!!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Súbitamente, por una de las ventanas centrales de la primera planta, sacan una larga escalera de mano, y empiezan a bajar por ella enfermeras y enfermeros, disfrazados de avispas y avispones, con pechos y culos ovalados -coloreados a rayas negras y amarillas-, largas antenas, gafas negras y labios pintados en forma de rojo anillo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En primer lugar entran las avispas en la pista,   cantando:&lt;/div&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                 Yo soy la avispita que te pin, pin, pin-&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                 ta muñequitos en el cu, cu, cu-&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                 bito de arena en la  pla, pla, pla-&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                 za donde bailan veinte  pu, pu, pu-&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y continúan los avispones cantando:&lt;/div&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                 Taschín, taschín, taschín, tara, tara, taschín.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                 Taschín, taschín, taschín, tara, tara, taschín.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Álex se mea de risa, palmotea y da botes en el columpio, escuchando estas murgas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Repórtate, Alex -le amonesta Don Quijote-. Aquí hemos venido a observar, no a aplaudir a tontas ni a locas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A lo que Álex le corresponde con triple pedorreta: en formato abreviado, en formato complicado y en el de irse de vareta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Tranquilicémonos -ruega Voz del Tiempo, retomando la tarea de comentarista-. Tras los avispones, desciende ahora por la escalera el grupo de auxiliares, con gorros, zuecos, medias, faldas y camisetas, deslumbradoramente blancos, luciendo la inscripción  &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Los higiénicos&lt;/span&gt; en la espalda. Avanzan por la pista, bailando y  agitando las manos, en las que llevan una gran pastilla de jabón y una esponja gigante, al mismo tiempo que cantan:&lt;/div&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                  ¡Pastilla de jabón, soleá. Pastilla de jabón, soleá. Pastilla de jabón...!&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y detrás van ellos, con largos tubos de ducha y bidones de goma llenos de agua, regando a diestro y siniestro, y cantando por sevillanas:&lt;/div&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                   Vengo a lavarte y olé, vengo a lavarte.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                   Vengo a lavarte sí, sí, ese culito.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                   Te guste o no te guste.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                   Te guste o no te guste, sí, sí,&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; todo enterito.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Durante una hora -continúa Voz del Tiempo- los residentes y el personal cuidador y sanitario, ríen, bailan, cantan y charlan a placer, sin dejar de picotear aperitivos y refrescos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De pronto la Reina Loca se pone a gritar, hecha un basilisco, mientras imprime un movimiento de honda a la corona que lleva atada con la cuerda:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡No queremos coronas, no queremos reyes ni leyes! ¡Queremos vivir libres como los pajaritos!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Eso, eso, libres como los pajaritos! -corea el Reino Loco, entonando a continuación-: ¡&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Pajaritos por aquí, pajaritos por allí, pajaritos a cantar, piripipí!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Durante varios minutos se escuchan los pajaritos por tierra, mar y  aire, hasta que Rufo pulsa un botón y los telúricos sones de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Así hablaba Zaratustra&lt;/span&gt;, caen como mazazos sobre este coro de alucinados gorriones, imponiendo un silencio expectante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Silvia, la directora, bajo sus tocas monjiles, cuchichea al oído de Carlota, en su versión de Felipe II. Rápidamente, éste, tras mirar con apasionados ojos a la monja y dedicarle la mejor de sus sonrisas, se pone de pie, levanta los brazos y pasea detenidamente la mirada sobre la concurrencia. Rufo hace enmudecer la música y Carlota, en su papel de Felipe II, pronuncia las siguientes palabras:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Oh pueblo ingrato, os habla vuestro rey! Hasta ahora, yo os he gobernado con el apoyo de las altas jerarquías que ocupan esta tribuna. Gracias a la serena firmeza de nuestro gobierno se ha logrado que, año tras año, gocéis de una existencia despreocupada y feliz. ¿A qué vienen ahora esas protestas  y reivindicaciones? Os pasáis el día comiendo y durmiendo ¿qué más queréis? ¿de qué os quejáis?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Comoquiera que Felipe II detiene su mordaz discurso y pasea,  desafiante, durante un largo minuto, la mirada sobre los asistentes, callados como muertos, Alfredo trata de animarlos con voz megafonizada:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vamos, vamos! Manifestad vuestras quejas a las autoridades que, hasta ahora, os han gobernado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por supuesto. Y al lucero del alba, si es preciso -apostilla la Reina Loca, dando una patada a la corona-. Esto no es serio. Esta vida es una tomadura de pelo. Yo nací el año 1917 y, desde entonces, no he hecho otra cosa que trabajar, con el rey, con la república, y sobre todo con Faustino el calambres...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Con Faustino el calambres? -pregunta Felipe II, intrigado- ¿Y quién es ése?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Quién va a ser?  Mi marido, el Reino Loco. ¿No  veis que no para de moverse? ¿Cómo será que en la guerra lo fusilaron tres veces, pero, como se mueve tanto, no acertaron a darle. La tercera vez se cayó de culo y le dieron por muerto, gracias a que se quedó quieto como el Doncel, por el susto que pasó.  ¿Y a mis años me vienen con éstas? ¡Que no quiero coronas ni mandangas! Quiero volver a ser niña, irme a mi pueblo, correr por los campos, ordeñar las cabras y no escuchar ningún cuento de los miles que he escuchado en mis noventa y dos años que tengo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Toma nota, secretario -ordena Felipe II a Antonio Pérez, quien rápido toma la pluma de pavo real y escribe, frenético, en el voluminoso dietario.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Coincido con esta dama -manifiesta el Guerrero del Antifaz-. Toda mi juventud luchando contra el sarraceno rey Motamid y, ahora, resulta que eso está mal visto y hay que hacer mimitos y carantoñas a nuestros morenos vecinos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Como debe ser -responde Motamid,  cual una cerbatana-. ¿O es que los moros no somos hijos de Dios?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Cuidado con lo que insinúas -terció Cándido, vestido de nazareno, con túnica morada y capirote amarillo-. Nunca lo fueron o, si no, que lo diga su eminencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El cardenal, dándose por aludido, precisó:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso depende, señor cofrade. Depende del lugar y de la época en que se haga la pregunta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bueno, bueno -protesta doña Inés, o séase, Bernarda la dolorida, clavando la uña del pulgar en la yema del índice-. De lo que diga el cardenal no me creo ni esto. ¿Qué ha hecho hasta ahora el mester de clerecía sino asustar al sufrido ser humano con las calderas de Pedro Botero, amargarle la vida con prohibiciones, castigos, persecuciones, cruzadas y acoso a la libertad de pensamiento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Me escandalizas, ángel de amor -exclama don Juan Tenorio-. Más que una pía novicia, pareces la Pasionaria.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y contra nosotros qué tenéis? ¿eh? -protesta el disfrazado de chorizo, cogiendo por la cintura a la morcilla- Siempre con la misma tabarra: "Hay que abstenerse porque estamos en cuaresma, hay que abstenerse porque sube el colesterol..."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vosotros, después de todo, sois o fuisteis unos marranos -se lamenta la vaca, mirando de reojo a Obdulio el Mochuelo-. Pero nosotros, toros y vacas ¿qué mal hacemos a nadie?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Calla, calla, Lucerita -trata de calmarla Obdulio-. Lo que pasa es que estás muy buena y todos quieren comerte, pincharte y ver cómo se te mueven los apéndices cuando corres. ¿Tú te imaginas lo divertido que lo pasamos con vosotros? -añade Obdulio, acercándole la mano a la frente y retirándosela lentamente, con el brazo extendido y el torso muy estirado,  simulando un pase de pecho.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Olé! -exclaman todos, aplaudiendo. Momento que Perico Mortero y Paco el del bombo aprovechan para disparar otro cohete. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¡Pliiish!, ¡Booom!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Yo quiero volver a los años cincuenta! -vocea Gargarín, haciendo embudo con las manos junto a la boca, tras rascarse la entrepierna y luego el bigotillo- Entonces sí había autoridad.  Entonces  el gobierno sí sabía mandar. Los maestros sabían enseñar. Las mujeres sabían cocinar. ¡Aquello sí eran procesiones! Aquello sí eran corridas. Aquello sí eran sermones. Aquello sí eran bodas. Aquello sí eran entierros. Aquello sí eran ferias. Aquello sí eran inviernos. Aquello sí eran navidades. Aquello sí eran guardias civiles. Aquello sí era mili. Entonces sí funcionaba el mundo. Cada uno en su sitio. Los negros en África, los chinos en Asia, los abuelos con sus nietos, y los zapateros a sus zapatos... ¡Entonces España sí que  era una, grande y libre!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Fuera, farsante enano, soplagaitas, chupasangres! ¡Basta ya de regalar los oídos a Felipe II y a su camarilla! -grita, desaforadamente, Apolonio- Acabo de reconocerte y desenmascararte, a tí que sigues disfrazado del buitre que siempre fuiste. Tu perorata me ha ayudado a reencontrarme a mi mismo. Gracias por el favor, pero jamás olvidaré el daño que habéis hecho a este pueblo. Sois los responsables de tantos años perdidos, tantas alas cortadas, tantos sueños disipados en la niebla. Es verdad que mi hija y mi mujer murieron en aquel accidente, debido a mi cansancio y horas sin dormir, pero fue con motivo de una causa honesta: devolver al pueblo la libertad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué te pasa? ¿Ya no quieres que te matemos? Ja, ja, ja -le replica Gargarín con una risotada despectiva-. No te preocupes, hombre, que hay quien se encargará de matarte, a ti y a todos nosotros, ¿verdad, Federico?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ay! -se lamenta Matilde, disfrazada de Ana María, junto al Guerrero del Antifaz- ¡Ay, qué pena! ¡Qué bella la vida! ¿Pero por qué tan trágica? Esto no está bien inventado. No tiene gracia. No. ¿Hay alguien que pueda aclarármelo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Esa pregunta que la contesten los de la otra tribuna -dice Felipe II, guiñando el ojo a Silvia la monjuela.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-La cosa es clara -contesta Mauro, con evidente impaciencia y convicción, desde la otra tribuna, acariciando las hojas de olivo de su cabeza-. El mundo es pura física y pura química. Todo nace, se desarrolla y transforma, debido al movimiento continuo, provocado por la atracción-repulsión de las infinitas partículas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No digas necedades -le reprueba el cardenal, encendido en cólera, como si le hubiera pisado un callo-. Dios creó el mundo  para que, en él, el hombre viviera  feliz, sin padecimiento alguno. Pero fue el hombre, con el pecado, quien estropeó el plan divino, convirtiendo la vida en la Tierra en un penoso caminar hacia la muerte, de la que sólo puede librarnos Cristo y su Iglesia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bueno, eso decís vosotros -intervino de nuevo el rey Motamid-. Los moros tenemos otras creencias, los chinos otras y cada pueblo tiene las suyas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero aquí estamos en un reino católico, apostólico y romano -grita Felipe II, poniéndose de pie y dando un golpe  sobre la mesa- y, ¡ ay del que se desmande!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hasta ahora -manifiesta Alfredo, firme y serenamente- lo que su majestad ha ordenado ha ido a misa, pero ya no. Desde hoy y durante un mes, por lo menos, aquí va a regir la democracia. Todos  podrán opinar y exponer sus pareceres, convicciones, inquietudes y esperanzas, sin temor a represalias. Por eso, amigos, hoy toca divertirse, bailando, cantando y haciendo lo que a cada uno le venga en gana, siempre que se observen las normas de respeto y convivencia, aceptadas y exigidas por todos. ¿Estáis de acuerdo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡¡Si!! ¡¡Arriba la democracia!! ¡¡Abajo las dictaduras!! ¡¡Viva Alfredo!! -gritan, en su mayoría, brincando y agitando las manos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Desde ese momento la explanada se transforma en una pista de baile, en la que se mezclan los residentes con cuidadoras, enfermeras, cocineros y demás personal, de ambos géneros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Rufo -encaramado en su encumbrada garita- controla y dirige el sonido, iluminación e imágenes, con la mayor pericia. Ahora alegra el ambiente con divertidos tanguillos de Cádiz.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Súbitamente, el rostro de Rufo se tensa. Sus facciones, enmarcadas por los cascos acústicos, se endurecen gradualmente, conforme escucha la conversación de Silvia y Carlota, gracias al micrófono que él ha camuflado bajo el tablero de la mesa de la tribuna directiva.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -De verdad, Silvia, preciosa mía -le susurra Carlota, con mirada filipina-, cada día admiro más tus geniales ocurrencias. ¿Cómo se te pasó por la cabeza disfrazarte de monja?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Muy sencillo -le contesta Silvia, en igual tono-. Como ya te dije, me he propuesto apropiarme del dinerete de Mauro. No creo perjudicar a nadie. El hombre es ya mayor. Aquí recibe los cuidados que necesita. No tiene familia que le herede. ¿No es, acaso, justo que lo heredemos tú y yo, ahora, cuando nos viene de rechupete el millón y medio de euros que tiene en la cartilla? Quien se va a subir por las paredes es Rufo,  que me ha conseguido la cartilla y el DNI de Mauro, con la peregrina esperanza de que yo me abandone en sus brazos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Huy, qué iluso! ¿Y por qué el vestirte de monja?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Verás. ¿Tú conoces a sor Saturnina?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Sí, esa monja que suele venir a visitar a la señora Ciriaca,    paisana suya, una residenta que  no está en cielo ni en tierra. Bien, pues la monja Saturnina se apellida Casmodia. Y, casualmente, ese raro apellido es el mismo de Mauro, sin que entre él y la monja exista parentesco alguno.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Es cierto, hace pocos días la vi por aquí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Sí. Estuvo en mi despacho a informarse del estado de su paisana. Yo, muy atenta, le ofrecí un cafetito de mi cafetera particular. Disimuladamente le añadí una buena dosis del somnífero &lt;i&gt;Dosminutosparadisíacos&lt;/i&gt;. Ella se lo tomó y -¡mano santa!- se quedó como una estatua durante un par de minutos, tiempo suficiente  para birlarle el DNI que llevaba guardado en un bolsillo, debajo de la esclavina.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Y ella no se dio cuenta de nada?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -En absoluto. Simplemente dijo: "-Pues no que se me acaba de pasar por la cabeza que me había quedado dormida un momento?" Y yo, por disimular, le contesté: "-Sí,  a mí también me ocurre, a veces, que se me duerme una pierna. Debe ser por la postura." Pues, nada, como ella se apellida igual que Mauro,  pensé que disfrazándome como sor Saturnina, y  caracterizando  a Doroteo con el aspecto de Mauro, podría presentarme  con él, con absoluta tranquilidad, a abrir otra cartilla a su nombre y al de sor Saturnina, con disponibilidad indistinta,  en una oficina del mismo Banco  en que Mauro tiene las perras, la cual está muy cerca de la residencia,  alegando que soy su sobrina y que, dada la edad de mi tío, es aconsejable tener la cuenta en la oficina más próxima a la residencia. Así que esta mañana, temprano, le endiñé a Doroteo una de tus pastillas, dejándole suave como un guante. El hombre,   encandilado con el disfraz, se aprendió al dedillo lo que tenía que hacer y decir en el Banco. Me vestí y me retoqué igual que sor Saturnina y, a las nueve, fuimos a abrir la cuenta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Chica, eres prodigiosa. No sé como no te dedicas al cine. Doroteo te ha quedado mejor que si hubieran clonado a Mauro...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Tanto no creo, pero lo cierto es que el empleado no puso la menor pega. Sólo me comentó que, para transferir el dinero de una cuenta a otra, hay que hacerlo personalmente, yendo a la oficina donde Mauro tiene la otra cartilla. De vuelta a la residencia fui a mi despacho con Doroteo y le di otra dosis. Dejé los DNI y las dos cartillas en el cajón de la mesa, y  nos hemos venido, felices, a la fiesta. ¿Verdad, Doroteo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Sí, sí,  -contesta Doroteo, con una risita que le obliga a mostrar el único diente de su boca entreabierta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Así que -prosigue Silvia-, mañana mismo, martes de carnaval, iré con Doroteo a la otra oficina a dar la orden de traspaso del dinero. Y pasado mañana... a retirarlo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Y qué haremos después, Antoñita la fantástica?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Tú qué crees, Carlota? Lo hemos hablado muchas veces. En Costa Rica tenemos una casita, en un precioso paraje, cerca de la ciudad y del mar. Seguir aquí es un incordio. Allí viviremos a nuestro aire, ganando más y sin que nadie nos moleste. Y, encima, nos llevaremos un millón y medio de euros de propina. Dentro de cuatro días tomaremos el avión y ¡que nos busquen! ¡A vivir la vida, Carlota!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -No, Silvia, no eres diabólica, eres divina -le declara Felipe II, tan pegadito a la oreja que aprovecha para rozarle la cara con los labios.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Y, ahora -le dice, eufórica-, sigamos con la farsa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   De inmediato -continúa Voz del Tiempo- vemos a Rufo bajar de sus garita, con  semblante desencajado. En la explanada nadie se percata de ello. Silvia y Carlota creen  que Rufo sale por algún motivo relacionado con la instalación eléctrica.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Nosotros sí observamos que Rufo entra en la residencia por una discreta puerta   y, con paso rápido y felino, llega al hotelito de Silvia. Abre la puerta con su llave maestra. Recoge el DNI y la cartilla de Mauro del cajón de la mesa. Luego va a la sala en que está el material de disfraces y maquillaje. Toma cuanto considera más adecuado para su propósito y lo lleva a su habitación. Allí,  a la vista de la foto del DNI de Mauro, se disfraza y caracteriza en pocos minutos, consiguiendo un gran parecido con él. Guarda, en un bolsillo de la chaqueta, los documentos de éste y sale a la calle, con gran disimulo, por una puerta de la lavandería.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Va al parking de directivos y encargados, donde también él tiene el coche estacionado. Sin pérdida de tiempo, toma de su coche una herramienta y, con ella, manipula debajo del motor del coche de Silvia. Luego entra en el suyo, lo pone en marcha y sale, apresurado, de la residencia. Baja, como una centella, la estrecha y pendiente carretera que desciende del cerro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Cuando llega al Banco, en que Mauro tiene el dinero, es la una de la tarde. Sólo tiene  media hora para realizar la operación. La rabia y despecho que ahora siente contra Silvia le hacen temer que  traicionen sus nervios, estropeando su plan, por lo que se esfuerza en fingir la máxima serenidad, corrección y simpatía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Toca el timbre, entra y se acerca a la ventanilla de reintegros con la cartilla de Mauro en la mano.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Qué desea usted? -le pregunta sonriente el empleado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Hum, hum -carraspea Rufo, improvisando una forzada sonrisa-. Quisiera realizar una transferencia desde esta cartilla a la cuenta aquí indicada  -dice,  alargando al empleado  la cartilla y un papel con los datos y número de la cuenta destinataria, es decir la suya propia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Me permite su DNI ? -le pide el empleado, tras examinar la cartilla y cotejarla con los datos del ordenador.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Cómo no? -le contesta Rufo, ampliando la sonrisa y entregándole el DNI de Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Espere un minuto, por favor, señor Casmodia -dice el empleado levantándose de su silla-.  Preciso el visto bueno del director.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Rufo, impaciente, pierde la sonrisa y se pone a tamborilear en el marco de la ventanilla, mientras el empleado entra en el despacho del director. En seguida recupera la serenidad y piensa: "Mi caracterización como Mauro es perfecta. Basta ver  con qué naturalidad me atiende el empleado. Mañana mismo retiraré el dinero de mi cuenta y me iré a donde nadie me encuentre."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Vuelve el empleado y ruega a Rufo que pase al despacho del director. Rufo se esfuerza, al máximo, en aparentar tranquilidad, por lo que procura moverse con afectada parsimonia.  &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Encantado de saludarle, don Mauro -le dice el director, estrechándole la mano-. Así que desea  transferir una importante suma a don Rufo Chapines, ¿no es eso?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, es cierto. Se trata de una operación convenida entre él y yo, y que a mí, personalmente, va a reportarme grandes beneficios que, estoy convencido,  duplicarán mis actuales fondos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Nos parece perfecto, don Mauro, y le felicitamos por tan boyante operación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Entonces... ¿Tendrá mañana don Rufo el dinero en su cuenta?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Cómo no? -contesta el director, rebosando amabilidad-. El Banco Santarrita se caracteriza por la rapidez meteórica de sus servicios y la esmerada atención a sus clientes. En su caso, sólo precisamos  una minucia: que usted cumpla el requisito, impuesto por usted mismo, para poder disponer de sus fondos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Requisito? -pregunta Rufo, visiblemente contrariado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Así es, don Mauro, bien lo sabe usted. Según las instrucciones manuscritas y firmadas por usted: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"De los fondos de esta cartilla sólo podré disponer yo, Mauro Casmodia, debiendo  mostrar la clave secreta al director del banco, cada vez que  quiera realizar un reintegro."&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ah, claro!... -exclama Rufo, tratando de disimular su sorpresa- La edad no perdona. Se me ha olvidado traerla. Voy a acercarme a por ella. En seguida vuelvo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Cómo es eso, don Mauro? Esa clave la lleva usted siempre consigo. Permítame que sea claro y diáfano: la clave es un número que usted tiene tatuado a veinte centímetros por debajo del ombligo. Muéstrelo, don Mauro, por favor, y procederemos a cerrar la operación en un periquete.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ja, ja, ja! Vale, vale... ¡Tiene gracia la cosa! Es lo que suelo decir: Con la edad termina uno cazando moscas. Mañana volveré, porque, compréndalo... -y bajando la voz, susurró, guiñando el ojo y riendo- Es un secreto, pero hoy no me he cambiado de calzoncillos. Ja, ja, ja. Perdone.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Como quiera, don Mauro -le contesta el director muy serio y mirándole sin pestañear.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hasta mañana, señor director.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rufo sale de la oficina, fingiendo sorprendente  aplomo y despreocupación. Mas, una vez en la calle, se esfuma como por arte de ensalmo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sin pérdida de tiempo, el director del banco, sobremanera mosqueado,  llama a la residencia:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Soy el director del Banco Santarrita. Quisiera hablar con la directora del centro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El encargado de recepción llama a Silvia por megafonía:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Señora directora, por favor. Tiene una llamada telefónica.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Silvia suspende la muñeira que se estaba marcando con Felipe II y corre a la garita de  control de sonido, en donde hay un teléfono.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Celebro hablar con usted, señora directora. Soy el director del banco Santarrita. La llamo porque se ha presentado en nuestra oficina el señor  don Mauro Casmodia, residente de ese centro a hacer un reintegro, pero no se ha identificado correctamente. ¿Podría confirmarme si don Mauro se halla, en este momento, en la residencia, ya que se ha dejado aquí el DNI y la cartilla de ahorros?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Don Mauro? No es posible. Don Mauro no se ha movido de la tribuna de los triúnviros desde esta mañana.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué tribuna es ésa?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No importa, señor director. Lo que me dice es grave, pero en seguida resolveré el problema, con la ayuda de Felipe II.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdone, señora,¿ese centro es una residencia de ancianos o más bien un psiquiátrico? Porque no creo que me esté tomando el pelo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-En absoluto, señor director. Ésta es una residencia geriátrica muy seria. Lo que ocurre es que estamos celebrando la fiesta del carnaval.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Entendido, señora.Pondré este asunto en manos de nuestro servicio de inteligencia "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;El lince insomne".  &lt;/span&gt;Y ya sabe que aquí se encuentran los mencionados documentos de don Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Silvia acababa ahora de comprender por qué Rufo había abandonado precipitadamente su garita. Él se había empapado de la conversación que ella había mantenido con Carlota. Ya no le cabía duda. Él había sido quien se había presentado en el banco, disfrazado como Mauro y, al no conseguir el dinero, estaría rabioso contra ella y contra Carlota ."¿Y si a Rufo, despechado, le diera por cometer una locura y atentara contra nosotras, o denunciara a la policía mi propósito de adueñarme del dinero de Mauro?" -pensaba Silvia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras tanto -continúa Voz del Tiempo-, en la residencia, la fiesta de disfraces hace brotar milagros  de sano humor y optimismo, creando un ambiente, distendido y mágico, de risas, bromas, manifestaciones desinhibidas de las propias habilidades, chascarrillos, confidencias, besos, abrazos, ir y venir a las mesas para picotear aperitivos,  brincar, cantar y bailar, incluso &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Al corro de la patata&lt;/span&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Viva la democracia de Alfredo! -gritan la Reina Loca y el Reino Loco- ¡Viva la igualdad! ¡Abajo los privilegios!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya no quiero que nadie me mate. ¡Viva la razón! -proclama Apolonio, exultante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Fuera las arañas! -grita Federico, con ojos alucinados- ¡Malditos, miles de veces, los miedos que arruinan las vidas! ¡Malditos quienes siembran los miedos!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Abajo los maltratadores! -clama Matilde, balanceando la cabeza hasta levantarla por encima de su espalda-  ¡Hay que respetar  a los débiles, a los humildes, a los gatos, a los perritos, a todo bicho viviente que no sea dañino!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Observad atentos -apunta Voz del Tiempo-  a los tres varones de las cándidas túnicas: Alfredo, Daniel y Mauro. Tras compartir en la pista, con todo el personal, el común y unánime regocijo, ahora se dirigen a su tribuna. Una vez en ella, Alfredo levanta los brazos y ruega atención a las palabras que desea dirigirles.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Enhorabuena a todos, residentes, cuidadores, personal sanitario y cuantos realizamos tareas en este centro, por humildes que nos parezcan. Hoy ha sido un día grande para cuantos moramos en él, pues hemos conseguido que, de forma especial los residentes, se hayan divertido, aumentando su autoestima y sintiendo un poco más de calor de hogar en esta casa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No sé qué decidirá la directora doña Silvia. Ella salió de la residencia a las dos de la tarde y aún no ha regresado, cuando la fiesta está ya a punto de finalizar. Si me confirman en el cargo de responsable del área sociocultural y  bienestar, que me han encomendado provisionalmente, os prometo que pronto os sentiréis como en familia y con el ánimo más rejuvenecido cada día.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Alto el carro, don Alfredo -le fustiga, con estentórea voz, el cardenal Mendoza- que, aunque no esté presente Felipe II ni la madre abadesa, estoy yo aquí para conduciros a todos y a cada uno, con su cruz a cuestas, por la espinosa senda de la virtud y del santo calvario, hasta la  mansión celestial pese a quien pese y, si es preciso, azotando vuestras pecadoras carnes. Sólo faltaba que, a unos viejos empecatados, con más vicio que una garrota y un pie en el otro mundo, tengamos que  descubrir ahora quiénes son los Reyes Magos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Eso, eso! ¿Quiénes son los Reyes Magos? -pregunta doña Inés con cabreado talante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Permítame vuestra precaria eminencia cardenalicia -interviene Mauro- que sea yo, el  precario segundo consejero, coronado de olivo, quien conteste a sus palabras en lugar de Alfredo. Como ya apunté en mi anterior intervención, le guste o no le guste a su precaria eminencia, este universo del que formamos parte, es un descomunal entramado de materia, autodirigido por fuerzas intrínsecas, físicas y químicas inexorables, ciegas e indiferentes a consideraciones de cualquier especie. Multitud de esferas celestes giran desde hace millones de años en el espacio infinito. Sin saber nadie, realmente, cómo ni por qué, en esta minúscula esferilla que nos soporta y mantiene, apareció la vida, el hombre, la cultura humana y, con ella, los mitos y teorías, filosóficas y religiosas. Ingenuas e infantiles en un principio; complicadas y ambiciosas en el devenir de los tiempos; pero, unas y otras, gratuitas, por más que se quiera revestir de autoridad científica o celestial. Nadie sabe nada sobre cuestiones que nos trascienden. No nos esforcemos por ser más ingenuos de lo que ya somos, quedando anclados en dogmatismos más o menos duraderos, pero deleznables y caducos, tarde o temprano. La historia -se dice con razón- es maestra de la vida. Y la historia nos confirma lo mucho que yerra el hombre en sus concepciones y teorías. Y no  digo  ya en las intrascendentes y cotidianas del simple mortal, sino, principalmente en las consagradas y consideradas verdades incuestionables durante largas épocas. ¿Qué fue del geocentrismo y de tantas otras teorías y mitos religiosos o de cualquier índole que la humanidad ha ido forjando en el devenir de su existencia? La historia nos confirma que, con el paso del tiempo, tales concepciones y mitos quedan superados por otros nuevos. La única verdad cierta es que la realidad física sigue su curso imparable, sin hacer ni puñetero caso a teorías, mitos ni creencias. Lo que nos lleva a una conclusión lógica y práctica para el cotidiano vivir: que los dogmatismos y dictaduras, del signo que fueren, y vengan de donde vinieren, deben quedar proscritos. Incluida mi opinión, por supuesto. Por eso, desde esta tribuna, ¡voto por Alfredo, para director socio-cultural de la residencia! porque él defiende  que cada uno se exprese y viva libremente, dentro del respeto a los demás.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Estoy contigo, Mauro! -le apoya Daniel, aplaudiendo ruidosamente- ¡Alfredo presidente!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Alfredo, presidente! ¡Alfredo, presidente! -corea la gran mayoría de los presentes, a excepción de la tribuna de Felipe II y  sus acólitos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los vivas, aplausos y felicitaciones se prolongan durante más de media hora. Luego, Alfredo, ejerciendo las facultades de su recién estrenado cargo, da por finalizada aquella fiesta, tras prometer trabajar sin descanso por un mayor bienestar de todo el personal.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"Pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó..." sin que Silvia, ni Carlota, ni Rufo aparecieran por la residencia, ni dieran noticia alguna  de su paradero. Razón por la que los restantes miembros de la junta directiva, conscientes del general apoyo del personal a Alfredo, decidieron nombrar a éste, con carácter firme e indefinido, no sólo director socio-cultural y de bienestar de la residencia, sino gerente de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y hasta aquí mi testimonio que no volveré a prestar, en tanto no lo preciséis y me lo pidáis -dijo Voz del Tiempo, paseando su escrutadora mirada sobre la nuestra,  indecisa y expectante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Un momento, amigo -le ruega Don Quijote-. Me parece que has dejado sin aclararnos la siguiente cuestión: cuando Rufo fue al garaje, nos dijiste que estuvo manipulando, con una herramienta, debajo del coche de Silvia. ¿No sufrirían Silvia y Carlota un accidente al bajar del cerro, a causa de esa manipulación?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pues, no. Tuvieron suerte -explica Voz del Tiempo-.  Como salieron tan apresuradas de la fiesta, tomaron el coche que se hallaba más cerca de la salida, que era el de Carlota. Con él desaparecieron sin dejar rastro alguno.  En dónde se encuentren ahora, es algo de lo que carezco de información.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y la amistad de Alfredo con Mauro y Daniel no se enfrió a partir de su nombramiento? - le pregunta, curioso, Samuel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-En absoluto -le contesta Voz del Tiempo-. No sólo no se enfrió, sino que se reafirmó y creció hasta el punto de que Mauro, pocas semanas después, sorprendió a Alfredo con una espléndida noticia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué noticia? -le preguntamos los observadores de la torre, todos a una.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Mauro sorprendió a Alfredo, diciéndole que había decidido donar a la residencia todo su dinero  y demás pertenencias, para que él dispusiera de más medios con que llevar a cabo su proyecto de convertir el centro en un auténtico hogar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hermosa decisión  - dije, elogiando el proceder de Mauro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y Daniel? -pregunta Samuel- ¿No hizo algún ofrecimiento especial?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bueno -nos aclara Voz del Tiempo-, precisamente el día en que Mauro realizó su donación, Daniel prometió a Mauro  llevarlo, en fantástico viaje, a un apasionante lugar, más allá de los almendros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Y Daniel cumplió su palabra?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-La verdad es que Daniel le fue dando largas, diciéndole que, el día menos pensado, emprenderían el viaje. Mas pasaron hasta cinco años sin que Daniel cumpliera lo prometido. Él sí que hizo el viaje una serena y acharolada noche de mayo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡¡Eeeeh!! ¡Ojo con lo que habláis, que estoy escuchando -clamó Daniel desde las alturas-. Mi promesa sigue en pie. A Mauro y a Alfredo prefiero llevarlos en verano, pues ellos son muy sensibles al frío, pero a vosotros, y para provecho y aprendizaje de Álex, os invito a que me acompañéis, ya, al mundo de las ideas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Te tomamos la palabra -contesto yo por todos, incluido Álex quien, para demostrar su entusiasmo, comienza a dar volteretas sobre los almohadas. ¿Cuándo emprenderemos el viaje?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ahora miiiismoooo! -grita Daniel con voz rizada  en bucles y tirabuzones, conforme desciende desenfrenado en su nube deportiva, hasta detenerse junto al pretil del ventanal de la torre. Con la respiración en suspenso y los ojos despidiendo chiribitas, observamos al anciano Daniel,  dirigiendo la nube como  el mejor piloto de la NASA. Su semblante denota tanto arrojo y resolución que, el mismísimo Don Quijote exclama, poniéndose en pie firme, con la diestra mano extendida hacia él y, con la siniestra, golpeándose el pecho:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ave, Daniel, volaturi te salutant!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Acto seguido -no poco mosqueados y agarrándonos a la capa de Samuel-,  saltamos a la nube, ante la mirada de Daniel, henchida de sorna. El intrépido piloto, tras acariciar a su bisnieto y sin previo aviso, despega como un tornado, rumbo al mundo de las ideas.  Y yo aprovecho una breve pausa sin turbulencias en nuestro alocado viaje, para mandaros este segundo episodio de nuestra aventura.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Espero -y os lo prometería si pudiera- daros muy pronto detalles de nuestra inminente estancia en ese  mundo. Pasadlo bien y, ánimo, que ya distinguimos, desde estas alturas,  a los Reyes Magos caminando hacia España. Tinterico. &lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6815879139093679441-2470561639625162483?l=tinterojubilado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/feeds/2470561639625162483/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6815879139093679441&amp;postID=2470561639625162483' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/2470561639625162483'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6815879139093679441/posts/default/2470561639625162483'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tinterojubilado.blogspot.com/2009/11/mas-alla-de-los-almendros-capii.html' title='Más allá de los almendros - (Cap,II)'/><author><name>Dunscotiano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14343138484996610295</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_0k_WnpA1CoU/Sw7ixja60JI/AAAAAAAAALM/7n7R6elSY8Q/s72-c/woody+chaplin.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6815879139093679441.post-5675901996307290138</id><published>2009-07-01T09:21:00.000-07:00</published><updated>2009-08-16T04:43:37.472-07:00</updated><title type='text'>Más allá de los almendros - (Cap. I)</title><content type='html'>&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_0k_WnpA1CoU/SliyTWa6tvI/AAAAAAAAAK8/qtrWBtBWYt8/s1600-h/1107198979_almendros_en_primavera1.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 320px; height: 212px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_0k_WnpA1CoU/SliyTWa6tvI/AAAAAAAAAK8/qtrWBtBWYt8/s320/1107198979_almendros_en_primavera1.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5357227802262943474" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;" -¡Que piensen lo que les dé la gana! ¡Allá cada cual con sus pareceres! Hazme caso, Lucas. Te lo dice tu padre desde el más allá, que está al fondo y a la izquierda de vuestro más acá. Acaba de aparecer, en ese laberinto de la vida, mi cuarto bisnieto varón, y estoy que no pego ojo, echado sobre esta nube que me regalaron en mi cumple, pensando en qué va a ser del pobrecito Álex, tan chiquitín e indefenso, ahí en ese mundo vuestro de locos, sin que nadie lo aleccione ni  prevenga de nada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Pero bueno, Daniel! ¿Se puede saber qué horas son éstas de alborotar? ¡Que son las tres y veinte de la madrugada en el meridiano de greenwich,  por favor! Que yo  estaba ya de siete sueños. Por muy bisabuelo que seas de Álex, no la tomes conmigo ¡leñe! y, si no puedes dormir, cámbiate de nube o de pastillas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Vale, vale, cancanicas protestón. Lo que quiero es que atiendas a lo que te dice tu padre. Manda ahora mismo un mensaje a Tinterico, a Don Quijote y a Samuel ordenándoles que vayan a casa de Shaila y Yuri. Que cojan al niño, que está dormido en su cuna, y lo lleven volando con ellos a la torre que hay justo al lado de la residencia en la que yo viví mis últimos diez años. Que se acomoden los cuatro en lo alto de la torre. Y que Don Quijote ordene, a ese aparatito que tiene colgado del cuello, que reproduzca, en realidad virtual, las  aleccionadoras eventualidades, ocurridas durante mi estancia en esa residencia, a fin de que Álex conozca algo de lo que le espera en la vida y espabile. Ya obsequiaré a nuestros amigos con un vale, que aquí me han regalado,  para un viajecito fantástico.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Viajecito? ¿A dónde los quieres llevar?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso son cosas mías. Tú date prisa en mandar el mensaje y luego vuélvete a la cama a dormir, que es lo tuyo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues vaya humos tenéis los del más allá. Estáis para que os soplen. Hasta luego.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Hasta luego, Lucas!"&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;oOo&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Bien, amigoTinterico, ése es el texto del mensaje de Daniel, padre mío y  bisabuelo de Álex.  Como veis, quiere que cojáis al niño y lo llevéis volando  como centellas. Pero él que bufe y diga lo que quiera. Vosotros id con cuidado, sin apresuramientos y sin tocar las campanas como si fuerais a apagar un incendio. No sé, no sé... Esto no tiene pies ni cabeza. Ya me contaréis cómo resulta esta aventura. Saludos a Don Quijote y a Samuel. Lucas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;oOo&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://tinterojubilado.blogspot.com/2009/07/mas-alla-de-los-almendros-cap-i.html"&gt;Sigue leyendo... &lt;/a&gt;&lt;span class="fullpost"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hola, amigos, soy Tinterico.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;¿Qué tal lleváis el verano? Ya nos habíamos acostumbrado a la cómoda postura de aletargadas crisálidas, en nuestro retiro de la cabaña de la playa, cuando el mensaje de Lucas, brillando y repiqueteando como diana floreada en mi broche receptor, nos ha puesto en pie. Y, con los ojos a medio abrir,  Don Quijote y un servidor nos hemos agarrado a la capa de Samuel; nos hemos dado un chapuzón de emergencia en el mar y hemos surcado el puro aire matutino como tres cigüeñas migratorias, hasta la casa de Shaila y Yuri, los padres de Álex.  Hemos encontrado al niño  en su cuna haciendo ajojitos y pedorretas, mientras movía brazos y piernas como si corriera en una moto. Samuel lo ha cogido en brazos. A Álex le ha dado por reir, tocarle la cara y chapurrear en su dialecto de neoparlante prehispano-garénico, de manera que el viaje hasta la torre se nos ha hecho de lo más divertido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Empingorotado en el hueco más alto de la torre y ondeando una sábana, nos esperaba Voz del Tiempo, un anciano de largas y cándidas barbas y guedejas, ojos pícaros y agrisados, cubierto con un camisón mariposeado, a juego con el gorro de dormir,  doblado sobre una oreja.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llenos de curiosidad e impaciencia, nos acomodamos, lo mejor que pudimos, sobre los mullidos almohadones que Voz del Tiempo había colocado en aquella torre sin campanas, contigua al edificio, en otro tiempo  convento de clarisas, y ahora aposento de aves nocturnas y rezos dormidos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Estas reliquias arquitectónicas ocupan el extremo oeste de la extensa plataforma que corona el elevado cerro que precede a la modesta sierra, cubierta de almendros, de la que tan orgulloso se siente el pueblo, desplegado a sus pies. A doscientos metros del convento, en el extremo Este de la plataforma, se alza el moderno edificio de la residencia de personas mayores. Una construcción circular, de cegadora blancura, cuatro plantas y grandes ventanales acristalados.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Desde la cima del cerro desciende, zigzagueante, hasta el pueblo, una estrecha carretera, sin otra protección en el borde del precipicio que un frágil quitamiedos de madera.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Voz del Tiempo, tras abrazarnos y hacer cosquillas a Álex bajo la barbilla, pide a Don Quijote que, sin pérdida de tiempo, ordene a la j&lt;span style="font-style: italic;"&gt;anua témporis &lt;/span&gt;&lt;span&gt;iniciar&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt; &lt;/span&gt;la sesión. Nos hemos sentado sobre los almohadones. Don Quijote ha saltado hasta el borde del pretil de la torre, ornado con artística lacería, y se ha dirigido a la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;janua témporis,  &lt;/span&gt;&lt;span&gt;modosito&lt;/span&gt; pero firme y perentorio:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-En esta cálida noche te ruego, preciosa joya merlinesa, que nos deleites e instruyas, especialmente al pequeño Álex, mostrándonos con tus mágicos destellos la experiencia vivida por su bisabuelo Daniel en la laberíntica jaula, de ahí enfrente, en la que residió durante los diez últimos años de su vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Don Quijote quedó inmóvil, unos segundos,  sobre el pretil, con los brazos extendidos hacia la luna que, aún afilada y pálida como raja de melón, parecía mirarlo burlona y de perfil, balanceándose en el cielo acharolado, sobre su barbilla de cuchareta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Álex, recostado en el regazo de Samuel, contemplaba la escena sin pestañear, hasta que, cruzando los bracitos con los puños cerrados y haciendo un visible acopio de fuerzas, descargó una batería de pediches que sacó a Don Quijote de su embelesamiento, obligó a Voz del Tiempo a atusarse la barba de arriba abajo, en tanto que Samuel y un servidor estallamos en una carcajada, tan estrepitosa, que hizo retemblar la torre desde sus cimientos. Don Quijote bajó calmosamente del pretil y, haciendo un amplio ademán, con la mano  extendida hacia la residencia, anunció  el comienzo del espectáculo. Luego se sentó a la derecha de Samuel. Yo lo había hecho a su izquierda y Voz del Tiempo seguía de pie, mirando hacia la residencia. En aquel preciso instante el panorama se transformó. El cielo y el aire se aclararon hasta cobrar el matiz propio de una mañana de febrero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, amigos -comenzó a explicar Voz del Tiempo, con susurrante entonación- hemos regresado al dos de febrero del año 2002. Son las ocho de la mañana del día de San Blas. Contemplad la sierra teñida de nieve y rosa de sus almendros. Y allí, frente a nosotros, ved cómo se desperezan, rezongantes, los viejecillos y viejecillas de la residencia. Estamos entrando en la tercera planta, habitación 312. Observad y escuchad. Daniel, el bisabuelo de Álex, acaba de despertarse. Abre sus ojos hinchados,  y los pasea, como asombrados, por las blancas paredes,  techo y  ventana, a través de la cual se divisa un trozo de cielo de vidrio azul, recortando en el horizonte la silueta de los almendros en flor que coronan la sierra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué maravilla! -exclama Daniel-. Un día más ha amanecido. Un día más vuelvo a ver la luz del sol, el cielo y a mí mismo. Mis brazos, cada día más flacos, mis fuerzas más débiles, pero sigo sintiéndome vivo... ¡Qué cosa tan extraña la vida!  A pesar de tantas calamidades, desastres y necesidades como he vivido y sufrido en mis propias carnes ¡qué fantástico seguir disfrutando de su maravilloso espectáculo! Es cierto que en ella he pasado momentos amargos. También otros muy gratos. No sé si mi comportamiento ha sido aceptable. Pero ¿quién sabe nadie cómo debe vivirse? A los demás no sé qué tiempos les habrá tocado vivir. A mí me ha correspondido  el siglo veinte. Pero lo que más me ha afectado no han sido las circunstancias que me han rodeado, sino mi actitud ante ellas, la mayoría de las veces de resignación y conformismo. Sí, porque, dígase lo que se quiera, cada uno reacciona de acuerdo con  la capacidad de respuesta que la naturaleza le ha concedido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;¡Puafff! Siento la barriga  como el lobo de Caperucita, como si hubiera comido piedras. Vamos allá. A la una... a las dos...  ¡y a las tres! Cómo me cuesta levantarme. Es como si mi cuerpo fuera de plomo. Ya estoy sentado en el borde de la cama. Ahora veo la vida desde otro ángulo. ¡Qué tontería la vida ¿no? ¿Para qué? Nacer, crecer, jugar, reir, llorar, pasarlo bien alguna vez y mal la mayoría de las veces; ilusionarse, soñar, trabajar, casarse, tener hijos, sufrir, esperar, desengañarse, desesperarse, conformarse... ¡Ay, cómo cambia uno en esta carrera lenta y contra reloj, al mismo tiempo, de cada dia! Voy a afeitarme. Gran invento el espejo. ¿Cuándo inventarán otro para verse por dentro? ¡Qué cara tengo! Si mi madre me viera... Ella que sólo me conoció de pequeñito... La vida es cruel, ¡cómo se mofa de nosotros! Cuanto más débiles nos vamos haciendo, más solos y desvalidos nos vamos quedando.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;¿Qué te pasa ahora, Daniel,  tú que siempre estás tan animoso? No sé. Muy a pesar mío, y no sé cómo, veo acercarse hasta mí esos siniestros pajarracos negros, cargados de escepticismo... Me miran silenciosos y luego susurran entre sí y se ríen burlonamente de mí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;¡Ah! Yo que siempre me he preocupado por dar una buena imagen a la gente, ahora, cada día me importa menos. Creo que eso no está bien pero ¿por qué cambiamos así? Es que... Bueno, ya está bien de tanta brocha, tanto pájaro y tanta coña. Se acabó el afeitado. Lo que no dejaré ni un sólo día de hacer es ducharme. Fallaré en muchas cosas, mas dejar de sentir cada mañana la caricia del agua sobre mi espalda, eso nunca. El día que me resulta imposible ducharme, me parece que las sabandijas  saltan sobre mí y abren surcos y agujeros en mi piel. Después de ducharme es como si volviera a nacer: Los pensamientos grises y polvorientos se derrumban como cartones mojados, dejando pasar rayos pimpantes de luz y color.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y ahora un poco de gimnasia frente al espejo... ¡Vaya figura! Vale, Daniel, no vuelvas a lo de antes. Tienes noventa y ocho años ¿Qué quieres? Pues quiero lo que debería ser y espero que un día sea: volver a ser joven, eternamente joven, fuerte y hermoso. ¿Qué pasa? ¿Es pecado desearlo? No, no es pecado. Es pecado compadecerse de la propia desgracia y conformarse con ella. Y ahora me pondré ropa limpia: la camisa rosa, el jersey de cuadros y mis gafas nuevas. Ya está. Voy a perfumarme... ¡Flussshhh! Qué bien. Ya soy otro. Ahora me siento con cuarenta años. Cierro la puerta y voy a bajar a desayunar. Ahí viene, por el pasillo, la señora Pepa, hecha un cromo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Buenos días, señora Pepa! ¡Qué guapa y elegante va usted por la calle de Alcalá!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Muchas gracias, Daniel. Igual te digo. Estoy paseando por la galería. Da gusto pasear al sol, tras los cristales. Me lo ha recomendado la doctora Carlota.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues yo voy a coger el ascensor y bajaré a desayunar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;¡Madre del amor hermoso! Pepa es un auténtico cuadro andante de Picaso. Sus ojos parecen dos tinteros de  cuando yo iba a la escuela. Sus labios como si se los hubieran pintado los de obras públicas y sus mejillas dos rodajas de limón. Pero, allá ella, si se ve guapa...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Otra cosa que me ocurre desde hace un par de años es que oigo el monólogo interior de los que veo  cerca de mí. Es curioso. Dormido o despierto, todo el mundo mantenemos un monólogo continuo que da vueltas en nuestra cabeza como un disco o un bolero cansino. Es una conversación con nosotros mismos que, según las ocasiones, es  grata, aburrida, exasperante, nostálgica, desesperada, esperanzada, que nos abre y cierra puertas, nos enseña caminos, precipicios, luces y tinieblas, recuerdos felices y dolorosos... Ahora mismo estoy escuchando el monólogo de la señora Pepa:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"Algún día volveré a oir la voz cálida y bien timbrada de Mario... ¡Qué apuesto, fuerte y risueño cuando lo vi aparecer en la pasteleria! ¡Qué bien cantaba y qué feliz fui los pocos meses que salí con él!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fue una tarde de agosto de 1960. Mis padres, desde jóvenes habían tenido abierta una pastelería llamada &lt;span style="font-style: italic;"&gt;La campana de oro&lt;/span&gt;. En ella trabajaron duro. A pesar de que, durante los años de la guerra hubo mucha escasez, ellos sabían hacer milagros. Siempre tuvimos clientes, aunque sólo despacháramos colines y suspiricos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aquella tarde de agosto yo estaba tras el mostrador de la pastelería, ataviada con el delantal y cofia blancos, sobre el vestido negro, cuando entraron tres soldados. Uno de ellos era Mario. Me pidieron unos cucuruchos de helado. Mientras los preparaba, Mario se me quedó mirando sonriente con sus ojillos marinos y, sin más ni más, rompió a cantar: ¿&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Por qué ha pintao tus ojeras la flor del lirio real...? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fue el comienzo de un bonito romance.  Él debería tener 21  años. Yo, en cambio, había cumplido ya los cuarenta... y seguía soltera. ¿Por qué motivo? Por la maldita guerra civil. En aquellos años de la guerra yo tuve un novio, llamado Lorenzo, también  soldado, pero republicano, aunque a él la política le tenía al fresco. ¡Cuánto nos queríamos! El 15 de marzo del 39 cumplió veintitrés años. Yo tenía dieciocho. Aquel día lo vi por última vez. Murió a finales de marzo en el asedio a Madrid. Desde entonces me dio por pintarme los labios rojos como la grana, el contorno de los ojos violeta y las mejillas con una ligera tonalidad alimonada. A mucha gente le gustaba mi maquillaje. A otros no. A nadie revelé nunca el porqué del mismo, ni siquiera a mis padres. Este fue el motivo de que aquella tarde de agosto de 1960 Mario me dedicara dicha canción.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero nuestro idilio duró muy poco. Sin explicación alguna Mario desapareció de mi existencia un día de finales de septiembre. Él me había dicho que estaba haciendo la mili en Madrid, pero que era de un pueblo cercano, cuyo nombre  nunca me reveló. ¿Se burló de mi candidez? No lo creo. Yo lo veía muy enamorado. Sufrí una gran decepción, mas nunca perdí la esperanza de volver a encontrarme con Mario algún día. Y seguí despachando en la pastelería, un día y otro, siempre fiel a mi extraño maquillaje, que sigo luciendo en esta residencia..."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vaya, vaya, con la señora Pepa! Lo que engañan las apariencias. Y yo que la tenía por una mujer excéntrica y algo tocada de la chirimoya. Ahora comprendo el porqué de su maquillaje... No he empezado mal el día. Ahí viene Rufo, el encargado de mantenimiento, con su mono azul y el bolso de herramientas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hola, Daniel. No sé qué haces que cada día te veo más joven. ¡Qué envidia me das!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Cosas de la edad! ¿Cuándo vas a mirarme el radiador, que lleva unos días que no calienta nada?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ahora lo miraré. Ya sabes que durante la mañana compruebo si hay averías en las habitaciones, según me tiene ordenado Silvia, la directora. Pues lo que dice Silvia va a misa. ¡Qué mujer tan extraordinaria! ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Parece que te gusta, ¿eh Rufo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gustarme es poco. Te lo confieso a tí, Daniel, porque tienes noventa y ocho años y eres un hombre prudente. Estoy coladito por ella. Muchas noches las paso sin pegar ojo, repasando en mi mente su cara de ángel pecoso, sus rizos de oro, su cimbreante palmito y su voz de arroyo fresco y cantarino.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Chico, lo tuyo es de pronóstico reservado. ¿Y qué piensas hacer? ¿Vas a declararte a Silvia?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No sé. Ella es la directora. Yo no soy nadie, como comprenderás. Pero ¿quién sabe?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por supuesto, Rufo, el amor no tiene fronteras, ni trabas que valgan. Lo que hay que tener es decisión, valor y obstinación. Te lo dice alguien que ejercitó muy poco esas cualidades y así le lució el pelo...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias por tus consejos, Daniel. Los tendré en cuenta. Hasta luego.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Está visto que en la vida, por muy viejo que uno sea, cada día se aprende algo nuevo y se encuentran motivos para sorprenderse ante inesperados descubrimientos. Bueno, voy hacia los ascensores. A ver a quién me encuentro ahora...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Qué haces ahí, Federico,  pegado al cristal de la ventana?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -No sé, no sé. Me he perdido...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¿Cómo que te has perdido? ¿Qué te pasa? Estás temblando. ¿Por qué miras con esos ojos aterrados hacia abajo, al parque interior. ¿Qué has visto en él que tanto te asusta? Hoy, precisamente, el parque está precioso: el hotelito de Silvia la directora resplandece como una esmeralda, coronada de rubíes, bajo el aire diáfano de la mañana. De él parten los seis estrechos paseos radiales que surcan el hermoso jardín, al que pronto saldremos a pasear...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -No me engañes, Daniel. No es un hermoso jardín. Hace tiempo que lo observo por las noches desde mi habitación. Anoche mismo, a las tres de la madrugada lo estuve contemplando. Era un círculo negro, con un punto rojo en el centro y una red de hilos blancos alrededor. Sí, sí, una tela de araña gigantesca... Y ella, la araña rubia, se movía y corría, ligera y taimada...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Pero hombre, Federico, ¿no ves que es un jardín con la casa de la directora en medio? Anda, vente conmigo a desayunar. Vamos juntos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Daniel lo agarró del brazo, logrando despegarlo de la ventana.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -Vamos a ver ¿qué le pasa a Fede? -pregunta Rufina, una de las cuidadoras- Anda, déjalo, Daniel, ya me encargo yo de él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡No me dejes, Daniel, ella trabaja para la araña rubia!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   -¡Lo que hay que oir y aguantar en esta casa! Tómate esta pastilla -le ordena la cuidadora, alargándole un vaso de agua y una pastilla que saca del bolsillo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Daniel avanzó unos pasos. Volvió la cabeza y le conmovió la mirada desolada de Federico. Luego continuó su paseo, al tiempo que empezó a escuchar el monólogo interior de Federico:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-"No estoy seguro si era una araña... Recuerdo que era un bicho negro, con muchas patas peludas. Lo he presentido y lo he visto en momentos cruciales de mi vida. La experiencia más remota fue siendo yo  un niño de siete años. Mis padres me  habían llevado a ver una función de circo. Tanto me entusiasmó el espectáculo de los trapecistas y equilibristas que, en seguida me propuse emularlos. Una noche, mientras mi madre hacía la cena, yo jugaba en la calle con unos amiguitos. Para demostrarles mi destreza y valor, aposté unos caramelos con ellos a que era capaz de correr por el borde de una estrecha tapia, levantada dos metros del suelo, por detrás de una fuente. Ellos se echaron a reír de mi fantasmada, incrédulos, hasta llegar a tacharme de mariquita, si no se lo demostraba. Picado en mi amor propio, trepé desde la fuente hasta lo alto de la tapia. Me enderecé sobre ella y me puse a caminar. Cuando había recorrido varios metros  me detuve aterrado. Del otro extremo de la tapia, venía corriendo hacia mí,  un gran insecto negro de muchas y largas patas. Sentí un pánico tremendo que me hizo perder el equilibrio y caer al suelo. Aunque no me rompí ningún hueso, desde entonces, las alturas me producen un miedo insuperable. Mi  sueño de dedicarme al circo se desvaneció para siempre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Más tarde, con trece años, en el colegio solían organizar funciones de teatro. Uno de los profesores me animó a participar. Aunque me costó no poco, al fin accedí. La experiencia me fascinó, tanto que pensé dedicarme a esa profesión. Pero, ya en sexto curso, una noche me ocurrió algo horrible. Dormía profundamente, boca abajo, cuando sentí un cosquilleo en una oreja. Pensé que se trataba de una araña que se paseaba por mi nuca y luego se introducía en la otra oreja. Por la mañana, tan pronto como desperté, recordé aquella no sé si pesadilla o realidad. La cabeza me picaba de forma insoportable. Ayudado con otro espejo me observé la nuca. ¡Qué horror! La tenía cubierta de pequeñas y redondeadas calvas. A partir de entonces me invadió una gran inseguridad y timidez que me obligó a abandonar mi incipiente afición teatral, como también me impidió continuar la carrera que había iniciado. No soportaba la mirada y preguntas de los profesores. Sus caras no eran humanas, sino de arañas que esperaban un momento de debilidad por mi parte, para introducirse en mi cabeza y extender su telaraña en mi mente. Cada día me resultaba más difícil e insoportable relacionarme con nadie. Hice un supremo esfuerzo y conseguí, al fin,  que me aceptaran  en una oficina de seguros. Allí, en un oscuro puesto y acosado por mis miedos, he pasado cuarenta años. Y, una vez jubilado, cuando creía que ya estaba libre de ellos, he venido a parar a esta residencia. Y, ya ves, ahí abajo está ella, agazapada, esperando que caiga en su red..."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La voz amable y tranquilizadora de Alfredo me devolvió al mundo real.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hola, Daniel, ¿qué, a darte el paseíto por el parque?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, hay que aprovechar la mañana tan soleada que tenemos. Además parece que la cadera no  se queja demasiado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso está bien. Hay que mover las articulaciones y no perder el hábito de caminar, que no poco tiempo y esfuerzo nos costó, de pequeñitos, su aprendizaje...  Te noto como preocupado, Daniel, ¿necesitas algo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo no. Se trata de Federico.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué le pasa a Federico, aparte de sus fobias?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Lo acabo de ver junto a la ventana de ahí detrás, que da al parque interior. Está obsesionado y aterrado con una pesadilla. La cuidadora Rufina se ha quedado con él, tratando de tranquilizarlo. Me ha parecido que le ha dado una pastilla...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Rufina? Voy corriendo a ver a Federico. Adiós, Daniel.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;¡Qué buena persona es Alfredo! ¡Cómo se preocupa y trata de animarnos a todos! ¡Ah, si todo el personal fuera como él, esto sería un hogar de verdad!  De todas formas, cada cual hace frente a las circunstancias de su vida de forma diferente. Hay quien se acobarda y se achanta ante la menor dificultad. Otros, en cambio, se enfrentan animosos, a cuanto les va saliendo al paso. Cuando uno ya es mayor, se da cuenta y reconoce lo importante que es haberse sometido a una disciplina y hábitos, fundamentados no en mitos, miedos, ni cómodas creencias, sino en la recta razón...  Ya estoy llegando al ascensor. ¡Vaya, mira quién está aquí!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Buenos días, Matilde ¿Qué le parece el día tan bonito que ha amanecido hoy, día de San Blas?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Supongo que muy hermoso, Daniel, pero como tengo que ir con la cabeza colgando a la altura de la cadera, casi ni consigo ver cómo está la mañana, a través de las ventanas. Pero, no importa. Ver la gente de abajo arriba también tiene su gracia. Además hay cosas en las que nadie repara y yo sí. Mira. El pañuelo se te está saliendo del bolsillo y se te va a caer.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias, Matilde, es cierto. Admiro tu buen humor.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entraron en el ascensor, manteniéndose callados mientras descendían. Mas el monólogo interior de Matilde atronó los oídos mentales de Daniel:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"La vida, ¡qué engaño! La gente pasa a nuestro lado y la juzgamos por sus apariencias.  Me dicen: ¡Qué buen humor tienes, Matilde! ¡Qué buena eres! Y yo me río para mis adentros. Mi padre era barbero. Una mañana de junio de 1947, teniendo yo veintidós años,  entré en la barbería para cambiar los paños blancos que se ponían bajo el cuello a los clientes. En esto que un hombre de unos treinta años, al que mi padre le estaba afeitando con la navaja barbera, va y dice: ¡Vaya, que moza tan linda tienes, Marcelino! Mi padre, más halagado que yo por el piropo, se embaló relatando todas las excelencias que, según él, yo poseía. El hombre le contó que era de Ciudad Real, donde vivía solo, pues sus padres habían muerto y había venido a  Madrid en viaje de representación de unas bodegas de vino. Celestino, que así se llamaba, se encaprichó conmigo. Tan fuerte le entró el amorío que llegó a pedir a mi padre que le concediera mi mano. Cuando nos quedamos a solas, mi padre empezó a dar saltos de alegría. Me dijo que no se me ocurriera desperdiciar semejante oportunidad. Así que nos hicimos novios  y, en seguida, nos casamos. Mi padre murió pocos meses después. Tuvimos tres hijos casi seguidos. Durante los primeros años la cosa marchó regular. Pero, pronto, Celestino fue mostrando su verdadera índole. Me decepcionó mucho. Sus arrumacos y demostraciones festivas fueron dando paso a una fría indiferencia y  actitud machista en palabras y acciones. Yo procuraba mostrarme sumisa, afectuosa y pendiente de sus deseos y caprichos. Pero él me lo pagaba humillándome con sus desplantes, borracheras y puteríos. Cuando volvía a casa, todo eran broncas y malos tratos. Como la economía doméstica andaba por los suelos, abrí la peluquería y me dediqué a cortar el pelo y afeitar. A Celestino le sentaba fatal  que yo acicalara a maricas y cabrones, como él los llamaba, pero sus ojos bien que le hacían chiribitas, cuando, al cabo del día, veía el cestillo  lleno de monedas, de las que él cogía a placer.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Gracias a mis desvelos, visitas y ruegos, conseguí que mis tres hijos entraran en una escuela de artes y oficios, sin pagar nada. De allí salieron con un buen oficio. Fue poco después cuando caí por la escalera... Estuve un mes en el hospital y poco faltó para quedarme paralítica. Dentro de lo malo, tuve suerte. Conservé la movilidad de las piernas, aunque mi columna quedó tronchada. Desde entonces, el cuerpo se me fue doblando cada vez más. Lo sentí más que nada porque me dejó incapacitada para seguir en la peluquería. ¿Cómo podría ahora ayudar a mantener mi familia? Yo tenía una máquina de coser.  Me enteré de que un taller de confección ofrecía trabajo de costura para hacer en casa. Me lo concedieron y, gracias a ello, pudimos salir adelante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A pesar de todo, yo me esforzaba en ser amable con Celestino. Él, por el contrario, cada día era conmigo más arisco y más entregado a sus borracheras y juergas fuera de casa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tras hacer la mili, los chicos decidieron marcharse lejos: uno a Bilbao, otro a Barcelona y el otro a Valencia. Los tres lograron un buen empleo, se casaron y allí viven felices.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A media mañana yo salía a comprar alguna cosa y, si hacía buen día, me atrevía a dar un paseo hasta el campo, próximo a nuestra casa, lejos del barullo y las miradas compasivas de la gente. Un día de mayo, precisamente el día del treinta aniversario de nuestra boda, llegué hasta una hondonada, cubierta de hierbas y arbustos, cerca de un vertedero. Me llamó la atención una copiosa planta, de jugosos y largos tallos verdes, aunque con manchas rojizas. Sobre sus hojas, parecidas al perejil, sobresalían ramilletes de florecillas blancas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pasó por allí un señor mayor, con gafas y aspecto de profesor, el cual, viendo mi curiosidad observando la planta, me preguntó:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Sabes qué planta es ésa?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No sé -le dije, levantando un poco la cabeza- pero me gusta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hum... Ten cuidado con ella. Es muy peligrosa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Ah, sí? ¿Por qué?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Esta planta se llama cicuta. Es tan venenosa que, a quien  toma una infusión de sus bayas, le sobreviene la muerte en cosa de dos horas, con la particularidad de que no deja el menor rastro del  veneno que la ha causado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Bueno es saberlo -dije, sorprendida-. Procuraré  no acercarme mucho a ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, hay que tener precaución y no tocarla siquiera, por si las moscas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias por su advertencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El hombre continuó su camino. En aquel momento me pareció  como si aquella planta inclinara hacia mí sus hojas, flores y bayas, invitándome a cogerlas. Me sentía hipnotizada y empecé a actuar como tal. Casualmente había por allí tiradas unas bolsas de plástico. Me coloqué una en cada mano a modo de guantes. Luego me acerqué a la planta y fui arrancando numerosas bayas que eché dentro de otra bolsa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al volver del paseo, entré en una tienda y compré  un poco de queso y embutido. Llegué a casa, comí algo y, dominada aún por la fascinación de la planta, puse en el fuego un cazo con agua, a la que añadí las bayas de cicuta. Mientras hervían aquellos verdioscuros y apepinados guisantes, me parecía que de ellos se escapaba un agudo zumbido que, en seguida se transformaba en una risita nerviosa y nausebunda. Una vez fría la infusión, cogí de la despensa la botella de vino tinto que Celestino tenía ya empezada. Llené un vaso y lo vacié en el fregadero. Después tomé el cazo y añadí a la botella la infusión de cicuta. Coloqué en la mesa unos platos con lonchas de queso y embutido, dos vasos vacíos y el espiritoso vino.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Eran ya las once de la noche y Celestino aún no había vuelto. Yo espiaba la calle desierta, desde la ventana del dormitorio. Serían más de las doce de la noche cuando lo vi llegar, dando bandazos de un lado a otro. Rápido bajé y le abrí la puerta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya es hora ¿no, Celes?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él me dio un bufido. Entró al comedor y, viendo los platos y la botella sobre la mesa, fue derecho a sentarse ante ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué fifi-esta, cele-bramos hoy? -dijo, tartajeante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿No te acuerdas? Hace treinta años que nos casamos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Psch... ¿Sa-sabes lo que te di-digo? Que me gu-gu-gustaría no volver a ver-verte nu-nun-ca más.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues ¡adelante! -le grité triunfante- Brindemos por ello.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Tú co-come, que yo da-daré cu-enta del vi-vino.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y agarrando la botella por el cuello, se la acercó a la boca y no la retiró hasta haberla vaciado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Un vi-no fandás-dico. Ssssí se-ñora! Anda, Ma-ma-tilde, trae o-otra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ahora voy. Siéntate y come algo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué pa-sa? ¿Es-tás tú momo-vien-do la me-sa?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Yo no. ¿No ves que he entrado a la despensa por otra botella?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Descorché la botella y arrojé por el fregadero parte de ella. Luego se la puse delante y retiré la vacía, que llevé a la cocina.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ten-ten-go frí-frío en los pies y co-co-mo si no-no loss sin-ti-era...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso se quita comiendo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Aa-ver si es ver-dad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Celestino comió varias lonchas de embutido y, a continuación, tomó otro largo trago de la nueva botella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Se-rá poo-sible? Es-ta noche te ve-o másss ti-ti-e-sa y gua-pa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Eso son cosas del vino. Sí, Celestino. Hace treinta años me casé contigo, muy enamorada. Durante mucho tiempo seguí queriéndote, a pesar de tus malos tratos e infidelidades. Pero, desde aquel día que me hiciste rodar escaleras abajo, tras pegarme un brutal puntapié en la espalda, y me quedé tronchada, dejé de quererte. No mereces mi cariño ni el de nadie. Por eso me alegro de estar celebrando contigo un  sublime evento: que jamás volverás a verme.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué me-me pa-sa? -gritó Celestino con ojos aterrados, palpándose el pecho y echando la cabeza hacia atrás- Si-ento un frí-o he-lado su-bir hasta el cora-zón. ¡Lla-llama al mé-di-co, Ma-tilde!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vete al infierno!&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al cabo de unos minutos Celestino se quedó despatarrado, con el cuello rígido sobre el respaldo de la silla, los ojos abiertos y las pupilas, como dos pozos negros, mirando al techo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rápido fui a la cocina, aclaré la botella y el cazo de la cicuta, y los guardé en la despensa. Llamé al hospital y en seguida se presentó una ambulancia. El médico se limitó a certificar su muerte por paro cardíaco. A otro día llegaron mis hijos, sus mujeres y algún que otro nieto. Enterramos a Celestino. Después ellos volvieron a sus casas. Yo me quedé en la mía, con mi costura,  mis paseos y la cabeza cada día más cerca del suelo, pero en paz y gozosa. Así continué hasta el 1997 en que mis hijos me trajeron a esta residencia. Y aquí sigo, feliz, sintiendo la vida bullir dentro de mí y girar en torno mío como una noria..."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-El ascensor se ha parado, Matilde. Yo me salgo aquí -dijo Daniel-. Voy a acercarme a que me vea la doctora Carlota. No sé que me pasa hoy que oigo cosas raras en mi cabeza. Hasta luego, Matilde.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Daniel avanzó por el largo corredor circular hacia la consulta de la doctora. Al pasar junto a la puerta, abierta de par en par, de la sala de estar de los residente dependientes, no pudo resistir el impulso de entrar en ella. El cuadro que se le ofreció fue de lo más deprimente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el centro de la sala y levantada sobre una tarima, vigilaba Virginia, otra de las cuidadoras, mientras colocaba en una bandeja -en cajitas marcadas con el nombre de cada uno de los residentes de la sala- los medicamentos prescritos por la doctora Carlota.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Muchos de los residentes de la sala dormitaban, pero también los había que cotorreaban con los vecinos de mesa o silla, y varios que no cesaban de repetir, a grito pelado y con exasperante monotonía, delirantes estribillos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sentado en su butaca, junto a una de las ventanas abiertas al parque interior, se halla Jacinto, un hombre de unos ochenta y cinco años, sonrosado, de ojos intensamente azules, afeitado y peinado con sorprendente pulcritud, de aspecto infantil y muy asustado. Daniel lo mira con simpatía y curiosidad, mientras le saluda diciendo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hola, Jacinto, qué bien te veo, pareces un chaval.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como respuesta, Jacinto descompone su semblante, hace unos pucheros y se cubre la cara con sus largas y delicadas manos. Daniel, educadamente, se aparta a un lado de la butaca y mira hacia el parque, mientras  percibe el callado y quejumbroso monólogo interior de Jacinto:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"Pero ¿es posible? Yo aquí, abandonado en este lugar, rodeado de personas desconocidas que me manejan, me llevan, me traen, me desnudan, me lavan, me visten, me acuestan y levantan a su antojo, como una cosa inerte, que  a nadie le importa... ¡Dios santo! Pero si sólo hace veinte años que dejé de trabajar en la fábrica de yoghures. Un trabajo absurdo para mí que lo que siempre me gustó fue pintar, crear cuadros, tan alabados por gente con sensibilidad estética. Pero del arte difícilmente se puede vivir. Sé que no soy un genio,  lo reconozco, pero estoy convencido de poseer un espíritu artístico, sensible, delicado y que, además, sufre y goza con el dolor o felicidad de quienes le rodean... Siempre quise, con toda mi alma, a mi mujer y a mis hijos. Ellos se fueron haciendo mayores. Mi mujer fue transformándose en un ser extraño que llegó a mirarme como a un desconocido. Desde que dejé de trabajar, me ha venido considerando como un viejo inútil y decadente. Quizás tenga razón. Desde entonces  he venido observando que, cada día, mi cara y todo mi cuerpo se arruga más y más, acentuándose la falta de vigor y energía en mi carácter, al mismo tiempo que el miedo se va apoderando de todas mis facultades. Cuando ya no hay solución, he llegado a descubrir la causa de ese envejecimiento galopante y aniquilador:  mientras duermo, sueño historias apasionantes, me veo dotado de facultades y sentimientos excelentes, pinto cuadros maravillosos y vivo romances fantásticos con preciosas mujeres... Al despertar, tengo la impresión de haber vivido esos sueños durante varios años. Me miro al espejo y observo horrorizado que también soy varios años más viejo que cuando me acosté. No sé, quizás me esté volviendo loco..."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vamos, Jacinto! -le dice Daniel, inclinándose ante él y poniéndole las manos sobre los hombros- Nunca es tarde para ponerse en pie firme, gritar y protestar contra  lo que haga falta. Defiende con valentía tus sueños, mientras sientas latir tu corazón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Tú crees que me servirá para algo? -le pregunta Jacinto, con ojos de niño crédulo y esperanzado, temblándole la barbilla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, hombre, sí. Hazme caso, hay mil motivos: para recuperar la paz, la alegría o, al menos,  la dignidad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Gracias, Daniel, lo intentaré...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Daniel contempla, desde la ventana, el parque interior, dividido en espacios triangulares, alfombrados de hermosos árboles y arbustos, radialmente dispuestos a partir del hotelito de Silvia, la directora, y separados por  seis estrechos paseos que lo unen a las distintas dependencias de la planta cero.  Ve a Rufo que  camina presuroso por uno de los paseos hacia el despacho de Silvia. De pronto  se da cuenta, sorprendido, que está captando los pensamientos y afecciones que ocupan el ánimo de Rufo en este instante:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;"-Es preciosa...  Con ese cuerpo modélico, esa  boca irresistible,  adornada siempre de una cautivadora sonrisa; sus ojos verdes que desnudan a uno el alma; sus cabellos  trigueños, recogidos en su nuca de diosa... Haría lo que me pidiera para complacerla. ¡Qué suerte! Ahora mismo voy a verla..."&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Chico, qué fuerte le ha dado a Rufo. Debe ser cosa de la primavera que se avecina... ¡Ay, Cándido, quién fuera joven! &lt;span style="font-style: italic;"&gt;J
